--Amaneció al cabo el día por nosotros tan ansiado, el día de que

nuestro valle salga de su profundo y secular letargo. Aquellos tesoros

que nuestros padres pisaron siglos y siglos sin sospechar su existencia,

para nosotros los amontonó la naturaleza debajo del suelo: para nosotros

y para nuestros hijos. Los desgraciados habitantes de esta región que

apenas pueden, á costa de grandes esfuerzos, llevar un pedazo de borona

á la boca, dentro de pocos días, gracias á la iniciativa de una poderosa

casa francesa que va á sembrar aquí sus capitales, encontrarán medios de

emplear sus fuerzas, ganarán jornales jamás soñados por ellos. Y con

estos jornales se proporcionarán muy pronto las comodidades y los goces

que embellecen la vida. Porque el hombre no está destinado á vegetar

como un hongo tomando de la tierra lo estrictamente necesario para no

fenecer de hambre; tiene otras necesidades. Dentro de nuestro corazón

existe un impulso que nos hace apetecer nuevos y variados elementos de

vida, cambios incesantes que nos ofrezcan formas más y más interesantes

de existencia. ¿Qué sería el mundo si todos nos limitásemos á recibir

los usos de nuestros padres y á guardarlos como un tesoro intangible y

precioso? Para que el hombre se eleve, para que exista el progreso es

necesario que prescindamos de ese respeto exagerado á la costumbre, que

no temamos crearnos necesidades. Las necesidades son acicates que

sacuden nuestra indolencia. Es necesario que nos relacionemos con los

países extranjeros para hacernos partícipes de sus adelantos, que

apetezcamos siempre algo nuevo y mejor y que hagamos esfuerzos

incesantes por conseguirlo. Dentro de pocos meses oiréis resonar por

estas montañas el agudo silbido de la locomotora. Es la voz del vapor

que nos llama á la civilización.

Todos acogen con hurras y palmadas este sensato discurso. Sólo D.

Félix, D. César y D. Prisco permanecen silenciosos y taciturnos.

Al sentarse el sobrino del capitán se levantó el ingeniero que había

llegado de Madrid. Era un joven de fisonomía inteligente y agraciada.

--Brindo--dijo--por que en breve plazo quede desterrado del hermoso

valle de Laviana ese manjar feo, pesado y grosero que se llama _borona_.

No podéis imaginar con qué profunda tristeza he visto á los pobres

labradores alimentarse con ese pan miserable. Entonces he comprendido la

razón de su atraso intelectual, la lentitud de su marcha, la torpeza de

sus movimientos, la rudeza de todo su ser. Quien introduce en su

estómago diariamente un par de libras de borona no es posible que tenga

la imaginación despierta y el corazón brioso. Procuremos todos en la

medida de nuestras fuerzas que pronto desaparezca de aquí ó al menos que

se relegue á su verdadero destino, para alimento de las bestias, que

pronto se sustituya por el blanco pan del trigo. Con él, no lo dudéis,

despertará la inteligencia, se aguzará el ingenio, crecerán los ánimos y

por fin entrarán en el concierto de los hombres civilizados los

habitantes de este país.

Mucho se rieron y celebraron las palabras del joven ingeniero. El

actuario D. Casiano se levantó de su silla y le apretó contra su vientre

de tal modo que el ingeniero decía más adelante que por un momento se

creyó dentro de él como Jonás dentro de la ballena. ¡Y sin embargo, D.

Casiano se comía con rematado placer media borona migada en leche! Pero

se guardó bien de confesar esta flaqueza. Hubiera negado á la borona, no

tres veces como San Pedro á su maestro, sino trescientas. Todos la

negaron, ¡todos! aunque había nutrido la infancia de la mayoría de

ellos. Sólo el señor de las Matas de Arbín se levantó de su silla y con

reposado y noble ademán avanzó su copa hasta chocar con la del ingeniero

y dijo:

