El mísero Talín volvió á sus inquietudes no tanto por advertir la

excitación de su amo como por la necesidad de pasar nuevamente por

Villoria. Y en efecto, aunque procuró refugiarse entre las piernas de

aquél al cruzar por delante del palacio del marqués, no le valió. El

perro del mayordomo cayó sobre él con tal ímpetu que á poco le

descuartiza. Gracias á que D. Félix le socorrió prontamente descargando

recios garrotazos en el lomo del pirata, logró escapar de sus garras. Y

cuando salieron del pueblo por largo trecho el buen Talín fué resoplando

unas veces, otras gimiendo, otras blasfemando en un estado de agitación

sólo comparable al de su dueño.

El sol declinaba. El camino, más fresco y más umbrío que antes, el aire

embalsamado con los aromas del campo, el dulce murmullo del río no

lograban calmar á nuestro hidalgo. Pero al revolver de una de las

sinuosidades de la cañada vió de pronto el rostro mofletudo de D. Prisco

y súbito descendió la calma á su espíritu. Siempre le acaecía lo mismo.

La cara del párroco de Entralgo, sin saber por qué, ejercía un efecto

sedante bien definido sobre sus nervios. Venía éste caballero en un

rucio matalón enjaezado con albarda.

--¿Hacia dónde caminamos, D. Prisco?--preguntó ya alegremente el capitán

teniendo del ramal al burro.

--Villoria--manifestó aquél con su acostumbrado laconismo.

--¿Va usted á dormir allá?

--Sí. El cura está enfermo. Mañana San Roque.

--¡Ah, no recordaba! Cierto, cierto... mañana San Roque... ¿De modo que

hoy no podemos echarla?

--Aguardando toda la tarde.

--Sí, sí... lo creo... No me fué posible. Tuve que hacer una visita á mi

primo César--manifestó D. Félix poniéndose de nuevo sombrío.

--Si usted quiere... Aquí traigo baraja--gruñó don Prisco llevando la

mano con vacilación á las alforjas.

--¡Hombre, bien!--exclamó el capitán tornando á serenarse.--Es una buena

idea... Tres jueguecitos nada más, ¿verdad?

--Nada más--masculló el cura.

Echóse un poco hacia atrás éste hasta quedar sentado sobre el trasero

del borrico, dejando un buen pedazo de albarda al descubierto. Y sobre

este pedazo á guisa de mesa colocaron la baraja y comenzaron su brisca,

D. Prisco montado, el capitán en pie con los codos apoyados sobre la

montura.

Después de los tres juegos echaron otros tres y después otros tres...

Otros tres en seguida... Hasta que la noche los sorprendió en tan

interesante situación. Cuando ya no vieron las cartas las soltaron y se

despidieron hasta el día siguiente.

[imagen decorativa]

X

La torga.

En los días siguientes la cólera del capitán en vez de calmarse se fué

exacerbando de un modo imponente. No hablaba de otra cosa. El día y la

noche se los pasaba vociferando contra los mineros y especuladores,

jurando, amenazando. «Que siga, que siga ese expediente de expropiación

forzosa. Cuando llegue el momento de que alguno de esos canallas ponga

el pie en Cerezangos, ya verá cómo se le recibe.» Y ya tenía formado su

plan estratégico y distribuídas las fuerzas: Linón y Celesto en lo

cimero del prado; él con Manolete en lo fondero; los dos criados

pastores en el centro como fuerza de reserva. Todos los vecinos de

Entralgo estaban inquietos, sacudían la cabeza con tristeza vaticinando

una catástrofe. Porque todos conocían el carácter violento, arrebatado

del capitán. No dudaban que, exasperado como estaba, pudiera cometer una

acción que ocasionase su ruina.

La Providencia no quiso que un tan bravo caballero fuese á morir en una

cárcel. Se encargó de sacarle aquella espina del corazón con otra mayor.

