El 8 de Septiembre de 1785, día en que celebra la iglesia la Natividad
de la Virgen Santísima Nuestra Señora, en vez de acudir al templo a
rezar sus devociones, la desenfadada María Antonia Fernández bajó a
pasear en el Prado, a provocar a los galanes y a escandalizar, según
tenía de costumbre. Estaba en lo mejor de su edad, como sol que culmina
en el meridiano; famosa por sus conquistas y celebrada por su gracia,
por su primor en el vestir, por su gallardo cuerpo, por su andar airoso
y por su marcial y bulliciosa desenvoltura. Iba aquel día bizarramente
ataviada: brial de raso azul, justillo recamado de seda y oro y bien
peinada la negra y undosa mata de pelo, sujeta en rodete en lo alto de
la gentil cabeza por rascamoño de oro, lleno de piedras preciosas.
Completaban su tocado el lindo adorno que ella inventó y al que dio su
nombre de guerra, llamándole _La Caramba_, y una mantilla blanca de
preciosa y ligera blonda de Almagro.
De repente se obscureció el cielo; se levantó terrible tempestad; el
aire silbaba y formaba remolinos; deslumbraban los relámpagos, y los
truenos espantosos ensordecían y aterraban. Se abrieron luego las nubes
y abundante lluvia, un verdadero diluvio, empezó a caer sobre la tierra.
No había coche ni silla de manos en que irse, y María Antonia Fernández,
alias _La Caramba_, se refugió en la iglesia de Capuchinos del Prado,
donde se celebraba en aquel momento una solemne función religiosa.
Predicaba fray Atanasio, predicador tan elocuente como severo. El horror
de la tempestad que continuaba y crecía, las frases tremendas con que el
padre fustigaba los vicios y con que describía las penas eternas que
Dios justiciero les impone y tal vez asimismo el devoto cuadro de Lucas
Jordán, que en aquella iglesia se parecía, representando a la Magdalena
a los pies de Cristo, todo compungió por tal arte a la bella pecadora,
penetrando en sus entrañas como agudas saetas de fuego, que se llenó de
atrición y aun de contrición, sintió que el Altísimo la llamaba a sí y
como por milagro quedó convertida.
María Antonia Fernández no volvió a pisar las tablas, hizo desde aquel
punto vida retirada y ejemplar; y la amargura de su arrepentimiento
tardío, las duras mortificaciones con que se castigó ella misma y la
vergüenza y el profundo pesar que el recuerdo de sus pecados le causaba,
acabaron pronto con la salud de su cuerpo, concediéndole en cambio la
salud del alma.
Todo esto es perfectamente histórico, notorio y sabido entonces en
Madrid, y recordado ahora con puntualidad por el Sr. Cotarelo. Lo que yo
voy a referir como apéndice es lo que generalmente se ignora.