Los anhelos del sobrino de D. Félix caminaban con paso rápido hacia su

realización. El valle de Laviana se trasformaba. Bocas de minas que

fluían la codiciada hulla manchando de negro los prados vecinos;

alambres, terraplenes, vagonetas, lavaderos; el río corriendo agua

sucia; los castañares talados; fraguas que vomitaban mucho humo espeso

esperando que pronto las sustituirían grandes fábricas que vomitarían

humo más espeso todavía. Bien lo decía el joven Antero en una de las

cartas que cada poco tiempo enviaba al _Eco de Asturias_: «El sol de la

industria ilumina ya este valle, antes tan oscuro, y esparce sus rayos

vivificantes sobre estos pobres campesinos subviniendo á sus

necesidades, llevando á su frío hogar el alimento y el bienestar, etc.,

etc.»

La primera parte de esta metáfora no era rigurosamente exacta; porque el

antiguo sol iluminaba bastante bien el valle cuando no lo ocultaban las

nubes, y el nuevo no podía hacerle la competencia en punto á claridad.

Pero la segunda no hay duda que estaba más ajustada á la verdad. Corría

dinero entre el paisanaje. Las cuadrillas de mineros y operarios traídas

de otros puntos alojaban en casa de los labradores de Carrio, Entralgo y

Canzana y dejaban allí parte de su salario. Verdad que los huéspedes no

eran cómodos. Agresivos, pendencieros, alborotadores, tenían siempre con

el alma en un hilo á los vecinos. Además, no cesaban de proferir unas

blasfemias tan horrendas que los cabellos de los inocentes campesinos se

erizaban de terror. Sobre todo las mujeres sentían indignación tan

profunda que sin temor la dejaban estallar en su presencia. Pero esto

les hacía reir y no les corregía.

Poco á poco aquellos mineros enseñaron su oficio á los zagales de Carrio

y Canzana. Muchos padres enviaron sus hijos á la mina. Al principio

ganaban corto jornal: pronto subió éste y en las casas de aquellos

pobres labriegos entró un chorro no despreciable de dinero. Con esto la

alegría de los paisanos fué grande. Sin embargo, no poco se amortiguó al

ver que con el oficio los mineros enseñaron á los zagales sus vicios.

Aquellos mozos antes tan parcos y sumisos se tornaron en pocos meses

díscolos, derrochadores y blasfemos. No solamente cambiaron su

pintoresco traje aldeano por el pantalón largo y la boina, sino que se

proveyeron casi todos de botas de montar, bufanda, reloj y lo que es

peor, de navaja y revólver. Con esta indumentaria se creyeron en el caso

de visitar las tabernas como sus maestros, alborotar en ellas y sacar de

vez en cuando la navaja á relucir. Al poco tiempo hubo en aquel valle

atrasado tantos tiros y puñaladas como en cualquier otro país más

adelantado. El juzgado comenzó á trabajar de lo lindo y los actuarios,

particularmente el troglodita D. Casiano, se quedaban entre las uñas no

sólo con las quincenas de los hijos sino también con las vacas de los

padres.

Sólo un vecino de la parroquia de Entralgo tocó las dulzuras de la

invasión minera sin percibir el amargor, recogió las flores sin

pincharse con las espinas. Tal mortal afortunado fué nuestro amigo

Martinán. Este incansable polemista iba en camino recto de hacerse rico.

El consumo de su taberna había crecido de modo tan prodigioso que ya no

le bastaba el vino y aguardiente que por el puerto de San Isidro le

traían los arrieros de León; él mismo se vió necesitado á hacer algunos

viajes á Palencia y traer algunos carros bien cargados. Con lo cual

ganaba más aún, pues negociaba el género más barato y se ahorraba la

comisión de los arrieros.

Día y noche la taberna de Entralgo resonaba con cánticos desacordados,

disputas y blasfemias y día y noche penetraba en el cajón del mugriento

mostrador una cascada de monedas de cobre y plata. Con esto el buen

humor proverbial del filósofo se había hecho más alegre si cabe. Sus

facultades dialécticas se habían desarrollado de modo tan desmesurado

que nadie osaba hacerle frente á no ser que estuviese borracho perdido.

