«Me repugna y hallo difícil escribir cartas dando tratamiento a quien
las dirijo, y así, adopto la antigua costumbre de los orientales. Tú me
permitirás, bella condesa Poldy, que desde luego te tutee sin
ceremonias.
La cigüeña blanca, que anida años ha en el tejado de la espléndida
quinta que yo poseo en las floridas márgenes del Ganges, me ha traído
gratas noticias tuyas, tus dulces palabras y tu divina imagen. Bendita
sea la cigüeña blanca que tanto bien me ha hecho. Con razón la llamaba
yo antes Garuda. Ahora le confirmo este nombre sagrado, con el que se
designa en mi patria al Dios-rey de las aves todas, al alado destructor
de los dragones y de las serpientes.
En extremo me complace saber que eres de noble extirpe y bastante
antigua hasta donde cabe en un pueblo que hace pocos siglos era salvaje
todavía, careciendo de documentos y de archivos que pudiesen acreditar
la nobleza de persona alguna, y las hazañas de sus progenitores. Estos,
errantes en las ásperas selvas y en el rudo clima de los países del
Norte, decayeron de su ilustre origen y olvidaron la primitiva cultura
de los arios del Paropamiso de donde proceden, y sólo recientemente se
han civilizado, aprovechándose de los estudios y progresos de los
hombres del Mediodía. Pero sea de lo dicho lo que se quiera,
relativamente tú eres noble y me basta, aunque mi clara nobleza preceda
a la tuya en dos mil años lo menos.
Te hablo con franqueza y desecho adulaciones y galanterías. Así darás
mayor crédito a mis alabanzas sinceras.
Garuda, por caprichosa y feliz inspiración mía, te llevó unos versos que
distaba yo mucho de imaginar que pudiesen caer en tan hermosas manos. En
ellos ponderaba yo mi hastío de cuanto me rodea y el anhelo vehemente,
que consume mi alma, de hallar objeto, escondido y lejano, que satisfaga
mis aspiraciones amorosas, las comprenda y las comparta.
Tu retrato y tu escrito han colmado mis votos. Tú eres la mujer de mis
sueños.
Venerandos brahmanes, antiguos sabios de por acá, que han escrito de
amores en el Kama Sutra y en otras disertaciones y tratados, exigen
sesenta y cuatro potencias, prendas o aptitudes, para que exista en
realidad la _Padmini_ o mujer perfecta. Yo te declaro que, al ver tu
imagen y al leer tus palabras, he descubierto en ti las sesenta y cuatro
aptitudes y te he entronizado en mi corazón como reina y señora y he
reconocido en ti mi _Padmini_, sin cuyo amor no podré tener nunca
bienaventuranza. Ámame pues, como yo te amo, y hazme dichoso como quiero
yo que tú lo seas.
Nada puede oponerse a nuestra unión futura. La distancia importa poco.
No tardaré yo en salvar la distancia, y el día en que menos lo pienses,
apareceré a tu lado y me verás de hinojos a tus plantas, pidiéndote que
correspondas al inmenso amor que me inspiras.
No hay ya en mí calidad exótica y peregrina que te prohíba amarme. Yo
poseo el antiquísimo saber de los brahmanes y de los _chatrias_, de
cuyas castas combinadas desciendo; pero, he estudiado también y he
logrado adquirir bastante del moderno saber de Europa. Y no le miro con
prevención injusta, sino con cariño paternal, como retoño lozano de
nuestras primeras, altas y fecundas doctrinas. Ya habrás notado que no
escribo muy mal tu idioma y hasta que he imitado y casi traducido en
sanscrito versos de Goëthe. No ignoro tampoco las literaturas francesa,
inglesa y de otros pueblos. Y en lo tocante a religión, te diré con todo
sigilo, pues no quiero aun escandalizar y alborotar a mis parientes y
amigos, brahmanes y _chatrias_, que he renegado, tres años ha, de la
religión brahmánica, y me he hecho, en secreto, tan católico cristiano,
como tú eres. Se debe esta conversión a cierto Padre jesuita, de nación
española, que llegó a esta ciudad, procedente de Filipinas y se detuvo
algún tiempo entre nosotros. Era varón tan ilustrado, tan piadoso y tan
elocuente y melifluo, que logró convencerme. Dios le bendiga y se lo
pague. Callo su nombre, porque de seguro no te importa y porque no
quiero lastimar su extremada modestia. Sólo añadiré que de mi trato
frecuente con este bendito Padre, ha nacido en mí grande afición a la
lengua castellana y que he adquirido y leído los mejores prosistas y
poetas, que en ella han escrito o escriben.
Te callo también mi nombre indio, porque no quiero que le estropees y
porque es tan enrevesado, que sólo aprenderás bien a pronunciarle por
medio de la voz viva. Conténtate por ahora, con saber que el venerable
padre jesuita mi catequizador, me puso al bautizarme, el sevillano
nombre de Isidoro. No seas voluble: ámame y no me olvides: no te
enamores de ninguno de esos _dandies_ de la _Hof-Adel_ o nobleza
palatina de Viena: persuádete de que mi nobleza es por lo menos tan
clara y sin la menor duda muchísimo más rancia que la de ellos. La de
ellos constará acaso en antiguos pergaminos, pero la mía consta en
documentos fehacientes, redactados veinte siglos antes de que el
pergamino se inventase, y muchos más siglos antes de que en Austria se
usara y se contara entre los recados de escribir.
Ámame, repito, y ten fe y esperanza en mi amor. No necesitas buscarme,
sino aguardarme. Pronto me verás a tus pies, adorándote rendido y
suplicándote con toda el alma que seas la _Padmini_ de tu