En la noche y hora prefijadas, de concierto ya D. César con los dos
reverendos, acudieron en misterioso silencio y de puntillas a la puerta
de la habitación de doña Eulalia, armado fray Domingo del libro de los
exorcismos y de un hisopo; armado fray Antonio de un turíbulo donde
quemaba hierbas mágicas, esparciendo el humo; y armado D. César de
paciencia, después de haberse comprometido solemnemente a no perderla y
a no enfurecerse, ocurriera lo que ocurriera.
Celebrados ya sus ritos y evocaciones fray Antonio y fray Domingo
prescribieron a D. César que llamase con brío a la puerta de la
habitación de doña Eulalia, cerrada con llave y que ordenase que se
abriera de par en par, inmediatamente, sin excusa ni pretexto alguno.
No hubo modo de evitarlo ni de retardarlo, y la puerta se abrió de par
en par y de súbito. En medio de ella, como magnífico retrato de Claudio
Coello, encerrado en su marco, apareció un galán muy bizarro y apuesto,
con traje e insignias de capitán, larga espada al cinto, airosas plumas
en el sombrero que llevaba en la diestra, rica cadena de oro y veneras
que en su pecho brillaban y espuelas, de oro también, asidas a sus
amplias botas de camino.
D. César, que era muy violento y celoso de su honra, no hubiera sabido
contenerse y hubiera caído sobre el forastero, si ambos frailes, cada
uno de un lado, no le contienen.
El galán con voz reposada y serena dijo entonces:
--Sosiéguese mi Sr. D. César y no tome a mal que me presente tan a
deshora. Yo soy el capitán D. Pedro González de la Rivera, de cuya renta
y condiciones ha escrito a su señoría mi amigo el banquero genovés
Jusepe Salvago, y de cuyos altos hechos de armas en Portugal, en
Flandes, en Italia y en el remoto Oriente le han dado noticias otras
varias personas muy respetables. Aspiro a la mano de doña Eulalia; ella
me ha dado prueba de que me quiere para esposo; y sólo nos falta el
consentimiento paterno y después la bendición del reverendo Padre fray
Antonio, que está presente y que espero no ha de negarse a bendecirnos.
--Todo eso estaría bien--respondió D. César con mal reprimida cólera--si
vuesa merced no lo pidiese, después de ofender mis canas, hollar mi casa
y atropellar todo respeto.
--Yo, Sr. D. César--replicó el capitán sonriendo--tenía que vengar con
esta aparente injuria otra nada aparente que vuestra merced me hizo hace
diez años, cuando me sorprendió en este mismo sitio en dulces coloquios
con mi señora doña Eulalia, que aún no había cumplido quince años. Yo
era entonces un rapazuelo de dieciséis, y vuesa merced me arrojó de aquí
a empellones nada paternales. Por amor de doña Eulalia, lo sufrí todo y
mayor afrenta hubiera sufrido a ser posible mayor afrenta. Harto he
demostrado después mi valor. Acrisolada está mi honra. La fortuna además
me ha favorecido. La satisfacción que espero y pido para los pasados
agravios es que vuesa merced me acepte como yerno.
En este punto, apareció doña Eulalia al lado del galán. Estaba linda en
extremo, muy elegante y ricamente engalanada con magníficas joyas, y
manifestando en el rostro juvenil y ruboroso gran satisfacción y
contento. ¿Qué había de hacer don César? Consintió en todo y abrazó
cariñosamente a sus hijos, no sin exclamar, mirando al capitán
detenidamente:
--Válgame Dios, muchacho, ¡y cómo has crecido y embarnecido en este
decenio! ¿Quién al pronto había de reconocer en ti al rubio y travieso
monaguillo de Capuchinos que repicaba tan bien las campanas?