Tres días después de la visita á D. César recibió carta de su cuñada

Beatriz en que le noticiaba que su hija María había sufrido un vómito de

sangre. El médico no le había concedido gran importancia, pero sí había

manifestado que urgía llevarla á Panticosa á tomar sus aguas

salutíferas. Esperaban por él para acompañarla. Aquella noticia desgarró

su corazón. «¡Sí, sí; como su madre, como su hermano!» El buen hidalgo

sollozó cual si ya la hubiese perdido. Arregló su equipaje con presteza,

dejó encargo á Regalado para que lo enviase á Oviedo en un mulo, y

montando á caballo partió él delante acompañado de su criado Manolete.

La nueva causó en la aldea dolor. Todos amaban á aquella familia y

deploraban que D. Félix quedase á su edad enteramente solo y su noble

casa sin herederos. Se habían forjado la ilusión de que la señorita

María casase con algún caballero de Oviedo ó Gijón y viniese á

establecerse á Entralgo y lo alegrase con tertulias y fiestas á que era

tan inclinada. Pasados algunos días, el suceso trascendió á todo el

concejo y llegó á oídos de Flora que habitaba con sus abuelos un molino

apartado un tiro de carabina del pueblo de Lorío. Y así como lo supo

quiso hacer una visita á su amiga D.ª Robustiana y enterarse de si era

tan grave la enfermedad como la pintaban. Una tarde, después de comer y

haber terminado con todos los menesteres de la casa, se encaminó á pie

hacia Entralgo. Encontró al ama de gobierno muy afligida y se enteró de

que D. Félix había salido ya de Oviedo para Panticosa con la señorita

María. La buena de D.ª Robustiana, como los demás vecinos, tampoco

concebía grandes esperanzas: pensaba que la señorita estaba herida de

muerte. Cuando hubieron charlado largamente, Flora se despidió de ella

prodigándole cuantos consuelos pudo. La mayordoma quería que se quedase

unos días en Entralgo, pero la joven le hizo presente que el lunes era

día de colada ó lavado en su casa y no podía aceptar la invitación. Le

prometió, sin embargo, venir pronto á acompañarla.

Al salir Flora tropezó reunidas más allá del Barrero, en el camino que

domina la vega, á las tres _sabias_ del lugar, la tía Jeroma, madre del

glorioso Bartolo, Elisa y la vieja Rosenda. Departían según su

costumbre, fumando cigarrillos envueltos en hojas de maíz y sentadas en

el suelo orilla del camino. Al verla se alzaron muy solícitas y le

hablaron con agasajo inusitado. Se enteraron de las noticias que había

de D. Félix y su hija y las comentaron largamente, con la garrulería

bien sabida de las comadres. Flora se despidió al cabo. Cuando se hubo

apartado unos pasos Elisa la llamó.

--Florita.

--¿Qué decías?

--¿Ves esa hermosa tierra que tanto produce?--manifestó con sonrisa

maliciosa apuntando á la Vega sembrada de maíz que se extendía debajo

del camino.--Pues más tarde ó más temprano será tuya.

--¿Mía?

--Sí, tuya... Y cuando lo sea, acuérdate de estas pobrecitas amigas y no

les subas la renta.

Las otras dos mujerucas le clavaban igualmente sus ojos sonrientes,

maliciosos.

Flora entendió y una ola de sangre le subió al rostro y le apretó la

garganta. Ella, tan charlatana, no pudo proferir una palabra. Volvióse

rápidamente y se alejó á paso vivo.

El rubor no la dejó en todo el camino. Marchaba en un estado de

confusión y vergüenza que la impedía ver el suelo que pisaba. De vez en

cuando sus labios se movían murmurando:

--¡Qué brujas, Dios mío, qué brujas!

Pero debajo de aquella vergüenza latía un pensamiento dulce más

vergonzoso aún. Y Flora, que era una excelente muchacha, hacía esfuerzos

inútiles por sofocarlo, por volverlo al infierno, de donde sin duda

había salido.

