Toribión sentía celos de aquel bravo mozo que osaba resistírsele. Además

era primo de Nolo, á quien temía y aborrecía al mismo tiempo.

Y en efecto, lo torgaron; esto es, le amarraron su propio palo por la

espalda á los brazos con las correas de los zapatos. Una vez así

crucificado le soltaron el botón de los calzones, que cayeron á los

pies, sirviéndole de grillos. Y riendo de la gracia y dirigiéndole

groseros sarcasmos, siguieron hacia Lorío, dejándole en medio del camino

en tal triste y bochornosa disposición.

Era punto menos que imposible caminar de aquel modo. El estorbo de los

calzones hacía que sus pasos fuesen tan menudos que para salvar corto

trecho necesitaba largo tiempo. Por otra parte, aunque quisiera tomar el

camino del monte, la forma en que llevaba los brazos no lo consentía,

pues era estrecho y desigual y se exponía á caer y no poder levantarse.

Se resignó á seguir el de Entralgo. Bien avanzada la noche llegó á este

pueblo. Tuvo intento de llamar en una puerta para que le librasen de

aquel martirio; pero al hacerlo le acometió tal vergüenza que renunció á

ello y prefirió seguir hasta Villoria. Cuando alcanzó á ver las primeras

casas era ya muy cerca del amanecer. Se dirigió á la de uno de sus tíos

que allí vivía, quien le desató al cabo, le consoló y le ofreció una

cama para descansar. Harto lo necesitaba el desesperado mancebo.

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XI

Madre é hija.

Una viajera en aquella misma hora asciende con fatiga por la cuesta de

Canzana. El sol todavía no asomaba su disco resplandeciente por encima

de las montañas. La fresca brisa de la mañana juega con sus cabellos

grises, levanta el fino chal de seda con que se envuelve. Su figura es

arrogante; su rostro marchito conserva las huellas de una hermosura

singular; su tez es blanca, sus labios finos, sus ojos altivos.

Es D.ª Beatriz de Moscoso, de la clara estirpe de los Moscosos, próxima

deuda del capitán. Había llegado la noche anterior á Entralgo sobre un

caballo con jamugas y acompañada de un solo criado espolique. La

sorpresa de D.ª Robustiana fué inmensa al verla entrar por casa.

--¡Señorita!--exclamó con voz angustiada y plegando sus manos.

--No; no ha muerto--respondió gravemente la señora comprendiendo la

tácita pregunta que aquella exclamación significaba.--Han llegado

felizmente á Panticosa y parece que no está peor.

No dijo más. La mayordoma no osó preguntarle tampoco porque bien

conocido tenía el genio altivo de las cuñadas de su señor.

Cuando hubo cenado, antes de retirarse á descansar preguntó dónde se

hallaba el pueblecillo de Canzana. Regalado y su esposa se lo

explicaron. Informóse después de si habitaba en él un cierto sujeto

llamado Gregorio que tenía por esposa una mujer llamada Felicia.

Efectivamente allí vivían tales sujetos. Nada más preguntó. Dió las

buenas noches y se retiró á la habitación que D.ª Robustiana le había

preparado.

Cuando ésta y su consorte se encontraron solos miráronse con ojos donde

brillaba la sorpresa y el triunfo.

--¡Ella es!--exclamó Regalado con voz de falsete.

--¡Ella es!--respondió D.ª Robustiana sin alzar más la voz.

¡Sí, ella era! ¡Cuánto tiempo, cuánta astucia, cuánta saliva habían

gastado para averiguar aquel secreto sin conseguirlo! Y ahora se les

venía á las manos cuando menos lo imaginaban. Habían sido de los

primeros en sospechar que Demetria no era hija del tío Goro y la tía

Felicia. Éstos tenían efectivamente una niña de pocos meses que estuvo á

punto de morir de un ataque de epilepsia. La ofrecieron al Cristo de

Candás y se salvó. Y como la fiesta de esta veneranda imagen se

efectuaba en aquellos mismos días, la llevaron á allá. Cuando volvieron

observaron los vecinos que la niña no parecía la misma, pues si bien en

el tamaño no se diferenciaba gran cosa, estaba mucho menos adelantada,

como si en vez de tener tres meses fuese sólo nacida de algunos días.

