--Ignoro, señores míos todos y muy queridos amigos algunos, si esos que

llamáis progresos industriales van tan estrechamente unidos á la causa

de la civilización como os complacéis en suponer. El genio del hombre,

excitado por la necesidad é irritado por los obstáculos, se arroja á la

conquista de la tierra y descubriendo sus secretos los utiliza para su

alivio. Mas con frecuencia ¡oh amigos y señores míos! va más allá de lo

que le dicta la santa naturaleza. Ésta le dice «come», y el hombre

encuentra placer en comer. Le dice «vístete», y el hombre encuentra

placer en vestirse. Quiero decir que lo que se nos ha dado como un medio

lo convertimos en fin. De aquí se origina siempre un grave

desequilibrio, que engendra la corrupción y los vicios. Entonces la

sabia naturaleza, que vela por los destinos del hombre, dice: «¡basta!».

Y las naciones corrompidas degeneran y se extinguen y las ciudades

opulentas perecen. Otra humanidad más inocente renace, pueblos jóvenes y

vigorosos sustituyen á los viejos, y la obra de Dios, que parecía un

momento interrumpida, prosigue su marcha sublime al través del tiempo y

el espacio. Todo con medida, ha dicho el genio helénico; todo con

medida, nos repite sin cesar el universo en que habitamos. El exceso se

paga más tarde ó más temprano. No se hizo el espíritu para el mundo,

sino el mundo para el espíritu. Temo en conciencia ¡oh señores míos! que

confundáis lamentablemente la civilización con el industrialismo. Yo sé

de países muy industriales donde la cultura del espíritu no corre

parejas con las comodidades y refinamientos de la vida. Penetrad en una

de las ciudades fabriles de Francia ó de Inglaterra. ¡Cuán suntuosas son

aquellas viviendas! ¡cuán delicados los manjares que allí se gustan!

¡cuán blandos los lechos! ¡cuánto pormenor delicado que halaga la vida

corporal!... Pero escuchad á aquellos hombres en sus refectorios, en sus

cafés y en sus teatros, y tengo por seguro que no quedaréis maravillados

ni de la agudeza de su ingenio, ni de la elevación de su espíritu.

Francos por aquí, libras esterlinas por allá: tal es el alimento

ordinario de su inteligencia. Sus artes son siempre imitadoras, su

literatura igualmente, su filosofía reproduce las hipótesis de la India

y de la Grecia; hasta sus costumbres y sus fiestas son eco y remedo de

las costumbres y fiestas del paganismo clásico. Ninguna invención

peregrina, ningún rasgo feliz; todo vulgar, todo abatido, todo

triste!... Pero venid conmigo ahora al Ágora, al Liceo ó á los jardines

de Academo. Los hombres que allí veis paseando y departiendo se

alimentan con manjares que rechazarían hoy nuestros obreros; duermen

sobre pieles tendidas en el suelo; visten una túnica y un manto que no

querría para sí un mendigo de nuestras ciudades; no caminan en

ferrocarril ni trasmiten su pensamiento por telégrafo, no conocen la

inmensa variedad de nuestros utensilios... Pero aquel puñado de hombres

¡miradlos bien, señores míos! aquel puñado de hombres ha creado en poco

tiempo el arte, la filosofía, la ciencia y las costumbres de que aún

vivimos, es decir, ha creado la civilización. Un arte y una filosofía

jamás sobrepujados, una ciencia estudiada no con un fin industrial, sino

espiritual, no para regalo del cuerpo, sino del alma; unas costumbres

tan bellas y originales que sólo cuando las imitan adquieren las

nuestras alguna nobleza... Salid conmigo de Atenas, salgamos por la

puerta Dipila, atravesemos los Cerámicos y entremos en los jardines de

Academo. ¿Quién es aquel anciano de cuerpo robusto y un poco cargado de

espaldas, de frente espaciosa y grave mirada, que marcha con tal

majestad y decoro? Es Platón, es el divino Platón... ¿Quién es aquel

joven flaco y seco de ojos pequeños y centellantes, tan acicalado en el

vestir, que marcha junto á él? Es Aristóteles, el ingenio más portentoso

que ha producido el mundo. ¿Cómo se llama aquel otro joven que camina

más allá, pálido y enteco, que mueve de vez en cuando los hombros de un

modo particular? Se llama Demóstenes...

