Contentísima estaba Poldy al inferir y considerar, por la lectura de la
carta, que su indio era ilustre y rico y que estaba perdidamente
enamorado de ella. Puntos había, no obstante, en la carta, que hacían
surgir en el espíritu de Poldy, reparos, contradicciones y hasta quejas.
Harto jactancioso y nada galante ni fino le pareció el encomio que hizo
el indio de su nobleza, con grave detrimento y aun menosprecio de la
nobleza austriaca; pero Poldy excusaba y hasta absolvía al indio,
conjeturando que en este particular había de estar un tanto cuanto
agriado su carácter, por que siendo él descendiente de Crishna, de Rama,
de los Pandues, o tal vez de algún Avatar, encarnación de Vishnú, de los
que el Mahavarata celebra, se veía sometido a la extranjera dominación
de los pícaros ingleses.
Poldy disculpaba así a su amigo, pero distaba mucho de darle la razón.
Pensaba ella que los documentos nobiliarios valen solo cuando goza de
poder, alta posición y riqueza quien los exhibe, y que todo esto, salvo
la riqueza, estaba menoscabado y deteriorado en su indio, que al fin era
un humilde súbdito de S. M. Británica y cualquier inglés empleado de
Hacienda o cualquier coronel de caballería podría mirarle de alto a
bajo.
Poldy discurría además, que el que vence y domina es siempre el heredero
legítimo del vencido y dominado. Y esto en todas las épocas y regiones.
En la Edad Media, por ejemplo, ya en una encrucijada, ya en abierto
palenque, topaba un caballero andante con otro, y para probar la
bizarría respectiva o para hacer confesar al contrario, que su dama era
la más hermosa, o por quítame allá esas pajas, se arremetían ambos con
furia y se daban de lanzadas. De resultas caía derribado de la silla uno
de los dos caballeros, y en el instante, toda la gloria de sus proezas,
toda la nombradía que sus aventuras y hazañas le habían granjeado, se
transferían al caballero vencedor como aditamento o apéndice.
Poldy recordaba también haber leído que, allá en América, cuando un
cacique bisoño, que no había hecho aun cosa de provecho, se encontraba
de manos a boca con otro cacique veterano, enemigo suyo, y célebre autor
de doscientas mil ferocidades, y acertaba a darle tan terrible golpe con
la macana que le derribaba y vencía, la fama toda del cacique veterano
se trasladaba al cacique bisoño, y hasta era general creencia que en el
bisoño se transfundían los bríos y la audacia del veterano, sobre todo
si el bisoño le bebía la sangre o se le comía, crudo o guisado, después
de haberle muerto.
Deducía Poldy de cuanto va dicho, que los verdaderos nobles del día, son
los europeos, y muy singularmente los alemanes, porque ejercen con los
adelantos y mejoras de nuestro siglo, todas las antiguas artes de la paz
y de la guerra, por donde se señalaron y dominaron el mundo asirios y
babilonios, medos y persas, egipcios, fenicios y cartagineses, y griegos
y romanos, cuyas glorias todas, excelencias y privilegios se hallan hoy,
según Poldy, en resumen, cifra y compendio, en sus egregios
compatriotas, y por consiguiente en ella también.
A pesar de todo, y después de haber hecho la indispensable rebaja, Poldy
se complacía en que fuera noble su indio y hasta se figuraba llanísimo
que fuese él naturalizado, _hof-fähig_ sin la menor dificultad, y que
asistiese con ella a la corte cuando estuviesen casados.
Como en Austria, además de la nobleza alemana, checa, polaca, húngara,
rumana, croata, serba, dálmata, etc., la hay de origen irlandés,
francés, español e italiano, claro está que podría haberla también de
origen brahmánico y _chatriesco_.
Otra cosa, de las que enojaban algo a Poldy, era la presencia en la
fotografía de aquellas tres bayaderas tan ligeramente vestidas y tan
poco modestas y comedidas en sus bailes. Pero también Poldy se mostraba
indulgente con este desafuero del indio, y si no le disculpaba, le
explicaba y casi le perdonaba. El indio había tenido bayaderas, y había
hecho aquella vida rota, de puro oriental, cuando estaba aun sumido en
las tinieblas del paganismo, pero cuando, gracias al padre jesuita, se
convirtió a la verdadera religión, Poldy daba por segura su enmienda y
el abandono en que había dejado sus viciosos deportes.
