jaco tordo, que él había criado con mimo y al cual había puesto por
nombre Lucero, y bajó por el camino de Villoria hasta el llano. Cuando
pasó por Entralgo aún no había amanecido. Dirigió una mirada á Canzana y
estuvo por subir á despedirse del tío Goro y la tía Felicia, pero
llevaba él ciertos proyectos en la cabeza... ¡Quién sabe, quién sabe!
Mejor era guardarlos en el corazón. Vadeó el río, siguió hasta la Pola y
pasó inadvertido como él deseaba. Entró en la carretera de Langreo y
cuando llegó á Sama ya estaba el sol hacía rato sobre el horizonte.
Muchas fábricas, mucho carbón, muchas chimeneas despidiendo columnas de
humo negro y espeso. Nolo miraba con ojos torvos todo aquello y tenía
vivos deseos de dejarlo atrás. Ya lo dejó, ya camina por la carretera
llamada Descolgada á causa de sus agrias pendientes, ya pasa por delante
de Villa. Hermosas praderas, hermosas pomaradas, hermosas niñas con su
cesta sobre la cabeza por la carretera. Más de una volvió la cara para
seguir con la vista al mancebo de cabello ensortijado y ojos altivos.
Cuando dió vista á Oviedo eran bien sonadas las diez de la mañana.
¡Cómo latió su corazón al contemplar por vez primera aquella ciudad que
guardaba el más caro tesoro de su existencia! La torre de la catedral
con sus festones primorosos, con sus calados de encaje, se alzaba ante
sus ojos atónitos como una maravilla. Entró por el arrabal de la Puerta
Nueva, preguntó por la posada de la Felisa y no tardó en dar con ella.
Esta Felisa, mientras le freía un par de huevos y algunas lonjas de
jamón, le enteró de todo lo que quiso y lo que no quiso. Supo cómo
Demetria había dejado ya el colegio y estaba otra vez con su mamá y con
su tía, supo cómo se llamaba la calle en que éstas habitaban y las señas
que la casa tenía, y supo también el nombre de todos los hijos de la
señora Felisa y el temperamento especial que cada uno de ellos tenía,
así como las pruebas brillantes de ingenio que el penúltimo, Joaquinín,
había dado en más de una ocasión de su existencia, aunque sólo contaba
cuatro años y cinco meses. También se enteró por separado de ciertas
costumbres poco correctas del señor Ramón, marido de la propia Felisa,
cuando regresaba al hogar por la noche con algunos vasos de vino en el
cuerpo. Fuera de estas ocasiones era un bendito, un pedazo de pan
candeal, incapaz de levantar la mano á nadie, ni siquiera de aplastar
una mosca.
Y así que almorzó se fué á dar una vuelta por la ciudad y por la feria.
