--¡Traedme mi vestido! ¡Traedme mi dengue, mi saya de estameña, mis

corales!... ¡No quiero más estos trapos!

Y con tal ímpetu comenzó á despojarse de su rico traje que en vez de

quitárselo lo desgarraba. La seda crujía entre sus dedos robustos de

paisana. Al cabo entró en su cuarto y pocos instantes después salió

vestida de aldeana. Nolo sintió latir su corazón con violencia y un rayo

de alegría iluminó su semblante. La tía Felicia, sofocada por el llanto,

no supo más que exclamar:

--¡Cuánto más hermosa estás así!, mi reitana.

Pero el tío Goro supo al fin encontrar en lo recóndito de su cerebro una

sentencia adecuada.

--La verdadera hermosura, Felicia, no está en el cuerpo, sino en el

alma.

Sin embargo, un paisano que cruzaba á la sazón se enteró de lo que

ocurría en casa del tío Goro y le faltó tiempo para comunicarlo á las

vecinas que ya se habían levantado. La noticia circuló como una chispa

por el pueblo. Pocos minutos después se amontonaba delante de la casa

del tío Goro un grupo bien compacto de mujeres deseando ver á Demetria y

saludarla. Ésta se asomó al corredor y fué victoreada como un diputado.

Pero sus amigas no se contentaban con esto: fué necesario que bajase y

se dejase abrazar y besar por todas y cada una.

Mientras tanto Nolo, que sentía vergüenza entre tanta gente, se deslizó

sin despedirse, prometiéndose volver en seguida por si algo ocurría.

Las amigas de Demetria, aunque se mostraban alegrísimas y no cesaban de

pellizcarla y empujarla para dar testimonio de ello, ocultaban no

obstante en el fondo de su alma una amarga decepción. Todas habían

contado hallarla vestida de señorita. Mientras había permanecido por

allá habían corrido en la aldea, entre el elemento femenino, rumores de

gran sensación, noticias estupendas. Se hablaba de una cola larga,

larga, de terciopelo que dos pajes llevaban cuando Demetria salía á la

calle, de una ristra de brillantes como avellanas que se ponía á guisa

de corales en el cuello, de unos zapatos con tacón de oro y de otras

maravillas innarrables que sobresaltaban la fantasía de las zagalas

hasta un punto imposible de describir. Una de ellas no pudiendo

contenerse al cabo le dijo tímidamente:

--Demetria, si no te incomoda, has de ponerte luego para que la veamos

la cola de terciopelo... Nosotras te la llevaremos en lugar de los

pajes.

Demetria la miró estupefacta y soltando una gran carcajada se abrazó á

ella besándola.

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XX

Rapto de Demetria.

Naturalmente la noticia llegó al instante hasta Entralgo. Naturalmente

Flora acudía pocos minutos después á Canzana tan roja por el placer como

por lo agrio de la pendiente, abrazaba estrechamente á Demetria, la

besaba, la pellizcaba y la mordía. Y lo que es menos natural, pero no

menos cierto, poco después convencía á su padre de que debía montar

inmediatamente á caballo y trasladarse á Oviedo y manifestar á sus

cuñadas que _aquello_ ya no tenía remedio. El capitán hizo como se le

mandaba. En cuatro patas se hubiera puesto si Flora se lo hubiera pedido

en aquellos días. No fué tan difícil su comisión como temía. Las

señoritas de Moscoso se hallaban profundamente irritadas contra

Demetria; no querían verla más delante de sus ojos. D. Félix se guardó

de decirles que la interesada estaba resuelta á secundar de todo corazón

su deseo. Pero se aprovechó para sacarles á cambio de tanta crueldad

algún dinero para constituir una dote á Demetria. Este dinero no era

mucho en la ciudad, pero en la aldea representaba una suma fabulosa.

Satisfecho de su astucia y alegre por causar un placer á su hija, dió la

vuelta nuestro hidalgo para Laviana. Las noticias que traía llenaron de

gozo á todos. Pero Flora todavía tenía otra cosa que pedir. ¿Cuándo

cerraría el pico aquella vivaracha niña? Quería á todo trance que la

boda de Demetria se celebrase cuando la suya, en los primeros días de

Agosto. Así se convino.

Comenzaron los días felices. Era ya entrada la primavera: su hálito

fragante corría por el valle de Laviana tiñéndolo de todos los verdes

imaginables, desde el más claro hasta el más oscuro. Caían las flores de

los árboles y caían sin tristeza, porque en su puesto dejaban pequeños

botones que muy pronto se trocarían en sazonados frutos. Los pájaros

principiaban su certamen de amor modulando canciones en el bosque.