Por lo cual muchas veces se veía obligado á forjarse un adversario

mentido con quien contendía en voz alta. Era por lo general alguno de

los que se habían quedado dormidos sobre un banco de la taberna. Después

que todos habían salido Martinán ejercitaba sobre él sus férreos

silogismos respondiendo y replicando por los dos: «Tú me dirás: el

hombre que no come no puede vivir.--Yo te responderé: el que come lo que

no le conviene se pone enfermo y pierde en pocos días toda la carne y

toda la sangre que ha ido guardando en medio año.--Tú me dirás entonces:

pero ven acá, Martinán, burro, ¿cómo quieres que sepamos lo que nos

conviene antes que haya hecho operación en el cuerpo?--Yo te responderé:

¡alto, amigo, poco á poco! ¿Por qué no lo sabes? ¿porque no lo has

visto? ¿Y has visto la Extremadura? ¿Y entonces por qué sabes tú que hay

la Extremadura?...»

Después que le dejaba bien convencido le despertaba y le echaba á la

calle para cerrar la tienda.

Igualmente había contribuído á aumentar su jovialidad el próximo

matrimonio de su sobrina Eladia con Quino. El mozo le gustaba; tenía

buena idea formada de su capacidad. Entre todos los paisanos que

frecuentaban la taberna era el único que sabía desprenderse de la

apretura de sus silogismos y se escapaba de vez en cuando sin pagar.

Tales cualidades le habían hecho digno de respeto para nuestro

tabernero. Fijóse la boda para la primavera y Quino en virtud de esto

frecuentaba la casa con toda confianza y aparentaba ser en ella ya un

copartícipe de las ganancias. Por lo menos atendía con más

escrupulosidad si posible fuera que su futuro tío á los vasos y copas

que cada parroquiano consumía y si en cualquier rara ocasión al buen

Martinán se le pasaba sin cobrar alguno, Quino se lo recordaba al oído.

Con esto la estimación que el filósofo le profesaba crecía algunos

palmos. No dudaba que el hijo de la tía Brígida haría enteramente feliz

á su sobrina.

Por ausencia de Martinán estaba una noche Quino ayudando á Eladia en el

despacho. Detrás del mostrador desatando los pellejos de vino y

escanciando y cobrando semejaba ya el asociado afortunado del afortunado

Martinán. La taberna estaba llena de paisanos y mineros. Martinán se

había levantado aquel día muy de madrugada para ir á Cabañaquinta á

comprar una vaca, había vuelto por la tarde bastante fatigado y se había

tendido un poco á descansar en la cama. Pero no tardó mucho en

levantarse. Se presentó desperezándose en la taberna cuando ésta hervía

de parroquianos, los cuales le acogieron con algazara. Casi todos los

hombres cuando duermen la siesta se levantan de mal humor. Con Martinán

no rezaba esta miseria fisiológica: se levantaba más alegre que nunca,

fresco y risueño como una mañana de primavera.

--¡Míralo, míralo qué fresco y qué colorado se levanta ese zorro de la

cama!--exclamó uno.

--Como un clavel de la Italia--manifestó gravemente Martinán, abriendo

una boca de á cuarta para bostezar y haciendo la señal de la cruz sobre

ella.

--¿Y Clavel, cómo está?--preguntó otro aludiendo á su esposa, que como

ya sabemos todos conocían por este nombre qué el propio Martinán le

había puesto.

--¡Esa, como una rosa de Alejandría!

--Que el diablo me lleve si no ha engordado este bribón de pocos meses á

esta parte--dijo el paisano.

--¿Cómo no--apuntó un minero--si todo lo que sudamos pasa al cajón de su

mostrador? ¿No habéis reparado que cuanto más gana este ladrón peor vino

nos da?

--De eso debéis estar agradecidos--respondió el tabernero.--Yo lo hago

por vuestro bien, á ver si se os quita ese maldito vicio de la

borrachera. ¡Pero ni por esas! Aunque os diese petróleo con pimentón

vendríais aquí á dejarme la quincena.

--¡Que el diablo te coma el alma, bandido!--exclamó el minero irascible,

mientras los demás reían.