Una y otra estaban bien animadas. Pululaban los forasteros por las
calles en muchedumbre apretada y en mucho mayor número piafaban los
caballos allá en el real de la feria. Mas ni la muchedumbre, ni los
monumentos, ni los escaparates de las tiendas, ni siquiera los hermosos
jacos de cuatro y cinco años lograron llamar la atención de nuestro
aldeano. Pasaba por delante de todo ello como si no lo viese. Del
encargo de su padre ni se acordó siquiera: no tenía ojos más que para el
oscuro y vetusto caserón de Moscoso. ¡Qué negra era aquella casa! ¡qué
grandes y severos los balcones de hierro! ¡qué imponente aquel casco de
piedra que coronaba el escudo esculpido sobre la fachada! La impresión
que en Nolo produjo fué de pena, casi de terror. Le parecía que Demetria
debía de estar allí cautiva como en una cárcel y sometida á crueles
tormentos. Examinó con profunda atención el edificio, que estaba situado
en la calle llamada de Traslacerca y formaba esquina á una callejuela
solitaria, lo rodeó repetidas veces, escrutó sus balcones y ventanas,
pero no consiguió _divisarla_. En las horas que allí permaneció,
disimulándose en un portal ó detrás de algún carro, sólo vió salir dos ó
tres mujeres que parecían criadas y entrar y salir un sacerdote. Mas
cuando ya pensaba en retirarse se abrió un balcón de la fachada
principal y apareció una señorita. ¡Qué rico vestido! ¡qué peinado
extraño! ¡qué blanca, qué majestuosa! ¿Quién será?... ¡Virgen sagrada
del Carmen! ¡es _ella_! ¡ella, sí!... Nolo sintió un frío intenso en el
corazón. Las sienes comenzaron á latirle fuertemente y se apoyó en la
pared para no caerse. Luego, pegado á ella, se deslizó cautelosamente
temblando de ser reconocido y cuando estuvo lejos se dió á correr
locamente hacia su posada. Subió al mezquino cuarto que le habían
destinado y se dejó caer sobre el lecho llorando como un niño. «No,
aquella señorita tan rica, tan hermosa, tan elegante, quizá no
recordaría ya al pobre aldeano de la Braña, quizá se avergonzaría si le
recordasen que había correspondido á su amor y en prueba de él le había
regalado los cordones de su justillo.»
Sintió la necesidad de marcharse, de huir de aquel sitio donde todo le
avergonzaba, de volver otra vez á su rincón de la Braña. Alzóse
resueltamente, se lavó los ojos y bajó á la cuadra á enjaezar su jaco.
Mientras ejecutó esta operación se fué tranquilizando. Ya estaba
avanzada la tarde y consideró que, saliendo á tal hora de Oviedo, sólo
muy entrada la noche podría llegar á su casa. Temió asustar á sus padres
y no saber explicar su vuelta intempestiva. Mejor sería aguardar á la
mañana siguiente. Volvió á quitar el aparejo al caballo y salió á
refrescar un poco su cabeza calenturienta. Caminó á la ventura huyendo
de aproximarse á la casa de Moscoso. El sol acababa de ponerse y
comenzaba el crepúsculo. Dió algunas vueltas por las calles principales,
paseó por el parque de San Francisco y al cabo notó con sorpresa que
estaba perfectamente tranquilo. Aquel amor no había sido más que un
sueño. Pero si una señorita tan encopetada no podía amar á un rústico,
también pensó que era hacerle una ofensa el sospechar que se
avergonzaría de conocerle. Las cartas cariñosas que enviaba á Canzana no
podían infundir semejante recelo. Poco á poco y haciendo justicia al
carácter de Demetria se puso á imaginar que si ésta le viese no
apartaría de él los ojos, antes le saludaría afectuosamente, si no como
amante, al menos como un buen amigo suyo y de sus padres adoptivos.
Y cuando menos lo pensaba se encontró de nuevo frente á la severa y
heráldica casa de Moscoso. Acababa de oscurecer y empezaban á encender
los faroles. Discurría alguna gente, no mucha, por aquella calle
apartada del centro. Nolo, fingiendo ser un mozo que torna alegre de la
feria, pasó por delante de la casa entonando en alta voz este cantar,
que hemos repetido alguna vez cuantos nacimos en el valle de Laviana:
Dicen que tus manos pinchan,
para mí son amorosas.
También los rosales pican
y de ellos nacen las rosas.
_No llores, niña,_
_no llores, no;_
_no llores, niña,_
_que aquí estoy yo_.
Se detuvo en la esquina, aguardó algunos momentos y al cabo repitió en
voz más alta el estribillo:
_No llores, niña,_
_no llores, no;_
_no llores, niña,_
_que aquí estoy yo_.
Chirrió un balcón; se asomó una cabeza.
--¡Nolo!
--¡Demetria!
--Da la vuelta á la esquina y arrímate á esa ventana de rejas.
El joven hizo como se le mandó. Entró en la estrecha callejuela y se
acercó á la ventana. Un minuto después una linda frente coronada de
cabellos rubios se apoyaba en la reja.
