Engolfadísimo en sus estudios, el Conde Enrique no tenía voluntad ni
entendimiento sino para continuarlos. En las demás cosas de la vida
estaba sometido siempre al entendimiento y a la voluntad de su hermana
Poldy, a quien él amaba en extremo. Prohibiole ésta que hablase con
nadie del encuentro de la cigüeña, de los versos y de la traducción, y
el Conde Enrique obedeció y se lo calló todo.
No quería Poldy que su madre se enterase de nada. La Condesa viuda era
una señora dotada de un espíritu tan prosaicamente positivo, que sin
duda hubiera destruido con sus discursos todo el caramillo de
suposiciones poéticas que Poldy había levantado y que en manera alguna
quería ella que nadie derribase.
La Condesa viuda acusaba además y zahería con frecuencia a su hija,
calificándola de extravagante, de soñadora, de alucinada, de acérrima
enemiga de lo juicioso y de lo razonable, y de temeraria perseguidora de
ideales inasequibles y absurdos. Si la Condesa viuda pensaba así de
Poldy ignorando el suceso de la cigüeña, ¿qué no pensaría y qué no diría
si lo supiese?
Poldy no volvió, pues, a hablar de él ni con su mismo hermano, como si
su mismo hermano lo ignorara, o como si ella tuviese la pretensión de
que él lo olvidase.
A solas, pues, y en toda libertad, Poldy se figuraba a medida de su
deseo, al autor de las tres poesías. Ya le suponía en Benarés, ya en
Delhi, ya en Calcuta, ya en otros lugares de la India, pero siempre
noble, joven y hermoso, y _chatria_ o brahman, cuando no príncipe.
El incógnito personaje padecía una enfermedad mental semejante a la de
Poldy. Eran sus síntomas el desdén y el hastío de cuanto le rodeaba, y
la vaga aspiración a un bien remoto, confusamente trazado y medio
desvanecido entre las nieblas y vapores de mil ensueños.
Poldy desechaba por vulgar y necia la creencia de su hermano, de que un
erudito alemán hubiese compuesto los versos sanscritos para entretenerse
o para mostrar su pericia. Para ella no cabía la menor duda: los versos
eran obra de un ilustre y joven señor de la India.
Poldy iba amenudo más adelante en sus atrevidas imaginaciones. No creía
ella que el pájaro zancudo que se le había aparecido tuviese la menor
semejanza ni con el cisne de Leda ni con el toro blanco de la gallarda
hija de Agenor; pero ¿no podría la cigüeña ser instrumento de algún gran
sabio; acaso de un genio o de una hada, cuyas poderosas sugestiones
hubiese obedecido al venir a visitarla? ¿Quién se atreverá a limitar la
extensión de lo posible? Si no fuésemos a creer sino lo que
comprendemos, apenas creeríamos nada.
Acudía a veces a la memoria de Poldy un cuento de las _Mil y una
noches_, y se deleitaba en presumir que lo que a ella le pasaba tenía
algún parecido con dicho cuento. En las más elevadas regiones del aire,
se encontraron una noche un hada y un genio que iban volando en opuestas
direcciones. Allí se hablaron y se confiaron que el hada venía de
visitar y dejar dormido al más hermoso príncipe que había en el mundo, y
que el genio, procedente del otro extremo de la tierra, venía de
contemplar y de admirar también a una maravillosa princesa dormida en su
lecho virginal, allá, en el más recóndito, elegante y perfumado camarín
de su magnífico palacio. Genio y hada se proponen que príncipe y
princesa se conozcan, se enamoren y se casen, y los medios a que
recurren para lograrlo constituyen el enredo de la mencionada historia.
Poldy, aunque suavizando mucho lo sobrenatural, así por modestia, como
por el escepticismo que es tan propio del siglo presente, se dio a
sospechar que en todo lo sucedido podría muy bien y casi naturalmente
haber algo que con el cuento oriental coincidiera.
Ella había oído decir y hasta había leído en obras recientes que tratan
de Teosofía, que hay en la India ciertos sabios llamados _mahatmas_,
que a fuerza de introinspección y de asiduo examen en las honduras del
propio ser, adquieren poder estupendo y descubren raros secretos de la
naturaleza, por cuya virtud realizan acciones que tienen apariencia de
milagrosas, aunque no lo sean. ¿No sería quizás el autor de las tres
poesías alguno de esos hábiles _mahatmas_ que había adivinado a Poldy,
que la había entrevisto mentalmente, que se había prendado de ella y
que para comunicarle sus impresiones y enviarle sus versos sin
infundirle mucho asombro, se había valido del medio naturalísimo del
pájaro zancudo, cuya condición propia le lleva, sin nada de brujerías ni
de otras malas artes, a pasar el verano en Austria y el invierno en la
India?
