VII

Pronto desaparecieron las nieves; se oyó el canto de la alondra; calentó

más el sol y vertió luz más clara; discurrió por el bosque que

circundaba el castillo un aura vital y fecunda; se tapizó el suelo de

nueva y menuda yerba, y en los sotos y umbrías de las hondonadas, en la

margen de los arroyos, comenzaron a brotar florecillas tempranas,

despuntando con timidez en los álamos, mimbrones y chopos, más

resguardados de los vientos del Norte, las primeras tiernas hojas.

Entonces Poldy salió de su retraimiento casero y se lanzó con más

frecuencia y por más largo tiempo que nunca a sus excursiones y

meditabundos paseos por los sitios más solitarios de aquellas cercanías.

No poco gustaba ella de ir por intrincados senderos, por donde había más

flores, por donde era más tupida y frondosa la enramada. No poco gustaba

ella de sentarse en algún poyo rústico o de pararse a meditar al pie de

corpulento roble, cuyo añoso tronco estaba revestido de trepadera yedra

y de madreselva olorosa. Pero todo esto era para después y como recurso

y consuelo. Lo primero que Poldy hacía todas las mañanas, lo primero de

que gustaba y a donde iba precipitadamente apenas salía de paseo, era a

la margen de la laguna a ver si se le aparecía de nuevo la cigüeña

blanca.

Y como no se le aparecía, ya se quedaba aguardándola largas horas, ya se

ponía a buscarla por uno y otro lado y hasta penetrando en el obscuro y

ruinoso torreón que pudiera acaso servirle de refugio. Luego que se

cansaba de sus vanas pesquisas, cesaba de hacerlas y se dirigía a otros

puntos del bosque; negra tristeza embargaba su alma, y a veces asomaban

a sus hermosos ojos, harto involuntariamente, algunas lágrimas que no

eran ya de las nacidas por el afectuoso recuerdo de su madre difunta.

¿Por qué no volvía la cigüeña blanca? ¿Habría muerto en la India o

habría emigrado desde la India a otra región distante, olvidando con

ingratitud el bosque y castillo de Liebestein y la amistad de Poldy?

En estas dudas angustiosas transcurrió todo el mes de Abril.

Era el primer día de Mayo. Poldy, casi desesperada ya de volver a ver la

cigüeña, acudió, no obstante, como de costumbre, entre diez y once de la

mañana, a la orilla de la laguna.

Apenas hacía dos minutos que estaba allí, absorta, pensativa y fijando

larga y melancólica mirada en la tranquila haz del agua, cuando un

precipitado sonar de alas que venía acercándose estremeció todo su

cuerpo y alborozó su alma con agradable susto. La cigüeña blanca había

venido volando, se había abatido a pocos pasos de ella, y ya se le

acercaba con su lento y majestuoso paso y dando con el pico los

castañetazos con que solía siempre saludarla.

Indescriptible fue la alegría de Poldy. Su impaciencia fue mayor que su

alegría. Impulsada por su impaciencia, echó las manos al cuello del

pájaro zancudo, y empezó a buscar el cordón o la cinta de donde pendiese

la respuesta que a su carta esperaba. ¡Qué cruel aflicción tuvo

entonces! No hallaba carta pendiente. No hallaba cinta ni cordón de que

pendiera. A punto estuvo Poldy de llorar de rabia. Pero la cigüeña, como

si adivinase su sentimiento, abrió las largas alas y al punto con

alegría y sorpresa advirtió Poldy que la cigüeña tenía debajo del ala

izquierda y muy bien atado allí con un fuerte y sutil cordoncillo que

bajo las plumas se escondía, un largo y delgado canuto o rollo.

Poldy se apoderó de él en seguida y notó que era ligerísimo, que estaba

precintado y sellado y que era tan fuerte la cuerda del precinto y

estaba tan bien anudada, que no podía romperse ni desatarse sin tijeras.

Sobre la exterior superficie del rollo, se veía escrito en lengua y

letras alemanas: _A su excelencia la graciosa señorita Condesa Poldy de

Liebestein_.

Hizo Poldy algunos cariños a la cigüeña a fin de mostrar su gratitud, y

hasta hay quien dice que besó su cabeza en albricias del buen recado.

Luego Poldy se fue corriendo al castillo para encerrarse en su cuarto,

cortar el precinto con tijeras y ver lo que el rollo contenía. Había en

el rollo varios objetos que Poldy fue sucesivamente examinando. Era uno

la vista fotográfica, prolija y magistralmente iluminada con colores, de

un extenso y magnífico salón oriental, lleno de primores y de peregrinas

elegancias. En todo se advertían y se admiraban pasmoso lujo asiático y

muy acendrado buen gusto. Se diría que era aquello la prodigiosa cámara

subterránea, donde encontró Aladino la lámpara del Genio. Pendían de las

paredes armas brillantes, indias, chinas y japonesas; colgaban del techo

cinceladas lámparas de oro; se veían en torno jarrones, tibores y vasos,

artísticamente esculpidos, de metales preciosos, de jaspes rarísimos, de

antigua porcelana y de ataujía o menuda labor de pedrería, marfil,

bronce y otras materias ricas. Varios ídolos de extrañas cataduras y de

simbólicas formas, autorizaban y caracterizaban la estancia. Allí

estaban representados Agni, dios del fuego; Kamala o Kamela, Venus de la

India, de cuyo nombre proceden, en nuestro vulgar idioma _camama_,

_camelo_ y sus derivados; y allí estaban también Indra, Varuna y hasta

la misma Trimurti.

