Luego que Poldy consiguió sosegarse un poco, cayó en muda y honda
melancolía. Nada dijo a su hermano ni a su aya. Ellos no se atrevían a
interrogar a Poldy. Encerrada en su estancia, no iba ya a pasear por el
bosque. Apenas se dejaba ver y tratar por las personas que en el
castillo moraban.
Entre tanto, el joven Isidoro fue tan audaz que se aventuró a venir a
visitarla, no ya recatadamente, sino en elegantísima victoria, tirada
por dos soberbios trotones rusos, con la cual llegó hasta la puerta del
castillo, subió las escaleras, y se empeñó en entrar a ver a la joven
condesa. Por fortuna se opuso el aya que le recibió en la antesala.
Isidoro dejó tarjeta y se retiró mal contento.
No desistió sin embargo, y repitió otras tres veces la tentativa. A la
cuarta vez, por orden de Poldy, el aya salió a desengañar a Isidoro, le
afeó su tenacidad y atrevimiento, y le dijo que era inútil que volviese
por allí a enojar y a atormentar a Poldy, que nunca habría de recibirle
y a quien no volvería a ver en la vida.
El horror antisemítico que embarga el ánimo de la nobleza austriaca
explica la conducta de Poldy, que parece extravagantísima y hasta
inexplicable en España.
Poldy se había enamorado entrañablemente de Isidoro, pero, siendo él
judío, juzgaba ella imposible aceptarle primero por novio y luego por
esposo. El caso sería mirado como una abominación sin ejemplo. Los
hermanos de Poldy dejarían de reconocerla por hermana, sus tíos y tías,
por sobrina, y toda la _hig-life_ vienesa de dieciséis cuarteles, la
expulsaría de su seno como individuo degradado y corrompido.
Al pensar Poldy en esto, los cabellos se le erizaban y temblaba y
tiritaba todo su cuerpo como si discurriese por él el frío que precede a
la calentura.
Resuelta estaba Poldy a no volver a ver a Isidoro: pero no había
previsto otra cosa y no había formado sobre ella plan ni propósito.
A los pocos días de haberse negado ya por completo y para siempre a ver
a Isidoro, Poldy recibió por el correo una carta suya. Tal vez, sin
reconocer la letra, abrió la carta, tal vez reconoció la letra del sobre
y sin embargo le rompió. De todos modos, una vez abierta la carta, Poldy
no pudo resistir a la curiosidad y al interés que le inspiraba lo que en
ella estaba escrito. Leyó pues, y vio que decía: «El enojado, el
quejoso, debía ser yo y no tú, hermosa Poldy: pero el amor que me
inspiras es tan alto que no se le sobreponen los enojos y es tan firme
que no hay queja que le hunda ni acabe. Sigo, pues, adorándote, apesar
de todos los agravios. No fui yo quién te solicitó. Tú me provocaste, tú
me excitaste a que te amara enviándome tu retrato con un apasionado
escrito. Me creiste brahman, nababo, príncipe de la India o cosa por el
estilo; y, no puedes negarlo, me amaste entonces. ¿Hay nada más
irracional, ni más absurdo que tu desamor y tu furor de ahora, porque
sabes que, en vez de ser brahman, soy israelita? Yo seguí tu humor al
principio, fingiéndome brahman, pero, en lo tocante a nobleza no fingí
nada. ¿Quién te ha dicho que un judío no puede ser noble? ¿De dónde
infieres que tengo yo menos cuarteles que tú? Yo puedo presentarte mi
evidente genealogía que se remonta hasta el mismo patriarca de Ur de los
caldeos, pasando por reyes, caudillos, jueces y profetas. ¿Dónde andaban
los germanos ni qué eran cuando el poderoso rey Salomón, mi pariente,
erigía suntuoso templo al Dios único?
Creado su concepto en la mente de los hombres de mi casta, por ellos fue
revelado al resto del humano linaje, idólatra y ciego. También el rey
Salomón fundaba a Tadmor, espléndido oasis para las caravanas que iban a
las orillas del Eufrates, y mandaba sus triunfadoras naves juntas con
las de Hiram, a Ofir y a Lanka por un extremo, y a Gadir, a Tarsis y aún
a las remotas Casitérides por el otro. Desde allí le traían, para
autoridad, pasatiempo y deleite de él y de sus súbditos, cobre, estaño y
ámbar, cándidas pieles de armiños y de cisnes, jimios y papagayos,
especierías y perfumes, perlas y diamantes, marfil y oro.