De esta suerte cavilaba Poldy, forjando y desbaratando casos
fantásticos. Era como el niño que se entretiene en levantar con esmero y
conservando bien el equilibrio un alto y complicado castillo de naipes,
y luego le derriba para divertirse y jugar levantando otros.
En suma; Poldy no sabía a qué atenerse ni por qué decidirse. No se
declaraba a sí misma cuál de los castillos por ella levantados era el
que más le agradaba. Lo que no podía menos de reconocer era que la faena
de levantarlos y de derribarlos la deleitaba no poco.
V
Poldy buscaba la soledad entonces más que nunca. En las conversaciones
con su hermano, con su madre y con su aya, se mostraba distraída. Y
esquivando amenudo toda compañía, iba a dar por el bosque solitarios
paseos.
Aunque sea ordinaria comparación, así como puede conjeturarse y preverse
que el sitio más apropósito de hallar a un goloso es una buena
confitería, así Poldy conjeturaba que de seguro volvería a hallar a la
cigüeña a orillas de la laguna donde la halló por vez primera. Había
allí tal abundancia de ranas, lagartos, sapos, escuerzos y otras
sabandijas, que era la tierra de promisión para aquel pájaro zancudo, el
cual, por su gran tamaño y por la extraordinaria longitud de sus alas,
cubiertas en los extremos de lustrosas y negras plumas, dejaba conocer
que era del género masculino. Lo que Poldy no acertaba a determinar era
si el pájaro estaba casado o soltero. Poldy le veía siempre solo y como
no entendía su lenguaje, no le preguntaba si era casado, como en España
solemos preguntar a los loros, que responden a la pregunta.
Era también un misterio para Poldy el lugar donde anidaba la cigüeña.
La veía a orillas de la laguna. El pájaro la saludaba con sonoros
castañetazos, dando saltitos y batiendo las alas, que abiertas abarcaban
más de dos metros y medio. Era en su especie un individuo de
notabilísimo mérito.
Parecía meditabundo y pensativo, pero debía callarse muy buenas cosas.
En vano esperaba Poldy y hasta fantaseaba el milagro de que la cigüeña
hablase, pero la elocuencia de la cigüeña jamás iba más allá de los
castañetazos de costumbre y de algunos roncos y desentonados silbos, que
eran todo su lenguaje.
Con esto nada podía ponerse en claro.
La cigüeña se mostraba muy amiga y muy mansa con la joven Condesa. No le
guardaba rencor porque le hubiese quitado la tela de los versos.
Restregaba la cabeza y el cuello contra la vestidura de la linda dama, y
parecía gustar de que ella le pasase la mano por el largo cuello y por
las alas, y le alisase las plumas.
Estas mudas conferencias, que tenían lugar dos o tres veces cada semana,
duraban poco y no se puede decir que fuesen muy amenas. Por lo demás, la
cigüeña tenía el instinto de no aburrir, y siempre terminaba las
conferencias pronto y de un modo brusco, lanzándose repentinamente en el
aire, trazando graciosas espirales en su sereno vuelo y al cabo
perdiéndose de vista.
Pasó la primavera, pasó el verano, vino luego el otoño, como sucede
siempre, y empezó por último a aparecer el invierno. Poldy tuvo entonces
barruntos de que la cigüeña iba a emigrar y a volver sin duda al soñado
palacio, a la ciudad oriental, al templo o a la quinta, donde el autor
de los versos moraba.
Irresistible fue la tentación que sintió de escribirle. ¿Porqué no había
de hacerlo por estilo prudente y decoroso que no la comprometiera?
Poldy pensó además que, si bien no era inverosímil que por ministerio de
los genios o de las hadas o por virtud de la ciencia de los _mahaturas_,
el autor de los versos hubiera logrado tener clara visión de ella, nunca
estaría de sobra enviarle un buen retrato suyo en fotografía. En
nuestros tiempos no implica esto muy decidido favor. Cualquier sujeto,
el más plebeyo de los mortales, podía comprar por un florín el retrato
de Poldy, expuesto en los escaparates de muchas tiendas de Viena, entre
las bellezas de la corte y del teatro, entre princesas, actrices y
bailarinas. Si cualquier pelafustán compatriota de Poldy podía poseer su
imagen, ¿qué atrevimiento ni qué falta de decoro habría en enviársela
por medio del pájaro zancudo al poeta incógnito, que no podía menos de
ser príncipe, nababo, brahaman o _chatria_, allá en la tierra de Rama y
de Sita, de Nal y de Damayanti?
