en la danza. Su presencia causó disturbio y malestar entre los mozos.
Porque Toribión, no sólo con los enemigos, sino con los suyos se
mostraba intemperante. Ahora daba terribles empellones á los mozos que
tenía más próximos haciéndoles vacilar cuando no caer de bruces, ora se
gozaba en apretarles la mano hasta hacerles exhalar gritos de dolor.
Reía, gritaba, cantaba y hablaba á destiempo.
--¿Dónde están los pollos de Entralgo y de Villoria?--profería riendo á
carcajadas.--Hace ya mucho tiempo que no oigo su _pío pío_. ¿Andan de
rama en rama los pajaritos ó están todavía en el nido esperando á que su
madre los cebe?... Dicen que los espanta el milano... ¡Cua! ¡cua!
¡Corred, corred, pollitos, que allá va el milano!... ¡Cua! ¡cua!
Y extendía los brazos y chillaba imitando el grito de las aves de
rapiña. Y su risa era tan grande que el exceso de alegría bañaba sus
mejillas de lágrimas.
--¡Ijujú!--concluyó gritando con su voz de bronce.--¡Viva Lorío!
Un hombre saltó en aquel momento en medio del corro y gritó con voz
estentórea:
--¡Muera!
Aquel intrépido guerrero era el hijo del tío Pacho de la Braña.
--¡Muera!... ¡muera!... ¡muera!
Tres veces repitió el mismo grito. Su voz poderosa llegó hasta los
últimos confines de la romería produciendo en ella un estremecimiento de
terror. Corrieron los niños á refugiarse entre las faldas de sus madres,
desbandáronse los hombres, chillaron las mujeres, volcáronse las mesas
de confites y las cestas de fruta. Un miedo pánico se apoderó de aquella
muchedumbre tan alegre momentos antes.
Toribión de Lorío empalideció también; pero reponiéndose presto se lanzó
sobre su rival soltando espumarajos de cólera. Alzó su garrote enorme
como una tranca que sólo él era capaz de manejar y lo descargó con tal
ímpetu sobre la cabeza de Nolo que se la hubiera partido si éste no
hubiera evitado el golpe esquivando el cuerpo.
--Has errado el golpe, Toribión--profirió con voz entera el héroe de la
Braña.--Si tuvieses las manos tan ligeras como la boca pronto darías
buena cuenta de mí. Pero confío en que ahora vas á pagar tu fachenda de
siempre y la marranada de ayer. ¡Muera el cerdo de Lorío!
Ambos combatientes se arrojaron el uno sobre el otro con el corazón
henchido de un furor salvaje.
Nolo, aunque de la misma estatura que el caudillo de Lorío, era menos
corpulento; mas lo que le cedía en cuerpo se lo ganaba en flexibilidad y
ligereza. Se habían arrollado la chaqueta al brazo izquierdo para que
les sirviese de escudo. El palo de Nolo era corto, de acebuche, pintado
al fuego y sujeto á la muñeca por una correa. El de Toribio largo y
pesado de roble.
Los mozos de Lorío se habían aproximado de una parte, los de Entralgo y
Villoria de otra. Pero los dos bandos se mantuvieron apartados por
tácito acuerdo, dejando amplio trecho para que sus héroes más famosos
saldasen solos y cara á cara la cuenta que tenían pendiente.
Toribión, así que hubo errado el golpe, levantó de nuevo la tranca; pero
antes que tuviese tiempo á descargarla se le anticipó con increíble
presteza el de la Braña y le atizó un estacazo en la cabeza que le
obligó á tambalearse. Reponiéndose instantáneamente volvió sobre su
adversario como un león hambriento ó un jabalí que necesita abrirse
paso. Nolo pudo parar su golpe con el brazo izquierdo que aun con la
almohada de la chaqueta se resintió bastante. Lanzó un rugido de dolor
el guerrero de la Braña y acometido de rabia homicida comenzó á brincar
en torno de su enemigo como un tigre sediento de sangre, atacándole por
todas partes con incansable furor. Temblaba la tierra bajo los pies de
tan formidables guerreros, crujían sus palos al chocarse, escuchábase de
lejos su resuello temeroso. Todo el campo de la fiesta se estremecía
pendiente de aquella descomunal batalla.
