IV

Engolfadísimo en sus estudios, el Conde Enrique no tenía voluntad ni

entendimiento sino para continuarlos. En las demás cosas de la vida

estaba sometido siempre al entendimiento y a la voluntad de su hermana

Poldy, a quien él amaba en extremo. Prohibiole ésta que hablase con

nadie del encuentro de la cigüeña, de los versos y de la traducción, y

el Conde Enrique obedeció y se lo calló todo.

No quería Poldy que su madre se enterase de nada. La Condesa viuda era

una señora dotada de un espíritu tan prosaicamente positivo, que sin

duda hubiera destruido con sus discursos todo el caramillo de

suposiciones poéticas que Poldy había levantado y que en manera alguna

quería ella que nadie derribase.

La Condesa viuda acusaba además y zahería con frecuencia a su hija,

calificándola de extravagante, de soñadora, de alucinada, de acérrima

enemiga de lo juicioso y de lo razonable, y de temeraria perseguidora de

ideales inasequibles y absurdos. Si la Condesa viuda pensaba así de

Poldy ignorando el suceso de la cigüeña, ¿qué no pensaría y qué no diría

si lo supiese?

Poldy no volvió, pues, a hablar de él ni con su mismo hermano, como si

su mismo hermano lo ignorara, o como si ella tuviese la pretensión de

que él lo olvidase.

A solas, pues, y en toda libertad, Poldy se figuraba a medida de su

deseo, al autor de las tres poesías. Ya le suponía en Benarés, ya en

Delhi, ya en Calcuta, ya en otros lugares de la India, pero siempre

noble, joven y hermoso, y _chatria_ o brahman, cuando no príncipe.

El incógnito personaje padecía una enfermedad mental semejante a la de

Poldy. Eran sus síntomas el desdén y el hastío de cuanto le rodeaba, y

la vaga aspiración a un bien remoto, confusamente trazado y medio

desvanecido entre las nieblas y vapores de mil ensueños.

Poldy desechaba por vulgar y necia la creencia de su hermano, de que un

erudito alemán hubiese compuesto los versos sanscritos para entretenerse

o para mostrar su pericia. Para ella no cabía la menor duda: los versos

eran obra de un ilustre y joven señor de la India.

Poldy iba amenudo más adelante en sus atrevidas imaginaciones. No creía

ella que el pájaro zancudo que se le había aparecido tuviese la menor

semejanza ni con el cisne de Leda ni con el toro blanco de la gallarda

hija de Agenor; pero ¿no podría la cigüeña ser instrumento de algún gran

sabio; acaso de un genio o de una hada, cuyas poderosas sugestiones

hubiese obedecido al venir a visitarla? ¿Quién se atreverá a limitar la

extensión de lo posible? Si no fuésemos a creer sino lo que

comprendemos, apenas creeríamos nada.

Acudía a veces a la memoria de Poldy un cuento de las _Mil y una

noches_, y se deleitaba en presumir que lo que a ella le pasaba tenía

algún parecido con dicho cuento. En las más elevadas regiones del aire,

se encontraron una noche un hada y un genio que iban volando en opuestas

direcciones. Allí se hablaron y se confiaron que el hada venía de

visitar y dejar dormido al más hermoso príncipe que había en el mundo, y

que el genio, procedente del otro extremo de la tierra, venía de

contemplar y de admirar también a una maravillosa princesa dormida en su

lecho virginal, allá, en el más recóndito, elegante y perfumado camarín

de su magnífico palacio. Genio y hada se proponen que príncipe y

princesa se conozcan, se enamoren y se casen, y los medios a que

recurren para lograrlo constituyen el enredo de la mencionada historia.

Poldy, aunque suavizando mucho lo sobrenatural, así por modestia, como

por el escepticismo que es tan propio del siglo presente, se dio a

sospechar que en todo lo sucedido podría muy bien y casi naturalmente

haber algo que con el cuento oriental coincidiera.

Ella había oído decir y hasta había leído en obras recientes que tratan

de Teosofía, que hay • en la India ciertos sabios llamados _mahatmas_,

que a fuerza de introinspección y de asiduo examen en las honduras del

propio ser, adquieren poder estupendo y descubren raros secretos de la

naturaleza, por cuya virtud realizan acciones que tienen apariencia de

milagrosas, aunque no lo sean. ¿No sería quizás el autor de las tres

poesías alguno de esos hábiles _mahatmas_ que había adivinado a Poldy,

que la había entrevisto mentalmente, que se había prendado de ella y

•que para comunicarle sus impresiones y enviarle sus versos sin

infundirle mucho asombro, se había valido del medio naturalísimo del

pájaro zancudo, cuya condición propia le lleva, sin nada de brujerías ni

de otras malas artes, a pasar el verano en Austria y el invierno en la

India?