--¿Cómo estás aquí?
--He venido á la feria para mercar una yegua.
--¡Qué salto me dió el corazón cuando oí tu voz! Temía engañarme. Por
esa aguardé á que cantases otra vez, pero te había oído muy bien la
primera. ¿Y cómo han quedado todos allá arriba?
--Buenos y recordándote sin cesar... ¡No sabes cuánto llora la tía
Felicia!
--¡No será más que yo!--exclamó sordamente la joven.
Hubo algunos momentos de silencio.
--¿Cuándo piensas marcharte?
--Mañana bien temprano.
--¿Y te ibas sin darme aviso de que estabas aquí?
Nolo vaciló y dijo sonriendo melancólicamente:
--Pensaba que no te importaría mucho el verme.
--¿Y por qué pensabas eso?--preguntó con inocencia Demetria.
--Porque... porque tú eres una señorita y yo no soy más que un pobre
aldeano.
--¡No esperaba eso de ti, Nolo!--exclamó ella cerca de romper á
llorar.--¿Te he dado algún motivo para sospechar que no te estimaba como
antes? ¿Has sabido de alguno de por allá á quien no le haya hablado como
siempre cuando le vi por aquí? ¿Piensas que soy señorita, que visto este
traje por mi gusto?... No, si pudiera no lo vestiría... ¡Desde que vine
á este pueblo soy tan desgraciada!... ¡Si supieras, Nolo, qué
desgraciada soy!
Y no pudiendo más tiempo retener sus lágrimas las dejó correr. Á Nolo se
le humedecieron también los ojos por el acento verdaderamente
desesperado con que la joven pronunció las últimas palabras. Cuando ésta
se hubo desahogado un poco dijo en voz baja secándose las lágrimas.
--Bien está, Nolo; vete con Dios. Cuando veas á mis padres... cuando
veas á mis padres díles que el día menos pensado me planto en Canzana,
que un día ú otro me escaparé porque no puedo sufrir más...
--¿Es de veras eso?--exclamó Nolo en el colmo de la sorpresa.
--¡Y tan de veras!... No lo he hecho ya porque no he tenido ocasión para
ello.
El mozo permaneció silencioso. Al cabo preguntó con timidez:
--¿Te atreves á venirte conmigo?
Demetria guardó silencio también. Después profirió con firmeza:
--Sí; me atrevo.
--Pues ya está dicho todo--exclamó el mancebo recobrando su carácter
resuelto.--Mañana bien temprano tomamos el camino de Laviana.
--Mañana no; esta noche. De día llamaríamos demasiado la atención y nos
detendrían.
Nolo quedó admirado, aunque ya conocía el valor y la firmeza de su amada
en los casos difíciles.
--Espera--siguió ella,--esta noche voy con mi tía Rafaela á un baile en
casa de Valledor... un caballero que vive frente á la Fortaleza en el
paseo de Porlier... Cualquiera te podrá dar razón de la casa... Iremos á
las diez, poco más ó menos. Espérame en el portal. Yo buscaré un
pretexto cualquiera para salir del salón y tomaré la escalera... Ten el
caballo aparejado donde mejor te parezca... ¿Crees que podrá llevar á
los dos?
--¡Ya lo creo que podrá! Es el Lucero.
--¡Ah, es el Lucero!--exclamó ella con alegría.--Adiós, que ya me están
buscando. No faltes... Aunque tarde mucho, aguarda siempre en el
portal... Adiós, hasta luego.
Nolo se apartó de la ventana lleno de gozo y de zozobra al mismo tiempo.
No se le pasó por la imaginación que aquel paso arriesgado pudiera tener
consecuencias graves para ambos: era demasiado valeroso para pensar en
el resultado de sus acciones. Lo que temía era que Demetria se volviese
atrás después que hubiera reflexionado ó que le fuera imposible realizar
lo que proyectaba.
