nuestro valle salga de su profundo y secular letargo. Aquellos tesoros
que nuestros padres pisaron siglos y siglos sin sospechar su existencia,
para nosotros los amontonó la naturaleza debajo del suelo: para nosotros
y para nuestros hijos. Los desgraciados habitantes de esta región que
apenas pueden, á costa de grandes esfuerzos, llevar un pedazo de borona
á la boca, dentro de pocos días, gracias á la iniciativa de una poderosa
casa francesa que va á sembrar aquí sus capitales, encontrarán medios de
emplear sus fuerzas, ganarán jornales jamás soñados por ellos. Y con
estos jornales se proporcionarán muy pronto las comodidades y los goces
que embellecen la vida. Porque el hombre no está destinado á vegetar
como un hongo tomando de la tierra lo estrictamente necesario para no
fenecer de hambre; tiene otras necesidades. Dentro de nuestro corazón
existe un impulso que nos hace apetecer nuevos y variados elementos de
vida, cambios incesantes que nos ofrezcan formas más y más interesantes
de existencia. ¿Qué sería el mundo si todos nos limitásemos á recibir
los usos de nuestros padres y á guardarlos como un tesoro intangible y
precioso? Para que el hombre se eleve, para que exista el progreso es
necesario que prescindamos de ese respeto exagerado á la costumbre, que
no temamos crearnos necesidades. Las necesidades son acicates que
sacuden nuestra indolencia. Es necesario que nos relacionemos con los
países extranjeros para hacernos partícipes de sus adelantos, que
apetezcamos siempre algo nuevo y mejor y que hagamos esfuerzos
incesantes por conseguirlo. Dentro de pocos meses oiréis resonar por
estas montañas el agudo silbido de la locomotora. Es la voz del vapor
que nos llama á la civilización.
Todos acogen con hurras y palmadas este sensato discurso. Sólo D.
Félix, D. César y D. Prisco permanecen silenciosos y taciturnos.
Al sentarse el sobrino del capitán se levantó el ingeniero que había
llegado de Madrid. Era un joven de fisonomía inteligente y agraciada.
--Brindo--dijo--por que en breve plazo quede desterrado del hermoso
valle de Laviana ese manjar feo, pesado y grosero que se llama _borona_.
No podéis imaginar con qué profunda tristeza he visto á los pobres
labradores alimentarse con ese pan miserable. Entonces he comprendido la
razón de su atraso intelectual, la lentitud de su marcha, la torpeza de
sus movimientos, la rudeza de todo su ser. Quien introduce en su
estómago diariamente un par de libras de borona no es posible que tenga
la imaginación despierta y el corazón brioso. Procuremos todos en la
medida de nuestras fuerzas que pronto desaparezca de aquí ó al menos que
se relegue á su verdadero destino, para alimento de las bestias, que
pronto se sustituya por el blanco pan del trigo. Con él, no lo dudéis,
despertará la inteligencia, se aguzará el ingenio, crecerán los ánimos y
por fin entrarán en el concierto de los hombres civilizados los
habitantes de este país.
Mucho se rieron y celebraron las palabras del joven ingeniero. El
actuario D. Casiano se levantó de su silla y le apretó contra su vientre
de tal modo que el ingeniero decía más adelante que por un momento se
creyó dentro de él como Jonás dentro de la ballena. ¡Y sin embargo, D.