Otro que estaba ya borracho levantó la tapa del mostrador y se aproximó

al tabernero diciendo con palabra estropajosa:

--Martinán, estás gordo; déjame tomarte en peso.

--¡Vamos, abajo esas patas!--dijo Martinán rechazándole.

El borracho insistió tratando de abrazarle por las piernas para

levantarle.

--¡Quieto, Melchor, ó te voy á dar agua de aceitunas para quitarte la

borrachera!

--Hombre, ¿vas á quitarme en un instante lo que tanto dinero me ha

costado?

Paisanos y mineros celebraron con grandes carcajadas la ocurrencia del

borracho. Éste, animado por los aplausos, se arrojó de golpe á abrazar á

Martinán y lo alzó del suelo y lo sacó por la abertura del mostrador

donde se hallaban los parroquianos. Mas antes que llegasen al centro de

la taberna tropezó y ambos dieron con sus cuerpos en el suelo. Gran risa

y algazara entre los tertulios.

--¡Eso! ¡eso! Retoza, grandísimo holgazán, comedor. Toda la tarde

roncando y ahora en vez de ordeñar las vacas, de jarana--dijo una

vocecita aguda.

Quien profería estas ásperas razones era la avinagrada esposa del

tabernero, una mujerzuela bajita, menuda, rugosa, de frente ceñuda y

ojos pequeños y fieros.

Martinán se levantó del suelo riendo.

--Bendito sea tu pico, palomita--exclamó dirigiéndose á su mujer.--Nada

dices, mi alma, que no esté puesto en razón. Ahora mismito voy á

ordeñar. Eladia, enciende el farol.

--Vamos, déjate de palabras necias y arrea.

--¡Que viva, eh!--decía Martinán guiñando el ojo á los tertulios.--¡Vaya

una mujercita despachada! Os digo en conciencia que es una bendición de

Dios tener una mujer que todo lo vea en la casa, que todo lo arregle y

que de vez en cuando le arree á uno cuando se haga tumbón. Ven acá,

Clavel, no te marches sin darme un abrazo, que lo necesito como los

chotos la teta.

Clavel le arrojó una mirada despreciativa y se dispuso á salir, pero su

marido la atajó antes de que pudiese penetrar en lo interior.

--¡Que no! ¡que no te vas sin darme un abrazo! ¿No quieres?... Pues te

lo daré yo á ti...

Y diciendo y haciendo la estrechó tiernamente entre sus brazos y la

aplicó un par de sonoros besos en las mejillas. Enfurecida la mujeruca

se desasió violentamente cubriéndole de dicterios y se metió en el

interior de la casa. Martinán, sin preocuparse de su cólera, sonreía

beatíficamente y le enviaba besos con la punta de los dedos. Los

parroquianos aplaudían riendo.

--¿Quién habrá más feliz que yo, decídmelo?--exclamaba restregándose las

manos de placer.--En jamás de la vida me ha dado el más pequeño

disgusto esta mujercita que Dios bendiga. ¡Qué hacendosa! ¡qué

ahorradora! ¡qué limpia!... ¡Los chorros del oro, muchachos!... Que

tiene el genio vivo... que es un poco gruñona, ¿y qué?... Eso consiste,

amigos, en que el alma no le cabe dentro del cuerpo. Los bueyes tardos

necesitan quien les aguije. Seguro estoy que en esta parroquia no hay

uno que no me envidie á Clavel...

Iba á proseguir en su monólogo venturoso, pero en aquel instante

entraron en la taberna Joyana y Plutón y sin dar siquiera las buenas

noches pidieron dos cuartillos de aguardiente. Martinán se apresuró á

servir por sí mismo á los mejores parroquianos que tenía. Como eran sin

disputa los mineros más hábiles que hasta entonces trabajaban en el coto

de Carrio, ganaban mucho más que los otros, y como no tenían familia,

más de la mitad de su quincena entraba en el cajón de Martinán.

Sin embargo, la entrada de los dos mineros produjo, como siempre,

malestar en la taberna. Se les temía y se les odiaba generalmente. Hasta

sus mismos compañeros de trabajo les hablaban con cierto cuidado. Todo

el mundo sabía que ambos habían estado en presidio, que eran insolentes,

agresivos y que tanto les importaba sacar las tripas á un hombre como

matar una gallina.