Murmuraba el río batiendo los cristales de sus aguas contra los

pedruscos que interceptaban el camino; reían las fuentes discretamente

bajo su emparrado de avellanos; saltaban los chotos en la pradera de

esmeralda; las altas montañas se desembarazaban majestuosamente de su

cendal y exponían la blanca cabeza al sol para que la derritiese.

Todo esto sucedía cada año, es verdad, pero en éste ¿no eran más verdes

los prados, no eran más claras las fuentes, no corría más límpido el

río, no cantaban más dulcemente los mirlos y los jilgueros? No lo sé,

pero si así no era, debiera ser así. Porque de algún modo estaban en el

deber de celebrar la próxima unión de tan gallardas parejas. De todos

modos, digámoslo con entereza, importaría poco aquel año que el soplo de

la primavera corriese ó no corriese por el valle de Laviana. Bastarían

los ojos incomparables de Demetria para iluminarlo todo bien claramente;

bastaría la risa argentina de Flora para tornarlo alegre y regocijado

como ningún otro valle de la tierra.

Sin embargo, mucho negro había en el valle de Laviana este año. Las

bocas de las minas vomitaban cada día más carbón, las fraguas despedían

más humo, la locomotora dejaba más escorias á su paso al través de los

campos. Pero lo más negro de todo lo negro que había en Laviana era

Plutón. Aquel hombre ya no era hombre, sino un pedazo de carbón con

brazos y piernas. Desde Carrio donde se alojaba se había venido á

Canzana, donde un incauto vecino le recibió por huésped. Lo fué tan

molesto que á los pocos días de buena gana le hubiera echado. Pero no se

atrevió á hacerlo porque al instante le inspiró un gran terror, como á

todos los que se le acercaban. Lo mismo le importaba á aquel malvado dar

una puñalada que beberse una copa de aguardiente. Demetria le tropezaba

de vez en cuando, unas veces en la aldea, otras camino de la fuente y

siempre que le veía no podía menos de estremecerse. El recuerdo del

agravio que aquel hombre asqueroso la había hecho á orilla del río

asaltaba su imaginación y siempre estaba temiendo que se repitiese. Pero

no; Plutón se contentaba con dirigirle largas miradas entre codiciosas y

burlonas sin dirigirle la palabra. Una vez, sin embargo, al asomarse al

corredor por la noche, creyó ver en la calle relucir unos ojos entre las

tinieblas, mirándola fijamente. Se retiró con presteza y en toda la

noche no pudo conciliar el sueño. Otra vez al entrar á la hora

acostumbrada en la glorieta de la fuente á llenar su herrada le encontró

allí dentro sentado sobre el banco de piedra. Corriendo dió la vuelta á

casa sin llenar la herrada.

De estos recelos y sobresaltos no daba cuenta á nadie. Era la zagala

reservada y valerosa, y por otra parte imaginaba que si Nolo se enteraba

podría buscar quimera al minero. Dios sabe lo que entonces sucedería.

Porque era un traidor aquel hombre, ¡un diablo del infierno! Pero una

tarde, como viniese emparejada con su novio de la Pola, á donde había

ido á comprar algunos enseres de cocina, se cruzaron con algunos

mineros que, lejos de saludarles al uso tradicional de la tierra, los

miraron con burlona curiosidad. Caminaron algunos instantes en silencio,

heridos de aquella hostilidad inmotivada. Demetria exclamó de pronto:

--¡No quisiera vivir más en Canzana, Nolo! ¡Llévame á la Braña, llévame

lejos de estos hombres blasfemos y malditos!

Nolo alzó los hombros con desesperación.

--Donde quiera que vayamos, Demetria, nos seguirán. Dentro de poco

tiempo no quedará en este valle ningún sitio sin agujerear.

Había sido convenido que Nolo, después de casado, viniese á habitar á

Canzana con Demetria y sus padres. El tío Goro se hacía ya viejo y

necesitaba quien le ayudase á cultivar las tierras: su labranza era

mucha: sus hijos tan pequeños, que en largo tiempo aún no debía contar

con ellos. Por otra parte, el capitán había resuelto comprar con la dote

de Demetria algunos prados y tierras labradías en la parroquia de

Entralgo para que allí se asentasen. Flora rogaba por Dios y por la

Virgen que no la apartasen de aquella amiga tan querida que por afinidad

era ya próxima deuda de su padre.

