IX

Contentísima estaba Poldy al inferir y considerar, por la lectura de la

carta, que su indio era ilustre y rico y que estaba perdidamente

enamorado de ella. Puntos había, no obstante, en la carta, que hacían

surgir en el espíritu de Poldy, reparos, contradicciones y hasta quejas.

Harto jactancioso y nada galante ni fino le pareció el encomio que hizo

el indio de su nobleza, con grave detrimento y aun menosprecio de la

nobleza austriaca; pero Poldy excusaba y hasta absolvía al indio,

conjeturando que en este particular había de estar un tanto cuanto

agriado su carácter, por que siendo él descendiente de Crishna, de Rama,

de los Pandues, o tal vez de algún Avatar, encarnación de Vishnú, de los

que el Mahavarata celebra, se veía sometido a la extranjera dominación

de los pícaros ingleses.

Poldy disculpaba así a su amigo, pero distaba mucho de darle la razón.

Pensaba ella que los documentos nobiliarios valen solo cuando goza de

poder, alta posición y riqueza quien los exhibe, y que todo esto, salvo

la riqueza, estaba menoscabado y deteriorado en su indio, que al fin era

un humilde súbdito de S. M. Británica y cualquier inglés empleado de

Hacienda o cualquier coronel de caballería podría mirarle de alto a

bajo.

Poldy discurría además, que el que vence y domina es siempre el heredero

legítimo del vencido y dominado. Y esto en todas las épocas y regiones.

En la Edad Media, por ejemplo, ya en una encrucijada, ya en abierto

palenque, topaba un caballero andante con otro, y para probar la

bizarría respectiva o para hacer confesar al contrario, que su dama era

la más hermosa, o por quítame allá esas pajas, se arremetían ambos con

furia y se daban de lanzadas. De resultas caía derribado de la silla uno

de los dos caballeros, y en el instante, toda la gloria de sus proezas,

toda la nombradía que sus aventuras y hazañas le habían granjeado, se

transferían al caballero vencedor como aditamento o apéndice.

Poldy recordaba también haber leído que, allá en América, cuando un

cacique bisoño, que no había hecho aun cosa de provecho, se encontraba

de manos a boca con otro cacique veterano, enemigo suyo, y célebre autor

de doscientas mil ferocidades, y acertaba a darle tan terrible golpe con

la macana que le derribaba y vencía, la fama toda del cacique veterano

se trasladaba al cacique bisoño, y hasta era general creencia que en el

bisoño se transfundían los bríos y la audacia del veterano, sobre todo

si el bisoño le bebía la sangre o se le comía, crudo o guisado, después

de haberle muerto.

Deducía Poldy de cuanto va dicho, que los verdaderos nobles del día, son

los europeos, y muy singularmente los alemanes, porque ejercen con los

adelantos y mejoras de nuestro siglo, todas las antiguas artes de la paz

y de la guerra, por donde se señalaron y dominaron el mundo asirios y

babilonios, medos y persas, egipcios, fenicios y cartagineses, y griegos

y romanos, cuyas glorias todas, excelencias y privilegios se hallan hoy,

según Poldy, en resumen, cifra y compendio, en sus egregios

compatriotas, y por consiguiente en ella también.

A pesar de todo, y después de haber hecho la indispensable rebaja, Poldy

se complacía en que fuera noble su indio y hasta se figuraba llanísimo

que fuese él naturalizado, _hof-fähig_ sin la menor dificultad, y que

asistiese con ella a la corte cuando estuviesen casados.

Como en Austria, además de la nobleza alemana, checa, polaca, húngara,

rumana, croata, serba, dálmata, etc., la hay de origen irlandés,

francés, español e italiano, claro está que podría haberla también de

origen brahmánico y _chatriesco_.

Otra cosa, de las que enojaban algo a Poldy, era la presencia en la

fotografía de aquellas tres bayaderas tan ligeramente vestidas y tan

poco modestas y comedidas en sus bailes. Pero también Poldy se mostraba

indulgente con este desafuero del indio, y si no le disculpaba, le

explicaba y casi le perdonaba. El indio había tenido bayaderas, y había

hecho aquella vida rota, de puro oriental, cuando estaba aun sumido en

las tinieblas del paganismo, pero cuando, gracias al padre jesuita, se

convirtió a la verdadera religión, Poldy daba por segura su enmienda y

el abandono en que había dejado sus viciosos deportes.