Sólo Martinán les hablaba con libertad filosófica.

--¿Á que no sabes, Plutón--dijo poniéndole familiarmente una mano sobre

el hombro,--por qué bebes tanto aguardiente?

El minero, que se había sentado y acababa de vaciar una copa, miró á su

compañero Joyana y ambos soltaron una grosera carcajada.

--Pues por hacerte un favor.

Los tertulios rieron también. Martinán no se desconcertó y con mayor

jovialidad repuso:

--Gracias, Plutón; no esperaba menos de tus buenos sentimientos.

--Y de paso porque me gusta.

--¡Hombre, tienes talento!... Pero no hagas tantos esfuerzos de

inteligencia, porque te van á saltar los sesos.

El feroz minero dejó de reir y le lanzó una mirada torva. Los

parroquianos rieron discretamente y admiraron el valor de Martinán. Éste

prosiguió cada vez más alegre:

--Lo bebes porque te gusta, ¿verdad?... Y ¿por qué te gusta?... Porque

lo necesitas... Y ¿por qué lo necesitas?... Porque consumes en la mina

el calor que todos los animales tienen dentro de su cuerpo.

--Vaya, vaya, ojo con lo que hablas, porque si te descuidas te va á

quedar la lengua fuera de los dientes.

--¡Qué! ¿te ofendes porque te comparo con los animales? Pues, querido,

lo mismo tú que yo todos tenemos algo, mayormente, del animal. ¿Será en

las uñas? No... ¿Será en los dientes? Tampoco...

Entrando en el terreno filosófico, que era su fuerte, Martinán se

hallaba en el colmo de la alegría. Entablóse una acalorada disputa. El

dialéctico tabernero llevó, como es natural, la mejor parte. Al cabo

deshizo, pulverizó á su adversario. Por medio de una habilísima treta

dialéctica le demostró también que si todos los hombres tenían algo

común con los animales, él (Plutón) guardaba más relación con el asno

que otro alguno. Como hubo murmullos de aprobación y risa comprimida, el

minero quedó fuertemente desabrido. Martinán, una vez derrotado su

adversario, ya no se acordó más de él y se mezcló á otro grupo buscando

nuevo contendiente.

--¿Por qué no sangras á ese cerdo?--dijo Joyana al oído á su amigo.

Plutón guardó silencio. Se escanció dos copas de aguardiente y se las

vertió en el estómago una tras otra. Luego se alzó del asiento y se

acercó con indiferencia al grupo en que se hallaba Martinán.

--¡Jesús!--exclamó éste poniéndose pálido.--¡Me han herido!

Se llevó ambas manos á la cintura, vaciló un instante y cayó desplomado.

--¡Tú le has herido, Plutón!--exclamaron varios encarándose con el feroz

minero.

--¡Yo!--profirió éste fingiendo con admirable serenidad la sorpresa.

--¡Sí, tú!--dijeron los paisanos que se hallaban cerca.

--¿Con qué arma?... Aquí tenéis mi navaja--respondió sacándola del

bolsillo y presentándola.

Plutón, como criminal experto, llevaba siempre dos navajas. La que había

herido al tabernero estaba en el suelo ensangrentada.

Mientras unos recriminaban al asesino, otros atendían al herido. Eladia

exhalaba penetrantes lamentos. Su tía acudió corriendo y al enterarse,

en vez de verter lágrimas, comenzó á increpar á su marido:

--¿Lo ves, burro, lo ves? ¿Ves lo que te está pasando por esa afición al

palique, por no hacer caso de mí?... ¡Si hubieras ido á ordeñar las

vacas no te hubiera pasado nada!

Martinán, á quien conducían entre varios al interior de la casa, todavía

tuvo fuerza para sonreir y decir con voz apagada:

--Tienes razón, mujer... Si hubiera estado ordeñando las vacas no me

hubieran ordeñado á mí.

Los demás paisanos en tanto quisieron sujetar á Plutón y llevarlo á la

presencia del juez en la Pola; pero navaja en mano y ayudado de su

compañero Joyana logró tenerlos á raya y evadirse.