* * * * *

Al llegar aquí la risa que retozaba en los labios de los próceres de la

Pola desde el comienzo de la oración estalló en francas, sonoras

carcajadas. Quien primero la dejó escapar fué el troglodita D. Casiano.

Se arrimó á uno de los nogales y durante buen rato salieron de su boca

ciclópea profundos, temerosos estallidos mientras su vientre se agitaba

como la montaña de un volcán en erupción. ¡Dejadlo, dejadlo... no podía

más!... Aquello era lo más gracioso que había oído en su vida. También

el alcalde, arrimado á otro árbol, reía y tosía hasta querer reventar. Y

los otros, con más ó con menos discreción, todos se entregaban á una

cordial y envidiable alegría.

D. César quedó sorprendido. Los miró unos instantes estupefacto y al

fin, dejando caer su mano que tenía levantada, sonrió con expresión

humilde.

--Bien comprendo que mis palabras suenen mal en vuestros oídos, no

avezados á escuchar los ecos de la sabia antigüedad. De igual modo los

ostrogodos y longobardos reían cuando los filósofos y retóricos del

Lacio pretendían doctrinarlos. Pero no es menos cierto que vuestra

alegría inocente me alegra y que ruego de todo corazón á los dioses para

que la prosperidad que hoy celebrais sea tan próspera como apetezco.

Pronunciadas estas palabras, que el concurso acogió con un redoble de

hilaridad, el noble señor de las Matas de Arbín se llevó la mano á su

sombrero de felpa, hizo un saludo digno del mariscal de Richelieu y

montando de nuevo en su jamelgo dió la vuelta hacia su casa solariega.

Aquella noche hubo _fila_, como todas, en el palacio del capitán. D.ª

Robustiana se placía mucho en reunir á las comadres del pueblo y pasar

entre ellas la velada oficiando de señora. También Regalado gustaba de

dar rienda suelta á su temperamento jocoso y maleante á costa de las

mujerucas. Por eso, aunque era ya bien entrada la primavera, se

persistía en aquellas tertulias nocturnas propias del invierno. Hombres

asistían pocos y eran los que celebraban con algazara, los donaires del

humorista mayordomo. Se hallaba éste de vena esta noche, sin duda como

residuo de la alegría de la tarde y de los vasos de sidra que tenía

entre pecho y espalda, cuando de pronto retumbaron en el gran caserón

solariego dos fuertes aldabonazos. Todos levantaron con sorpresa la

cabeza. Pero el más sorprendido fué Regalado. Ningún paisano podía

llamar en aquella hora en tal forma imperativa. Alzóse de la silla y se

dirigió al balcón en medio de la curiosidad y expectación del concurso.

Salió al corredor de la parra y esforzándose en penetrar las tinieblas

de la calle preguntó:

--¿Quién llama?

--Abrid... es el señor--dijo con voz recia Manolete, el fiel criado que

había acompañado al capitán á Málaga.

Gran movimiento en la sala. Todos se levantan. Regalado toma el velón de

la mesa y se precipita á la escalera y detrás de él algunos tertulios y

también el perro Talín que aúlla de un modo lamentable. Se abre la

puerta y á la luz del velón se ve al capitán, cuyo rostro pálido,

demudado les dice bien claramente lo que había acaecido. El perro se

arroja á acariciarle y cae al suelo accidentado por vejez y exceso de

alegría. Don Félix, sin pronunciar palabra, entra en el portal y sube al

salón. Nadie osa preguntarle, pero D.ª Robustiana y todas sus comadres

estallan en sollozos. El capitán se lleva la mano á los ojos y permanece

algún tiempo inmóvil y silencioso. Ya no era aquel viejo apuesto,

vigoroso, que en fuerzas y agilidad podía competir con cualquier joven.

En pocos meses se había trasformado en un anciano caduco.

--Gracias, gracias--murmuró con voz débil.--Dejadme solo.