Hechas estas reflexiones y otras por el mismo orden, que, se omiten aquí
para evitar prolijidad, Poldy, escribió una extensa carta, en papel muy
fino para que abultase poco; tomó un retrato suyo, sin cartón, en el
cual retrato estaba ella descotada y lindísima en su elegante traje de
baile; lo incluyó todo en un sobre con fuerte forro de tela que cerró y
selló con lacre; escribió encima: _al incógnito poeta indio_; agujereó
la carta con un punzón; pasó una fuerte cinta al través del agujero; y
así preparado todo, lo colgó al cuello de la cigüeña como si fuese la
insignia de comendador de cualquiera ilustre Orden.
La cigüeña se estuvo muy quieta, aguardando que Poldy sujetase bien la
cinta a su cuello para que no se desatase y para que la carta no se
cayese. Y apenas comprendió que estaba ya bien condecorada, dio un
tremendo salto, alzó el vuelo, se remontó en el aire y voló con tanto
brío como si se largase ya a la India sin parar en rama.
Dejémosla ir en paz, mientras nosotros, que estamos en todos los
secretos, nos adelantamos a copiar aquí lo que Poldy había escrito, que
era como sigue:
«Irresistible impulso me lleva a escribiros sin conoceros. Sé que me
expongo a que me juzguéis poco circunspecta, muy atrevida y harto libre.
Ignoro vuestra condición en el mundo, vuestro linaje, vuestras creencias
religiosas, vuestra edad y vuestra patria. Mi espíritu, no obstante, se
siente arrebatado hacia donde vuestro espíritu se halla y se cree unido
a él por el estrecho y fuerte lazo de los mismos sentimientos y de las
mismas ideas. En torno mío todo me es indiferente, todo me parece
rastrero y mezquino. No es extraño, pues, que busque yo como vos, en
apartadas regiones, un alma que simpatice con la mía, aunque sea sólo
por sentirse atormentada de la misma dolencia. No acierto a explicarme
el fin que pueda tener yo enviándoos estos renglones y hasta enviándoos
mi retrato. Lo hago sin propósito, fatal e irreflexivamente. Mi único
anhelo es acaso que sepáis que pienso y siento como vos, que ardiente
sed de tiernos afectos agita y quema mi corazón sin que la satisfaga ser
alguno de cuantos miro cerca de mí. La clara nitidez del cielo poblado
de estrellas, el silencioso apartamiento del bosque, la belleza y la
gala de los campos floridos, todo embelesa mi alma, todo hasta cierto
grado la enamora, pero todo deja en ella inmenso vacío, que sólo otra
inteligencia y otra voluntad, humanas o divinas, iguales o superiores a
mi voluntad y a mi inteligencia, pueden llenar si me acuden; si prueban
el afán que yo pruebo y si logran infundirse en el abismo de mi
pensamiento, compenetrándole, fundiéndose con él y haciéndose con él uno
solo. No os conozco: no sé si sois vos a quien yo busco. Por esto mismo
declaro sin ruborizarme mi extraña pasión, de la que en realidad no sois
objeto. Criatura mortal sois sin duda como yo lo soy. En esta vida
terrenal, que vivimos ahora, únicamente podría yo amaros si se
cumpliesen determinadas condiciones de criatura mortal que en vos tal
vez no se cumplan. Tal vez las que yo poseo no respondan a vuestra
aspiración tampoco. Y sin embargo yo soy joven, de nobilísima estirpe, y
muy alabada de hermosa, aunque por modestia debiera callarlo. Os
confieso lo más íntimo, lo más oculto y delicado de mi sentir y de mi
pensar. Os declaro quien soy, donde vivo y como me llamo. La confesión y
la declaración van dirigidas a un ser que yo me finjo: a un ser que mi
imaginación ha forjado. ¿Querréis vos y podréis vos demostrar que
convenís sustancialmente con lo imaginado por mí; que sois la forma
material y visible del espectro etéreo por quien estoy obsesa, y el
astro luminoso cuyos matinales resplandores columbro, y el ansiado
aliento de primavera, que al venir el alba despierta y mueve a cantar a
las aves, y separa y extiende los pétalos de las flores para recoger su
aroma y darles en pago su rocío? Yo explico aquí mi sueño. Si tiene
algún fundamento real, a vos os toca manifestarlo. Si no estáis muy
seguro de la existencia de tal fundamento, lo mejor es que calléis.
Respondiéndome, sólo conseguiríais disipar la más bella de mis
ilusiones, reemplazándola con una realidad ruin y triste y con el
consiguiente desengaño. Pero si estáis seguro de que mi sueño no carece
de fundamento, respondedme, decidme quien sois, venid a mí y mostraos. A
orillas del azul y caudaloso Danubio, en el castillo de Liebestein, os
espera