Sin embargo, no faltó quien diese parte á la autoridad y á la media

noche se presentó la guardia civil en Canzana y prendió al criminal en

su alojamiento. No estuvo más de dos meses en la cárcel. Los paisanos,

temerosos de la venganza, no dieron declaraciones muy explícitas.

Martinán, cuya herida cicatrizó antes de los treinta días, no por temor,

sino por motivos puramente dialécticos, tampoco quiso declarar contra

su agresor.

--¿Qué gano yo con que él vaya á presidio? ¿Lo sufrido no está sufrido?

¿Podrá alguien quitármelo?... ¡Pues entonces!...

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XVII

Miseria humana.

Por fin silbó, sí, silbó la locomotora (¡Dios la bendiga!) por encima de

Entralgo. Cruzó soberbia abriendo enorme brecha en los castañares que lo

señorean, taladró con furia á Cerezangos, aquel adorado retiro del

capitán, y siguió triunfante, vomitando humo y escorias, hasta Villoria.

Arrastraba una plataforma engalanada donde se acomodaban los conspicuos

de la Pola, el alcalde, el recaudador, el joven Antero, el farmacéutico

Teruel; el médico D. Nicolás, D. Casiano el actuario, dos ingenieros, el

químico belga y el personal administrativo de la empresa. Todos iban en

pie contemplando con satisfacción orgullosa los prados y los árboles,

los campesinos y los ganados que dejaban tras sí. Mas los prados, los

árboles y los seres vivientes que se agitaban en aquel delicioso paisaje

no recibían con igual satisfacción la visita del huésped. Sus

penetrantes silbos estremecían la campiña. Volaban los pájaros, corrían

las reses hasta despeñarse, huían los niños, ladraban los perros en los

caseríos, ¡como si en vez del bienestar y la riqueza les trajese aquel

glorioso artefacto la oscuridad, la maldición y la guerra! Y los

conspicuos, al ver la general desbandada, reían llenos de lástima y

excitaban al maquinista para que hiciese más ruido, gozándose como los

antiguos conquistadores con el espanto que su paso producía.

Sentado allá en el templete griego de su fundo de Arbín, entre Pan y las

Ninfas, D. César de las Matas también oyó el ronquido estridente de la

máquina. Dejó caer el libro que tenía entre las manos y las llevó á la

cara murmurando:--«¡Desgraciado Félix!»--No pensó en sí mismo. Antes que

el fragor de la industria viniese á turbar sus arrobos clásicos en las

alturas de Arbín transcurriría bastante tiempo, y él no contaba vivir

mucho. Pensaba en el dolor de su buen primo cuando al volver hallase

profanado, destruído el agreste retiro donde tanto se placía.

Los conspicuos, al regresar de Villoria, se detuvieron frente á Entralgo

y bajaron al lagar de D. Félix, donde les tenían preparado un banquete.

Se festejaba con él la feliz inauguración del ferrocarril minero. Decir

que al final hubo brindis calurosos, cánticos desafinados, discursos

filosófico-sociales del joven Antero, y que éstos produjeron tal emoción

en algunos comensales que lloraban berreando como niños, casi parece

inútil. Pero no lo es añadir que en algunos el exceso de la emoción fué

tan grande que no pudiendo sobreponerse á ella arrimaron su cabeza

febril á la pared y arrojaron por la boca toda la sidra que habían

bebido, mientras otros caían desplomados debajo de la mesa para no

levantarse hasta el día siguiente. No faltó tampoco quien, como el

farmacéutico Teruel, permaneció algunas horas en pie al lado del tonel,

firme, inconmovible como una estatua de bronce acercando por intervalos

regulares el vaso á sus labios mientras se dibujaba en ellos una sonrisa

de lástima.

--¡Todo, todo lo tiene este hombre! Salud inmejorable, una esposa

modelo, hijos robustos, fama de sabio; hasta una cabeza privilegiada que

no se marea con cien vasos de sidra!--exclamaba el médico D. Nicolás,

cuya envidia disimulada brotaba groseramente en estas ocasiones.

La misma envidia le impulsó á buscar quimera al inofensivo boticario.