Por fin el hijo del tío Pacho alcanzó el brazo derecho de su contrario
con un garrotazo. Saltó el palo de la mano de Toribión y quedó inerme
frente á su adversario. Entonces, viéndose perdido, no halló otro
recurso que volver la espalda y darse á correr moviendo con ligereza sus
piernas. Pero el valiente Nolo le seguía de cerca lleno de confianza en
sus pies rápidos. Dos veces dieron la vuelta entera al campo de la
romería. Como un galgo persigue al través de la verde llanura á la
liebre que acaba de levantar entre la maleza, así el héroe de la Braña
seguía y apretaba cada vez más al ilustre guerrero de Lorío. Los de uno
y otro bando se mantienen suspensos y anhelantes contemplando la
carrera de sus jefes, el uno fugitivo, el otro corriendo sobre sus
pasos.
La mala ventura de Toribión quiso que al hacer la tercera vuelta se le
enredasen los pies entre un helecho y cayese de bruces. Alzóse
rápidamente, pero antes que pudiera emprender de nuevo la carrera un
garrotazo de Nolo le hizo dar con su pesado cuerpo en el suelo. Entonces
el irritado mozo sació sobre él su furor descargando sobre sus espaldas
algunos garrotazos, mientras le decía lanzándole una mirada feroz: ¡Echa
roncas ahora, pelele, echa roncas! ¿Te creiste que porque Dios te ha
dado mucha fuerza los demás somos de manteca? Si ayer noche fuera yo con
Jacinto no lo hubierais torgado, gran cerdo. ¡Toma por ladrón! ¡Toma por
cerdo!
Los de Lorío, viendo á su compañero así caído y golpeado, volaron al fin
á su socorro. Mas los de Entralgo y Villoria, animados con la presencia
de Nolo y su buen suceso, les salieron al encuentro. Cuando los de uno y
otro bando se hubieron encontrado, sonó un formidable clamor. Los
hombres chocaron con los hombres, los palos con los palos. Escucháronse
á la vez gritos de triunfo y lamentos, imprecaciones y vivas. Como dos
ríos impetuosos que caen de la montaña y sus aguas se tropiezan en el
valle con fragoroso estruendo que se oye á lo lejos, así los dos
ejércitos rivales cayeron el uno sobre el otro. Igual furor los anima:
el mismo deseo de gloria agita sus corazones.
Sin embargo, los de Entralgo eran menos numerosos, y ante la avalancha
formidable de sus enemigos no tardaron en ceder terreno. Entonces Nolo
de la Braña se salió un instante del sitio de la lucha y lanzó un
silbido penetrante. Los cincuenta guerreros de Fresnedo, Meloneras y
Navaliego, al oir aquella señal, surgieron de improviso del bosque donde
se hallaban ocultos y cayeron como buitres hambrientos lanzando gritos
horrísonos sobre los mozos de Condado y Lorío. ¿Quién pudiera resistir
el ímpetu de aquella juventud magnánima? Una tromba de agua y pedrisco
no causaría más daño en un sembrado: la mar alborotada arrojando sobre
la tierra sus espumas amargas no infundiría más espanto. Todo cae, todo
huye, todo grita delante de su furor indomable. Los de Lorío, aterrados,
apenas pueden resistir breves instantes. En vano el valeroso Firmo de
Rivota los anima con grandes voces al combate y dando el ejemplo se
arroja con temerario coraje en medio de la pelea. El mísero sucumbe al
fin bajo el garrote de Jacinto de Fresnedo; cae aturdido y es pisoteado.
