Volvió Poldy al castillo aguijoneada por la curiosidad y deseosa de que
le descifrase su hermano lo que la tela decía. Almorzó con muy buen
apetito, y luego, mientras que la Condesa viuda dormía después del
almuerzo, como tenía de costumbre, se fue a la biblioteca con su hermano
Enrique, le contó su encuentro con el pájaro zancudo, le enseñó la tela
de seda y le rogó que tradujese lo que en ella había escrito.
El conde Enrique confesó que no estaba bastante versado en la lengua de
Valmiki para traducir de repente los versos, pues indudablemente eran
versos los que había en la tela; pero pidió tiempo y prometió a su
hermana presentarle una exacta traducción de todo en aquel mismo día.
En efecto; pocas horas después buscó el conde a Poldy, la llevó de nuevo
a la biblioteca, y con aire de triunfo le mostró los versos ya
traducidos.
--No se qué pensar, dijo a su hermana. A veces imagino que la cigüeña
vino de la India, donde pasó el invierno, y que los versos son obra de
algún brahman, Rajá o nababo muy ilustrado, y, a veces, sospecho que
bien puede ser algún erudito compatriota nuestro quien compuso los
versos y quien colgó la tela al cuello de la cigüeña para embromar al
que la encontrase.
--¿Qué fin--contestó Poldy, había de proponerse algún compatriota
nuestro con ese engaño? Yo no conozco aún los versos, pero doy por
seguro que su autor vive en las orillas del Indo o del Ganges, y no en
las del Rin o del Danubio. A ver... lee.
--Ya verás y notarás en los versos cierta inspiración más europea que
asiática. Las composiciones son tres: dos muy breves; y una de estas dos
parece calcada sobre cuatro versos del _Prólogo en el cielo_ del
_Fausto_. La coincidencia es inverosímil. Y, aunque no es imposible, yo
encuentro raro y sospechoso que un brahman lea a Goëthe y le imite.
--Vamos, lee los versos sin más prólogo.
--Los versos dicen:
Pido al cielo su estrella más brillante;
Pido al suelo su dicha más completa;
Y ni cercano amor, ni amor distante
Mi conmovido corazón aquieta.
--Es verdad, dijo Poldy; los versos son muy semejantes a los de Goëthe,
salvo que el poeta dice de sí mismo lo que dice Mefistófeles de Fausto.
--Pues oye estos otros que tienen no se qué dejo de metafísica
cristiana; de misticismo por el estilo del de Tauler o del del maestro
Eckart:
Sin alas y sin luz la mente humana
En balde en pos de lo ideal se lanza;
Pero la voluntad recorre ufana
La eterna inmensidad de la esperanza.
--Eso es verdad,--exclamó Poldy, y lo mismo se le puede ocurrir a un
indio que a un cristiano. En la India hay desde muy antiguo, según he
oído decir, místicos tan profundos como los de Alemania. Además, en
todos los países, ha de haber habido pensadores y poetas que imaginaran
y expresaran que se podía penetrar y subir con el amor a donde nunca
sube y penetra el raciocinio por sutil y elevado que sea.
--No quiero discutir. Convengo en que un brahman puede haber compuesto
la copla que acabo de decirte traducida. Tal vez yo en la traducción le
he prestado una apariencia europea que en el original no tiene. Oye
ahora la última composición. El poeta desciende en ella de las
elevaciones místicas, y se abate y se humana como cualquier enamorado
con el amor terrenal y sensual que las mujeres inspiran. Algo, no
obstante, queda aún en esta composición del misticismo de las otras. Es
como un pequeño fragmento de _El cantar de los cantares_, o mejor diré
del Gita-govinda, cuyos requiebros, ternuras y descripciones materiales
pueden interpretarse por estilo ultramundano y trascendente. La
composición además tiene en este caso una singularidad que no tiene ni
el idilio erótico de los hebreos ni el de los indios. Salomón y Crishna
veían, oían y tocaban a sus bellas y enamoradas amigas, pero este poeta
ni toca, ni ve, ni oye a la suya, si no se la imagina con indecisa
vaguedad, y de tal suerte, que lo mismo puede vivir en este planeta que
en otro remotísimo, y lo mismo puede ser nuestra contemporánea, que
haber nacido hace cuarenta siglos o que estar aguardando aún otros
cuarenta, en el mundo de las ideas, antes de que llegue el día de su
encarnación y de su aparición entre los seres de nuestra casta.
--Muy curioso es lo que me cuentas, pero no es original ni nuevo. ¡Es
tan difícil ser nuevo y original! ¿No se enamora Fausto de Elena, que
vivió dos mil quinientos años antes de que él naciese? ¿No hay un cuento
árabe o persa, donde un príncipe musulmán, que vivió doscientos o
trescientos años después de Mahoma, está perdidamente enamorado de
cierta reina o infanta de Serendib o de Sabá, que floreció en tiempo de
Salomón y fue rival de la Sulamita?
--Todo eso es así, pero aún es más vaga e indeterminada la señora de los
pensamientos de nuestro poeta indio. El príncipe musulmán enamorado de
la rival de la Sulamita, había hallado y admirado el retrato de ella en
el tesoro de su padre, mientras que no hay retrato ni hay el menor
indicio por donde pueda entrever o tener alguna idea o noción de su
dama, el autor de los versos que he traducido. Óyelos con atención.
--Soy toda oídos.
El conde Enrique leyó de esta suerte:
¿Dónde te escondes, hermosa mía,
que no consiguen verte mis ojos,
Como te sueña mi fantasía,
Llena de gracia, libre de enojos?
Ven do el kokila dulce gorjea,
Do presta el loto su aroma al viento,
Ven que mi anhelo verte desea
Y comprenderte mi entendimiento.
No eres ensueño, realidad eres;
No finge el alma hechizos tales,
Aunque más bella que las mujeres
Suya te llamen los inmortales.
En la luz pura de tu mirada
Amor enciende sus dardos de oro,
y son tus labios urna sellada
De sus deleites fuente y tesoro.
Ora residas lejos del suelo
Ora aparezcas en otra edad,
Por los tres mundos en raudo vuelo
Irá buscándote mi voluntad.
Perla brillante, aunque escondida
En lo profundo del mar estés,
Yo sabré hallarte, bien de mi vida,
Para que excelso premio me des.
Poldy oyó atentamente los versos y habló de ellos con su hermano y hasta
los juzgó con aparente frialdad crítica, concediéndoles algún mérito y
señalando sus muchos defectos. Lo que ella disimuló, y no reveló ni a su
hermano ni a nadie, fue el enjambre de suposiciones y de ensueños que
los versos suscitaron en su fantasía. Ya se figuraba ver escribiéndolos
a un elegantísimo y joven brahman, no lejos de su magnífica quinta, bajo
verde enramada, en las fértiles orillas del Kausikí, ya que los componía
en su propio alcázar el príncipe heredero de Ayosia, de Cachemira o de
cualquiera otro de los reinos y países que describen las antiguas
epopeyas. Pero el autor de los versos era contemporáneo de ella y se
parecía a ella en extremo por la dolencia y la pasión que le
atormentaban. Amaba o mejor dicho deseaba amar; nada veía en torno suyo
digno de su amor; y buscaba lejos, a ciegas y sin guía el raro y
precioso objeto que mereciese ser amado.
En lo más íntimo de su alma caviló mucho Poldy sobre todo esto, y urdió
y tejió infinidad de historias, en su sentir bellísimas, con las que
ella se deleitaba en secreto sin comunicárselas a nadie, ni siquiera a
la anciana institutriz Justina que era su confidente.