Joyana se acercó á su compañero y le habló unas palabras al oído. Los

ojos sangrientos de Plutón brillaron con gozo malicioso. Luego se

acercaron un poco más á las jóvenes, Joyana hacia Flora, Plutón hacia

Demetria. Y haciéndose una seña se arrojaron de improviso sobre ellas

sujetándolas fuertemente y aplicando al mismo tiempo sonoros y lúbricos

besos en sus mejillas. Á pesar de los rabiosos esfuerzos de las zagalas

para desasirse, de sus gritos y de sus insultos, los infames sátiros las

estuvieron besando hasta que se saciaron. Y cuando se hubieron saciado

las soltaron y se alejaron riendo, mientras ellas, sacudidas por una

violenta cólera, agarraban del río enormes pedruscos y se los lanzaban

con una fuerza que sólo la indignación y la vergüenza pueden prestar.

Desaparecieron al cabo de su vista por detrás del espeso matorral de

mimbreras y avellanos. Quedaron las zagalas un momento inmóviles. Al

encontrarse después sus ojos, se dejaron caer una en brazos de otra

sollozando amargamente. Desahogada por el llanto su aflicción, notaron

que tenían el rostro manchado. Y por un movimiento simultáneo comenzaron

á tomar apresuradamente agua del río y á frotarse con tal ahinco que al

poco tiempo sus cándidas mejillas quedaron más rojas que las cerezas.

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VIII

El capitán.

Don Félix Cantalicio Ramírez del Valle descansaba en la fortaleza

blindada que tenía por dormitorio pocos días después del suceso que

acabamos de narrar. Habían sonado ya las dos de la noche en el reloj con

música del salón de arriba, se hallaba en la cama desde las once; y sin

embargo sólo había logrado echar un sueñecito de media hora. Le acaecía

esto muchas veces. El capitán era hombre de poco dormir, al menos de

noche. De día solía echar siestas repentinas y fantásticas donde menos

pudiera imaginarse, en el establo cuando iba á inspeccionar el ganado,

en la iglesia oyendo misa, y hasta montado á caballo cuando recorría los

caminos pedregosos del concejo. Tal molesto trastorno en las horas del

reposo le enfadaba mucho consigo mismo, pero infinitamente más con

cualquiera que osase ponérselo de manifiesto. Aunque se le viese dormido

por el día no había que hacer de ello mención. D. Félix tomaba cualquier

advertencia acerca de este punto como un insulto.

Había encendido la luz ya tres ó cuatro veces y tomado entre las manos

un tomo de la Historia sagrada; había creído conciliar el sueño otras

tantas; pero en cuanto daba un soplo al velón volvía á quedar

despabilado. Al fin se resignó á permanecer en esta forma con los ojos

abiertos dejando vagar su pensamiento por aquellos asuntos que más le

interesaban. Lo que más le interesaba por el momento eran las

indemnizaciones que iba á tomar pronto por los terrenos expropiados en

Carrio. Al fin no había tenido más remedio que ceder ante la fuerza

mayor. Las tierras iban á ser partidas por el ferrocarril minero, y un

puñado de oro iba á caer en sus manos. Lo agrio con lo dulce. Porque si

D. Félix amaba apasionadamente sus tierras, no amaba con menos pasión el

oro. Bastante de este precioso metal tenía escondido dentro de las

paredes del desván y en los ángulos oscuros de sus vigas.

También le preocupaba en aquel instante Flora que debía partir por la

mañana para Lorío. Aquella aldeanita risueña, cariñosa, traviesa se le

iba metiendo por el corazón adentro; le costaba cada vez más trabajo

prescindir de ella. ¿Sería cierta la sospecha que la zagala había osado

comunicar con su amiga orilla del río? Sí; era cierta. D. Félix, poco

después de quedar viudo, había tenido por criada á una muchacha hija de

unos arrendatarios de Lorío. Y aunque embargado todavía por el dolor de

la pérdida de una joven esposa y adorando su memoria, su temperamento

ardiente y exuberante le arrastró á seducir á aquella doméstica. Quedó

en cinta. D. Félix, para evitarle la vergüenza envióla á Castilla

facilitándole todo lo necesario. Murió allá. El capitán hizo que se

trasportase la criatura á Lorío, donde fué criada por los abuelos, á

quienes desde entonces protegió con eficacia si no muy ostensiblemente.