¡Musas, decidme los nombres de los guerreros que allí cayeron ó salieron
descalabrados bajo los garrotazos de los hijos magnánimos de Entralgo,
porque yo no acierto á contarlos! Tú, bizarro Angelín de Canzana,
tumbaste de un estacazo en medio de la cabeza, al esforzado Luisón de la
Granja, hijo del tío Ramón, famoso domador de potros. Confiado en sus
fuerzas extraordinarias, quiso hacerte frente; pero lograste pronto
volcarle y fué pisoteado. El valeroso Ramiro de Tolivia midió varias
veces las espaldas con su garrote á Juan de Pando, afamado en todo el
valle, no sólo por su valor, sino por la habilidad en el baile. Ninguno
con más primor ejecutaba las mudanzas y saltaba delante de su pareja: en
esta ocasión no le valieron sus ágiles piernas: aunque corría como un
gamo por el monte abajo, Ramiro le alcanzó repetidas veces con su palo.
Froilán de Villoria desarmó y apaleó sin piedad á Pin de Boroñes,
sobrino del cura del Condado, á quien su tío estaba enseñando latín para
enviarlo al seminario de Oviedo y ordenarlo _in sacris_ por la carrera
abreviada. Antes que el obispo lo consagrase, Froilán logró hacerle un
buen chichón en la corona. Pero más que todos éstos se distinguió en
aquella jornada memorable Tanasio de Entralgo. Su cayado fulminante,
cortado en el monte Raigoso, abatía cuanto encontraba delante.
Imposible contar el número prodigioso de bollos y tolondrones que aquel
mortífero instrumento causó en breve tiempo. No era un arma en sus
manos, sino rayo fragoroso, resonante, que sembraba el terror y la
alarma por doquiera que pasaba.
¿Á quién sacrificaste tú, impetuoso Celso, honor y gloria de mi
parroquia? Bajo tus acometidas invencibles cayeron muchos y bravos
guerreros de Lorío y cayó también el más ilustre de los hijos del
Condado, el famoso Lázaro, que después de Toribión y Firmo era tenido
por el más esforzado de los enemigos de Entralgo. No le valió su garrote
nudoso de acebuche ni le valieron sus saltos prodigiosos. Tú derribaste
de un garrotazo su montera adornada de claveles y luego le tentaste
varias veces la cabeza y las costillas. ¿Á quién inmolaste tú,
industrioso Quino, el más galán y más prudente de los hijos de Entralgo?
Bajo tu palo gimieron muchos bravos en aquella aciaga jornada y por fin
tuviste el honor de ver huir delante de ti al valeroso Lin de la
Ferrera. Si no le diste alcance no fué porque te faltasen piernas, sino
porque no quisiste que los mozos del Condado te cortasen la retirada.
Pero en aquella ocasión por su fuerza y por su audacia se distinguió
Nolo, el hijo del tío Pacho de la Braña, entre todos los hijos de
Villoria y Entralgo y ganó gloria imperecedera. Parecido á una llama
impetuosa penetra entre las filas de los contrarios sembrando en ellas
el pavor. Tan pronto está en un sitio como en otro: aquí tumba á un
mozo, más allá desarma á otro, en otra parte persigue á un fugitivo.
Imposible averiguar á qué campo pertenecía, si peleaba del lado de Lorío
ó de Entralgo. Como un río impetuoso se despeña en el invierno sobre el
valle y rompe los diques que las manos del hombre le han opuesto y
arrastra los árboles y las casas y destruye las más florecientes
heredades, de tal modo el hijo del tío Pacho penetra en las espesas
falanges de los de Lorío introduciendo en ellas el desorden y el
espanto.
