Pronto desaparecieron las nieves; se oyó el canto de la alondra; calentó
más el sol y vertió luz más clara; discurrió por el bosque que
circundaba el castillo un aura vital y fecunda; se tapizó el suelo de
nueva y menuda yerba, y en los sotos y umbrías de las hondonadas, en la
margen de los arroyos, comenzaron a brotar florecillas tempranas,
despuntando con timidez en los álamos, mimbrones y chopos, más
resguardados de los vientos del Norte, las primeras tiernas hojas.
Entonces Poldy salió de su retraimiento casero y se lanzó con más
frecuencia y por más largo tiempo que nunca a sus excursiones y
meditabundos paseos por los sitios más solitarios de aquellas cercanías.
No poco gustaba ella de ir por intrincados senderos, por donde había más
flores, por donde era más tupida y frondosa la enramada. No poco gustaba
ella de sentarse en algún poyo rústico o de pararse a meditar al pie de
corpulento roble, cuyo añoso tronco estaba revestido de trepadera yedra
y de madreselva olorosa. Pero todo esto era para después y como recurso
y consuelo. Lo primero que Poldy hacía todas las mañanas, lo primero de
que gustaba y a donde iba precipitadamente apenas salía de paseo, era a
la margen de la laguna a ver si se le aparecía de nuevo la cigüeña
blanca.
Y como no se le aparecía, ya se quedaba aguardándola largas horas, ya se
ponía a buscarla por uno y otro lado y hasta penetrando en el obscuro y
ruinoso torreón que pudiera acaso servirle de refugio. Luego que se
cansaba de sus vanas pesquisas, cesaba de hacerlas y se dirigía a otros
puntos del bosque; negra tristeza embargaba su alma, y a veces asomaban
a sus hermosos ojos, harto involuntariamente, algunas lágrimas que no
eran ya de las nacidas por el afectuoso recuerdo de su madre difunta.
¿Por qué no volvía la cigüeña blanca? ¿Habría muerto en la India o
habría emigrado desde la India a otra región distante, olvidando con
ingratitud el bosque y castillo de Liebestein y la amistad de Poldy?
En estas dudas angustiosas transcurrió todo el mes de Abril.
Era el primer día de Mayo. Poldy, casi desesperada ya de volver a ver la
cigüeña, acudió, no obstante, como de costumbre, entre diez y once de la
mañana, a la orilla de la laguna.
Apenas hacía dos minutos que estaba allí, absorta, pensativa y fijando
larga y melancólica mirada en la tranquila haz del agua, cuando un
precipitado sonar de alas que venía acercándose estremeció todo su
cuerpo y alborozó su alma con agradable susto. La cigüeña blanca había
venido volando, se había abatido a pocos pasos de ella, y ya se le
acercaba con su lento y majestuoso paso y dando con el pico los
castañetazos con que solía siempre saludarla.
Indescriptible fue la alegría de Poldy. Su impaciencia fue mayor que su
alegría. Impulsada por su impaciencia, echó las manos al cuello del
pájaro zancudo, y empezó a buscar el cordón o la cinta de donde pendiese
la respuesta que a su carta esperaba. ¡Qué cruel aflicción tuvo
entonces! No hallaba carta pendiente. No hallaba cinta ni cordón de que
pendiera. A punto estuvo Poldy de llorar de rabia. Pero la cigüeña, como
si adivinase su sentimiento, abrió las largas alas y al punto con
alegría y sorpresa advirtió Poldy que la cigüeña tenía debajo del ala
izquierda y muy bien atado allí con un fuerte y sutil cordoncillo que
bajo las plumas se escondía, un largo y delgado canuto o rollo.
Poldy se apoderó de él en seguida y notó que era ligerísimo, que estaba
precintado y sellado y que era tan fuerte la cuerda del precinto y
estaba tan bien anudada, que no podía romperse ni desatarse sin tijeras.
Sobre la exterior superficie del rollo, se veía escrito en lengua y
letras alemanas: _A su excelencia la graciosa señorita Condesa Poldy de
Liebestein_.
Hizo Poldy algunos cariños a la cigüeña a fin de mostrar su gratitud, y
hasta hay quien dice que besó su cabeza en albricias del buen recado.
Luego Poldy se fue corriendo al castillo para encerrarse en su cuarto,
cortar el precinto con tijeras y ver lo que el rollo contenía. Había en
el rollo varios objetos que Poldy fue sucesivamente examinando. Era uno
la vista fotográfica, prolija y magistralmente iluminada con colores, de
un extenso y magnífico salón oriental, lleno de primores y de peregrinas
elegancias. En todo se advertían y se admiraban pasmoso lujo asiático y
muy acendrado buen gusto. Se diría que era aquello la prodigiosa cámara
subterránea, donde encontró Aladino la lámpara del Genio. Pendían de las
paredes armas brillantes, indias, chinas y japonesas; colgaban del techo
cinceladas lámparas de oro; se veían en torno jarrones, tibores y vasos,
artísticamente esculpidos, de metales preciosos, de jaspes rarísimos, de
antigua porcelana y de ataujía o menuda labor de pedrería, marfil,
bronce y otras materias ricas. Varios ídolos de extrañas cataduras y de
simbólicas formas, autorizaban y caracterizaban la estancia. Allí
estaban representados Agni, dios del fuego; Kamala o Kamela, Venus de la
India, de cuyo nombre proceden, en nuestro vulgar idioma _camama_,
_camelo_ y sus derivados; y allí estaban también Indra, Varuna y hasta
la misma Trimurti.
