Apresuradamente por el temor de que la cigüeña se fuese a la India sin
llevar prenda suya, y con vehemente exaltación, sublimada por la soledad
y como destilada en el encendido alambique de sus ocultas cavilaciones,
escribió Poldy la apasionada carta que acabamos de transcribir; mas no
bien voló la cigüeña, llevándosela colgada en el cuello, Poldy se
arrepintió y aun se avergonzó de haber escrito la carta, mostrándose tan
tierna y tan afectuosa con un desconocido. La suerte, sin embargo,
estaba echada. El mal no tenía ya remedio. Menester era resignarse y
callar. ¿Quién, desde la India, por poco sigiloso y por muy jactancioso
que fuese, había de tener el capricho de hacer saber en Viena que Poldy,
la orgullosa, la siempre esquiva, con condes, con príncipes y hasta con
archiduques, se había humillado a escribirle cosas de amor, sin saber
quien era e ignorando hasta su nombre?
Poldy esperaba que permaneciese secreto su impremeditado desliz; el mal
paso que había dado y que por lo menos calificaba ya de imprudente
locura.
Por otra parte, en ocasiones en que su humor era menos negro, Poldy se
juzgaba con alguna indulgencia y hasta llegaba a absolverse de su culpa,
dado que la hubiese. Porque, si el autor de los versos era un joven y
hermoso príncipe oriental o algo por el estilo, era muy cruel para el
príncipe y para ella no llevar adelante tan poética y misteriosa
aventura y destruir las vagas esperanzas de ambos, como quien arranca de
bien cultivado terreno una planta lozana a punto ya de cubrirse de
flores.
Como quiera que fuese, Poldy vivió en adelante muy retraída y
melancólica.
Aquel año fue el invierno muy crudo. Ni una vez sola, ni por muy breves
días, fue Poldy aquel invierno a Viena.
Penoso y terrible cuidado vino a aumentar las causas de su retraimiento.
La condesa viuda, su anciana madre, agobiada, más que por el peso de la
edad, por las penas, los desengaños y hasta por las miserias y los
apuros económicos, enfermó gravemente.
Hizo Poldy cerca de ella el oficio de la más vigilante, devota y
cariñosa enfermera; pero ni sus desvelos, ni sus fervientes oraciones,
ni la docta asistencia de un sabio médico, amigo de la casa, fueron
bastantes a retardar el cumplimiento de las inexorables leyes de la
naturaleza que tenía marcado el término de aquella trabajada vida. La
condesa viuda, llena de santa y dulce resignación, tuvo pronto una
muerte ejemplar y cristiana.
Durante algunos días reinó muy lúgubre animación en el castillo. A
recoger los últimos suspiros de la egregia dama había acudido la mayor
parte de sus hijos, yernos y nueras.
Pronto, no obstante, volvieron todos a sus respectivos destinos y
residencias, y el castillo quedó en abandono y en más honda soledad y
silencio.
El conde Enrique, Poldy, su aya y tres criados, fueron ya los únicos
moradores del castillo. Poldy sintió profundamente la irreparable
pérdida que había tenido. Y sin que refrenase su dolor la inquebrantable
fe religiosa que daba vigor a su alma, la joven condesa, lloró durante
meses a su difunta madre sin hallar consuelo, y olvidada casi de cuantos
devaneos, ilusiones y esperanzas habían poetizado su solitaria
existencia en aquellos últimos tiempos.
Poldy, sin embargo, aunque no se consoló, hubo al cabo de serenarse y
calmarse. Apacible tristeza endulzó el manantial de sus lágrimas y luego
logró represarle.
Pesares de condición harto menos noble, y mil preocupaciones de un orden
tan rastrero como práctico, invadieron y ocuparon el corazón de Poldy,
como cuadrilla de desalmados e impíos bandoleros que entran a saco,
profanan y destrozan un augusto santuario.
Dos meses hacía ya que había muerto la condesa viuda. Eran los primeros
días del mes de Febrero. El frío era intensísimo. Un manto de nieve
cubría en torno la tierra y coronaba a trechos con blancos penachos las
erguidas y sombrías copas de robles, abetos y pinos. Rara vez abandonaba
Poldy la abrigada habitación del castillo, donde apenas tenía más
persona con quien conversar que su hermano el conde Enrique.
Él y ella, habían quedado morando allí provisionalmente, pero pronto
tendrían que abandonar su antigua vivienda de la que era propietario y
había tomado ya posesión el hermano mayor de ambos.
Poldy, pues, cavilaba con tristeza y desesperanza sobre su suerte
futura.
Su hermano Enrique, que gozaba de alta y merecida reputación de sabio,
muy versado en varias disciplinas, estaba llamado a ser profesor en una
Universidad, donde su ciencia y su trabajo, habrían de remediar la
escasez de su patrimonio, dándole para vivir honrada y decorosamente, si
bien con sobrada estrechez.
Pero ¿cómo Poldy, que era pobre y desvalida también, había de irse con
su hermano y serle constantemente gravosa? Esto no era posible. A Poldy
además le dolía en el alma tener que abandonar aquellos lugares, tan
llenos para ella, de dulces y misteriosos recuerdos.
Por otra parte, Poldy, que amaba la soledad, sentía invencible
repugnancia a irse a vivir vida conventual, entre otras canonesas, en la
casa de su instituto. Para vivir sola, según su clase, ya en Viena, ya
en otra ciudad, sus rentas eran insuficientes. Y por último, contra lo
que más se sublevaba era contra agregarse a la familia de cualquiera de
sus hermanos o hermanas y hacer allí el triste papel de huésped
perpetua, de tía y de acompañanta, viviendo en algo a modo de poco
airosa dependencia y de mal disimulada servidumbre.
Horror causaba a Poldy cualquiera de estos planes en que trazaba y
representaba su porvenir. Aún tenía delante de sí todo aquel año que
empezaba entonces, y durante el cual ella y el conde Enrique, habían
concertado ya con su hermano mayor, permanecer en el castillo, mientras
duraba el riguroso luto y acababa de hacerse el deslinde y las
particiones de la muy corta hacienda, en la que todavía muy poco les
tocaba.
Pasado el mencionado plazo, Poldy consideraba inevitable su salida del
castillo, así como tomar decidida resolución para vivir a su gusto y con
independencia y decoro.
Tal era la desengañada posición de Poldy. Sólo negras nubes, que
presagiaban tempestad, columbraba, al mirar en todas direcciones, en el
horizonte de la vida. Sólo una luz incierta, vaga, errante, que bien
podía ser una estrella, pero que tenía más trazas de engañoso fuego
fatuo, iluminaba de vez en cuando el vacío y obscuro espacio de su
cielo. Poldy acababa además de cumplir veintinueve años. Estaba en el
apogeo de su belleza, en el mejor y más glorioso momento de su mocedad
briosa, y con la imaginación rica de ensueños y la voluntad movida y
solevantada por poderosos impulsos de ternura.