Nadie, sin embargo, osó formular ninguna sospecha de sustitución hasta

que Regalado pudo observar que entre D. Félix y el tío Goro mediaba

alguna relación oculta. Una vez les vió hablar con animación y en voz

baja en el pórtico de la iglesia, callándose inmediatamente cuando él

se aproximó. En otra ocasión, al pasar por delante del dormitorio de su

señor, observó que éste conversaba también en secreto con el tío Goro;

escuchó un momento y pudo convencerse de que D. Félix le entregaba

dinero. Nació en su mente la idea de que la niña Demetria era hija de su

señor: se lo comunicó á su esposa en secreto: ésta, con igual reserva,

lo puso en conocimiento de una de las comadres más adictas á su persona.

En poco tiempo y en reserva se lo comunicaron unos á otros los vecinos

de la parroquia y vino á saberse en toda ella.

Duró esta creencia ó presunción algunos años. Sin embargo, al cabo, por

algunas circunstancias que á su atención se ofrecieron, Regalado vino á

sospechar que se hallaba en un error, que Demetria, si bien no era hija

del tío Goro, tampoco lo era del capitán. Buscó, investigó, caviló. Todo

fué inútil. El resto de los vecinos, como no tenían los motivos que el

mayordomo para cambiar de opinión, siguieron aferrados á la antigua.

Poco después de amanecer D.ª Beatriz salió de su habitación vestida, se

desayunó cambiando pocas palabras con D.ª Robustiana y volvió á

enterarse del camino que conducía á Canzana. El ama de gobierno la

invitó á asomarse á uno de los balcones y le mostró allá sobre la meseta

de la colina el pintoresco pueblecillo y medio oculto entre los árboles

el camino que desde Entralgo llevaba á él. Aunque Regalado trató de

acompañarla y guiarla, D.ª Beatriz se opuso resueltamente á ello. Salió

sola de casa, llegó al Campo de la Bolera, salvó el puente de madera

echado sobre el riachuelo y comenzó á ascender lentamente el sendero de

la montaña.

Su fisonomía serena, impasible no denotaba la agitación que en su alma

reinaba. Jamás había soñado en tomar la resolución que ahora estaba

realizando. Cuando aquel bandido la engañó, su orgullo padeció aún más

que el corazón. Entregó con absoluta indiferencia el fruto de sus

amores y juró interiormente no verlo más en la vida. D. Félix, que se

hallaba á la sazón en Oviedo, lo recogió y se encargó de llevarlo á

criar á la montaña. Pero la casualidad hizo que sus convecinos el tío

Goro y Felicia pudieran prohijar aquella desgraciada niña. La suya se

había muerto de un segundo ataque de epilepsia al pasar por Oviedo de

regreso de Candás.

Fué un capitán del batallón de Pontevedra el autor de aquel fiero

desaguisado. Festejó rendido á D.ª Beatriz mientras estuvo de guarnición

en Oviedo; ganó también el favor de su madre D.ª Leonor, viuda de

Moscoso, y de D.ª Rafaela su hermana. Porque era el oficial hombre

galán, afable y divertido y se hacía querer de cuantos le trataban.

Entraba en casa y se le consideraba como un hijo. Cuando vino

repentinamente la orden al batallón de trasladarse á Vitoria, la noticia

cayó como una bomba en aquella casa tranquila y conventual. El capitán

solicitó de D.ª Leonor el permiso de casarse en secreto con su hija

antes de partir, pues de otro modo era imposible á causa de las muchas

diligencias que se necesitaban. Cedió la viuda: efectuóse la ceremonia

en casa de la novia: bendijo á los desposados el capellán del batallón:

asistieron sólo tres compañeros del capitán. Finalmente, éste se partió

y al cabo de dos ó tres meses se supo que estaba casado ya hacía años en

Sevilla y separado de su esposa. Puede calcularse la estupefacción, el

dolor, la indignación de aquella noble familia. D.ª Beatriz estaba en

cinta. Su madre adoleció tan gravemente que antes de un mes pasó á mejor

vida. Le aconsejó á la traicionada joven que hiciese perseguir al

criminal y lo enviase á presidio lo mismo que á sus cómplices, pero ella

se negó resueltamente á ello. El orgullo, más que la piedad, fué parte á

mantenerla en una actitud de soberbio desdén. En bastantes años no puso

el pie en la calle. Ni con su misma hermana cambió una palabra acerca de

la niña que había llevado á criar D. Félix. Sólo de vez en cuando

entregaba á éste en silencio algún dinero. En silencio también lo

recibía su cuñado y lo entregaba después á quien iba destinado.