Lo único que en este negocio la apesadumbraba era que no hubiese sido el
indio su catecúmeno, porque ella le hubiera convertido mejor que el
padre jesuita, y no le hubiera dado en la pila bautismal un nombre tan
feo como el de Isidoro. Poldy ignoraba quizás que había habido un santo
arzobispo de dicho nombre, famosísimo sabio, que recogió y ordenó en
sus libros todo el saber de su tiempo, y se atenía a lo que había oído
decir a una vieja princesa, tía suya, terrible antisemita, la cual
princesa se empeñaba en afirmar que el nombre de Isidoro era muy común
entre judíos, por donde le repugnaba de tal suerte, que tuvo tentaciones
de despedir a un excelente criado suyo porque se llamaba Isidoro, y sólo
se resignó a conservarle en su servicio obligándole a llamarse Filidoro
en adelante.
Por lo demás, Poldy no podía estar más alegre ni más satisfecha. El
istmo de Suez, acababa de abrirse y ya se presentía Poldy atravesando el
canal, salvando el estrecho de Bab-el-Mandeb, y navegando por el Mar
Eritreo, con rumbo hacia la India, para visitar las quintas, jardines y
palacios de su joven esposo.
La venida de éste no podía ya tardar mucho, y Poldy se moría de
impaciencia por verle vivo y no pintado, en cuerpo y alma y no en
imagen. Lo que excitaba su curiosidad y le cosquilleaba suavemente las
telas del cerebro era la condición de _Padmini_, que el joven indio le
concedía. Ansiosa estaba de leer o de que le leyesen el _Kama Sutra_, y
de estudiar bien allí las sesenta y cuatro aptitudes o excelencias de la
_Padmini_, para buscarlas en ella y convencerse de que las poseía y de
que no era lisonja de su amigo.
En resolución, Poldy estaba inquieta y alborozada, pero con inquietud y
alborozo, llenos de dulces esperanzas y de amorosas y poéticas
venturas.
X
Muy distraída o muy afanada debía de andar Garuda, cuando no se mostraba
en la margen de la laguna a donde Poldy iba a buscarla de diario.
El indio seguía también tan invisible como Garuda.
Poldy languidecía de impaciencia, e imaginaba en ocasiones que iba a
marchitarse su juventud como entreabierta rosa, en cuyo seno, donde no
cayó el rocío, penetran los rayos del sol en la estación estiva.
En efecto, estaba para acabar ya el mes de Junio y el indio no había
aparecido.
Una mañana, como de costumbre, entre diez y once, volvía Poldy de la
laguna, donde en balde había buscado a la cigüeña.
Fatigada y triste, en medio de la senda por donde se volvía al castillo,
Poldy se sentó, al pie de un olmo, en un asiento rústico, y en lo más
frondoso, intrincado y bonito del parque. Un arroyuelo cristalino corría
cerca murmurando. Crecían en su margen blancas y moradas violetas, y
otras no cultivadas florecillas, que embalsamaban el aire con suave y
grata fragancia. Floridos rosales de enredadera y otras plantas, que se
ceñían a los troncos, y pasaban de un árbol a otro, como festones y
guirnaldas, formaban allí misteriosa espesura y apartado recinto.
Sentada ya Poldy, se puso a meditar, y hubo de distraerse por tal arte,
que, como vulgarmente se dice, se le fue el santo al cielo. Cual no
sería su asombro y cual no sería su júbilo, cuando de repente sintió
ruido y sin tener tiempo para recobrarse, vio llegar a un gentil
caballero, que se aproximó respetuoso y vino a ponerse de hinojos a sus
plantas.
Imposible dudar. Era el original de los tres retratos en fotografía.
Vestido estaba con elegante traje de cazador, pero sin armas, porque no
iba ya a caza de tigres, sino de palomas. Y en vez del salacot oriental,
cubría su cabeza un airoso sombrero tirolés adornado con una pluma de
águila.
El joven derribó por tierra el sombrero y descubrió los negros y
abundantes rizos de su cabeza, antes de postrarse de rodillas.
