No era nuestro capellán hombre osado más que con las bellas. Antes de
llegar al puente tropezó con un grupo de mozos. Bien comprendió en
seguida que era una cuadrilla de mineros, pues los mozos de Laviana no
blasfemaban del modo que aquéllos lo venían haciendo en altas voces. Un
poco se sobrecogió porque aquellos cafres no se distinguían por un
respeto exagerado al clero y la nobleza. Por eso al pasar dijo en alta
voz y muy finamente:
--Buenas noches nos dé Dios.
Algunas risotadas indecentes fueron la única respuesta á tan cortés
saludo. D. Lesmes quedó acortado, pero dijo para su capote: «Menos malo
si paso con esto». Pero no pasó. Antes que se hubiera alejado muchos
pasos una piedra hirió á su potro y lo hizo botar, otra le hirió á él en
la espalda y á entrambos lados cayó una nube de ellas. El capellán,
encomendándose de todo corazón al Santo Cristo de Tanes, hincó las
espuelas al caballo y logró ponerse en poco tiempo fuera de tiro. Los
mineros, riendo de su hazaña, siguieron hasta Entralgo. Al pasar por
detrás de la casa del capitán oyeron el ruido de la _esfoyaza_, y á
Plutón que los capitaneaba no se le ocurrió cosa más divertida que
agarrar una piedra del camino y arrojarla contra la ventana del granero
donde se celebraba.
No fué pequeño el susto que esto produjo en el elemento femenino de la
reunión. Los mozos se pusieron serios y quisieron salir para castigar al
insolente; pero Quino, ilustre siempre por su prudencia, les previno que
tal vez fuese una piedra extraviada y no dirigida á aquel sitio y que
sería mejor aguardar á que secundasen. Todos escuchan con respeto estas
juiciosas palabras y las aprueban. Pero el belicoso Bartolo, sediento
siempre de pelea, no pudo contenerse.
--¡Puño!--exclamó arrebatado de furor.--No sois más que unas ruines
mujeres. ¿Vais á dejar que ese cerdo se vaya riendo de la gracia? No
será ¡mal rayo! mientras Bartolo de Entralgo tenga cinco dedos en cada
mano.
Y alzándose con toda la presteza que le consentía la magnitud de su
trasero, se dirigió á la puerta y la abrió con violencia. Mas apenas
había sacado la cabeza fuera recibió, sin saber de dónde le viniera, el
más soberano, el más concienzudo bofetón que pudo verse desde que el
ser humano dejó de servirse de las uñas como los animales y supo dar
bofetadas. La incógnita mano, al tropezar con el moflete de nuestro
famoso guerrero, produjo un estallido pavoroso. Los mozos y mozas de la
esfoyaza dieron un salto de sorpresa. Bartolo quedó unos instantes sin
saber si estaba en este mundo ó en el otro, pero volviendo en su acuerdo
supo con admirable serenidad mantener su dignidad y el prestigio de su
glorioso nombre.
--¡Anda, cochino!--exclamó apresurándose á cerrar la puerta.--¡Corre,
corre, que ya llevas bastante por hoy!
Y marchando á colocarse de nuevo á su sitio añadió resoplando como un
buey:
--Era un mozaco de Rivota. ¡Puño, qué bofetón le di! ¡Pensé que me
quedaba la mano allá!
Todos le miran con sorpresa y admiran su valor intrépido y la fuerza
incontrastable de sus manos. Pero Quino, en quien por desgracia el
escepticismo había hecho presa hacía ya largo tiempo, le clavó una
mirada escrutadora y dijo con sorna:
--¿Sabes, Bartolo, que esa bofetada que soltaste me parece que dió la
vuelta antes de llegar á su sitio?
--¿Por qué lo dices, puño?--preguntó encrespándose el hijo glorioso de
la tía Jeroma.
--Porque tienes la cara como si antes de llegar hubiese rebotado.
--¿No sabes, burro, que mi madre acaba de pegarme en ella?--exclamó cada
vez más fosco su primo.
Quino no pudo menos de rendirse á la evidencia.
Mas he aquí que al odioso Regalado se le ocurre efectuar una nueva
investigación en el rostro del héroe. Como resultado de ella manifiesta
con sonrisa diabólica.
--Está bien eso, Bartolo, pero tu madre te pegó en el carrillo derecho y
el que tienes hinchado es el izquierdo.