Casiano se comía con rematado placer media borona migada en leche! Pero
se guardó bien de confesar esta flaqueza. Hubiera negado á la borona, no
tres veces como San Pedro á su maestro, sino trescientas. Todos la
negaron, ¡todos! aunque había nutrido la infancia de la mayoría de
ellos. Sólo el señor de las Matas de Arbín se levantó de su silla y con
reposado y noble ademán avanzó su copa hasta chocar con la del ingeniero
y dijo:
--Hubo un tiempo, señor, en que delante de estos rudos campesinos,
alimentados con castañas y bellotas como las bestias, corrían
desbandadas las águilas romanas enviadas por Augusto. Más tarde las
huestes sarracenas que habían paseado en triunfo todo el orbe, vinieron
á estrellarse contra los pechos de un puñado de labriegos ahí, un poco
más arriba, en la sacra montaña de Covadonga. Pasaron muchos siglos,
empezaron á alimentarse con borona, y otras águilas tan brillantes, las
del César Napoleón, cayeron sobre nuestro país. Estos campesinos
segándolas el cuello por montes y barrancos probaron que con la borona
no habían perdido el ardimiento. Y en las luchas de la inteligencia, en
los nobles certámenes de las ciencias y de las artes muchos asturianos
criados con borona alcanzaron, señor, honra imperecedera. Su voz ha
resonado con elocuencia en la tribuna, su pluma ha trazado páginas
brillantes que admira el extranjero, su cincel ha dado eterna vida á la
piedra y la madera... No me sorprende en verdad que usted haga ascos á
este manjar grosero hecho con la harina del maíz. Dionisio de Siracusa
también los hizo cuando le dieron á probar aquella sopa negra de los
espartanos fabricada con sal y vinagre, manteca de puerco y pedacitos de
carne. «¡Es detestable!» exclamó.--«Le falta algo», respondió el
cocinero.--«¿Qué le falta?»--«Que te hubieses bañado en el Eurotas y
hubieses hecho todos los ejercicios de la palestra.» Del mismo modo,
señor, para conocer el gusto de la borona le ha faltado á usted bañarse
en el Nalón y haber pasado el día cavando la tierra con la azada.
Tocó á su vez al capitán el levantarse y abrazar estrechamente á su
primo. El ingeniero contempló aquella figura estrafalaria y escuchó
tales palabras con asombro. Los demás le hicieron disimuladamente señas
de que se trataba de un excéntrico.
--Bien está lo que mi venerable amigo el señor de las Matas de Arbín
acaba de manifestarnos--dijo Antero levantándose de nuevo.--Los
alimentos por groseros que sean no privan al hombre de sus aptitudes,
sobre todo de aquellas que le son comunes con las fieras, las de luchar
y defenderse. Mas yo pregunto: ¿para qué serviría su actividad si no
arrancase á la naturaleza sus secretos si no fuese gustando de todos los
recursos que la Providencia puso á su disposición? Si la situación del
hombre, si sus alimentos, si sus vestidos no hubieran de cambiar jamás,
esas artes, esas ciencias de que nos hablaba D. César serían inútiles y
aun me atrevo á decir que imposibles. Comprendo el amor y el respeto que
mi querido tío D. Félix y el señor de las Matas de Arbín sienten por el
pasado; pero no quisiera que ese amor les arrastrase á privar á este
valle de lo que tiene derecho á alcanzar, mayor bienestar para sus hijos
y un puesto en la civilización. Por eso en este momento me atrevo á
suplicar á mi buen tío que no se oponga á que por sus propiedades de
Carrio cruce la vía férrea necesaria para transportar los minerales. Su
oposición, aunque fuese vencida por la ley, al cabo dilataría algún
tiempo la prosperidad de nuestro país.
--¡Me opongo y me opondré con todas mis fuerzas!--exclamó el capitán
airado.--Yo no creo que esa prosperidad traiga á este valle dicha
ninguna. El ejemplo de Langreo, que tenemos bien cerca, me lo confirma.
Los hombres trabajarán más que antes y no á luz del día y respirando la
gracia de Dios como ahora, sino metidos en negros, inmundos agujeros.
Las mujeres lavarán más ropa sucia, cuidarán más enfermos, quedarán
viudas primero. Los niños escucharán más blasfemias, sufrirán más
golpes. Yo me río de esa prosperidad y la maldigo. ¿Qué me importa que
traigáis un puñado más de oro si con él llega el vicio, el crimen y la
enfermedad?
Quiso Antero discutir con su tío; probarle que estas lacerias no son
consecuencia obligada de la industria y las minas, sino perturbaciones
accidentales que al cabo quedan suprimidas por sí mismas cuando los
obreros se hacen más cultos por la enseñanza y el trato. Pero don Félix
se negó á escuchar. Colérico cada vez más y respondiendo á las razones
de su sobrino con frases violentas ó desdeñosas, tanto llegó á exaltarse
que el alcalde, el boticario y otros comensales creyeron prudente
intervenir. Encauzaron la conversación hacia otros asuntos y procuraron
alejar al tío del sobrino. Se habían levantado ya todos de la mesa. Se
diseminaron por la pomarada formando grupos. La viva disputa de D. Félix
con Antero había producido cierto malestar. Se deploraba en voz baja que
aquél tuviese un carácter tan violento.