De esta suerte cavilaba Poldy, forjando y desbaratando casos

fantásticos. Era como el niño que se entretiene en levantar con esmero y

conservando bien el equilibrio un alto y complicado castillo de naipes,

y luego le derriba para divertirse y jugar levantando otros.

En suma; Poldy no sabía a qué atenerse ni por qué decidirse. No se

declaraba a sí misma cuál de los castillos por ella levantados era el

que más le agradaba. Lo que no podía menos de reconocer era que la faena

de levantarlos y de •derribarlos la deleitaba no poco.

V

Poldy buscaba la soledad entonces más que nunca. En las conversaciones

con su hermano, con su madre y con su aya, se mostraba distraída. Y

esquivando amenudo toda compañía, iba a dar por el bosque solitarios

paseos.

Aunque sea ordinaria comparación, así como puede conjeturarse y preverse

que el sitio más apropósito de hallar a un goloso es una buena

confitería, así Poldy conjeturaba que de seguro volvería a hallar a la

cigüeña a orillas de la laguna donde la halló por vez primera. Había

allí tal abundancia de ranas, lagartos, sapos, escuerzos y otras

sabandijas, que era la tierra de promisión para aquel pájaro zancudo, el

cual, por su gran tamaño y por la extraordinaria longitud de sus alas,

cubiertas en los extremos de lustrosas y negras plumas, dejaba conocer

que era del género masculino. Lo que Poldy no acertaba a determinar era

si el pájaro estaba casado o soltero. Poldy le veía siempre solo y como

no entendía su lenguaje, no le preguntaba si era casado, como en España

solemos preguntar a los loros, que responden a la pregunta.

Era también un misterio para Poldy el lugar donde anidaba la cigüeña.

La veía a orillas de la laguna. El pájaro la saludaba con sonoros

castañetazos, dando saltitos y batiendo las alas, que abiertas abarcaban

más de dos metros y medio. Era en su especie un individuo de

notabilísimo mérito.

Parecía meditabundo y pensativo, pero debía callarse muy buenas cosas.

En vano esperaba Poldy y hasta fantaseaba el milagro de que la cigüeña

hablase, pero la elocuencia de la cigüeña jamás iba más allá de los

castañetazos de costumbre y de algunos roncos y desentonados silbos, que

eran todo su lenguaje.

Con esto nada podía ponerse en claro.

La cigüeña se mostraba muy amiga y muy mansa con la joven Condesa. No le

guardaba rencor porque le hubiese quitado la tela de los versos.

Restregaba la cabeza y el cuello contra la vestidura de la linda dama, y

parecía gustar de que ella le pasase la mano por el largo cuello y por

las alas, y le alisase las plumas.

Estas mudas conferencias, que tenían lugar dos o tres veces cada semana,

duraban poco y no se puede decir que fuesen muy amenas. Por lo demás, la

cigüeña tenía el instinto de no aburrir, y siempre terminaba las

conferencias pronto y de un modo brusco, lanzándose repentinamente en el

aire, trazando graciosas espirales en su sereno vuelo y al cabo

perdiéndose de vista.

Pasó la primavera, pasó el verano, vino luego el otoño, como sucede

siempre, y empezó por último a aparecer el invierno. Poldy tuvo entonces

barruntos de que la cigüeña iba a emigrar y a volver sin duda al soñado

palacio, a la ciudad oriental, al templo o a la quinta, donde el autor

de los versos moraba.

Irresistible fue la tentación que sintió de escribirle. ¿Porqué no había

de hacerlo por estilo prudente y decoroso que no la comprometiera?

Poldy pensó además que, si bien no era inverosímil que por ministerio de

los genios o de las hadas o por virtud de la ciencia de los _mahaturas_,

el autor de los versos hubiera logrado tener clara visión de ella, nunca

estaría de sobra enviarle un buen retrato suyo en fotografía. En

nuestros tiempos no implica esto muy decidido favor. Cualquier sujeto,

el más plebeyo de los mortales, podía comprar por un florín el retrato

de Poldy, expuesto en los escaparates de muchas tiendas de Viena, entre

las bellezas de la corte y del teatro, entre princesas, actrices y

bailarinas. Si cualquier pelafustán compatriota de Poldy podía poseer su

imagen, ¿qué atrevimiento ni qué falta de decoro habría en enviársela

por medio del pájaro zancudo al poeta incógnito, que no podía menos de

ser príncipe, nababo, brahaman o _chatria_, allá en la tierra de Rama y

de Sita, de Nal y de Damayanti?