Era sábado. Á la noche, luego que hubieron cenado, se puso á limpiar y

frotar los utensilios de la cocina mientras su abuela devanaba en el

argadillo algunas madejas de hilo y su abuelo componía una nasa de

mimbre para pescar truchas en la presa del molino. Éste se componía de

cuatro estancias separadas por tabiques de varas de avellano

entrelazadas y recubiertas de cal y arena; una mucho más grande que las

otras, donde rodaban las tres muelas dentro de sendos cajones de madera;

la cocina, de menor tamaño, pero también grande, y dos pequeños

dormitorios. En la ventanita de uno de ellos, el destinado á Flora, sonó

un golpe. Levantaron los tres la cabeza con sorpresa, pero observando

que no repetían, la bajaron otra vez. Imaginaron que sería el viento. Al

cabo de un rato sonó otro golpe. Entonces Flora se dirigió resuelta á su

cuarto y preguntó:

--¿Quién anda ahí?

--Soy yo, Flora--respondió la voz de Jacinto de Fresnedo.--¿Puedes

abrir?

La joven tardó unos instantes en contestar como si vacilara.

--Perdona, Jacinto. Nos íbamos en este momento á acostar, porque ya es

un poco tarde.

--¡Niña!--exclamó desde la cocina el abuelo.--Eso no está puesto en

razón. En mi tiempo nunca se dejó marchar á un mozo que viene de lejos

sin convidarle á descansar. Abre á ese muchacho.

Flora atravesó la estancia de los molares y abrió la puerta que se

hallaba en el fondo. Jacinto tardó unos segundos en acudir porque tuvo

que dar la vuelta al edificio. Flora le condujo sin despegar los labios

á la cocina.

--Santas noches, tía Blasa. Dios le guarde, tío Lalo.

Los viejos recibieron con agrado al joven porque les gustaba y tenían en

estima á su familia. Se informaron de ella con interés: también del

ganado. Jacinto les notició que la Pinta había parido hacía tres días un

jato. El tío Lalo torció el hocico: aquella vaca no les daba más que

becerros.

--Es verdad--repuso Jacinto,--pero en cambio la Morica ya nos dió tres

jatas seguidas y váyase lo uno por lo otro.

El joven se sentó enfrente de los viejos al otro extremo de la cocina en

una tajuela dejando en el medio el lar sobre el cual ya no había fuego.

Flora después de vacilar un poco vino á sentarse á su lado.

--¿Habéis metido ya toda la yerba en la tenada?--preguntó el tío Lalo.

--Está toda dentro desde el miércoles.

--¿Mucha?

--Poca, poca. Nuestro terreno es de secano y este año ha caído poca

agua.

--Verdad. Pero en ese terreno cunde mejor la avellana que en el nuestro.

Estoy en fe que tu padre no apañó menos este año de diez ó doce cargas.

--Diga usted quince, tío Lalo, y dirá la verdad--replicó el chico

sonriendo triunfalmente.

--¡Lo ves tú!

El tío Lalo se puso á loar las tierras de secano por lo mismo que las

suyas eran de regadio.

Al cabo, observando que Jacinto tenía deseos de hablar aparte con Flora,

cerró la boca y siguió componiendo la nasa mientras la abuela hacía

rodar el argadillo también en silencio.

El mozo de Fresnedo murmuró algunas frases al oído de la joven con su

timidez acostumbrada. Flora le respondió con displicencia, con mayor

displicencia de la que solía usar con él, aunque siempre había usado

bastante. Jacinto quedó confuso. Tornó á hablarle y ella á responderle

con igual aspereza. Entonces permaneció silencioso. Al cabo de algunos

momentos Flora le interpeló con violencia acerca de su visita nocturna

en Entralgo. Aquello estaba muy mal hecho. Debía de comprender que no

hallándose en su casa era indecente el ir á llamar de noche al balcón de

su cuarto. D. Félix lo había oído y salió pensando que era un ladrón.