Lo único que en este negocio la apesadumbraba era que no hubiese sido el

indio su catecúmeno, porque ella le hubiera convertido mejor que el

padre jesuita, y no le hubiera dado en la pila bautismal un nombre tan

feo como el de Isidoro. Poldy ignoraba quizás que había habido un santo

arzobispo de dicho nombre, famosísimo sabio, que recogió y ordenó en

sus libros todo el saber de su tiempo, y se atenía a lo que había oído

decir a una vieja princesa, tía suya, terrible antisemita, la cual

princesa se empeñaba en afirmar que el nombre de Isidoro era muy común

entre judíos, por donde le repugnaba de tal suerte, que tuvo tentaciones

de despedir a un excelente criado suyo porque se llamaba Isidoro, y sólo

se resignó a conservarle en su servicio obligándole a llamarse Filidoro

en adelante.

Por lo demás, Poldy no podía estar más alegre ni más satisfecha. El

istmo de Suez, acababa de abrirse y ya se presentía Poldy atravesando el

canal, salvando el estrecho de Bab-el-Mandeb, y navegando por el Mar

Eritreo, con rumbo hacia la India, para visitar las quintas, jardines y

palacios de su joven esposo.

La venida de éste no podía ya tardar mucho, y Poldy se moría de

impaciencia por verle vivo y no pintado, en cuerpo y alma y no en

imagen. Lo que excitaba su curiosidad y le cosquilleaba suavemente las

telas del cerebro era la condición de _Padmini_, que el joven indio le

concedía. Ansiosa estaba de leer o de que le leyesen el _Kama Sutra_, y

de estudiar bien allí las sesenta y cuatro aptitudes o excelencias de la

_Padmini_, para buscarlas en ella y convencerse de que las poseía y de

que no era lisonja de su amigo.

En resolución, Poldy estaba inquieta y alborozada, pero con inquietud y

alborozo, llenos de dulces esperanzas y de amorosas y poéticas

venturas.

X

Muy distraída o muy afanada debía de andar Garuda, cuando no se mostraba

en la margen de la laguna a donde Poldy iba a buscarla de diario.

El indio seguía también tan invisible como Garuda.

Poldy languidecía de impaciencia, e imaginaba en ocasiones que iba a

marchitarse su juventud como entreabierta rosa, en cuyo seno, donde no

cayó el rocío, penetran los rayos del sol en la estación estiva.

En efecto, estaba para acabar ya el mes de Junio y el indio no había

aparecido.

Una mañana, como de costumbre, entre diez y once, volvía Poldy de la

laguna, donde en balde había buscado a la cigüeña.

Fatigada y triste, en medio de la senda por donde se volvía al castillo,

Poldy se sentó, al pie de un olmo, en un asiento rústico, y en lo más

frondoso, intrincado y bonito del parque. Un arroyuelo cristalino corría

cerca murmurando. Crecían en su margen blancas y moradas violetas, y

otras no cultivadas florecillas, que embalsamaban el aire con suave y

grata fragancia. Floridos rosales de enredadera y otras plantas, que se

ceñían a los troncos, y pasaban de un árbol a otro, como festones y

guirnaldas, formaban allí misteriosa espesura y apartado recinto.

Sentada ya Poldy, se puso a meditar, y hubo de distraerse por tal arte,

que, como vulgarmente se dice, se le fue el santo al cielo. Cual no

sería su asombro y cual no sería su júbilo, cuando de repente sintió

ruido y sin tener tiempo para recobrarse, vio llegar a un gentil

caballero, que se aproximó respetuoso y vino a ponerse de hinojos a sus

plantas.

Imposible dudar. Era el original de los tres retratos en fotografía.

Vestido estaba con elegante traje de cazador, pero sin armas, porque no

iba ya a caza de tigres, sino de palomas. Y en vez del salacot oriental,

cubría su cabeza un airoso sombrero tirolés adornado con una pluma de

águila.

El joven derribó por tierra el sombrero y descubrió los negros y

abundantes rizos de su cabeza, antes de postrarse de rodillas.

