Nada; sus registros resultaban siempre inútiles. La desventurada

Felicia lloraba sin cesar. Nolo hacía esfuerzos por animarla. Pero tanto

como ella necesitaba él de alientos, aunque por diferente motivo. Él se

afirmaba cada vez más en que Demetria se había marchado á Oviedo. Ella,

más perspicaz porque la amaba con corazón de madre, se aferraba en que

le había acaecido un percance.

Más por complacerla que por esperanza de obtener resultado alguno, Nolo

consintió en recorrer los montes que dominaban el castañar del tío Goro.

Vagaron por ellos á la ventura sin tropezar ser viviente. Al cabo

divisaron entre los árboles una luz.

--¿Dónde estamos?--preguntó Felicia que con la pena y tanto paseo se

había mareado.

--Cerca de la cabaña de Pepa la Pura.

Esta Pepa la Pura era una mujer á quien, apenas muertos sus padres,

cuando contaba veinte años, sus dos hermanos varones arrojaron de casa.

La desgraciada, en vez de expatriarse ó ponerse á servir de criada,

prefirió marcharse al monte. Y dando pruebas de una energía maravillosa,

casi sobrenatural, construyó por sí misma ó ayudada solamente de algún

vecino caritativo una choza para guarecerse: se puso á cultivar la

tierra baldía. Con esto y con algún jornal que solía ganar en Canzana

ayudando en sus labores á los vecinos se había podido mantener. Aunque

habitaba enteramente sola y cuando joven era bella supo defender su

honestidad tan bravamente que los mozos de la parroquia le pusieron por

sobrenombre la Pura y este apodo le quedó. Ahora ya era vieja, aunque no

tanto como aparentaba. Los rudos trabajos, las privaciones y la acción

de la intemperie habían arrugado su rostro antes de tiempo.

Al acercarse á su choza pudieron verla al través de la puerta

entreabierta. Estaba lavando la pobre escudilla en que había cenado y

disponiéndose para acostarse en el mísero camastro que ocupaba la mitad

de su vivienda. Felicia la llamó.

--¿Quién va?-preguntó ella sin mostrar susto alguno y dirigiéndose á la

puerta.--¡Ah, eres tú, Felicia!... ¡y tú también, Nolo!... ¿Qué viento

os trae por aquí?

La pobre Felicia se echó á llorar sin responderle. Nolo dijo:

--Demetria ha desaparecido desde esta tarde y nadie sabe dónde se

encuentra. ¿Sabes tú algo?

--No, no... yo no sé nada.. ¿Cómo quieres que sepa?--respondió con

agitación.

--El castañar donde fué por hoja no está lejos de aquí: pudieras bien

haberla visto...

--No, no... yo no la he visto... Yo estuve todo el día sallando el maíz

ahí arriba... ¡No la he visto, no!...

Si Nolo estuviera dotado de más perspicacia ó malicia no le hubiera

pasado inadvertido el aturdimiento de la Pura. Pero nada echó de ver y

cuando aquélla les invitó á descansar un momento aceptó y entraron. La

tía Felicia tenía en verdad necesidad de reposo. Pepa la agasajó y la

consoló cuanto pudo. Se comprendía que las lágrimas de la desdichada

madre le hacían daño. Se había puesto pálida y temblorosa. Cuando al fin

salieron de la choza les acompañó un rato. Felicia quería proseguir sus

investigaciones, mas Nolo se opuso resueltamente á ello: sobre ser

inútil, el estado de fatiga en que se hallaba no lo permitía. Por la

mañana bien temprano volverían á comenzar.

Según caminaban por el monte abajo, la Pura se había ido quedando un

poco rezagada. Tiró un poco de la manga de la camisa á Nolo y

acercándose á su oído cuanto pudo le dijo en voz apenas perceptible:

--Tengo que hablarte... Vuelve en seguida.