Corrió á la posada, cenó apresuradamente, manifestó á su huéspeda que
necesitaba partir aquella misma noche con unos amigos de su parroquia,
pagó la cuenta y bajó á enjaezar el caballo. Pero una vez que lo enjaezó
con toda prolijidad y esmero (¡como que iba á sentarse allí Demetria!)
quedó vacilante y confuso frente á él. ¿Qué iba á hacer ahora? ¿Dónde
dejarlo? Aunque meditó largo rato, ninguna inspiración pudo obtener de
su cerebro. Al cabo, aburrido de tanta perplejidad, resolvió dejarlo en
la cuadra bien cerca de la puerta para poder tomarlo al instante cuando
le pluguiese. Antes de salir le dió pienso. Lucero quedó maravillado de
la enorme cantidad de cebada que le echó en el pesebre. ¡Este chico se
va á arruinar! Con tanta cebada había para seis veces.
Se echó á la calle y dió vueltas en todos sentidos esperando las diez.
¡Cuánto tardaban en sonar! Media hora antes se situó frente al palacio
del prócer. Desde allí vió entrar muchas señoras y caballeros; ellas
rebujadas en largos abrigos con faldas resonantes de seda, ellos con
botas de charol y sombrero de copa alta más reluciente aún que las
botas. Al cabo también _ella_ vino. La reconoció por su estatura, por
sus cabellos; de otro modo en nada se parecía aquella arrogante dama á
la aldeana de Canzana. Pero la vió volver la cabeza á uno y otro lado
hasta que le divisó, y su corazón experimentó un consuelo indecible. Su
tía era más baja. Detrás de ellas marchaba un criado que se retiró en
cuanto llamaron á la puerta y les abrieron.
Una hora de espera. No se atrevió á meterse en el portal porque de vez
en cuando todavía llegaba algún tertulio. Pero sonaron las once, y como
hacía ya rato que nadie acudía, decidió colocarse á la puerta como le
ordenaron. Sonaron las once y media; las doce menos cuarto. Nada. La
impaciencia de Nolo iba degenerando en tristeza profunda.
No menos impaciente se hallaba Demetria. Ni el brillo del salón la
seducía, ni las notas del piano la alegraban, ni conseguían llamar su
atención las sonrisas burlonas de las damas ni las miradas codiciosas de
los caballeros. Porque es de saber que aquéllas la encontraban ordinaria
hasta el extremo, una verdadera moza de cántaro, y se reían de su
encogimiento y rudeza; pero éstos la consideraban un bocado exquisito,
un pimpollo, y chasqueaban la lengua y ponían los ojos en blanco siempre
que de la niña de Moscoso se hablaba. Por eso, aunque sólo hacía un mes
que Demetria asistía á los bailes semanales que se celebraban en aquella
casa, ya tenía una muchedumbre de adoradores que giraban en torno suyo
zumbando lisonjas y ansiando libar la miel de tan espléndida rosa. Mas
su ingenuidad y simpleza los desconcertaba no pocas veces. Uno de
aquellos pisaverdes contaba noches atrás en el Casino, coreado por las
carcajadas de sus amigos, cómo en el momento crítico de estar espetando
una sentida declaración de amor á la gentil aldeanita, ésta se bajó
repentinamente para llevar la mano á un pie exclamando: «¡Dios mío, qué
daño me está haciendo este zapato!» No importa. Á pesar de eso todos
convinieron en que con su rusticidad á cuestas se quedarían de buen
grado con ella.
Después de largo vacilar Demetria se resolvió al cabo. Pretextando una
necesidad urgente salió del salón. Se dirigió á uno de los criados que
había en la antesala y le dijo:
--Deme usted el abrigo.
--¿Va á salir la señorita?
--Sí; voy á casa.
--Pepe--volvió á decir el criado dirigiéndose á otro,--enciende un farol
y acompaña á la señorita.
