Cualquier pecado mortal es abominable, pero cuando el pecado no
contamina a ningún sujeto inocente y puro y no le aparta de la senda de
la virtud, su malicia es mucho menor que cuando extiende su pernicioso
influjo sobre criaturas humanas, y cuando todo lo inficiona y corrompe.
María Antonia Fernández, aunque arrepentida y llorosa, tenía el consuelo
de no haber pecado nunca en este segundo sentido. Cuantos habían caído
en sus redes y habían sido con ella pecadores, estaban pervertidos muy
de antemano, de modo que ella no agostó ninguna virtud en flor, ni
remedando al demonio robó ángeles al cielo para llevárselos consigo. A
María Antonia no remordía la conciencia, sino de su propia perdición y
no de haber procurado la ajena.
Sólo en una ocasión se mostró ella propicia a cometer tan doble y feo
delito, pero se frustró y quedó en conato, gracias a la entereza de un
sujeto y sobre todo, gracias a la misericordia divina. Con horror
recordaba _La Caramba_ aquel caso.
El duque de Campoverde, a quien llamo así para ocultar su verdadero
título, protegía y albergaba en su casa a un sobrino suyo, tan ilustre
como pobre, llamado D. Jacinto de la Mota, gallardo mancebo en la
florida edad de veinticuatro años, elegantísimo, discreto y agradable
por todo extremo. Y lo más singular y raro que en él había era su
espiritual e inmaculada limpieza. No pocas damas desaforadas tenían el
descoco de reír y burlar sobre su condición arisca, apellidándole el
nuevo Hipólito y tal vez sintiendo el prurito de remedar a Fedra con
mejor éxito y ventura.
El duque, viejo alegre y algo librepensador, y dos amigos suyos, muy
curtidos y versados en aventuras ligeras y galantes mortificaban de
continuo a D. Jacinto, ridiculizando su honesto recato y urdiendo tramas
y buscando ocasiones peligrosas en que de todo punto le perdiese.
Conjurados para tan inicuo fin, buscaron el poderoso auxilio de _La
Caramba_. Hubo una cena, a la que asistió D. Jacinto, ignorando lo que
iba a haber en ella, y le sentaron al lado de la seductora actriz, bella
como nunca aquella noche, con leves y casi transparentes vestiduras, y
adornados sus brazos y su desnuda y cándida garganta con ricos
brazaletes y espléndido collar de perlas.
Pasaré aquí de largo, a fin de que nadie tilde de licencioso este
escrito, sobre las infernales artes con que _La Caramba_, industriada
por los tres libertinos, excitado su amor propio, anhelante de la
victoria, y prendada además de la gallardía e inocencia del casto mozo
se esforzó por avasallarle y rendirle a todo su talante. Don Jacinto
estuvo más firme que una roca; eclipsó casi la memoria del hijo
predilecto del patriarca Jacob, todo ello con tal dignidad y tan sin
melindres ni remilgos, que la risa y la chacota, que el tío y sus dos
amigos empezaron a mostrar, hubo pronto de trocarse en admiración y
respeto. Desde entonces dejaron tranquilo al mozo, sin fastidiarle y sin
embromarle más con disolutas disertaciones e impuras acechanzas.
Lo que resultó de este frustrado delito, del que no pudo menos de tener
noticia la sociedad elegante y aristocrática de Madrid, fue la fama casi
de santidad con que resplandeció D. Jacinto, a quien se dieron a
reverenciar las señoronas devotas, citándole como modelo. Y resultó
también, y este fue más profundo resultado, un alto aprecio, una amistad
sublime y una extraordinaria gratitud en el generoso corazón de la
mujer desdeñada. Porque el mozo, al rechazarla con energía, no faltó en
lo más mínimo a cuanto cumple a todo cortés caballero, y nada dijo ni
hizo que exacerbase el desdén y que pudiera ser considerado como
injuria. Antes bien, con dulces y piadosas palabras suavizó lo agrio del
desvío, y vertió en la herida que acababa de abrir bálsamo celestial de
consuelo.
