II

En un hermoso día de los últimos del mes de Mayo, la condesa Poldy se

hallaba sola, en lo más intrincado del bosque, entre diez y once de la

mañana. Sencilla y elegantemente vestida, llevaba en la airosa cabeza un

gracioso sombrero de paja de Italia y pendiente del brazo izquierdo un

ligero canastillo de mimbre. Aquel día no eran la meditación y la

contemplación de las bellezas naturales el único propósito de su paseo.

Tenía otro más práctico. Iba ella a coger fresas silvestres, de las muy

delicadas que en abundancia producía aquel bosque, y a coger también

cierta florida hierbecilla, llamada _waldmeister_, que se pone y conque

se perfuma y sazona el _maitrank_, deliciosa bebida propia de aquella

estación y de la que gustaba muchísimo la Condesa viuda.

Buscando fresas y _waldmeister_, Poldy se había alejado del castillo y

penetrado en la profundidad del bosque, harto más de lo que solía. Así

vino a encontrarse en sitio muy solitario y agreste, donde, rota la

espesura que los apiñados árboles formaban con su denso follaje, había

una pequeña laguna. En la orilla opuesta de aquélla a la que Poldy se

había acercado, se alzaba un obscuro y ruinoso torreón. Todo el terreno

que circundaba la laguna era húmedo y vicioso. Las emanaciones palúdicas

habían ahuyentado las aves de aquel sitio. Las aves no le alegraban con

sus trinos y gorjeos como hacían en otros lugares del mismo bosque. Casi

hundidas las raíces en el agua se veían a trechos espadañas y juncos en

muy pobladas matas. Sobre el haz del agua dormida, que no rizaba

entonces el más ligero soplo de viento, se extendían la verde lama y las

redondas y anchas hojas de nenúfar, cuyas blancas flores se levantaban

en el aire tranquilo. Los pies de Poldy se hundían en la hierba que

había crecido muy alta. Cada vez que fijaba en el suelo uno de sus

menudos pies, se espantaban las ranas que entre la hierba se hallaban

ocultas, y daban estupendos brincos, zambulléndose en el agua estancada.

El ruido que hacía el agua, al chapuzar en ella las ranas, era lo único

que interrumpía el maravilloso silencio que reinaba en torno.

Poldy, por irreflexivo y curioso instinto, siguió andando por la margen

de la laguna hacia el sitio donde el torreón se parecía. Y estando ya

muy cerca de él, vio de improviso un objeto que, si bien ella no era

tímida, le produjo un sacudimiento nervioso, por mostrarse tan de

repente y cuando menos lo recelaba. Era una corpulenta cigüeña blanca,

que salió de detrás del torreón, y que sin el menor espanto, sino mansa

y serena, se vino hacia Poldy con paso lento, grave y majestuoso. De vez

en cuando movía la cabeza a un lado y a otro con graciosa coquetería.

Cuando estuvo más cerca, dio algunos saltitos, extendió y batió las

largas alas como en señal de júbilo, y abriendo y cerrando repetidas

veces el rojo pico, produjo un son muy semejante al de las castañuelas.

Volviendo luego a andar con mayor lentitud y con cierta vacilación, como

si el respeto le contuviera, siguió el pájaro peregrino caminando hacia

Poldy, y parándose a cada dos o tres pasos como si aguardase el permiso

de llegar hasta ella.

Comprendió Poldy la intención del pájaro; no temió nada porque le

consideró inofensivo, pero extrañó que se le mostrase tan cariñoso y

que tan resueltamente y a largos trancos de sus zancas enjutas viniese

hacia ella como si fuese un antiguo amigo suyo. ¿Le habría conocido y

tratado antes y no lo recordaría entonces? Poldy buscaba en balde por

todos los más hondos y olvidados senos de su memoria algún vago recuerdo

de aquel conocimiento y trato. No hallaba el menor rastro ni la más

ligera huella de haberlos tenido jamás. La misma cigüeña dejaba ver que

nunca había conocido a Poldy, pues aunque no atinaba a expresarse en

ningún idioma humano sino sólo con los resonantes castañetazos de su

pico, la lentitud de su marcha, sus paradas frecuentes y cada una de las

miradas que sus pardos ojos dirigían a Poldy parecían significar

interrogación y súplica, como si dijesen: graciosa Condesa, ¿me permite

V. E. que me aproxime y la trate? Había además en la cigüeña un no

sabemos qué de exótico: cierto raro modo de ser, bastante parecido al

que se nota en un viajero de distinción, venido de muy remotos países,

con quien por dicha tropezamos y entablamos conversación sin pensarlo ni

pretenderlo y solamente a causa de súbita y misteriosa simpatía.

Poldy, sin duda, simpatizó con la cigüeña. Le cayeron en gracia y le

ganaron la voluntad el respetuoso acatamiento y la amistosa dulzura

conque la cigüeña la miraba. Confesó, allá en sus adentros, que la

cigüeña sabía tratar a las gentes como merecían, y que, naturalmente,

estaba dotada de exquisita buena crianza, aunque por ser crianza no

aprendida, más bien debiera llamarse soltura fina o refinado tacto de

mundo.

En fin, Poldy se allanó a tratar a la cigüeña sin que nadie se la

presentase y sin saber quién era ni cuántos cuarteles tenía; dio también

hacia ella algunos pasos, y extendió la mano y le tocó regaladamente la

cabeza. La cigüeña se dejó acariciar y mostró la satisfacción y el gusto

que aquellas nobles caricias le causaban, entornando los párpados como

si se adormeciese y restregando suavemente el largo cuello sobre la

vestidura de la linda dama. Pasó ésta la mano por el cuello de la

cigüeña, bajándola hasta el ancho buche, cubierto todo de abundantes y

blancas plumas. Entonces advirtió con sorpresa que la cigüeña tenía

allí, suspendido de listón muy sutil, un pequeño retazo de tela de seda,

que, flexible y apiñada, formaba poquísimo bulto.

Poldy no pudo resistir la curiosidad ni vencer el deseo de apoderarse de

aquella prenda. Pronto desató el lazo conque por medio del listón

colgaba la prenda del cuello del pájaro y se quedó con la prenda en las

manos.

No se sabe si espantada entonces la cigüeña o enojada del que pudo

considerar despojo, se apartó bruscamente de la dama, extendió las alas,

salió volando, se remontó en los aires y acabó por perderse de vista.

Avergonzada quedó Poldy como si hubiese cometido un hurto villano, pero,

al fin, desechó los escrúpulos, pensando que no había ella tenido la

intención de quedarse con la prenda y que estaba dispuesta a

devolvérsela al pájaro, si el pájaro acudía de nuevo a ella y de algún

modo la reclamaba.

Desenredó luego Poldy más de un metro de listón que estaba devanado en

la tela de seda, dándole forma de ovillo, y desenvuelta la tela, que era

del color de los albaricoques, vio escritos en ella con muy negra tinta

varios renglones en extrañas y menudas letras. Ella las miró y las

remiró, pero en vano, porque no conocía una sola. Y aunque era

medianamente sabia y aprovechada discípula de su hermano el conde

Enrique, no acertaba a determinar con fijeza a qué alfabeto y lengua

aquellos signos y palabras pertenecían. Sospechó, no obstante, que las

inscripciones de la tela de seda estaban en sanscrito, lengua que

estudiaba con asiduidad y provecho su hermano el conde Enrique.

De varios colores · 第 31 / 73 题