Al día siguiente de este insignificante suceso se amasaba la borona en

casa del tío Goro. Felicia solía enviar á sus chicos á los castañares á

buscar hoja para cubrir la pasta y echar el rescoldo encima. Demetria

quiso hacerlo por sí misma esta vez, pues los chicos iban á perder la

escuela. Salió á la tarde provista de una pequeña hoz de mango corto y

se internó por los bosques de castaños que rodean á Canzana, buscando

uno que era propiedad de su padre. Se hallaba bastante lejos: era

necesario bajar al fondo de la garganta por donde corría un arroyo que

separaba la parroquia de Entralgo de la de Carrio y subir luego un

trecho más. Así lo hizo y en esto se placía mucho. Su corazón, después

de la estancia en la ciudad estaba ansioso de la libertad de los

bosques, del canto de los pájaros, de aquella luz tan suave, de aquella

brisa fragante que recordaba con dolor mientras estuvo prisionera en

Oviedo.

Llegó por fin á su castañar, que no había visto haría cerca de un año, y

se sintió enternecida. Conocía los árboles y tenía de cada uno algún

recuerdo. «Al pie de éste hicimos una hoguera Telva, Rosaura y yo y

asamos castañas. De este tan alto se cayó Celso el de la tía Basilisa,

antes de ir al servicio del rey, y no se hizo daño ninguno... ¡qué susto

nos dió!... En ese otro escribió Juanín de Mardana mi nombre... ¡aquí

está!»... Tales recuerdos dilataron su corazón. Comenzó á cortar algunas

pequeñas ramas, aquellas que no hacían falta á los árboles, y mientras

tanto soltó el torrente de su voz cantando una de las baladas del país.

En Oviedo no podía cantar de aquel modo con todo el aliento de su pecho.

¡Siempre el horrible solfeo, el aburrido piano! En cuanto daba una voz

más alta que otra ¡chut, chut, silencio!

Aunque estaba bien distraída al cabo de un rato creyó percibir detrás

leve ruido y se volvió. Frente á ella y bastante próximo se hallaba

Plutón, negro y endemoniado como un tizón y con su lámpara encendida

colgada del brazo como si acabase de salir de la mina.

Se puso pálida, pero no dió un paso atrás.

--Buenas tardes, Demetria--dijo él.

--Felices--respondió ella secamente.

--¿Por qué no sigues cantando?

--Porque no tengo ganas.

--¿Soy yo quien te las quito?

--Quizá.

Hubo una pausa. Plutón dijo avanzando un paso hacia ella:

--Pues más que las rosquillas de Santa Clara bañadas de azúcar, más que

el vino de Rueda y el aguardiente de sobre-mar me gusta oirte á ti...

¡Canta, Demetria!

--Te digo que no tengo gana... ¡No te acerques!

Y retrocedió algunos pasos asustada.

--¡Si no es para hacerte daño, mujer!--profirió él deteniéndose.--Sólo

quiero decirte dos palabras al oído... dos palabras solamente.

--Pues yo no quiero oirlas... ¡No te acerques!

Plutón avanzó algunos pasos y ella retrocedió otros tantos blandiendo en

su mano derecha la hoz.

--En cuanto te las diga me marcho--manifestó él sonriendo

diabólicamente.

--¡No te acerques!--exclamó de nuevo retrocediendo.

Esto era lo que apetecía Plutón. Detrás de ella, á dos pasos nada más,

se hallaba una chimenea ó boca de respiración de la mina que él mismo

había concluído de abrir el día anterior y que nadie conocía.

--¿Por qué no quieres escucharme?

--¡Porque no!... ¡Vete!

Retrocedió los dos pasos que le faltaban y cayó en el agujero. Pero ya

Plutón había dado un salto prodigioso y antes que desapareciese la

agarró por el brazo. No la alzó, sin embargo, sino que, teniéndola

suspendida, él mismo se precipitó en el agujero, y con su agilidad de

mono y adiestrado en bajarlo y subirlo, descendió con su carga

velozmente, apoyándose con los pies en las escalerillas que su mano

había tallado.

Bajaron hasta la galería de la mina y allí cayeron. Plutón de pie,

Demetria de espalda. Aquél quiso ayudarla á levantarse, pero ella se

alzó bravamente en seguida y recogiendo precipitadamente la pequeña hoz

que brillaba en el suelo porque la había dejado caer en su descenso, se

alejó de él blandiendola con su mano crispada. Se hallaban casi en

tinieblas. Por el largo y estrecho agujero por donde habían descendido

apenas penetraba un tenue rayo de luz.