--Es inútil--repuso ésta con la presencia de espíritu que caracteriza á
las niñas enamoradas en los momentos más difíciles.--Mi criado debe
aguardar en el portal porque tenía orden para ello... Venga usted, sin
embargo, á ver...
El doméstico la siguió por la escalera y adelantándose luego abrió la
puerta de la calle.
--Verdad es... Aquí aguarda--manifestó divisando la silueta de Nolo.
--Retírese usted... muchas gracias... adiós--se apresuró á decir ella.
El criado cerró la puerta. Demetria avanzó por el portal y salió á la
calle, pasando por delante de Nolo sin dirigirle la palabra. Éste la
siguió, emparejándose con ella.
--¿Dónde está el caballo?
--Lo tengo en la posada... porque no sabía dónde dejarlo--manifestó el
mozo con timidez.
--No importa, vamos allá... Retírate un poco hacia el arroyo para que
parezcas mi criado... Perdona, rapaz, pero no hay más remedio... Tira
ese garrote.
Con harto sentimiento dejó Nolo su nudoso palo de acebuche arrimado á la
pared de una casa y se apartó un trecho de la elegante señorita,
caminando sin embargo á su lado. Ella le guió al través de las calles
hacia la Puerta Nueva. Pocos transeuntes cruzaban á la sazón, y los que
cruzaban se contentaban con dirigir una mirada á la dama, sin curarse
para nada del criado.
Cuando llegaron al alojamiento de Nolo, éste se adelantó unos pasos para
ver si había alguien en el portal. No había nadie. Entraron. Nolo fué á
la cuadra y sacó el caballo á la calle y cerciorándose de que ningún
transeunte cruzaba á la sazón, llamó en voz baja á Demetria. En un
instante la subió sobre el potro, montó él detrás de un salto, y ¡arre,
Lucero!
Como se hallaban en un arrabal de la ciudad pocos instantes tardaron en
salir al campo. Subieron á galope tendido por la carretera de Castilla
hasta el paraje en que se bifurca con la de Langreo. Entonces volvieron
por primera vez la cabeza atrás. La noche era oscura y caliente. Allá
abajo las luces de Oviedo brillaban como una gran constelación,
destacándose sobre ella la silueta de su torre: allá arriba, espesos
nubarrones tapaban casi por completo el firmamento, dejando solamente
algunos móviles agujeros por donde se vislumbraba el centelleo de las
estrellas.
¡Arre, Lucero! ¡up! ¡up! La gallarda pareja marcha al través de la noche
sombría. ¡Up! ¡up! El Lucero botaba, corría como si en vez de dos
cuerpos robustos llevase sobre el lomo un hacecillo de paja. Y
resoplando furiosamente parecía decirles: «No tengáis cuidado, queridos,
que por mí no quedará!» Nadie parecía por la desierta carretera. Los
árboles, las granjas, las ventas quedaban atrás, como si no valiesen
nada, como si no significasen nada para aquel potro valeroso. Un perro
que salió furioso á ladrarle no logró aminorar su escape y se retiró
pronto mohino jurando que jamás en su vida había visto correr de aquel
modo á un caballo con dos jinetes. Lejos ya tropezaron una carreta
tirada por dos bueyes. El carretero, que dormía tendido sobre la carga,
al sentir el galope del caballo levantó la cabeza, los miró cruzar
raudos y la dejó caer de nuevo como diciendo: «¡No tengáis cuidado:
huíd, que por mí no quedará!»
¡Up! ¡up! Lucero galopa cuesta abajo como cuesta arriba. Sin embargo,
Nolo, previsor, comprende que en aquella forma no podría resistir las
cinco leguas que los separaban del valle de Laviana. Determina apearse.
Mas no por eso se amengua mucho la rapidez de su marcha. Arrimado al
caballo, que sólo monta Demetria, y deslizándose velozmente por la
cuesta abajo, parece que los lleva á ambos sobre sus hombros hercúleos.