Todos en la casa se levantaron; un verdadero escándalo. Aquello no se lo

perdonaba.

Jacinto oyó la filípica estupefacto. Negó rotundamente que hubiera

estado en Entralgo ni menos que se hubiera atrevido á llamar en el

balcón de su cuarto. Flora no quiso creerlo. Sin embargo, tanto juró y

perjuró y tan sofocado se puso que la irritada zagala no pudo menos de

rendirse al calor de sus palabras, aunque quedándole todavía alguna

duda. Guardaron silencio prolongado. Jacinto con la cabeza baja y el

semblante triste jugaba con su garrote esparciendo las cenizas del lar.

Flora con la cabeza baja también y el rostro ceñudo enredaba con su

delantal haciéndole pliegues. Al cabo de largo rato, sin levantar los

ojos y conmovido, habló el mancebo de este modo:

--Bien lo veo, Flora; bien lo veo hace tiempo. Para ti yo no soy nada;

soy menos que una castaña pilonga ó que una cereza negra. Por más que

trabajo para darte gusto, para que me mires con algún apego, no puedo,

en verdad, lograrlo. Ni te agrada ninguna de mis palabras ni reparas

siquiera en las penas que por ti estoy pasando. Si te digo algo de lo

que aquí dentro del pecho tengo, sueltas á reir como una loca y cambias

en seguida la conversación. Si me ves con claveles prendidos á la

montera (que sólo para ti los prendo yo), entornas los ojos á otro lado

como si no quisieras verlos porque yo no te los ofrezca. Si te traigo de

la romería rosquillas no las quieres; si te doy un puñado de avellanas

las tomas por compromiso, cascas una entre los dientes y das las otras á

las amigas... En fin, que mi persona te apesta y mis palabras te cansan,

más que el chillar de un carro... Si quieres que no venga más por aquí

dílo de una vez y no volveré. Ni me verás más en las romerías á tu

lado, ni te sacaré á bailar, ni volveré á plantar el ramo delante de tu

ventana la noche de San Juan... Y si también lo mandas no volveré á

decirte siquiera ¡adiós, Flora! cuando pases á mi vera. Pasaré cerca de

ti como si no te conociese, aunque el corazón me quiera salir por la

boca. Ni sufrirás tampoco mucho tiempo la pena de encontrarme por esta

tierra. Allá en la Habana tengo un tío que es hermano de mi madre y que

ya escribió muchas veces para que fuese con él alguno de nosotros. Pues

bien, en el mes de Octubre, después que ayude á mi padre á cortar el

maíz y sacudir la castaña, me embarcaré en Gijón y no me verás más...

¡nunca más!... El pobre Jacinto allá morirá solo y sin consuelo... Tú

cásate, cásate, Flora, cásate con un mozo más guapo, más rico que yo, y

que Dios te haga con él muy feliz... Pero cuando vayas á la iglesia y te

arrodilles delante del Cristo de la Misericordia, acuérdate del pobre

Jacinto que tanto te quiso y reza por su alma un padrenuestro...

Al pronunciar las últimas palabras se le anudó la voz en la garganta al

mancebo, las lágrimas saltaron á sus ojos y trató de levantarse para

marchar. Pero Flora le detuvo tirándole por la manga de la camisa.

También ella estaba llorando.

--No, Jacinto, no soy tan dura como piensas--articuló quedo y con

trabajo.--Mi corazón no es de piedra, pero soy rapaza todavía y no sé

bien lo que hago. Sin querer te habré ofendido más de una vez, y si es

así, perdóname. Si tú me quieres como dices, yo nunca dejé tampoco de

quererte... Pero las mozas no podemos decir lo que nos pasa aquí dentro

del pecho como vosotros... Ni está bien que lo digamos; tú bien lo

sabes. La vergüenza nos traba la lengua y el miedo á que os riais de

nosotras nos hace ariscas aunque estemos por dentro más derretidas que

una manteca... No llores, Jacinto, no llores, porque me partes el

alma... Vive seguro de que si algún mozo logró hasta ahora que le

tuviese ley fuiste tú. Te lo juro por esta cruz bendita...