Al cabo renació la calma, terminaron los comentarios, y la alegría y la
franqueza volvieron á reinar sobre los convidados. Algunos se acercaron
al lagar, penetraron en él y departieron con los labradores que allí
estaban; otros pasearon debajo de los árboles hasta los confines de la
pomarada. El señor de las Matas fué uno de ellos. Enfrascado en sus
meditaciones clásicas y repitiendo en voz baja la hermosa égloga primera
de Virgilio caminó paso entre paso por la finca. Y como llegase á una
rinconada umbría, se tendió _sub tegmine fagi_ recitando cada vez con
más fervor los versos del cisne de Mantua. Se sentía feliz. La sidra le
ponía siempre en una disposición poética tan lejana del furor báquico
como del grosero sopor de los esclavos. En otro tiempo, cuando esto
acaecía, solía ver cruzar por el bosque á Diana cazadora con su cortejo
de ninfas medio desnudas y tendía hacia ellas sus brazos anhelantes. Ya
hacía años que habían cesado estas imaginaciones eróticas. Ahora en
tales ocasiones ya no veía ninfas, sino ánforas llenas hasta el cuello
del chispeante vino de Chipre ó de Rodas. Se hallaba, pues, reposando
dulcemente como Títiro, cuando acertó á oir cerca y detrás de los
árboles rumor de conversación. No hubiera hecho alto en ello si no
percibiese bien claro entre aquella charla su nombre. Se alzó, acercóse
más y escuchó. Hablaban allí tendidos sobre el césped Antero, el
ingeniero español y el químico belga.
--Es un tipo verdaderamente notable--decía Antero.--Deben ustedes
estudiarlo. Para él no existe nada digno de aprecio fuera de las
Thermópilas y Maratón. Odia á los medos y á los persas más que á los
chicos que le roban la fruta.
--¡Es curioso!--exclamaba el ingeniero.
--Pero su enemigo mortal es Pericles.
--¿Cómo?
--Sí, se ha empeñado en destruir su gloria, y busca y rebusca por todas
partes algo que pueda socavarla. Le echa la culpa de la ruina de Atenas
y de todo lo malo que allí ha pasado, le niega el talento, le niega la
elocuencia y le persigue con la misma saña que si le hubiera estafado.
No tienen ustedes más que sacarle la conversación del _olímpico_, como
él lo llama con sorna, y le verán ustedes deshecho. Por lo general, es
hombre pacífico y comedido; mas en cuanto se le habla de Pericles sale
de sus casillas y suelta horrores por la boca. Hace algunos años
escribió un folleto fulminante contra él. En todo Asturias se conoce
este documento, que es chistosísimo. Oigan ustedes algo:
«Á buena fe, Pericles; á buena fe, don traidor, suspiros y lágrimas asaz
engendrará vuestra desbocada ambición. La ley no es bien guardada, la
ley positiva de los tiempos heroicos de la Hélade. El gran aparejo y
atavío con que ornáis la ciudad de Teseo más le hará tuerto que derecho.
Holgados y descansados queréis á vuestros compatriotas, dolientes y
cobardes los hallaréis á la hora de la batalla...»
--¡Graciosísimo!--exclamó el ingeniero, riendo á carcajadas.
--C'est étonnant!--profirió el químico, que apenas podía comprender una
palabra de aquel lenguaje.
--En otro tiempo se le ocurrió a mi tío y a otros señores hacerle
alcalde. Crean ustedes que ha dejado memoria perdurable de su paso por
el ayuntamiento. Cuando presidía las sesiones se creía en el Ágora. Una
vez en que se trataba de la limpieza de los pozos negros de la Pola
comenzó su discurso diciendo: «Setecientos mil dracmas gastaron los
dorios en dotar de alcantarillas á Esparta...» Desde entonces le
llamamos por aquí el _dorio_.
--¡Oh, que c'est drôle!
--¡Pero ese caballero es un loco!
--¡De atar!--respondió el joven Antero.
El señor de las Matas sintió al escuchar tales palabras que la sangre se
le agolpaba al cerebro. Estuvo por avanzar unos pasos y confundir á
aquel mancebo frívolo. Tuvo, sin embargo, fuerzas para dominarse: porque
había estudiado en el Pórtico y tenía grabadas en su mente las
enseñanzas de Zenón. Con nobleza verdaderamente estoica se alejó, pues,
despreciando tanta injuria.
