El capitán empezó á sentirse más inquieto. Ya sabemos que era hombre de

poco aguante. Antes que don Casiano se llevase á la boca el vaso lleno

que tenía en la mano le dijo con ímpetu:

--Pero vamos á ver, hombre, acabe usted de una vez, ¿qué diablo le trae

á usted por aquí?

El actuario bebió el vaso de sidra con toda calma, lo depositó

igualmente en el poyo, sacó el pañuelo y se limpió la boca tres ó cuatro

veces con más sosiego aún bajo la mirada impaciente de D. Félix.

--Usted habrá oído hablar de una sociedad establecida en Gijón que se

llama _Unión Carbonera_...

--No señor ni gana--respondió el capitán con su acostumbrada viveza.

--Es una sociedad muy respetable, compuesta de personas de posición, que

se dedica á la explotación de minas...

--Sí, de minas y tontos... Todas esas sociedades son pillería.

--¡No! ¡no, D. Félix!--exclamó el actuario inflando los carrillos y

abriendo mucho los ojos.--Ésta es muy respetable.

--Bueno, es una pillería respetable. Adelante.

--Pues esa sociedad--prosiguió D. Casiano, no sin sacudir antes con

severidad su cabeza de troglodita--tiene denunciados hace años dos cotos

mineros en Laviana, uno en Tiraña y otro en la cuenca del río de

Villoria... Y es el caso que ahora quiere empezar la explotación de este

último ampliando la línea férrea de Carrio hasta Villoria...

D. Casiano se detuvo.

--Adelante, hombre, adelante--exclamó con impaciencia D. Félix.

--Para ello es necesario entenderse con los dueños de las fincas que

atraviese, comprarlas... ó indemnizarles de los perjuicios causados...

Otra vez se detuvo.

--¡Adelante! ¡adelante!

--Y al parecer, la línea debe pasar por el medio de su finca de

Cerezangos...

El capitán saltó como si le hubiesen clavado un alfiler.

--¿Qué está usted diciendo?

--El ingeniero así lo ha manifestado á la sociedad y ésta me ha

comisionado á mí para que me entendiese con usted--expresó el actuario

con alguna vacilación--observando el efecto desastroso que sus palabras

habían causado á D. Félix.

--¡Pues yo le digo que me río de esa sociedad, de ese ingeniero y de

usted que me viene con semejantes embajadas!--exclamó aquél, aunque sin

reirse como afirmaba, sino presa de un furor insano.

--Yo no hago más que cumplir un encargo, D. Félix... La sociedad

quisiera entenderse con usted en buena armonía...

--¡Le digo á usted que me río de esa sociedad!--gritó D. Félix

enteramente descompuesto.

D. Casiano, que estaba en pie, se dejó caer sobre el asiento turbado y

abatido.

--Serénese usted, D. Félix... Serénese usted y hablemos en

razón--articuló trabajosamente.

--¡Estoy sereno! ¡perfectamente sereno!... ¿Cuándo me ha visto usted

perder la serenidad?--vociferó el capitán echando espumarajos por la

boca.

--La empresa antes de acudir á la expropiación forzosa... está

dispuesta... está dispuesta á dar á usted mucho más de lo que vale.

--¡Dígale usted á la empresa que se meta todo su dinero donde le

quepa!...

--Es que...

--¡Es que nada! Hemos hablado ya bastante.

D. Félix hizo un gesto perentorio para imponer silencio y empezó á dar

paseos por la plazoleta con la violencia de fiera enjaulada. De vez en

cuando salían de su boca temerosas interjecciones y de su nariz

resoplidos más temerosos aún. Regalado, los criados y algunos vecinos

que por allí cruzaban le contemplaban con asombro y respeto. De vez en

cuando dirigían miradas de odio al insolente que le había puesto en tal

estado, al mísero D. Casiano. Éste con la cabezota baja maldecía

interiormente del instante en que había aceptado semejante comisión.

D. Félix se detuvo repentinamente delante de él y tomándole por la

solapa y sacudiéndole le gritó con frenesí:

--¿Sabe usted lo que le digo?... ¡Que antes que un hidepu.. de esos

ponga un pie en Cerezangos le meto quince balas de plomo en la cabeza!

Si algún cetáceo supo alguna vez lo que era el miedo, fué D. Casiano en

aquella ocasión.

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IX

Los hidalgos.