Turbado quedó el mancebo. Acompañó en silencio hasta Canzana á la que

pronto debía de ser su madre y se despidió de ella á la puerta de casa.

¿Cómo? ¡Eso no podía ser! Felicia quería á todo trance retenerle y que

durmiese aquella noche en Canzana. Nolo se obstinó en volverse á la

Braña, pretextando que nada había dicho á sus padres y podían estar con

cuidado. Mañana al amanecer volvería para continuar la busca de

Demetria. No fué posible á la buena mujer convencerle. Se despidió de él

llorando y de este modo entró en la casa.

Nolo permaneció un instante fuera. Luego, en vez de tomar el camino de

la Braña, se salió de la aldea á toda prisa por el extremo opuesto.

Buscó el sendero del monte y se emboscó por los castañares que en

aquella hora estaban lóbregos y medrosos. El mozo los atravesaba con

paso vivo y resuelto, más emboscado aún en sus propios pensamientos y

recelos. La primavera, pródiga siempre en aquel valle, amontonaba la

hoja en los árboles y la fronda de los helechos en el suelo, de tal modo

que ni un rayo de luz penetraba en los parajes que recorría. Pero Nolo

era hombre de las montañas y si no conocía los senderos los adivinaba.

Cuando salió de los castañares y se encontró en el monte descubierto, el

resplandor pálido de las estrellas le pareció una gran iluminación. Con

paso aún más rápido ascendió en poco tiempo hasta divisar la cabaña de

la Pura. No vió luz y le sorprendió, porque contaba que le estuviese

esperando. Se acercó: la puerta estaba cerrada. Detúvose, un momento

lleno de confusión y al cabo llamó dando un golpe.

--¿Quién está ahí?--preguntó la mujer como si despertase sobresaltada.

--Soy yo, Pepa.

--¿Quién es?--volvió á preguntar como si no le reconociese.

--Soy yo, Nolo.

--Perdona, Nolo, pero ya estoy en la cama.

--¿No acabas de decirme que volviese en seguida? Pues ya estoy aquí...

¡Abre!--profirió el mozo irritado.

--Aguarda un momento--respondió ella con acento de mal humor.

Se echó sus pobres vestidos encima, encendió el candil y abrió la

puerta.

--¿No me has dicho hace un momento que tenías que hablarme? ¡Dí!

--¡Ya no me acordaba, rapaz!... No era más que una chanza...--respondió

ella, humilde al ver el rostro contraído del mancebo.

--¿Cómo chanza?--exclamó él rebosando ya de cólera.--Esto no es asunto

de chanza. Demetria ha desaparecido y tú debes de saber algo de ella.

¡Dí lo que sepas ahora mismo!

--No sé de ella ni la he visto hace tres días--respondió la Pura con voz

temblorosa.

--¿Entonces por qué me has mandado venir?

--Ya te he dicho que era una chanza.

El rostro del mozo se contrajo aún más terriblemente. Clavó una larga

mirada amenazadora en Pepa que abatió la suya al suelo. Luego,

encogiéndose de hombros, dijo sordamente:

--Está bien... Desde aquí voy á la Pola á despertar al señor juez para

que envíe por ti... Ya dirás en la cárcel lo que sabes.

El rostro de la Pura se cubrió de intensa palidez y balbuceó:

--Haz lo que quieras... Yo nada sé...

--Pues adiós... ¡Hasta pronto!

Nolo dió unos cuantos pasos precipitados monte abajo...

--¡Ven acá!--le gritó Pepa.

Tornó á subir y acercándose á ella con semblante airado le preguntó:

--¿Quieres hablar?

La Pura guardó silencio unos instantes; luego dijo:

--Si te doy alguna noticia, ¿me juras que no dirás de quién la has

sabido, que nunca saldrá de tu boca mi nombre?

--Lo juro.

--¿Por qué lo juras?

--Por lo que tú quieras.

--Júralo por la salud de tus padres.

--Lo juro por la salud de mis padres.