Mientras esto ocurría en la pomarada del capitán, el castañar en declive
que casi circunda la pequeña iglesia de Entralgo hervía de gente y
regocijo. Al lado de los árboles se habían colocado bastantes tenderetes
para vender vino y sidra: en torno de ellos departían bebiendo los
hombres maduros. En la parte más llana se había organizado un animado
baile al son de la gaita y el tambor. Allí lucía de nuevo su primor y
gentileza Quino, el más prudente y astuto de los hijos de Laviana. Su
pareja ya no era Telva, como la noche anterior, sino Eladia. Con este
arte maligno de tira y afloja tenía á las dos zagalas rendidas,
deshechas de amor. Pero en aquel instante más que de su pareja se
cuidaba de mirar con recelo la actitud de los de Lorío. Andaban éstos en
pandillas retozando por la romería, riendo, gritando, sin querer tomar
parte en los bailes, como si otra vez tuviesen gana de gresca.
En medio del campo, en el espacio más abierto, se había formado una gran
danza, los hombres á un lado, las mujeres á otro, unos y otros cogidos
por el dedo meñique. Cantaban una antigua balada asturiana. Primero las
mujeres entonaban un par de versos. Los hombres respondían con otros
dos; y así se iba desenvolviendo la historia.
¡Bien presente está en mi memoria! Para que pudiese penetrar en el corro
alzabais amablemente vuestros brazos. En medio del círculo seguía con
los ojos extáticos vuestros acompasados movimientos. Escuchaba vuestros
cantos inocentes, que penetraban en mi corazón infantil, inundándolo de
una felicidad que nunca más ¡ay! ha vuelto á sentir.
No toda la gente estaba en el castañar de la iglesia. En las calles de
la aldea había también alguna, y en el _Campo de la Bolera_ más todavía.
Aquí se ejercitaban los hombres en el juego de bolos, combatiendo seis
mozos de la Pola con otros tantos de Entralgo. Los demás, interesados en
la partida, miraban sentados en los maderos que por allí había
diseminados. Entre ellos estaba una cuadrilla de mineros que de luengas
tierras había traído la empresa que comenzaba á beneficiar los ricos
veneros de Laviana. Se les reconocía por sus boinas encarnadas que
contrastaban con las negras monteras puntiagudas de los hijos del valle:
se les reconocía aún más por sus rostros macilentos, donde el agua no
había logrado borrar por completo las manchas del carbón. Hablaban entre
sí y dirigían miradas insolentes, provocativas á todos los que allí
había. Parecían sentir profundo desprecio por aquellos aldeanos y sus
juegos. Delante de la puerta del lagar de D. Félix había un numeroso
grupo de hombres. Entre ellos estaba Jacinto de Fresnedo rodeado de sus
amigos los montañeses de Villoria, que se habían bajado del castañar
poco hacía por consejo de Nolo. Temía éste con razón, vista la actitud
de los de Lorío, que hubiese pronto riña, y persistiendo en su orgulloso
retraimiento no quería tomar parte en ella. Se hallaba sentado al lado
de Demetria, debajo de uno de los grandes nogales que circundan el
campo. Otras muchas zagalas, unas con sus galanes, otras sin ellos, se
habían bajado también de la romería cansadas de bailar, y andaban por
allí diseminadas á la sombra de los árboles. Entre ellas se hallaba
Flora, la linda y desdeñosa morenita huéspeda de D.ª Robustiana.
El infiel esposo de esta señora, nuestro amigo Regalado, salió del
lagar, echó una mirada por el campo y dirigiéndose á los jóvenes que
allí había, en el tono zumbón é impertinente que le caracterizaba les
habló de esta manera:
--Llegó el momento, mozos valerosos, de que probéis vuestra enjundia
delante de las hermosas de Entralgo. Mi amo D. Félix me ha entregado
este reloj de plata con su cadena para que lo regale al tirador que más
lejos clave la barra de hierro de quince libras. Y como de mis manos no
ha de parecerle tan bien el regalo como de las de alguna chavalita, el
mozo que gane el premio queda autorizado para elegir la que mejor le
parezca entre las presentes para que se lo cuelgue del chaleco.