Hechas estas reflexiones y otras por el mismo orden, que, se omiten aquí

para evitar prolijidad, Poldy, escribió una extensa carta, en papel muy

fino para que abultase poco; tomó un retrato suyo, sin cartón, en el

cual retrato estaba ella descotada y lindísima en su elegante traje de

baile; lo incluyó todo en un sobre con fuerte forro de tela que cerró y

selló con lacre; escribió encima: _al incógnito poeta indio_; agujereó

la carta con un punzón; pasó una fuerte cinta al través del agujero; y

así preparado todo, lo colgó al cuello de la cigüeña como si fuese la

insignia de comendador de cualquiera ilustre Orden.

La cigüeña se estuvo muy quieta, aguardando que Poldy sujetase bien la

cinta a su cuello para que no se desatase y para que la carta no se

cayese. Y apenas comprendió que estaba ya bien condecorada, dio un

tremendo salto, alzó el vuelo, se remontó en el aire y voló con tanto

brío como si se largase ya a la India sin parar en rama.

Dejémosla ir en paz, mientras nosotros, que estamos en todos los

secretos, nos adelantamos a copiar aquí lo que Poldy había escrito, que

era como sigue:

«Irresistible impulso me lleva a escribiros sin conoceros. Sé que me

expongo a que me juzguéis poco circunspecta, muy atrevida y harto libre.

Ignoro vuestra condición en el mundo, vuestro linaje, vuestras creencias

religiosas, vuestra edad y vuestra patria. Mi espíritu, no obstante, se

siente arrebatado hacia donde vuestro espíritu se halla y se cree unido

a él por el estrecho y fuerte lazo de los mismos sentimientos y de las

mismas ideas. En torno mío todo me es indiferente, todo me parece

rastrero y mezquino. No es extraño, pues, que busque yo como vos, en

apartadas regiones, un alma que simpatice con la mía, aunque sea sólo

por sentirse atormentada de la misma dolencia. No acierto a explicarme

el fin que pueda tener yo enviándoos estos renglones y hasta enviándoos

mi retrato. Lo hago sin propósito, fatal e irreflexivamente. Mi único

anhelo es acaso que sepáis que pienso y siento como vos, que ardiente

sed de tiernos afectos agita y quema mi corazón sin que la satisfaga ser

alguno de cuantos miro cerca de mí. La clara nitidez del cielo poblado

de estrellas, el silencioso apartamiento del bosque, la belleza y la

gala de los campos floridos, todo embelesa mi alma, todo hasta cierto

grado la enamora, pero todo deja en ella inmenso vacío, que sólo otra

inteligencia y otra voluntad, humanas o divinas, iguales o superiores a

mi voluntad y a mi inteligencia, pueden llenar si me acuden; si prueban

el afán que yo pruebo y si logran infundirse en el abismo de mi

pensamiento, compenetrándole, fundiéndose con él y haciéndose con él uno

solo. No os conozco: no sé si sois vos a quien yo busco. Por esto mismo

declaro sin ruborizarme mi extraña pasión, de la que en realidad no sois

objeto. Criatura mortal sois sin duda como yo lo soy. En esta vida

terrenal, que vivimos ahora, únicamente podría yo amaros si se

cumpliesen determinadas condiciones de criatura mortal que en vos tal

vez no se cumplan. Tal vez las que yo poseo no respondan a vuestra

aspiración tampoco. Y sin embargo yo soy joven, de nobilísima estirpe, y

muy alabada de hermosa, aunque por modestia debiera callarlo. Os

confieso lo más íntimo, lo más oculto y delicado de mi sentir y de mi

pensar. Os declaro quien soy, donde vivo y como me llamo. La confesión y

la declaración van dirigidas a un ser que yo me finjo: a un ser que mi

imaginación ha forjado. ¿Querréis vos y podréis vos demostrar que

convenís sustancialmente con lo imaginado por mí; que sois la forma

material y visible del espectro etéreo por quien estoy obsesa, y el

astro luminoso cuyos matinales resplandores columbro, y el ansiado

aliento de primavera, que al venir el alba despierta y mueve a cantar a

las aves, y separa y extiende los pétalos de las flores para recoger su

aroma y darles en pago su rocío? Yo explico aquí mi sueño. Si tiene

algún fundamento real, a vos os toca manifestarlo. Si no estáis muy

seguro de la existencia de tal fundamento, lo mejor es que calléis.

Respondiéndome, sólo conseguiríais disipar la más bella de mis

ilusiones, reemplazándola con una realidad ruin y triste y con el

consiguiente desengaño. Pero si estáis seguro de que mi sueño no carece

de fundamento, respondedme, decidme quien sois, venid a mí y mostraos. A

orillas del azul y caudaloso Danubio, en el castillo de Liebestein, os

espera

De varios colores · 第 33 / 73 题