--¡Verdad! ¡verdad!--exclamó la reunión en masa. Y se armó una de
carcajadas tan estruendosas, que era imposible oir la voz estentórea del
guerrero de Entralgo que protestaba rebosando indignación de aquel
gratuito supuesto.
Pero en aquel momento en que la alegría brotaba de todos los pechos y
fluía de todas las bocas en francas, interminables carcajadas, un
estampido horrible la cortó repentinamente.
Plutón, por divertirse, había colocado un cartucho de pólvora de los que
sirven en las minas para los barrenos sobre el alféizar de la ventana y
le había dado fuego.
La ventana saltó hecha pedazos. Los cuatro mecheros del velón se
apagaron. Un grito de espanto salió de aquel antes apacible recinto. Á
las carcajadas sucedieron las voces de terror y los lamentos, que hacía
más tristes aún la oscuridad en que quedaron sumidos.
Por fin Regalado encendió un fósforo. Nadie había salido herido. Los
mozos, repuestos del susto, se arrojaron á la calle resueltos á castigar
el atentado.
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XV
Carta de Demetria.
Llegó el invierno. La Peña-Mayor al norte la Peña-Mea al sur envolvieron
su cabeza en toca de nubes para no dejarla ver si no tal cual día
señalado. Y comenzó la lluvia suave, pertinaz y fertilizante que debía
trasformar el valle en ameno vergel allá en la primavera. Ni una teja,
ni una rama de árbol, ni una brizna de yerba sin su gotita de agua. El
ganado rumiaba la yerba seca en el fondo de los establos; los paisanos
mascaban las castañas al amor de la lumbre y sólo salían cuando
escampaba para abrir y limpiar las pequeñas acequias de los prados, ó
revisar las paredillas y setos que las cierran. También solían ir al
monte á cortar leña ó en busca de helecho y árgoma para hacer cama á las
reses. Pero muchos días sólo ponían el pie fuera para llevar el ganado á
beber; lo ordeñaban y de nuevo al pie del lar, donde se entretenían unas
veces en tallar mangos para los aperos de labranza ó los enseres del
carro, otras en fabricar quesos ó bien en tejer y remendar las atarrayas
para pescar las truchas. Y mientras ejecutaban estas menudas labores
departían ó narraban cuentos para que se estuviesen quietos los
pequeños.
El tío Goro de Canzana, cuando no trabajaba, aprovechaba el tiempo para
aumentar el caudal ya prodigioso de sus conocimientos leyendo por
cuantos papeles impresos llegaban á sus manos. Quien le viese sentado en
su escaño de madera ennegrecido por el tiempo y el humo, con un libro
entre las piernas y el candil pendiente sobre su cabeza, no podría menos
de sentirse sobrecogido de respeto. Acaso algún filósofo antiguo ó
moderno le haya sobrepujado por la viveza del ingenio, por la visión
rápida y clara de los grandes problemas de la ciencia, pero ninguno tuvo
jamás un rostro más grave, más absorto, más genuinamente científico que
el tío Goro cuando de las ocupaciones manuales pasaba á las
intelectuales. Ningún sabio tampoco logró la dicha de poseer una
compañera que con más diligencia supiese aplicar adecuados coscorrones á
la familia para que no turbasen sus meditaciones.
Mas, aparte de esta preciosa cualidad, hay que confesar que la esposa
del tío Goro no se mostraba digna de él en la mayoría de las ocasiones.
Especialmente en todo lo que tocaba á la expansión de los sentimientos
mostraba una libertad censurable, una falta de moderación por completo
antifilosófica, que contrastaba con la actitud siempre admirable de su
marido. Así, por ejemplo, mientras ella no cesaba de verter lágrimas y
lamentarse y hasta llegar á veces á la desesperación por la ausencia de
su hija adoptiva, el tío Goro mostraba un semblante profundo y tranquilo
y reprimía con dulzura y severidad á la par los ímpetus de su esposa.
--¡Pero mujer, repara que Demetria se está _destruyendo_!
--¡Ya lo veo, Goro, ya lo veo! pero yo no puedo vivir sin ella, ¡no
puedo!... Aquí se podría _destruir_ también...
--Loca estás á lo que entiendo, Felicia. ¿Quieres comparar á los
maestros de esta aldea con los de Oviedo? Es lo mismo, pongo por caso,
que si comparases un carnero con un buey.
