En un hermoso día de los últimos del mes de Mayo, la condesa Poldy se
hallaba sola, en lo más intrincado del bosque, entre diez y once de la
mañana. Sencilla y elegantemente vestida, llevaba en la airosa cabeza un
gracioso sombrero de paja de Italia y pendiente del brazo izquierdo un
ligero canastillo de mimbre. Aquel día no eran la meditación y la
contemplación de las bellezas naturales el único propósito de su paseo.
Tenía otro más práctico. Iba ella a coger fresas silvestres, de las muy
delicadas que en abundancia producía aquel bosque, y a coger también
cierta florida hierbecilla, llamada _waldmeister_, que se pone y conque
se perfuma y sazona el _maitrank_, deliciosa bebida propia de aquella
estación y de la que gustaba muchísimo la Condesa viuda.
Buscando fresas y _waldmeister_, Poldy se había alejado del castillo y
penetrado en la profundidad del bosque, harto más de lo que solía. Así
vino a encontrarse en sitio muy solitario y agreste, donde, rota la
espesura que los apiñados árboles formaban con su denso follaje, había
una pequeña laguna. En la orilla opuesta de aquélla a la que Poldy se
había acercado, se alzaba un obscuro y ruinoso torreón. Todo el terreno
que circundaba la laguna era húmedo y vicioso. Las emanaciones palúdicas
habían ahuyentado las aves de aquel sitio. Las aves no le alegraban con
sus trinos y gorjeos como hacían en otros lugares del mismo bosque. Casi
hundidas las raíces en el agua se veían a trechos espadañas y juncos en
muy pobladas matas. Sobre el haz del agua dormida, que no rizaba
entonces el más ligero soplo de viento, se extendían la verde lama y las
redondas y anchas hojas de nenúfar, cuyas blancas flores se levantaban
en el aire tranquilo. Los pies de Poldy se hundían en la hierba que
había crecido muy alta. Cada vez que fijaba en el suelo uno de sus
menudos pies, se espantaban las ranas que entre la hierba se hallaban
ocultas, y daban estupendos brincos, zambulléndose en el agua estancada.
El ruido que hacía el agua, al chapuzar en ella las ranas, era lo único
que interrumpía el maravilloso silencio que reinaba en torno.
Poldy, por irreflexivo y curioso instinto, siguió andando por la margen
de la laguna hacia el sitio donde el torreón se parecía. Y estando ya
muy cerca de él, vio de improviso un objeto que, si bien ella no era
tímida, le produjo un sacudimiento nervioso, por mostrarse tan de
repente y cuando menos lo recelaba. Era una corpulenta cigüeña blanca,
que salió de detrás del torreón, y que sin el menor espanto, sino mansa
y serena, se vino hacia Poldy con paso lento, grave y majestuoso. De vez
en cuando movía la cabeza a un lado y a otro con graciosa coquetería.
Cuando estuvo más cerca, dio algunos saltitos, extendió y batió las
largas alas como en señal de júbilo, y abriendo y cerrando repetidas
veces el rojo pico, produjo un son muy semejante al de las castañuelas.
Volviendo luego a andar con mayor lentitud y con cierta vacilación, como
si el respeto le contuviera, siguió el pájaro peregrino caminando hacia
Poldy, y parándose a cada dos o tres pasos como si aguardase el permiso
de llegar hasta ella.
Comprendió Poldy la intención del pájaro; no temió nada porque le
consideró inofensivo, pero extrañó que se le mostrase tan cariñoso y
que tan resueltamente y a largos trancos de sus zancas enjutas viniese
hacia ella como si fuese un antiguo amigo suyo. ¿Le habría conocido y
tratado antes y no lo recordaría entonces? Poldy buscaba en balde por
todos los más hondos y olvidados senos de su memoria algún vago recuerdo
de aquel conocimiento y trato. No hallaba el menor rastro ni la más
ligera huella de haberlos tenido jamás. La misma cigüeña dejaba ver que
nunca había conocido a Poldy, pues aunque no atinaba a expresarse en
ningún idioma humano sino sólo con los resonantes castañetazos de su
pico, la lentitud de su marcha, sus paradas frecuentes y cada una de las
miradas que sus pardos ojos dirigían a Poldy parecían significar
interrogación y súplica, como si dijesen: graciosa Condesa, ¿me permite
V. E. que me aproxime y la trate? Había además en la cigüeña un no
sabemos qué de exótico: cierto raro modo de ser, bastante parecido al
que se nota en un viajero de distinción, venido de muy remotos países,
con quien por dicha tropezamos y entablamos conversación sin pensarlo ni
pretenderlo y solamente a causa de súbita y misteriosa simpatía.
Poldy, sin duda, simpatizó con la cigüeña. Le cayeron en gracia y le
ganaron la voluntad el respetuoso acatamiento y la amistosa dulzura
conque la cigüeña la miraba. Confesó, allá en sus adentros, que la
cigüeña sabía tratar a las gentes como merecían, y que, naturalmente,
estaba dotada de exquisita buena crianza, aunque por ser crianza no
aprendida, más bien debiera llamarse soltura fina o refinado tacto de
mundo.
En fin, Poldy se allanó a tratar a la cigüeña sin que nadie se la
presentase y sin saber quién era ni cuántos cuarteles tenía; dio también
hacia ella algunos pasos, y extendió la mano y le tocó regaladamente la
cabeza. La cigüeña se dejó acariciar y mostró la satisfacción y el gusto
que aquellas nobles caricias le causaban, entornando los párpados como
si se adormeciese y restregando suavemente el largo cuello sobre la
vestidura de la linda dama. Pasó ésta la mano por el cuello de la
cigüeña, bajándola hasta el ancho buche, cubierto todo de abundantes y
blancas plumas. Entonces advirtió con sorpresa que la cigüeña tenía
allí, suspendido de listón muy sutil, un pequeño retazo de tela de seda,
que, flexible y apiñada, formaba poquísimo bulto.
Poldy no pudo resistir la curiosidad ni vencer el deseo de apoderarse de
aquella prenda. Pronto desató el lazo conque por medio del listón
colgaba la prenda del cuello del pájaro y se quedó con la prenda en las
manos.
No se sabe si espantada entonces la cigüeña o enojada del que pudo
considerar despojo, se apartó bruscamente de la dama, extendió las alas,
salió volando, se remontó en los aires y acabó por perderse de vista.
Avergonzada quedó Poldy como si hubiese cometido un hurto villano, pero,
al fin, desechó los escrúpulos, pensando que no había ella tenido la
intención de quedarse con la prenda y que estaba dispuesta a
devolvérsela al pájaro, si el pájaro acudía de nuevo a ella y de algún
modo la reclamaba.
Desenredó luego Poldy más de un metro de listón que estaba devanado en
la tela de seda, dándole forma de ovillo, y desenvuelta la tela, que era
del color de los albaricoques, vio escritos en ella con muy negra tinta
varios renglones en extrañas y menudas letras. Ella las miró y las
remiró, pero en vano, porque no conocía una sola. Y aunque era
medianamente sabia y aprovechada discípula de su hermano el conde
Enrique, no acertaba a determinar con fijeza a qué alfabeto y lengua
aquellos signos y palabras pertenecían. Sospechó, no obstante, que las
inscripciones de la tela de seda estaban en sanscrito, lengua que
estudiaba con asiduidad y provecho su hermano el conde Enrique.