--Estás en mi poder, Demetria. No te escapes, porque es inútil--dijo el

minero sordamente recogiendo del suelo su lámpara que se había apagado.

Se oía la respiración anhelante de la joven que no respondió una

palabra.

--Me tienes miedo, ¿verdad?... Pues dentro de poco llorarás por mí,

pichona. Te parezco feo, ¿verdad? Pues no tardarás en besar esta cara

tan fea y tan negra. Y no temerás mancharte acercando á ella la tuya,

blanca como la leche y suave como la manteca. Ya verás cómo debajo de

esta capa de carbón hay un hombre que sabe tratar como se merecen á las

niñas bonitas...

Aquí Plutón soltó una formidable carcajada. Su triunfo le embriagaba.

Demetria estaba muda.

--¿Quién te había de decir, hermosa, cuando arrastrabas hace poco la

cola por Oviedo, que tan pronto habías de llegar á pedir perdón á este

pobre minero y á besarle los pies?... Porque has de besármelos, ¿sabes?

De otra suerte no saldrás más de aquí. No quisiste ser señorita,

preferiste ser aldeana. No te aplaudo el gusto y menos que lo hayas

hecho por amor á ese zote de Villoria. Pero no creas que me opongo á que

te cases con él. Sigue tu camino. Lo único que quiero es que ántes me

pagues el portazgo...

Volvió á soltar Plutón otra satánica carcajada, enteramente seguro de

que Demetria sucumbiría á su deseo.

--Vamos, ven acá, cacho de cielo... Algo bueno nos había de tocar una

vez siquiera á estos pobres que nos pasamos la vida dentro de la tierra

como los topos comiendo y respirando carbón... ¿Tú no sabes, palomita,

que estoy envenenado desde que te robé aquellos besos junto al río? ¿Tú

no sabes que me he pasado muchas noches en vela pensando en ti? ¿No

sabes que aquí dentro del pecho todo el gas que tenía se ha inflamado de

pronto y estoy ardiendo en vida por ti?... ¡Ven acá, rosa temprana!...

¡ven, cerecita dulce!

Plutón avanzó unos pasos con los brazos extendidos. Demetria, cuyos ojos

se habían acostumbrado ya á la oscuridad, le vió venir y retrocedió por

la galería.

--¡No te acerques, granuja, malvado!

--¡Qué! ¿nos hacemos remolones? De nada te valdrá, princesa--dijo el

monstruo.--Escucha, Demetria. Has caído en una ratonera. En esta galería

nadie trabajará ni nadie pasará hasta que yo abra otra chimenea, y

tardaré lo menos quince días. ¡Figúrate si hay tiempo para que se pudra

ese cuerpecito amasado con rosas y leche! Gritarás y no te oirán;

tratarás de salir y te extraviarás cada vez más, porque no conoces ni

los pisos ni las galerías y marcharás á oscuras... Así, pues, allánate á

ser un poco dulce, ó me marcho y te dejo aquí sepultada en vida...

--Márchate ya, bandido. Déjame morir, que si no las pagas en este mundo

las pagarás en el infierno.

--¡El infierno!--exclamó Plutón riendo.--¡Estás en él, querida! ¿No has

aprendido en la doctrina que el infierno está debajo de la tierra? Pues

debajo te encuentras y nada menos que en compañía del diablo mayor. Pero

este diablo que tú aborreces, cuando está enamorado es más blando que un

cordero y sabe hacer caricias como los ángeles... ¡Ya verás, ya

verás!... La sangre que corre debajo de esta corteza de carbón es

encarnada como la de ese palurdo de la Braña y es más caliente... ¡Ya

verás, ya verás!... Nadie nos oye, nadie nos ve... Al fin saldrás de

aquí, te lavarás... y como si no hubiera pasado nada... Plutón se

quedará en el infierno y tú volverás al cielo... ¡Ven á mis brazos,

terrón de azúcar! ¡ven, pedazo de gloria!...