Mientras sus hijos legítimos fueron niños, el fruto de su desliz le

preocupó poco: lo veía rara vez, porque el amor de ellos llenaba su

corazón. Mas al fallecer su hijo Gregorio en Oviedo y al partirse para

allá María, la imagen de Flora fué adquiriendo mayores proporciones en

el círculo de sus pensamientos. Ya no se limitaba á asentir cuando D.ª

Robustiana le proponía llamarla á pasar unos días en Entralgo: él mismo

se arrojaba á proponerlo ó buscaba ocasión para ello. El ama de llaves

fomentaba esta inclinación porque Flora era con ella tan tierna como

respetuosa.

Á D. Félix le pesaba, pues, de su marcha; tanto, que ya buscaba en su

cerebro algún pretexto para llamarla de nuevo así que trascurriesen

algunos días. Embebido en estas imaginaciones se hallaba cuando sonaron

en la puerta dos golpecitos discretos. Dió un salto en la cama y

preguntó despavorido:

--¿Quién va?

El capitán era bravo, pero vivía con la perpetua pesadilla de los

ladrones. Un día ú otro esperaba el asalto.

--Soy yo, señor, soy yo--dijo una voz de falsete al través de la

cerradura.

--¡Ah! eres tú, Robustiana. ¿Qué hay?

--¡Señor, hay ladrones en casa!

El capitán dió un salto mucho mayor y quedó de pie sobre el pavimento.

Al fin había llegado el momento supremo; había sonado la hora del

combate.

Sin encender luz introdujo la mano por entre los colchones y sacó un

enorme fusil de pistón. Después se acercó á la puerta y posando los

labios sobre la cerradura preguntó en voz de falsete también:

--¿Dónde están?

--Un hombre saltó la tapia de la huerta; le sentí caer sobre el montón

de leña que hay allí arrimado. Me asomé y le vi acercarse á la casa y

escalar la pared--respondió D.ª Robustiana por el mismo procedimiento.

--¿Despertaste á Regalado?

--Sí señor, y espera armado con su escopeta á que usted le ordene qué ha

de hacer.

D. Félix meditó algunos momentos el plan de batalla. Sentía en aquel

momento una viva emoción que acaso no fuera enteramente desagradable. La

perspectiva de un combate después de tantos años de paz despertaba sus

dormidas energías de soldado. Se creyó, pues, en el caso de apelar á sus

conocimientos militares. Hallólos un poco polvorientos allá en un rincón

de su cabeza. De buena gana hubiera abierto el antiguo tratado de

estrategia que tenía en su librería más polvorienta aún: pero no había

tiempo.

--Dí á tu marido--manifestó al cabo con autoridad militar como si se

dirigiera á un ayudante de órdenes--que suba al corredor de la parra por

si se intenta el asalto por entrambas fachadas. Despierta inmediatamente

á Manolete y le das este fusil y que suba al corredor de la cocina de

arriba para que, en todo caso, sus fuegos se crucen con los de Regalado.

Despierta también á Linón y dale este trabuco y que me siga á la huerta.

Yo voy en descubierta para ver si flanqueo al enemigo y le tomo por

retaguardia.

--¡Ay, madre mía del Carmen, amparadnos!--exclamó D.ª Robustiana

temblando fuertemente con las dos armas en la mano.

--¡Silencio!... Tú y Flora y la criada os encerraréis en el gabinete de

atrás y arrimad los colchones al balcón por si alguna bala atraviesa la

madera.

--¡Ay, santo Cristo de Candás!

