No bastó la respetuosa consideración que fray Antonio inspiraba al padre
guardián, para que éste se callase y no dijese claro que, si no había
habido demonio, tampoco había habido duende, y que todo había sido
farsa.
Fray Antonio quiso entonces justificarse, y antes de volver a Madrid,
donde habitualmente residía, habló al padre guardián como sigue:
--No sólo ha habido duende sino uno de los duendes más poéticos que en
este mundo sublunar puede darse. Era ella tan pura, tan cándida y tan
ignorante de lo malo, que a los quince años parecía ángel y no mujer. Él
era bueno y sencillo como ella. Ambos se amaban con la más ardiente
efusión de las almas, sin la menor malicia, sin que la dormida
sensualidad en ellos despertase. Anhelaban unirse en estrecho y santo
lazo: vivir unidos hasta la muerte, como en unión castísima habían
vivido desde la infancia. A esto se oponía el desnivel de posición
social. Menester era que Periquito ganase posición, nombre, gloria y
bienes de fortuna. Al separarse para irse él a dar cima a su empresa,
sin estímulo vicioso, con inocencia de niños y con fervoroso amor del
cielo, se unieron sus bocas en un beso prolongadísimo. Sin duda se
interpuso entre labios y labios una levísima chispa de éter, átomo
indivisible, germen de inteligencia y de vida. El fuego abrasador de
ambas almas enamoradas penetró en el átomo, le dio brillantez y tersura,
y cuanto hay de hermoso y de noble en el mundo, vino a reflejarse en él
como en espejo encantado que lo purifica y lo sublima todo. Los santos
anhelos de amor de él y de ella, se fundieron en uno; y, sin
desprenderse enteramente de ambas almas, tuvieron en la misteriosa unión
ser singular y substancial suyo y algo a modo de vaga, indecisa y propia
conciencia. Se separaron los amantes. Él fue muy lejos; peregrinó y
combatió. Durante diez años, no supieron ella de él, ni él de ella, por
los medios ordinarios y vulgares. Pero el unificado deseo de ambos, el
duende que nació del beso, con pintadas alas de mariposa y con la
rapidez del rayo, volaba de un extremo a otro de la tierra: y ya se
posaba en ella, ya en él, y hacía que se estrechasen como presentes, y
renovaba el casto beso de que había nacido, no como recuerdo vano, sino
como si nuevamente y con la misma o con mayor vehemencia ellos se
besaran. No dude, pues, vuestra reverencia de que el tal duende existe o
ha existido. ¿Cómo explicar sin él la tenaz persistencia, durante diez
años, de los mismos amores? El deseo no era sólo de ella. El deseo no
era sólo de él. En ambos estaba, pero, al unirse, se separó de ambos,
creando la unión un ser distinto. Este ser no tiene ya razón de ser:
desaparece, pero no muere. No debe decirse que ha muerto o que va a
morir la chispa inteligente, enriquecida con la viva representación de
toda la hermosura de la tierra y del cielo, cuando, cumplida la misión
para que fue creada, se diluye en el inmenso mar de la inteligencia y
del sentimiento, que presta vigor armónico, y crea la luz y hace
palpitar la vida en la indefinida multitud de mundos que llenan la
amplitud del éter.
Fray Domingo oyó con atención todo esto y mucho más que dijo fray
Antonio, y acabó por convencerse de que había duendes; unos prosáicos,
otros poéticos como el de D. Pedro y doña Eulalia, sin que la teoría de
fray Antonio pugnase en manera alguna con la verdad católica, pues
redundaba en mayor gloria de Dios, hasta donde alcanza a concebirla el
limitado entendimiento humano.