En primer término, sobre una espléndida alcatifa de Persia, y sentado en

mullidos almohadones de seda, admirablemente bordados, se parecía un

señor, en la flor de la juventud, cubierto de blanca y rozagante

vestidura y coronada la gentil cabeza de un amplio turbante, cándido

también, sobre el cual se erguía un airón o copete de rizadas y lindas

plumas, sujeto el airón al turbante por una enorme piocha de perlas,

diamantes y rubíes, que debía valer un imperio. Delante del señor había

varias mesillas enanas, donde en aúreos y repujados azafates, en ligeros

canastillos, en esbeltas ánforas y en cálices esmaltados, se ofrecían

para regalo de la vista, del olfato y del paladar, licores, conservas y

sazonados frutos. A un lado y a cierta distancia del joven señor, se

hallaba un rico y elegantísimo narguilé, cuyo flexible y luengo tubo

tenía el joven señor asido por el extremo, dejando ver la gruesa

boquilla de ámbar, prendida al tubo por un anillo de refulgentes

esmeraldas. Al lado opuesto del narguilé, aunque mucho más cerca del

joven señor, se alzaba, en muy graciosa postura, nuestra ya conocida

amiga la cigüeña blanca, cuya vista complació a Poldy no poco. No la

complació tanto, sino que hubo de enojarla y de escandalizarla, aunque

reprimió el enojo, atribuyendo lo que veía a inveteradas e

imprescindibles modas orientales, que en el fondo del salón apareciesen

tres bayaderas, con traje de Apsaras o inmortales ninfas, las cuales

tejían voluptuosa danza, desceñido y leve el transparente ropaje, los

brazos y los pies desnudos, luciendo en las gargantas de los pies y en

los brazos, ajorcas y brazaletes, y dejando ver además las torneadas

espaldas y los firmes y redondos pechos. Varios músicos, vestidos como

dicen que se visten los Gandarbas o músicos del cielo de Indra,

acompañaban la danza con arpas, flautas y violines, y con eróticos

cantares.

Poldy quedó deslumbrada al contemplar todo esto y formó el concepto más

alto del esplendor y de la riqueza del señor indio. De su traza personal

es de lo que aquella fotografía no le daba idea completamente

satisfactoria. Y no era ese tampoco el propósito de la fotografía, por

bajo de la cual había este letrero: _mi modo de vivir en Oriente_.

En otra fotografía más pequeña, aparecía ya el joven señor con más

claros pormenores. Estaba él solo, de cuerpo entero, pero sin accesorio

ninguno. Su traje, aunque sobrado pintoresco, era más europeo que indio,

salvo el extraño sombrero que llevaba en la cabeza y que era de los que

llaman heroínas en Filipinas. La chaqueta o dormán, muy ceñido al cuerpo

y adornado con alamares, revelaba las formas robustas de su torso y de

sus brazos. Los calzones eran anchos y cortos. Desde la rodilla hasta la

planta de los pies calzaba botas de becerro. Pendientes de la ancha

charpa, de cuero también, que ceñía su cintura, había un revólver a un

lado y al otro lado un enorme cuchillo de monte. En la mano derecha

cubierta de guante de gamuza, tenía una escopeta de dos cañones, que

descansaba en el suelo y sobre la cual se apoyaba. Por bajo, había un

rótulo que decía: _al ir a caza de tigres_.

Por último, había una tercera fotografía que no dejaba nada que desear.

Allí estaba el joven señor clara, fiel y nítidamente retratado. Su

rostro era hermosísimo. Los ojos eran grandes y expresivos; la barba

parecía sedosa, abundante y muy bien cuidada y atusada. La nariz, un

tanto cuanto aguileña, daba cierta majestad a su expresión. Y la anchura

y la rectitud de su frente revelaban poco común inteligencia. Se notaba

en todo su aspecto un no sé qué de bondadoso, de simpático y de

egregiamente distinguido. Sus manos sin guantes, aunque fuertes y

varoniles, eran aristocráticas, muy cuidadas y bonitas, con dedos

afilados en la extremidad y encanutadas las uñas, en vez de ser cortas y

chatas. En este retrato, el joven señor estaba vestido enteramente al

uso de Europa, de toda etiqueta, con corbata blanca y con un frac, tan

admirablemente cortado y que le caía tan bien, que no soñaría hacerle

mejor, ni Frank, el de Viena, ni el sastre más famoso de Londres. Por

bajo de este retrato había otro letrero que decía: _en traje de etiqueta

para ir a un baile del Lord Gobernador de la India_.

Hechizada quedó Poldy al contemplar los mencionados retratos. Se prendó

de la hermosura y distinción de su remoto amigo. Y no pudo menos de

confirmarse en la creencia de que era un príncipe indio _mediatizado_,

un nababo, o por lo menos un brahman o un _chatria_ de primer orden y de

mucho fuste.

Imagine ahora el lector el afán, el asombro, las palpitaciones de gozo y

el raro deleite con que leería Poldy la carta, que también venía en

rollo y que estaba concebida en estos términos:

De varios colores · 第 36 / 73 题