--Hubo un tiempo, señor, en que delante de estos rudos campesinos,

alimentados con castañas y bellotas como las bestias, corrían

desbandadas las águilas romanas enviadas por Augusto. Más tarde las

huestes sarracenas que habían paseado en triunfo todo el orbe, vinieron

á estrellarse contra los pechos de un puñado de labriegos ahí, un poco

más arriba, en la sacra montaña de Covadonga. Pasaron muchos siglos,

empezaron á alimentarse con borona, y otras águilas tan brillantes, las

del César Napoleón, cayeron sobre nuestro país. Estos campesinos

segándolas el cuello por montes y barrancos probaron que con la borona

no habían perdido el ardimiento. Y en las luchas de la inteligencia, en

los nobles certámenes de las ciencias y de las artes muchos asturianos

criados con borona alcanzaron, señor, honra imperecedera. Su voz ha

resonado con elocuencia en la tribuna, su pluma ha trazado páginas

brillantes que admira el extranjero, su cincel ha dado eterna vida á la

piedra y la madera... No me sorprende en verdad que usted haga ascos á

este manjar grosero hecho con la harina del maíz. Dionisio de Siracusa

también los hizo cuando le dieron á probar aquella sopa negra de los

espartanos fabricada con sal y vinagre, manteca de puerco y pedacitos de

carne. «¡Es detestable!» exclamó.--«Le falta algo», respondió el

cocinero.--«¿Qué le falta?»--«Que te hubieses bañado en el Eurotas y

hubieses hecho todos los ejercicios de la palestra.» Del mismo modo,

señor, para conocer el gusto de la borona le ha faltado á usted bañarse

en el Nalón y haber pasado el día cavando la tierra con la azada.

Tocó á su vez al capitán el levantarse y abrazar estrechamente á su

primo. El ingeniero contempló aquella figura estrafalaria y escuchó

tales palabras con asombro. Los demás le hicieron disimuladamente señas

de que se trataba de un excéntrico.

--Bien está lo que mi venerable amigo el señor de las Matas de Arbín

acaba de manifestarnos--dijo Antero levantándose de nuevo.--Los

alimentos por groseros que sean no privan al hombre de sus aptitudes,

sobre todo de aquellas que le son comunes con las fieras, las de luchar

y defenderse. Mas yo pregunto: ¿para qué serviría su actividad si no

arrancase á la naturaleza sus secretos si no fuese gustando de todos los

recursos que la Providencia puso á su disposición? Si la situación del

hombre, si sus alimentos, si sus vestidos no hubieran de cambiar jamás,

esas artes, esas ciencias de que nos hablaba D. César serían inútiles y

aun me atrevo á decir que imposibles. Comprendo el amor y el respeto que

mi querido tío D. Félix y el señor de las Matas de Arbín sienten por el

pasado; pero no quisiera que ese amor les arrastrase á privar á este

valle de lo que tiene derecho á alcanzar, mayor bienestar para sus hijos

y un puesto en la civilización. Por eso en este momento me atrevo á

suplicar á mi buen tío que no se oponga á que por sus propiedades de

Carrio cruce la vía férrea necesaria para transportar los minerales. Su

oposición, aunque fuese vencida por la ley, al cabo dilataría algún

tiempo la prosperidad de nuestro país.

--¡Me opongo y me opondré con todas mis fuerzas!--exclamó el capitán

airado.--Yo no creo que esa prosperidad traiga á este valle dicha

ninguna. El ejemplo de Langreo, que tenemos bien cerca, me lo confirma.

Los hombres trabajarán más que antes y no á luz del día y respirando la

gracia de Dios como ahora, sino metidos en negros, inmundos agujeros.

Las mujeres lavarán más ropa sucia, cuidarán más enfermos, quedarán

viudas primero. Los niños escucharán más blasfemias, sufrirán más

golpes. Yo me río de esa prosperidad y la maldigo. ¿Qué me importa que

traigáis un puñado más de oro si con él llega el vicio, el crimen y la

enfermedad?

Quiso Antero discutir con su tío; probarle que estas lacerias no son

consecuencia obligada de la industria y las minas, sino perturbaciones

accidentales que al cabo quedan suprimidas por sí mismas cuando los

obreros se hacen más cultos por la enseñanza y el trato. Pero don Félix

se negó á escuchar. Colérico cada vez más y respondiendo á las razones

de su sobrino con frases violentas ó desdeñosas, tanto llegó á exaltarse

que el alcalde, el boticario y otros comensales creyeron prudente

intervenir. Encauzaron la conversación hacia otros asuntos y procuraron

alejar al tío del sobrino. Se habían levantado ya todos de la mesa. Se

diseminaron por la pomarada formando grupos. La viva disputa de D. Félix

con Antero había producido cierto malestar. Se deploraba en voz baja que

aquél tuviese un carácter tan violento.

