III

Cualquier pecado mortal es abominable, pero cuando el pecado no

contamina a ningún sujeto inocente y puro y no le aparta de la senda de

la virtud, su malicia es mucho menor que cuando extiende su pernicioso

influjo sobre criaturas humanas, y cuando todo lo inficiona y corrompe.

María Antonia Fernández, aunque arrepentida y llorosa, tenía el consuelo

de no haber pecado nunca en este segundo sentido. Cuantos habían caído

en sus redes y habían sido con ella pecadores, estaban pervertidos muy

de antemano, de modo que ella no agostó ninguna virtud en flor, ni

remedando al demonio robó ángeles al cielo para llevárselos consigo. A

María Antonia no remordía la conciencia, sino de su propia perdición y

no de haber procurado la ajena.

Sólo en una ocasión se mostró ella propicia a cometer tan doble y feo

delito, pero se frustró y quedó en conato, gracias a la entereza de un

sujeto y sobre todo, gracias a la misericordia divina. Con horror

recordaba _La Caramba_ aquel caso.

El duque de Campoverde, a quien llamo así para ocultar su verdadero

título, protegía y albergaba en su casa a un sobrino suyo, tan ilustre

como pobre, llamado D. Jacinto de la Mota, gallardo mancebo en la

florida edad de veinticuatro años, elegantísimo, discreto y agradable

por todo extremo. Y lo más singular y raro que en él había era su

espiritual e inmaculada limpieza. No pocas damas desaforadas tenían el

descoco de reír y burlar sobre su condición arisca, apellidándole el

nuevo Hipólito y tal vez sintiendo el prurito de remedar a Fedra con

mejor éxito y ventura.

El duque, viejo alegre y algo librepensador, y dos amigos suyos, muy

curtidos y versados en aventuras ligeras y galantes mortificaban de

continuo a D. Jacinto, ridiculizando su honesto recato y urdiendo tramas

y buscando ocasiones peligrosas en que de todo punto le perdiese.

Conjurados para tan inicuo fin, buscaron el poderoso auxilio de _La

Caramba_. Hubo una cena, a la que asistió D. Jacinto, ignorando lo que

iba a haber en ella, y le sentaron al lado de la seductora actriz, bella

como nunca aquella noche, con leves y casi transparentes vestiduras, y

adornados sus brazos y su desnuda y cándida garganta con ricos

brazaletes y espléndido collar de perlas.

Pasaré aquí de largo, a fin de que nadie tilde de licencioso este

escrito, sobre las infernales artes con que _La Caramba_, industriada

por los tres libertinos, excitado su amor propio, anhelante de la

victoria, y prendada además de la gallardía e inocencia del casto mozo

se esforzó por avasallarle y rendirle a todo su talante. Don Jacinto

estuvo más firme que una roca; eclipsó casi la memoria del hijo

predilecto del patriarca Jacob, todo ello con tal dignidad y tan sin

melindres ni remilgos, que la risa y la chacota, que el tío y sus dos

amigos empezaron a mostrar, hubo pronto de trocarse en admiración y

respeto. Desde entonces dejaron tranquilo al mozo, sin fastidiarle y sin

embromarle más con disolutas disertaciones e impuras acechanzas.

Lo que resultó de este frustrado delito, del que no pudo menos de tener

noticia la sociedad elegante y aristocrática de Madrid, fue la fama casi

de santidad con que resplandeció D. Jacinto, a quien se dieron a

reverenciar las señoronas devotas, citándole como modelo. Y resultó

también, y este fue más profundo resultado, un alto aprecio, una amistad

sublime y una extraordinaria gratitud en el generoso corazón de la

mujer desdeñada. Porque el mozo, al rechazarla con energía, no faltó en

lo más mínimo a cuanto cumple a todo cortés caballero, y nada dijo ni

hizo que exacerbase el desdén y que pudiera ser considerado como

injuria. Antes bien, con dulces y piadosas palabras suavizó lo agrio del

desvío, y vertió en la herida que acababa de abrir bálsamo celestial de

consuelo.