Profunda fue la emoción de Poldy. El corazón le daba brincos en el
pecho. El joven le pareció mucho más bello en el original que en los
retratos, y cuando oyó su voz, argentina, melodiosa, y rica de tonos
persuasivos y suaves, que roban la prudencia y la calma, apenas pudo
sostenerse y pensó que se desmayaba.
En aquella situación no era dable diálogo alguno. ¿Qué podían decirse
los dos enamorados? ¿Con qué frases, en qué sobrehumano idioma
acertarían a expresar sus agitadores sentimientos?
Solo dijo él:
--Aquí estoy, Poldy. Tuya es mi vida. Quiero ser y seré tuyo para
siempre. Yo te amo, yo te idolatro, yo te adoro.
¿Qué había de contestar Poldy, muda de asombro, radiante de alegría, y
con el amor y el pudor luchando en su alma?
Hizo, no obstante un esfuerzo y se puso de pie, aunque turbada y
vacilante.
Entonces él se levantó también y la estrechó irresistible y
cariñosamente entre sus brazos. Luego, juntó su rostro al de ella y
cubrió de besos su frente, sus mejillas y su fresca boca.
Conoció Poldy al fin el peligro en que se hallaba, se avergonzó de ceder
con tanta facilidad a quien veía y oía por vez primera; y, prestándole
fuerzas su lastimado decoro, rechazó con violencia a su amante, se
desprendió de entre sus brazos, y procuró guarecerse de su atrevimiento
huyendo desalada y refugiándose en el castillo.
A solas en su estancia, se repuso Poldy de su temor, logró calmarse, y
en el fondo de su alma no pudo menos de conceder su perdón al príncipe
indio. ¿Qué no perdonará una mujer a un joven gallardo y elegante,
enamoradísimo de ella, y que viene a buscarla y a ofrecerle su mano
desde tan remotos países? Y por otra parte, ¿qué había de hacer él
cuando ella había enmudecido, trémula y palpitante, y no respondía a sus
palabras? Si el indio no hubiera hecho lo que hizo, o hubiera sido un
ente sobrehumano de los que no se estilan, o un mozalvete ruin,
desmedrado y muy para poco.
Así pensó Poldy. Yo no digo si pensó bien o si pensó mal. Digo solo que
pensó así y que, en consecuencia de tales premisas, echó allá en su
mente la absolución al joven indio.
Sacó luego de un cajón de su escritorio la fotografía iluminada y con
morosa delectación se puso a contemplarla.
Tan embebecida estaba en esto, sentada junto a su bufete, donde había
extendido la fotografía, que no vio ni oyó lo que pasaba en torno suyo.
De súbito, y cuando menos lo temía, oyó detrás de ella una estridente y
sonora carcajada, tan diabólica y tan burlona como puede darla el más
consumado cantante, haciendo el papel de Mefistófeles y atormentando a
Margarita, en la ópera del _Fausto_. Con mucho sobresalto volvió Poldy
la cara y vio apoyado en el respaldar de su silla a su hermano Enrique,
con su facha de duende maligno, que se reía a casquillo quitado.
De ordinario era Poldy apacible y afectuosa con todas las gentes y
singularmente con su enfermizo hermano, para quien no tenía palabra
mala. Pero entonces la cegó la ira y dijo con cruel desabrimiento al
Conde Enrique:
--¿De qué te ríes, imbécil? ¿De qué te ríes?
--Pues me río, contestó el conde tartamudeando, pues me río...
--Vamos... interrumpió ella. Di, explícate. Dios te dé habla.
--Pues me río del enredo novelesco que has armado en tu cabeza,
convirtiendo en príncipe indio o en algo semejante... a mi antiguo amigo
y camarada de universidad, Isidoro Ziegesburg.
--Esas son simplezas tuyas. El indio se parecerá a un estudiante que tú
conociste. ¿Pero de dónde había de sacar el tal estudiante todas las
magnificencias indostánicas, todos los peregrinos tesoros de que en esta
fotografía aparece rodeado?