Al cabo renació la calma, terminaron los comentarios, y la alegría y la

franqueza volvieron á reinar sobre los convidados. Algunos se acercaron

al lagar, penetraron en él y departieron con los labradores que allí

estaban; otros pasearon debajo de los árboles hasta los confines de la

pomarada. El señor de las Matas fué uno de ellos. Enfrascado en sus

meditaciones clásicas y repitiendo en voz baja la hermosa égloga primera

de Virgilio caminó paso entre paso por la finca. Y como llegase á una

rinconada umbría, se tendió _sub tegmine fagi_ recitando cada vez con

más fervor los versos del cisne de Mantua. Se sentía feliz. La sidra le

ponía siempre en una disposición poética tan lejana del furor báquico

como del grosero sopor de los esclavos. En otro tiempo, cuando esto

acaecía, solía ver cruzar por el bosque á Diana cazadora con su cortejo

de ninfas medio desnudas y tendía hacia ellas sus brazos anhelantes. Ya

hacía años que habían cesado estas imaginaciones eróticas. Ahora en

tales ocasiones ya no veía ninfas, sino ánforas llenas hasta el cuello

del chispeante vino de Chipre ó de Rodas. Se hallaba, pues, reposando

dulcemente como Títiro, cuando acertó á oir cerca y detrás de los

árboles rumor de conversación. No hubiera hecho alto en ello si no

percibiese bien claro entre aquella charla su nombre. Se alzó, acercóse

más y escuchó. Hablaban allí tendidos sobre el césped Antero, el

ingeniero español y el químico belga.

--Es un tipo verdaderamente notable--decía Antero.--Deben ustedes

estudiarlo. Para él no existe nada digno de aprecio fuera de las

Thermópilas y Maratón. Odia á los medos y á los persas más que á los

chicos que le roban la fruta.

--¡Es curioso!--exclamaba el ingeniero.

--Pero su enemigo mortal es Pericles.

--¿Cómo?

--Sí, se ha empeñado en destruir su gloria, y busca y rebusca por todas

partes algo que pueda socavarla. Le echa la culpa de la ruina de Atenas

y de todo lo malo que allí ha pasado, le niega el talento, le niega la

elocuencia y le persigue con la misma saña que si le hubiera estafado.

No tienen ustedes más que sacarle la conversación del _olímpico_, como

él lo llama con sorna, y le verán ustedes deshecho. Por lo general, es

hombre pacífico y comedido; mas en cuanto se le habla de Pericles sale

de sus casillas y suelta horrores por la boca. Hace algunos años

escribió un folleto fulminante contra él. En todo Asturias se conoce

este documento, que es chistosísimo. Oigan ustedes algo:

«Á buena fe, Pericles; á buena fe, don traidor, suspiros y lágrimas asaz

engendrará vuestra desbocada ambición. La ley no es bien guardada, la

ley positiva de los tiempos heroicos de la Hélade. El gran aparejo y

atavío con que ornáis la ciudad de Teseo más le hará tuerto que derecho.

Holgados y descansados queréis á vuestros compatriotas, dolientes y

cobardes los hallaréis á la hora de la batalla...»

--¡Graciosísimo!--exclamó el ingeniero, riendo á carcajadas.

--C'est étonnant!--profirió el químico, que apenas podía comprender una

palabra de aquel lenguaje.

--En otro tiempo se le ocurrió a mi tío y a otros señores hacerle

alcalde. Crean ustedes que ha dejado memoria perdurable de su paso por

el ayuntamiento. Cuando presidía las sesiones se creía en el Ágora. Una

vez en que se trataba de la limpieza de los pozos negros de la Pola

comenzó su discurso diciendo: «Setecientos mil dracmas gastaron los

dorios en dotar de alcantarillas á Esparta...» Desde entonces le

llamamos por aquí el _dorio_.

--¡Oh, que c'est drôle!

--¡Pero ese caballero es un loco!

--¡De atar!--respondió el joven Antero.

El señor de las Matas sintió al escuchar tales palabras que la sangre se

le agolpaba al cerebro. Estuvo por avanzar unos pasos y confundir á

aquel mancebo frívolo. Tuvo, sin embargo, fuerzas para dominarse: porque

había estudiado en el Pórtico y tenía grabadas en su mente las

enseñanzas de Zenón. Con nobleza verdaderamente estoica se alejó, pues,

despreciando tanta injuria.

Mientras esto ocurría en la pomarada del capitán, el castañar en declive

que casi circunda la pequeña iglesia de Entralgo hervía de gente y

regocijo. Al lado de los árboles se habían colocado bastantes tenderetes

para vender vino y sidra: en torno de ellos departían bebiendo los

hombres maduros. En la parte más llana se había organizado un animado

baile al son de la gaita y el tambor. Allí lucía de nuevo su primor y

gentileza Quino, el más prudente y astuto de los hijos de Laviana. Su

pareja ya no era Telva, como la noche anterior, sino Eladia. Con este

arte maligno de tira y afloja tenía á las dos zagalas rendidas,

deshechas de amor. Pero en aquel instante más que de su pareja se

cuidaba de mirar con recelo la actitud de los de Lorío. Andaban éstos en

pandillas retozando por la romería, riendo, gritando, sin querer tomar

parte en los bailes, como si otra vez tuviesen gana de gresca.

En medio del campo, en el espacio más abierto, se había formado una gran

danza, los hombres á un lado, las mujeres á otro, unos y otros cogidos

por el dedo meñique. Cantaban una antigua balada asturiana. Primero las

mujeres entonaban un par de versos. Los hombres respondían con otros

dos; y así se iba desenvolviendo la historia.

¡Bien presente está en mi memoria! Para que pudiese penetrar en el corro

alzabais amablemente vuestros brazos. En medio del círculo seguía con

los ojos extáticos vuestros acompasados movimientos. Escuchaba vuestros

cantos inocentes, que penetraban en mi corazón infantil, inundándolo de

una felicidad que nunca más ¡ay! ha vuelto á sentir.

No toda la gente estaba en el castañar de la iglesia. En las calles de

la aldea había también alguna, y en el _Campo de la Bolera_ más todavía.

Aquí se ejercitaban los hombres en el juego de bolos, combatiendo seis

mozos de la Pola con otros tantos de Entralgo. Los demás, interesados en

la partida, miraban sentados en los maderos que por allí había

diseminados. Entre ellos estaba una cuadrilla de mineros que de luengas

tierras había traído la empresa que comenzaba á beneficiar los ricos

veneros de Laviana. Se les reconocía por sus boinas encarnadas que

contrastaban con las negras monteras puntiagudas de los hijos del valle:

se les reconocía aún más por sus rostros macilentos, donde el agua no

había logrado borrar por completo las manchas del carbón. Hablaban entre

sí y dirigían miradas insolentes, provocativas á todos los que allí

había. Parecían sentir profundo desprecio por aquellos aldeanos y sus

juegos. Delante de la puerta del lagar de D. Félix había un numeroso

grupo de hombres. Entre ellos estaba Jacinto de Fresnedo rodeado de sus

amigos los montañeses de Villoria, que se habían bajado del castañar

poco hacía por consejo de Nolo. Temía éste con razón, vista la actitud

de los de Lorío, que hubiese pronto riña, y persistiendo en su orgulloso

retraimiento no quería tomar parte en ella. Se hallaba sentado al lado

de Demetria, debajo de uno de los grandes nogales que circundan el

campo. Otras muchas zagalas, unas con sus galanes, otras sin ellos, se

habían bajado también de la romería cansadas de bailar, y andaban por

allí diseminadas á la sombra de los árboles. Entre ellas se hallaba

Flora, la linda y desdeñosa morenita huéspeda de D.ª Robustiana.

El infiel esposo de esta señora, nuestro amigo Regalado, salió del

lagar, echó una mirada por el campo y dirigiéndose á los jóvenes que

allí había, en el tono zumbón é impertinente que le caracterizaba les

habló de esta manera:

--Llegó el momento, mozos valerosos, de que probéis vuestra enjundia

delante de las hermosas de Entralgo. Mi amo D. Félix me ha entregado

este reloj de plata con su cadena para que lo regale al tirador que más

lejos clave la barra de hierro de quince libras. Y como de mis manos no

ha de parecerle tan bien el regalo como de las de alguna chavalita, el

mozo que gane el premio queda autorizado para elegir la que mejor le

parezca entre las presentes para que se lo cuelgue del chaleco.

Instantáneamente se deshizo el juego de bolos. Todos examinan con

admiración el grande reloj de plata y su cadena, echando cálculos

fantásticos acerca de su valor. Regalado dió orden á Linón de Mardana

para que trajera de casa la barra de hierro. No tardó mucho el adusto

servidor en presentarse con ella. La gente se separa, dejando espacio

libre á los tiradores. De los parajes más lejanos del campo acuden

hombres y mujeres á presenciar la lucha. También D. Félix sale por la

puerta del lagar con sus comensales. Se les deja el sitio más elevado y

cómodo para verla.

El primero que empuña el hierro cilíndrico es Pachón de los Barreros. La

barra parte de sus manos, se cierne en el aire y cae á larga distancia

de sus pies con admiración del concurso. Inmediatamente sale á la

palestra Matías, famoso tirador del valle de Langreo, deja caer la

montera, toma la barra, afianza los pies, se revuelve con pausa y

maestría y lanza el hierro al alto. Se clavó una cuarta más allá que la

del mozo de los Barreros.

--¡Hurra!--gritó la muchedumbre.

Pachón no se da por vencido. Toma de nuevo la barra y consigue ponerla

dos pulgadas más allá que Matías. Pero éste la coge con prisa, hace un

esfuerzo supremo y la envía media vara lo menos más lejos que su rival.

Entonces, henchido de orgullo, desgaja una ramita del nogal más cercano

y la planta en aquel sitio donde se hincó su barra, exclamando:

--Este es el tiro que ha hecho Matías de Langreo. Á ver si hay en

Laviana un mozo que lo haga cambiar de sitio.

Una tristeza profunda se esparce por el rostro de los lavianeses. Pachón

empuña con rabia la barra, pero no logra ponerla más allá que la vez

anterior. Otros hijos del valle, los unos de Entralgo, los otros de la

Pola, ensayan también sus fuerzas. Nadie consigue acercarse ni con mucho

á la orgullosa ramita de nogal. Entonces todos los ojos se vuelven hacia

Nolo de la Braña, que allá lejos seguía departiendo con Demetria sin

acercarse al teatro de la lucha.

--Nolo--le grita uno,--Matías de Langreo nos ha vencido á todos.

¿Quieres probar tu fuerza?

--Si os ha vencido á todos, ¿por qué no ha de vencerme á mí?--replica

con orgullosa malicia el héroe de la Braña.

Todos deploran que no tome parte en el certamen. Porque Nolo pasaba por

el mejor tirador de barra de toda la ría del Nalón caudaloso.

Entonces Jacinto de Fresnedo, aguijado por el deseo de honrar al dueño

de su albedrío más que de mostrarse vencedor en el juego, sale al medio

del corro. Rápidamente se descuelga la chaqueta de paño verde, se

despoja del chaleco floreado, tira la montera y agarrando la barra

afianza sus pies en el tiro y se yergue. No hay nadie que no admire la

gentileza de aquel mozo imberbe. Su musculatura atlética contrasta con

las líneas puras, delicadas de su rostro de adolescente.

La barra se escapa de sus manos, vibra en el aire con zumbido temeroso,

roza al caer la rama de nogal plantada por Matías y va á clavarse más

lejos.

«¡Viva! ¡Viva!» grita la muchedumbre frenética.

El mozo de Langreo se muerde los labios de despecho, toma de nuevo la

barra y la hace partir. No logra mejorar su tiro. Segunda vez pide al

jurado permiso para probar fortuna y lo obtiene. Mas ahora, agotadas sus

fuerzas, la barra se queda más atrás de la rama.

Entonces, de aquella multitud ebria de entusiasmo se eleva un clamoreo

inmenso.

«¡Viva Laviana!» «¡Viva Villoria!» Éstos son los gritos que resuenan sin

cesar por el Campo de la Bolera. Todos quieren abrazar al gallardo

mancebo.

Regalado se aproxima con el reloj en la mano y abandonando su

acostumbrada ironía le dice con visible emoción, pues al cabo también él

había nacido en Villoria:

--El jurado te declara vencedor, Jacinto. Elige la moza que ha de

entregarte el reloj.

Jacinto tarda algunos instantes en responder. Al cabo haciendo un

esfuerzo pronuncia muy quedo el nombre de Flora.

--Ven acá, Florita--grita Regalado.--Tú eres la elegida. Toma el reloj y

entrégaselo.

--Yo no tengo nada que entregar, puesto que nada es mío--responde con

acritud la doncella.

--Pero has sido elegida por el vencedor, niña. Ningún trabajo te cuesta

entregarlo.

--Si me cuesta ó no trabajo no lo sabe usted. Lo que le digo es que no

quiero.

En vano fué que la instaran muchos de los presentes. Á todos sus ruegos

y razones respondía cada vez con mayor energía: «¡no quiero! ¡no

quiero!» El mismo capitán fué desairado.

--Perdóneme usted, D. Félix--le respondió con resolución la altiva

zagala.--Todo cuanto usted me mande lo haré menos eso.

--¡Dejarla! ¡dejarla!--exclamó Jacinto con voz alterada.--No la

molestéis más. Ya no quiero esa prenda de sus manos. Que me la entregue

quien no me desprecie.

Y colgándose de nuevo la chaqueta del hombro tomó el reloj que le dió el

mismo capitán, volviendo en seguida la cabeza para ocultar las lágrimas

que saltaban á sus ojos.

--¡Bendita sea tu sandunga! ¿No te parece, Plutón, que ha hecho bien la

morenita en negarse á dar el reloj á ese palurdo?--dijo uno de los

mineros de la boina colorada á otro de sus compañeros.

--¡Y que lo digas, Joyana!--respondió el interpelado dirigiendo sus ojos

á Nolo y Demetria que allá lejos proseguían su plática amorosa.

--¿No sería lástima que un caramelo tan rico cayese en la boca de este

zángano de la cara de pan?--volvió á decir Joyana apoyando su

proposición con una blasfemia.

--¡Más lástima que aquella paloma blanca caiga entre las uñas del zote

que tiene á su lado!--replicó Plutón devorando con los ojos á la hermosa

Demetria y remachando sus palabras con otra blasfemia.

Joyana y Plutón, así llamados el primero por el pueblo en que nació, el

segundo por mote que le puso un ingeniero, eran dos mineros hábiles que

había traído consigo el director. Llevaban ya bastantes años en el

oficio y habían recorrido algunas provincias mineras de España

ejerciéndolo. De casi todas habían sido arrojados por su natural

díscolo, propenso á bullas y reyertas. Plutón había estado ya dos años

en presidio. Joyana unas cuantas veces en la cárcel. Eran temidos por

sus compañeros. Los capataces los mimaban por su destreza y acaso

también por miedo. Ambos eran bajos de estatura y no muy corpulentos.

Sin embargo, Plutón, aunque de piernas flacas, tenía el torso robusto,

los brazos largos, la mirada dura, insolente, denotando su estructura de

mono bastante agilidad y fuerza.

Nolo de la Braña pagó la mirada agresiva y sarcástica de los mineros con

otra de curiosidad no exenta de desprecio. Alzando su arrogante figura

de atleta frente á la de aquellos _gorilas_ los estuvo contemplando

largo rato sin pestañear. Después, como su oído experto le dijera que

allá en la romería había algún tumulto, hizo seña á sus compañeros y

despidiéndose de Demetria se alejó con ellos atravesando el puente y

dirigiéndose á Villoria por la margen izquierda del riachuelo.

Ya era tiempo de que lo hiciera. Allá en la romería, á espaldas de la

iglesia, los de Lorío, después de provocar con pesadas palabras y

acciones groseras la cólera de los de Entralgo, habían logrado al cabo

despertarla. Sin considerar su inferioridad numérica, pues muchos de los

combatientes habían bajado ya á la Bolera, se precipitaron á la lucha.

La desesperación les prestó una fuerza incontrastable. Animándose los

unos á los otros, lograron contener en los primeros momentos el empuje

de los de Lorío. Chasqueaban los palos, arremolinábase la gente, rodaban

las cestas de fruta por el castañar abajo, volcábanse las mesas de los

confiteros ambulantes, quebrábanse vasos y botellas. Todo era confusión

y alarma y gritería y polvo en el campo de la romería. Las mujeres, los

niños y los pocos hombres de edad madura que habían quedado buscaban

refugio en el pórtico de la iglesia. Desde allí seguían con ojos

ansiosos las peripecias del combate. Los niños enardecidos alentábamos

con gritos á los nuestros. Costaba gran trabajo á las mujeres sujetarnos

para que no volásemos al medio de la pelea.

La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas · 第 6 / 21 段