Llorando y en silencio fueron saliendo todos los tertulios. Cerráronse

las puertas y D. Félix, sin querer tomar nada de lo que D.ª Robustiana

le ofrecía, se retiró á su habitación. Manolete en la cocina de abajo

estuvo largo rato narrando á los mayordomos y á la servidumbre los

incidentes de la enfermedad y muerte de la señorita.

Al día siguiente D. Félix no quiso salir de su cuarto ni recibir á

nadie. Sin embargo, antes de ponerse el sol deslizóse furtivamente sin

que nadie se percatase de su marcha y llegó hasta su finca de

Cerezangos. Era una curiosidad insana la que le arrastraba hasta allí;

un deseo de añadir más dolor á su dolor y encenagarse por completo en

él. El hermoso, florido campo que tanto amaba había sido partido,

destrozado. Una trinchera bien ancha separaba las dos mitades: por medio

de la trinchera cruzaba la vía férrea. El encanto silencioso, la dulzura

agreste, la amable soledad de aquel retiro habían desaparecido. D. Félix

lo rodeó todo lentamente. Apoyándose en su bastón miraba con terrible

insistencia aquella brecha que la piqueta del progreso había abierto en

su campo. Otra brecha mayor aún acababa de abrir la muerte en su

corazón. Cuando llegó á lo más alto se detuvo, apoyó los codos en la

paredilla y metiendo la cabeza entre las manos permaneció largo rato en

contemplación extática, con los ojos secos y fijos mirando quizás más á

su alma dolorida que al cuadro que tenía delante.

Una mano le tocó suavemente en el hombro. Experimentó fuerte sacudida y

se volvió con su peculiar viveza. D. Prisco, el párroco de Entralgo,

estaba frente á él. Ambos abrieron los brazos á un tiempo y quedaron

estrechamente enlazados. Largo rato estuvieron de este modo. El viejo

militar sollozaba: el sacerdote le encomendaba silenciosamente á Dios.

Al fin se apartaron y D. Prisco, llevándose el pañuelo á los ojos para

enjugar una lágrima, murmuró sordamente:

--¡Miseria humana, D. Félix, miseria humana!

El capitán bajó la cabeza resignado. En aquel momento se oyó el silbo

prolongado de la locomotora que cruzó rauda con infernal estrépito. Uno

y otro la miraron con más estupor que cólera. D. Prisco al cabo sacudió

el brazo á su amigo y le dijo:

--Vamos.

El capitán le siguió obediente. D. Prisco se apartó de aquellos sitios y

se internó cuesta arriba en las frondosas arboledas de castaños y

robles. Por trochas escondidas caminaron en silencio uno en pos de otro.

Al fin llegaron á un delicioso paraje donde manaba una fuente oculta

entre espinos y avellanos rodeada de menudos céspedes. Se sentaron. D.

Prisco sacó de las profundidades de su balandrán una fiambrera que

contenía tortilla de jamón, luego un pedazo de queso envuelto en muchos

papeles, pan y un frasco de vino. Todo ello lo exhibió con sosiego ante

los ojos atónitos de su amigo. Hizo la señal de la cruz, rezaron un

padrenuestro y se pusieron á merendar en silencio, pero tranquilo ya el

corazón. El sol descendía rápidamente hacia el ocaso. Sobre sus cabezas

cantaba el ruiseñor.

Cuando hubieron dado buena cuenta de la tortilla y el queso, D. Prisco

bebió un número prodigioso de vasos de agua. Era su manía y su vicio. El

capitán sólo algunos sorbos de vino.

Entonces D. Prisco volvió á meter la mano en las profundidades del

balandrán y sacó la baraja.

--¿Una brisquita?

--Bueno--respondió el capitán.

--Tres juegos nada más.

--Nada más.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]

XVIII

La hija del capitán.

El capitán paseaba de un ángulo á otro por el vasto salón de su casa en

la mañana siguiente. Andaba encorvado y á paso lento. Alguna vez se

detenía frente al retrato al óleo de su hija María. Un artista famoso

que viajaba por Asturias lo había pintado el año anterior. Lo

contemplaba con atención anhelante algunos instantes, se llevaba el

pañuelo á los ojos y proseguía su paseo.

