EL CABALLERO DEL AZOR

I

Hará ya mucho más de rail afios, habla en lo más esquivo y fragoso de

los Pirineos una espléndida abadía de benedictinos. El abad Eulogio

pasaba por un prodigio de virtud y de ciencia.

Las cosas del mundo andaban muy mal en aquella edad. Tremenda barbarie

había invadido casi todas las regiones de Europa. Por donde quiera

luchas feroces, robos y matanzas. Casi toda España estaba sujeta a la

ley de Mahoma, salvo dos o tres Estadillos nacientes, donde entre breñas

y riscos se guarecían los cristianos.

En medio de aquel diluvio de males, pudiera compararse la abadía de que

hablamos al arca santa en que se custodiaban el saber y las buenas

costumbres y en que la humana cultura podía salvarse del universal

estrago. Gran fe tenían los monjes en sus rezos y en la misericordia de

Dios, pero no desdeñaban la mundana prudencia. Y a fin de poder

defenderse de las invasiones de bandidos, de barones poderosos y

desalmados o de infieles muslimes, habían fortificado la abadía como

casi inexpugnable castillo roquero, y mantenían a su servicio centenares

de hombres de armas de los más vigorosos, probados y hábiles para la

guerra.

La abadía era muy rica y famosa: rica por los fertilísimos valles que en

sus contornos los monjes habían desmontado, cultivándolos con esmero y

recogiendo en ellos abundantes cosechas; y famosa, porque era como casa

de educación, donde muchos mozos de toda Francia y de la España que

permanecía cristiana acudían a instruirse en armas y en letras. Entre

los monjes había sabios filósofos y teólogos y no pocos que habían

militado con gloria en sus mocedades antes de retirarse del mundo. Estos

enseñaban indistintamente las artes de la paz y de la guerra; cuanto a

la sazón se sabía. Y luego, según la índole de cada educando, los

pacíficos y humildes se hacían sacerdotes o monjes, y los belicosos y

aficionados a la vida activa salían de allí para ser guerreros y aun

grandes capitanes.

Cincuenta novicios había en la abadía de continuo. Y todos, salvo en las

horas consagradas a ejercicios caballerescos, vestían el hábito de la

orden.

En una tarde de abril, terminadas las vísperas, salieron los novicios

del coro, donde habían estado entonando salmos, y fueron, según

costumbre, a pasar dos horas de recreo jugando en un gran patio.

Había un novicio de origen obscuro, lo cual se contraponía a la alta

nobleza de que se jactaba con razón la mayoría de los otros. Este

novicio era español.

Seis años hacía que había venido a refugiarse en el convento sin saber

de dónde. El caritativo abad le dio asilo, y él, con su humildad

profunda, con su aplicación constante, con la rara inteligencia que

desplegó en el estudio y con la robustez y agilidad que mostró en todos

los ejercicios corporales, se ganó la voluntad de aquel venerable siervo

de Dios, que le amaba como a un hijo y que candorosamente le admiraba.

De aquí la envidia que le tenían los otros novicios y especialmente los

franceses. Tratábanle con desdén, le hacían mil burlas y hasta le

dirigían improperios, que él sufría con resignación evangélica. Por esto

le llamaban Plácido.

En aquella ocasión la envidia de los otros novicios había llegado a su

colmo. Plácido acababa de alcanzar brillante triunfo. Había compuesto un

devoto e inspirado himno latino a la Santísima Virgen María, tan lleno

de bellezas y tan rico de amor místico, que, entusiasmados los monjes,

le habían cantado en el coro, dando al joven poeta mil alabanzas y

bendiciones.

Sus malos compañeros, deseosos de humillarle, y tal vez fiados en que

Plácido era pacífico y sufrido, se encararon con él, aunque él se

apartaba de ellos con mansedumbre y modestia, y llegaron dos de los más

insolentes al último extremo de la injuria. Recordando la obscuridad de

su origen, se la echaron en rostro y calificaron a su madre de la más

infame manera.

El cordero se convirtió entonces de repente en bravo león. Por dicha, no

tenía armas, pero le valieron los puños. Con certero y fuerte golpe

derribó por tierra, maltrecho y con la boca ensangrentada, al primero

que le había ofendido. Después siguió peleando él solo contra otros tres

o cuatro, apoyado contra el muro y acosado por ellos.

Fue todo tan rápido, que nadie había acudido a interponerse y a

restablecer la paz, cuando otro de los novicios, de nobilísima alcurnia

francesa, intervino en la contienda, diciendo:

--Es cobardía que vayáis tantos contra él; apartáos; dejádmele a mi

solo; yo le castigaré como merece.

Fue tan imperiosa la voz, fue tan imponente el ademán de aquel muchacho,

que se apartaron todos, formando ancho cerco en torno suyo.

Cayó entonces el francés sobre Plácido, el cual paró los golpes que le

asestaba, sin recibir ninguno, y le ciñó con fuerza terrible en sus

nervudos brazos.

Pasmosa fue la lucha. Firmes se mantenían ambos. Ninguno cejaba ni caía.

Hubieran semejado dos estatuas de bronce, si no se hubiera sentido el

resoplido de la fatigada respiración de los combatientes y si no se

hubiera visto correr abundante sudor por sus encendidas mejillas.

¡Quién sabe cómo hubiera terminado aquel combate! Mal hubiera terminado,

sin duda, si no llega precipitadamente el abad y logra al punto

separarlos.

Después de censurar con breves y enérgicas palabras la acción de todos,

ordenó a Plácido que le siguiese, y le llevó a su celda.

De varios colores · 第 6 / 73 题