Profunda fue la emoción de Poldy. El corazón le daba brincos en el

pecho. El joven le pareció mucho más bello en el original que en los

retratos, y cuando oyó su voz, argentina, melodiosa, y rica de tonos

persuasivos y suaves, que roban la prudencia y la calma, apenas pudo

sostenerse y pensó que se desmayaba.

En aquella situación no era dable diálogo alguno. ¿Qué podían decirse

los dos enamorados? ¿Con qué frases, en qué sobrehumano idioma

acertarían a expresar sus agitadores sentimientos?

Solo dijo él:

--Aquí estoy, Poldy. Tuya es mi vida. Quiero ser y seré tuyo para

siempre. Yo te amo, yo te idolatro, yo te adoro.

¿Qué había de contestar Poldy, muda de asombro, radiante de alegría, y

con el amor y el pudor luchando en su alma?

Hizo, no obstante un esfuerzo y se puso de pie, aunque turbada y

vacilante.

Entonces él se levantó también y la estrechó irresistible y

cariñosamente entre sus brazos. Luego, juntó su rostro al de ella y

cubrió de besos su frente, sus mejillas y su fresca boca.

Conoció Poldy al fin el peligro en que se hallaba, se avergonzó de ceder

con tanta facilidad a quien veía y oía por vez primera; y, prestándole

fuerzas su lastimado decoro, rechazó con violencia a su amante, se

desprendió de entre sus brazos, y procuró guarecerse de su atrevimiento

huyendo desalada y refugiándose en el castillo.

A solas en su estancia, se repuso Poldy de su temor, logró calmarse, y

en el fondo de su alma no pudo menos de conceder su perdón al príncipe

indio. ¿Qué no perdonará una mujer a un joven gallardo y elegante,

enamoradísimo de ella, y que viene a buscarla y a ofrecerle su mano

desde tan remotos países? Y por otra parte, ¿qué había de hacer él

cuando ella había enmudecido, trémula y palpitante, y no respondía a sus

palabras? Si el indio no hubiera hecho lo que hizo, o hubiera sido un

ente sobrehumano de los que no se estilan, o un mozalvete ruin,

desmedrado y muy para poco.

Así pensó Poldy. Yo no digo si pensó bien o si pensó mal. Digo solo que

pensó así y que, en consecuencia de tales premisas, echó allá en su

mente la absolución al joven indio.

Sacó luego de un cajón de su escritorio la fotografía iluminada y con

morosa delectación se puso a contemplarla.

Tan embebecida estaba en esto, sentada junto a su bufete, donde había

extendido la fotografía, que no vio ni oyó lo que pasaba en torno suyo.

De súbito, y cuando menos lo temía, oyó detrás de ella una estridente y

sonora carcajada, tan diabólica y tan burlona como puede darla el más

consumado cantante, haciendo el papel de Mefistófeles y atormentando a

Margarita, en la ópera del _Fausto_. Con mucho sobresalto volvió Poldy

la cara y vio apoyado en el respaldar de su silla a su hermano Enrique,

con su facha de duende maligno, que se reía a casquillo quitado.

De ordinario era Poldy apacible y afectuosa con todas las gentes y

singularmente con su enfermizo hermano, para quien no tenía palabra

mala. Pero entonces la cegó la ira y dijo con cruel desabrimiento al

Conde Enrique:

--¿De qué te ríes, imbécil? ¿De qué te ríes?

--Pues me río, contestó el conde tartamudeando, pues me río...

--Vamos... interrumpió ella. Di, explícate. Dios te dé habla.

--Pues me río del enredo novelesco que has armado en tu cabeza,

convirtiendo en príncipe indio o en algo semejante... a mi antiguo amigo

y camarada de universidad, Isidoro Ziegesburg.

--Esas son simplezas tuyas. El indio se parecerá a un estudiante que tú

conociste. ¿Pero de dónde había de sacar el tal estudiante todas las

magnificencias indostánicas, todos los peregrinos tesoros de que en esta

fotografía aparece rodeado?

