III

Llegó la noche medrosa y sombría. En aquella soledad asaltaron a Plácido

mil ideas tristes. Los recuerdos de la niñez surgieron en su mente con

claridad extraña.

Recordó que, seis años hacía, le habían arrojado de otro asilo con

severidad y dureza harto diferentes. Desde muy niño, desde el albor de

su vida, de que no tenía sino muy confusas memorias, se había criado en

el castillo del terrible D. Fruela, poderoso magnate de la montaña. El

castillo estaba en una altura muy cerca de la costa. Desde allí, ora

salía D. Fruela con buen golpe de gente a caballo para penetrar en

tierra de moros y talar y saquear cuanto podía, ora embarcaba a sus

satélites en algunas fustas y galeras de su propiedad, e iba a piratear

o a dar caza a otros más crueles piratas que infestaban aquellos mares

e invadían y asolaban a menudo las costas de España: eran los idólatras

normandos de Noruega y de la última Tule.

Plácido, recogido por caridad en el castillo, e hijo de padres

desconocidos, había sido criado con amor por doña Aldonza, la mujer de

don Fruela. Hasta la edad de ocho años, vivió Plácido en fraternal

familiaridad con Elvira, la hija de doña Aldonza, que era de edad poco

menor que él. Juntos jugaban los niños, y juntos aprendieron a leer y la

doctrina cristiana.

Plácido y Elvira sintieron que sus almas se habían unido con el lazo del

cariño más inocente.

Algo hubo de recelar o de prever D. Fruela, y ordenó a su mujer que

alejase al expósito del trato y de la convivencia de su hija.

Sumisa doña Aldonza, cumplió las órdenes de su marido; pero no hasta el

extremo de evitar por completo que el pajecillo y la niña se viesen y se

hablasen.

La menor frecuencia en el trato produjo un efecto contrario al que D.

Fruela deseaba. En las mentes candorosas de él y de ella se trocó en

adoración el afecto, y se iluminó y hermoseó con las galas y el

esplendor de los sueños la imagen de la persona querida.

Así llegaron ambos a cumplir catorce años. En un día en que salieron de

caza con D. Fruela, el caballo de Elvira corrió desbocado y fue a

perderse en la espesura de un bosque. Plácido la siguió para salvarla, y

acertó a llegar cuando el caballo que ella montaba tropezó y cayó,

derribándola por el suelo. Elvira, por fortuna, no se hizo el menor

daño. Plácido se apeó con ligereza, acudió en su auxilio y la levantó en

sus brazos.

Instintivamente, sin saber qué hacían, cediendo ambos a un impulso

irreflexivo, tal vez movidos por los invisibles genios y espíritus de la

selva, acercaron sus rostros y se dieron un beso. Plácido se creyó por

breves instantes transportado al paraíso; pero la realidad más cruel

hubo de mostrarle en seguida que estaba en la dura y áspera tierra. Una

lluvia de infamantes latigazos cayó sobre sus espaldas. D. Fruela le

había sorprendido, le castigaba y le afrentaba furioso. La jauría de sus

podencos y lebreles y sus monteros se acercaban ya. Afrentado el mozo,

aunque en edad tan tierna, no reflexionó en el peligro ni en lo desigual

de la lucha, y venablo en mano se lanzó contra D. Fruela para matarle.

Elvira se interpuso, dispuesta a recibir las heridas y salvar a su

padre. Plácido dejó caer al suelo el venablo. La humillación le hizo

verter amargas lágrimas.

El feroz D. Fruela, lejos de apiadarse, le azuzó los perros para que le

devoraran, y ordenó a los monteros que disparasen contra él sus agudas

flechas.

--¡Sálvate, Plácido, sálvate!--dijo entonces Elvira.--Si no huyes, mi

cuerpo te servirá de escudo y me matarán antes de que te maten.

Plácido conoció entonces lo peligroso, lo imposible de la defensa. Temió

más por la vida de ella que por la suya. Era ágil y ligero como un

gamo; conocía los más intrincados sitios y las más extraviadas sendas

del bosque, y pronto desapareció como por encanto, no sin exclamar antes

con su voz de niño, que se contraponía a la firmeza del tono:

--Ser padre de ella te ha salvado de la muerte. Ahora huyo, pero tal vez

un día vuelva a buscarte y a exigirte su mano como sola satisfacción de

mi afrenta.

Refugiado Plácido en la abadía, no olvidó la afrenta jamás, pero guardó

oculto su recuerdo en el lastimado centro del alma. El horror que le

causaba volver de nuevo contra el padre de Elvira, la humildad y la

resignación y otros sentimientos religiosos inclinaron su espíritu y le

excitaron a desistir de vengarse. Y como afrentado y sin venganza no

quería vivir en el mundo, se decidió a hacer la vida del claustro. Hasta

el día en que el insulto hecho a su madre despertó en él de nuevo la

ingénita fiereza, fue el más paciente y dulce de los cenobitas. Lanzado

ya al mundo de nuevo, con veinte años de edad, con aliento y brío y con

caballo y armas, ¿dónde había de ir Plácido sino al castillo de D.

Fruela a pedirle estrecha cuenta de todo?

De varios colores · 第 8 / 73 题