La compañía de su sobrinita María, que comenzó á pasar largas temporadas

en Oviedo y por último casi vino á vivir enteramente, alegró aquella

casa sepulcral. La niña parecía tenerles amor y acomodarse bien á sus

costumbres y manías. Pero aquella súbita enfermedad, aquel vómito de

sangre heraldo siniestro de una muerte cierta, causó profunda impresión

en el alma de las linajudas damas. D.ª Beatriz en particular sintió su

corazón desgarrado, y en virtud de la gran turbación que de ella se

apoderó comenzaron á punzarle los remordimientos. Imaginó que Dios le

enviaba aquella severa advertencia por el abandono cruel en que había

dejado á su hija. Cavilosa y triste durante algunos días y consultada

con su confesor y con su hermana, resolvióse á recoger el fruto de sus

amores, llamarla hija y hacerla su heredera. El médico había aconsejado

que María pasase el invierno en Málaga. D. Félix acató tal consejo y

decidió no volver á Asturias hasta el verano siguiente. Pocos días

después de su partida D.ª Beatriz emprendió el camino de Entralgo.

La cuesta de Canzana es agria. La dama, sometida desde hacía largos años

á una clausura casi completa, la sube con trabajo. A menudo se detiene y

derrama una mirada por el valle que se extiende á sus pies. No su

incomparable hermosura la cautiva, no la brisa matinal suave y fragante

la embriaga. Una arruga profunda surca su frente, signo de intensa

preocupación, de temor y de anhelo. Su faz, ordinariamente blanca, se

tiñe ahora de carmín por la fatiga.

Cuando menos lo esperaba, en una de las revueltas del retorcido camino

se encontró con las primeras casas de la aldea.

--¿Conoces á un hombre que se llama Gregorio?--preguntó á un niño que

jugaba en la calle.

El niño la miró con asombro y no respondió.

--Vamos, dí, ¿conoces á un hombre que se llama Gregorio, que tiene por

mujer á una que se llama Felicia?--volvió á preguntar con impaciencia.

El mismo asombro y el mismo silencio por parte del chico.

Pero una mujer que estaba en un corredor tendiendo ropa y había oído la

última pregunta, respondió por él.

--Sí, señora, sí; el tío Goro y la tía Felicia viven en aquella casa que

tiene un árbol grande delante. Vea usted; ahora sale el tío Goro con un

jarro á ordeñar.

D.ª Beatriz se dirigió á la casa señalada. El tío Goro ya había entrado

en el establo. Acercóse á la puerta, que como de costumbre en el campo

estaba abierta, y manifestó su presencia con el saludo tradicional,

exclamando en alta voz:

--¡Ave María Purísima!

--Sin pecado concebida--respondió desde arriba Felicia bajando acto

continuo.

Al encontrarse enfrente de la dama fué grande su sorpresa.

--¿Me conoce usted?--preguntó D.ª Beatriz con lacónica severidad.

El semblante de Felicia se cubrió de intensa palidez.

--Sí señora, la conozco.

No la había visto más que una sola vez en su vida y apenas había tenido

tiempo para grabar sus facciones en la memoria. Pero ahora más que la

memoria se lo decía el corazón.

--Me sorprende y me alegro de que usted me reconozca. No quise que nadie

me acompañase desde Entralgo. Cuanta menos gente se entere, mejor. Ya

adivinará usted á lo que vengo...

Felicia la miró con intensa atención sin despegar los labios.

--Vengo por Demetria... ¿Dónde está?

Felicia se puso todavía más pálida.

--Arriba está--dijo con voz apenas perceptible. Repentinamente se había

quedado ronca.

--Llámela usted.

--Demetria, baja--quiso gritar la pobre mujer. Pero su voz salió tan

débil que apenas pudo llegar arriba.

Sin embargo, Demetria, que había oído rumor de conversación, bajaba ya

la escalera. Al ver una señora se detuvo sorprendida.

Hubo unos momentos de silencio. Aquellas tres personas se miraron sin

despegar los labios. Al cabo Felicia con voz temblorosa dijo:

--Demetria, acércate... Esta señora viene á buscarte... Lo que te han

dicho era la verdad... Aquí tienes á tu madre; yo no lo soy...

Al pronunciar las últimas palabras estalló la pobre mujer en sollozos y

ocultó el rostro entre las manos. El de Demetria se cubrió también de

palidez y miró de frente á la dama con ojos donde no se leía el amor

filial.

