poco aguante. Antes que don Casiano se llevase á la boca el vaso lleno
que tenía en la mano le dijo con ímpetu:
--Pero vamos á ver, hombre, acabe usted de una vez, ¿qué diablo le trae
á usted por aquí?
El actuario bebió el vaso de sidra con toda calma, lo depositó
igualmente en el poyo, sacó el pañuelo y se limpió la boca tres ó cuatro
veces con más sosiego aún bajo la mirada impaciente de D. Félix.
--Usted habrá oído hablar de una sociedad establecida en Gijón que se
llama _Unión Carbonera_...
--No señor ni gana--respondió el capitán con su acostumbrada viveza.
--Es una sociedad muy respetable, compuesta de personas de posición, que
se dedica á la explotación de minas...
--Sí, de minas y tontos... Todas esas sociedades son pillería.
--¡No! ¡no, D. Félix!--exclamó el actuario inflando los carrillos y
abriendo mucho los ojos.--Ésta es muy respetable.
--Bueno, es una pillería respetable. Adelante.
--Pues esa sociedad--prosiguió D. Casiano, no sin sacudir antes con
severidad su cabeza de troglodita--tiene denunciados hace años dos cotos
mineros en Laviana, uno en Tiraña y otro en la cuenca del río de
Villoria... Y es el caso que ahora quiere empezar la explotación de este
último ampliando la línea férrea de Carrio hasta Villoria...
D. Casiano se detuvo.
--Adelante, hombre, adelante--exclamó con impaciencia D. Félix.
--Para ello es necesario entenderse con los dueños de las fincas que
atraviese, comprarlas... ó indemnizarles de los perjuicios causados...
Otra vez se detuvo.
--¡Adelante! ¡adelante!
--Y al parecer, la línea debe pasar por el medio de su finca de
Cerezangos...
El capitán saltó como si le hubiesen clavado un alfiler.
--¿Qué está usted diciendo?
--El ingeniero así lo ha manifestado á la sociedad y ésta me ha
comisionado á mí para que me entendiese con usted--expresó el actuario
con alguna vacilación--observando el efecto desastroso que sus palabras
habían causado á D. Félix.
--¡Pues yo le digo que me río de esa sociedad, de ese ingeniero y de
usted que me viene con semejantes embajadas!--exclamó aquél, aunque sin
reirse como afirmaba, sino presa de un furor insano.
--Yo no hago más que cumplir un encargo, D. Félix... La sociedad
quisiera entenderse con usted en buena armonía...
--¡Le digo á usted que me río de esa sociedad!--gritó D. Félix
enteramente descompuesto.
D. Casiano, que estaba en pie, se dejó caer sobre el asiento turbado y
abatido.
--Serénese usted, D. Félix... Serénese usted y hablemos en
razón--articuló trabajosamente.
--¡Estoy sereno! ¡perfectamente sereno!... ¿Cuándo me ha visto usted
perder la serenidad?--vociferó el capitán echando espumarajos por la
boca.
--La empresa antes de acudir á la expropiación forzosa... está
dispuesta... está dispuesta á dar á usted mucho más de lo que vale.
--¡Dígale usted á la empresa que se meta todo su dinero donde le
quepa!...
--Es que...
--¡Es que nada! Hemos hablado ya bastante.
D. Félix hizo un gesto perentorio para imponer silencio y empezó á dar
paseos por la plazoleta con la violencia de fiera enjaulada. De vez en
cuando salían de su boca temerosas interjecciones y de su nariz
resoplidos más temerosos aún. Regalado, los criados y algunos vecinos
que por allí cruzaban le contemplaban con asombro y respeto. De vez en
cuando dirigían miradas de odio al insolente que le había puesto en tal
estado, al mísero D. Casiano. Éste con la cabezota baja maldecía
interiormente del instante en que había aceptado semejante comisión.
D. Félix se detuvo repentinamente delante de él y tomándole por la
solapa y sacudiéndole le gritó con frenesí:
--¿Sabe usted lo que le digo?... ¡Que antes que un hidepu.. de esos
ponga un pie en Cerezangos le meto quince balas de plomo en la cabeza!
Si algún cetáceo supo alguna vez lo que era el miedo, fué D. Casiano en
aquella ocasión.
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IX
Los hidalgos.
Aunque se sentó á la mesa no pudo comer. La cólera se le trasvertía de
tal modo que no había lugar para que pasase el alimento. Á duras penas
pudo D.ª Robustiana lograr que sorbiese una taza de caldo. Se alzó de la
silla, bajó á su cuarto, atolondrado, confuso, sin saber qué partido
tomar ante aquel alud que se le venía encima, aquella gran desgracia.
Porque tal consideraba la profanación de su retiro ameno y deleitoso.
El capitán era más expedito de corazón que de inteligencia. Por eso,
después de pasar cerca de una hora prensándose la cabeza, no halló
arbitrio mejor en aquel aprieto que ir á consultar el caso con su primo
César, uno de «los pocos sabios que en el mundo han sido», el octavo de
la Grecia, á no haberse retrasado algunos siglos su nacimiento.
Tomó, pues, su bastón, se despojó del gorro sustituyéndolo con un
sombrero blanco de fieltro y sin querer que ensillaran el caballo,
porque su extrema agitación le impelía á caminar, emprendió el viaje de
Villoria seguido del fiel Talín. Este Talín era un perrillo de color
canela, nada grande, nada bello, nada inteligente, pero más impetuoso
aún y casi tan magnánimo como su amo. Fué siempre su humor caprichoso y
fantástico y por él se había dejado arrastrar á simpatías injustificadas
y á antipatías más injustificadas aún que ocasionaran no pocos disgustos
en la casa. Pero con la edad, pues era ya un viejo can, este humor se
había exacerbado de modo increíble. Sus manías se habían convertido en
verdaderas chocheces. En el pueblo se murmuraba bastante de él. En
realidad no faltaba motivo para ello. Porque si bien jamás había sido
confiado y cariñoso, hasta los últimos tiempos no llevó sus recelos al
extremo ridículo de no consentir que la persona que hablase con su amo
moviese poco ó mucho los pies. Como si meditase que los enemigos
declarados no había que temerlos, pues el capitán daría buena cuenta de
ellos, pero había que vigilar mucho á los que se presentaban con cara de
amigos, así que uno de éstos se acercaba á D. Félix y le estrechaba la
mano y se ponía á conversar con él, ya estaba Talín con ojo avizor. Se
colocaba cerca de su amo, con la mirada fija en los pies del
interlocutor. En cuanto éste descuidadamente los movía, se arrojaba
sobre ellos y le hincaba los dientes desgarrándole el calzado y algunas
veces la piel. Puede imaginarse el susto del buen hombre y el brinco que
daría. D. Félix montaba en cólera, arrimaba un puntapié al indecente
perro, le llenaba de denuestos, le arrojaba de su presencia. Todo
inútil: á la primera ocasión, Talín se mostraba igualmente suspicaz y
grosero.
Pues ahora caminaba delante con las orejas hacia atrás y el rabo tieso,
mirando á menudo á su amo con ojos donde á la alegría natural que le
producían las excursiones se juntaba cierta extraña inquietud. Lo mismo
le acaecía siempre que á su amo se le antojaba ir á Villoria. Y había
motivo para ello. El perro del mayordomo del marqués era su enemigo
desde hacía largo tiempo. No podía pasar por delante del palacio, fuese
de día ó de noche, sin que se arrojara sobre él como un tigre hircano.
Talín no pensaba haberle dado pretexto para un odio tan encarnizado. En
otro tiempo habían sido amigos. Sin saber por qué, de la noche á la
mañana la amistad se trocó en aborrecimiento. Este cambio brusco,
inesperado, le llenó de asombro y dolor. Porque si bien entre los
hombres es frecuente, entre los perros no lo es tanto. Y no sólo se le
declaró enemigo irreconciliable, sino que logró arrastrar á otro sujeto
con quien no había tenido en la vida reyerta alguna, el perro de Tomasón
el molinero. Tanto le odiaba el uno como el otro. No sorprenderá, pues,
que Talín caminase nervioso como su amo, aunque por diferente motivo.
La estrecha cañada por donde corre el riachuelo de Villoria es de una
belleza encantadora. Las colinas que la forman verdes, cubiertas á
trechos de árboles. El río desciende tan pronto suave como rumoroso,
pero siempre límpido. El camino sombreado de avellanos. Algunas veces la
cañada se ensancha un poco, y entonces entre el camino que sigue pegado
á la falda de la colina y el río queda cierto espacio que se prolonga
formando una pradera más larga que ancha. Todas estas praderas
pertenecían al marqués de Camposagrado y eran los pedazos de tierra más
fértiles de la comarca. D. Félix las admiraba: se le hacía la boca agua
cuando pasaba cerca de ellas: hubiera dado tres veces su valor por
adquirirlas. Pero aún más las admiraba y las veneraba su criado
Manolete. Ninguno más aficionado que él á los prados feraces entre los
bípedos y acaso entre los cuadrúpedos. ¡Cuántas veces había insinuado á
su amo que tratase de comprar estos prados! Imposible: el marqués no
pensaba en venderlos.
Con poco más de media hora de camino dió nuestro capitán en el lugar de
Villoria. Á Talín le temblaban las carnes de pasar por delante de la
casa del marqués. Pero al fin pasaron y ¡oh dicha! nadie se metió con
él. Su enemigo dormía ó no estaba en casa. Cuando salieron por el otro
extremo de la aldea comenzó á correr alegremente y dando brincos sin
pensar en la vuelta. Mas he aquí que unos cien pasos más allá, al
revolver de la colina, divisa en un maizal á sus dos enemigos. Y es lo
peor que también ellos le divisaron y en cuanto le divisaron
emprendieron hacia él una carrera vertiginosa. Talín por su parte apretó
los pies de tal modo que por mucho que corrieron aquellos bandidos no
lograron darle alcance. Volviéronse mohinos al cabo de algún tiempo y al
tropezar con el capitán su despecho les incitó á gruñirle; pero éste
alzó el bastón de modo tan airado que huyeron sin realizar su propósito.
¡Para bromitas estaba nuestro hidalgo!
Un poco más allá de Villoria dejó la orilla del río y tomando un
caminito de montaña, capaz sólo para las carretas del país, comenzó á
subir la colina en dirección á Arbín. La cuesta era agria, pero no muy
larga. Antes de un cuarto de hora tropezó con las tapias de la pomarada
de su primo. Siguió pegado á ella algún tiempo y dió pronto con la casa
que estaba en lo más alto.
La posesión de D. César no era grande ni feraz. Los terrenos de las
colinas no son como los del valle, regados por todas las aguas que de
ellas bajan. Pero estaba tan admirablemente cuidada, que alegraba la
vista y daba mayores rendimientos que las mejores del llano. Y esto no
por otra causa sino porque su dueño era el agricultor más inteligente de
Laviana y aun de todo su partido. ¡Quién lo diría de un hombre tan
aficionado á los placeres urbanos y á las artes imitadoras! La necesidad
hace ley. D. César, nacido para los salones y las academias y los
teatros, nunca había poseído medios de vivir en la capital. Su hacienda
era corta; la posesión de Arbín y pocas más fincas en Villoria que le
rentaban algunas fanegas de trigo. Por eso se aplicó con ahinco al
cultivo de sus tierras, alcanzando pericia envidiable. Su pomarada, con
ser más pequeña que la del capitán, producía doble cantidad de sidra: su
huerta era rica como ninguna en frutas sazonadas, en legumbres y
hortalizas. Vendía la sidra á los taberneros de la Pola y Langreo y
vendía también los sobrantes de la huerta. Hasta tenía tiempo y humor
para cultivar un número crecido de flores que eran el asombro y regocijo
de las doncellas de Villoria.
Al poner el pie en la plazoleta que había delante de la casa, dos perros
salieron furiosos ladrando.
--¡Quieto, Faón! ¡quieto, Safo!--gritó el capitán.
Los perros helénicos comprendieron que no era un bárbaro quien osaba
pisar el suelo sagrado de la Hélade, lo reconocieron y le rindieron
acatamiento moviendo el rabo. Al mismo tiempo Talín se acercó á ellos y
cambió con Faón un saludo amical rozándole el hocico. Faón jamás había
sentido celos de Talín, quizá porque la figura de éste no podía
inspirarlos, quizá también porque ya estuviese hastiado de su ardiente
amiga y meditase abandonarla.
La casa del señor de las Matas era de piedra amarillenta y carcomida,
cuadrada, de un solo piso; grandes balcones de hierro forjado, enorme
puerta claveteada formando arco; más antigua y más señorial que la de
don Félix, pero también más pobre. En una de sus esquinas tenía el
escudo y en el centro sobre la puerta de entrada una hornacina donde en
otro tiempo, según los viejos, había estado un guerrero de piedra. D.
César lo había sustituído por otra estatua de piedra también que le
había regalado su amigo el canónigo de Oviedo. Esta escultura
representaba un hombre barbado y vestido de larga túnica con un libro
abierto en una mano y un compás en la otra. Era el conocido personaje
emblemático que simboliza la Arquitectura; pero nuestro hidalgo quiso
que representase á Sócrates y le puso este nombre encima y debajo el
siguiente dístico:
_Aunque la ingrata patria tus afanes no premie_
_Al compás de tus obras siempre atiende_.
Bien sabía D. César que Sócrates no había escrito obra ninguna, pero se
valía de este ardid retórico para expresar la influencia que los altos
pensamientos del filósofo habían ejercido, justificando de paso los
objetos que tenía en las manos.
Traspuso D. Félix la puerta y no viendo á nadie subió la escalera sin
llamar, como quien tiene derecho á ello. Halló á su primo sentado en
viejo sillón de cuero con un libro en la mano, esto es, en su posición
natural de sabio. En el momento de sorprenderle, sus labios finos se
plegaban en una sonrisa irónica. Pero al levantar los ojos y ver á su
primo, aquella expresión maliciosa se trocó en otra de cordial alegría.
Alzóse vivamente del asiento y vino á abrazarle.
--Salud, primo; soldado valeroso en otro tiempo, hoy rico propietario de
esta comarca. Largo tiempo hace que esta humilde morada no ha tenido el
honor de cobijarte.
D. Félix correspondió de buen grado á tan cariñoso saludo haciendo
esfuerzos por sonreir.
--Estabas leyendo... Te he interrumpido, ¿verdad?
--Un deudo de tu valía no es importuno jamás. El libro que tenía en la
mano puedo tomarlo y dejarlo cuando se me antoje; pero á ti, primo
querido, sólo te tomo cuando te quieres dar... Leía en este momento los
_Acarnianos_ de Aristófanes y me reía viendo de qué modo el poeta pinta
á Pericles lanzando como Júpiter rayos y relámpagos que van á trastornar
la Grecia. Ya Cratinos le llamaba humorísticamente «el padre de todos
los dioses».
--Tú gozas siempre que encuentras alguna palabra contra el _Olímpico_.
Me parece que llevas el odio demasiado lejos. Pericles, aunque disipó
los tesoros de Atenas y contribuyó á su corrupción, me ha dicho el cura
de la Pola que vivía con modestia y frugalidad, retirado de la sociedad,
renunciando á los placeres; y que en los cargos que le confiaron mostró
un desinterés y una probidad inalterables.
El capitán era también enemigo de Pericles. D. César había logrado
arrastrar en su odio á todos sus parientes y amigos íntimos. Pero la
disposición colérica en que ahora se hallaba le impulsó á llevar la
contraria á su primo.
--¡Pura comedia!--exclamó éste exaltándose.--Su reserva, su exterior
modesto y su andar pausado eran un papel aprendido y bien desempeñado
para embaucar al pueblo de Atenas, á ese _Demos_ bobalicón que pinta
Aristófanes en los _Caballeros_, como un viejo irascible y sordo que se
deja conducir por los charlatanes... ¡Frugalidad!... ¡desprecio de los
placeres!... ¡Que se lo pregunten á la milesiana Aspasia!... Pericles
fué un corruptor en todos los órdenes, un tirano que saqueó indignamente
á los aliados para recrear á los atenienses y tenerlos propicios... Ya
sé... ¡ya sé!--añadió con voz sorda y temblorosa--que se ha dicho por
ahí que yo era partidario de los _peloponesos_... ¡Es una vil calumnia!
Jamás he pertenecido á la Liga ni tuve conatos de acercarme á ella. Yo
no hubiera firmado la vergonzosa paz de Antálcidas aunque me cortasen la
mano derecha... Puedes decírselo así al señor cura de la Pola que de
poco tiempo á esta parte encuentra tan admirable á Esparta--añadió
sarcásticamente.--Y puedes recordarle también las sangrientas palabras
de Plutarco: «Por la batalla de Leuctres había perdido la
preponderancia; mas por la paz de Antálcidas perdió el honor».
No quiso D. Félix llevar más adelante la contraria á su primo viéndole
irritado. No tenía interés en ello porque era, como se ha dicho, más
bien enemigo que amigo de Pericles, aunque sólo de oídas conociese al
_Olímpico_. Sabía medianamente el latín y conocía un poco la historia de
Roma, pero la de Grecia ni saludarla siquiera.
--Bueno, dejemos á los griegos y vengamos á los españoles. Yo tenía que
consultar contigo un asunto y para eso he subido hasta aquí.
D. César se serenó de pronto. Era el hombre más apacible de la tierra
siempre que no se tocase á su enemigo.
--¡Me gusta tu franqueza!--exclamó riendo.--No puedes negar que eres un
veterano de la Independencia. Tienes la misma pasta que los vencedores
de Maratón y de Platea. Mas por Júpiter, que no te dejo hablar otra
palabra si no consientes en reposar un poco el calor y tomar algún corto
refrigerio.
Cedió de buen grado D. Félix, porque se hallaba un poco cansado y
hambriento. El señor de las Matas llamó con las palmas de la mano. No
tardó en presentarse una zagala, ni hermosa ni limpia, que le servía
para aderezarle la comida, cuidar y ordeñar su única vaca, llevar el
rocín á beber y darle pienso, etc., etc. Porque nuestro hidalgo no tenía
otro servidor. La huerta y la pomarada él las cuidaba con sus propias
helénicas manos. Cuando necesitaba ayuda se la pedía á algún vecino que
por corto estipendio, y á veces sin él, se la prestaba.
Por eso la sala en que ahora estaba leyendo dejaba mucho que desear en
cuanto al aseo. Los muebles antiquísimos y polvorientos, el suelo
desigual y polvoriento, los libros rugosos y polvorientos también.
Poseía D. César un número considerable de volúmenes, aunque ninguno
había salido de los tórculos menos de dos siglos antes. Pero nuestro
hidalgo los amaba como si se hallasen en la frescura de su juventud.
Tardó poco la mozuela, que no se llamaba Amarilis, ni Mirtale sino Pepa,
en traer un tarro de miel, un queso, pan moreno de la tierra y vino de
Castilla. La miel era de las colmenas que cerca de la casa poseía D.
César. Éste sostenía que era más dulce y más fragante que la del Himeto,
cosa que nadie se cuidaba de poner en duda en Laviana.
Cuando el capitán hubo comido según sus deseos, que ya los tenía vivos,
su primo le ayudó á beber la botella de vino blanco de la Nava, no sin
antes dejar caer algunas gotas al suelo en honor de los dioses. Era su
costumbre siempre que libaba. Sorprendía un poco á los que con él se
hallaban; pero D. César nunca dió explicación de este proceder, quizá
por temor de que lo echasen á broma, quizá también por el desprecio real
que sentía hacia los bárbaros.
Salieron por fin de casa y entraron en la huerta. Allí tuvo ocasión una
vez más D. Félix de admirar la habilidad y profundos conocimientos de su
primo en materia de horticultura. ¡Qué orden! ¡qué cuadros de coles
rozagantes y frescos! ¡qué esparraguera deleitosa! ¡qué primor de
albaricoqueros y cerezos colocados en espalera! No se hartaba el buen
capitán de examinarlo todo y de hacer preguntas y preguntas, aspirando
con ansia á penetrarse de aquel arte supremo, pero bien persuadido de
que jamás lo lograría. Respondía el señor de las Matas con amable
condescendencia y la misma convicción. Porque sabido de antiguo tenía
que su primo era un excelente ganadero, pero nada más que mediano
hortelano.
De la huerta pasaron á la pomarada y aún fué mayor la alegría y la
admiración de D. Félix al verse entre aquellos manzanos tan finos y
peinados como elegantes damiselas. No eran como los suyos enormes,
frondosos; pero en cambio soportaban en cada rama cuantas manzanas
podían, y éstas eran más fragantes y azucaradas. D. César los trataba
con una severidad inflexible que pasmaba á su primo. Les exigía siempre
la misma ó mayor cantidad de fruto; y si alguno se descuidaba ó se
mostraba reacio, concluía por arrancarlo de cuajo y plantar otro en su
lugar.
Subieron á lo más alto de la finca. En aquel paraje había construído D.
César un templete circular sostenido por columnas. No eran éstas de
mármol desgraciadamente porque los recursos del hidalgo no lo
consentían, pero estaban enjalbegadas primorosamente y de lejos
producían el mismo efecto. Desde aquel templete abierto se disfrutaba
una vista deleitosa. Un gran círculo de colinas y montañas.
Desparramados sobre sus faldas multitud de caseríos. En lo más alto á la
izquierda la gran Peña-Mea. En el fondo á la derecha el pueblecito de
Villoria, un grupo de casas blancas donde se destacaba la iglesia y el
oscuro palacio medio derruído de los marqueses de Camposagrado.
Cuando se hubieron sentado en los toscos sillones que allí había, el
capitán expuso á su primo el objeto de su visita. Quedó pensativo D.
César algunos momentos. Al cabo profirió con su majestad acostumbrada:
--Nada hay para el hombre más pesado que advertir cómo le arrebatan
cuando menos lo imagina aquellos bienes que constituyen su dicha, el
único recreo de sus días. No dudo, primo querido, que será para ti asaz
doloroso verte privado de esa hermosa finca donde tenías puestos tus
amores, donde jugaste de niño, donde reposas de viejo, donde los árboles
que tu mano ha plantado se yerguen soberbios en el espacio, y las reses
que tú criaste pacen con sosiego sus hierbas aromáticas... Pero ésta es
la ley fatal del Universo. Nada hay estable en él. Un fuego esparcido
por la naturaleza lo consume y lo renueva sin cesar. «Todo corre, todo
marcha, nada se detiene--dice Heráclito.--No se baja dos veces por el
mismo río.» En vano es que nuestras débiles manos quieran detener la
rueda de la vida. Pasaron los griegos, pasaron los romanos y pasaremos
nosotros... Hace ya tiempo que siento el ruido de la ola que nos ha de
arrebatar. Desde que comenzó la explotación de las minas de Langreo
comprendí que nuestra vida patriarcal, nuestras costumbres sencillas
iban á fenecer. Y en efecto, amado primo, te lo diré con franqueza:
¡Demetria ha muerto!...
--¿Cómo que ha muerto?--exclamó el capitán alzándose con su
acostumbrada presteza y dirigiendo á su primo una mirada de
consternación.--Ayer la he visto buena y sana...
--No, no es la hermosa zagala de Canzana por quien tú te interesas la
que ha muerto--repuso D. César con sonrisa benévola.--Es la gloriosa
Demetria, la diosa de la agricultura, la diosa que alimenta, como la
llama Homero... ésa que vosotros los latinistas llamáis Ceres--añadió
con cierta inflexión desdeñosa. Demetria ha muerto y se prepara el
advenimiento de un nuevo reinado, el reinado de Plutón. Saludémosle con
respeto, ya que no con amor... ¡Con amor no! Yo no puedo amar á ese dios
subterráneo que ennegrece los rostros y no pocas veces también las
conciencias. La Arcadia ha concluído. Esta raza sencilla y belicosa de
nuestros campos desaparecerá en breve y será sustituída por otra criada
en el amor de las riquezas y en el orgullo. ¡Ya conozco esa raza! Las
pocas veces que algún negocio me lleva á Oviedo, al atravesar la comarca
de Langreo, mi pantalón de trabillas, mi frac, mi sombrero de felpa y el
pobre rucio que monto excitan la risa de aquellos ricos mineros. Desde
sus viviendas suntuosas unos hombres de la nada, hijos de labriegos y
menestrales, me señalan con el dedo á sus vecinos haciendo escarnio de
mi figura y mi pobreza. ¡Qué vamos á hacer! La lucha es imposible, amado
primo. Á la aristocracia sucede la plutocracia. Pero ésta pasará
también, consolémonos con ello. Sufre, pues, con paciencia que profanen
tu hermoso asilo. Eurípides lo ha dicho: «Contra el destino y la
necesidad no existe refugio».
--¡Pero contra los bandidos y canallas existen los trabucos, y yo tengo
en mi casa algunos cargados hasta la boca!--exclamó exasperado el
capitán.
No fué posible convencerle. El Sr. de las Matas se esforzó en vano en
traerle á la razón representándole la inutilidad y los peligros de
cualquier oposición. Á todo respondía con palabras descompuestas y
furiosas, agitado por un frenesí de cólera que no le permitía ni ver
claro ni hablar con coherencia. Por último, se despidió, dejando á su
primo inquieto y melancólico, y emprendió la vuelta de Entralgo en un
estado de exaltación que no predecía nada bueno.