Aunque se sentó á la mesa no pudo comer. La cólera se le trasvertía de

tal modo que no había lugar para que pasase el alimento. Á duras penas

pudo D.ª Robustiana lograr que sorbiese una taza de caldo. Se alzó de la

silla, bajó á su cuarto, atolondrado, confuso, sin saber qué partido

tomar ante aquel alud que se le venía encima, aquella gran desgracia.

Porque tal consideraba la profanación de su retiro ameno y deleitoso.

El capitán era más expedito de corazón que de inteligencia. Por eso,

después de pasar cerca de una hora prensándose la cabeza, no halló

arbitrio mejor en aquel aprieto que ir á consultar el caso con su primo

César, uno de «los pocos sabios que en el mundo han sido», el octavo de

la Grecia, á no haberse retrasado algunos siglos su nacimiento.

Tomó, pues, su bastón, se despojó del gorro sustituyéndolo con un

sombrero blanco de fieltro y sin querer que ensillaran el caballo,

porque su extrema agitación le impelía á caminar, emprendió el viaje de

Villoria seguido del fiel Talín. Este Talín era un perrillo de color

canela, nada grande, nada bello, nada inteligente, pero más impetuoso

aún y casi tan magnánimo como su amo. Fué siempre su humor caprichoso y

fantástico y por él se había dejado arrastrar á simpatías injustificadas

y á antipatías más injustificadas aún que ocasionaran no pocos disgustos

en la casa. Pero con la edad, pues era ya un viejo can, este humor se

había exacerbado de modo increíble. Sus manías se habían convertido en

verdaderas chocheces. En el pueblo se murmuraba bastante de él. En

realidad no faltaba motivo para ello. Porque si bien jamás había sido

confiado y cariñoso, hasta los últimos tiempos no llevó sus recelos al

extremo ridículo de no consentir que la persona que hablase con su amo

moviese poco ó mucho los pies. Como si meditase que los enemigos

declarados no había que temerlos, pues el capitán daría buena cuenta de

ellos, pero había que vigilar mucho á los que se presentaban con cara de

amigos, así que uno de éstos se acercaba á D. Félix y le estrechaba la

mano y se ponía á conversar con él, ya estaba Talín con ojo avizor. Se

colocaba cerca de su amo, con la mirada fija en los pies del

interlocutor. En cuanto éste descuidadamente los movía, se arrojaba

sobre ellos y le hincaba los dientes desgarrándole el calzado y algunas

veces la piel. Puede imaginarse el susto del buen hombre y el brinco que

daría. D. Félix montaba en cólera, arrimaba un puntapié al indecente

perro, le llenaba de denuestos, le arrojaba de su presencia. Todo

inútil: á la primera ocasión, Talín se mostraba igualmente suspicaz y

grosero.

Pues ahora caminaba delante con las orejas hacia atrás y el rabo tieso,

mirando á menudo á su amo con ojos donde á la alegría natural que le

producían las excursiones se juntaba cierta extraña inquietud. Lo mismo

le acaecía siempre que á su amo se le antojaba ir á Villoria. Y había

motivo para ello. El perro del mayordomo del marqués era su enemigo

desde hacía largo tiempo. No podía pasar por delante del palacio, fuese

de día ó de noche, sin que se arrojara sobre él como un tigre hircano.

Talín no pensaba haberle dado pretexto para un odio tan encarnizado. En

otro tiempo habían sido amigos. Sin saber por qué, de la noche á la

mañana la amistad se trocó en aborrecimiento. Este cambio brusco,

inesperado, le llenó de asombro y dolor. Porque si bien entre los

hombres es frecuente, entre los perros no lo es tanto. Y no sólo se le

declaró enemigo irreconciliable, sino que logró arrastrar á otro sujeto

con quien no había tenido en la vida reyerta alguna, el perro de Tomasón

el molinero. Tanto le odiaba el uno como el otro. No sorprenderá, pues,

que Talín caminase nervioso como su amo, aunque por diferente motivo.

