XI

Luego que Poldy consiguió sosegarse un poco, cayó en muda y honda

melancolía. Nada dijo a su hermano ni a su aya. Ellos no se atrevían a

interrogar a Poldy. Encerrada en su estancia, no iba ya a pasear por el

bosque. Apenas se dejaba ver y tratar por las personas que en el

castillo moraban.

Entre tanto, el joven Isidoro fue tan audaz que se aventuró a venir a

visitarla, no ya recatadamente, sino en elegantísima victoria, tirada

por dos soberbios trotones rusos, con la cual llegó hasta la puerta del

castillo, subió las escaleras, y se empeñó en entrar a ver a la joven

condesa. Por fortuna se opuso el aya que le recibió en la antesala.

Isidoro dejó tarjeta y se retiró mal contento.

No desistió sin embargo, y repitió otras tres veces la tentativa. A la

cuarta vez, por orden de Poldy, el aya salió a desengañar a Isidoro, le

afeó su tenacidad y atrevimiento, y le dijo que era inútil que volviese

por allí a enojar y a atormentar a Poldy, que nunca habría de recibirle

y a quien no volvería a ver en la vida.

El horror antisemítico que embarga el ánimo de la nobleza austriaca

explica la conducta de Poldy, que parece extravagantísima y hasta

inexplicable en España.

Poldy se había enamorado entrañablemente de Isidoro, pero, siendo él

judío, juzgaba ella imposible aceptarle primero por novio y luego por

esposo. El caso sería mirado como una abominación sin ejemplo. Los

hermanos de Poldy dejarían de reconocerla por hermana, sus tíos y tías,

por sobrina, y toda la _hig-life_ vienesa de dieciséis cuarteles, la

expulsaría de su seno como individuo degradado y corrompido.

Al pensar Poldy en esto, los cabellos se le erizaban y temblaba y

tiritaba todo su cuerpo como si discurriese por él el frío que precede a

la calentura.

Resuelta estaba Poldy a no volver a ver a Isidoro: pero no había

previsto otra cosa y no había formado sobre ella plan ni propósito.

A los pocos días de haberse negado ya por completo y para siempre a ver

a Isidoro, Poldy recibió por el correo una carta suya. Tal vez, sin

reconocer la letra, abrió la carta, tal vez reconoció la letra del sobre

y sin embargo le rompió. De todos modos, una vez abierta la carta, Poldy

no pudo resistir a la curiosidad y al interés que le inspiraba lo que en

ella estaba escrito. Leyó pues, y vio que decía: «El enojado, el

quejoso, debía ser yo y no tú, hermosa Poldy: pero el amor que me

inspiras es tan alto que no se le sobreponen los enojos y es tan firme

que no hay queja que le hunda ni acabe. Sigo, pues, adorándote, apesar

de todos los agravios. No fui yo quién te solicitó. Tú me provocaste, tú

me excitaste a que te amara enviándome tu retrato con un apasionado

escrito. Me creiste brahman, nababo, príncipe de la India o cosa por el

estilo; y, no puedes negarlo, me amaste entonces. ¿Hay nada más

irracional, ni más absurdo que tu desamor y tu furor de ahora, porque

sabes que, en vez de ser brahman, soy israelita? Yo seguí tu humor al

principio, fingiéndome brahman, pero, en lo tocante a nobleza no fingí

nada. ¿Quién te ha dicho que un judío no puede ser noble? ¿De dónde

infieres que tengo yo menos cuarteles que tú? Yo puedo presentarte mi

evidente genealogía que se remonta hasta el mismo patriarca de Ur de los

caldeos, pasando por reyes, caudillos, jueces y profetas. ¿Dónde andaban

los germanos ni qué eran cuando el poderoso rey Salomón, mi pariente,

erigía suntuoso templo al Dios único?

Creado su concepto en la mente de los hombres de mi casta, por ellos fue

revelado al resto del humano linaje, idólatra y ciego. También el rey

Salomón fundaba a Tadmor, espléndido oasis para las caravanas que iban a

las orillas del Eufrates, y mandaba sus triunfadoras naves juntas con

las de Hiram, a Ofir y a Lanka por un extremo, y a Gadir, a Tarsis y aún

a las remotas Casitérides por el otro. Desde allí le traían, para

autoridad, pasatiempo y deleite de él y de sus súbditos, cobre, estaño y

ámbar, cándidas pieles de armiños y de cisnes, jimios y papagayos,

especierías y perfumes, perlas y diamantes, marfil y oro.