--Pues el señor maestro de Entralgo enseña muy bien: todo el mundo lo
dice.
--El señor maestro de Entralgo tiene gran cabeza y ha aprendido mucho
por los libros, pero es un carnero, Felicia, no lo dudes, es un carnero
al par de los maestros de Gijón ó de Oviedo.
La tía Felicia rendía al cabo su juicio débil ante el poderoso de aquel
hombre superior, pero no lograba consuelo sino con las cartas que de vez
en cuando recibía de su hija. No eran muy frecuentes. Al parecer D.ª
Beatriz, su madre verdadera, no lo consentía y hasta procuraba con todas
sus fuerzas que Demetria olvidase á la aldea de Canzana y á sus
habitantes. Pero no conseguía su propósito. La hermosa zagala, sin
comprender lo que debía al rango de aquella familia esclarecida con que
el cielo inesperadamente la había dotado, se aferraba en acordarse de
los rudos labradores que la habían criado y en amarlos. Es más, en vez
de sentirse lisonjeada con su nueva posición, semejaba despreciarla. No
solamente no admiraba los modales distinguidos de las señoritas de
Moscoso ni la severa etiqueta que se usaba en aquella noble mansión,
sino que la infringía á cada instante con inocente osadía. Le habían
puesto maestros y maestras; gramática, historia, francés, música,
labores, todo esto querían las nobles señoras que aprendiese en poco
tiempo. Además, el profesor de música y baile lo era al propio tiempo de
urbanidad: le enseñaba á saludar y hacer reverencias, á sonreir con
gracia y á comer con cuchillo. Pero Demetria no quería reconocer la
trascendencia de aquellas sonrisas y reverencias. Sus modales, siempre
rústicos, confundían é indignaban á su mamá y á su tía. En particular
esta última se mostraba altamente desabrida con su sobrina y declaraba
con dolorosa emoción á sus conocidos (en voz baja para no causar más
pena á su hermana) que aquella muchacha nunca dejaría de ser una zafia
aldeana aunque la colocasen entre las mismas azafatas de la reina.
Este pronóstico reservado alarmaba mucho á las visitas de la gran casa
de Moscoso, pero casi nada á la nueva huéspeda y heredera. Su
inclinación campestre se delataba á cada instante. Si la llevaban de
paseo por los alrededores de la ciudad, deteníase á contemplar con
éxtasis las tierras plantadas de maíz y daba su opinión en voz alta
sobre el resultado de la cosecha; lanzaba gritos de admiración delante
de algún prado feraz; saltábansele las lágrimas si oía el tañido lejano
de la gaita. Y cuando por las carreteras tropezaban con alguna vacada,
mientras su madre y su tía corrían asustadas á refugiarse detrás de
cualquier seto, ella marchaba resueltamente hacia aquellos animales, los
tomaba por los cuernos, les acariciaba la cabeza y hasta ¡oh colmo de
indecencia! llegaba, á palparles la ubre. Más aún. Al menor descuido,
Demetria se escapaba á la cocina y departía familiarmente con las
criadas y aun retozaba con ellas. La misma D.ª Beatriz, por sus propios
ojos, la vió pellizcar á la cocinera y recibir de ésta en cambio algunos
azotes y liarse y triscar como becerras, todo entre groseras carcajadas
y gritos reprimidos. Por cierto que la noble señora estuvo á punto de
caer desfallecida á influjo de impresión tan penosa. Á duras penas pudo
llegar hasta su habitación y meterse en el lecho.
Como consecuencia de este suceso trágico quedó decidido que Demetria
pasase á un colegio y allí permaneciese algún tiempo, «á ver si lograban
desasnarla». Con esto, las cartas que de vez en cuando escribía á
Canzana eran cada vez más tristes. Y ¡caso extraño! cuanto más tristes
eran, más alegraban á la tía Felicia. Allá en el fondo de su corazón la
buena mujer se decía: «¡no me olvida!» No, no la olvidaba, ni tampoco á
Nolo para quien daba siempre cariñosos recuerdos en sus cartas. El mozo
de la Braña sentía, cada vez que la tía Felicia ó el tío Goro se los
transmitían, un íntimo gozo mezclado de tristeza. Á pesar de aquellos
recuerdos comprendía que Demetria se alejaba de él cada vez más. Por eso
se esforzaba en borrarla de su memoria, aunque sin conseguirlo. Tan poco
lo conseguía, que en cuanto le era posible hallar un mínimo pretexto se
escapaba á Canzana para visitar á los padres de su novia y hablar de
ella. Éstos, que siempre le habían querido bien, ahora le agasajaban con
más entrañable amor si cabe, le retenían en su compañia cuanto podían,
le regalaban y mimaban como un hijo. Así que el tío Goro tenía algún
trabajo extraordinario que ejecutar en su hacienda, nunca dejaba de
llamar á Nolo para que le ayudase.