--Acércate, niña, acércate--profirió D.ª Beatriz dulcificando su

voz.--Yo soy tu madre... Las circunstancias han hecho que hasta ahora no

haya podido darte el nombre de hija; pero Dios no ha querido que muera

privada de ese placer... Acércate, hija mía.

Demetria bajó todas las escaleras y se aproximó á la señora.

--¿Me das un beso?--dijo ésta tomándola de la mano y con voz donde se

traslucía la emoción.

La joven se aproximó aún más y gravemente puso los labios en el blanco

rostro de su madre.

Si aquel beso tuvo propósito de llegar al corazón, cosa que debe ponerse

en duda, se quedó en la mitad del camino. La noble dama no lo sintió

llegar. Su frente se arrugó. De sus ojos se borró la expresión de

enternecimiento.

--Está bien--profirió adquiriendo súbito aquel acento altivo,

indiferente que la caracterizaba.--Me complazco en ver que aunque vistes

de aldeana y te has criado como si fueses tal, por tu rostro y tu

figura manifiestas que has nacido señora y que mereces la posición en

que te voy á colocar. Déjanos ahora un instante, pues tengo que hablar

cosas secretas con los que hasta hoy has creído tus padres.

Demetria se dirigió en silencio al sitio de las herradas, tomó una y fué

hacia la puerta. Pero antes de llegar se volvió, acercóse á Felicia que

seguía sollozando, separó sus manos del rostro y estampó en él un largo

y nuevo beso. ¿Llegaría por casualidad aquel beso al corazón? Sí, sí; no

hay duda que llegó. D.ª Beatriz tuvo noticia de ello en seguida. Bajó

los ojos y la arruga que cruzaba su frente se hizo más profunda.

Mientras en casa del tío Goro se celebraba la conferencia que iba á

decidir de su suerte, Demetria caminaba á paso lento hacia la fuente.

Antes de llegar tropezó con su íntima amiga Telva, que ya volvía con la

herrada llena sobre la cabeza. Algo extraño debió de observar aquella

zagala en el rostro de la hija del tío Goro.

--¿Qué te pasa, Demetria? Parece que vienes descolorida.

--Nada me pasa--respondió la joven con un acento que demostraba bien

claro todo lo contrario.

--Sí; algo te pasa. Dímelo, niña. ¿No te he contado yo siempre mis

secretos?

La tomó de la mano y la miró con ojos escrutadores. Demetria bajó la

cabeza y permaneció silenciosa.

--Vamos, dí, niña--repitió la zagala sacudiéndole la mano.

--Ya lo sabrás, Telva. Ahora no puede ser--profirió Demetria

sordamente.--Pronto, pronto lo sabrás... Lo único que puedo

decirte--añadió después de una pausa--es que en este momento me

alegraría de estar cuidando cabras en los montes de Raigoso y no bajar

jamás al llano.

Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas. Y sin decir otra palabra

se apartó con presteza, prosiguiendo su camino. Telva, asombrada, la

siguió unos instantes con la vista: luego se encaminó hacia el pueblo

atormentada por la curiosidad. Justamente cuando pasaba por delante de

la casa del tío Goro salía éste y su esposa acompañando á una señora.

Telva se dirigió resueltamente á ellos y los saludó.

--¿Han tenido ustedes alguna desgracia, tía Felicia?--preguntó viendo á

ésta con los ojos hinchados de llorar.

--¡Para mí bastante desgracia, Telva!--exclamó la buena mujer rompiendo

de nuevo á sollozar.--Demetria se nos va...

--¿Pues?

Felicia guardó silencio. Pero el prudente Goro le habló de esta manera:

--Las cosas de este mundo, Telva, no están siempre en el mismo ser. Un

hombre era rico ayer y hoy amanece pobre, ó porque las vacas se le

mueren de peste, ó porque el río le lleva la tierra ó la siembra de

guijarros. Cuando más segura tenemos la cosecha, llega una nube de

piedra y nos deja sin nada. Cuando esperamos que una vaca nos dé en San

Juan cría, echa un mal paso en el monte y se despeña y se la comen los

buitres. Así va todo. Ayer, Telva, teníamos una hija y hoy nos quedamos

sin ella. Esta señora viene á buscarla porque es su madre verdadera,

aunque nosotros la hayamos criado.

Telva miró con sorpresa á D.ª Beatriz. Después dijo:

--Ya maliciaba yo que algo les pasaba. Encontré á Demetria camino de la

fuente y vi que iba llorando.

El rostro de la señorita de Moscoso se contrajo al escuchar estas

palabras. El tío Goro dirigió una mirada de reprensión á la indiscreta

zagala.

Cuando ésta se hubo alejado, D.ª Beatriz se despidió sin consentir que

nadie la acompañase, dejando ordenadas todas las medidas necesarias para

que Demetria se trasladase en breve plazo á Oviedo.

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XII

El desquite.

Cuando un mensajero enviado de Villoria anunció á Nolo la humillación

que los mozos de Lorío habían infligido á su primo, en el primer momento

se resistió á creerlo. Rendido, sin embargo, á la evidencia, fué

acometido de un furor insano que puso en huida al zagal que le trajo la

noticia. Se arrancaba los cabellos, pateaba el suelo como un potro no

domado, batía contra las paredes de su casa los aperos de la labranza,

lanzaba terribles imprecaciones y amenazas. Al fin cayó en una calma más

terrible aún que su furor. Quedó pálido y profundamente sosegado. Subió

á su cuarto para vestirse el traje de los días de fiesta, el calzón

corto de paño verde con botones dorados de filigrana, el chaleco

floreado, la blanca camisa de lienzo que la tía Agustina había hilado

con sus manos primorosas; ciñó á sus pies los borceguíes de becerro

blanco, cubrió su cabeza con la montera picuda de terciopelo, echó en

seguida sobre sus hombros la chaqueta; tomó su palo. Así ataviado se

puso en marcha y bajó á Fresnedo. Llamó en una de las primeras casas;

preguntó por uno de sus amigos; le dijo algunas palabras al oído. El

semblante del mozo se contrajo. Nolo le hizo una pregunta en voz baja.

Respondió el mozo con un signo de afirmación. Nolo se despidió. En esta

forma recorrió las casas de los más bravos guerreros de Fresnedo. Luego

envió emisarios á las Meloneras, á los Tornos y á Navaliego. Después

bajó á oir misa á Tolivia.

Á las tres de la tarde se reunían en las afueras de esta aldea hasta

cincuenta mozos de los altos de Villoria, la flor de la juventud

montañesa del valle de Laviana, y emprendieron la marcha hacia la

romería del Otero. ¿Por qué tan tarde? Á la hora en que llegaréis,

galanes, la romería estará muy cerca de deshacerse: las hermosas zagalas

buscarán ya con la vista á sus parientes para reunirse á ellos y tomar

el camino de su casa. No importa. Hoy no es día de festejar á las

rapazas.

Marchaban fieros y graves, el rostro contraído, la mirada fija. Ninguna

chanza alegre se escuchaba entre ellos como otras veces: ni una palabra

salía de sus labios. Sus pasos sonaban huecos y lúgubres por la calzada

pedregosa. ¡Así os vi cruzar por Entralgo con vuestras monteras sin

flores, con vuestros palos enhiestos como una nube que avanza negra por

el cielo para descargar su fardo de cólera sobre alguna comarca próxima!

Mi corazón infantil palpitó y desde el corredor emparrado de mi casa os

grité:

--Nolo, ¿vais á zurrar á los de Lorío? ¡Llévame contigo!

Yo te vi sonreir, intrépido guerrero de Villoria. Alzaste la mano y me

enviaste un gracioso saludo.

En vez de cruzar la barca, subieron un poco río arriba y lo salvaron por

un vado descalzándose previamente. Á toda costa no querían llamar la

atención y caer sobre la romería de improviso. Una vez en el camino de

la Pola ascendieron por la montaña hacia el santuario del Otero no

siguiendo el camino trillado, sino por senderos extraviados.

El campo donde la fiesta se celebraba era un prado casi circular y llano

sobre la misma colina. Más de la mitad de él, por la parte superior,

estaba rodeado de un espeso bosque de robles. Los de Fresnedo se

ocultaron allí sin ser vistos de la gente de la romería.

Hallábase ésta en todo su esplendor. Hervía el campo con rumor gozoso de

cantos y risas y pláticas ruidosas. Una muchedumbre vestida de día de

fiesta discurría por él entrando y saliendo de la iglesia, parándose

delante de los puestos de bebidas, comprando frutas y confites ó

agrupándose en torno de los bailarines. Debajo de un hórreo próximo al

templo sonaban la gaita y el tambor y allí más de dos docenas de mozos y

mozas se entregaban con furor al baile. Más lejos, en paraje

descubierto, danzaban otros formando enormes círculos que giraban

cadenciosamente al compás de sus cantos.