Alguien de mi familia privó con Ciro el Grande y volvió con Zorobabel a

reedificar la Ciudad Santa. De mi familia fue también el glorioso

pontífice que infundió en el ánimo engreído y triunfante del Macedón

Alejandro, súbito acatamiento y saludable temor de las cosas divinas.

Alguien de mi familia combatió gloriosamente por la patria al lado de

los Macabeos y derrotó al rey de Siria Antioco Epifanes. Ve tú pensando

mientras yo recuerdo estos sucesos que puedo demostrarte, en que pobre

choza o en que miserable zahurda estaba metida entonces tu desarrapada y

salvaje parentela. Las brutales persecuciones de Demetrio Soter, después

de la funesta batalla y de la heroica y gloriosísima muerte de los

Macabeos, movieron a mi familia a emigrar a España. No quiero pecar de

prolijo ni ser tildado de jactancioso, y por eso no cuento aquí por

menudo las cosas extraordinarias que en España hicimos. Te diré, no

obstante, que fue mi cercano pariente aquel gran rabino de Toledo que

redactó la exposición, y fue el primero en firmarla, dirigiéndose a

Caifás y tratando de convencerle, para que no condenase al santísimo

Hijo de María. Al lado del rey Alfonso VI de Castilla combatieron como

héroes mis antepasados, contra la bárbara invasión de los almoravides,

en la sangrienta rota de Zalaca. Yo cuento en mi familia inspirados

poetas y admirables filósofos y teólogos, gloria de la Sinagoga española

y de todo el judaísmo. Entre ellos descuella Jehuda Leví, el Castellano,

a quien Heine celebra con entusiasmo fervoroso. El beso que Dios, al

crearla, dio a su alma, viéndola tan bella, resuena aún en los cantares

de aquel trovador admirable y produce divino encanto en los nobles

espíritus que son capaces de sentirle y de comprenderle. Mi familia se

estableció más tarde en Lucena, provincia de Córdoba, centro floreciente

de las academias y liceos judaicos, donde las ciencias y las artes se

cultivaron con abundante fruto. De allí salieron médicos, astrónomos,

hombres de Estado y ministros de hacienda para multitud de monarcas,

cristianos y muslimes, de los que reinaron en la península. Nosotros

poseíamos un pintoresco castillo o quinta de recreo, en el ameno

nacimiento del río, cerca de la villa (hoy ciudad) de Cabra, y por eso

tomamos el apellido de Castillo de Cabra, que traducido al alemán llevo

ahora. Arrojados de España por el fanatismo antisemita, vinimos a parar

a Austria, donde somos hoy víctimas de no menor absurdo fanatismo. Y no

es lo peor el odio, sino el infundado desprecio con que nos tratáis.

¿Qué he hecho yo, qué ha hecho mi casta para que seamos así

menospreciados? El dinero que ha ganado mi padre y el dinero que he

ganado yo, ha sido ganado honradamente. Y para no cansarte, no digo aquí

nada más de mi nobleza. Sólo me atreveré a indicar que todavía hay en

España familias de las más altas clases, que se convirtieron a la

religión cristiana en el siglo XV, y con las cuales me sería harto fácil

probar mi parentesco. Baste lo dicho para que te inclines, oh hermosa

Poldy, a desechar tu loca repugnancia, impropia del clarísimo

entendimiento que Dios te ha dado, y para que vuelvas a recibirme, me

ames y seas mía.»

En Austria nadie sabe de fijo lo que hizo Poldy después de leer tan

arrogante y disparatada carta. La general creencia es sin embargo la de

que Poldy, aunque perdidamente enamorada del judío, no cedió ni se

rindió a sus razones. Muy por el contrario, todos por allá dan un fin

trágico y misterioso a la presente historia.

El castillo de Liebestein está solitario y ruinoso. En sus sombríos y

desapacibles salones, llenos de polvo y telarañas, se afirma que vagan y

circulan por la noche duendes y almas en pena.

El conde Enrique se fue de profesor a no sé qué universidad, donde vive

aún.

Y en cuanto a Poldy, unos aseguran que se ahogó bañándose, y dan otros

por cierto que, de propósito y movida por la desesperación, se arrojó

desde una barca en la vaguada o centro mismo de la corriente del

Danubio, y hasta añaden que con una gruesa piedra atada al cuello, para

hundirse en el fondo, para que nadie pudiera salvarla y para que no

resurgiese y se encontrase su cadáver.

De varios colores · 第 40 / 73 题