Con tal eficacia penetraron en el centro íntimo del alma de María

Antonia Fernández estos sentimientos delicados que me atrevo a sospechar

que predispusieron a aquella mujer para que a poco, estimulada por la

tempestad, por el sermón elocuentísimo del padre Atanasio, y hasta por

la pintura de la Magdalena, se obrase de súbito su conversión milagrosa.

Aquellos nobles sentimientos fueron como abejas, que empezaron por

clavar sus punzantes aguijones en el pecho de _La Caramba_, y después

labraron en su centro panal suave de místicas flores.

Lo cierto es que María Antonia y D. Jacinto quedaron amigos y que la

amistad hubo de estrecharse no bien se convirtió María Antonia. Nadie la

veía ni en paseos, ni en teatros, ni en toros, ni en verbenas y veladas.

Iba solo a las iglesias, humildemente vestida con basquiña y negro manto

de beata. Sólo un hombre además de su confesor, hablaba ya en ocasiones

con ella. Este hombre era D. Jacinto. Ora se hablaban en la misma

iglesia de Capuchinos, donde fue la conversión de ella y donde ambos

solían asistir; ora acudía él a casa de la actriz, si bien con prudente

recato para evitar la maledicencia.

No podía ésta tener el menor fundamento, pero la malicia humana levanta

en el aire castillos de torpes embustes, y conviene evitar que la

malicia los levante y se haga fuerte en ellos.

María Antonia Fernández se sentía atraída hacia D. Jacinto por un afecto

angelical y todo del espíritu, y se lisonjeaba además de que afecto no

menos puro impulsaba a D. Jacinto a venir a visitarla.

Sus pláticas eran edificantes y propendían a lo místico, pero María

Antonia distaba mucho de caer ni de tropezar siquiera en el error de los

_alumbrados_. Para precaverse, leía con frecuencia los _Desengaños_, del

Padre Arbiol. Y por otra parte, si algo había en su mente y en su

corazón de que, después de examinarlo, su conciencia pudiera tener

escrúpulos, era un leve asomo de complacencia, al imaginar o al notar

que, si no había triunfado pecaminosamente de aquel mozo por los

sentidos, había logrado elevar su alma ya purificada hasta el alma de

él, enlazándolas con amistoso y casto lazo.

Aquel nuevo género de vida daba al espíritu de María Antonia grata paz y

regalo; pero la austera crueldad con que trataba ella su cuerpo, los

ayunos, las largas vigilias, el cilicio con que maceraba su carne, y

acaso la dura disciplina con que se atormentaba en su más secreto

retiro, quebrantaron tanto su salud, que cayó gravemente enferma, y

estuvo, durante tres meses, postrada en el lecho y a punto de exhalar

el último suspiro.

La ciencia de un buen médico y el cuidadoso esmero de su criada Juana,

lograron conservar su vida y devolverle la salud.

Durante la enfermedad y más aún en la convalecencia, en voz baja, al

oído, tiñéndose sus pálidas mejillas de leve color de rosa, preguntaba

ella con frecuencia a Juana:

--¿Ha venido a saber cómo estoy? ¿No le has visto? ¿No ha hablado

contigo?

Contrariada y afligida Juana, tenía que confesar que D. Jacinto no había

parecido por aquella casa; no había enviado, al menos a un criado, a

informarse de cómo estaba la enferma.

Por último, _La Caramba_ supo una novedad imprevista. La marquesa viuda

de Montefrío, prendada de las virtudes de D. Jacinto, y después de oír

los consejos e informes del Padre Atanasio, su confesor, había decidido

tomar a don Jacinto para yerno, casándole con su hija, la marquesita,

heredada ya y señora de una renta anual de más de veinte mil ducados. Se

afirmaba que la marquesita era fea y tonta; pero prevaleció la razón de

estado; todo se concertó pronto y bien, y D. Jacinto de la Mota era ya

rico y marqués de Montefrío.

De varios colores · 第 27 / 73 题