--Florita, ¿dónde tienes á Jacinto?--preguntó una joven de la Pola á la

gentil molinerita de Lorío.

Ambas se hallaban próximas al hórreo contemplando el baile.

--¡Madre! ¿Es algún gato Jacinto que se trae y se lleva en una

cesta?--respondió Flora enseñando para reir las perlas de sus dientes.

--Si no lo es, alguna vez quisiera convertirse, aunque no fuese más que

para saltarte sobre el regazo.

--¡Calla, tonta! Pronto le diría ¡zape! Los gatos dejan muchos pelos en

la ropa--exclamó la zagala dando un cariñoso empujón á su amiga que por

poco le hace caer de espaldas.

--¡Vaya, que antes ya le pasarías la mano sobre el lomo!... ¡Pobrecito!

¡pobrecito menino!

--¡Fu! ¡fu! ¡Zape!--gritaba la niña emprendiéndola á pellizcos con la

burlona y retorciéndose de risa.

Sin embargo, al cabo quedó seria. Estaba sorprendida y despechada al

mismo tiempo de no ver á su novio en la romería. ¿Se iría á hacer el

desdeñoso aquel zarramplín después de haberle arrancado la confesión de

su amor? Esta idea inquietaba su orgullo y arrugaba su frentecita.

--¿Lo ves cómo te quedas seria?--le dijo su amiga mirándola con ojos

maliciosos--No puedes ocultar que estás chaladita perdida por Jacinto.

Hizo un mohín de desprecio la linda morenita.

--¡Yo perdida por ese cachorro!... No me conoces, Carmela.

Y para demostrar lo contrario llamó á uno de sus primos que por allí

andaba y le invitó á bailar. Bailaba con sobrado coraje la molinera de

Lorío para que no dejase sospechar que había en ello más jactancia que

alegría.

Sin embargo, la romería iba cerca de su fin. El sol se acercaba

lentamente á las cumbres de la Vara, encima de Canzana: pronto les daría

el beso de despedida. Andaban por el campo de la fiesta bastantes mozos

de Villoria y Tolivia y algunos de Entralgo, pero desparramados, mustios

y con apariencia de huídos. Las repetidas victorias de los de Lorío los

tenían acobadados y recelosos, sin gana alguna de emprender nueva

quimera, aunque sus enemigos les daban para ello sobrado motivo. Es

indecible el grado de orgullo y de insolencia á que éstos habían

llegado. No sólo con miradas y gestos provocativos les quemaban la

sangre, sino también con picantes indirectas y con insultos groseros les

ponían en el trance á cada instante de perder la paciencia y

experimentar una nueva y vergonzosa derrota.

Pero el más insolente, el más provocativo, el más fachendoso de todos

era Toribión de Lorío. Imposible mirar solamente á aquel hombre sin

sentir el corazón henchido de rabia. Por eso los de Entralgo y Villoria

se apartaban cuanto podían de los parajes en que el jefe poderoso de

Lorío relampagueaba de orgullo y de jactancia.

Jamás se le viera más alegre y fanfarrón que aquella tarde. Con la

montera terciada y el garrote empuñado por el medio iba de un lado á

otro sonriente, provocativo, embromando á unos, injuriando á otros como

si el campo de la romería fuese suyo ó no hubiera en dos leguas á la

redonda más rey ni más amo que él.

Y en verdad que no parecía en toda la comarca mozo más fornido... Su

padre, labrador rico de Lorío, lo había criado no con nabos y castañas,

sino con sabrosos torreznos de jamón y cecina, con pan de escanda y

buenos tragos de vino de Toro que los arrieros de Castilla acarrean por

el puerto de San Isidro. Por eso era capaz de alzar sobre los hombros un

carro de yerba; por eso nadie osaba competir con él ni en la siega ni

partiendo leña. Llevaba aquel día envuelta la cabeza, por mayor gala, en

un pañuelo floreado de seda y la montera encima; apretaba sus piernas

membrudas de gigante fino calzón de Segovia; colgaban de la botonadura

de su chaleco los cordones del justillo de Flora que había arrancado la

noche anterior al infortunado Jacinto.

La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas · 第 12 / 21 段