¡Atrás, atrás los árboles, las casas y los hórreos, los maizales, las
pomaradas, masas informes, terribles en medio de la noche tenebrosa! Mas
he aquí que cuando menos lo soñaban la luna asoma su disco argentado por
encima de una colina. Súbito la campiña se ilumina, brillan las aguas
del río, tiemblan los árboles y los maizales: todo parece un espejo
donde se repiten hasta el infinito sus imágenes. Nolo y Demetria se
estremecen y piensan con terror en que están ya cerca de Langreo. Pero
no; la luna los mira un instante y se oculta en seguida detrás de negros
nubarrones ¡Huíd, huíd, hijos míos, que por mí tampoco quedará!
Sin embargo, las nubes no se mostraron tan propicias. Comienzan á caer
algunas gotas enormes de lluvia y poco después un aguacero torrencial.
Se refugian debajo de un hórreo y aguardan bastante tiempo. Demetria
quería seguir, pero Nolo se opone porque teme, que una mojadura le haga
daño. Al cabo salen del cobertizo y emprenden con más gana su carrera.
Atraviesan la villa de Sama. Las altas chimeneas como negros fantasmas,
ni aun en aquella hora avanzada de la noche, dejan de vomitar vapores
infernales. Nolo y Demetria las contemplan con horror y se muestran
satisfechos cuando las dejan atrás. Llueve de nuevo y de nuevo se
refugian bajo el corredor de una casa. Por fin llegan á la Pola, siguen
á Entralgo y para vadear el río se ve necesitado Nolo á mojarse hasta la
cintura porque teme que el caballo resbale con los dos y dé con ellos en
el agua. Así, montada sólo Demetria y llevando él á Lucero por el
diestro, se salvan de un percance. Cuando tocan en las casas de Entralgo
comienza á llover con violencia. Debajo del corredor emparrado de la
casa del capitán se guarecen. Era ya cerca del amanecer.
Al verse en su parroquia, tan próxima á su casa, se le dilata el pecho á
Demetria y se le suelta la lengua. ¡Qué ajena estaría su madre de la
sorpresa que iba á darle! ¡Cómo dormirían los pobrecitos de sus
hermanos! Era necesario aguardar allí á que rayase el alba para no
darles un susto. Nolo halló bueno el pensamiento y abriendo el establo
de D. Félix metió y amarró el caballo dentro. Para ir á Canzana no lo
necesitaban ya. Sentáronse en el famoso canapé de piedra, delicia de su
amo. La lluvia batía con monótono son la gran pomarada que tenían
delante y repicaba sobre la parra.
--Esta agua es una bendición para el maíz, Nolo--profirió Demetria al
oído del mozo.--¿Cómo está la siembra de mi padre?
--Buena; levanta ya más de un palmo.
--¡Oh, es que mi padre sabe trabajar la tierra y sabe abonarla!--exclamó
con arrogante alegría.--¿Y vuestra escanda y vuestro centeno?
--Tampoco marcha mal... Nuestra tierra es peor que la de tu
padre--añadió sonriendo.
--Sí, sí, pero vosotros cogéis un caudal de avellana y nosotros muy
poca... Además, ¡criáis un ganado!... ¡Qué ganado, Virgen! En ninguna
parte lo he visto tan lucido.
Nolo se resistía á concederlo por modestia. Ella insistía, preguntaba
por todas las vacas que conocía perfectamente, se interesaba por las que
habían parido y quería saber el sexo de la cría y si estaban gordas ó
flacas. También se informó de las de sus padres y quedó sorprendida
cuando Nolo le dijo que habían vendido la Salía.
--¡Cómo! ¿Han vendido la Salía y no me han avisado?--exclamó con
despecho.