¿Dónde estabas tú, belicoso Bartolo, dónde estabas tú en aquel momento
de perdurable memoria para nosotros? Habías llegado tarde á la romería y
te habías acercado al hórreo donde los zagales y zagalas se entregaban
al baile. Allí tropezaste con un amigo que te invitó á beber unos vasos
de sidra. Y descuidadamente, sin pensar que los de Entralgo iban á
necesitar pronto de tu invencible brazo, te entretuviste alegremente
narrando amores y combates. En vano te dijeron: «Bartolo, parece que hay
palos en la romería». Tú no hiciste caso, acostumbrado como estabas á
despreciar los peligros, y enardecido por la plática y la sidra seguiste
relatando la historia maravillosa de tus hazañas. Cuando al cabo algunos
fugitivos vinieron á refugiarse bajo el hórreo y pudiste cerciorarte de
que la bulla no era niñería, con terrible calma cubriste tu cabeza con
la montera, pediste otro vaso de sidra, lo bebiste y después de haberte
limpiado repetidas veces los labios con el dorso de la mano dijiste con
sosiego aterrador: «Vamos á ver lo que quieren esos pelafustanes». Y
saliste arrojando miradas homicidas á todos lados.
Pero ya la victoria estaba declarada por los de Entralgo. Los de Lorío y
Condado corrían desbandados y seguidos de cerca por los primeros. Las
mujeres, los niños y los hombres pacíficos se habían refugiado en el
pórtico y en los alrededores de la iglesia. El campo de la romería
estaba poco menos que desierto. Sembrados por él y aturdidos por los
garrotazos yacían algunos guerreros. Uno de ellos se levantó y
derrengado, sin palo y sin montera enderezó sus pasos trabajosamente
hacia la iglesia. Era el famoso Toribión, el caudillo ilustre de Lorío.
Bartolo lo vió y animado de un valor intrépido saltó sobre él como un
león y de un par de estacazos le hizo de nuevo medir el suelo.
--Ya caíste entre mis uñas, Toribión--exclamó con sonrisa
diabólica.--Mucho tiempo hacía que tenía gana de verme cara á cara
contigo. Cuando te levantes marcha á Lorío y cuenta á tus compañeros
cómo te ha hecho morder la tierra el hijo de la tía Jeroma de Entralgo.
Después, sereno, majestuoso, semejante á un dios recorrió el campo de la
fiesta sin que nadie se opusiera á su marcha triunfante.
Hartos de apalear y perseguir á los de Lorío, no tardaron en llegar los
zagales victoriosos de Entralgo y de Villoria lanzando gritos de
triunfo. De nuevo se puebla el campo de romeros y por algún tiempo reina
la misma animación. Los mozos vencedores, ebrios de alegría, quieren
depositar su triunfo á los pies de las rapazas y les ofrecen sus
monteras llenas de confites y avellanas tostadas. Sonríen ellas, se
hacen las melindrosas; insisten ellos y á pesar de su fuerza indomable
se muestran ruborosos y humildes como niños.
Jacinto se acerca á Flora. Su rostro aún está contraído, sus manos
tiemblan, todo su cuerpo manifiesta extraña agitación.
--¿Qué mosca te ha picado, Jacinto?--le pregunta la linda morenita
mirándole con una risa maliciosa.
--¿Sabes lo que han hecho ayer noche conmigo tus vecinos?--exclama
rudamente el mozo.
Flora le mira sorprendida.
--Pues en cuanto salí de tu casa, antes que llegase á Rivota, entre
Toribión y otros tres me torgaron.
Un relámpago de ira pasó por los ojos de la zagala.
--¿No te dije que no te fiases de ellos, Jacinto? ¡Que eran muy burros!
¡muy burros!
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XIII
Adiós.