La estrecha cañada por donde corre el riachuelo de Villoria es de una

belleza encantadora. Las colinas que la forman verdes, cubiertas á

trechos de árboles. El río desciende tan pronto suave como rumoroso,

pero siempre límpido. El camino sombreado de avellanos. Algunas veces la

cañada se ensancha un poco, y entonces entre el camino que sigue pegado

á la falda de la colina y el río queda cierto espacio que se prolonga

formando una pradera más larga que ancha. Todas estas praderas

pertenecían al marqués de Camposagrado y eran los pedazos de tierra más

fértiles de la comarca. D. Félix las admiraba: se le hacía la boca agua

cuando pasaba cerca de ellas: hubiera dado tres veces su valor por

adquirirlas. Pero aún más las admiraba y las veneraba su criado

Manolete. Ninguno más aficionado que él á los prados feraces entre los

bípedos y acaso entre los cuadrúpedos. ¡Cuántas veces había insinuado á

su amo que tratase de comprar estos prados! Imposible: el marqués no

pensaba en venderlos.

Con poco más de media hora de camino dió nuestro capitán en el lugar de

Villoria. Á Talín le temblaban las carnes de pasar por delante de la

casa del marqués. Pero al fin pasaron y ¡oh dicha! nadie se metió con

él. Su enemigo dormía ó no estaba en casa. Cuando salieron por el otro

extremo de la aldea comenzó á correr alegremente y dando brincos sin

pensar en la vuelta. Mas he aquí que unos cien pasos más allá, al

revolver de la colina, divisa en un maizal á sus dos enemigos. Y es lo

peor que también ellos le divisaron y en cuanto le divisaron

emprendieron hacia él una carrera vertiginosa. Talín por su parte apretó

los pies de tal modo que por mucho que corrieron aquellos bandidos no

lograron darle alcance. Volviéronse mohinos al cabo de algún tiempo y al

tropezar con el capitán su despecho les incitó á gruñirle; pero éste

alzó el bastón de modo tan airado que huyeron sin realizar su propósito.

¡Para bromitas estaba nuestro hidalgo!

Un poco más allá de Villoria dejó la orilla del río y tomando un

caminito de montaña, capaz sólo para las carretas del país, comenzó á

subir la colina en dirección á Arbín. La cuesta era agria, pero no muy

larga. Antes de un cuarto de hora tropezó con las tapias de la pomarada

de su primo. Siguió pegado á ella algún tiempo y dió pronto con la casa

que estaba en lo más alto.

La posesión de D. César no era grande ni feraz. Los terrenos de las

colinas no son como los del valle, regados por todas las aguas que de

ellas bajan. Pero estaba tan admirablemente cuidada, que alegraba la

vista y daba mayores rendimientos que las mejores del llano. Y esto no

por otra causa sino porque su dueño era el agricultor más inteligente de

Laviana y aun de todo su partido. ¡Quién lo diría de un hombre tan

aficionado á los placeres urbanos y á las artes imitadoras! La necesidad

hace ley. D. César, nacido para los salones y las academias y los

teatros, nunca había poseído medios de vivir en la capital. Su hacienda

era corta; la posesión de Arbín y pocas más fincas en Villoria que le

rentaban algunas fanegas de trigo. Por eso se aplicó con ahinco al

cultivo de sus tierras, alcanzando pericia envidiable. Su pomarada, con

ser más pequeña que la del capitán, producía doble cantidad de sidra: su

huerta era rica como ninguna en frutas sazonadas, en legumbres y

hortalizas. Vendía la sidra á los taberneros de la Pola y Langreo y

vendía también los sobrantes de la huerta. Hasta tenía tiempo y humor

para cultivar un número crecido de flores que eran el asombro y regocijo

de las doncellas de Villoria.

Al poner el pie en la plazoleta que había delante de la casa, dos perros

salieron furiosos ladrando.

--¡Quieto, Faón! ¡quieto, Safo!--gritó el capitán.

Los perros helénicos comprendieron que no era un bárbaro quien osaba

pisar el suelo sagrado de la Hélade, lo reconocieron y le rindieron

acatamiento moviendo el rabo. Al mismo tiempo Talín se acercó á ellos y

cambió con Faón un saludo amical rozándole el hocico. Faón jamás había

sentido celos de Talín, quizá porque la figura de éste no podía

inspirarlos, quizá también porque ya estuviese hastiado de su ardiente

amiga y meditase abandonarla.

La casa del señor de las Matas era de piedra amarillenta y carcomida,

cuadrada, de un solo piso; grandes balcones de hierro forjado, enorme

puerta claveteada formando arco; más antigua y más señorial que la de

don Félix, pero también más pobre. En una de sus esquinas tenía el

escudo y en el centro sobre la puerta de entrada una hornacina donde en

otro tiempo, según los viejos, había estado un guerrero de piedra. D.

