Sin detenerse sino para tomar el indispensable descanso, llegó Plácido a
la morada donde había pasado la niñez. Confiado en Dios, en su derecho
y en su valentía, sin arredrarse, se acercó a la puerta del castillo.
Todo estaba mudado. En torno, soledad y silencio. Aunque era medio día,
Plácido no vio ni hombres de armas ni campesinos. El puente levadizo,
tendido sobre el foso, dejaba franca la entrada. El escudo de piedra
berroqueña, que había sobre la puerta principal, estaba cubierto de
negro paño de luto.
Pronto, por un anciano criado, única persona que halló y que al
desmontar le tuvo el estribo, se enteró de la inmensa desventura que
abrumaba a aquella familia. D. Fruela, acusado de alta traición, estaba
en Oviedo y debía ser condenado a muerte. Su acusador era D. Raimundo,
mayordomo de Palacio. Tres caballeros de la casa de D. Raimundo estaban
prontos a sostener la acusación en palenque abierto contra los
defensores de D. Fruela, el cual había apelado al Juicio de Dios. Pero
D. Raimundo era tan poderoso y temido, y por su inaudita soberbia era D.
Fruela tan odiado, que nadie acudía a defenderle. Sólo faltaban tres
días para expirar el plazo. No bien Plácido supo todo esto, el rencor
antiguo se convirtió en lástima en su alma generosa, y resolvió ser el
campeón de quien tan rudamente le había ofendido, probad su inocencia y
librarle de la muerte. En el castillo no había nadie, sino el anciano
servidor. Doña Aldonza y Elvira habían ido a Oviedo a echarse a los pies
del rey y pedirle el perdón, si bien con poquísima esperanza, por ser
muy justiciero el soberano. De todos modos, la honra de la familia
quedaría manchada.
Sin demora se dispuso Plácido a salir para Oviedo, pero antes el anciano
servidor le refirió y encareció lo mucho que doña Aldonza y Elvira
habían pensado en él durante su ausencia, y le dijo que habían dejado
para él un presente a fin de que le recibiese y se le llevase si por
dicha aparecía por el castillo.
El anciano fue por el presente y se le entregó a Plácido. Era una fuerte
rodela, en cuya plancha de acero figuraba en esmalte, sobre campo de
gules, un azor, cubierta la cabeza por el capirote y asido por la
pihuela a una blanca mano que parecía de mujer.
--Tú tienes en el hombro derecho--dijo el anciano--grabado con indeleble
marca, un azor semejante al del escudo. Por él serás un día reconocido y
se sabrá quiénes son tus padres. Entre tanto mi señora y su hija te
declaran y apellidan Caballero del Azor, y te dan en testimonio de ello
esa prenda. Concédate Dios, Caballero del Azor, la buena ventura en
lides y amores que ellas y yo te deseamos.
V
A los tres días, pocas horas antes de expirar el plazo, después de
reposar en Oviedo y de aprestarse para el combate, sonaron las
trompetas y entró en el palenque el Caballero del Azor, con la visera
calada y la lanza en la cuja.
En alta y sonora voz proclamó la inocencia de D. Fruela, llamó
calumniadores a los que le acusaban, y retó a los tres, o sucesivamente
o juntos contra él solo. Los campeones de D. Raimundo fueron
sucesivamente apareciendo. Los combates fueron muy cortos.
El Caballero del Azor, con pasmosa destreza y bizarría, logró que en
menos de media hora los tres mordiesen el polvo, muy mal herido uno de
ellos.
El gentío que rodeaba el palenque rompió en estrepitosas aclamaciones y
vítores. El Caballero del Azor fue llevado en triunfo a palacio e
introducido en la regia cámara.
El rey, informado de todo el suceso, ansiaba verle, y más lo ansiaba aún
su noble y desventurada hermana, la infanta doña Ximena, que estaba con
el rey en aquel momento.
--Caballero del Azor--dijo la infanta antes de que el rey hablase--¿por
qué llevas un azor esmaltado en la rodela?
--Alta señora--contestó Plácido--porque le tengo también estampado en el
hombro derecho, como indeleble marca.
Doña Ximena puso entonces los ojos con cariñoso ahínco en el rostro
hermosísimo de Plácido, e imaginó que veía al Conde de Saldaña, como
estaba en su muy lozana juventud, veinte años hacía.
Ya no pudo contenerse doña Ximena; se acercó al joven, le estrechó en
sus brazos y le cubrió el rostro de besos, exclamando:
--¡Hijo mío, hijo mío!
El rey depuso su severidad, y dirigiéndose al joven, le estrechó también
en sus brazos, y le dijo:
--Yo te reconozco; eres mi sobrino Bernardo; te hago merced de la Casa
Fuerte y señorío del Carpio. Como Bernardo del Carpio serás en adelante
conocido y famoso en todos los países y en todas las edades. Perdonado
tu padre, saldrá de la prisión y será el legítimo esposo de mi hermana.
En efecto; el rey cumplió su promesa. El Conde de Saldaña salió del
castillo de Luna donde estaba encerrado. Se aseó y se atavió con esmero,
de suerte que todavía tenía buen ver, a pesar de su prolongado martirio.
Durante cinco días consecutivos hubo magníficas fiestas en Oviedo. Las
bodas de Bernardo del Carpio y de Elvira se celebraron al mismo tiempo
que las del Conde de Saldaña y doña Ximena.
Pocos días después pudo averiguarse que don Raimundo, el mayordomo de
Palacio, había sido quien robó al niño Bernardo y quien le mandó matar,
furioso como desdeñado pretendiente que fue de doña Ximena. Los
sicarios, encargados de matar al niño, habían tenido piedad de él y le
habían expuesto a la puerta del castillo de D. Fruela. Por esta y por
otras muchas maldades que se descubrieron, se comprendió que don
Raimundo era un monstruo abominable, por lo cual el rey pudo ejercer
provechosamente su justicia mandándole ahorcar, como le ahorcaron con
general regocijo de los ciudadanos de Oviedo, porque D. Raimundo era muy
aborrecido y porque en aquella edad tan ruda la filantropía no era cosa
mayor y no infundía repugnancia la pena de muerte.
Sólo queda por decir que Bernardo fue felicísimo con su Elvira y que
vivieron siempre muy enamorados ella de él y él de ella.
Por los antiguos romances y por la historia se sabe que aquella lucha a
brazo partido, que interrumpió el abad en el convento de los Pirineos,
se reanudó más tarde no lejos de allí, y terminó gloriosamente para
Bernardo, muriendo ahogado entre sus brazos hercúleos el paladín D.
Roldán, pues no era otro quien había luchado con él, cuando los dos eran
novicios.
Y aquí terminan los sucesos de la mocedad de Bernardo del Carpio,
ignorados hasta hace poco, y recientemente descubiertos en ciertos
vetustos e inéditos Anales de la orden de San Benito, escritos en latín
bárbaro en el siglo X y conservados en el monasterio de la Cava, cerca
de Nápoles.