Así fué como los de Entralgo lograron el desquite, ganando inmensa
gloria. Pero el hijo intrépido del tío Pacho de la Braña no pudo
saborearla porque no halló en la romería á Demetria, aunque largo tiempo
la buscó por todas partes. Nadie le daba noticia de ella, ni del tío
Goro ni de Felicia. Preguntó á Flora y ésta tampoco sabía por qué su
amiga dejara de asistir á fiesta tan renombrada. Con el corazón lleno de
tristeza el héroe de la Braña iba y venía de un grupo á otro, siempre
con la esperanza de hallar en alguno á su dueño bien querido. Cuando se
llegó la noche y aquella muchedumbre se fué dispersando tomó la
resolución de ir á Canzana y así lo comunicó á sus compañeros. Pero el
prudente Quino le habló de esta manera:
--Yo no dudo, Nolo, que vayas á Canzana esta noche, aunque bien sabes
que los de Lorío no dejarán de esperarte en el camino. Si todos los
hemos agraviado ahora, á nadie más que á ti guardarán rencor. Grande
alegría les darías si pudiesen saciar en ti su venganza, porque tú
fuiste quien les preparó la garduña en que cayeron. Mi parecer es que
dejes la visita hasta mañana y que la hagas á la luz del día, cuando
todos esos mozos estén en el trabajo. Y si es que no quieres dejarla,
entonces nosotros te acompañaremos después hasta Villoria.
El hijo del tío Pacho lanzándole una mirada feroz le respondió:
--Pasmárame á mí que no salieses con alguna de las tuyas. ¿Quién sino tú
pudiera meterme miedo con esos mamones que todavía están corriendo y no
pararán hasta esconderse debajo del escaño de su casa? Tienes el corazón
de liebre y vales más para comer la torta y la leche al pie del lar que
para sacudir garrotazos en las romerías. Guárdate, guárdate en casa esta
noche, que yo no necesito que nadie me dé escolta.
El industrioso Quino sintió que el calor subía á sus mejillas y replicó
encolerizado:
--Nada te he dicho, Nolo, que merezca que me insultes de ese modo, y no
es de mozos criados en ley de Dios hacer ofensa á los amigos que se han
portado bien. Si yo como la torta al pie del lar, tú la comes también,
porque no te mantienes del aire, y si tú das garrotazos en las romerías,
garrotazos sacudo yo cuando se tercia. Vete solo si quieres, que no será
Quino de Entralgo quien te lo estorbe.
Iba á contestar Nolo con otras pesadas palabras; pero el intrépido Celso
de Canzana, temiendo que la disputa llegase á pelea, se apresuró á
intervenir.
--Ya que lo veo necesario, Nolo, voy á decirte lo que sé y que según las
trazas nadie ha querido contarte hasta ahora. Esta mañana se presentó en
Canzana una gran señora y preguntó por el tío Goro y la tía Felicia.
Entró en su casa, habló con ellos y también con Demetria y se fué en
seguida. Allí se dice que esta gran señora es la madre de tu rapaza, y
que se la lleva para Oviedo ó Gijón. Ahora ya sabes por qué no ha
venido esta tarde á la romería. Si quieres ir á Canzana puedes hacerlo,
y si á la Braña, lo mismo. De todos modos, los mozos de Entralgo estamos
siempre para lo que gustes mandar.
Quedó Nolo suspenso y acortado al escuchar estas palabras. Una gran
tristeza inundó su corazón y empalidecieron sus mejillas. Apenas pudo
murmurar las gracias. Repuesto un poco, al cabo se despidió de sus
amigos manifestando que iba derecho á su casa.
Se acostó en la cama, pero no pudo gozar de las dulzuras del reposo.
Todas sus ilusiones se huían. Aquel amor profundo, el primero y el único
de su vida, se disipaba como un sueño. Lo que tenazmente se susurraba
hacía tiempo y había llegado varias veces á sus oídos resultaba cierto.
Demetria no era hija de aldeanos, sino de señores, y señora ella misma
por lo tanto. ¿Cómo se acordaría en las alturas de su nueva posición de
la bajeza de aquel aldeano que la amaba? ¡Oh, cuánto la amaba! El pobre
Nolo daba vueltas en su lecho cual si tuviese espinas.
