--Pero yo no puedo creer que Bartolo se esconda, ¡vamos!--dijo otro,
recalcando el chiste de Martinán.
--Pues que se esconda ó no se esconda--profirió Firmo,--en cuanto le vea
le salto todas las muelas. Podéis decírselo á ese zote. Y adiós, que me
esperan.
Pagó los dos vasos y terciando la montera para dar testimonio visible de
aquella resolución, tomó el garrote que tenía arrimado al tonel y
traspuso majestuosamente la puerta.
Los tertulios esperaron á que Bartolo saliese de su escondite; pero
viendo que no daba cuenta de sí y temiendo que le hubiera ocurrido algo
malo, uno de los labriegos llamó con el garrote sobre el tonel.
--Bartolo, Bartolo.
El rostro del hijo belicoso de la tía Jeroma apareció en la compuerta.
--¿Ya escapó ese cerdo?--preguntó paseando una mirada siniestra por el
lagar. Y como le respondiesen que sí, se apresuró á desempaquetarse. Una
vez en pie, bramando de ira, se arroja sobre el garrote de uno de los
paisanos, se lo arranca de las manos, lo empuña con las suyas indomables
y se lanza á la puerta rugiendo:
--¡Puño! ¡repuño! Tanto insulto no lo aguanta el hijo de mi madre.
¡Aunque se esconda debajo de la tierra he de atrapar hoy á ese puerco y
le he de abrir la cabeza!
Los tertulios, claro está, se apresuran á detenerle. Le sujetan.
Forcejea él desesperadamente, soltando espumarajos de cólera por la
boca. Al cabo logran que se siente y después que beba un vaso de sidra y
se calme, evitando de esta suerte una noche aciaga para Rivota.
[imagen decorativa]
VII
Ninfas y sátiros.
La Aurora dejaba el lecho del bello Titón para esclarecer el frondoso
valle de Laviana cuando Regalado dejó el de su esposa D.ª Robustiana, la
más noble de las mujeres. Inmediatamente anuncia su propósito de marchar
á Langreo, donde tiene que perseguir algunos deudores morosos de su
principal. Va á la cuadra, hace limpiar al Gallardo, su caballo tordo,
preside al acto solemne de enjaezarlo, y después entra de nuevo en casa
y prepara con gran cuidado las alforjas.
En el corazón magnánimo de D.ª Robustiana se cuela de rondón una extraña
inquietud que le quita el aliento para tomar el chocolate habitual.
Pregunta con voz trémula á su marido si necesita alguna vitualla.
Responde él negativamente: se propone pasar allí dos ó tres días y
alojará en la célebre posada de la Garduña. Ella duda. El día anterior
le vió en la romería hablando quedo y aparte con Celedonia, una viuda
hermosa del valle de Bimenes. Y se alarma pensando si su esposo correría
como otras veces á olvidar el lecho nupcial en los brazos de aquella
sirena engañadora. Aprovechando un instante en que el mayordomo sale de
casa para dar otra vuelta por la cuadra, examina las alforjas, que ya
tenía preparadas, mete la mano en ellas y tropieza con algunas libras de
chocolate, dos botellas de vino de Jerez y un tarro de _cabello de
ángel_, lo más exquisito que ella misma había fabricado aquel año. Su
alarma crece. Mete la mano más adentro y tropieza con el estuche de la
flauta. D.ª Robustiana palidece, queda consternada. Un torrente de
lágrimas se desprende al fin de sus ojos. Aquel pormenor musical acaba
de aniquilarla.
En esta triste situación la sorprendió Flora al entrar para darle los
buenos días. Vuela hacia ella, la abraza y le pregunta anhelante qué le
sucede. D.ª Robustiana, temiendo que llegue su marido, la toma de la
mano y la conduce al cuartito que ocupaba la zagala, y allí desahoga en
ella su pecho. «¡Un tarro de dulce! ¡tres libras de chocolate! ¡botellas
de Jerez!»
--Señora, ya sabe usted que el chocolate es malo en las posadas.
--¿Y para qué quiere tres libras?
--No sabrá el tiempo que necesite permanecer en Langreo.
--¡Y la flauta! ¿la flauta? ¿Para qué necesita la flauta? ¿Les va á
tocar á los colonos alguna polka para hacerles pagar la renta?--exclama
la buena señora con desesperación.