--Que no te cases jamás con Demetria ni vuelvas siquiera á verla.

--Que todo eso suceda si llego á declarar tu nombre.

La Pura vaciló todavía. Le parecían pequeños aquellos juramentos. Al fin

encontró otro más terrible.

--¡Que se os muera de la peste todo el ganado que tenéis en la cuadra!

--¡Que se nos muera!

--Pues bien... te diré que esta tarde, mientras recogía un poco de

árgoma para encender el fuego, vi en el castañar del tío Goro á Demetria

cortando hoja... Luego vi que se acercaba á ella Plutón... ese minero

tan malo que ya conocerás...

--Sí, sí; ¡adelante!

--Pues hablaron algunas palabras y mientras yo me entretuve en atar la

carga desaparecieron... No volví á ver ni á uno ni á otro. Pensé que

habían tomado por el monte abajo y se habían ido á Carrio... Me admiró

porque no creía que Demetria tuviese amistad con ese pícaro...

Guardó silencio. Nolo, inmóvil y pálido, esperó todavía algunos

instantes á que prosiguiese.

--¿Es eso todo?

--Todo.

--¿No sabes más?

--Nada más.

--Bien... pues muchas gracias y hasta la vista.

La Pura le retuvo cuando se disponía á marchar y le dijo temblando:

--Acuérdate, Nolo, del juramento que me has hecho. Mira, hijo mío, que

si ese malvado llega á saber lo que te he dicho, cualquier noche viene

acá y me asesina.

--Pierde cuidado: vuelvo á jurarte que nada sabrá.

Bajó de nuevo á saltos por el monte y se internó por los castañares. Á

despecho de la agilidad y soltura con que marchaba, llevaba el corazón

oprimido, muy oprimido. Se representaba, aunque vagamente, cosas

horrendas. Aquel bandido era muy capaz de abusar de ella y asesinarla.

Llegó á Canzana agitado, convulso. Sin pasar por casa del tío Goro á

noticiar lo que sabía se dirigió á la del vecino que albergaba á Plutón.

Estaba cerrada y todos durmiendo. No se arredró por eso. Llamó

suavemente en el ventanillo que estaba contiguo á la cocina, donde

supuso que dormiría el minero. No respondieron. Llamó de nuevo y oyó la

voz del tío José, el dueño de la casa:

--¿Quién anda ahí?

--Soy yo, tío José.

--¿Quién eres tú?

--Nolo de la Braña. Vengo de parte del tío Goro á decirle á usted dos

palabras. Es cosa muy urgente.

Se abrió el ventanillo, que además de la compuerta tenía una reja de

hierro, y asomó las narices el tío José, un paisanuco viejo y narigudo.

--¿Qué ocurre?--preguntó con sorpresa.

--Ya sabrá usted--respondió Nolo bajando cuanto pudo la voz--que

Demetria ha desaparecido...

--Sí, eso me han dicho antes de acostarme.

--Pues bien, dicen que la han visto hablando con Plutón. Tenemos miedo

que le haya sucedido algo malo... ¡Ya sabe usted quién es!

--Descuida, Nolo--respondió el tío José bajando todavía más la voz.--Eso

que dices no puede ser. Plutón estuvo todo el día trabajando en la mina:

por cierto que le cayó una piedra sobre la cabeza y le hizo bastante

daño. Tuvo que ir á la Pola y se curó en la botica: llegó bastante tarde

y se acostó en seguida. Arriba está durmiendo... No le despiertes porque

tiene malas pulgas el hombre, como sabes... y pudiera ocurrir cualquier

chascarrillo.

--No, no le despertaré--replicó Nolo con sonrisa irónica.--No sea cosa

de que nos mate á los dos. Aguardaré á mañana para decirle dos palabras.

Adiós, tío José; buenas noches.

Se alejó el mozo y cuando se vió solo acudieron á su mente mil dudas.

¡Era extraño aquel percance de Plutón! Mas por otra parte, si había

estado en la mina trabajando todo el día, la noticia de la Pura

resultaba falsa.

En estas cavilaciones enfrascado estuvo algún tiempo. Miró al cielo; vió

que era tarde ya para ir á la Braña y volver á la mañana: tampoco quiso

llamar en casa del tío Goro. Entonces, resuelto á pasar la noche en

Canzana, escaló la primer tinada que halló al paso, se metió en ella y

se acostó sobre la yerba.

Cuando la luz del día le dió en el rostro se alzó precipitadamente y

saltó á la calle. Procuró que no le viesen y se puso á rondar la casa

del tío José. En efecto, como esperaba, vió salir al cabo á Plutón con

la frente vendada y la lámpara colgada del brazo en disposición de

marchar á la mina. Se adelantó á él sin ser visto y en cuatro saltos

bajó por los prados á un sendero por donde forzosamente tenía que pasar

el minero. Se ocultó detrás de un árbol y esperó. Pocos momentos después

pasaba Plutón. Nolo le salió al paso y poniéndole una mano sobre el

hombro le dijo:

--Hola, amigo; buenos días.

Plutón dió un salto atrás y lanzándole una mirada de odio y de recelo

contestó sordamente:

--Yo no soy tu amigo ni tengo gana de serlo.

--No importa. Aunque no quieras que seamos amigos, vamos á hablar un

instante como si lo fuéramos. Vamos á hablar de Demetria.

Si el feroz minero no tuviese el rostro como siempre embadurnado se le

hubiera visto palidecer. Se repuso pronto, sin embargo, y exclamó:

--Vaya, vaya, parece que tienes gana de reir. Ya sabrás que no soy

aficionado á chanzas. Déjame en paz antes que otra cosa sea.

Nolo le dirigió una larga mirada de curiosidad. Era gracioso el tono

amenazador que aquel renacuajo usaba frente á él.

--No es broma, amigo--dijo lentamente apoyando sobre cada una de sus

palabras.--Es que Demetria ha desaparecido de casa y quiero que me digas

si sabes algo de ella.

--¡Quieres, quieres!... No sé nada de ella; pero aunque supiese, lo que

menos me importaría á mí es que tú quisieras ó dejaras de querer...

Una ola de indignación subió al rostro del mozo y lo tiñó de carmín. Sus

ojos chispearon y clavando en el monstruo una mirada irritada le dijo:

--¿Sabes que me está apeteciendo agarrarte por las piernas y batirte la

cabeza contra ese árbol?

--¡Prueba á hacerlo!--replicó el minero llevando la mano al bolsillo.

--No lo hago porque siendo malo como eres tendría que pagarte por

bueno... Sé que has hablado con Demetria ayer. Si algo malo le ha

sucedido y eres tú quien se lo ha hecho no tengas miedo de ir á la

cárcel... ¡Ya me encargaré yo de impedirlo! Adiós.

--¡Al diablo, grandísimo zopenco!... ¡Si creerás, palurdo, que por ser

tan espigado te tengo miedo! Los árboles más altos son los que caen con

más facilidad cuando sopla el viento recio.

Nolo, que ya se había alejado unos pasos, se volvió y dijo:

--¡Al caer este árbol te aplastará como lo que eres, como un

escarabajo!... Cuenta conmigo si le ha pasado algo á Demetria.

--¡Y tú conmigo!--le gritó Plutón.

Cuando el mozo de la Braña llegó á casa del tío Goro había ya en

derredor un tropel de gente. Se comentaba con calor la desaparición de

Demetria. Todas las comadres hablaban á un tiempo y nadie se entendía.

Dentro se hallaba la tía Felicia hecha un mar de lágrimas. Á su lado

estaba Flora hecha un mar mucho mayor aún. Y era cosa en verdad que

impresionaba ver llorando á aquella criatura traviesa y vivaracha,

nacida para la risa. Ni ella ni tía Felicia querían aceptar el supuesto

de que Demetria se hubiera fugado. Entre las comadres de la aldea

tampoco hallaba gran aceptación semejante idea. Pero los hombres en

general se inclinaban á pensarlo. El mismo D. Félix, que estaba rodeado

por el tío Goro y otros cuantos paisanos, aunque con las debidas

reservas para no causar pena al padre adoptivo de la joven, también

manifestaba sus sospechas de que se hallase ya en Oviedo. Era menester

aguardar, sin embargo, á Manolete. Suponiendo que llegase á la capital

antes de amanecer y diese la vuelta en seguida como se le había

ordenado, al mediodía debía de estar en Entralgo.

En el grupo de los hombres encontrábase también el intrépido Celso. Éste

no dudaba: se le conocía perfectamente en la sonrisa de mordaz ironía

que vagaba por sus labios. Á él no se la daba nadie. Un hombre que había

estado en Sevilla y había recorrido las provincias de Badajoz y de

Cáceres y había entrado un poco también en la de Salamanca, no era fácil

que creyese en la virtud y en la inocencia de las mujeres. Bueno que

aquellos infelices que no habían visto más tierra que la que se divisaba

desde el pico de la Vara se tragaran la castaña; ¡pero él! ¡Celso! ¡un

militar! ¡un macareno que había corrido más juergas orilla del

Guadalquivir que pelos tenía en la cabeza!... «¡Vamo, hombre!» Y escupía

por el colmillo con pesimismo tan desolador que el mismo Budha se

hubiera estremecido si le viese.

Cuando se hubo hartado de escupir, de sonreir y de lanzar resoplidos

escépticos en torno de los grupos estacionados ante la casa del tío

Goro, entró en la suya, tomó la macona y la guadaña y se marchó al

prado de la Tejera á segar el verde para el ganado. Estaba el prado

lejos y mientras caminaba hacia allá no cesaba de pensar en el lance

murmurando con la penetración que le caractirizaba:

--¡Rediós! Lo siento por Nolo, porque al fin y al cabo es un amigo y un

mozo cabal. Pero ¿quién que tuviera los sesos en su sitio había de

pensar que Demetria pudiera comer con gusto ya las farrapas y los

nabos?... ¡Vamo, hombre!... Al que prueba las tajadas se le hincha la

barriga con el verde... Y mayormente que no semos caballerías para jamar

tanto forraje... Luego la chavalilla ¿pa qué más de la verdad? merecía

otra cosa que un paisano. Quedándose en Oviedo no le faltaría algún

señorón de levita que la tuviera en casa como una imagen comiendo

caramelos y haciendo calceta. Y si á mano viene, acaso podría casar

hasta con un teniente... ¡Rediós, un teniente!... ¡Hay que ver lo que es

un teniente!... ¡Un gachó que manda sobre diez escuadras de hombres!...

¡Casi na!...

Y silbando fagina y después retreta llegó hasta el prado, dejó la macona

en el suelo y se puso á segar el verde. Pronto se le olvidó el caso de

Demetria y volvieron á su imaginación las dulces memorias del país donde

florecen los naranjos. Una _soleá_ muy gitana se le escapó de la

garganta. Y como allí no podía oirle su abuela, cantó con todo el

aliento de sus pulmones.

_Á mi me gusta, me gusta_

_entrarme por las tabernas._

_¡Vengan cañas de Sanlúcar!_

Mas apenas había salido de sus labios la última palabra de la copla

cuando oyó un grito extraño que llegaba del fondo de la tierra por un

respiradero que la empresa de las minas había abierto en el prado. Por

cierto que el tal boquete le había valido á su abuela más de trescientos

reales. Habían pronunciado su nombre y la voz era de mujer. Quedó

estupefacto. Se acercó al boquete y gritó á su vez repetidas veces:

«¿Quién llama? ¿quién llama?» Nadie le respondió. Entonces sospechó que

se trataba de una broma que algún minero quería darle imitando voz

femenina. Se alejó del agujero y tomó de nuevo la guadaña. Pero en aquel

instante una idea terrible cruzó por su mente. Creía reconocer la voz:

se parecía á la de Demetria. Y el grito que había sonado más que de

alegría era de angustia. Fué de nuevo al boquete y llamó con toda la

fuerza de sus pulmones: «¡Demetria, Demetria!» Tampoco obtuvo respuesta.

Sin embargo, la creencia de que la voz que había sonado era la de la

hija del tío Goro penetraba cada vez con más fuerza en su espíritu. Dejó

la guadaña y la macona en el prado y emprendió una carrera veloz hacia

Canzana.

Todavía se hallaba mucha gente delante de casa del tío Goro. Entre los

hombres divisó á Nolo. Se acercó á él y le dijo algunas rápidas palabras

al oído. El mozo se puso horriblemente pálido. Y sin responderle se fué

recto al tío Goro y le habló también al oído. El desgraciado padre

empalideció también igualmente.

--¡Vamos! ¡vamos!--gritó con voz ronca.

Y seguido de los dos mozos se lanzó, á la carrera.

--¿Qué hay?... ¿qué sucede?--gritaron varias voces.

Celso, sin dejar de correr, volvió la cabeza y dijo:

--Demetria se ha caído á la mina por un pozo.

Entonces de aquella muchedumbre salió un grito de dolor. Hombres,

mujeres y niños, todos se lanzan detrás de los tres hombres, que les

llevaban ya bastante delantera. Nolo y Celso saltaban como corzos por la

montaña. Pero el tío Goro no se quedaba atrás: la fuerza que faltaba á

las piernas sobraba al corazón.

Pronto llegaron al prado de la tía Basilisa. Llamaron de nuevo á la

joven por el boquete. Ninguna voz fuerte ni débil les respondió. Algunos

dudaron de las palabras de Celso; pero éste, cada vez más firme en su

convicción, propuso descender á la mina. No quisieron que expusiese su

vida, pues sólo los mineros muy expertos eran capaces de bajar por los

pozos. Alguien propuso avisar al capataz. Todos aprobaron la idea. Se le

fué á buscar: se hallaba en la herrería, no lejos de allí. Vino en

seguida; le acompañaron algunos mineros. Uno de ellos descendió por el

respiradero. Hubo algunos minutos de silencio. Al cabo se oyó la voz del

minero llamando á su jefe.

--¡Ruperto!

--¡Manuel!

--La rapaza está aquí, pero muerta.

Nadie oyó estas palabras más que él y los mineros que se hallaban

inclinados sobre la misma boca del pozo.

El capataz se alzó del suelo con el rostro contraído y sin responder á

nadie, seguido de sus hombres, se lanzó por la pendiente abajo en busca

de la boca de la galería que se hallaba próxima al pueblo de Carrio. Un

estremecimiento de terror corrió por aquella muchedumbre. Todos

adivinaron algo terrible y los siguieron. Sólo la tía Felicia, Flora y

algunas mujeres permanecieron en el prado. La desgraciada madre, al

comprender lo que pasaba, cayó atacada de un síncope. Largo tiempo les

costó hacer que recobrara el sentido. Quisieron llevarla á casa. La

infeliz se negó á apartarse de aquella boca maldita, como si esperase

ver surgir por ella la adorada figura de su hija.

Pero he aquí que cuando ya la habían convencido y se disponían á

alejarse de aquellos sitios llega un chico jadeante y le grita:

--¡Demetria vive! ¡Acaban de sacarla de la mina!

En efecto, Demetria, que sólo estaba desmayada, en cuanto la sacaron al

aire y le rociaron las sienes con agua volvió á la vida. Se observó con

estupor que no estaba magullada siquiera. Se le hicieron numerosas

preguntas, pero no quiso satisfacerlas. Ya diría más adelante lo que le

había pasado. Lleváronla á casa y se acostó y estuvo dos días enferma.