Por la mañana pensó en comunicar con su madre tan tristes noticias, pero
no pudo hacerlo. La voz no quiso salir de su garganta; temía echarse á
llorar como un niño. Salió á trabajar, pero en vez de hacerlo dejóse
caer bajo un árbol, y así se estuvo toda la mañana inmóvil, con los ojos
extáticos. Un deseo punzante le acometió, el de ver por última vez á
Demetria y despedirse. Quizá no se hubiese marchado aún. Si se había
marchado, quería ver siquiera aquella casa en que ella respiró y
sentarse en la misma tajuela y hablar con los que siempre había tenido
por padres. Comió apresuradamente y salió con disimulo sin decir una
palabra.
Bajó á Villoria. Una vez allí, en vez de tomar el camino real de
Entralgo, á la derecha del riachuelo, siguió la margen izquierda, por la
falda de la montaña, á la altura de Canzana.
Tampoco Demetria logró dormir aquella noche. Había pasado todo el día
sumida en profunda tristeza, llorando á ratos amargamente, haciendo, sin
embargo, penosos esfuerzos por mostrarse serena á fin de no aumentar el
dolor de la buena Felicia que estaba inconsolable. Lo que más
contristaba á la zagala era que ésta perdiera aquella confianza maternal
para tratarla y reprenderla. Se mostraba, á par que afligida, un poco
confusa en presencia de la que ya no podía llamar hija.
Esperó con ansia la noche para ver á Nolo, pues no dudaba que éste, no
hallándola en la romería, viniese á Canzana. Amargo desengaño
experimentó al observar que se llegaba la hora de irse á dormir sin que
el mozo de la Braña llamase á su puerta. Y el mismo punzante deseo que á
Nolo le acometió á ella: el de despedirse y darle testimonio de su
constante amor.
Al día siguiente toda la mañana empleó en los preparativos de su viaje.
Efectuáronse éstos en silencio y tristemente. La casa estaba como si
hubiera muerto alguno. Después de comer manifestó que iba á Lorío á
despedirse de Flora; la avergonzaba mucho manifestar su verdadero
designio. Bajó la calzada de Entralgo, pero antes de trasponer el puente
siguió la margen izquierda del río, pasó por lo cimero de Cerezangos y
se dirigió á Villoria.
Los caminos eran de montaña: unas veces senderos en los prados, otras en
los bosques de castaños, otras, en fin, calzadas estrechísimas entre
paredillas recubiertas de zarzamora y madreselva. En el recodo de una de
estas calzadas se encontró de improviso con Nolo. Ambos quedaron
sorprendidos y sonrieron avergonzados sin pronunciar palabra. Fué
Demetria quien primero rompió con franqueza el silencio:
--Iba á la Braña, Nolo.
--Y yo á Canzana, Demetria.
--Tenía que hablarte.
--Yo á ti también.
Demetria le miró sorprendida.
--¿Sabes algo?--le preguntó vacilante.
--Sí... Ayer me dijeron lo que había pasado por la mañana en tu casa.
Los dos guardaron silencio. Se habían arrimado á la paredilla, el uno al
lado del otro. Demetria arrancó un retoño verde de la zarza y lo deshizo
entre los dedos con la mirada fija en el suelo. Nolo con los ojos
abatidos igualmente daba golpecitos con su nudoso garrote sobre las
piedras del camino.
--Nunca estuve más descuidada y alegre que ayer por la mañana--profirió
al cabo en voz baja la joven.--Había lavado y vestido á mis hermanos y
tenía mi ropa extendida sobre la cama para ponérmela cuando volviese de
la fuente... Pensaba en la romería... Pensaba en bailar hasta caer
rendida... Pensaba en ver á Flora... Cuando bajé la escalera encontré á
mi madre llorando. Delante estaba una señora tan alta como yo, seria,
con el pelo casi blanco. Llevaba pendientes que relucían como si
tuviesen fuego dentro y en las muñecas unos anillos grandes con piedras
verdes que relucían también... Cuando mi madre me dijo:--Demetria, esta
señora es tu madre; yo no lo soy--pensé que me venía el techo encima.