Instantáneamente se deshizo el juego de bolos. Todos examinan con
admiración el grande reloj de plata y su cadena, echando cálculos
fantásticos acerca de su valor. Regalado dió orden á Linón de Mardana
para que trajera de casa la barra de hierro. No tardó mucho el adusto
servidor en presentarse con ella. La gente se separa, dejando espacio
libre á los tiradores. De los parajes más lejanos del campo acuden
hombres y mujeres á presenciar la lucha. También D. Félix sale por la
puerta del lagar con sus comensales. Se les deja el sitio más elevado y
cómodo para verla.
El primero que empuña el hierro cilíndrico es Pachón de los Barreros. La
barra parte de sus manos, se cierne en el aire y cae á larga distancia
de sus pies con admiración del concurso. Inmediatamente sale á la
palestra Matías, famoso tirador del valle de Langreo, deja caer la
montera, toma la barra, afianza los pies, se revuelve con pausa y
maestría y lanza el hierro al alto. Se clavó una cuarta más allá que la
del mozo de los Barreros.
--¡Hurra!--gritó la muchedumbre.
Pachón no se da por vencido. Toma de nuevo la barra y consigue ponerla
dos pulgadas más allá que Matías. Pero éste la coge con prisa, hace un
esfuerzo supremo y la envía media vara lo menos más lejos que su rival.
Entonces, henchido de orgullo, desgaja una ramita del nogal más cercano
y la planta en aquel sitio donde se hincó su barra, exclamando:
--Este es el tiro que ha hecho Matías de Langreo. Á ver si hay en
Laviana un mozo que lo haga cambiar de sitio.
Una tristeza profunda se esparce por el rostro de los lavianeses. Pachón
empuña con rabia la barra, pero no logra ponerla más allá que la vez
anterior. Otros hijos del valle, los unos de Entralgo, los otros de la
Pola, ensayan también sus fuerzas. Nadie consigue acercarse ni con mucho
á la orgullosa ramita de nogal. Entonces todos los ojos se vuelven hacia
Nolo de la Braña, que allá lejos seguía departiendo con Demetria sin
acercarse al teatro de la lucha.
--Nolo--le grita uno,--Matías de Langreo nos ha vencido á todos.
¿Quieres probar tu fuerza?
--Si os ha vencido á todos, ¿por qué no ha de vencerme á mí?--replica
con orgullosa malicia el héroe de la Braña.
Todos deploran que no tome parte en el certamen. Porque Nolo pasaba por
el mejor tirador de barra de toda la ría del Nalón caudaloso.
Entonces Jacinto de Fresnedo, aguijado por el deseo de honrar al dueño
de su albedrío más que de mostrarse vencedor en el juego, sale al medio
del corro. Rápidamente se descuelga la chaqueta de paño verde, se
despoja del chaleco floreado, tira la montera y agarrando la barra
afianza sus pies en el tiro y se yergue. No hay nadie que no admire la
gentileza de aquel mozo imberbe. Su musculatura atlética contrasta con
las líneas puras, delicadas de su rostro de adolescente.
La barra se escapa de sus manos, vibra en el aire con zumbido temeroso,
roza al caer la rama de nogal plantada por Matías y va á clavarse más
lejos.
«¡Viva! ¡Viva!» grita la muchedumbre frenética.
El mozo de Langreo se muerde los labios de despecho, toma de nuevo la
barra y la hace partir. No logra mejorar su tiro. Segunda vez pide al
jurado permiso para probar fortuna y lo obtiene. Mas ahora, agotadas sus
fuerzas, la barra se queda más atrás de la rama.
Entonces, de aquella multitud ebria de entusiasmo se eleva un clamoreo
inmenso.
«¡Viva Laviana!» «¡Viva Villoria!» Éstos son los gritos que resuenan sin
cesar por el Campo de la Bolera. Todos quieren abrazar al gallardo
mancebo.
Regalado se aproxima con el reloj en la mano y abandonando su
acostumbrada ironía le dice con visible emoción, pues al cabo también él
había nacido en Villoria:
--El jurado te declara vencedor, Jacinto. Elige la moza que ha de
entregarte el reloj.
Jacinto tarda algunos instantes en responder. Al cabo haciendo un
esfuerzo pronuncia muy quedo el nombre de Flora.
--Ven acá, Florita--grita Regalado.--Tú eres la elegida. Toma el reloj y
entrégaselo.
--Yo no tengo nada que entregar, puesto que nada es mío--responde con
acritud la doncella.
--Pero has sido elegida por el vencedor, niña. Ningún trabajo te cuesta
entregarlo.
--Si me cuesta ó no trabajo no lo sabe usted. Lo que le digo es que no
quiero.
En vano fué que la instaran muchos de los presentes. Á todos sus ruegos
y razones respondía cada vez con mayor energía: «¡no quiero! ¡no
quiero!» El mismo capitán fué desairado.
--Perdóneme usted, D. Félix--le respondió con resolución la altiva
zagala.--Todo cuanto usted me mande lo haré menos eso.
--¡Dejarla! ¡dejarla!--exclamó Jacinto con voz alterada.--No la
molestéis más. Ya no quiero esa prenda de sus manos. Que me la entregue
quien no me desprecie.
Y colgándose de nuevo la chaqueta del hombro tomó el reloj que le dió el
mismo capitán, volviendo en seguida la cabeza para ocultar las lágrimas
que saltaban á sus ojos.
--¡Bendita sea tu sandunga! ¿No te parece, Plutón, que ha hecho bien la
morenita en negarse á dar el reloj á ese palurdo?--dijo uno de los
mineros de la boina colorada á otro de sus compañeros.
--¡Y que lo digas, Joyana!--respondió el interpelado dirigiendo sus ojos
á Nolo y Demetria que allá lejos proseguían su plática amorosa.
--¿No sería lástima que un caramelo tan rico cayese en la boca de este
zángano de la cara de pan?--volvió á decir Joyana apoyando su
proposición con una blasfemia.
--¡Más lástima que aquella paloma blanca caiga entre las uñas del zote
que tiene á su lado!--replicó Plutón devorando con los ojos á la hermosa
Demetria y remachando sus palabras con otra blasfemia.
Joyana y Plutón, así llamados el primero por el pueblo en que nació, el
segundo por mote que le puso un ingeniero, eran dos mineros hábiles que
había traído consigo el director. Llevaban ya bastantes años en el
oficio y habían recorrido algunas provincias mineras de España
ejerciéndolo. De casi todas habían sido arrojados por su natural
díscolo, propenso á bullas y reyertas. Plutón había estado ya dos años
en presidio. Joyana unas cuantas veces en la cárcel. Eran temidos por
sus compañeros. Los capataces los mimaban por su destreza y acaso
también por miedo. Ambos eran bajos de estatura y no muy corpulentos.
Sin embargo, Plutón, aunque de piernas flacas, tenía el torso robusto,
los brazos largos, la mirada dura, insolente, denotando su estructura de
mono bastante agilidad y fuerza.
Nolo de la Braña pagó la mirada agresiva y sarcástica de los mineros con
otra de curiosidad no exenta de desprecio. Alzando su arrogante figura
de atleta frente á la de aquellos _gorilas_ los estuvo contemplando
largo rato sin pestañear. Después, como su oído experto le dijera que
allá en la romería había algún tumulto, hizo seña á sus compañeros y
despidiéndose de Demetria se alejó con ellos atravesando el puente y
dirigiéndose á Villoria por la margen izquierda del riachuelo.
Ya era tiempo de que lo hiciera. Allá en la romería, á espaldas de la
iglesia, los de Lorío, después de provocar con pesadas palabras y
acciones groseras la cólera de los de Entralgo, habían logrado al cabo
despertarla. Sin considerar su inferioridad numérica, pues muchos de los
combatientes habían bajado ya á la Bolera, se precipitaron á la lucha.
La desesperación les prestó una fuerza incontrastable. Animándose los
unos á los otros, lograron contener en los primeros momentos el empuje
de los de Lorío. Chasqueaban los palos, arremolinábase la gente, rodaban
las cestas de fruta por el castañar abajo, volcábanse las mesas de los
confiteros ambulantes, quebrábanse vasos y botellas. Todo era confusión
y alarma y gritería y polvo en el campo de la romería. Las mujeres, los
niños y los pocos hombres de edad madura que habían quedado buscaban
refugio en el pórtico de la iglesia. Desde allí seguían con ojos
ansiosos las peripecias del combate. Los niños enardecidos alentábamos
con gritos á los nuestros. Costaba gran trabajo á las mujeres sujetarnos
para que no volásemos al medio de la pelea.