--En balde he esperado, hijo mío, hacer de ti un dechado de santidad y
de paciencia, para que con el tiempo llegases a ser mi sucesor en el
gobierno de esta abadía. Sé todo lo ocurrido y no me atrevo a culparte.
La afrenta que te han hecho era difícil, era casi imposible de tolerar.
Está visto, Dios no te quiere para la vida contemplativa. Imposible es
además que permanezcas ya ni una hora en esta santa casa, donde has
promovido un escándalo feroz, aunque disculpable. Por otra parte, el
mozo con quien luchabas es poderosísimo por su nacimiento y riqueza y tú
no puedes seguir viviendo donde él está. No me queda más recurso que el
de obligarte a salir inmediatamente de la abadía. Pero no saldrás
desvalido y sin prendas de mi afecto hacia ti. La abadía es rica, el
abad también lo es, y en nada mejor puede emplear su dinero. Toma esta
bolsa llena de oro; Hugo, el capitán de los arqueros, tiene orden mía
para entregarte enjaezado el mejor de los corceles que hay en nuestras
caballerizas. Corre, revístete a escape de tus armas, monta a caballo y
vete.
Vertiendo muchas lágrimas de gratitud y besándole respetuosamente las
manos, Plácido se despidió del abad y éste le abrazó y le bendijo.
Dos horas después cabalgaba Plácido, solo y armado, por medio de un
pinar espeso y por senda apenas trillada, que iba serpenteando junto a
la orilla de un arroyo, entre cerros altísimos.