Plutón avanzó rápidamente y quiso echar mano á la zagala; pero ésta,

arrojándose atrás con igual presteza, alzó la pequeña hoz y la descargó

con toda la fuerza de su brazo sobre la cabeza del traidor. Cayó al

suelo. Demetria le vió inmóvil y creyó ver también la sangre que le

cubría el rostro. Pensó que le había matado y huyó despavorida por la

mina y quedó envuelta al instante en completa oscuridad. Sin embargo,

marchaba, marchaba siempre. No pensaba en su situación, sino en la

muerte que acababa de cometer. Pero las tinieblas se espesaban y sus

pies iban dando tropezones, hasta que al fin cayó. Alzóse y siguió

marchando y volvió á caer y tornó á levantarse. Al cabo creyó percibir

un tenue rayo de luz á lo lejos. Marchó hacia él con la esperanza de

hallar salida. Pero la luz procedía de una chimenea como aquella por

donde habían descendido. Dió gritos á la boca de ella. Nadie le

respondió. Gritó hasta que quedó sin voz. Sólo entonces se dió cuenta de

su situación horrible. Intentó volver sobre sus pasos al sitio donde

había estado; pero las piernas se negaron á obedecerla. Veía á aquel

hombre tendido y manando sangre: sus cabellos se erizaban de terror.

Siguió avanzando. Y otra vez cayó y otra vez se alzó: tropezaba con las

paredes, con los puntales de sostén. Caminaba con las manos extendidas

siguiendo el trayecto de la galería. Algunas veces penetraba en el hueco

de un tajo, pero se encontraba sin salida y volvía atrás y de nuevo

seguía el curso de la mina. Al cabo volvió á percibir otro rayo de luz.

Su corazón se dilató con la esperanza de hallar salida. Pronto se disipó

no obstante: la luz procedía de otro respiradero. Sin embargo, al

acercarse á él observó que era menos largo que los otros. Allá en lo

alto se divisaba un puntito de cielo. Entonces, con las pocas fuerzas

que le quedaban gritó hasta romperse la garganta. Nadie respondió.

Quiso seguir, pero comprendió que ya era inútil. Un sudor frío bañaba su

frente. Mirando aquel puntito claro de cielo permaneció largo rato con

los ojos muy abiertos. Poco á poco aquel puntito también se fué

oscureciendo. La tarde declinaba. Pronto se borró por completo. Quedó en

tinieblas. Entonces cayó de rodillas y oró con fervor, pidiendo á la

Virgen su salvación. Oró hasta que no pudo más y al cabo cayó deshecha

sobre el duro suelo y quedó dormida. Y soñó en poco tiempo multitud de

cosas. Creía estar en Oviedo en los salones de Valledor. De pronto se

abría la puerta, aparecía un hombre y preguntaba por ella. Todos la

miraban con sorpresa. Aquel hombre era su confesor. La sacaba del salón,

la llevaba á la catedral y la encerraba en un confesonario: luego se

marchaba, y las puertas del templo se cerraban. ¡Qué angustia! ¡qué

desesperación!... Pero á fuerza de golpes lograba romper la puerta, y

sin saber cómo se encontraba en medio del campo... Un golpe de gente

venía hacia ella gritando: «¡Huye, Demetria, huye! ¡Ahí viene! ¡ahí

viene!--¿Quién viene?--preguntaba ella.--¡Un lobo! ¡un lobo que está

rabioso!» Y ella se daba á correr; pero no podía: las piernas le pesaban

como si fuesen de plomo: los demás corrían y ella no podía seguirles. Y

detrás se escuchaba el jadear de la fiera. Se volvió para mirarla; el

lobo tenía la cabeza de Plutón. Lanzó un grito y despertó...

Al principio no se dió cuenta de su situación: creía estar en la cama

como todos los días y mostró alegría al verse libre de aquella pesadilla

horrible. Pero cuando se recobró y se hizo cargo de dónde se hallaba, un

estremecimiento de terror paralizó sus miembros. No pudo gritar ni

moverse. Al cabo se incorporó: sus labios murmuraron: «¡Jesús,

asísteme!» Comprendió que era necesario morir y pidió al cielo que no le

hiciese sufrir mucho tiempo. Se despidió con el pensamiento de sus

padres, de sus hermanos, de sus amigas, de Nolo... Y un sollozo que se

había ido formando poco á poco dentro de su pecho estalló al cabo como

una nube cargada de agua. Lloró largo rato, lloró copiosamente. Las

lágrimas bañaban su rostro, caían sobre sus manos y las escaldaban.

Cuando ya no pudo llorar más sintió una sed abrasadora. Pero gotas de

agua filtraban por las paredes y por el techo. Con el hueco de las manos

recogió á tientas algunas de estas gotas y las bebió. Sabía el agua á

carbón, pero no importaba. Al cabo su sed se calmó. Volvió á orar con

todo fervor, se encomendó á Dios de todo corazón y de nuevo quedó

dormida.