Con tal eficacia penetraron en el centro íntimo del alma de María
Antonia Fernández estos sentimientos delicados que me atrevo a sospechar
que predispusieron a aquella mujer para que a poco, estimulada por la
tempestad, por el sermón elocuentísimo del padre Atanasio, y hasta por
la pintura de la Magdalena, se obrase de súbito su conversión milagrosa.
Aquellos nobles sentimientos fueron como abejas, que empezaron por
clavar sus punzantes aguijones en el pecho de _La Caramba_, y después
labraron en su centro panal suave de místicas flores.
Lo cierto es que María Antonia y D. Jacinto quedaron amigos y que la
amistad hubo de estrecharse no bien se convirtió María Antonia. Nadie la
veía ni en paseos, ni en teatros, ni en toros, ni en verbenas y veladas.
Iba solo a las iglesias, humildemente vestida con basquiña y negro manto
de beata. Sólo un hombre además de su confesor, hablaba ya en ocasiones
con ella. Este hombre era D. Jacinto. Ora se hablaban en la misma
iglesia de Capuchinos, donde fue la conversión de ella y donde ambos
solían asistir; ora acudía él a casa de la actriz, si bien con prudente
recato para evitar la maledicencia.
No podía ésta tener el menor fundamento, pero la malicia humana levanta
en el aire castillos de torpes embustes, y conviene evitar que la
malicia los levante y se haga fuerte en ellos.
María Antonia Fernández se sentía atraída hacia D. Jacinto por un afecto
angelical y todo del espíritu, y se lisonjeaba además de que afecto no
menos puro impulsaba a D. Jacinto a venir a visitarla.
Sus pláticas eran edificantes y propendían a lo místico, pero María
Antonia distaba mucho de caer ni de tropezar siquiera en el error de los
_alumbrados_. Para precaverse, leía con frecuencia los _Desengaños_, del
Padre Arbiol. Y por otra parte, si algo había en su mente y en su
corazón de que, después de examinarlo, su conciencia pudiera tener
escrúpulos, era un leve asomo de complacencia, al imaginar o al notar
que, si no había triunfado pecaminosamente de aquel mozo por los
sentidos, había logrado elevar su alma ya purificada hasta el alma de
él, enlazándolas con amistoso y casto lazo.
Aquel nuevo género de vida daba al espíritu de María Antonia grata paz y
regalo; pero la austera crueldad con que trataba ella su cuerpo, los
ayunos, las largas vigilias, el cilicio con que maceraba su carne, y
acaso la dura disciplina con que se atormentaba en su más secreto
retiro, quebrantaron tanto su salud, que cayó gravemente enferma, y
estuvo, durante tres meses, postrada en el lecho y a punto de exhalar
el último suspiro.
La ciencia de un buen médico y el cuidadoso esmero de su criada Juana,
lograron conservar su vida y devolverle la salud.
Durante la enfermedad y más aún en la convalecencia, en voz baja, al
oído, tiñéndose sus pálidas mejillas de leve color de rosa, preguntaba
ella con frecuencia a Juana:
--¿Ha venido a saber cómo estoy? ¿No le has visto? ¿No ha hablado
contigo?
Contrariada y afligida Juana, tenía que confesar que D. Jacinto no había
parecido por aquella casa; no había enviado, al menos a un criado, a
informarse de cómo estaba la enferma.
Por último, _La Caramba_ supo una novedad imprevista. La marquesa viuda
de Montefrío, prendada de las virtudes de D. Jacinto, y después de oír
los consejos e informes del Padre Atanasio, su confesor, había decidido
tomar a don Jacinto para yerno, casándole con su hija, la marquesita,
heredada ya y señora de una renta anual de más de veinte mil ducados. Se
afirmaba que la marquesita era fea y tonta; pero prevaleció la razón de
estado; todo se concertó pronto y bien, y D. Jacinto de la Mota era ya
rico y marqués de Montefrío.