Hubo muchos gritos y algunos pescozones. Pero el recaudador, que andaba

ya cerca del período heroico, separó con toda la energía de sus músculos

á los contendientes, aunque al hacerlo el exceso mismo de su energía,

sin duda, le hizo dar con el cuerpo en el suelo. Éste fué el único

incidente desagradable que se registró en aquel gran banquete

conmemorativo.

Sofocados al cabo y con deseo de respirar el aire libre salieron (los

que se hallaban en disposición de salir) al campo de la Bolera. Y allí

prosiguieron los cánticos, los brindis y los discursos filosófico-sociales

de Antero. Mas he aquí que cuando más vivo era su entusiasmo y mayor el

ruido, ven aparecer de lejos la figura estrafalaria del señor de las

Matas de Arbín. Venía D. César montado en un jamelgo escuálido.

Escuálido, sí, porque toda la yerba que segaba el buen hidalgo era poca

para la vaca, y al rocín lo enviaba á la gramática por las callejas y

trochas de los contornos. Vestía el imprescindible frac, el pantalón

abotinado con trabillas, la corbata de suela que mantenía su cabeza

siempre erguida y el sombrero alto de felpa gris. Los alegres comensales

contemplaron á D. César con sorpresa y curiosidad como si no le hubieran

visto en su vida. Sin duda la sidra y el vino les habían borrado el

recuerdo.

--¡Cielos, el dorio!--dijo uno.--¡El ingenioso hidalgo!--manifestó

otro.--¡El enemigo de Pericles!--apuntó un tercero.

Y todos se guiñan el ojo con maliciosa alegría y se prometen un sainete

divertido para fin de la fiesta.

Mientras tanto el señor de las Matas avanzaba al paso lento, majestuoso

de su rocín. Cuando estuvo cerca de la reunión se llevó la mano al

sombrero y les hizo un gentil saludo, mezcla de la exquisita urbanidad

de la corte de Luis XIV con la afable gravedad de los tiempos heroicos

de la Grecia. Aquellos bárbaros no comprendieron su delicadeza y les

produjo risa. D. César hizo un signo imperativo á Regalado para que se

acercase.

--¿Qué noticias hay de los señores?--le preguntó.

Regalado, que estaba alegrísimo y tenía en el cuerpo una razonable

cantidad de sidra, quiso poner la cara triste de repente; pero no

resultó más que una mueca odiosa, inadmisible, que no podía convencer á

nadie.

--Muy malas, D. César, muy malas. La señorita se ha puesto tan grave que

mi amo no ha querido que muriese en Málaga y la ha traído á Oviedo. Allí

están desde hace seis días, según creo. Se espera de un momento á otro

una desgracia.

D. César se llevó la mano á la frente con abatimiento y al cabo de unos

instantes de silencio exclamó:

--¡Así es la vida Regalado, así es la vida!--¡Oh raza de mortales!

Miserable generación de un día, hijos del acaso y la fatiga. Razón tenía

el sabio Sileno. «Lo mejor para vosotros en primer lugar es no haber

nacido: en segundo lugar morir pronto.»

Regalado no estaba tan desengañado de la existencia, pero quiso

mostrarse amable y elevó los ojos al cielo en señal de asentimiento. El

hidalgo apretó de nuevo las riendas y trató de dar la vuelta á su casa,

pues no á otra cosa había venido que á saber noticias de su primo y

sobrina. Pero los alegres conspicuos que veían frustrada su esperanza no

lo consintieron. Cinco ó seis manos acudieron solícitas á tener al rocín

por el freno y más de veinte bocas comenzaron á instar á D. César para

que se apease un momento. Hízolo así al cabo por no desmentir su

proverbial cortesanía, pero se mostró grave y reservado. Como esto no

convenía á los amigos, hicieron esfuerzos por tirarle de la lengua. Nada

consiguieron en un principio. Al cabo unos cuantos vasitos de vino

traidoramente administrados lograron su propósito.

D. César comenzó por sonreir con extraña benevolencia. Sus ojos pequeños

se hicieron más pequeños aún y brillaron dulcemente; su nariz aquilina

enrojeció súbito; sus labios finos se plegaron con ironía clásica. Y al

cabo, extendiendo la mano, echando atrás la cabeza y cerrando sus

ojillos, profirió con pausa académica:

La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas · 第 16 / 21 段