Prosiguió ésta encendida é indecisa bastante tiempo. Por una y otra

parte se peleaba con vivo ardor. Los de Lorío, engreídos por sus

victorias pasadas y confiados en sus fuerzas, se lanzaban con impetuoso

alarde sobre los de Entralgo. Éstos, con el alma sangrando de coraje y

despecho, se defendían sin retroceder una pulgada, inmóviles en su

sitio, como si estuviesen clavados á la tierra. Allí vi á Angelín de

Canzana repartiendo garrotazos con tanta furia y cólera que nadie se

ponía al alcance de su palo que no sintiese pronto sus efectos

perniciosos. Este palo era un regalo primoroso que le había hecho un

pastor de Sobrescobio. Buscaba éste por los montes de Raigoso una

ternera que se le había perdido. Angelín, que allí estaba apacentando

sus vacas, le ayudó en la tarea durante largas horas: por este servicio

le hizo presente de aquel magnífico garrote pintado y esculpido

finamente, con su correa para sujetarlo á la mano, adornado en la porra

con lucientes clavos dorados. Allí estaba Simón de María, llamado el

Cojo de Mardana que, aunque lisiado de nacimiento, se revolvía mejor que

los que estaban bien completos. El garrote pesado de acebuche parecía

una paja entre sus manos indomables. No lejos de él combatía

furiosamente Tanasio de Entralgo, que en vez de garrote liso empuñaba un

cayado enorme con el cual llevaba la ruina y el estrago á las huestes

enemigas.

Mas ¿quién fué el bravo que brillaba en la batalla como un astro

refulgente que hace empalidecer á los que fulguran á su lado? Celso, el

animoso y magnánimo nieto de la tía Basilisa. Celso, anhelando tomar

venganza, se lanzaba impetuosamente dando gritos horribles sobre los de

Lorío. No consideraba que sus fuerzas estaban mermadas por los estacazos

de la noche anterior. Ni su cabeza vendada y dolorida ni sus riñones

derrengados podían abatir su coraje. En cada uno de sus asaltos

desesperados hacía rodar por el suelo á algún enemigo, de tal modo que

Lázaro del Condado, dejando su puesto, se lanzó á toda la carrera hacia

aquel más lejano donde peleaba Toribión de Lorío.

--Toribio--le dijo,--¿por qué te entretienes aquí sacudiendo á esta

morralla que no vale una castaña asada, cuando allá abajo el nieto de la

tía Basilisa, más furioso que un jabalí, está volcando los mozos como si

fuesen pucheros de barro?

El grande y fuerte Toribión escucha estas palabras y sin responder

abandona prontamente aquel sitio y se precipita al paraje en que Celso

peleaba con gloria imperecedera. Delante de él huían los mozos de

Entralgo y Villoria como los corzos al aproximarse el cazador. En

aquella carrera furiosa sacudió un garrotazo á Gabriel de Arbín que le

hizo morder el polvo, machacó las costillas á Pepín de Solano y alcanzó

también con un palo en la cabeza al bravo Angelín de Canzana, que se vió

necesitado á retirarse del combate. Antes de llegar cerca de Celso éste

le salió al encuentro. ¡El insensato! No sabía que Toribión le

aventajaba mucho en valor y en fuerzas. El poderoso mozo de Lorío rompe

las filas de los suyos y aproximándose á Celso, antes que éste hubiera

tenido tiempo á levantar su palo, le sacudió con ambas manos un

garrotazo en medio de la cabeza que le hizo venir al suelo sin

conocimiento. Cuando el ingenioso Quino pudo verle así extendido por

tierra, un violento dolor oscureció sus ojos. Y mezclándose

cautelosamente entre los combatientes sin ser percibido por Toribión

arrastró á su amigo fuera de la pelea y echándoselo luego sobre los

hombros lo condujo hasta el pórtico. Allí las manos piadosas de las

mujeres le rociaron la cara con agua fresca hasta volverle al sentido,

oprimieron los tolondrones, tamaños como huevos, que tenía en la cabeza

con monedas de cobre de dos cuartos y restañaron la sangre de sus

arañazos con telarañas que recogieron en la iglesia.

Sin embargo, el valiente y artificioso Quino, después que dejó á su

amigo en seguro, se lanzó otra vez á la refriega. Observando que los

suyos, antes tan animosos, cedían al empuje poderoso de Toribión y

perdían terreno gradualmente, una tristeza profunda le traspasó el

corazón. Entendió claramente que no tardarían en darse á la fuga.

Entonces se acercó á ellos en cuatro saltos y les gritó con voz

penetrante:

--¡Había de daros vergüenza, mastuerzos! Esta mañana tanta ronca en el

lagar y que habíais de hacer y acontecer y comeros crudos cada uno á

siete mozos de Lorío, y ahora vais á volver el culo delante de un hombre

solo. ¿Dónde están vuestros hígados? ¿Es que no servís más que para

mascar la torta al pie del lar y asar las castañas?

Así dijo; y dando ejemplo de heroísmo se precipitó como un jabalí lleno

de audacia sobre los enemigos. Pero fértil siempre en astucias, en vez

de atacarlos por donde combatía Toribión, se lanzó por el sitio en que

las filas le parecían más flacas. Y en efecto, las rompió fácilmente.

Los de Entralgo, picados del ejemplo y aún más de las palabras de su

compañero, redoblaron sus esfuerzos. Combatieron con tanto coraje que en

pocos minutos lograron ganar el terreno perdido y aun hicieron

retroceder á los de Lorío. Entonces Toribión, viéndoles flaquear, quiso

reanimar su valor y les gritó con voz fuerte:

--«¡Amigos, compañeros, mozos del Condado y de Lorío, arread firme á esa

canalla! ¿Semos hombres ó no semos hombres? Acordaos de la romería del

Obellayo cuando estos pobretes corrían delante de nosotros como una

manada de carneros. Acordaos de ayer noche cuando á estacazo limpio los

metimos en sus casas y los dejamos acurrucados en la cocina debajo de

las sayas de sus madres y hermanas. Si sois hombres y sabéis tener el

palo, no tardarán mucho tiempo en volver el culo. ¡Arrea, Lázaro!

¡Arrea, Firmo!

Con estas palabras reanimó el valor de sus amigos. Al cabo lograron

rechazar á los de Entralgo hacia el camino de Villoria. Así como un

león confiado en sus garras se precipita sobre un rebaño de bueyes y

desgarra á uno y á otro y á todos los aterra, del mismo modo Toribión,

lleno del sentimiento de su fuerza, se abandona á todo su furor con el

palo en la mano. Los de Lorío y Condado á su vista se arrojan con más

brío sobre los de Entralgo y Villoria y redoblan su valor y sus

esfuerzos. Ni el coraje indomable de Angelín de Canzana, que después de

refrescarse un poco la cabeza con agua había vuelto á la pelea con más

ardor que antes, ni el esfuerzo heroico del Cojo de Mardana ni el cayado

fulminante de Tanasio de Entralgo fueron bastante á detener el retroceso

gradual de los suyos.

Sin embargo, allá enmedio del campo, lejos ya de sus amigos, combatía el

magnánimo Quino. Delante de su palo asolador caían los mozos de Rivota y

Lorío. Pero arrastrado de su ardimiento había ido demasiado lejos.

Cuando menos lo pensaba se encontró solo. Entonces, al echar una mirada

en torno y verse rodeado enteramente de enemigos, flaqueó su corazón y

olvidó su fuerza indomable. Tres veces gritó con voz penetrante

demandando socorro á sus amigos. Cinco mozos de Rivota y tres de Lorío

le tenían envuelto y acosado como jauría de perros á un jabalí feroz.

Quino, rodeando con la chaqueta su brazo izquierdo á modo de escudo,

paraba y contestaba con habilidad los garrotazos que le dirigían, pues

era diestro esgrimidor de palo. Llegó un instante, sin embargo, en que

los golpes menudeaban de tal manera que le fué imposible pararlos.

Entonces hubiera sucumbido ciertamente si Tanasio de Entralgo no oyese

sus gritos. Se batía éste en retirada al lado del Cojo de Mardana, pero

en buen orden y causando grandes estragos en las filas enemigas, cuando

llegó á sus oídos las voces de auxilio de su enemigo.--«Simón--le dijo

al Cojo,--oigo la voz de Quino. Me parece que está en mucho aprieto allá

arriba. Si pronto no le ayudamos estoy en fe que le van á poner esos

cerdos como un higo.» Ambos se lanzan en socorro suyo, animados de un

valor intrépido. Llegan al círculo de enemigos que acorralaban al

industrioso Quino. Tanasio, para romperlo, se vale de su enorme cayado

cortado en el monte Raigoso. Con él tira velozmente de las piernas á

tres ó cuatro mozos de Rivota y los hace caer de bruces. Gracias á la

confusión que origina con tal estratagema logran romper las filas,

arrancan á Quino de las manos de sus adversarios. Unidos los tres se

baten con arrojo y cuando ven la ocasión propicia vuelven la espalda y

se dan á la fuga.

Los de Lorío quedaron otra vez dueños del campo. Una parte de ellos

persigue á los fugitivos por el camino de Villoria; otros siguen á los

que huyen por la calzada de Entralgo. Toribio desdeña esta persecución.

Con el garrote en alto y dando feroces gritos, que resuenan

temerosamente en el valle pasea su furor y su triunfo por todo el campo

de la iglesia.

[imagen decorativa]

VI

Bartolo.

Media hora después no quedaba un ser viviente en este campo. La noche

había cerrado, y todo el mundo se retiró á sus casas. Los confiteros,

las fruteras, los taberneros ambulantes habían levantado y plegado sus

bártulos, los habían acomodado sobre sendos borricos y caminaban la

vuelta de sus casas comentando la aciaga jornada de los de Entralgo. En

la Bolera tampoco había nadie. Sólo dentro del lagar de D. Félix,

esclarecido por un candil, departían amigablemente cinco ó seis paisanos

apurando vasos de sidra. Martinán les escanciaba. Hacía años que había

contratado con el capitán la venta de la sidra, y aunque no tenía la

taberna allí, sino en su propia casa, situada en el centro del pueblo,

los días festivos solía trasladarse al lagar y hacer en él su comercio;

porque la Bolera era el campo acostumbrado para los recreos del

vecindario.

Martinán era un hombre famoso y popular, no sólo en la parroquia, sino

en todo el valle de Laviana. Y aun no diríamos mentira si afirmásemos

que su fama se extendía á los concejos limítrofes de Sobrescobio y

Langreo. Nadie recordaba haberle visto triste jamás. En medio de las

mayores tribulaciones, conservaba el humor jovial, los chascarrillos,

las grotescas salidas de payaso á las cuales daba realce su cara

espantosamente fea, surcada de costurones causados por la viruela.

Tampoco le abandonaba su genio filosófico, inclinado á buscar las causas

de todos los efectos y escudriñar las ocultas relaciones de las cosas.

Su fuerte era la dialéctica. Recoger una idea vertida por cualquiera en

la conversación, examinarla en todos sus aspectos, darle vueltas,

tirarla al alto, jugar con ella á la pelota y luego arrojarla á las

narices del que la había soltado, tal era el mayor, el único placer de

su vida. Porque Martinán comía poco y sólo bebía por complacer á algún

parroquiano que se empeñase en ello. En cuanto á los goces del hogar,

eran nulos para él. No tenía hijos. Estaba casado con una mujercilla fea

y vieja y de genio tan desapacible que nadie podría sufrirla si no

poseyese la inagotable alegría de su consorte. Pero éste no sólo la

sufría, sino que la amaba. Á todos sus regaños y asperezas respondía con

alguna salida jocosa, y cuando esto no bastaba, un abrazo. Guardaba para

ella las caricias más tiernas, los regalos, los epítetos más apasionados

que emplean los amantes. Apellidábala medio en serio medio en broma

«estrella», «botón de rosa», «lucero», «clavel». De tal modo que la

gente de la parroquia dió en llamar á esta desagradable mujeruca

_Clavel_, y no se la conocía por otro nombre. «¿Cómo va _Clavel_?» le

preguntaban los parroquianos á Martinán al entrar en la taberna. «Tan

buena--respondía.--Allá está en la cocina amasando la torta.»

Vivía con este matrimonio una sobrina, aquella Eladia simpática que ya

conocemos. No sufría por cierto con tanta paciencia los rigores y

asperezas de su tía. Respondía á veces de mal talante; había disputas

frecuentes, gritos, amenazas y hasta golpes. Costábale á Martinán mucho

trabajo poner paz entre ellas. Cuando después de una de estas reyertas

quedaba la pobre Eladia llorosa y con algún rasguño en las mejillas,

solía tomarla su tío de la mano y conducirla á un rincón para emplear

con ella las fuerzas dialécticas con que Dios le había dotado.

--Vamos á ver, niña, respóndeme. ¿Quién ha hecho á tu tía?

Eladia le miraba estupefacta sin despegar los labios.

--Vamos, respóndeme, ¿quién ha hecho á tu tía?... ¿La has hecho tú?

--Yo no.

--Entonces ¿quién?

--Será Dios--respondía la joven con mal humor.

--¡Ah, Dios!--exclamaba triunfante Martinán.--Y si tú la hubieras hecho,

¿no la habrías dado un genio más suave, más alegre?

--¡Ya lo creo!

--Luego tú eres capaz de hacer las cosas mejor que Dios, ¿no es cierto?

--¡Vaya, vaya, tío, déjeme en paz!--replicaba la chica exasperada y

saliendo como un huracán por la puerta.

Esto mismo le acaecía á Martinán con todos los que aprisionaba en las

redes de su lógica. En vez de declararse rendidos y confesar que no

tenían sentido común, ó se marchaban, ó se mofaban de él, ó le

insultaban.

El descrédito de Martinán, como el de los grandes filósofos alemanes,

procedía de que no siempre lograba ponerse al alcance de las

inteligencias vulgares. Como Kant y Hegel solía abroquelarse detrás de

un tecnicismo extraño, incomprensible, bárbaro, que á muchos hacía reir

y á otros indignaba. Había, por ejemplo, en sus discursos una _fuente

hipervertical_ de la cual manaban _rayos convergentes_ que nadie sabía

qué mil diablos significaba ni de dónde la había traído, aunque la

emplease como soberano recurso en las disquisiciones más profundas.

Había también unas _ínsulas metódicas_ y unas _gravitaciones

intermitentes_ que dejaban estupefactos é inquietos á sus oyentes. Pero,

en general, se debe confesar que Martinán no se sumía en estas

obscuridades de la lógica sino cuando algún paisano tenía la mala

ocurrencia de hacerle beber quieras que no unas copas de aguardiente.

Formaban la base de su sistema ciertos axiomas que consideraba fuera de

discusión. El primero y principal era éste: «Todo lo justo no puede

ser», al cual servía de corolario este otro: «Lo justo no cabe por

ninguna parte». Después había otros de menos importancia, pero

igualmente inflexibles; por ejemplo: «Con un _sí_ me planto yo en

Pekín». «El _cuándo_ no existía al comenzar el mundo». De aquí que

Martinán no admitiese en la discusión ni _síes_ ni _cuándos_, lo cual

como debe suponerse hacía extremadamente embarazosa y molesta la

posición de sus contrarios. No es maravilla, pues, que éstos llegasen

alguna vez á exasperarse y que el filósofo tropezase en más de una

ocasión con más de una bofetada de cuello vuelto. Pero no turbaba

bofetada más ó menos la admirable serenidad de su espíritu. Seguro de

que realizaba una obra de redención persuadiendo á su adversario de que

era un asno, proseguía su tarea con nuevo ardor hasta ponerlo por

completo en evidencia.

Una cosa sorprendente. Á pesar de su vocación metafísica y de la

atención intensa que necesitaba para desenvolver sus intrincados

razonamientos, jamás se equivocaba en el número de vasos de sidra ó vino

que escanciaba á los parroquianos. Al llegar la hora de retirarse y

hacer la cuenta, Martinán decía sin vacilar: «Manuel tiene diez y siete;

el tío Goro trece; Pepón treinta y cuatro, etc.» ¡Maravilloso cerebro

que aun elevándose á las más altas esferas de la filosofía no abandonaba

la inspiración matemática!

En este momento se debatía la cuestión de las minas y del ferrocarril

proyectado para extraer sus productos. El asunto preocupaba hondamente á

los labradores. Vagamente todos sentían que una transformación inmensa,

completa, se iba á operar pronto en Laviana. El mundo antiguo, un mundo

silencioso y patriarcal que había durado miles de años, iba á terminar,

y otro mundo, un mundo nuevo, ruidoso, industrial y traficante, se

posesionaría de aquellas verdes praderas y de aquellas altas montañas.

Corría por todo el valle un estremecimiento singular, el ansia y la

inquietud que despierta siempre lo desconocido. En los lagares, en las

tierras, en los senderos de las montañas y en torno del lar no se

hablaba de otra cosa. Los paisanos en general, aunque un poco recelosos,

se mostraban satisfechos. Esperaban tomar algún dinero, ya sea de los

jornales de sus hijos, pues se aseguraba que admitían en la mina hasta

los niños de diez años, ya de la venta de las frutas, huevos, manteca,

etc. Pero las mujeres aparecían unánimemente adversas á la reforma. Su

espíritu más conservador les hacía repugnar un cambio brusco. Luego

aquellos hombres de boina colorada y ojos insolentes, agresivos que

tropezaban por las trochas de los castañares les infundían miedo. Luego,

y esto era lo principal, temían por sus hijos. La idea de que al padre

le acomodase enviarlos á la mina y quedasen sepultados ó quemados

dentro, como se decía que pasaba en otras partes, las hacía estremecer.

«¿Todo eso para qué?--decían acercando con mano trémula los pucheros al

fuego.--¿No habéis vivido hasta ahora sin necesidad de hurgar la tierra

como los topos? ¿Os ha faltado un pedazo de borona y un sorbo de leche?

¿Qué más queréis? ¡Servid á Dios y morid en vuestras camas como

cristianos y no como perros en esas cuevas de infierno!»

Los maridos, sentados alrededor del fuego y picando sus cigarros en

espera de la cena, rebatían tales argumentos. «Era necesario beneficiar

lo que Dios había puesto debajo de la tierra. Si en aquel valle había

leña en otras partes no, y necesitaban el carbón para calentarse y

guisar su comida. Además, pasar toda la vida con borona, leche y judías

era bien duro. Puesto que debajo de los pies tenían el dinero necesario

para procurarse algunas comodidades, ¿por qué no recogerlo? En otras

partes los jornaleros comían pan blanco, tomaban café, bebían vino y en

vez de aquellas camisas de hilo gordo que ellos gastaban se ponían á

raíz de la carne unas camisetas de punto suaves, suaves, como la pura

manteca.»

Los niños estaban de parte de sus padres. Éstos les prometían comprarles

un tapabocas y unas botas altas como gastaban los mozalbetes en Langreo,

así que ganasen por sí mismos algunos cuartos. Con tal perspectiva no

les arredraba bajar á la mina. Hasta preferían esto á la escuela,

orgullosos de la precoz independencia que su calidad de obreros les

proporcionaba.

En Canzana y en Carrio, parajes donde se habían hecho las primeras

excavaciones y donde se proyectaba trazar el ferrocarril para mejor

beneficiarlas, el viento de la ambición había levantado los cerebros.

Fuera del tío Goro, que por su cualidad de hombre letrado se creía en el

caso de opinar siempre como el párroco y el capitán de Entralgo, apenas

quedaba un individuo del sexo masculino que no se hallase excitado por

la idea de enriquecerse. Y como de Carrio y Canzana eran los cinco ó

seis paisanos que en el lagar quedaban rezagados, no es maravilla que

todos estuviesen conformes en celebrar los nuevos acontecimientos y en

vaticinar enormes prosperidades para el concejo.

Martinán, que por la mañana pensaba lo mismo y quiso discutir con D.

Félix, ahora había dado la vuelta. Espíritu dialéctico ante todo y

aficionado á las batallas intelectuales por el placer que esto le

producía y los triunfos que alcanzaba, jamás veía aparecer en el

horizonte una idea, una opinión cualquiera, que no desprendiese de su

carcaj una saeta para encajársela. Todos contra él. Él contra todos. Los

labriegos, bien cargados ya de sidra, voceaban, se descomponían,

mientras el tabernero, con la cabeza siempre despejada y bien repleta de

argumentos (quizá también de sofismas) sonreía con desdén.

--Dices, Juan, que las minas serán nuestra felicidad.

--¡Eso! ¡eso digo!--exclamaba el paisano con furor.

--Pues yo te digo que acaso, acaso serán nuestra desgracia.

--¡Martinán, eres un burro!--gritó otro paisano que allá en un rincón

libaba silenciosamente el jugo de la manzana.

--Te digo que acaso sean nuestra desgracia y voy á probártelo--expresó

Martinán con calma sin hacer caso de la interrupción.--Tú bien sabes que

en las minas se matan algunas veces los hombres... ¿no me lo negarás?...

--¿Y eso qué importa?--profirió Juan más enfurecido.--Porque un

pelafustán se muera ¿va á dejar el concejo de aprovechar la riqueza que

tiene bajo tierra?

--¿Pero me lo niegas?

--No te lo niego.

--Pues bien, por la muerte de un hombre se pierde una familia. Ya sabes

que cuando falta el padre se marcha el pan; la mujer y los hijos

perecen. ¿No me lo negarás?

--No te lo niego: ¡adelante!

--Por la ruina de una familia se pierde un caserío; tampoco me lo

negarás. Ya ves lo que sucedió en las Llanas. En cuanto el tío Roque

cerró el ojo, los rapaces vendieron al capitán los prados y las tierras

y embarcaron en Gijón para la Habana: las rapazas se fueron á servir á

Oviedo: el tío Meregildo, que mientras vivió su hermano fué buen

paisano, comenzó á dormir en las tabernas hasta que hundió lo que

tenía... En fin, ya lo sabes; allí ya no hay más que unos cuantos

establos.

--Bien, bien, ¿qué quieres decir con eso? Arrea un poco.

--¡Ten paciencia, hombre, ten paciencia! Verás qué pronto todo lo que tú

has dicho se lo lleva el viento.

--¡Martinán, eres un burro!--volvió á gritar el borracho recalcitrante

desde su rincón.

Martinán se volvió tranquilamente hacia él y le dijo:

--Si soy un burro, mándame mañana una fanega de cebada y te daré las

gracias.

Los paisanos rieron á carcajadas. Todos le abrazan hechizados por tan

espiritual salida.

Martinán, henchido de orgullo y regodeándose anticipadamente con la

derrota de aquellos bobalicones, iba á proseguir y cerrar su victorioso

_sorites_, cuando de pronto se abre con estrépito la puerta que daba á

la Bolera y aparece Bartolo, el hijo belicoso de la tía Jeroma, con el

rostro espantosamente pálido, sin garrote en las manos y sin montera en

la cabeza. Echó una mirada torva y ansiosa por el recinto, y antes que

los presentes pudiesen decirle una palabra, corrió á un tonel vacío y se

metió de cabeza por la pequeña compuerta, desapareciendo como un

relámpago. No habían pasado cinco segundos cuando se dibujó en la puerta

la silueta de Firmo de Rivota.

--Buenas noches, amigos.

--Buenas las tengas, Firmo.

--¿No ha entrado aquí hace un momento Bartolo el de la tía Jeroma?

Martinán, dando prueba brillante de diplomacia y corazón, le respondió:

--Sí; acaba de entrar, pero ha salido sin detenerse por la otra puerta y

se ha metido en la pomarada.

Firmo quiso seguirle. Martinán le dijo:

--Es inútil que le busques. La pomarada está más oscura que una cueva y

tú no la conoces como él. Antes que dieras muchos pasos en ella ya él la

habrá saltado y estará en su casa.

El mozo de Rivota se encogió de hombros con cólera y desdén y profirió

sordamente:

--Bueno... otro día será. Échame un vaso de sidra, Martinán.

El tabernero se apresuró á cumplir la orden. Firmo se arrimó para

beberlo al tonel mismo en que estaba escondido Bartolo. Al cabo de unos

momentos de silencio uno de los paisanos le preguntó sonriendo:

--¿Querías decir un recado á Bartolo?

--Sí, una palabrita al oído nada más--respondió el mozo fijando sus ojos

airados en el techo.

Nuevo silencio. Todos le contemplan con atención y curiosidad.

--Si tienes mucha prisa, esta misma noche antes de retirarme pasaré por

su casa y se lo diré--manifestó con sorna Martinán.

--No--replicó Firmo,--es menester que yo le vea.--Y después de vacilar

un poco añadió:--Es que quiero que me enseñe los pedazos de un

garrote...

--Toma, ¿y por eso tienes tanta prisa?--exclamó Martinán riendo.--De

noche se ve mal. Déjalo para cuando haga día claro... Además, ¿para qué

diablos quieres ver un palo roto?

--Es que dice que lo ha roto ayer en mis espaldas y anda por ahí

enseñando los cachos á todo el mundo.

--¿Á todo el mundo menos á ti?

--¡Claro!... Y ya ves tú, ¿quién ha de tener más gusto que yo en ver

cómo ha quedado ese vardasco?

Los paisanos celebraron la ocurrencia. El mozo se humanizó y bebió

sonriendo otro vaso.

--Acaso te habrán engañado, Firmo--manifestó uno de ellos.--Bartolo es

un infeliz, incapaz de hacer daño á nadie.

--¡Bartolo es un burro!--profirió el mozo volviendo á encresparse.--Y

más cobarde que una liebre. Entre todos los mozos de Entralgo no hay

ningún zampatortas más que él. Por eso es el único que chilla. Siempre

relatando hazañas y en cuanto tocan á repartir leña ya se está

escondiendo...

--¿Cómo escondiendo?--exclamó Martinán.--Estás equivocado, Firmo. Nunca

supe yo que Bartolo se haya escondido.

Los paisanos prorrumpieron en grandes carcajadas.

--¡Siempre, siempre!--dijo Firmo con ímpetu.--En la romería del Obellayo

se acurrucó en una mata de zarza y allí se estuvo mientras hubo palos.

Ayer noche, al comenzar la gresca, buscó la puerta de su casa y se

trancó. Y hoy, antes que le alcanzara ningún vardascazo, se echó por el

castañar arriba, camino de las Llanas, para venir ahora.

--¿Y cómo diste con él?

--Llegábamos unos cuantos amigos de correr á los de Villoria, cuando

vimos un mozo saltar al camino delante de nosotros. «Así Dios me salve

si aquél no es Bartolo», dije yo en seguida. Le conocí, aunque la noche

no está muy clara, por lo derrengado. Me echo á correr detrás y le

grito: «¡Aguarda, aguarda un poco, Bartolo!» ¡Ay, amigos! ¡Quién le veía

escapar por el prado del señor cura abajo!... Bien podéis creerme que

perdía el culo.

--Todo no, pero un poco no le vendría mal perderlo--aseguró un paisano.

La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas · 第 7 / 21 段