Alguien de mi familia privó con Ciro el Grande y volvió con Zorobabel a
reedificar la Ciudad Santa. De mi familia fue también el glorioso
pontífice que infundió en el ánimo engreído y triunfante del Macedón
Alejandro, súbito acatamiento y saludable temor de las cosas divinas.
Alguien de mi familia combatió gloriosamente por la patria al lado de
los Macabeos y derrotó al rey de Siria Antioco Epifanes. Ve tú pensando
mientras yo recuerdo estos sucesos que puedo demostrarte, en que pobre
choza o en que miserable zahurda estaba metida entonces tu desarrapada y
salvaje parentela. Las brutales persecuciones de Demetrio Soter, después
de la funesta batalla y de la heroica y gloriosísima muerte de los
Macabeos, movieron a mi familia a emigrar a España. No quiero pecar de
prolijo ni ser tildado de jactancioso, y por eso no cuento aquí por
menudo las cosas extraordinarias que en España hicimos. Te diré, no
obstante, que fue mi cercano pariente aquel gran rabino de Toledo que
redactó la exposición, y fue el primero en firmarla, dirigiéndose a
Caifás y tratando de convencerle, para que no condenase al santísimo
Hijo de María. Al lado del rey Alfonso VI de Castilla combatieron como
héroes mis antepasados, contra la bárbara invasión de los almoravides,
en la sangrienta rota de Zalaca. Yo cuento en mi familia inspirados
poetas y admirables filósofos y teólogos, gloria de la Sinagoga española
y de todo el judaísmo. Entre ellos descuella Jehuda Leví, el Castellano,
a quien Heine celebra con entusiasmo fervoroso. El beso que Dios, al
crearla, dio a su alma, viéndola tan bella, resuena aún en los cantares
de aquel trovador admirable y produce divino encanto en los nobles
espíritus que son capaces de sentirle y de comprenderle. Mi familia se
estableció más tarde en Lucena, provincia de Córdoba, centro floreciente
de las academias y liceos judaicos, donde las ciencias y las artes se
cultivaron con abundante fruto. De allí salieron médicos, astrónomos,
hombres de Estado y ministros de hacienda para multitud de monarcas,
cristianos y muslimes, de los que reinaron en la península. Nosotros
poseíamos un pintoresco castillo o quinta de recreo, en el ameno
nacimiento del río, cerca de la villa (hoy ciudad) de Cabra, y por eso
tomamos el apellido de Castillo de Cabra, que traducido al alemán llevo
ahora. Arrojados de España por el fanatismo antisemita, vinimos a parar
a Austria, donde somos hoy víctimas de no menor absurdo fanatismo. Y no
es lo peor el odio, sino el infundado desprecio con que nos tratáis.
¿Qué he hecho yo, qué ha hecho mi casta para que seamos así
menospreciados? El dinero que ha ganado mi padre y el dinero que he
ganado yo, ha sido ganado honradamente. Y para no cansarte, no digo aquí
nada más de mi nobleza. Sólo me atreveré a indicar que todavía hay en
España familias de las más altas clases, que se convirtieron a la
religión cristiana en el siglo XV, y con las cuales me sería harto fácil
probar mi parentesco. Baste lo dicho para que te inclines, oh hermosa
Poldy, a desechar tu loca repugnancia, impropia del clarísimo
entendimiento que Dios te ha dado, y para que vuelvas a recibirme, me
ames y seas mía.»
En Austria nadie sabe de fijo lo que hizo Poldy después de leer tan
arrogante y disparatada carta. La general creencia es sin embargo la de
que Poldy, aunque perdidamente enamorada del judío, no cedió ni se
rindió a sus razones. Muy por el contrario, todos por allá dan un fin
trágico y misterioso a la presente historia.
El castillo de Liebestein está solitario y ruinoso. En sus sombríos y
desapacibles salones, llenos de polvo y telarañas, se afirma que vagan y
circulan por la noche duendes y almas en pena.
El conde Enrique se fue de profesor a no sé qué universidad, donde vive
aún.
Y en cuanto a Poldy, unos aseguran que se ahogó bañándose, y dan otros
por cierto que, de propósito y movida por la desesperación, se arrojó
desde una barca en la vaguada o centro mismo de la corriente del
Danubio, y hasta añaden que con una gruesa piedra atada al cuello, para
hundirse en el fondo, para que nadie pudiera salvarla y para que no
resurgiese y se encontrase su cadáver.