En primer término, sobre una espléndida alcatifa de Persia, y sentado en
mullidos almohadones de seda, admirablemente bordados, se parecía un
señor, en la flor de la juventud, cubierto de blanca y rozagante
vestidura y coronada la gentil cabeza de un amplio turbante, cándido
también, sobre el cual se erguía un airón o copete de rizadas y lindas
plumas, sujeto el airón al turbante por una enorme piocha de perlas,
diamantes y rubíes, que debía valer un imperio. Delante del señor había
varias mesillas enanas, donde en aúreos y repujados azafates, en ligeros
canastillos, en esbeltas ánforas y en cálices esmaltados, se ofrecían
para regalo de la vista, del olfato y del paladar, licores, conservas y
sazonados frutos. A un lado y a cierta distancia del joven señor, se
hallaba un rico y elegantísimo narguilé, cuyo flexible y luengo tubo
tenía el joven señor asido por el extremo, dejando ver la gruesa
boquilla de ámbar, prendida al tubo por un anillo de refulgentes
esmeraldas. Al lado opuesto del narguilé, aunque mucho más cerca del
joven señor, se alzaba, en muy graciosa postura, nuestra ya conocida
amiga la cigüeña blanca, cuya vista complació a Poldy no poco. No la
complació tanto, sino que hubo de enojarla y de escandalizarla, aunque
reprimió el enojo, atribuyendo lo que veía a inveteradas e
imprescindibles modas orientales, que en el fondo del salón apareciesen
tres bayaderas, con traje de Apsaras o inmortales ninfas, las cuales
tejían voluptuosa danza, desceñido y leve el transparente ropaje, los
brazos y los pies desnudos, luciendo en las gargantas de los pies y en
los brazos, ajorcas y brazaletes, y dejando ver además las torneadas
espaldas y los firmes y redondos pechos. Varios músicos, vestidos como
dicen que se visten los Gandarbas o músicos del cielo de Indra,
acompañaban la danza con arpas, flautas y violines, y con eróticos
cantares.
Poldy quedó deslumbrada al contemplar todo esto y formó el concepto más
alto del esplendor y de la riqueza del señor indio. De su traza personal
es de lo que aquella fotografía no le daba idea completamente
satisfactoria. Y no era ese tampoco el propósito de la fotografía, por
bajo de la cual había este letrero: _mi modo de vivir en Oriente_.
En otra fotografía más pequeña, aparecía ya el joven señor con más
claros pormenores. Estaba él solo, de cuerpo entero, pero sin accesorio
ninguno. Su traje, aunque sobrado pintoresco, era más europeo que indio,
salvo el extraño sombrero que llevaba en la cabeza y que era de los que
llaman heroínas en Filipinas. La chaqueta o dormán, muy ceñido al cuerpo
y adornado con alamares, revelaba las formas robustas de su torso y de
sus brazos. Los calzones eran anchos y cortos. Desde la rodilla hasta la
planta de los pies calzaba botas de becerro. Pendientes de la ancha
charpa, de cuero también, que ceñía su cintura, había un revólver a un
lado y al otro lado un enorme cuchillo de monte. En la mano derecha
cubierta de guante de gamuza, tenía una escopeta de dos cañones, que
descansaba en el suelo y sobre la cual se apoyaba. Por bajo, había un
rótulo que decía: _al ir a caza de tigres_.
Por último, había una tercera fotografía que no dejaba nada que desear.
Allí estaba el joven señor clara, fiel y nítidamente retratado. Su
rostro era hermosísimo. Los ojos eran grandes y expresivos; la barba
parecía sedosa, abundante y muy bien cuidada y atusada. La nariz, un
tanto cuanto aguileña, daba cierta majestad a su expresión. Y la anchura
y la rectitud de su frente revelaban poco común inteligencia. Se notaba
en todo su aspecto un no sé qué de bondadoso, de simpático y de
egregiamente distinguido. Sus manos sin guantes, aunque fuertes y
varoniles, eran aristocráticas, muy cuidadas y bonitas, con dedos
afilados en la extremidad y encanutadas las uñas, en vez de ser cortas y
chatas. En este retrato, el joven señor estaba vestido enteramente al
uso de Europa, de toda etiqueta, con corbata blanca y con un frac, tan
admirablemente cortado y que le caía tan bien, que no soñaría hacerle
mejor, ni Frank, el de Viena, ni el sastre más famoso de Londres. Por
bajo de este retrato había otro letrero que decía: _en traje de etiqueta
para ir a un baile del Lord Gobernador de la India_.
Hechizada quedó Poldy al contemplar los mencionados retratos. Se prendó
de la hermosura y distinción de su remoto amigo. Y no pudo menos de
confirmarse en la creencia de que era un príncipe indio _mediatizado_,
un nababo, o por lo menos un brahman o un _chatria_ de primer orden y de
mucho fuste.
Imagine ahora el lector el afán, el asombro, las palpitaciones de gozo y
el raro deleite con que leería Poldy la carta, que también venía en
rollo y que estaba concebida en estos términos: