que bajase á Entralgo y le hiciese merced de acompañarla á la Pola,
donde tenía que comprar algunos objetos. Era un pretexto que la
traviesa zagala tomaba para distraer á su amiga. Obedeció ésta sin
gusto, sólo por complacer á la que tantas pruebas le había dado siempre
de cariño. Cuando regresaron á casa iba á comenzar el crepúsculo.
Detuviéronse orilla del río en un paraje sombreado de avellanos, donde
se tomaba la barca, y esperaron que ésta volviese de la otra orilla. De
improviso se presentó en aquel sitio Nolo, que también quería atravesar
el río. Al verlas se inmutó visiblemente, se puso colorado hasta las
orejas y vaciló en dar la vuelta ó quedarse. Al fin se quedó y pronunció
las buenas tardes. En aquel momento llegaba el barquero. Flora sintió
que la cólera le subía á la garganta y dijo en voz baja á su amiga:
--Voy á hablar á este mequetrefe... Verás cómo le ajusto las cuentas.
Pero Demetria, que tenía el rostro demudado, la retuvo con fuerza de la
mano.
--¡Déjame á mí!
Flora cedió de buen grado. Saltaron los tres á la barca y aquélla fué á
situarse en la proa para dejar solos á los novios. Nolo hubiera querido
quedarse en tierra, hubiera querido ir también á la proa, hubiera
querido que la barca se hundiese; todo menos quedarse mano á mano con
Demetria. Pero no hubo remedio. El barquero en pie empujaba la barca por
medio de la maroma tendida de una á otra orilla.
Demetria clavó sus ojos grandes, límpidos, inocentes en Nolo y le dijo:
--¿Qué tienes conmigo, Nolo? ¿Te he hecho algo malo?
El mozo, turbado hasta lo indecible y sin osar mirarla á la cara,
balbució:
--Nada me has hecho, Demetria... pero hay cosas... hay cosas...
--¿Qué cosas? ¡dí!--articuló impetuosamente la zagala.
--Corren por el valle unos rumores...
--Dí cuáles son. ¡Dílo pronto!
Nolo vaciló; movió los labios repetidas veces sin articular ninguna
palabra. Luego profirió rápidamente:
--Se dice que no has caído á la mina; que Plutón te ha llevado engañada
y que allí hizo contigo cuanto quiso.
--¿Y tú lo crees?
El mozo guardó silencio.
--Pues bien, yo te juro que eso no es cierto. Plutón no me ha llevado
engañada: me caí yo y él me sostuvo, pero en vez de sacarme bajó conmigo
por la chimenea. Dentro de la mina quiso aprovecharse, pero le salió
caro, porque le di con la hoz en la cabeza y le tumbé en el suelo...
Creí que le había matado; escapé por la mina y me perdí...
Nolo guardó silencio unos momentos; luego dijo:
--¿Y por qué no has hablado así cuando saliste de la mina?
--Te he dicho que pensé haberlo muerto. Temía que me llevasen presa...
Nolo, cejijunto, sombrío, se obstinó en callar. Demetria le miró
largamente.
--¿De modo que no me crees?
--¡No! ¡No te creo, Demetria!--manifestó impetuosamente el joven.
El rostro de la doncella se cubrió de intensa palidez. Permaneció
algunos instantes inmóvil y muda. Luego dijo con voz enronquecida:
--Pues bien, Nolo, mi vida dará testimonio de la verdad que te he dicho.
Adiós.
Y sin que el mancebo pudiera evitarlo porque estaba mirando á otro lado
se dejó caer hacia atrás en medio del río. La corriente la arrastró
velozmente. Nolo se precipitó en pos de ella. Flora gritaba y quería
arrojarse igualmente, pero el barquero la retuvo.
La corriente en aquel sitio, aunque viva, no era impetuosa. Nolo nadaba
con todas sus fuerzas para alcanzar á su amada antes que llegase al
sitio donde el río se precipitaba en torbellino semejante á una cascada.
En efecto, la alcanzó; pero al tocarla con la mano ya no pudo sostenerse
él mismo y ambos rodaron envueltos entre las rugientes espumas del agua.
Felizmente Nolo no perdió el conocimiento. Cuando llegaron á otro
remanso pudo á costa de grandes esfuerzos acercarse á la orilla y asirse
de la rama de un árbol, teniendo sujeta á Demetria con la otra mano.
La sacó del agua sin sentido y la dejó sobre el césped esperando á que
llegasen Flora y el barquero. Pero antes que esto acaeciese Demetria
abrió los ojos y dibujándose en ellos una sonrisa triste dijo:
--¿Me crees ahora, Nolo?
--Te creo, Demetria.
Y por primera vez el mozo de la Braña estampó un tierno beso en su
rostro de azucena.
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XXII
La envidia de los dioses.
Voy á terminar. La tarde declina y mi mano cansada se niega á sostener
la pluma. ¡Oh valle de Laviana! ¡oh ríos cristalinos! ¡oh verdes prados
y espesos castañares! ¡Cuánto os he amado! Que vuestra brisa perfumada
acaricie un instante mi frente, que el eco misterioso de vuestra voz
suene todavía en mis oídos, que vuelva á ver ante mis ojos las figuras
radiosas de aquellos seres que compartieron las alegrías de mi infancia.
Voy á daros el beso de despedida y lanzaros al torbellino del mundo. Mi
pecho se oprime, mi mano tiembla. Una voz secreta me dice que jamás
debierais salir del recinto de mi corazón.
Era llegada de nuevo la fiesta de Nuestra Señora del Carmen. Dos días
antes se había celebrado en la pequeña iglesia de Entralgo la unión de
Jacinto y Flora, de Nolo y Demetria. Con tan fausto motivo el capitán
invitó el día de la romería á todos los próceres de la Pola y á algunos
también de Langreo. Debajo de los manzanos frondosos de la pomarada se
colocaron varias mesas. El número de convidados, entre indígenas y
forasteros, pasaba de ciento. Para proveer al banquete se mataron
algunos corderos y muchos pollos y gallinas, se cazaron algunas docenas
de perdices y se pescaron salmones y truchas en abundancia.
D. César de las Matas de Arbín encontraba poco todo aquello. Atacado de
un vértigo de grandeza heroica, decía que para celebrar suceso de tal
magnitud era menester una _hecatombe_, el sacrificio de cien bueyes ó
por lo menos de cien carneros.
Una banda de gaitas acompañada de tamboriles amenizaba el festín,
haciendo sonar los aires del país. Y delante del lagar, en el campo de
la Bolera, otra banda mucho más numerosa de zagales y zagalas bailaba
con todo el ímpetu de su juventud lanzando á cada momento hurras y vivas
á los novios.
Éstos eran objeto de todas las miradas y todas las atenciones de los
comensales. Nunca ni en ninguna parte se viera más hermosas parejas.
Nolo y Jacinto vestían el traje de ciudadanos, el pantalón largo y el
sombrero de fieltro de anchas alas. Ellas habían querido conservar su
traje típico de aldeanas, aunque rico y suntuoso: el dengue de
terciopelo, la saya de fino merino, los zapatos de tafilete, las medias
de seda. Colgaban de sus orejas ricos pendientes de diamantes y hechos
también de piedras preciosas eran los collares que adornaban sus
gargantas.
¿Y el capitán? Quien le viera en aquel día moverse de un lado á otro
como si estuviese atacado de la tarántula, reir, beber y bromear, apenas
pudiera reconocerle. Parecía cosa de magia la trasformación que en poco
más de dos meses se había operado en aquel caballero. Estaba tan alegre
que abrazaba, á cuantos venían á felicitarle, sin exceptuar el ingeniero
de Madrid y el químico belga. Y es fama que cuando éste se acercó á él
le dijo en voz baja: «Monsieur, tienen ustedes razón: hay que extraer la
riqueza que se halla oculta en este valle. Yo no la necesito ya, pero
pronto he de tener nietos y quiero dejarlos bien acomodados. Cuenten
ustedes con mi dinero para cualquier empresa lucrativa». Por supuesto
que nadie tomó en serio tales palabras y las achacaron al mareo del
vino.
Hubo brindis en prosa y en verso, discursos y epitalamios; se rió, se
cantó y se disparató. Un soplo de alegría desenfrenada corría por la
pomarada levantando todas las cabezas, enronqueciendo todas las
gargantas. Tan sólo el señor de las Matas de Arbín se mostraba taciturno
y reservado. Allá en el extremo de una mesa, á solas con una botella de
jerez, libaba el néctar andaluz pausadamente sin tomar parte en la
algazara. Hasta creyeron ver algunos que una lágrima se deslizaba de sus
ojos y caía sobre la mesa.
--Miren ustedes el _dorio_--exclamó el troglodita don Casiano.--¡Pues no
está llorando! En mi vida he visto un hombre más gracioso.
El alcalde, Antero y otros varios se acercaron á él.
--¿Qué es eso, D. César? ¿Cómo estamos tan melancólicos en momento como
éste?
D. César se llevó la mano á la frente con abatimiento y exclamó con voz
temblorosa:
--Señores míos, dispensadme. La alegría desenfrenada que en torno mío
contemplo me causa sobresalto. La excesiva prosperidad en los humanos
rebaja la dignidad de los inmortales. Nuestra felicidad, aunque sea
merecida, parece que les humilla y apenas nacida se disponen á acabar
con ella. Perdonad, señores míos... En este momento no puedo sentirme
alegre porque temo, en verdad, la envidia de los dioses.
Una carcajada estrepitosa acogió tan severas palabras. ¡Imposible,
imposible encontrar en el mundo un hombre más chistoso que el _dorio_!
La tía Felicia, que estaba roja como un tomate y unas veces reía y otras
lloraba y otras abrazaba á todo el que se ponía al alcance de sus
brazos, quería lucir á su hija á todo trance, quería presentarla en la
romería. La tía Agustina, que también deseaba lucir á Nolo, secundó
calurosamente este proyecto. Nadie se opuso á él. Los novios se alzaron
de la mesa y seguidos de los comensales salieron al campo de la Bolera.
Fueron recibidos con estruendosos vivas. Una muchedumbre se apiñó en
torno de ellos. Todos querían hablarles y apretarles la mano. Allí
estaba el ingenioso Quino que casado recientemente con Eladia,
encontraba ya harto pesada la dialéctica de su tío Martinán y sólo la
soportaba porque algún día la tragaría la tierra y dejaría encima
algunos doblones. Allí estaban Maripepa y su hermana Pacha, convencidas
ambas de que antes de mucho tiempo se celebraría otra fiesta parecida
para festejar la boda de la primera. Allí estaban la tía Brígida, la tía
Jeroma, Elisa y la vieja Rosenda, que deseando hacer olvidar sus
desacatos antiguos, se inclinaba sonriente y melosa delante de Flora y
le besaba las manos.
Detrás del enorme corro de la gente, con el rostro ceñudo y sombrío,
hallábase el homicida Bartolo. No podía participar de la alegría
insensata de sus convecinos porque, como siempre, su alma se hallaba
inflamada por un torbellino de sentimientos belicosos. Pocas noches
antes los mineros habían maltratado á dos mozos de Entralgo que venían
de cortejar en Tiraña. Desde entonces no respiraba más que venganza y
exterminio. Los mineros ¡puño! se las habían de pagar ó dejaría de ser
Bartolo el hijo de la tía Jeroma de Entralgo.
--¡Á la romería! ¡á la romería!--se gritó.
El numeroso cortejo se puso en marcha. Á su frente el impetuoso Celso
dando fuego á los cohetes. Era su especialidad. Amaba los cohetes porque
su olor y su estampido le recordaban la vida militar, hacia la cual
profesaría hasta la muerte amor entrañable.
--¡Vivan los novios! La pequeña aldea de Entralgo se estremecía de
júbilo. Chillaban las gaitas, redoblaban los tambores, estallaban los
cohetes, los hurras atronaban el espacio. ¡Vivan los novios! Nadie
podía ver cruzar aquellas gallardas parejas sin exhalar este grito del
fondo del corazón. Marchaba Flora encarnada y brillante como una rosa de
Alejandría, marchaba Demetria blanca y esbelta como una azucena de Mayo.
Cierro los ojos, miro hacia adentro y aún os veo cruzar por delante de
mi casa llenas de atractivos como dos estrellas descendidas de la región
azul del firmamento para iluminar mi valle natal. Aún veo vuestros ojos
brillantes de dicha, aún veo vuestros labios de coral plegados por una
sonrisa divina. Mis manos infantiles batieron las palmas y grité con
toda la fuerza de mi pecho: «¡Vivan los novios!--¡Adiós!» me dijisteis
enviándome un beso.
Y partisteis. ¡Ay, pluguiera al cielo que no dierais un paso más!
El cortejo nupcial cruzó el pueblo y ascendió por el estrecho camino de
la iglesia sombreado de avellanos. Al desembocar en el campo de la
romería ésta se hallaba en todo su apogeo. Pero la entrada de tan grande
y lucido concurso no causó en ella el movimiento natural, porque en
aquel momento se iniciaba una reyerta formidable entre mineros y
aldeanos.
Tiempo hacía que palpitaba el odio entre unos y otros. En los caminos
por la noche, en las esfoyazas y romerías se habían producido repetidos
choques. Pero los mineros llevaron siempre la mejor parte porque
empleaban las armas blancas y alguna vez también las de fuego, mientras
se valían sólo de sus palos los montañeses. Llegó un instante sin
embargo en que éstos, exasperados, resolvieron combatirles con los
mismos medios. Algunos zagales de Villoria, de Tolivia y Entralgo se
proveyeron de navajas, otros de pistolas compradas en Langreo. Se
aguardaba con impaciencia la romería del Carmen para tomar la revancha
de tantos y tan injustificados agravios.
Y en efecto, apenas llegados los novios y sus acompañantes al campo de
la iglesia estalló la lucha terrible, sangrienta, como jamás se viera ni
pensara verse en aquel pacífico valle. La muchedumbre se arremolinaba,
las mujeres exhalaban lamentos desgarradores, se oían tiros,
imprecaciones, blasfemias horrendas. El alcalde comprendió que era
inútil intervenir sin disponer de fuerza para ello y mandó retirarse.
Iban á hacerlo todos hacia el pueblo cuando Jacinto vió que uno de sus
parientes caía herido y se lanzó en su auxilio. Mas antes que llegase al
sitio un minero de baja estatura, de mísero aspecto, aquel Joyana amigo
y compañero de Plutón se le plantó delante y le descerrajó un tiro en el
pecho dejándole muerto. Nolo brincó como un león dejando abandonada á
Demetria. En aquel momento una mano criminal, la mano de Plutón, avanzó
por encima del hombro de aquélla y le dió una terrible cuchillada en la
garganta.
Cayó desplomada la hermosa doncella. Un grito de horror salió del pecho
de cuantos la rodeaban. Algunos corrieron en persecución de los
criminales, que huían por el monte arriba. Otros acudieron á socorrerla.
Demetria se revolcaba en el suelo soltando torrentes de sangre que
enrojecían el alabastro de su cuerpo y el verde de la pradera. D. Prisco
se dejó caer de rodillas á su lado, para recoger su último aliento y
enviarlo á Dios con el perdón de sus pecados. El capitán, teniendo á su
hija desmayada entre los brazos, lloraba como un niño.
En aquel momento, el noble hidalgo D. César de las Matas de Arbín se
irguió arrogante en medio del campo. Y trémulo de indignación, con sus
blancos cabellos flotando, los ojos chispeantes, los puños crispados se
dirigió al grupo de los próceres de la Pola gritándoles.
--Decís que ahora comienza la civilización... Pues bien, yo os digo...
¡oídlo bien!... ¡yo os digo que ahora comienza la barbarie!
FIN
ÍNDICE
_Páginas._
INVOCACIÓN 1
I.--La cólera de Nolo 5
II.-- La lumbrada 21
III.--Demetria 51
IV.--La misa 65
V.--La romería del Carmen 79
VI.--Bartolo 104
VII.--Ninfas y sátiros 115
VIII.--El capitán 129
IX.--Los hidalgos 145
X.--La torga 158
XI.--Madre é hija 172
XII.--El desquite 181
XIII.--Adiós 193
XIV.--Trabajos y días 203
XV.--Carta de Demetria 217
XVI.--Martinán el filósofo 228
XVII.--Miseria humana 238
XVIII.--La hija del capitán 249
XIX.--Señorita y aldeana 258
XX.--Rapto de Demetria 274
XXI.--Purificada 285
XXII.--La envidia de los dioses 304
NOTAS:
[1] Especie de manteleta ó chal estrecho de picos largos que cubre el
pecho y parte de la espalda, anudándose á ésta por la cintura, dejando
descubiertos enteramente los brazos y parte del tronco. Lo usan todavía
las aldeanas en Asturias.
[2] Caseta cuadrada de madera apoyada sobre cuatro columnas de piedra
que la aislan del suelo y sirve ordinariamente de granero. Cuando es
cuadrilonga y tiene seis ú ocho columnas se llama _panera_.
[3] Golpear la leche para separar la manteca.
End of Project Gutenberg's La aldea perdida, by Armando Palacio Valdés