D.ª Robustiana no conocía la mitología; no estaba por lo tanto enterada
de que el tracio Orfeo había llevado á cabo empresas mayores con su
lira. Como tampoco lo estaba Flora, no pudo tranquilizar su espíritu con
esta cita histórica. Quedó, pues, silenciosa y perpleja mientras la
atribulada señora se entregaba cada vez más reciamente al llanto. Pero
al cabo nació una idea en su frentecita morena, debajo de sus ricitos
negros. Y sin comunicarla á su protectora sale de la estancia, baja las
escaleras de la casa, se detiene delante de la habitación de D. Félix y
llama suavemente con la mano. Nadie responde. Vuelve á llamar más
fuerte.
--¿Quién es?--pregunta con aspereza una voz.
--Soy yo, D. Félix... Si no le molestase...
--¡Ah! ¿Eres tú, hija mía?...--responde otra voz mucho más suave.
Inmediatamente se escuchan unos pasos; suenan cerrojos y cadenas; se
abre la puerta y aparece el capitán envuelto en una bata que había sido
verde esmeralda, luego fué verde malva y ahora era gris plomo. En los
pies babuchas y en la cabeza un gorro de terciopelo negro con borla de
seda.
--¿Qué te ocurre, hija mía?
Antes de responder Flora pasea una mirada de infantil curiosidad por la
estancia, cosa que al capitán le hace poca gracia. En vez de ocupar una
de las grandes habitaciones del piso principal el señor Ramírez del
Valle dormía, se lavaba y leía y hacía sus cuentas en un pequeño cuarto
de la planta baja que tenía su entrada por el portal y una ventana
enrejada á la calle. Si no comía allí también era porque las migajas
atraían los ratones. En este cuarto había una cama de madera con
cortinas de damasco de lana, un lavabo de hierro, una mesa y una pequeña
librería. Lo demás todo armas; armas en los rincones, armas colgadas de
las paredes, armas sobre la mesa, armas en la librería y hasta armas
debajo de la cama y entre sus colchones. Trabucos, carabinas de chispa,
carabinas de pistón, de un cañón, de dos cañones, pistolas de arzón,
cachorrillos, sables, puñales, navajas. ¿Sería que el capitán, á pesar
de su pregonado amor á la paz y sus instintos bucólicos, guardase allá
en los repliegues del corazón grato recuerdo de su vida de guerrero? No
por cierto. Aquel repleto arsenal respondía tan sólo al constante temor
en que vivía de los ladrones. ¿Los había en Laviana? Tampoco, pero los
había en Castilla, desde donde habían llegado cierta noche formando una
partida montada y salvando la cadena de montañas á robar á su pariente
D. Zacarías de Bello en el concejo limítrofe de Aller. Como D. Zacarías
él también ahuchaba doblones de oro en botes de hoja de lata y los
escondía en el desván. Nada tendría de extraño que aquellos bandidos se
tomasen la molestia de andar un poco más para recogerlos. Antes que esto
acaeciese, D. Félix estaba resuelto á defenderse hasta quemar el último
cartucho. En este caso, duraría el fuego lo menos quince días. Había
pensado también fortificarse más colocando un cañón en la azotea de la
casa; pero los albañiles le dijeron que se quebrarían las paredes si
alguna vez lo disparase y desistió. De todos modos, aquel cuarto con
rejas de hierro en la ventana y triple cerrojo en la puerta era una
fortaleza inexpugnable. Á menos que el capitán hiciese una salida
temeraria, no lograría el enemigo apoderarse de ella.
--Si no le molestase...--volvió á decir Flora.
--No, no me molestas--respondió con dulzura y sonriendo el capitán.
--Regalado se va ahora mismo á Langreo. ¿Le envía usted allá?
El capitán se puso serio repentinamente. Á pesar de la predilección que
sentía por aquella chiquilla, no pudo menos de reconocer que la pregunta
era atrevida é indiscreta.
--¡Pchs! Negocios... negocios de hombres--murmuró sordamente.--Anda, vé
á decir en la cocina que me hagan el chocolate.
--Es que D.ª Robustiana está llorando y dice que su marido no va á
Langreo, sino á Bimenes en busca de una viuda que se llama
Celedonia--manifestó con graciosa entereza la chica.
D. Félix abrió los ojos sorprendido y al instante brilló en ellos una
sonrisa maliciosa.
--¡Este Regalado!--exclamó sacudiendo la cabeza con amable
condescendencia.
Las flaquezas amorosas de su mayordomo le causaban más gracia que
disgusto. Se las perdonaba de buen grado porque él mismo había caído en
ellas y aún parecía dispuesto á caer si la ocasión se ofreciese. En
cambio ya se guardaría de equivocarse en dos pesetas al rendir cuentas:
le habría arrojado el tintero á la cabeza.
--Bueno, bueno--añadió sin dejar de sonreir;--vé á tranquilizar al ama.
Ya arreglaremos eso.
Y en efecto, hizo llamar al mayordomo y le dijo que aquella tarde era
preciso ir á Villoria á ver un castañar que le proponían en venta. Con
esto se deshizo por entonces la maquinación seductora de Regalado, quien
se fué á la cocina con las orejas gachas. Sospechando en seguida por
ciertos signos de dónde procedía el obstáculo, mientras engullía el
almuerzo silenciosamente, arrojaba miradas furiosas sobre su esposa y
Flora. En cuanto terminó se levantó con violencia del escaño, sacó la
flauta de las alforjas y se fué camino del molino, donde había una
molinera obesa con quien también daba celos á D.ª Robustiana. Pero ésta,
adivinando que aquellos amoríos no interesaban ya su corazón
inconstante, quedó sosegada y tardó poco en recuperar su buen humor
habitual.
Flora quería ir á lavar al río. Así lo había convenido con Demetria para
juntarse las dos y pasar algunas horas de charla. Sin manifestar lo
último á D.ª Robustiana, le propuso lo primero. Cedió en seguida la
mayordoma: la ropa blanca era su dulce manía. Subieron al piso alto,
amontonaron la ropa sucia en una gran cesta, pero antes de colocarla
sobre la cabeza de la doncellita, D.ª Robustiana tuvo la
condescendencia, para ella siempre sabrosa, de mostrarle una vez más los
armarios de la ropa. La emoción con que un sacerdote místico abre el
sagrario donde se guarda el Sacramento no es comparable al gozo inefable
y al respeto con que D.ª Robustiana abría las puertas de aquellos
grandes, vetustos armatostes de nogal, donde se guardaba la ropa blanca
de la noble casa de Ramírez del Valle. En cuanto daba la vuelta á las
llaves y los goznes rechinaban, el resto del mundo desaparecía no sólo
para sus ojos, sino para su memoria. Ya podían allá abajo morir los
reyes y desquiciarse los imperios, hundirse las islas y abrirse los
volcanes, D.ª Robustiana, arrobada en la contemplación de tantas y
tantas docenas de sábanas bordadas y manteles adamascados, no saldría,
bien seguro, de su éxtasis feliz. ¿Por ventura allá en Madrid la reina
tendría en sus armarios tanta ropa? Quizá. D.ª Robustiana, sin embargo,
se autorizaba el dudarlo.
Luego que con mano trémula hubo expuesto á la vista de la joven aquellos
mágicos tesoros de hilo y la obligara por medio de un silencioso
recogimiento á penetrarse de su grandeza, la ayudó por fin á colocarse
la cesta sobre la cabeza y la despidió dándole un sonoro beso en la
mejilla.
--Anda, hija mía... No te mojes mucho... No te pongas al sol... No batas
demasiado la ropa contra la piedra... No gastes mucho jabón.
Y allá va Flora camino del río con mucho más peso en la cabeza que las
damas que pasean sus sombreros _dernière creation_ por el Retiro, pero
acaso con menos en el corazón. El sol bañaba por completo la aldea; se
derramaba por el césped ocupándose en deshacer las gotas de rocío;
brillaba rojo en los tejados; penetraba en las copas de los árboles
trasformándolos en enormes globos de trasparente esmeralda. ¡Allá va
Flora! El camino estrecho que conduce desde la casa de D. Félix á la
Bolera, tapizado por entrambos lados de zarzamora, está solitario. Mas
una legión de ninfas y de amores que retozan en aquel instante por la
pomarada de D. Félix asoman su cabeza por encima de las paredillas y de
las zarzas que la recubren para contemplar á la gentil aldeana, señalan
con el dedo sus labios de cereza, sus ojos negros brillantes, su marcha
airosa, cuchichean y sonríen. ¡Allá va Flora! El Céfiro, recordando los
encantos de su esposa inmortal que llevaba el mismo nombre, cree verlos
reproducidos y se estremece de gozo, tiembla en sus labios, acaricia con
suavidad sus mejillas tersas, se introduce entre sus rizos negros y los
agita blandamente sobre la frente.
Al desembocar en el Campo de la Bolera, cuyo borde lame el riachuelo de
Villoria, tiene un encuentro. El capellán D. Lesmes venía de este pueblo
caballero en una jaca torda, linda y briosa. Era D. Lesmes, como ya
sabemos, hombre apuesto, se hallaba en la flor de la edad y era además
fachendoso, y sobre todo galán y enamorado. No es maravilla, pues, que
al ver á la aldeana hiciese parar en firme á su caballo y pusiera cara
de pascua.
--Buenos días, Florita, buenos días. No esperaba yo antes de llegar á
casa tan feliz encuentro. Pero Dios es muy bueno y cuando menos se
piensa favorece á sus criaturas.
--¡Qué criaturita de Dios!--exclamó Flora riendo con malicia.
--De Dios soy, hija mía, pero también quisiera ser tuyo.
--¡Virgen! ¿Y qué iba á hacer yo con usted si fuese mío?
--Cuanto quisieras, hermosa. Ningún corderito de ocho días sigue á su
madre con más afán que yo te seguiría.
--¿Balando y todo?
--Balando también--respondió el tonsurado después de titubear un
instante.
--Pues principie usted ahora, á ver cómo lo hace.
--¡Oh, qué mala! ¡qué mala eres, Florita!--exclamó acariciando al mismo
tiempo con la punta de su látigo la mejilla de la joven.--¿Vas al río?
--Al río voy.
--¡Quién fuera trucha para morderte una pantorrilla y chupar esa
sangrecita dulce! ¡Quién fuera anguila para deslizarme entre tu ropa y
registrar tus secretos!... Pero no... ¡Quién fuera ratón para ir ahora
mismo á tu cuarto y esperarte allí y salir por la noche para soplarte al
oído!
--¡Madre mía!--dijo la aldeana riendo.--¡Pues no quería usted ser pocos
animales: cordero, trucha, anguila, ratón!... ¡ni el arca de Noé!
Es posible que Flora no supiera todo lo linda que era. Es posible
igualmente que lo supiese demasiado bien. Pero lo que no puede dudarse
es que D. Lesmes quedó en aquel instante tan profundamente convencido de
ello que se puso serio de repente, dejó escapar un suspiro y acariciando
con su mano temblorosa el cuello de la jaca exclamó:
--¡Ay, Florita, qué hermosa... qué hermosa eres!... ¿Estarás muchos días
en Entralgo?
--Algunos todavía.
--Pues cuando menos lo pienses vendré por la noche á llamar á tu
ventana... Adiós, Florita; adiós, botón de rosa... adiós, clavel de
Italia, ¡adiós! ¡adiós!
Y D. Lesmes descargó su emoción hincando las espuelas á la jaca, que
botó como una pelota y se alejó brincando con fragor por la calzada
pedregosa.
Flora permaneció un instante inmóvil contemplándole con ojos risueños y
triunfantes. Luego, haciendo un gracioso mohín de desdén, se volvió y
emprendió de nuevo su camino.
Cuando se hubo acercado al riachuelo tendió la vista á ver si había
llegado Demetria. No la vió por allí. Entonces siguió un instante por
sus orillas, sombreadas de avellanos, hasta el paraje más oculto y
umbrío, donde solían lavar las doncellas de Entralgo cuando en el verano
los rayos del sol quemaban demasiado. Allí la encontró. Acababa de
llegar y tenía depositado en tierra su cesto de ropa sin haberlo tocado
todavía. Flora hizo lo mismo con el suyo, y después de haber cambiado
algunos besos cariñosos, charlando alegremente, comenzaron su tarea.
Sacan todo aquel lienzo, lo sueltan en el remanso que el arroyuelo
hacía, se despojan de la falda, de los zapatos y las medias, del
pañuelo; se quedan medio desnudas con el blanco seno y los brazos al
descubierto. Y tomando de aquel montón de ropa flotante cada cual una
prenda empiezan á sacudirla, á frotarla, á estrujarla y también por
intervalos á azotarla contra la piedra lisa que cada una tenía delante.
La charla no se interrumpe ni cuando oprimen la ropa, ni cuando la
empapan en jabón ni cuando la sueltan para que el agua la bañe. Pero
cuando se hace más íntima, más discreta es en los cortos momentos de
respiro, cuando las nobles doncellas se yerguen para hacer descansar sus
brazos y sus piernas entumecidas. Entonces se hablan al oído y sonríen
mientras el arroyo cristalino besa con placer sus pies desnudos.
Mas he aquí que Demetria se va quedando grave sin saber por qué, grave y
pensativa. Flora lo advierte y le pregunta el motivo. Tarda en responder
la zagala. Al cabo desahoga su pecho y le cuenta sus inquietudes, sus
tristezas engendradas por las palabras que se le escaparon á su hermano
Pepín el día del Carmen. Verdad que estas palabras llovían sobre mojado.
Por eso sin duda le habían causado impresión tan honda.
Flora se apresuró á tranquilizarla. Todo aquello no era más que envidia,
cuentos y chismes que debía despreciar. Y en último resultado, aunque
fuese, verdad ¿por qué se apuraba tanto? Lo de la Inclusa no tenía visos
de ser cierto por ningún lado que se mirase. El tío Goro y la tía
Felicia, siendo jóvenes y esperando todavía familia, no estaban
necesitados en aquélla época á sacar de la Inclusa una niña para
adoptarla. En todo caso lo probable sería que fuese la hija de algunos
señores que la hubieran dado á criar á personas de su confianza.
Decía esto Flora porque hacía ya tiempo que tenía sospechas vehementes
del origen de su amiga. Á ésta no la consolaban, sin embargo, tales
palabras. Amaba tanto á los que siempre había llamado padres que la
idea de que no lo fuesen la llenaba de dolor.
Flora también quedó silenciosa al cabo. Ambas prosiguieron un buen rato
su tarea sin decirse palabra. Al cabo aquella levantó la cabeza y
sonriendo maliciosamente exclamó:
--¡Si será verdad lo que dijo la tía Rosenda, la noche de la lumbrada!
Demetria ya no se acordaba; la miró sorprendida.
--Sí, que tú y yo nos parecemos en la historia... Porque yo también
sospecho que no soy lo que parezco--añadió ruborizándose.
Demetria, profundamente interesada, olvidándose en un punto de sí misma,
la instó para que se explicase. La gentil morenita se hizo de rogar. Le
daba mucha vergüenza manifestar quién sospechaba que fuese su padre.
--¡Aciértalo, aciértalo!--le decía á su amiga riendo.
--¿Pero cómo?--exclamaba ésta.
--Verás... voy á darte las señas... Es un caballero, no es un aldeano...
guapo... rico... Tú le conoces.
Demetria permaneció un instante pensativa.
--¿D. Antero?--preguntó al cabo inocentemente.
Flora soltó una carcajada.
--¡Pero, niña, tú no estás sana de la cabeza! Si don Antero tendrá unos
treinta años y yo voy á cumplir diez y ocho... ¿Me había de tener á los
doce?
Demetria se puso colorada.
--Es más viejo que D. Antero--prosiguió Flora--y es más rico también...
y más llano... y más campechano y amigo de los pobres...
--¿Es de Laviana?
--Sí, de Laviana.
--¿Es de la Pola?
--¡Anda! Si te digo eso ya lo tienes acertado... Pero, en fin, te lo
diré, pues de otro modo llevas traza de no acertarlo en la vida... No,
no es de la Pola.
Demetria volvió á quedar pensativa. Dibujándose al cabo una sonrisa en
sus labios de coral, preguntó tímidamente:
--¿El capitán?
Flora bajó la cabeza sin responder y se puso á restregar con furia la
prenda que tenía entre las manos. Ambas permanecieron silenciosas. Al
fin Flora, sin levantar su rostro y con voz un poco temblorosa, dió
cuenta á su amiga de los motivos que tenía para sospechar que era hija
de D. Félix. Jamás había oído el nombre de su padre. Sabía que su madre
la había dado á luz en Castilla, pero había ido allá en cinta ya. Era
soltera. Si algún labrador fuese su padre, tendría que ser de Laviana y
no dejaría de saberse... Luego, una vez, siendo niña, estando en la
cama, oyó hablar á sus abuelos, que la creían dormida, y por ciertas
palabras vino á sospechar que recibían dinero del capitán á causa de _la
niña_. La niña no podía ser más que ella... Luego, D. Félix la trataba
con tal afecto...
La linda morenita se entretuvo largo tiempo á contar pormenores, la
mayor parte de ellos pueriles. Mas no por eso los escuchaba Demetria con
menos atención.
Cuando más embebidas se hallaban en su plática novelesca suena
fuertemente el emparrado de avellanas que las resguardaba. Aparecen de
improviso en aquel recinto dos negras y siniestras figuras, las de
aquellos dos mineros que ya conocemos, Plutón y Joyana. Flora da un
grito penetrante y corre desalada por la margen del riachuelo. Demetria
queda inmóvil y pálida y clavándoles una mirada colérica les pregunta:
--¿Quiénes sois y qué venís á hacer aquí?
--Somos dos lobos y venimos al olor de la carne--responde cínicamente
Plutón clavando una mirada codiciosa en el alto pecho de la doncella.
Ésta se apresuró á abrochar la camisa y respondió con acento de soberbio
desdén:
--Si no sois lobos, no parecéis hombres con esas caras negras de
infierno.
En efecto, los dos compadres acababan de salir de la mina y venían
embadurnados de carbón.
Flora, avergonzada de su cobardía, viendo á Demetria hablar con ellos,
volvió sobre sus pasos.
--¡Qué diablo de hombres!--exclamó riendo.--Me habéis asustado.
--De poco te asustas, morena--dijo Joyana acercándose á ella para saciar
mejor sus ojos lúbricos. Y poniéndose almibarado, añadió:--Tú sí que me
tienes á mí asustado y encogido y muerto con esa carita de cielo y ese
garbo y esa sal que derramas...
--¿Que derramo sal?... Prueba esta agua y verás cómo no está
salada--repuso la traviesa niña tomando un poco del río con el hueco de
la mano.
Joyana quiso probarla, en efecto, pero antes que lo efectuase Flora se
la arrojó á la cara. Con esto el minero se alegró mucho más y sonreía
haciendo muecas de mono.
--Oye, Plutón: ¿no es verdad que apetece comerse esta manzanita colorada
sin mondarla siquiera?
--¡Ay, Plutón!--exclamó Flora soltando una estrepitosa carcajada--¡Ay,
Plutón! ¡qué gracia!... ¡Toma, Plutón!... ¡aquí, Plutón!
Y se retorcía de risa, dándose en las rodillas con las palmas de las
manos.
--¡De qué te ríes tú, bestia!--profirió el designado por aquel nombre
mirándola iracundo.
Flora no hizo caso alguno de su cólera y siguió riendo á boca llena. Por
fin dijo:
--Me río porque D. Félix tuvo hace algunos años un perro que se llamaba
como tú... Por cierto que rabió y Regalado le mató de un tiro.
--Pues yo, sin rabiar, si te descuidas te voy á clavar los
dientes--manifestó Plutón echándole una mirada torva.
--No seas tan valiente--respondió la niña sin perder un punto de su
alegría.--¿Y por qué te llaman Plutón? Ese no es nombre de cristiano.
--Porque les da la gana--respondió el minero secamente.
La verdad que él mismo no sabía el origen mitológico de su mote. Su
padre, que era guarda de herramientas en la mina de Arnao, cerca de
Avilés, tenía en el fondo de ella una caseta de madera donde solía
dormir. Allí sorprendieron los dolores de parto á su madre y allí le
echó al mundo. Mr. Jacobi, ingeniero alemán, director de la explotación,
hombre letrado y no poco bromista, comenzó á llamarle Plutón por haber
nacido debajo de tierra, y Plutón le quedó.
--Parece--siguió después el minero, mirándolas á entrambas con sus ojos
de fiera traidora--que no os gustan las caras manchadas de carbón... Os
alegran más las que están salpicadas de leche y borona como las de
aquellos zotes que os acompañaban en la lumbrada del Carmen...
--¡Podían no gustarnos más!--exclamó con desenfado Flora.--Aquéllos son
hombres... y vosotros unos micos.
--Pues á ese zángano que te corteja--profirió Plutón dirigiéndose
bruscamente á Demetria--nadie le corta el pescuezo más que yo.
Demetria le miró estupefacta con más sorpresa que indignación. Flora
volvió á dar suelta á su risa.
--¿Sabes lo que digo?--manifestó al cabo encarándose con Plutón.--Que si
Nolo te coge con un dedo te manda dando volteretas por encima de aquel
monte que allí ves y se llama Peña-Mea.
--¡Lo veremos!--profirió el minero con voz ronca.
--Sí, te veremos por el aire y te verán los paisanos del concejo de
Aller cuando allá caigas--replicó la traviesa zagala con la misma risa
burlona.