Y al decir esto Flora besó conmovida sus propios dedos que había puesto

en cruz.

Jacinto vió de repente todos los ángeles y arcángeles, serafines y

querubines, tronos y dominaciones del cielo. Y viéndolos desfilar tan

hermosos, tan brillantes y risueños, permaneció atónito, arrobado con

tal expresión de estúpido embeleso, que si Flora no estuviese tan

conmovida y hubiese vuelto hacia él su rostro, le suelta sin remedio una

carcajada.

--¿Quieres más, zarramplín, quieres más?--exclamó ella al cabo de un

rato entre risueña é irritada limpiándose con el delantal las lágrimas

que corrían de sus ojos.--¡Ya me sacaste del alma lo que tenía allí

guardado, gran zorro!

Y al mismo tiempo le aplicó en el brazo un soberano pellizco. Jacinto lo

recibió con más gusto que si todos aquellos ángeles y serafines que veía

cruzar radiantes le hubiesen besado en la mejilla. Pero aún estuvo

algunos momentos sin poder articular una palabra. Al fin se les desató á

ambos la lengua. Ella, vencida ya aquella vergüenza que la obligaba á

parecer desdeñosa, mostró en seguida la travesura y alegría de su genio.

Él tardó más tiempo en recobrarse y nunca se recobró del todo porque su

timidez era congénita.

--¿Cómo has venido esta noche por acá?--le preguntaba ella.--Yo pensé

que estarías en la lumbrada de la Pola.

--Ya sabes que no me gustan las lumbradas.

--No digas eso: dí que te tiraba más la querencia hacia Lorío, aunque

sea mentira--replicaba ella clavándole una mirada enloquecedora.

--¡Oh, no es mentira!

--Sí, es mentira, embustero, es mentira... ¿Ves cómo te pones

colorado?... ¡Porque es mentira!

Y al mismo tiempo le propinaba otro bárbaro pellizco que el

bienaventurado Jacinto recibía con el mismo éxtasis y recogimiento.

--¿Viniste por Entralgo?

--No, vine por el monte á caer sobre Rivota.

--Has hecho bien, porque podías tropezar con los mozos de este pueblo

que son muy burros.

El joven se encogió de hombros con profundo desprecio.

--Los mozos de Lorío no me hacen á mí daño. Ya sabes que los de Fresnedo

estamos apartados hace tiempo de toda bulla.

--¡No te fíes, son muy burros!

Apuntada por segunda vez esta opinión tan poco favorable al

desenvolvimiento psíquico de sus compatriotas y contraria enteramente á

la ley de la evolución, Flora se creyó en el caso de dar otro pellizco á

Jacinto, aunque más suave que los anteriores, y decirle que era un

grandísimo cazurro y que hiciese el favor de no provocarla más. Jacinto

no sospechaba que la hubiese provocado, pero lo dió por bueno y sonrió

con toda la malicia de que era capaz, que no era mucha. Visto lo cual

Flora persistió en tomar venganza de sus zorrerías, pellizcándole sin

piedad y dándole fuertes empujones que le hacían tambalearse en la

tajuela.

Los viejos mientras tanto silenciosos proseguían su obra, pero el sueño

empezaba á acometerles y daban alguna que otra cabezada. La acequia que

corría por debajo del molino con su murmullo sordo y el ruido monótono

que hacían los molares de piedra al rodar en los cajones convidaban á

dormir. La charla de los jóvenes en voz baja era cada vez más íntima.

Un gato gris con rayas amarillas comenzó á restregarse contra las faldas

de Flora y concluyó por saltar á su regazo. La joven le acarició

distraídamente pasándole suavemente la mano por el lomo. Mas he aquí que

Jacinto, acometido de súbita ternura por el animalito, quiere también

acariciarle, pero se equivoca, y en vez de pasar la mano por su lomo, la

pasa por la de Flora. No hay para qué añadir que esta equivocación

lamentable le costó un buen zurriagazo.

La noche avanzaba y el mozo de Fresnedo, que antes había mostrado tal

prisa de marcharse, ahora estaba pegado con pez á la tajuela. Flora,

viendo que sus abuelos daban cada vez más frecuentes y más largas

cabezadas le insinuó la idea de que se fuese, pero él se hizo el sueco.

Al poco rato tornó á insinuárselo de un modo más perentorio. Á otra

puerta. Jacinto siguió incrustado en el asiento como si allí hubiera

nacido y criádose. Pasaron algunos minutos más, y observando que el tío

Lalo estaba ya dormido con las narices sobre la nasa y á la tía Blasa se

le había caído el ovillo, le dijo con impaciencia:

--¡Rapaz, márchate ya!

Y al mismo tiempo le dió un fuerte empujón que le hizo perder el

equilibrio y caer con la tajuela. ¡Qué risa la de Flora! ¡Qué risa la de

Jacinto! Al ruido se despertaron los viejos, los miraron con asombro y

prosiguieron su tarea. Naturalmente, era necesario otro cuarto de hora

para celebrar la ocurrencia; y así se cumplió á la letra.

--Vaya, vaya, ya estás aquí de más, Jacinto--dijo al cabo ella haciendo

esfuerzos inútiles por ponerse seria.--Si no te vas en seguida te

restrego la cara con ceniza.

¡Ca! No haría ella eso: no se atrevería á tanto.

--¿Que no me atrevo? ¡Ahora verás!

Y tomando un puñado de ceniza se lo arrojó á la cara. Jacinto comenzó á

toser y estornudar porque se le había metido por boca y narices. Y venga

de sacudirse con el pañuelo y venga de reir á carcajadas uno y otro. Con

esto levantaron de nuevo la cabeza los viejos más atónitos que antes. Y

¡claro! fué necesario otro cuarto de hora para celebrar tan peregrina

bromita.

Mas al fin ¡oh dolor! no hubo más remedio que levantarse. Jacinto lo

hizo con todas las precauciones imaginables como si se hallase atacado

de un reuma agudo y no pudiese soportar el más leve movimiento.

Despidióse de los abuelos que medio dormidos le dieron las buenas noches

y muchas memorias para sus padres. Flora desprendió el candil que

colgaba de la campana de la chimenea y le acompañó hasta la puerta. Una

vez allí le invitó á que tuviese un momento la luz mientras ella iba á

su cuarto por un recado. Al instante volvió y con mano temblorosa,

esforzándose en aparecer severa, le colgó de los botones de plata del

chaleco los cordones con herretes de su justillo.

--Para que los luzcas mañana en la romería de Nuestra Señora del

Otero--le dijo bajito, muy bajito.

Y no pudiendo soportar la vergüenza dió un soplo al candil, un empellón

á Jacinto y atrancó la puerta apresuradamente. El mozo de Fresnedo tornó

á ver las visiones de antes, pero mucho más brillantes, mucho más

deslumbradoras. Y como estaba deslumbrado comenzó á marchar trompicando

por el camino pedregoso en dirección á su pueblo.

Los viejos se habían ido á la cama. Flora hizo lo mismo. Pero antes

abrió la ventana de su cuarto porque se hallaba harto sofocada. Miró al

valle. ¡Qué hermoso estaba, bañado por la dulce claridad de la luna! La

presa del molino como una cinta retorcida de plata corría hacia el río

entre dos filas de avellanos. Jirones de tenue niebla colgaban de la

punta de los altos olmos y abedules. Miró al cielo. ¡Cómo brillaba la

luna allá en lo alto, serena, majestuosa! ¡Qué guiños maliciosos le

hacían las estrellitas azuladas!

