III

No bastó la respetuosa consideración que fray Antonio inspiraba al padre

guardián, para que éste se callase y no dijese claro que, si no había

habido demonio, tampoco había habido duende, y que todo había sido

farsa.

Fray Antonio quiso entonces justificarse, y antes de volver a Madrid,

donde habitualmente residía, habló al padre guardián como sigue:

--No sólo ha habido duende sino uno de los duendes más poéticos que en

este mundo sublunar puede darse. Era ella tan pura, tan cándida y tan

ignorante de lo malo, que a los quince años parecía ángel y no mujer. Él

era bueno y sencillo como ella. Ambos se amaban con la más ardiente

efusión de las almas, sin la menor malicia, sin que la dormida

sensualidad en ellos despertase. Anhelaban unirse en estrecho y santo

lazo: vivir unidos hasta la muerte, como en unión castísima habían

vivido desde la infancia. A esto se oponía el desnivel de posición

social. Menester era que Periquito ganase posición, nombre, gloria y

bienes de fortuna. Al separarse para irse él a dar cima a su empresa,

sin estímulo vicioso, con inocencia de niños y con fervoroso amor del

cielo, se unieron sus bocas en un beso prolongadísimo. Sin duda se

interpuso entre labios y labios una levísima chispa de éter, átomo

indivisible, germen de inteligencia y de vida. El fuego abrasador de

ambas almas enamoradas penetró en el átomo, le dio brillantez y tersura,

y cuanto hay de hermoso y de noble en el mundo, vino a reflejarse en él

como en espejo encantado que lo purifica y lo sublima todo. Los santos

anhelos de amor de él y de ella, se fundieron en uno; y, sin

desprenderse enteramente de ambas almas, tuvieron en la misteriosa unión

ser singular y substancial suyo y algo a modo de vaga, indecisa y propia

conciencia. Se separaron los amantes. Él fue muy lejos; peregrinó y

combatió. Durante diez años, no supieron ella de él, ni él de ella, por

los medios ordinarios y vulgares. Pero el unificado deseo de ambos, el

duende que nació del beso, con pintadas alas de mariposa y con la

rapidez del rayo, volaba de un extremo a otro de la tierra: y ya se

posaba en ella, ya en él, y hacía que se estrechasen como presentes, y

renovaba el casto beso de que había nacido, no como recuerdo vano, sino

como si nuevamente y con la misma o con mayor vehemencia ellos se

besaran. No dude, pues, vuestra reverencia de que el tal duende existe o

ha existido. ¿Cómo explicar sin él la tenaz persistencia, durante diez

años, de los mismos amores? El deseo no era sólo de ella. El deseo no

era sólo de él. En ambos estaba, pero, al unirse, se separó de ambos,

creando la unión un ser distinto. Este ser no tiene ya razón de ser:

desaparece, pero no muere. No debe decirse que ha muerto o que va a

morir la chispa inteligente, enriquecida con la viva representación de

toda la hermosura de la tierra y del cielo, cuando, cumplida la misión

para que fue creada, se diluye en el inmenso mar de la inteligencia y

del sentimiento, que presta vigor armónico, y crea la luz y hace

palpitar la vida en la indefinida multitud de mundos que llenan la

amplitud del éter.

Fray Domingo oyó con atención todo esto y mucho más que dijo fray

Antonio, y acabó por convencerse de que había duendes; unos prosáicos,

otros poéticos como el de D. Pedro y doña Eulalia, sin que la teoría de

fray Antonio pugnase en manera alguna con la verdad católica, pues

redundaba en mayor gloria de Dios, hasta donde alcanza a concebirla el

limitado entendimiento humano.

De varios colores · 第 24 / 73 题