--Mira, hermana, mi amigo es tan rico y abundan tanto en su casa los
objetos de toda laya, que lo mismo que aparece como indostaní en la
fotografía, hubiera podido aparecer griego del tiempo de Pericles,
magnate egipcio de la época de los Faraones o de los Ptolomeos, Mirza
contemporáneo de Hafiz o señor feudal del siglo de la primera cruzada. Y
siempre con las alhajas, primores, requisitos y demás accesorios que a
cada personaje caracterizan y son propios. Isidoro Ziegesburg, en una
palabra, posee el más completo y admirable bazar de antiguallas y
curiosidades que hay en Viena. ¿Qué digo en Viena? en toda Europa no hay
otro que se le iguale. Isidoro, así por lo que heredó de su padre, como
por lo que ha traído de sus peregrinaciones por todo el mundo, durante
cuatro años, es el más notable y acreditado de todos los chamarileros.
Comprendo lo que ha pasado y por eso me río. Me río sin poderlo
remediar.
Y el conde Enrique se reía, y Poldy poniéndose colorada como las
amapolas, estuvo a punto de darle de bofetones.
El conde advirtió que su hermana estaba furiosa, refrenó su hilaridad y
siguió diciendo:
--Lo comprendo todo, porque Isidoro posee una bonita casa de campo a
ocho kilómetros de este castillo. No extraño que lo ignores, porque tú
estás siempre en Babia, arrobada en tus ensueños y sin ver la realidad
de las cosas. Sin duda, en la citada casa de campo, ha de tener Isidoro
algunos animales domesticados, y entre ellos la cigüeña blanca. Tuvo un
día el capricho de colgar al cuello de la cigüeña las tres poesías
sanscritas, de cierto compuestas por él, porque es muy ingenioso y
aprovechado estudiante. El quiso embromar a alguien, sin prever a quien
embromaría. Y quiso la suerte que los versos cayesen en tus manos y
fueses tú la embromada. Lo demás que ha podido ocurrir, lo sabes tú
mejor que yo.
--Sí que lo sé, dijo Poldy, más triste ya y más abatida que airada. Y
pregunto yo ahora: ¿es incompatible el ser chamarilero y el pertenecer a
la nobleza?
--En manera alguna es incompatible. Sujetos de muchas campanillas gustan
en el día de hoy de hacer cambalaches y de comprar y vender antiguallas
y curiosidades de todo género. Yo he oído decir al mismo Isidoro, cuando
acababa de volver de sus peregrinaciones, que en Lisboa tenía un
estupendo baratillo nada menos que un Palha, individuo de una de las más
ilustres y antiguas familias portuguesas, según lo atestigua Cervantes
en el _Quijote_. Y sin ir tan lejos, en la misma capital de Austria, hay
un egregio conde que tiene tienda de cristalería, y otro muy distinguido
caballero que la tiene de tejidos de lana en la calle de Carintia.
¿Porqué pues, sin desdoro de sus timbres y blasones, no ha de tener un
baratillo un señor de noble prosapia?
--Acaso, dijo Poldy, Isidoro de Ziegesburg entre en esa cuenta. Acaso
figure su nombre en el cuadro genealógico de las casas principescas,
ducales y comitales, que publica todos los años el almanaque de Gotha, o
por lo menos en el libro de los condes, que también da anualmente a la
estampa el mismo editor Justo Perthes.
--Desengáñate, hermana. No te canses. Yo debo decirte la verdad, aunque
te aflijas. Y la verdad es que Isidoro Ziegesburg es un judío.
No bien el conde Enrique hubo pronunciado aquella palabra, que sonó como
la trompeta del juicio en las encendidas orejas de Poldy, criada y
educada, por su madre y por su tía, desde la tierna infancia en el más
feroz antisemitismo, cuando Poldy empezó a temblar como una azogada y
tuvo un violento ataque de risa nerviosa. Tan violento fue que el conde
Enrique se llenó de miedo, llamó al aya e hizo que trajesen a Poldy una
taza de tila.
Cuando al fin se calmó Poldy, y cuando pasó su risa insana, empezó a
suspirar y a sollozar, y derramó un mar de lágrimas.
Todavía se notaba en ella un raro movimiento nervioso. Con el pañuelo se
secaba el llanto, pero se restregaba el pañuelo con violencia por las
mejillas y por los labios, como si quisiese arrancarse la piel y los
besos que en ella había estampado el príncipe indio, convertido ya en
chamarilero israelita.