En el mes de Febrero se le resquebrajó el horno al honrado labrador de
Canzana, por efecto de las fuertes heladas que cayeron. Ya estaba viejo
también: era pequeño: pensó en hacer otro mayor. Llamó para ello á un
cantero de oficio y á Nolo también para que le ayudase á arrancar la
piedra, trasportarla, batir la cal, etc. Tres días hacía que el zagal de
la Braña estaba en Canzana, cuando un vecino que había ido á la Pola á
pagar la contribución entregó al tío Goro una carta que había para él en
la estafeta. Era de Demetria. El tío Goro la tomó gravemente y se la
metió en el bolsillo. Juzgando que todo lo que guardaba relación con las
letras, fuesen impresas ó manuscritas, merecía que se tratase con el
debido respeto consagrándole tiempo y espacio suficientes, nunca leía
las cartas cuando se las entregaban. Aguardaba la noche y después de
cenar y rezar el rosario y meter en la cama á los pequeños, se
desplegaba solemnemente el documento y se leía en alta voz con igual
calma y aparato que si fuese un rescripto imperial. Tratándose de las de
Demetria, la tía Felicia protestaba, aunque tímidamente, del
aplazamiento, pero no le valía de nada. Su marido, con la
inflexibilidad propia del hombre de ciencia, rechazaba toda ingerencia
profana en los asuntos que atañían á la manifestación gráfica del
pensamiento. Nolo también hubiera deseado ardientemente que se leyese en
seguida, pero no se atrevió siquiera á proponerlo.
Llegó por fin la noche de aquel día que á la tía Felicia y á Nolo les
pareció el más largo del año. Reunióse en la cocina la familia con los
jornaleros y Felicia se dispuso á darles de cenar. El tío Goro y Nolo se
sentaban en el escaño que tocaba con el lar. Debajo de ellos y entre sus
piernas los dos pequeños. Enfrente y en sendas tajuelas el cantero y el
zagal del ganado. En cuanto á Felicia, andaba de un lado á otro sin
sentarse jamás, ni aun después de hacer plato á todos. Era su costumbre
comer en pie para mejor atender á las necesidades de los otros.
Al dar comienzo á la cena llamaron á la puerta. Era Celso, el impetuoso
guerrero de Canzana. Se le acogió con agrado. Todos amaban á aquel joven
valiente y leal y le perdonaban de buen grado el corto apego que tenía á
su tierra. La tía Felicia en cuanto le saludó subió á la sala y no tardó
en bajar con una guitarra entre las manos que le entregó en silencio.
Era una guitarra portuguesa con gran lazo colorado que Celso había
traído del servicio. La guardaba en casa del tío Goro porque su abuela,
la tía Basilisa, tenía amenazado rompérsela en las costillas si alguna
vez le encontraba tocándola. El pobre mozo, obligado á ocultar sus
aficiones flamencas, sólo les daba suelta por las noches cuando su
abuela y su madre se iban de _fila_ á casa de algún vecino. Entonces,
aprovechando su ausencia, iba en busca del adorado instrumento y á solas
y á oscuras en la cocina de su casa se daba un hartazgo de malagueñas,
peteneras y soleares, mientras su buen padre, otro aherrojado como él,
roncaba como un bendito allá arriba.
Como estaba allí su grande amigo Nolo, se quedó un rato de tertulia
mientras cenaban. Al hacer plato la tía Felicia, Celso no pudo reprimir
una sonrisa irónica acompañada de un resoplido despreciativo. Y mirando
con estupefacción aquel manjar despreciable murmuró por lo bajo:
--¡Mal rayo! ¡Nabos y berzas!
Lo mismo que si no los hubiera visto en su vida, aunque su abuela se los
hacía tragar la mayor parte de los días. Pero cada vez era más grande su
aborrecimiento y desprecio por el sistema alimenticio del país que le
vió nacer.