Nolo le manifestó que la venta era muy reciente y que no habían tenido
tiempo. Se tranquilizó, pero de todos modos lo sentía. ¡Cuántas veces la
había ordeñado! ¡Qué noble era! ¡qué lechar, qué mantequera! No
adivinaba la razón que su padre habría tenido para desprenderse de ella.
La lluvia seguía redoblando sordamente sobre los pomares y la parra.
Allá en el establo, detrás de ellos, se oían de vez en cuando los
mugidos del ganado.
Sin embargo, una débil claridad comenzaba á esparcirse por el Oriente.
Era necesario pensar en marcharse. Aguardaron todavía algunos minutos y
cuando observaron que la lluvia cedía un poco se lanzaron fuera del
techado y á paso rápido llegaron al Campo de la Bolera, atravesaron el
riachuelo sobre el puente de madera y comenzaron á subir por el
retorcido y pintoresco sendero que conducía á Canzana.
¡No se fatigaba, no, aquella gallarda pareja por lo agrio de la cuesta!
Sus piernas la conocían bien y cada piedra podía dar testimonio de la
presión de sus pies. Los de Demetria iban calzados ahora de un modo bien
distinto, con zapato de baile. No importa, las piedrecitas los
reconocían perfectamente y les daban la bienvenida.
--Algunas veces he subido y bajado este camino con un cesto bien grande
de ropa sobre la cabeza cuando venía á lavar con Flora--profirió
alegremente la joven.
--Flora está en Entralgo.
--¿Está en Entralgo? Habrá venido á ayudar á doña Robustiana... Como
ahora ya está el amo ahí... ¡No se alegrará poco de verme!
--¿Pero no sabes lo que ha pasado hace pocos días?
Demetria no sabía nada. Entonces Nolo le notició lo que había ocurrido
dos días antes de su salida para Oviedo, el reconocimiento de Flora por
hija del capitán y lo satisfechos que estaban todos los paisanos con
aquella señorita criada entre ellos. Demetria dejó escapar también
exclamaciones de alegría. ¡Ya lo creo que se alegraba! Estaba segura de
que Flora, aunque rica y señorita, sería su buena amiga.
--¡Pero tú también eres señorita!--apuntó Nolo en voz baja y sonriendo.
El semblante de la joven se oscureció.
--¡Calla! ¡calla! No hables de eso.
Llegaron por fin á las primeras casas de Canzana. ¡Cómo le latía el
corazón á Demetria! Se acercaron á la del tío Goro. Éste se hallaba ya
en el establo ordeñando. Nolo le llamó desde la puerta. El hombre más
sabio de Canzana quedó altamente sorprendido de verle en aquella hora
por allí. Mas cuando salió y se encontró frente á Demetria de aquel modo
ataviada se puso densamente pálido y dejó caer al suelo el jarro con la
leche. Demetria le abrazó sollozando. Pocas explicaciones bastaron para
darle cuenta de la escapatoria. El tío Goro se vió tan perplejo en
aquella ocasión que á pesar de su reconocida profundidad no supo decir
una palabra y se contentó con llorar como cualquier ignorante.
Era necesario prevenir á Felicia que aún dormía. El tío Goro subió las
escaleras y la llamó diciéndole que se vistiese de prisa, que la
necesitaba. Pero Demetria no esperó á que bajase: en cuanto oyó sus
pasos en la sala sin poder contenerse subió la escalera gritando:
--¡Madre! ¡madre!
--La buena mujer cayó en sus brazos.
--¡Madre! ¡madre! ¡madre! ¡Ya estoy aquí! ¡Madre! ¡madre! ¡madre!
Demetria abrazada á ella repetía con frenesí este sagrado nombre como si
quisiera indemnizarla del tiempo en que no había podido dárselo. Manolín
y Pepín saltaron de la cama en camisa y se abrazaron á sus faldas
gritando de alegría. Demetria los cogió al fin y elevándolos del suelo
los besó con arrebato infinitas veces. Dejándolos luego exclamó: