Demetria también se volvió.
--Toma esos claveles--añadió quitándose la montera y arrancando de ella
los que llevaba prendidos.--Si pasas por la iglesia de Entralgo déjalos
á la Virgen del Carmen. Es nuestra madre y ella nos juntará otra vez.
Tomólos la zagala sin decir una palabra. Ambos se alejaron con paso
rápido. Ella lloraba. Él con los ojos secos y la mirada altiva marchaba
erguido y arrogante, aunque llevase la muerte en el alma.
En vez de seguir el mismo camino y pasar á Entralgo por el puente del
campo de la Bolera, Demetria bajó al río, lo atravesó por unas grandes
piedras pasaderas que debajo de Cerezangos hay y siguió la margen
derecha hasta dar pronto en la iglesia de Entralgo. Empujó con mano
trémula la puerta y entró. Se hallaba el templo solitario en aquella
hora. La zagala se postró ante la sagrada imagen de la Virgen, y
sollozando, con palabras fervorosas pidió protección para ella y para
Nolo: besó repetidas veces el ramo de claveles que éste le había dado y
lo dejó á los pies de la Madre de los desconsolados.
Al salir tropezó cerca del pórtico con la tía Brígida y la tía Jeroma,
aquellas venerables hermanas que tuvieron la dicha de dar al mundo al
prudente Quino y al pernicioso Bartolo, de fama inmortal. La habían
visto desde un prado próximo entrar en la iglesia y picada su curiosidad
bajaron rápidamente á esperarla. Ambas quedaron fuertemente sorprendidas
al hallarla con los ojos enrojecidos por el llanto.
--¡Quién diría, hermosa, al verte con los ojos llorosos, que ha caído
sobre ti la bendición de Dios!--exclamó la tía Brígida poniéndole cara
halagüeña.--Todos los vecinos estamos alegres más que las pascuas, al
ver cómo la fortuna te ha entrado por las puertas. Porque no hay ninguno
que no te haya estimado por la rapaza más guapa, más limpia, más honrada
de nuestra parroquia. Tú sola eres la triste, Demetria. ¿Cómo es eso?
--¡Bah! lágrimas de un día--exclamó la tía Jeroma.--Bien se acordará de
llorar cuando mañana se vea en Oviedo sentada en un sillón que se hunde,
tomando chocolate con bizcochos y con una criada detrás para que le
espante las moscas.
Demetria permaneció grave y silenciosa. Las comadres trataron de tirarle
de la lengua, pero fué inútil. Sus esfuerzos se estrellaron contra la
actitud fría y reservada que siempre había caracterizado á la hija del
tío Goro de Canzana.
Despidióse presto y se encaminó velozmente á Lorío. Flora lloró
primero, rió después, volvió á llorar y trató de consolarla. ¡Cuánto
habló aquella vivaracha criatura en poco tiempo! Pues aún no
pareciéndole bastante resolvió acompañar á su amiga hasta Entralgo,
dormir allí y despedirla al día siguiente. Y así se efectuó y no hay
para qué decir que durante el camino no cerró la boca. Demetria la
escuchaba embelesada y de vez en cuando aplicaba un sonoro beso en sus
mejillas de rosa.
No fué mucho tampoco lo que pudo dormir la zagala aquella noche. Aguardó
sin embargo á que su padre la llamase y se vistió como si fuesen á
conducirla al suplicio. Cuando se asomó al corredor vió delante de la
casa á todas sus compañeras, quince ó veinte zagalas de Canzana que
habían resuelto bajar á despedirla. Un torrente de lágrimas se escapó de
sus ojos. Su padre, el irreprochable Goro, la tomó de la mano y le dijo:
--Paréceme, Demetria, que llegó la hora de decirte algunas palabras
instruídas; porque la sabiduría, no lo olvides, hija, es la mejor
cosecha que un hombre puede recoger. Vale más que el maíz y que el trigo
y si es caso vale más que el mismo ganado. Ahora que vas á Oviedo y
tratarás con señorones de levita, instrúyete, hija, aprende lo que
puedas, lee por todos los papeles que se te ofrezcan y si se tercia
agarra también la pluma. Pero luego que estés bien aprendida no
desprecies á los pobres ignorantes, porque buena desgracia tienen ellos.
Además el orgullo no sienta bien á ningún cristiano. Yo que comí más de
una vez á la mesa con los clérigos te lo puedo certificar. Y el Espíritu
Santo ha dicho: «Si te ensalzas te humillaré, y si te humillas te
ensalzaré».
Así habló el hombre más profundo que guardaba entonces el valle de
Laviana y quizá las riberas todas del Nalón caudaloso.
--¡Padre, padre! ¿por qué me dice usted eso?--exclamó Demetria
angustiada.
Sin embargo, pronto se llega la hora de partir. La desdichada Felicia
no tiene fuerzas para acompañar á su hija y queda en casa exhalando
gemidos. Un grupo numeroso de zagalas y en medio de él Demetria
desciende por la calzada de Entralgo. Detrás marchan también algunos
hombres que rodean al tío Goro.
En Entralgo los esperaba ya Regalado con los caballos enjaezados.
Demetria abraza á todas sus amigas y sube al que tiene las jamugas. El
mayordomo monta en el suyo brioso.
--¡Adiós, adiós!
El tío Goro, pálido como la cera, se acerca todavía á su hija, le
estrecha las manos, se las besa y le vierte al oído estas memorables
palabras:
--Aprende, hija, aprende á leer por los papeles, que la persona que no
sabe semeja (aunque sea mala comparanza) á un buey.
Luego se retira demudado como si fuera á caer.
¡Adiós, adiós!
[imagen decorativa]
[imagen decorativa]
XIV
Trabajos y días.
Llegó el otoño. Las vegas comenzaron á ponerse amarillas; el ganado bajó
del monte; los paisanos se aprestaron á cortar el maíz. Así que lo
cortaron, después de tenerlo algunos días en la vega en pequeñas
pirámides que llaman _cucas_, lo acarrearon á las casas. Reinaba en la
aldea gran animación. Chillaban los carros por los caminos; derramábase
la gente por las eras; cantaban los mozos en los castañares sacudiendo
con sus varas largas el erizado fruto; ahumaban los hogares. Una brisa
fresca perfumada de trébol y madreselva corría por el campo. Unos iban
al río y con los calzones remangados entraban en él y pescaban con
atarraya ó con caña las sabrosas truchas salmonadas, las anguilas y
lampreas; otros sacudían los castaños y amontonaban los erizos en un
cerco hecho de piedra para que allí se pudran y dejen suelto el fruto;
otros aguijaban los bueyes delante del carro; otros fabricaban madreñas
debajo de un hórreo. Las mujeres los ayudaban, y unas veces en las eras,
otras en casa amasando y cociendo la borona, otras por fin en el río
lavando su ropa manchada por el polvo y el sudor, riendo y cantando
siempre, esparcían por el valle la alegría. Cuando la noche se llega,
los rapaces que apacentan el ganado por las colinas bajan al pueblo
tañendo silbatos hechos de caña de saúco y las montañas repiten
dulcemente sus sones acordados. Las fuentes murmuran, los sapos cantan,
la brisa se calla y un manto negro recamado de estrellas se extiende al
cabo sobre la campiña feliz.
Por la noche solía haber _esfoyaza_, la faena de descubrir las mazorcas
y atarlas en ristras. Cada día acudían los vecinos á casa de uno de
ellos para ayudarle; generalmente eran los jóvenes. Reunidos en una
estancia mozos y mozas á la luz de un candil pasaban la velada
alegremente bromeando, cantando, requebrándose mientras poco á poco las
doradas espigas salían de su envoltura y se enristraban para adornar
después los corredores y los hórreos.
Pero Entralgo era celebrado en todo el país por sus bellas, frondosas
pomaradas. La fabricación de la sidra era aquí un asunto de capital
interés. Primero se recoge la manzana de los árboles, y en esta tarea no
hay quien aventaje á las zagalas de mi pueblo natal. Nadie desprende con
más cuidado el fruto y lo coloca con delicadeza en su delantal, ni
distingue con más fina perspicacia la _reineta_ del _repínaldo_, el
_balsaín_ de la _balvona_, ni sabe cantar mientras trabaja coplas más
divertidas, ni retoza con tanta gracia, ni ríe de mejor gana, ni muestra
al reir unos labios más rojos, unos dientes más blancos.
Regalado preside á esta faena en la gran pomarada de D. Félix por
ausencia de éste. Sentado bajo el árbol más copudo, rodeado de hermosas
jóvenes y tañendo la flauta con destreza, semeja al dios Pan entre sus
ninfas. Mas á veces deja la flauta abandonada y entonces las ninfas se
ponen en guardia, porque siempre es con algún fin siniestro. Quiere
probar si la carne de alguna de aquellas manzanitas coloradas es tan
dulce y sabrosa como parece, y suele encontrarse con un mojicón de
cuello vuelto ó con algún empellón que le hace dar con sus huesos en el
mullido césped. Porque es hora ya de manifestar, aunque con la debida
reserva, que el mayordomo de D. Félix había perdido bastante de su
prístina fortaleza en el comercio de las bellas, según se aseguraba.
Tenía las piernas temblonas y estaba más averiado que un visir.
¡Ea! ya está formado el montón. Se aguarda unos días á que «siente el
fruto», y mientras tanto, bárrese el lagar, se revisa y arregla la
prensa, la viga, el huso, friéganse los toneles y barricas y se renuevan
los arcos que han perdido. Un grato aroma de manzana madura se esparce
por todo el lugar. Llegado el momento de pisarla, Regalado envía recado
á Nolo de la Braña y Jacinto de Fresnedo, hijos de sus primos Pacho y
Telesforo, avisa á algunos inteligentes labradores de Canzana, entre
ellos al tío Pepón, padre de la hermosa Telva, que ya conocemos, y
ayudado de Quino, Bartolo y otros mozos de Entralgo se comienza
solemnemente la fabricación de la sidra. Los mozos, empuñando sendos
mazos, machacan el fragante fruto en duernos de madera. Después de
machacado se trasporta á la prensa, y cuando hay bastante se oprime.
Mientras dura esta faena no cesan los cánticos y las bromas. El grande,
oscuro lagar dormido, despierta y retumba con risas y gritos. Quien
menos ríe y menos grita es el belicoso Bartolo, porque es el que más
trabaja. Si alguien pusiera en duda esta verdad, oígale á él.
--¡Callad, haraganes, callad! No hacéis migaja de labor. Toda la fuerza
se os marcha por la boca y no valéis la comida que os dan. Los gritos
quedan para las lumbradas y los hígados para el trabajo. ¡Puño! si no
fuese por mí, no concluíais de pisar el fruto en ocho días.
Los mozos, en vez de enojarse, reciben con estampidos de risa los
discursos de Bartolo. Nadie quiere admirar á aquel zagal esforzado, que
lo mismo en la paz que en la guerra ostenta su constancia y su
fortaleza. Algunos se propasan á embromarle, se burlan de su cerviguillo
luciente, de sus caderas un poco derrengadas, de su marcha tortuosa y
vacilante. Bartolo calla, porque es tan prudente como intrépido. Pero
hay uno que lleva su increíble osadía hasta á hacer una clara alusión al
tonel en qué nuestro héroe estuvo guardado cuando fué perseguido por
Firmo de Rivota, y entonces ¡puño! el hijo de la tía Jeroma salta como
un leopardo de los bosques, levanta su mazo... y habría la de
Roncesvalles si no intervienen Regalado, el tío Pepón y otros
caracterizados personajes allí presentes.
Sin embargo, su primo Quino no se muestra aquel día tan ingenioso y
locuaz como otras veces. Es que pesa sobre su espíritu atormentado una
grave preocupación. Había llegado á los veintiséis años y esta edad era
ya más que suficiente para tomar estado en un país donde los hombres
suelen casarse á los veinte. Empezaba la gente á hacerle cargos y
algunas zagalas le llamaban viejo. Comprendía que se hacía necesario
abandonar aquella vida feliz de mariposa gentil, si no quería ser la
burla y el desprecio de sus convecinos. Dos mujeres le amaban en aquel
momento, Telva de Canzana y Eladia de Entralgo. Allá en las
profundidades de su corazón resolvió casarse con una de ellas, pero
ilustre siempre por su prudencia, pesaba con escrupuloso cuidado las
ventajas de una y otra antes de elegir. Las cualidades personales
estaban á la vista: no había, pues, que preocuparse por ellas. Lo que
absorbía toda su atención é inquietaba su espíritu eran otras
condiciones ocultas y sustanciosas que un mozo tan señalado por su
ingenio no podía perder de vista. El tío Pepón era un labrador rico, y
aunque tenía tres hijos, á los tres los dejaría bien acomodados; todo el
valle lo sabía. Pero igualmente sabía todo el valle que el tío Pepón,
mientras viviera, no soltaría ni un céntimo, ni una cabeza de ganado, ni
un pañuelo de tierra. Como las patatas, sólo daría el fruto dentro de la
tierra. En cambio, los tíos de Eladia eran de condición más espléndida.
Martinán no cultivaba la tierra, pero había agenciado bastante dinero
con su taberna, compró fincas que tenía arrendadas y ganado que había
dado en parcería. Lo mismo él que su esposa tenían hecho testamento á
favor de su sobrina, según se decía de público. Además Martinán, si no
con palabras claras, de un modo indirecto había hecho saber á nuestro
héroe que si casaba con su sobrina le daría cuatro mil reales en dinero,
una pareja de novillas y un prado que poseía camino de Canzana que
producía seis ó siete carros de hierba.
Quino deseaba saber si uniéndose con Telva podría obtener las mismas ó
mayores ventajas. Decidióse, pues, á hablar con el tío Pepón. Para
efectuarlo se colocó á su lado mientras pisaban la manzana. En un
momento de descanso le dirigió estas palabras afectando ruda franqueza:
--¿Entonces, tío Pepe, me da usted á Telva ó no me la da?
Rascóse Pepón el cogote sin contestar, sacó su petaca mugrienta de
cuero, tomó una hoja del librillo de papel y la sujetó entre los labios
por una esquina, luego se echó una polvarada de tabaco sobre la gran
palma callosa de su mano y ofreció otra á Quino. Las molieron mejor que
lo estaban entre las palmas, liaron los cigarros en silencio, encendió
el tío Pepe la yesca después de dar veinte golpes al pedernal con el
eslabón, y cuando comenzaron á fumar, sin otros preámbulos le metió el
puño por el vientre al mozo de Entralgo y exclamó riendo:
--¡Vé por ella cuando quieras, pillo!
Quino agradeció la caricia tanto como la gentil respuesta. Una sonrisa
feliz y socarrona á la vez se dibujó en sus labios.
--Pero no será de vacío, ¿verdad?
--¡Ah gran tuno, ahí te duele!--profirió Pepón sin dejar de reir y
metiendo de nuevo el puño por el estómago á su futuro yerno, que se
dobló como un arco. Luego añadió gravemente:--Eso no se pregunta
siquiera, Quino. Yo no soy rico, pero mientras estéis en mi compañía no
os faltará la borona y el potaje. Comeréis de lo que haya como nosotros.
Y el día que os marchéis, porque la familia os cunda, Telva llevará un
ajuar de ropa como la primera de la parroquia y tú podrás trabajar á
medias conmigo alguna de las tierras y segar algún prado.
La perspectiva no le pareció muy risueña al industrioso Quino. Apagóse
la sonrisa que contraía su rostro y quedó más serio que un regidor.
Después de dar algunas profundas chupadas al cigarro, signo de intensa
meditación, preguntó mirando á las vigas del techo:
--¿Y de cuartos, nada?
--Ni un ochavo--respondió Pepón poniéndose más serio que él, si
cabe--Telva tiene el dote en la cara.
Hubo una pausa. Quino da otros cuantos chupetones al cigarro.
--Pues Martinán me da cuatro mil reales si caso con Eladia.
--Pues yo no te doy nada--respondió Pepón con firmeza.
--Pues entonces hasta otra, tío Pepe.
--Hasta otra, Quino.
Ambos empuñaron de nuevo los mazos y se pusieron á trabajar sin volver á
dirigirse la palabra.
Por la noche hubo _esfoyaza_ en el palacio del capitán. Se efectuaba en
una amplia estancia que había en la parte trasera y que llamaban «el
granero». Regalado, en su cualidad de divinidad campestre, presidió
también á esta faena agrícola, y más rumboso que los demás vecinos, en
vez del acostumbrado candil colgó del techo un velón de cuatro mecheros.
Reuniéronse casi todos los mozos y mozas de Entralgo. Vinieron también
algunos de Canzana. Y en cuanto las doradas mazorcas comenzaron á
descubrirse dieron comienzo igualmente los cánticos, las risas, las
bromas y los gritos. Ellas tiraban de las hojas y arrancaban las que
sobraban: ellos trenzaban las espigas en largas ristras que subían luego
al desván.
Jacinto se sentó al lado de Flora, que desde hacía ya algunos días
acompañaba á D.ª Robustiana y la ayudaba en las faenas del otoño. Quino
hizo lo mismo al par de Eladia. Resuelto ya desde aquella tarde á favor
de la sobrina de Martinán el pleito que hacía tiempo ardía en su cabeza,
festejábala empleando en ello todos los recursos de su claro ingenio.
Maestro consumado en el arte de galantear, tenía á la pobre zagala
suspensa de sus discursos artificiosos, confusa y ruborizada.
Algunas otras parejas amarteladas había diseminadas por los rincones
oscuros del recinto. Pero la gran mayoría departía bromeando unas veces
y otras cantaba. Regalado, espíritu sarcástico, llevaba la voz en todas
las bromas.
--Resuelto estoy de una vez--decía desde su silla con voz compungida--á
arrepentirme del cariño que hasta ahora sentí por una rapaza de esta
parroquia. Estoy casado; el cura me regaña; tuve más de un disgusto con
la mujer. Creo que harto escándalo di ya y que es hora de echar algunas
paletadas de tierra en la hoguera que me consume... Pero dígolo en
verdad, por nada de este mundo quisiera que la rapaza cayera en poder de
algún zorrocloco que no tuviera para mantenerla, que la matara de hambre
ó le diese mala vida. Por eso he pensado en buscar para ella un mozo
rico, guapo, valiente, formal y trabajador. ¿Y quién reune en Entralgo
estas cualidades? Nadie más que el mozo que tengo á la vera, mi amigo
Bartolo. ¡Á ver si hay alguno que le ponga el pie delante en el trabajo
ni que se atreva á saludarle el hocico en la romería!... Además la tía
Jeroma no le dejará marchar de casa sin su porqué; y como la moza es
limpia y honrada, si se tercia también la meterá en casa y los mantendrá
á cuerpo de rey...
--Vaya, vaya, Regalado, si quiere divertirse llame al gato--interrumpió
la tía Jeroma con acritud.
Hay que saber que á ésta le parecía aquel noviazgo cosa ridícula como á
todo el mundo, porque aparte la espantable fealdad de Maripepa, su hijo
contaba quince años menos; pero tal idea tenía de su juicio y de su
gusto que todo era de temer, y vivía sobresaltada desde que á Regalado
se le había metido en el magín casarlo con la coja.
Maripepa se había puesto colorada, porque en el fondo no le parecía mal
para marido aquel joven derrengado. Bartolo dejaba escapar gruñidos de
disgusto. Cuanto venía de la boca de Regalado le parecía execrable. El
coro reía.
--No sé por qué se enoja la tía Jeroma--repuso el mayordomo.--¿Tiene
algo que decir de la novia? ¿No es limpia? ¿no es honrada? ¿no tiene
manos de oro para el trabajo?
--Tendrá todo eso y mucho más; yo nunca se lo he negado; pero ella se
está bien en su casa y mi Bartolo en la suya. Nada se deben y por lo
tanto nada tienen que pagarse.
--¡Ya lo pienso yo que nada se deben!--exclamó desde un rincón la severa
Pacha.--Mi hermana no debe nada á nadie; y si tratara de buscar mozo,
mejor que ése encontraría.
--¡Ni mejor ni peor, bobalicona! ¿No ves que Regalado quiere divertirse
á vuestra costa y hacer reir á la gente?--exclamó con ímpetu la
avinagrada Jeroma.
Respondió Pacha con otras palabras no menos resquemantes y comenzó una
batalla de sarcasmos y denuestos que Regalado procuraba atizar para que
no se extinguiese tan presto. La alegre tertulia gozaba en el
altercado. Maripepa lloraba y Bartolo dejaba escapar cada vez resoplidos
más incorrectos. Al fin, comprendiendo que estaban sirviendo de befa,
callaron las irritadas comadres y se cambió de conversación.
Pero Pacha rebosaba de ira todavía. La tía Jeroma igual. Como de algún
modo tenían que desahogarla, la primera llamó con violencia á su hermana
so pretexto de que estaba muy cerca de Regalado.
--Maripepa, ven aquí ahora mismo y siéntate á mi lado.
La dócil y vetusta zagala obedeció y alzándose de su asiento pasó por
delante del mayordomo y Bartolo. Entonces el primero al cruzar la
pellizcó en una pierna. Maripepa lanzó un grito. Regalado, con increíble
malicia, se volvió hacia Bartolo y le amonestó severamente.
--¡Cuidado, Bartolo! No hagas esas cosas, que todavía no tienes derecho
á ello.
Oir estas palabras la tía Jeroma y lanzarse sobre su hijo y propinarle
un soberbio bofetón todo fué uno. El inocente mozo puso el grito en el
cielo y protestó de tamaña injusticia con tan fieras voces que parecía
llegado el día del juicio final. Mientras tanto Pacha administraba una
buena dosis de pellizcos y repelones á su hermanita ¡por rebelde! ¡por
mentecata! y ésta protestaba también, aunque no con gritos, sino de un
modo virginal con sentidos sollozos y lágrimas. Todo lo cual se
celebraba en la tertulia con algazara.
Cuando ésta se hubo calmado llegaron á renovarla unos cuantos mozos de
la Pola que entraron en la _esfoyaza_ con más ganas de retozar y
divertirse que de enristrar espigas. Los de Entralgo les siguieron el
humor y por espacio de media hora aquel recinto fué una Babel. Se
chillaba, se reía, se arrojaban las mazorcas unos á otros, se tiraba de
los pañuelos á las zagalas, se defendían ellas dando algunos vigorosos
empujones que no pocas veces hacían caer de bruces á sus contrarios.
Todo se hacía menos trabajar. De tal modo que Regalado, adivinando que
de seguir así las cosas no se terminaría la faena ni á la media noche,
se puso serio y les llamó al orden repetidas veces. Pero no logró nada.
Hasta que se hartaron de retozar no se dieron cuenta de que las mazorcas
estaban allí para otra cosa que para servir de proyectiles amorosos.
Justamente en aquel instante fué cuando apareció en la esfoyaza D.
Lesmes, el apuesto capellán de Iguanzo. Pasaba de Villoria, oyó la
algazara y se apeó para disfrutar de ella algunos momentos. Y en cuanto
entró sin más preámbulos se sentó al par de Flora y comenzó en voz baja
á requebrarla, sin darle un comino por Jacinto que se hallaba del otro
lado. Desde la paliza nocturna que el capitán le propinó había crecido
su afición á la zagala. Donde quiera que la tropezase nunca dejaba de
mostrársela con palabras bien melosas ó con palmaditas en el rostro no
menos insinuantes. Flora rechazaba las últimas con energía, pero
escuchaba las primeras con benévola sonrisa. Era traviesa y un tanto
coqueta la rapaza y era el capellán peritísimo en las lides de amor. Así
es que en cuanto se hallaban juntos comenzaba un tiroteo gentil donde si
él lucía su destreza y sus recursos galantes, ella mostraba su fácil
palabra y su ingenio picaresco.
Al pobre Jacinto no se le ocultaban las intenciones del capellán porque
las ponía bien de manifiesto, pero era harto inocente para saber
contrariarlas: ni aun se atrevía á quejarse. En cuanto D. Lesmes entró
en la esfoyaza se puso más triste que la noche: así que comenzó á
departir con su novia quedó repentinamente mudo y sombrío. Al fin, no
pudiendo vencer su desconsuelo, con pretexto de ir á beber agua se
levantó y salió de la estancia. No hizo mucho alto en ello Flora, pero
como se tardase demasiado hubo de inquietarse. Al cabo también ella se
levantó con el mismo pretexto y se dirigió á la cocina de los
mayordomos.
Se hallaba ésta solitaria y esclarecida débilmente por un candil que
pendía de la campana de la chimenea. Jacinto reposaba sobre uno de los
bancos al pie del lar y tenía la cabeza metida entre las manos.
--¿Qué te pasa, Jacinto? ¿qué tienes, rapaz?--le preguntó acercándose á
él sonriente.
Jacinto separó las manos y alzó los ojos también sonriente; pero sus
mejillas estaban bañadas de lágrimas. Entonces la sonrisa de Flora se
apagó.
--¡Cómo! ¿Lloras, rapaz?... ¿Y por qué?
--No lo sé, Flora--respondió dulcemente el mozo de Fresnedo.
Flora quedó un instante pensativa y replicó colérica:
--¡Pues yo si lo sé! Es porque tienes celos de ese capellanzaco que
lleve el diablo... Mira, Jacinto, si te ofende que hable con él no lo
haré más; pero aunque te ofenda me dejarás que te diga una cosa... y es
que eres un papanatas.
Y acompañó esta reflexión de un pellizco tan elocuente que Jacinto no
tuvo más remedio que darse por convencido.
En un instante quedaron hechas las paces. Pero trascurrió más de un
instante primero que saliesen de la cocina y entrasen de nuevo en la
esfoyaza. El capellán quiso proseguir su obra de seducción sentándose
otra vez al lado de la graciosa morenita; pero ésta hizo pedazos sus
redes con un desdén tan manifiesto que irritado y mohino no tardó en
despedirse de la reunión, montar á caballo y emprender la vuelta de
Iguanzo.