Manifestó á su madre que se había caído casualmente por el respiradero

abierto en el castañar y cuya existencia ignoraban todos. No dijo una

palabra de Plutón. Creía haberle matado y esta idea la llenaba de

terror. Cuando supo casualmente que estaba vivo, su corazón se dilató á

tal punto que rompió á llorar, se deshizo en un mar de lágrimas. Gran

sorpresa causó esto en los presentes; pero D. Nicolás el médico, que

también se hallaba allí y conocía al dedillo los resortes del organismo

humano, manifestó profundamente que no había que alarmarse, que aquello

no era más que «una crisis nerviosa».

Desde entonces comenzó Demetria á mejorar tan rápidamente que á los

cuatro ó cinco días estaba ya como si no le hubiera pasado nada. Anudóse

de nuevo la felicidad de aquellas horas que habían de terminar pronto en

la de su boda. Sólo turbaba su dicha el recuerdo que alguna vez le

asaltaba de la escena con el bandido Plutón. Cuando le veía, aunque

fuese de lejos, el corazón le daba un vuelco. Temía su venganza. Sin

embargo, á nadie daba cuenta de sus recelos.

Al cabo se descubrió el secreto. Comenzó á correr por la aldea el rumor

de que Demetria no había caído por el pozo, sino que había estado dentro

de la mina porque Plutón la había llevado. Sólo los mineros creyeron

semejante patraña. En Canzana nadie la daba crédito. Pero Plutón se

jactaba entre sus compañeros y amigotes de haberla tenido algunas horas

en su poder y esta noticia llegó á oídos de Nolo. Quedó el mozo aturdido

más que si le hubieran dado con un mazo en la frente. Por desgracia,

aquello tenía visos de verosimilitud. La caída de Demetria no podía

explicarse. Aunque ella decía que había quedado suspendida poco antes de

llegar al suelo de uno de los postes y que esto amortiguó

considerablemente la violencia, sin embargo costaba trabajo creerlo. Por

otra parte, cuando la sacaron de la mina se negó á dar pormenores de su

accidente. Además, aquellas lágrimas cuando se habló de Plutón... No se

le ocurrió al mancebo que éste pudiera rivalizar con él en el amor de

Demetria, porque sería monstruoso. Pero que engañada pudiera llevarla al

fondo de la mina y allí abusara de su situación le parecía bien creíble.

Desde que tal idea penetró en su mente no volvió por Canzana. El primer

día se le echó de menos porque todos venía; pero el segundo causó

verdadera sorpresa su ausencia. La tía Felicia tuvo miedo que se hubiera

puesto enfermo y propuso enviar un recado á la Braña. Demetria se opuso:

tenía el presentimiento de lo que había ocurrido. No se tardó mucho en

que quedase confirmado. Un paisano que venía de Villoria les dijo que

había visto á Nolo. Trascurrieron algunos días. Lo mismo el tío Goro que

la tía Felicia sintieron gran indignación cuando observaron que el mozo

no parecía y se hicieron cargo de que renunciaba al matrimonio

proyectado. El tío Goro quiso ir á la Braña á pedirle explicaciones,

pero Demetria se mostró tan contraria á este paso y le rogó con tanto

calor para que desistiese de él que su padre no se atrevió á ejecutarlo.

La misma sorpresa y casi tanta indignación que en casa del tío Goro

produjo en todo Canzana la conducta de Nolo, por más que muchos sabían á

qué atribuirla. En Entralgo lo mismo. Flora se hallaba tan enfurecida

que no hablaba de otra cosa y calentaba las orejas al pobre Jacinto de

un modo que éste casi maldecía ya de su parentesco con el ingrato mozo

de la Braña. Sólo Demetria se mostraba en apariencia tranquila. Su

silencio y su palidez denunciaban, sin embargo, lo que pasaba en su

alma.

La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas · 第 20 / 21 段