Quedé sin gota de sangre. Después me dijeron que iban á llevarme á
Oviedo y vestirme de señora...
--¿Y no te alegras de eso?--preguntó Nolo sin levantar los ojos.
--No--respondió secamente la zagala.
Hubo una pausa. Nolo volvió á preguntar tímidamente:
--¿Será por el tío Goro y la tía Felicia? Te han criado como padres y tú
los quieres como si lo fuesen...
--Sí, por ellos es... y por ti también--añadió rápidamente y en voz más
baja.
Un estremecimiento sacudió el cuerpo del mozo de la Braña.
--¡Oh, por mí!... ¡Bien te acordarás cuando seas señora y vistas de
seda y cuelgues de las orejas pendientes que reluzcan como candelas de
este pobre aldeano que allá en la Braña destripa terrones!
--Calla, Nolo, calla--profirió ella con acento severo.--No me obligues á
decir lo que no debo. Lo que soy ahora lo seré siempre para ti. Ya
pueden ponerme los vestidos que quieran: debajo de ellos siempre estará
Demetria, la misma rapaza para quien hacías zampoñas y buscabas nidos
allá en el monte, la misma que acompañaste en las romerías tantas veces.
El mozo de la Braña escucha estas nobles palabras con alegría y guarda
silencio paladeando su sabor delicioso.
--Si en Canzana hubieran querido--añadió la joven después de un rato con
acento no exento de amargura--nadie me sacaría de casa.
--¡Qué iban á hacer los pobres, si no son tus padres!--murmuró Nolo.
--Ellos nada, pero dejarme á mí que lo hiciera.
--Bien sabes, Demetria, que eso no puede ser. Ni tenían razón para ello,
ni se habrán atrevido á aconsejártelo.
Calló la zagala, comprendiendo que Nolo tenía razón, que su queja era
injustificada.
--De todos modos--profirió después con resolución,--si ahora me marcho,
algún día volveré. Nadie me quitará de venir á ver á mis padres... Y si
me lo quitan, ya sabré lo que he de hacer.
--¿Cuándo te marchas?
--Mañana. Regalado, el mayordomo de D. Félix, quedó encargado de
llevarme.
Acerca del viaje y sus preparativos, de la aflicción de sus padres y de
sus pequeños hermanos departieron todavía un rato. Ni una palabra
volvieron á hablar de sí mismos. La plática corría lánguida y apagada.
Debajo de sus palabras indiferentes se trasparentaba una tristeza
profunda. Ambos tenían la voz levemente enronquecida y temblorosa. Al
cabo, después de una larga pausa, Demetria dejó escapar un suspiro y
como si saliese de un sueño exclamó:
--Bueno, Nolo: es hora ya de separarnos. No sé si tendré tiempo de ir á
Lorío á despedirme de Flora y volver antes de la noche.
--Sí lo tienes. Mira; el sol está muy alto todavía.
Demetria guardó silencio y permaneció inmóvil mirando por encima de la
paredilla á las altas montañas de _Mea_. Y sin apartar de ellas los ojos
profirió:
--¿Vendrás mañana á despedirme?
--No--respondió el mozo con firmeza.
--Haces bien. ¿Para qué llamar la atención de la gente?
Y después de una pausa añadió tendiéndole la mano:
--Adiós, Nolo, que Dios te proteja como hasta ahora, que proteja á tus
padres y á tus hermanos y al ganado que tenéis en la cuadra.
--Adiós, Demetria. Él te guarde tan buena como eres y te traiga pronto
por acá.
Se estrecharon las manos, se miraron con amor á los ojos unos instantes
y se apartaron con el corazón desgarrado, pero grandes, serenos como la
naturaleza que los rodeaba, hermosos y castos como dos mármoles de la
antigüedad.