Al despertar penetraba ya la luz por la chimenea. De nuevo sintió una

sed abrasadora y otra vez volvió á calmarla con el agua sucia que manaba

de las paredes. Miró por el agujero y vió el puntito de cielo. Esta

vista infundió en su pecho un ansia loca de vivir. Se levantó haciendo

un esfuerzo y quiso proseguir su marcha buscando la salida. Mas apenas

había dado algunos pasos sus piernas se doblaron y no pudo seguir. Cayó

desfallecida. Un sudor frío, el sudor de la agonía volvió á correr por

su frente. Pero en aquel instante creyó oir una voz que llegaba á ella

de la tierra por el respiradero. Se alzó, se aproximó más á él y con más

claridad oyó la voz de un hombre que cantaba allá arriba. El canto no

era del país sino playera andaluza. Entonces arrimando la boca al

agujero gritó con todas las fuerzas que le quedaban: «¡Celsoo!» Fué un

grito horrible, extraño, semejante á un aullido. Como si con él exhalara

toda la vida que aún tenía, después de lanzarlo cayó al suelo desmayada.

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XXI

Purificada.

Demetria tardaba mucho en venir con la hoja. Felicia impaciente despachó

al zagalillo que tenían para el ganado en su busca. Volvió diciendo que

no la había visto por ninguna parte. Entonces la buena mujer hizo llamar

á su marido, que estaba en la huerta, y le envió al castañar, ya con

algún cuidado. Tampoco el tío Goro encontró allí á su hija aunque la

llamó repetidas veces en alta voz. El agujero de la chimenea recién

abierta estaba disimulado por la maleza y no pudo verlo. Dió la vuelta á

casa. Tanto él como su esposa comenzaron á sentir zozobra. Bajó á

Entralgo por si acaso su hija se hallaba con Flora. No la halló ni

supieron darle razón de ella. Entonces siguió á Carrio, porque el

castañar donde había ido á cortar hoja no estaba lejos de este pueblo.

En Carrio nadie la había visto. Desde allí, atravesando el río por la

barca, se trasladó á la Pola. Tampoco nadie la vió por allí.

Mientras tanto la tía Felicia había despachado á toda prisa al zagal á

la Braña, sospechando que hubiera podido ir á hablar con Nolo. Éste

quedó muy sorprendido de la noticia y se vino á toda prisa con el zagal

á Canzana. Cuando llegó poco después el tío Goro y les dió cuenta del

resultado infructuoso de sus viajes quedaron consternados. Un mismo

pensamiento les había asaltado á los tres, aunque no se atrevían á

manifestarlo. Demetria se había ido de nuevo á Oviedo. La vida de la

aldea se le hizo sin duda aborrecible después de ser señorita y, por

vergüenza de explicarse, se había escapado. Los tres guardaron silencio

sin comunicarse sus sospechas. El día había tocado ya á su término y era

noche cerrada.

El tío Goro bajó de nuevo á Entralgo y comunicó sus sospechas con el

capitán. Este no quiso confirmarlas; le costaba mucho trabajo suponer

que Demetria, después de lo acaecido, tuviese deseos de volverse á

Oviedo. Sin embargo, hizo montar á caballo á su criado Manolete y le

envió á allá con objeto de averiguarlo. Felicia, enloquecida y

acongojada, quiso marcharse al monte y buscar por todas partes á su

hija. Nolo trató de disuadirla. En aquella hora no era posible que la

encontrasen aunque le hubiera pasado algún accidente. Además el mozo de

la Braña dudaba que le hubiera acaecido nada malo; se inclinaba más bien

á creer en la huida á Oviedo. Su amor era grande pero receloso, y,

aunque Demetria nunca le diera motivos para dudar de él, le parecía bien

extraordinario que se allanase á ser aldeana pudiendo ser señorita. No

le fué posible persuadir á la tía Felicia. Ésta salió de Canzana antes

que el tío Goro volviese de Entralgo. Nolo no quiso que fuese sola y la

acompañó. Tomaron un farolito y se lanzaron al campo y comenzaron á

recorrer escrupulosamente, todos los caminos y senderos próximos al

pueblo y á registrarlos. Hicieron lo mismo con los que conducían al

castañar. Anduvieron por los contornos de Carrio; subieron al monte.

La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas · 第 19 / 21 段