--¡Silencio, te digo!... Despierta á Linón sin hacer ruido... No le

chilles... sacúdelo.

D.ª Robustiana se alejó en la oscuridad. El capitán se dirigió á tientas

á uno de los rincones, tomó otro fusil y salió al portal. De allí

penetró en la gran cocina de los jornaleros, abrió con sigilo la puerta

de la huerta y entró en ella. En cuanto dió unos pasos y echó una mirada

á la casa, pudo ver á la escasa claridad de las estrellas el bulto de un

hombre encaramado en el balcón del cuarto que ocupaba Flora. Acercóse

solapadamente hasta ponerse debajo de él y oyó que llamaba suavemente y

decía muy quedo: Flora... Florita...

--¡Así Dios me mate si no es D. Lesmes!--dijo para sí D. Félix

reconociendo, en el colmo de la sorpresa y la indignación, al capellán

de Iguanzo.

Tan inesperado desenlace le llenó de despecho; porque en aquel momento

no le hubiera pesado de andar á tiros. Se creyó en ridículo y desairado.

Además encontraba altamente ofensiva para él la conducta de aquel

sujeto. Así que, sin vacilar, sacó la baqueta del fusil y aproximándose

y empinándose cuanto pudo le aplicó un par de palos en las piernas con

toda su fuerza. D. Lesmes reprimió un grito y se dejó caer al suelo. El

capitán le atizó con igual rabia otros tres estacazos en las espaldas

sin proferir una voz. Sin quejarse tampoco los recibió el capellán, y en

cuanto pudo se dió á correr como un gamo hacia la tapia y la saltó con

agilidad increíble.

En aquel momento llegó Linón con su trabuco y en calzoncillos. D. Félix

le metió la boca por el oído para decirle:

--Es un mozo que venía á galantear á Flora.

El adusto Linón sonrió en la oscuridad.

--Ya sé quién es: el hijo de la tía Javiera de Fresnedo--manifestó con

su habitual sagacidad.

D. Félix no quiso desengañarle, ni tampoco á Regalado y su mujer, con

quienes inmediatamente se reunió. No le pareció bien divulgar la

calaverada de un personaje eclesiástico, por más que sólo de un pelo

estuviese colgado de la santa madre Iglesia. Así, el pobre Jacinto de

Fresnedo cargó de modo real con la culpa de D. Lesmes y de un modo ideal

con los palos. Florita se prometió hacerle pagar cara la vergüenza y la

molestia que le hizo experimentar.

Terminada de tal modo feliz aquella aventura temerosa, cada cual se

volvió á la cama.

--¡Zángano! ¡más que zángano! ¡pendejo! ¡rijoso!... ¿Para qué quieres

tú á esta niña? ¿Para casarte? No, porque si sueltas las rentas de la

capellanía te mueres de hambre. Para seducirla y reirte de ella después

como has hecho con otras, ¿verdad?... Yo velaré, ¡yo velaré, tunante!...

Y en estas disposiciones protectoras, el capitán, en vez de velar, se

durmió como un santo.

Eran ya bien las ocho de la mañana cuando se despertó. Lo primero que

pensó al mirar el reloj fué que Flora pudiera haberse marchado sin

despedirse y llamó en alta voz á D.ª Robustiana. No, Flora aún estaba en

su cuarto arreglándose. D. Félix, cuando se hubo retirado el ama de

gobierno, abrió su armario, acercó á él una silla, se encaramó sobre

ella, sacó algunos legajos y tomó un bote de hoja de lata que había

detrás de ellos. Lo abrió, y después de contemplar con emoción su

contenido, sacó de él una moneda de oro de ocho duros y volvió á

colocarlo en su sitio y á cerrar el armario. En seguida silenciosamente

subió arriba y fué al cuarto de Flora.

--Pensaba que te habías marchado sin despedirte de mí, niña--dijo

suavizando de un modo sorprendente su voz.--Me desperté tarde contra mi

costumbre...

--¡Había de marchar sin decirle adiós, señor!... ¿Qué idea tiene de

mí?--exclamó la zalamera morenita anudando sobre la cabeza su pañolito

de seda encarnada y retocándose los rizos frente á un espejillo mal

azogado.

--Bien... bien... me alegro--repuso D. Félix algo acortado (porque

empezaba á sentir cierta cortedad frente á esta muchacha).--Has de

decirle á tu abuelo que si uno de los molares está casi inútil, como me

mandó á decir, puede renovarlo y que me lo ponga en cuenta. Y que no

permita al colono de D. Casiano que tome agua de la acequia, que no

tiene derecho á ello. Y que si necesita cortar algún roble para arreglar

el estanque puede hacerlo... No te olvides, ¿eh?...

No, no se olvidaría. Tampoco se olvidaba de colocarse bien sobre la

garganta la triple sarta de corales y colgarse de las orejas los

pendientes de perlas regalo del capitán y estirar con la punta de los

dedos los cabos del pañuelo á fin de que cayesen con gracia sobre las

sienes.

--Mira, Florita... te voy á hacer un regalo, hija mía... pero no se lo

digas á nadie--siguió el capitán con voz levemente alterada.

Y al decir esto llevó mano al bolsillo. Pero en el mismo instante echó

una mirada á la calle por el balcón medio abierto y vió á la vieja

Rosenda que desde lo alto de su hórreo los espiaba.

--¡Ya está aquella bruja fisgando!--exclamó poniéndose serio.--Ven acá,

Florita, ven á mi cuarto.

Y enderezando los pasos hacia la escalera la bajó seguido de la joven y

se entró en su cuarto.

--Toma esta media onza--dijo sacando al cabo la moneda de oro del

bolsillo.--Es para ti... para ti nada más, para que te compres cintas...

confites... lo que quieras. No digas nada á tus abuelos, porque ya

sabes, llorando miserias te sacarían los cuartos... ¿Verdad que no?...

Flora hacía signos negativos con la cabeza, pero en el fondo de su alma

estaba diciendo: «¡Qué cosas tiene este D. Félix! ¡Cómo voy á negar el

dinero á mis abuelos si veo que lo necesitan!»

--Bueno, ahora adiós, hija mía. Has de volver pronto, ¿eh?... cuando

recojamos el maíz y haya _esfoyaza_. Ya te avisará Robustiana... Linón

te habrá puesto jamugas en el caballo, ¿verdad?... ¿No?... Bien, bien,

ya sé que montas perfectamente, pero ten cuidado, hija, no vayas á

caerte. Que te acompañe Manolete de espolista para traer luego el

caballo... Adiós, hija, adiós... No te des atracones de avellanas; ya

sabes que te hacen daño...

El irascible capitán no sólo parecía un padre en aquel momento, sino una

madre tierna y cuidadosa. No se atrevió á darla un beso aunque buenas

ganas se le pasaron, pero tomó su linda barba entre los dedos y la

acarició. Mas como al hacerlo volviese los ojos, por ese secreto

instinto que nos advierte el peligro, hacia la ventana, observó que

cruzaba por delante Rosenda. La vieja había dado rápidamente la vuelta á

la casa, vió lo que quiso ver y sonrió.

--¡Maldita bruja que Dios confunda! ¡Un día la mato! ¡la descerrajo un

tiro!--exclamó el capitán pálido y paseando sus ojos airados por la

habitación como si buscase el arma homicida. Flora se había puesto como

una amapola.

Al fin se partió para Lorío y D. Félix quedó solo y contra su costumbre

un poco melancólico. Vino á sacarle de su tristeza la llegada súbita é

inesperada del ganado que tenía pastando en los montes de Raigoso. Este

ganado no bajaba definitivamente á invernar hasta los primeros días de

Octubre y estábamos en los de Agosto, pero solían traerlo á Entralgo una

vez durante el verano para que su dueño viese por sus ojos el estado en

que se hallaba y si era necesario dejar alguna res en casa ó venderla.

La entrada triunfal de aquel lindo rebaño, compuesto de cuarenta ó

cincuenta vacas con sus crías, era siempre un acontecimiento magno en la

pequeña aldea. Al oir sonar de lejos ya las grandes esquilas que

llevaban las reses colgadas al cuello, la turba infantil de la población

se estremecía; dejaba sus juegos ó las faldas de sus madres y corría al

encuentro de la vacada. Luego la seguía con gritos de alegría hasta la

plazoleta donde se alzaba la casa de D. Félix.

Huyósele á éste por completo la tristeza del alma al escuchar las

esquilas y los mugidos de su ganado. Salió á la puerta con faz sonriente

y comenzó á examinar sus vacas y á charlar animadamente con los dos

zagalones que las conducían, haciéndoles mil preguntas y encargos. En un

momento se reunió allí medio pueblo.

--¡Mira la Cereza, qué gorda viene!--exclamaba un chico.

--Mira la Garbosa; ya tiene una cría--decía otro.

--¡Mirad, mirad la Morica, qué grande se ha puesto! Era una becerra y ya

parece una novilla--apuntaba un tercero.

Todos conocían á las vacas por sus nombres y sabían sus cualidades y sus

defectos como si fuesen propias.

--¡No te acerques á la Parda, que es muy traidora!--¡Veréis, veréis la

Garbosa cómo empieza á hacer de las suyas; ya le está metiendo los

cuernos por el vientre á la Salia!

Y no sólo los pequeños, sino también los grandes de la aldea rodeaban el

rebaño y daban su opinión con voz sorda y ademán recogido y suficiente,

no á gritos descompasados como la plebe menuda. El ganado mugía, se

agitaba tropezándose á menudo. Las terneras se empeñaban en mamar á sus

madres; los criados las arrancaban prontamente de la teta. El capitán,

en medio, acariciando el testuz de las vacas, tomándolas por los cuernos

ó pasándoles la palma de la mano por el lomo, gozaba más en aquel

instante que César en medio de sus legiones victoriosas. Y los dos

grandes perros mastines, _Manchego_ y _Navarro_, traídos cachorros de

Castilla, caracoleaban en torno suyo solicitando también una caricia.

Pero era necesario llevar aquellos animalitos á reposarse. D. Félix dió

orden á los vaqueros para que los condujesen á Cerezangos y él también

marchó con ellos. Cerezangos es una gran pradera distante menos de un

kilómetro de la casa. Está asentada en la falda de una de las colinas

que aprietan la estrecha garganta por donde corre el riachuelo de

Villoria. Por debajo linda con éste y á su orilla tiene un hermoso soto

de avellanos y tilos. Por arriba y por ambos lados se extiende la colina

vestida de frondosos castañares. Aquel campo abierto, aquella mancha de

un verde claro, contrastando con el más negro de su cinturón selvático,

espaciaba la vista y la alegraba. Aquel campo era la finca predilecta

del capitán, su regocijo y sus amores. En cuanto ponía los pies en él

sentía un extraño fresco en el cuerpo y el alma; se le disipaban

inquietudes y penas. No se pasaba día alguno en que no le hiciese su

visita. Muchas veces dormía allí su siesta debajo de un tilo, arrullado

por el _glu glu_ del riachuelo. Otras veces cuando el sol trasponía por

encima de la colina solía tenderse de espaldas sobre el césped y pasar

largo rato contemplando los abismos azules del cielo. Entonces se

acordaba de su joven esposa, de su hijo Gregorio, muerto en la flor de

la edad, creía verlos nadar en el éter sonriéndole, y algunas lágrimas

resbalaban suavemente por sus mejillas.

Los criados encerraron el ganado en el establo que había en lo cimero

del prado y le dieron pienso. D. Félix asistió con el debido respeto á

este acto solemne. Luego dió orden para que se retirasen y volviesen

poco antes de ponerse el sol á fin de conducir de nuevo el rebaño al

monte. Él permaneció todavía un rato en el establo examinando y

acariciando á sus vacas, hablándoles como si fuesen personas y no seres

irracionales. Cuando se hubo cansado de ellas, salió por la puerta

trasera del establo que se alza sobre un estrecho camino de la montaña,

saltó la paredilla de un castañar de su propiedad también, y pico arriba

ascendió por él lentamente entre los enormes, copudos castaños que le

daban sombra. En lo más tupido y frondoso de este bosque había una

fuente que manaba del suelo y formaba hoyo. La opinión de D. Félix,

explícitamente declarada en público y en privado, era que no había agua

más fina, más clara ni de mejor paladar en todo el concejo. ¡Ay del que

osase impugnar directa ó indirectamente esta aserción!

Sentóse á su vera; reposó allí el calor un poco. Cuando le pareció

conveniente se alzó, y después de sacar del bolsillo su enorme reloj de

plata con estuche de concha, comenzó á descender con el mismo sosiego la

vuelta de su casa. Era ya muy cerca del mediodía. El sol brillaba en lo

alto enfilando el pico de la Peña-Mea. Como su resplandor era demasiado

intenso, el capitán en vez de bajar por medio del prado á Entralgo

prefirió seguir la calzada estrecha que lo rodeaba sombreada de

avellanos y castaños. Por ella caminaba tranquilo y alegre cuando

delante de él se apareció de improviso D. Lesmes caballero en su briosa

jaca.

--¡Hola, amigo D. Lesmes! ¡Qué encuentro tan feliz! ¿Cómo á estas horas

por aquí?--exclamó en tono jovial y un si es no es burlón.

El capellán se puso colorado hasta las orejas.

--Voy á ver al señor cura de Villoria que me han dicho se encuentra un

poco enfermo.

--¡Siempre practicando obras de misericordia!... ¿Y qué tiene el señor

cura?

--Pues según parece es un enfriamiento. Dice su sobrino que una de estas

noches, sintiendo demasiado calor en la cama, se salió al corredor y se

estuvo allí un rato en mangas de camisa... ¡Ya ve usted qué

imprudencia!--replicó D. Lesmes reponiéndose instantáneamente, porque

era hombre avisado y corrido.

--¡Ya, ya!... Ha sido una temeridad... Desengáñese usted, D. Lesmes, hay

que andarse con mucho tiento en eso de ponerse á los balcones, aunque

sea en estas noches calurosas.

El capellán enrojeció de nuevo. Para disimular su turbación comenzó á

dar palmaditas en el cuello á la jaca, narró con cierta incoherencia los

pormenores de la enfermedad del párroco, tales como se los había oído á

D. Nicolás el médico la tarde anterior en la Pola. La conversación se

prolongó algún tiempo. Hablaron también de las minas de Carrio y del

ferrocarril, cuyos trabajos estaban comenzando. Mas por muchos esfuerzos

que hacía no lograba D. Lesmes adquirir aplomo. Entre ambos

interlocutores flotaba como una nube el recuerdo de la paliza de la

noche, y este recuerdo alegraba maliciosamente los ojos del capitán y

entristecía y avergonzaba los suyos.

Por fin se despidieron. El capitán prosiguió su camino con cara de risa

murmurando:

--¡Vaya unos baquetazos lindos que te has ganado esta noche! ¡Vuelve por

otros, tunante!

El capellán lo siguió con torvo semblante y rechinando los dientes

decía:

--¡Maldita sea tu estampa! ¡Algún día me las pagarás, viejo estúpido!

Al atravesar el puente y entrar en el Campo de la Bolera, tropezó D.

Félix con Maripepa que iba con un jarro de barro negro á la fuente.

Estaba tan alegre que la detuvo y se puso á charlar con ella. Pero la

coja no se hallaba de tan buen humor. Al instante comenzó á llorar hilo

á hilo quejándose amarguísimamente de su hermana Pacha, que aquella

noche la había castigado con inusitado rigor en su misma cama, sólo

porque Regalado había ido á tocar la flauta delante de su casa.

--Unos azotitos, ¿verdad?--preguntó D. Félix pugnando por no reir.

--No; azotes no--respondió inocentemente la coja.--Me ha tirado del

pelo, me ha dado de bofetadas y me ha pellizcado los brazos.--Mire

usted, mire usted qué verdugón me ha hecho.

Y remangándose la camisa mostró en efecto en su brazo negro y rugoso una

mancha morada.

--¡Tanto no; es un exceso!--manifestó D. Félix;--pero unos azotitos de

vez en cuando no te vienen mal porque eres una chica muy coquetuela.

--¡Que no, D. Félix, que no!--exclamó la coja rebosando ya de

gozo.--Nunca he sido coqueta... Si los hombres vienen detrás de mí,

¿tengo yo la culpa? ¿Cómo voy á impedir que me digan alguna tontería al

pasar ó que se planten delante de casa por la noche?

--Pero tú les echas unas ojeadillas muy provocativas, y ¡claro! ellos

acuden á la miel.

--Nada de eso. Les miro sin intención ninguna, ¡bien puede usted

creerme!

Con la sonrisa de vanidad triunfante que contraía su boca desdentada,

Maripepa estaba tan horrible que don Félix necesitó volver la cara y

proseguir rápidamente su camino para no soltar la carcajada.

En esta disposición alegrísima llegó á su casa. Delante de ella, sentado

bajo el corredor emparrado, con el sombrero en la mano y sudando como lo

que era, como un buey, estaba el actuario D. Casiano. Cerca de él

Regalado. Alzóse rápidamente al ver al capitán, adelantóse á él y lo

estrechó contra su pecho ciclópeo como solía hacer este cíclope con los

individuos de la raza humana, más débil que la suya, cuando quería

demostrarles su benevolencia. Al mismo tiempo estallaba siempre sin

saber por qué en sonoras, bárbaras carcajadas; quizá para dar algún

desahogo al aliento todopoderoso de sus pulmones. D. Félix se dejó

abrazar con más resignación que otras veces, y antes de enterarse de lo

que allí le traía dió orden á Regalado para que hiciese traer unas

botellas de sidra. Observó que el rostro de éste, contra su costumbre,

no estaba alegre, sino sombrío; pero no hizo alto en ello. Tampoco el de

D.ª Robustiana, que acompañó á la criada cuando vino á servir la sidra,

expresaba como otras veces un humor jovial y sereno. Entonces sospechó

que algún disgusto había ocurrido entre los cónyuges. Pero le llamó la

atención el que Manolete, Linón, la criada, todos cuantos por allí

andaban se mostrasen serios y hasta airados.

--¿Y qué es lo que le trae á usted por Entralgo con este calor, D.

Casiano?--preguntó el capitán cuando hubieron bebido el primer vaso.

--¡Qué diablo! ¡qué diablo!... ¡Vaya con D. Félix! ¡Y qué bueno está! No

pasan días ni años por él.

Pronunciando estas palabras, quiso de nuevo abrazarle; pero D. Félix,

que empezaba á sentirse vagamente inquieto, rehuyó el abrazo. Ambos

estaban en pie. Las botellas y los vasos descansaban sobre el poyo de

piedra que rodeaba el nacimiento de la parra.

--Por supuesto á algún negocio lucrativo, ¿eh? ¡Desgraciado el paisano

que caiga en poder de tal _lupus rapax_!

--¡Oh! ¡oh! ¡oh! ¡Qué mala idea tiene usted de nosotros, D. Félix!... No

soy _lupus_, sino _agnus Dei_...

Y riendo se escanció bonitamente tres ó cuatro vasos de sidra, y uno en

pos de otro dándose casi la mano los introdujo en las inmensas oquedades

de su vientre, donde apenas se notó su presencia.

La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas · 第 9 / 21 段