Después del potaje vinieron los puches de harina de maíz.
Celso volvió á sonreir y á resoplar.
--¡Rediós, farrapas!
Y escupiendo por el colmillo al uso gitano les propuso que ya que tenían
la desgracia de alimentarse con «tal basura» le echasen siquiera un
poquito de azúcar y de canela. Todos soltaron la carcajada como si
hubieran oído un gran disparate. ¡Lo que es la ignorancia! Entonces
desplegó ante su vista el cuadro mágico de la comida andaluza, el
gazpacho caliente, el gazpacho frío, la sopa del cuarto de hora, el
pescado frito, las bocas de la Isla, etc., etc. Y la lengua se le pegaba
al paladar y los ojos se le humedecían al recuerdo de aquel régimen
nutritivo digno de eterna veneración. Las dulces memorias de la Bética
vivían siempre en su corazón y sólo morirían cuando éste cesase de
latir. Un día en un rapto de expansión le dijo á su abuela: «Abuela,
¿conoce usted el país donde florecen los limoneros, lo conoce usted?
¡Ay, allí quisiera que usted me llevase!» Por cierto que la tía Basilisa
en vez de compadecer á aquel Mignon de montera y calzón corto le
respondió alzando el garabato sobre su cabeza y diciéndole que donde le
iba á llevar era á la cuadra «por burro y por holgazán».
Cuando hubieron terminado la cena se despidió. Rezaron después el
rosario y concluído Felicia subió á acostar á los pequeños. Cuando
volvió tomó la rueca y se puso á hilar. El cantero y el zagal se fueron
á la cama. Entonces el tío Goro, después de colocar su pipa
delicadamente sobre el escaño, desplegó con más delicadeza aún el
precioso documento que guardaba en el bolsillo y lo acercó bien al
candil:
«Mis queridísimos padres...
--Ven acá, Nolo; arrepara qué modo de plumear tiene mi cordera... ¿Qué
te parece esta M? ¡Vaya una letra maja! ¿Y estas otras menudicas que le
siguen van bien ó no van bien? Te digo, rapaz, que ni el señor cura ni
el señor maestro las dibujarían mejor.
Nolo ardía de impaciencia, y aunque admiraba de buena voluntad los
progresos caligráficos de su novia, hubiera deseado que el tío Goro no
se extasiase tanto con ellos. Al cabo siguió repitiendo el comienzo:
«Mis queridísimos padres: Me alegraré que al recibo de esta carta se
encuentren ustedes buenos y Pepín y Manolín también y el ganado
igualmente. Yo tengo salud gracias á Dios, aunque no tanta como en ésa.
Muchos días no tengo ganas de comer y dicen que me he quedado más
delgada. Las _señoras_ se alegran de ello porque dicen que así estoy
menos ordinaria, pero ustedes no se alegrarían porque siempre deseaban
verme gorda...»
--¡Ya lo creo que no nos alegraríamos!--exclamó la tía Felicia sofocada
por los sollozos, dejando caer el huso y llevándose las manos á la
cara.--¡Ay mi clavelina encarnada, quién te volviera á ver por aquí,
como eras, hermosa como la flor de Mayo, con tus sartas de corales y tu
melena dorada! ¡Ay mi cerecina cuca, qué penas me estás dando!
El tío Goro suspendió la lectura y miró á su mujer con ojos severos,
donde se traslucía la emoción con trabajo reprimida. Nolo se había
puesto pálido y miraba al suelo fijamente.
--Bueno... basta, mujer...
Al cabo siguió la lectura.
«...porque siempre deseaban verme gorda. Pues sabrá, madre, cómo las
_señoras_ me han traído á un colegio, porque dicen que en casa aprendo
poco. Yo bien lo entiendo que aprendo poco, aunque no es por falta de
voluntad, pero no me entran en la cabeza tantas cosas como me enseñan.
Sin duda la tengo muy dura. Cada día que pasa me acuerdo más de Canzana.
¡Qué vida tan descansada llevaba ahí, madre! ¡Cómo me gustaba amasar con
usted el pan ó la borona! ¡Cómo me gustaba ir al río á lavar la ropa y
sallar con mis amigas el maíz y por la noche hilar al par del fuego!