D.ª Robustiana entreabrió la puerta y asomó tímidamente la cabeza.

--Señor, ahí abajo está Flora que viene á darle el pésame.

D. Félix se estremeció, echó una rápida mirada de angustia al retrato de

su hija y después de una pausa dijo con voz insegura:

--No puedo... Dígale usted que no puedo recibirla ahora... Que venga

otro día.

El ama de gobierno retiró su cabeza y bajó para trasmitir la nada grata

respuesta. El capitán siguió midiendo el salón tristemente.

Por espacio de tres ó cuatro días sólo con D. Prisco cambió algunas

palabras. Pero su temperamento vivo y locuaz no tardó en levantar la

cabeza. Comenzó á departir con la gente y á mezclarse entre los grupos

de aldeanos buscando conversación. Algunos días montaba á caballo y se

iba á la Pola y allí visitaba á los amigos y conversaba con ellos

largamente. Mas á pesar de esta nueva explosión de vida, el hidalgo

descaecía visiblemente; su espalda se doblaba, sus mejillas se hundían,

sus ojos iban perdiendo el brillo. Hasta en su locuacidad extraordinaria

había algo de anormal que inquietaba á los conocidos. El tema de su

conversación casi siempre era el mismo, á saber, el ningún deseo que

tenía ya de aumentar su riqueza, ni aun de cuidar de su hacienda.

Llegaba un paisano y le proponía la compra de algún trozo de terreno. D.

Félix se ponía encrespado como si le hiciese alguna ofensa.

--Ven acá, necio, ¿para qué quiero yo ahora tierras ni prados? ¿No sabes

que ya no tengo á quién dejarlos? ¿No sabes que esta misma casa se halla

destinada á servir de nido á los pájaros?

Y tanto se exaltaba que el campesino marchaba haciendo cruces y decía á

sus amigos que el capitán no estaba enteramente bueno de la cabeza.

En ocasiones, cuando algún caballero de la Pola venía á visitarle,

repentinamente comenzaba á dar furiosos paseos en su presencia, y

parándose de improviso y señalando con extravío á las paredes y al techo

de la estancia exclamaba:

--¿Ve usted este salón? ¡Pues los pájaros no tardarán mucho tiempo en

anidar aquí!

Es de advertir que tal idea extraña le perseguía sin cesar. ¿Por qué

sentía tanto horror á que los pájaros anidasen en su domicilio? Supuesto

que estos animalitos á todos parecen bellos é inofensivos, ¿por qué el

capitán se fijaba en ellos en sus vaticinios sombríos y no se acordaba

de los ratones, de las arañas ó de las cucarachas, animales más feos y

temerosos? Imposible sería explicar este fenómeno si no se conociese el

antiguo y profundo resentimiento que D. Félix guardaba hacia los

gorriones, los cuales todos los años le comían la simiente de las coles.

Había vestido un maniquí con frac y tricornio para espantarlos; pero

estos desvergonzados volátiles se posaron á su lado sin temor alguno,

comieron tranquilamente la semilla y llevaron su osadía hasta picotear

el tricornio del maniquí. Tal desprecio había llegado á lo más vivo á D.

Félix. Desde entonces les declaró guerra á muerte y los perseguía

cruelmente á tiros cargando con mostacilla un enorme fusil de chispa que

procedía de la guerra de la Independencia.

Al compás de su amo, también descaecía Talín y también se agriaba su

carácter. Aquel perrillo siempre gruñón y fantástico se había hecho

ahora insoportable. Algunas raras veces solía mostrarse amable y

retozón, pero muy pronto caía en un acceso sombrío de bilis: gustaba de

la soledad y pasaba largas horas acostado en las inmediaciones del

cementerio, como si ya sintiese la nostalgia de la tumba. Sobre todo, le

descomponía, le ponía fuera de sí el sonido de la flauta de Regalado.