César lo había sustituído por otra estatua de piedra también que le

había regalado su amigo el canónigo de Oviedo. Esta escultura

representaba un hombre barbado y vestido de larga túnica con un libro

abierto en una mano y un compás en la otra. Era el conocido personaje

emblemático que simboliza la Arquitectura; pero nuestro hidalgo quiso

que representase á Sócrates y le puso este nombre encima y debajo el

siguiente dístico:

_Aunque la ingrata patria tus afanes no premie_

_Al compás de tus obras siempre atiende_.

Bien sabía D. César que Sócrates no había escrito obra ninguna, pero se

valía de este ardid retórico para expresar la influencia que los altos

pensamientos del filósofo habían ejercido, justificando de paso los

objetos que tenía en las manos.

Traspuso D. Félix la puerta y no viendo á nadie subió la escalera sin

llamar, como quien tiene derecho á ello. Halló á su primo sentado en

viejo sillón de cuero con un libro en la mano, esto es, en su posición

natural de sabio. En el momento de sorprenderle, sus labios finos se

plegaban en una sonrisa irónica. Pero al levantar los ojos y ver á su

primo, aquella expresión maliciosa se trocó en otra de cordial alegría.

Alzóse vivamente del asiento y vino á abrazarle.

--Salud, primo; soldado valeroso en otro tiempo, hoy rico propietario de

esta comarca. Largo tiempo hace que esta humilde morada no ha tenido el

honor de cobijarte.

D. Félix correspondió de buen grado á tan cariñoso saludo haciendo

esfuerzos por sonreir.

--Estabas leyendo... Te he interrumpido, ¿verdad?

--Un deudo de tu valía no es importuno jamás. El libro que tenía en la

mano puedo tomarlo y dejarlo cuando se me antoje; pero á ti, primo

querido, sólo te tomo cuando te quieres dar... Leía en este momento los

_Acarnianos_ de Aristófanes y me reía viendo de qué modo el poeta pinta

á Pericles lanzando como Júpiter rayos y relámpagos que van á trastornar

la Grecia. Ya Cratinos le llamaba humorísticamente «el padre de todos

los dioses».

--Tú gozas siempre que encuentras alguna palabra contra el _Olímpico_.

Me parece que llevas el odio demasiado lejos. Pericles, aunque disipó

los tesoros de Atenas y contribuyó á su corrupción, me ha dicho el cura

de la Pola que vivía con modestia y frugalidad, retirado de la sociedad,

renunciando á los placeres; y que en los cargos que le confiaron mostró

un desinterés y una probidad inalterables.

El capitán era también enemigo de Pericles. D. César había logrado

arrastrar en su odio á todos sus parientes y amigos íntimos. Pero la

disposición colérica en que ahora se hallaba le impulsó á llevar la

contraria á su primo.

--¡Pura comedia!--exclamó éste exaltándose.--Su reserva, su exterior

modesto y su andar pausado eran un papel aprendido y bien desempeñado

para embaucar al pueblo de Atenas, á ese _Demos_ bobalicón que pinta

Aristófanes en los _Caballeros_, como un viejo irascible y sordo que se

deja conducir por los charlatanes... ¡Frugalidad!... ¡desprecio de los

placeres!... ¡Que se lo pregunten á la milesiana Aspasia!... Pericles

fué un corruptor en todos los órdenes, un tirano que saqueó indignamente

á los aliados para recrear á los atenienses y tenerlos propicios... Ya

sé... ¡ya sé!--añadió con voz sorda y temblorosa--que se ha dicho por

ahí que yo era partidario de los _peloponesos_... ¡Es una vil calumnia!

Jamás he pertenecido á la Liga ni tuve conatos de acercarme á ella. Yo

no hubiera firmado la vergonzosa paz de Antálcidas aunque me cortasen la

mano derecha... Puedes decírselo así al señor cura de la Pola que de

poco tiempo á esta parte encuentra tan admirable á Esparta--añadió

sarcásticamente.--Y puedes recordarle también las sangrientas palabras

de Plutarco: «Por la batalla de Leuctres había perdido la

preponderancia; mas por la paz de Antálcidas perdió el honor».