--Mira, hermana, mi amigo es tan rico y abundan tanto en su casa los

objetos de toda laya, que lo mismo que aparece como indostaní en la

fotografía, hubiera podido aparecer griego del tiempo de Pericles,

magnate egipcio de la época de los Faraones o de los Ptolomeos, Mirza

contemporáneo de Hafiz o señor feudal del siglo de la primera cruzada. Y

siempre con las alhajas, primores, requisitos y demás accesorios que a

cada personaje caracterizan y son propios. Isidoro Ziegesburg, en una

palabra, posee el más completo y admirable bazar de antiguallas y

curiosidades que hay en Viena. ¿Qué digo en Viena? en toda Europa no hay

otro que se le iguale. Isidoro, así por lo que heredó de su padre, como

por lo que ha traído de sus peregrinaciones por todo el mundo, durante

cuatro años, es el más notable y acreditado de todos los chamarileros.

Comprendo lo que ha pasado y por eso me río. Me río sin poderlo

remediar.

Y el conde Enrique se reía, y Poldy poniéndose colorada como las

amapolas, estuvo a punto de darle de bofetones.

El conde advirtió que su hermana estaba furiosa, refrenó su hilaridad y

siguió diciendo:

--Lo comprendo todo, porque Isidoro posee una bonita casa de campo a

ocho kilómetros de este castillo. No extraño que lo ignores, porque tú

estás siempre en Babia, arrobada en tus ensueños y sin ver la realidad

de las cosas. Sin duda, en la citada casa de campo, ha de tener Isidoro

algunos animales domesticados, y entre ellos la cigüeña blanca. Tuvo un

día el capricho de colgar al cuello de la cigüeña las tres poesías

sanscritas, de cierto compuestas por él, porque es muy ingenioso y

aprovechado estudiante. El quiso embromar a alguien, sin prever a quien

embromaría. Y quiso la suerte que los versos cayesen en tus manos y

fueses tú la embromada. Lo demás que ha podido ocurrir, lo sabes tú

mejor que yo.

--Sí que lo sé, dijo Poldy, más triste ya y más abatida que airada. Y

pregunto yo ahora: ¿es incompatible el ser chamarilero y el pertenecer a

la nobleza?

--En manera alguna es incompatible. Sujetos de muchas campanillas gustan

en el día de hoy de hacer cambalaches y de comprar y vender antiguallas

y curiosidades de todo género. Yo he oído decir al mismo Isidoro, cuando

acababa de volver de sus peregrinaciones, que en Lisboa tenía un

estupendo baratillo nada menos que un Palha, individuo de una de las más

ilustres y antiguas familias portuguesas, según lo atestigua Cervantes

en el _Quijote_. Y sin ir tan lejos, en la misma capital de Austria, hay

un egregio conde que tiene tienda de cristalería, y otro muy distinguido

caballero que la tiene de tejidos de lana en la calle de Carintia.

¿Porqué pues, sin desdoro de sus timbres y blasones, no ha de tener un

baratillo un señor de noble prosapia?

--Acaso, dijo Poldy, Isidoro de Ziegesburg entre en esa cuenta. Acaso

figure su nombre en el cuadro genealógico de las casas principescas,

ducales y comitales, que publica todos los años el almanaque de Gotha, o

por lo menos en el libro de los condes, que también da anualmente a la

estampa el mismo editor Justo Perthes.

--Desengáñate, hermana. No te canses. Yo debo decirte la verdad, aunque

te aflijas. Y la verdad es que Isidoro Ziegesburg es un judío.

No bien el conde Enrique hubo pronunciado aquella palabra, que sonó como

la trompeta del juicio en las encendidas orejas de Poldy, criada y

educada, por su madre y por su tía, desde la tierna infancia en el más

feroz antisemitismo, cuando Poldy empezó a temblar como una azogada y

tuvo un violento ataque de risa nerviosa. Tan violento fue que el conde

Enrique se llenó de miedo, llamó al aya e hizo que trajesen a Poldy una

taza de tila.

Cuando al fin se calmó Poldy, y cuando pasó su risa insana, empezó a

suspirar y a sollozar, y derramó un mar de lágrimas.

Todavía se notaba en ella un raro movimiento nervioso. Con el pañuelo se

secaba el llanto, pero se restregaba el pañuelo con violencia por las

mejillas y por los labios, como si quisiese arrancarse la piel y los

besos que en ella había estampado el príncipe indio, convertido ya en

chamarilero israelita.

De varios colores · 第 39 / 73 题