Pero de estas cosas no se puede hablar aquí. Las señoras se enfadan si
hablo de Canzana y no quieren que me acuerde de ustedes ni que la llame
á usted madre. Pero esto no puede ser. Usted siempre será mi madre y mi
padre será mi padre y Pepín y Manolín serán mis hermanos, y me estoy
acordando de ustedes todo el día y á veces también toda la noche, porque
no duermo tan bien como dormía ahí. También me acuerdo mucho de las
visitas que nos hacía Nolo los sábados por la noche. Si viene por
Canzana...»
--Arrepara, Nolo, arrepara esta C. Parece talmente dibujada por un
escribano. ¡Qué rasgos, eh! ¡qué plumeo!
El pobre Nolo no tuvo más remedio que admirar aquella artística letra en
el momento crítico en que deseaba comerse las que seguían.
«...Si viene por Canzana díganle que no lo olvido ni lo olvidaré
mientras viva... Pues, madre, sabrá cómo estas maestras son buenas para
mí y la directora también, pero las niñas me provocan mucho. Todas son
más pequeñas que yo y á pesar de eso todas se burlan de mí. Me llaman
aldeana, me pintan en los cuadernos de escritura con saya corta y con
dengue y me ponen una azada en la mano. Si se me escapa una palabra al
uso de esa tierra, al instante sueltan la carcajada y la repiten todas á
un tiempo y en muchos días no me llaman por otro nombre. Sobre todo se
burlan de mis manos porque son grandes y duras, y cuando me las tocan se
ponen á gritar como si se pincharan. No sabe, madre, la broma que gastan
estas niñas con mis pobres manos. Yo lloro mucho, pero es cuando estoy
en mi cuarto, porque si lo hago delante de ellas se ríen más y se
alegran. Pero lo que más siento todavía no es esto, sino que la
directora me tiene prohibido escribir á ustedes. Esta carta la empecé ya
más de una docena de veces y la escribo á escondidas. Luego la mandaré
al correo por una criada que es de Langreo y se ha hecho muy amiga mía.
Cuando me contesten manden la carta á la posada de Felisa, en la Puerta
Nueva, que allí la recogerá la muchacha. Adiós, queridos padres. Muchos
besos, muchos, muchos.
DEMETRIA.»
Un silencio profundo interrumpido solamente por los sollozos de la tía
Felicia siguió á la lectura de esta carta. El tío Goro y Nolo quedaron
largo rato inmóviles con la cabeza baja y mirando al suelo. Al cabo el
mozo de la Braña alzó la suya. Por sus mejillas se deslizaba una
lágrima, pero en sus ojos altivos se leía una firme resolución cuyo
fruto pronto hemos de ver.
Se despidieron tristemente para ir á la cama. Mas antes de llegar á ella
oyeron gran tumulto en la casa vecina, que era la de la tía Basilisa,
gritos, lamentos, imprecaciones. Asustados todos salieron á la calle y
se precipitaron á ver lo que tanto ruido significaba. La puerta de la
tía Basilisa estaba abierta y por ella vieron á la terrible vieja
tratando de desasirse de su hija y de su yerno para arrojarse sobre el
desgraciado Celso que tenía la guitarra metida en la cabeza hasta el
cuello y forcejaba por arrancársela. Su feroz abuela, viniendo de la
_fila_ más presto de lo que él pensaba, le había sorprendido en plena
zambra andaluza entonando con voz quejumbrosa una seguidilla gitana:
«Cuando yo me muera
mira que te encargo
que con la trenza de tu pelo negro
me ates las manos.»
Y sin conmoverse por lo dulce del canto ni respetar el encargo fatídico
que su nieto dirigía al través de los montes á una lavandera sevillana,
cayó sobre él como una pantera, le arrancó la guitarra de las manos y se
la rompió en la cabeza. No satisfecha con esto, todavía aspiraba á
desembarazarse de las manos que la sujetaban, sin duda para
despedazarlo. No pudiendo llevar á cabo tan inhumano proyecto, dejaba
caer sobre la cabeza, con guitarra y todo, del sin ventura Celso las más
tremendas maldiciones de su repertorio, que era muy variado.
Con pena lograron Goro, Felicia y Nolo apaciguarla un poco. Sacaron á
Celso de su cepo, le curaron con sal y vinagre algunos arañazos y cuando
le hubieron enviado á la cama y vieron sosegada á la abuela se volvieron
á casa.
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XVI
Martinán el filósofo.