No quiso D. Félix llevar más adelante la contraria á su primo viéndole

irritado. No tenía interés en ello porque era, como se ha dicho, más

bien enemigo que amigo de Pericles, aunque sólo de oídas conociese al

_Olímpico_. Sabía medianamente el latín y conocía un poco la historia de

Roma, pero la de Grecia ni saludarla siquiera.

--Bueno, dejemos á los griegos y vengamos á los españoles. Yo tenía que

consultar contigo un asunto y para eso he subido hasta aquí.

D. César se serenó de pronto. Era el hombre más apacible de la tierra

siempre que no se tocase á su enemigo.

--¡Me gusta tu franqueza!--exclamó riendo.--No puedes negar que eres un

veterano de la Independencia. Tienes la misma pasta que los vencedores

de Maratón y de Platea. Mas por Júpiter, que no te dejo hablar otra

palabra si no consientes en reposar un poco el calor y tomar algún corto

refrigerio.

Cedió de buen grado D. Félix, porque se hallaba un poco cansado y

hambriento. El señor de las Matas llamó con las palmas de la mano. No

tardó en presentarse una zagala, ni hermosa ni limpia, que le servía

para aderezarle la comida, cuidar y ordeñar su única vaca, llevar el

rocín á beber y darle pienso, etc., etc. Porque nuestro hidalgo no tenía

otro servidor. La huerta y la pomarada él las cuidaba con sus propias

helénicas manos. Cuando necesitaba ayuda se la pedía á algún vecino que

por corto estipendio, y á veces sin él, se la prestaba.

Por eso la sala en que ahora estaba leyendo dejaba mucho que desear en

cuanto al aseo. Los muebles antiquísimos y polvorientos, el suelo

desigual y polvoriento, los libros rugosos y polvorientos también.

Poseía D. César un número considerable de volúmenes, aunque ninguno

había salido de los tórculos menos de dos siglos antes. Pero nuestro

hidalgo los amaba como si se hallasen en la frescura de su juventud.

Tardó poco la mozuela, que no se llamaba Amarilis, ni Mirtale sino Pepa,

en traer un tarro de miel, un queso, pan moreno de la tierra y vino de

Castilla. La miel era de las colmenas que cerca de la casa poseía D.

César. Éste sostenía que era más dulce y más fragante que la del Himeto,

cosa que nadie se cuidaba de poner en duda en Laviana.

Cuando el capitán hubo comido según sus deseos, que ya los tenía vivos,

su primo le ayudó á beber la botella de vino blanco de la Nava, no sin

antes dejar caer algunas gotas al suelo en honor de los dioses. Era su

costumbre siempre que libaba. Sorprendía un poco á los que con él se

hallaban; pero D. César nunca dió explicación de este proceder, quizá

por temor de que lo echasen á broma, quizá también por el desprecio real

que sentía hacia los bárbaros.

Salieron por fin de casa y entraron en la huerta. Allí tuvo ocasión una

vez más D. Félix de admirar la habilidad y profundos conocimientos de su

primo en materia de horticultura. ¡Qué orden! ¡qué cuadros de coles

rozagantes y frescos! ¡qué esparraguera deleitosa! ¡qué primor de

albaricoqueros y cerezos colocados en espalera! No se hartaba el buen

capitán de examinarlo todo y de hacer preguntas y preguntas, aspirando

con ansia á penetrarse de aquel arte supremo, pero bien persuadido de

que jamás lo lograría. Respondía el señor de las Matas con amable

condescendencia y la misma convicción. Porque sabido de antiguo tenía

que su primo era un excelente ganadero, pero nada más que mediano

hortelano.

De la huerta pasaron á la pomarada y aún fué mayor la alegría y la

admiración de D. Félix al verse entre aquellos manzanos tan finos y

peinados como elegantes damiselas. No eran como los suyos enormes,

frondosos; pero en cambio soportaban en cada rama cuantas manzanas

podían, y éstas eran más fragantes y azucaradas. D. César los trataba

con una severidad inflexible que pasmaba á su primo. Les exigía siempre

la misma ó mayor cantidad de fruto; y si alguno se descuidaba ó se

mostraba reacio, concluía por arrancarlo de cuajo y plantar otro en su

lugar.

Subieron á lo más alto de la finca. En aquel paraje había construído D.

César un templete circular sostenido por columnas. No eran éstas de

mármol desgraciadamente porque los recursos del hidalgo no lo

consentían, pero estaban enjalbegadas primorosamente y de lejos

producían el mismo efecto. Desde aquel templete abierto se disfrutaba

una vista deleitosa. Un gran círculo de colinas y montañas.

Desparramados sobre sus faldas multitud de caseríos. En lo más alto á la

izquierda la gran Peña-Mea. En el fondo á la derecha el pueblecito de

Villoria, un grupo de casas blancas donde se destacaba la iglesia y el

oscuro palacio medio derruído de los marqueses de Camposagrado.

Cuando se hubieron sentado en los toscos sillones que allí había, el

capitán expuso á su primo el objeto de su visita. Quedó pensativo D.

César algunos momentos. Al cabo profirió con su majestad acostumbrada:

--Nada hay para el hombre más pesado que advertir cómo le arrebatan

cuando menos lo imagina aquellos bienes que constituyen su dicha, el

único recreo de sus días. No dudo, primo querido, que será para ti asaz

doloroso verte privado de esa hermosa finca donde tenías puestos tus

amores, donde jugaste de niño, donde reposas de viejo, donde los árboles

que tu mano ha plantado se yerguen soberbios en el espacio, y las reses

que tú criaste pacen con sosiego sus hierbas aromáticas... Pero ésta es

la ley fatal del Universo. Nada hay estable en él. Un fuego esparcido

por la naturaleza lo consume y lo renueva sin cesar. «Todo corre, todo

marcha, nada se detiene--dice Heráclito.--No se baja dos veces por el

mismo río.» En vano es que nuestras débiles manos quieran detener la

rueda de la vida. Pasaron los griegos, pasaron los romanos y pasaremos

nosotros... Hace ya tiempo que siento el ruido de la ola que nos ha de

arrebatar. Desde que comenzó la explotación de las minas de Langreo

comprendí que nuestra vida patriarcal, nuestras costumbres sencillas

iban á fenecer. Y en efecto, amado primo, te lo diré con franqueza:

¡Demetria ha muerto!...

--¿Cómo que ha muerto?--exclamó el capitán alzándose con su

acostumbrada presteza y dirigiendo á su primo una mirada de

consternación.--Ayer la he visto buena y sana...

--No, no es la hermosa zagala de Canzana por quien tú te interesas la

que ha muerto--repuso D. César con sonrisa benévola.--Es la gloriosa

Demetria, la diosa de la agricultura, la diosa que alimenta, como la

llama Homero... ésa que vosotros los latinistas llamáis Ceres--añadió

con cierta inflexión desdeñosa. Demetria ha muerto y se prepara el

advenimiento de un nuevo reinado, el reinado de Plutón. Saludémosle con

respeto, ya que no con amor... ¡Con amor no! Yo no puedo amar á ese dios

subterráneo que ennegrece los rostros y no pocas veces también las

conciencias. La Arcadia ha concluído. Esta raza sencilla y belicosa de

nuestros campos desaparecerá en breve y será sustituída por otra criada

en el amor de las riquezas y en el orgullo. ¡Ya conozco esa raza! Las

pocas veces que algún negocio me lleva á Oviedo, al atravesar la comarca

de Langreo, mi pantalón de trabillas, mi frac, mi sombrero de felpa y el

pobre rucio que monto excitan la risa de aquellos ricos mineros. Desde

sus viviendas suntuosas unos hombres de la nada, hijos de labriegos y

menestrales, me señalan con el dedo á sus vecinos haciendo escarnio de

mi figura y mi pobreza. ¡Qué vamos á hacer! La lucha es imposible, amado

primo. Á la aristocracia sucede la plutocracia. Pero ésta pasará

también, consolémonos con ello. Sufre, pues, con paciencia que profanen

tu hermoso asilo. Eurípides lo ha dicho: «Contra el destino y la

necesidad no existe refugio».

--¡Pero contra los bandidos y canallas existen los trabucos, y yo tengo

en mi casa algunos cargados hasta la boca!--exclamó exasperado el

capitán.

No fué posible convencerle. El Sr. de las Matas se esforzó en vano en

traerle á la razón representándole la inutilidad y los peligros de

cualquier oposición. Á todo respondía con palabras descompuestas y

furiosas, agitado por un frenesí de cólera que no le permitía ni ver

claro ni hablar con coherencia. Por último, se despidió, dejando á su

primo inquieto y melancólico, y emprendió la vuelta de Entralgo en un

estado de exaltación que no predecía nada bueno.

La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas · 第 10 / 21 段