IV

Sin detenerse sino para tomar el indispensable descanso, llegó Plácido a

la morada donde había pasado la niñez. Confiado en Dios, en su derecho

y en su valentía, sin arredrarse, se acercó a la puerta del castillo.

Todo estaba mudado. En torno, soledad y silencio. Aunque era medio día,

Plácido no vio ni hombres de armas ni campesinos. El puente levadizo,

tendido sobre el foso, dejaba franca la entrada. El escudo de piedra

berroqueña, que había sobre la puerta principal, estaba cubierto de

negro paño de luto.

Pronto, por un anciano criado, única persona que halló y que al

desmontar le tuvo el estribo, se enteró de la inmensa desventura que

abrumaba a aquella familia. D. Fruela, acusado de alta traición, estaba

en Oviedo y debía ser condenado a muerte. Su acusador era D. Raimundo,

mayordomo de Palacio. Tres caballeros de la casa de D. Raimundo estaban

prontos a sostener la acusación en palenque abierto contra los

defensores de D. Fruela, el cual había apelado al Juicio de Dios. Pero

D. Raimundo era tan poderoso y temido, y por su inaudita soberbia era D.

Fruela tan odiado, que nadie acudía a defenderle. Sólo faltaban tres

días para expirar el plazo. No bien Plácido supo todo esto, el rencor

antiguo se convirtió en lástima en su alma generosa, y resolvió ser el

campeón de quien tan rudamente le había ofendido, probad su inocencia y

librarle de la muerte. En el castillo no había nadie, sino el anciano

servidor. Doña Aldonza y Elvira habían ido a Oviedo a echarse a los pies

del rey y pedirle el perdón, si bien con poquísima esperanza, por ser

muy justiciero el soberano. De todos modos, la honra de la familia

quedaría manchada.

Sin demora se dispuso Plácido a salir para Oviedo, pero antes el anciano

servidor le refirió y encareció lo mucho que doña Aldonza y Elvira

habían pensado en él durante su ausencia, y le dijo que habían dejado

para él un presente a fin de que le recibiese y se le llevase si por

dicha aparecía por el castillo.

El anciano fue por el presente y se le entregó a Plácido. Era una fuerte

rodela, en cuya plancha de acero figuraba en esmalte, sobre campo de

gules, un azor, cubierta la cabeza por el capirote y asido por la

pihuela a una blanca mano que parecía de mujer.

--Tú tienes en el hombro derecho--dijo el anciano--grabado con indeleble

marca, un azor semejante al del escudo. Por él serás un día reconocido y

se sabrá quiénes son tus padres. Entre tanto mi señora y su hija te

declaran y apellidan Caballero del Azor, y te dan en testimonio de ello

esa prenda. Concédate Dios, Caballero del Azor, la buena ventura en

lides y amores que ellas y yo te deseamos.

V

A los tres días, pocas horas antes de expirar el plazo, después de

reposar en Oviedo y de aprestarse para el combate, sonaron las

trompetas y entró en el palenque el Caballero del Azor, con la visera

calada y la lanza en la cuja.

En alta y sonora voz proclamó la inocencia de D. Fruela, llamó

calumniadores a los que le acusaban, y retó a los tres, o sucesivamente

o juntos contra él solo. Los campeones de D. Raimundo fueron

sucesivamente apareciendo. Los combates fueron muy cortos.

El Caballero del Azor, con pasmosa destreza y bizarría, logró que en

menos de media hora los tres mordiesen el polvo, muy mal herido uno de

ellos.

El gentío que rodeaba el palenque rompió en estrepitosas aclamaciones y

vítores. El Caballero del Azor fue llevado en triunfo a palacio e

introducido en la regia cámara.

El rey, informado de todo el suceso, ansiaba verle, y más lo ansiaba aún

su noble y desventurada hermana, la infanta doña Ximena, que estaba con

el rey en aquel momento.

--Caballero del Azor--dijo la infanta antes de que el rey hablase--¿por

qué llevas un azor esmaltado en la rodela?

--Alta señora--contestó Plácido--porque le tengo también estampado en el

hombro derecho, como indeleble marca.

Doña Ximena puso entonces los ojos con cariñoso ahínco en el rostro

hermosísimo de Plácido, e imaginó que veía al Conde de Saldaña, como

estaba en su muy lozana juventud, veinte años hacía.

Ya no pudo contenerse doña Ximena; se acercó al joven, le estrechó en

sus brazos y le cubrió el rostro de besos, exclamando:

--¡Hijo mío, hijo mío!

El rey depuso su severidad, y dirigiéndose al joven, le estrechó también

en sus brazos, y le dijo:

--Yo te reconozco; eres mi sobrino Bernardo; te hago merced de la Casa

Fuerte y señorío del Carpio. Como Bernardo del Carpio serás en adelante

conocido y famoso en todos los países y en todas las edades. Perdonado

tu padre, saldrá de la prisión y será el legítimo esposo de mi hermana.

En efecto; el rey cumplió su promesa. El Conde de Saldaña salió del

castillo de Luna donde estaba encerrado. Se aseó y se atavió con esmero,

de suerte que todavía tenía buen ver, a pesar de su prolongado martirio.

Durante cinco días consecutivos hubo magníficas fiestas en Oviedo. Las

bodas de Bernardo del Carpio y de Elvira se celebraron al mismo tiempo

que las del Conde de Saldaña y doña Ximena.

Pocos días después pudo averiguarse que don Raimundo, el mayordomo de

Palacio, había sido quien robó al niño Bernardo y quien le mandó matar,

furioso como desdeñado pretendiente que fue de doña Ximena. Los

sicarios, encargados de matar al niño, habían tenido piedad de él y le

habían expuesto a la puerta del castillo de D. Fruela. Por esta y por

otras muchas maldades que se descubrieron, se comprendió que don

Raimundo era un monstruo abominable, por lo cual el rey pudo ejercer

provechosamente su justicia mandándole ahorcar, como le ahorcaron con

general regocijo de los ciudadanos de Oviedo, porque D. Raimundo era muy

aborrecido y porque en aquella edad tan ruda la filantropía no era cosa

mayor y no infundía repugnancia la pena de muerte.

Sólo queda por decir que Bernardo fue felicísimo con su Elvira y que

vivieron siempre muy enamorados ella de él y él de ella.

Por los antiguos romances y por la historia se sabe que aquella lucha a

brazo partido, que interrumpió el abad en el convento de los Pirineos,

se reanudó más tarde no lejos de allí, y terminó gloriosamente para

Bernardo, muriendo ahogado entre sus brazos hercúleos el paladín D.

Roldán, pues no era otro quien había luchado con él, cuando los dos eran

novicios.

Y aquí terminan los sucesos de la mocedad de Bernardo del Carpio,

ignorados hasta hace poco, y recientemente descubiertos en ciertos

vetustos e inéditos Anales de la orden de San Benito, escritos en latín

bárbaro en el siglo X y conservados en el monasterio de la Cava, cerca

de Nápoles.

De varios colores · 第 9 / 73 题