IV

Honda melancolía se apoderó del alma de María Antonia. Y sin embargo,

ella se esforzaba por disculpar a su amigo. El matrimonio, pensaba, no

es para santificar por medio del Sacramento el deleite y la satisfacción

de una pasión amorosa: es, en todos los que le contraen, para cumplir

con una obligación y servir a Dios en aquel estado: y es, además, en los

nobles, para conservar y perpetuar el lustre y decoro de sus familias, y

sus apellidos y títulos, gloria y ejemplo de la patria e inmediato

sostén de las bien concertadas monarquías. Así se explicaba María

Antonia que D. Jacinto, severamente, sin amor y en cumplimiento de

deberes impuestos por su nobleza, se hubiese al fin casado.

Esto discurría para disculpar a su amigo, pero se afligía de no verle,

de no conversar con él y de la soledad y del abandono en que la había

dejado.

En medio de su pena, pudo tanto aún la briosa mocedad de María Antonia,

fortalecida por el modo de vivir, menos duro y penitente que su larga

convalecencia le había impuesto, que vino al cabo a encontrarse de nuevo

sana y hermosa.

Vehemente deseo de volver a ver a D. Jacinto dominó entonces su alma.

Sin dejar su humilde traje de beata, pero, con extremada, pulcra e

inconsciente diligencia, peinado el undoso cabello y acicalada toda su

gentil persona, _La Caramba_ acudió de diario a rezar en la iglesia de

Capuchinos y a pasar allí largas horas.

No se lo confesaba, no quería confesárselo; pero tal vez recelaba con

miedo que no era sólo la devoción la que allí le llevaba, sino también

la esperanza de volver a ver a D. Jacinto.

Y la esperanza se cumplió. María Antonia volvió a verle; mas ¡ay! ¡cuán

diferente del que antes era! Había descendido de un coche lujoso y

llevaba al lado a la señora marquesa, su mujer, muy engalanada y muy

fea.

María Antonia cerró involuntariamente los ojos para no ver aquello; y

para no ser vista, se echó muy a la cara el manto y se arrimó a la pared

en el lugar del templo que le pareció más sombrío.

María Antonia volvió, no obstante, a la iglesia de Capuchinos. No

deseaba ya ver a D. Jacinto en compañía de la marquesa. Deseaba verle

solo y hablarle. Tardó en cumplirse su deseo, mas se cumplió por último.

Don Jacinto, saliendo de la sacristía, atravesó el templo. Ella le vio y

salió antes que él y le aguardó a la puerta, entre varios mendigos que

pedían limosna. La palidez limpia y mate de su rostro tenía soberano

hechizo y sus negros y rasgados ojos brillaban como dos soles de luto.

Iba tan distraído el flamante marqués que no reparó en ella, hasta que

al ir a pasar la tocó con el hombro. Viola entonces y se paró encarnado

como la grana.

--Ingrato--exclamó ella--te aguardaba aquí para cerciorarme de que no me

has olvidado del todo y para pedirte la limosna de una mirada y el favor

y la honra de que te dignes hablarme todavía.

--Estoy casado--dijo él, y en el tono con que pronunció aquellas

palabras, se mostraba el temor de que alguien le viese con ella.

Don Jacinto, con todo, parecía más mundano y menos timorato que de

soltero. Se diría, y ella lo sospechó de repente, que D. Jacinto casi

había desechado su mogigatería, logrado ya el fin principal que le había

movido a tenerla. María Antonia, por primera vez después de su

conversación y olvidada de su conversión, le dirigió entonces una mirada

larga, fogosa, dulce y llena de promesas. Aproximando luego su rostro al

de él, hasta el punto de que penetró por su boca y por sus narices el

aliento de ella, dijo ella quedito y con desmayada dulzura:

--Ven de noche a casa. Nadie te verá y no lo sabrá nadie.

En seguida María Antonia le volvió la espalda y se apartó de aquel

sitio.

V

Salieron a relucir las galas y las joyas que se custodiaban en el fondo

del arca. María Antonia no parecía ya la penitente. Estaba vestida,

harto ligeramente vestida, como en la noche de la tentación y de la

cena. Había vuelto la espalda a Dios y dádose de nuevo al diablo. Estaba

perfumada su estancia, y lucían en ella los primorosos presentes de sus

antiguos amadores y el lujo de la plata labrada.

Don Jacinto no dejó de acudir a la cita. Era ya otro hombre. Había

desechado la máscara del misticismo. Hasta el recuerdo de la fealdad y

de la tontería de su consorte estimulaba su liviano deseo. Para

disculpar su ingratitud, brotaron de sus labios entrecortadas frases.

Después pronunció ardientes palabras de amor, y roto ya el freno de su

bien utilizada hipocresía, se abalanzó a María Antonia, que le atraía

con los ojos y le embelesaba con blanda risa, medio abierta la húmeda

boca y dejando ver los iguales y apretados dientes, que parecían dos

hilos de perlas.

El la estrechó frenéticamente entre sus brazos y buscó los labios de

ella con sus labios.

Con ambas manos, María Antonia le rechazó tan violentamente, que faltó

poco para que le derribase por el suelo. No parecía mujer, sino

furibunda leona. No era la lánguida y complaciente enamorada: ni era

tampoco la penitente mística; era la maja de rompe y rasga, insolente y

soberbia, capaz de herir con groseros y ponzoñosos insultos, y capaz de

matar con la llama fulmínea de sus ojos, cuando no con puñales.

--Vete, huye--exclamó--apártate de mi presencia. No pienses que la

amistad y la admiración que me infundiste con tus embustes, se ha

trocado en amor lascivo. Se ha trocado en asco. Si continúas aquí

corres peligro de que te asesine. Sólo muriendo a mis manos y no

gozándome conseguirás ya arrojarme en el infierno. Vete, repito; es un

hurto ruin el que intentas, dándome tu alma y tu cuerpo vendidos ya para

siempre y sin rescate a ese espantajo de mujer que te da título y

dinero.

Don Jacinto pensó que _La Caramba_ se había vuelto loca. Si no de su

material violencia, tuvo miedo del alboroto, del escándalo y de la

resonancia ridícula que podía tener aquella escena, si se prolongaba.

Huyó, pues, casi despavorido. Y como era hombre que entendía bien su

interés y su conveniencia, pero que de almas sabía poco, jamás llegó a

comprender ni a darse cuenta de las singulares transformaciones del alma

de María Antonia, convertida de súbito de libre cortesana en austera

penitente, y de austera penitente en algo a modo de vengadora y

aterradora Furia.

Cuando María Antonia se vio libre de la presencia de D. Jacinto, quedó

inmóvil y de pie por algunos instantes: rompió luego en insana risa y en

descompuesta y nerviosa carcajada; y por último, se arrojó al suelo,

retorciéndose, derramando un mar de lágrimas y balbuceando entre dientes

el _yo, pecadora_.

De allí en adelante no volvió a pecar María Antonia, ni en pensamiento

ni en acto. Persistió en sus rezos; redobló sus vigilias, ayunos y

mortificaciones y logró, pocos meses después, temprano y dichoso

tránsito a mejor vida.

De varios colores · 第 28 / 73 题