¡Faunos, ninfas y amores que la vísteis desde la pomarada de D. Félix,

venid ahora! ¡Venid á contemplar el rostro de Flora encendido en pura

grana!

Allá se oía el ruido de los zapatos claveteados de Jacinto que se

alejaba. La voz del mozo rompió el silencio de la noche cantando:

_¡Ay, que su amigo la espera!_

_¡Ay, que su amigo la aguarda!_

_Al pie de una fuente fría,_

_al pie de una fuente clara._

Una sonrisa divina iluminó el semblante de la niña y cantó también muy

quedo siguiendo el romance:

_Que por el oro corría,_

_que por el oro manaba._

Dejaron de sonar los pasos del joven. Su voz se fué perdiendo en las

encrucijadas del camino. Flora permaneció todavía algunos instantes á la

ventana pensativa y sonriente. Al fin la cerró, se desnudo á toda prisa

y se metió en la cama. Murmuró sin dejar de sonreir las oraciones

acostumbradas, y sonriente, siempre sonriente, se quedó dormida. ¡Ah, si

supiera!...

Jacinto marchaba con paso ligero hacia Fresnedo por el camino llano de

Entralgo, en vez de tornar por el monte como había venido. Era más

largo, pero no tenía prisa de llegar á casa. Su corazón necesitaba

narrar su dicha á los árboles y al río, al valle y á los montes, á la

luna y á las estrellas. Y como adivinaba que la tarea iba á ser larga,

procuró dar un rodeo para ganar tiempo. Marchaba cantando, y mientras

cantaba iba recordando y mientras recordaba iba soñando despierto.

Antes de llegar á Rivota, en un recodo del camino sombrío y temeroso oyó

una voz que gritó:

--¡Alto!

Y á pocos pasos delante de sí distinguió los bultos de unos cuantos

mozos que sin duda venían de la lumbrada del Otero.

--¿Quién me da el alto?--preguntó con arrogancia el joven.

--Yo soy Jacinto, yo soy--respondió la voz de Toribión de Lorío con la

misma altivez.

--¿Y qué me quieres, dí?

--Quiero que grites «¡viva Lorío!» ó que pagues el portazgo.

--Ni yo grito viva Lorío ni tú eres capaz de hacerme pagar el

portazgo--replicó el mozo dando un paso atrás y blandiendo su garrote.

--Ahora lo veremos--rugió Toribión lanzándose sobre él.

Chasquearon los garrotes. Jacinto resistió briosamente el ímpetu de

aquel coloso, y esquivando con destreza sus golpes pudo alcanzarle con

más de un garrotazo. Pero los amigos que con él venían le secundaron

innoblemente. Todos alzaron los palos. En vano brincando hacia atrás con

increíble ligereza y haciendo molinete con su palo se defendía de la

lluvia de golpes. Al fin se vió perdido y comprendió que era necesario

volver la espalda y huir; mas al hacerlo se vió sujeto por las manos de

un mozo que cautelosamente y aprovechando la oscuridad se había

deslizado hasta ponerse detrás. Otras manos cayeron sobre él al instante

y le aprisionaron. Le arrancaron el palo y con él, para más ignominia,

le sacudieron las costillas.

--¿Qué hacemos ahora?--preguntó al cabo Toribión.--¿Le dejamos marchar?

--No; debemos torgarlo para que no vuelva á cortejar fuera de su

quintana--manifestó un mozo que había rondado á Flora algún tiempo sin

resultado.--Los otros tres (pues eran tres los que acompañaban á

Toribio) quisieron oponerse. Sin embargo, Toribión se puso de parte del

primero.

--¡Á torgarlo! ¡á torgarlo!--exclamó soltando bárbaras carcajadas.--Que

vaya á contar á los de Villoria cómo tratamos á los que no quieren

gritar «viva Lorío».

La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas · 第 11 / 21 段