Mientras D. Félix estuvo de viaje lo sufría á regañadientes; comprendía

que el mayordomo ejercía la suprema autoridad en la casa y que era

insensato malquistarse con él. Mas desde el momento en que regresó no se

creyó en el caso ya de tolerarlo. Lo mismo era ver á Regalado con el

odioso instrumento en la mano que un vértigo de cólera se apoderaba de

su cabeza, ladraba hasta reventar y en poco estaba que no se arrojase

sobre él. En cuanto comenzaba el dulce son acordado, Talín se sentaba

sobre las patas traseras, alzaba sus ojos al cielo clamando venganza y

despedía de su boca tan horribles, fatídicos aullidos que el mayordomo

indignado, no atreviéndose á castigar la insolencia, desarmaba con

violencia la flauta y jurando amenazas la guardaba en el bolsillo.

Trascurrieron bastantes días. Flora no pareció por Entralgo. Sin duda la

repulsa sufrida la había herido y no quería exponerse á otra. Un día que

D. Félix después de comer se hallaba de mejor humor y departía

amigablemente con los mayordomos debajo del corredor emparrado, D.ª

Robustiana se aventuró á decirle:

--Mañana es día de amasijo, señor, y además tengo que colar la ropa de

dos semanas... ¿Quiere que mande un aviso á Flora para que venga á

ayudarme?

Los ojos del capitán se oscurecieron, fruncióse su frente y dijo

sordamente:

--No hay necesidad de avisar á nadie... Arréglate con las criadas como

has hecho otras veces.

D.ª Robustiana quedó confusa y triste. No volvió ya á mentarle el nombre

de su gentil amiguita.

Pero á los pocos días el mismo D. Félix se acercó á ella y rápidamente y

en voz baja, como si la vergüenza le embarazase, dijo:

--Cuando quieras puedes avisar á Flora... Acaso la necesitemos... porque

la faena de la yerba va á comenzar pronto...

El ama de gobierno vió el cielo abierto.

--Sí señor, sí; va á comenzar pronto... ¡Ya lo creo que comenzará!...

¡Como que el tiempo se echa encima de un modo!...

No era cierto. Faltaban aún más de quince días para pensar en la siega;

pero D.ª Robustiana no vaciló en mentir con tal de facilitar el viaje de

su protegida.

Llegó Flora. El capitán la recibió con afabilidad, pero sin gran calor.

En los días siguientes, aunque se mostraba traba atento con ella, no

buscaba su conversación como otras veces; antes huía de las ocasiones de

hablarla en particular. La zagala no pudo menos de sentir tal frialdad,

y un día con lágrimas en los ojos le dijo á D.ª Robustiana que se iba,

que su presencia en la casa no era grata al amo. La mayordoma trató al

instante de disuadirla.

--¡Eres tonta, rapaza! ¿No comprendes que el amo está bajo el peso de

una desgracia, que para él se ha concluído el mundo, que todo lo ve

ahora negro? Deja que trascurra el tiempo y ya verás cómo todo vuelve á

su ser, cómo al cabo se irá calmando su pena y serás para él lo que

siempre fuiste. No te apures ni te disgustes, querida mía, pues el mismo

amo fué quien envió á llamarte.

Flora se dejó convencer y permaneció en la casa. Cierto suceso

imprevisto vino á dar la razón á la mayordoma. Nuestra linda morenita,

en su deseo de agradar á todos en la casa y hacerse simpática, solía

agasajar hasta al mismo Talín, le llamaba «rico mío», «precioso»,

«salado», aunque bien sabemos que Talín no merecía en conciencia estas

lisonjas. Cuando recibía de regalo alguna golosina se apresuraba á

compartirla con él. El bilioso can no acogía con gratitud tales pruebas

de consideración. Comía lo que le daban, pero inmediatamente se alejaba

con grosera frialdad de su bienhechora y si ésta quería pasarle la mano

y acariciarle comenzaba á gruñir como si no la conociese. Esta conducta

tenía sorprendida y disgustada á Flora. Porque si bien el perro de D.

Félix no había brillado nunca por su amabilidad, tampoco se había

mostrado con ella á tal punto desabrido.

Una tarde en que se hallaba D. Félix hablando con Regalado en la sala

grande, llegó Flora con encargo de D.ª Robustiana para traer una cesta

de ropa. Al pasar vió á Talín durmiendo enroscado sobre una silla. Y con

la mayor inocencia se acercó á él y le puso la mano encima para

acariciarle. El neurasténico perro gruñó irritado. D. Félix volvió la

cabeza y dijo:

--No tengas miedo, que no hace nada.

Entonces la zagala, más por obedecer á D. Félix que por deseos de seguir

acariciándole, volvió á pasarle la mano sobre la cabeza. Talín dejó

escapar otro gruñido más áspero, abrió la boca y le clavó los dientes.

Flora dió un grito: la mano quedó al instante manchada de sangre. Verlo

D. Félix y volverse loco fué cosa de un instante. Se arrojó como un león

sobre el ingrato perro, le hartó de puntapiés y maldiciones y, no

contento aún, agarró el bastón que tenía arrimado á una esquina y le

molió á palos. Talín chillaba, aullaba como un condenado viendo su

muerte cercana. Al cabo, Regalado abrió piadosamente la puerta de la

sala y el desgraciado pudo huir sustrayéndose á la negra parca.

Cuando se vió lejos de las iras de su amo, sin dejar de exhalar gemidos

lastimeros tuvo espacio para reflexionar. ¡Aquello era muy extraño!

¡mucho! ¿Por qué tal cólera insensata? Ni cuando se comió el arroz con

leche que D.ª Robustiana tenía destinado al marqués de Cotorraso, un día

que éste le visitó, ni cuando mordió los zapatos morados de su

ilustrísima el obispo de Oviedo, que vino á girar la visita pastoral á

Laviana y alojó en su casa, le vió tan descompuesto. ¡Cosa más extraña!

Talín comenzó á sospechar que allí existía un gran secreto de familia.

No sabía qué era, pero lo había, ¡vaya si lo había! En su consecuencia

determinó acomodarse mejor al giro de los sucesos, capear el temporal y

ver en qué paraba aquello. Desde entonces no sólo prescindió de todo

gruñido irrespetuoso con Flora, sino que procuró, sin arrastrar su

dignidad por los suelos, con algunos adecuados meneos de rabo, hacer

olvidar su desmán.

El capitán, por su parte, en cuanto vió al perro fuera del alcance del

palo corrió hacia Flora, la llevó al gabinete de su hija María, llamó á

gritos á D.ª Robustiana y mientras ésta llegaba él mismo le lavó la

herida. Se hizo traer hilas, extendió un ungüento que para casos

análogos poseía, lo puso sobre la herida y ciñó la mano con un pañolito

de seda; todo con tanta habilidad y delicado esmero que parecía un

cirujano y una madre cariñosa al mismo tiempo. Después de un rato le

dijo á Regalado, no sin cierta vergüenza que se le traslucía en la voz:

--Hoy tienes que ir á la Pola, ¿verdad?

--Sí señor, á entablar la demanda de reconocimiento del foro de Piñeres.

--Pues si ves á D. Nicolás explícale lo que ha pasado y díle que me

alegraría de que diese esta tarde una vuelta por aquí.

El mayordomo quedó petrificado. ¡Llamar al médico para una sencilla

mordedura de perro! «Esto marcha viento en popa!» le dijo á su mujer.

D.ª Robustiana sonrió con perspicacia.

Desde aquel día, en efecto, cambió mucho ya la actitud de D. Félix con

la zagala. Sin embarazo alguno fueron tantas y tan vehementes las

pruebas de afecto que le prodigó que Flora quedó tan admirada como

conmovida. En casa la hablaba y la mimaba: cuando salía á dar algún

corto paseo por el contorno la invitaba para que le acompañase, aunque

tuviese que abandonar alguna faena doméstica, le mostraba sus haciendas

y comunicaba con ella sus planes de reforma. Nada de esto escapaba al

ojo avizor de los campesinos que al paso de ellos se dirigían miradas y

sonrisas de inteligencia.

D. Félix en aquellos días hizo un viaje á Arbín y celebró largas y

frecuentes conferencias con el párroco de la Pola, persona muy avisada y

de letras. Por último, una mañana, poco antes de comer, dijo á D.ª

Robustiana:

--Pon dos cubiertos hoy en la mesa que espero un convidado.

Hízolo así el ama de gobierno, pero viendo que sonaban las doce mostró

su extrañeza.

--Ya es el mediodía y ese señor no parece.

--Puedes poner la sopa que no tardará en llegar.

Mientras D.ª Robustiana se preparaba á dar cumplimiento á la orden, no

sin salir con frecuencia al balcón y echar ojeadas al camino por ver si

divisaba al huésped, D. Félix llamó aparte á Flora y la condujo por la

mano al gabinete más lejano de la cocina. Cerró sigilosamente la puerta

y plantándose delante de ella y volviendo á tomarle la mano, dijo con

voz alterada:

--Flora, ya sabes quién ha sido tu madre; pero ¿tu padre, sabes quién

es?

La zagala se puso roja como una amapola: tardó algunos momentos en

contestar. Al cabo, bajando los ojos al suelo articuló con voz débil:

--No lo sé... pero lo presumo.

Entonces el capitán abrió los brazos y el padre y la hija quedaron

estrechamente enlazados. Así estuvieron largo rato llorando dulcemente

en silencio. Al cabo don Félix se apartó y secando con su pañuelo las

lágrimas de la joven y besándola repetidas veces en la mejilla, le dijo

al oído:

--Que no turbe, hija mía, la alegría de este momento un pensamiento de

dolor. Ya sé que mantienes amores hace tiempo con un muchacho de

Fresnedo. Pues bien, no temas que al darte mi nombre y mi fortuna

arranque tus ilusiones y contraríe las inclinaciones de tu corazón.

Cásate con quien mejor te plazca; cásate con un aldeano; yo me alegro de

ello... Sí, me alegro--añadió en voz más alta--porque quiero que se oree

esta casa... ¡Basta de tísicos!... Quiero que corra por mi descendencia

sangre nueva y generosa; quiero morir rodeado de niños frescos,

sonrosados.

Flora, embargada por la emoción, se apoderó de una mano de su padre y la

besó.

--¡Basta, basta ya!--exclamó éste.--Ahora vamos á comer.

Se limpiaron de nuevo los ojos y salieron del gabinete. Justamente en

aquel momento llegaba D.ª Robustinana diciendo en alta voz:

--Señor, señor, que la sopa ya está fría.

Al verlos cogidos de la mano y con los ojos enrojecidos quedó

sorprendida.

--Robustiana, aquí tienes á mi hija--manifestó el capitán presentándola.

La mayordoma pasó instantáneamente de la sorpresa á la alegría.

--¡Oh, señor, todos lo sabíamos!... y todos ansiábamos que llegase

pronto este momento.

Luego abrazó y besó á Flora con entusiasmo y la felicitó de todo

corazón.

--Que sea por muchos años. Dios y la Virgen del Carmen le dé, señor,

larga vida para gozar el cariño de una hija tan buena y tan hermosa.

Así pasaron al comedor llevando á Flora en el medio. Una vez allí, se

dibujó en los labios del ama de gobierno una sonrisa maliciosa y

profirió dirigiéndose á Flora:

--Siéntese, señorita; siéntese frente á su padre.

Flora se dejó caer en sus brazos ruborizada.

--¡Oh, por Dios, no me hable usted así!

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]

XIX

Señorita y aldeana.

Nolo había tenido tiempo á meditar su resolución. De día y de noche no

pensaba en otra cosa. Se llegaban las ferias de la Ascensión en Oviedo y

pocos días antes manifestó á su padre el deseo de dar una vuelta por

allá y comprar, si lo hallaba razonable, una yegua para cría. Como el

proyecto era aceptable y Nolo jamás había estado en la capital, tanto

por interés como por dar un respiro á su hijo, el tío Pacho cedió de

buen grado y le facilitó los medios para realizarlo. El mozo de la Braña

encargó en la Pola un traje de pantalón largo hecho de pana gris, mercó

un sombrero de anchas alas y unos borceguíes de piel amarilla. Así

ataviado y con su faja de seda encarnada á la cintura y camisa fina con

botones de plata, más parecía un chalán segoviano que un rústico de las

montañas de Asturias. Y en verdad que no desmerecía su gallarda figura

con el nuevo atavío; antes bien resaltaba. Iba tan suelto y airoso como

si toda la vida lo llevase puesto.

La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas · 第 17 / 21 段