recordar los tiempos heroicos de su juventud.
--Eso está bien--manifestó otro vecino--y no es faltar á la ley el que
los rapaces se den alguna vez dos vardascazos; las manos se sueltan y el
pellejo se endurece. Pero ¿qué decir de lo que pasa en Langreo, donde
por un pique cualquiera echan mano á la navaja barbera, cuando no sacan
esas pistolas de seis tiros como la que trajo de Oviedo el señor
capitán?
--El que saca una navaja no es mozo leal ni regular. No se degüella á
los hombres como á las reses--repuso el tío Goro con la profundidad que
le caracterizaba.
El estallido lejano de un cohete les hizo á todos levantarse de sus
asientos y salir fuera del pórtico.
--¡Ahí están los ramos!--gritaron los chicos.
La pequeña iglesia de Entralgo se halla situada en la falda de la colina
y dista del pueblo dos tiros de piedra. Desde el campo que hay delante
se domina bastante bien el valle. Por la falda de la colina opuesta,
donde está asentada Canzana, bajaba ya la procesión de los ramos
llevando á su frente al valeroso Celso. Sonaban lejos las notas agudas
de la gaita y el sordo redoble del tambor. Poco después se escucha el
ruido de los panderos y el cántico de las mozas. Por fin, entre los
árboles que á modo de bóveda sombrean la calzada pedregosa se divisan
los pañuelos de cien colores de las zagalas y los ramos de pan
guarnecidos de flores y cintas y la novilla juguetona y empenachada. Los
de Entralgo tiran sus monteras al alto saludando con alegría la
pintoresca comitiva. Cuando llega salen á recibirla y se cambian entre
unos y otros cordiales saludos.
El glorioso Bartolo aprovecha la confusión para acercarse á Nolo y le
dice:
--Ya sé que esta noche en la peña de Sobeyana habéis zurrado la piel á
esos cerdos de Lorío. Todos te lo agradecemos, Nolo. En este pueblo
siempre tendrás guardadas las espaldas.
--Muchas gracias, Bartolo--responde el héroe mientras en sus labios se
dibuja una sonrisa altiva.--Nada sé de eso que me dices. Desde aquí nos
hemos ido á la cama. Ya sabes que la peña de Sobeyana no está en el
camino de Villoria.
--Aunque lo niegues es igual. Hasta los gatos saben en el pueblo lo que
habéis hecho: yo mejor que ninguno porque estaba en los maizales de la
vega esperando á ver si quedaban algunos pocos rezagados para
abollarles los cascos. ¡Á mí no me han metido en casa, puño! Hasta que
no pude más estuve arreando leña detrás del palacio del capitán, y
cuando ya me vi cercado por más de treinta salté la cerca de la Pedrosa
y me metí en la vega. El palo se me había roto en dos cachos sobre la
mollera de Firmo de Rivota y tuve que sacar un bárgano de la sebe para
defenderme. Esta mañana todavía estaban en el mismo sitio los dos
pedazos del palo:... aquí los traigo para que nadie me llame embustero.
Y el glorioso hijo de la tía Jeroma sacó por debajo de la chaqueta que
llevaba sobre el hombro los dos cachos del garrote, mudos testigos de su
valor indomable. Nolo los contempla con expresión irónica y dice riendo:
--¡Lástima de palo! No volverás á tener otro tan majo, Bartolo. Me
alegro de que haya sido mentira lo que me dijeron.
--¿Qué te dijeron?--preguntó un poco turbado el valiente.
--Que la tía Jeroma te había llevado por las orejas á casa antes de
comenzar la gresca.
--¿Quién dijo eso, puño? Suéltalo en seguida, porque quiero meterle
estos cachos del garrote por los dientes--exclamó hecho una furia el
hijo de la tía Jeroma.
Nolo se esquivó riendo y se introdujo entre la muchedumbre á ver si
tropezaba con Demetria. Ésta, otras dos mozas de Canzana, Rosaura y
Telva, y Eladia de Entralgo habían sido designadas por el señor cura
para llevar en procesión la imagen de la Virgen. Tal resolución sirvió
para que el festivo Regalado se proporcionase un rato de maligno placer
á costa de Maripepa.
--Oyes, chica--exclamó así que acertó á verla.--Á todos nos ha
sorprendido y disgustado que el señor cura no te llamase para llevar á
la virgen. Porque, á la verdad... eso de haber elegido tres mozas de
Canzana y sólo una de Entralgo no está bien.
--¡Ya lo creo, como que las de Canzana le traen los jarritos de leche
caliente, la manteca fresca, la morcilla y el queso! ¡Yo como soy una
pobrecita no puedo traerle nada!--exclamó con acento de rabia Maripepa.
--Eso será, porque tú eres tan buena como las demás para llevar la
Virgen; y aunque no eres rica sabes vestirte como la primera.
La coja con tales lisonjas se esponjó lo indecible. Acometida de un
furor orgulloso, soltó por su boca desdentada mil improperios contra el
párroco y contra las zagalas de Canzana que la perseguían cruelmente con
su envidia. Esto causó el regocijo no sólo de Regalado, sino de cuantos
la escuchaban.
Pero ya al son de la gaita y el tambor y con el estampido de los cohetes
salía la sagrada imagen de la Virgen del Carmen por la puerta de la
iglesia. Rodeábanla las mozas con sus panderos. Delante marchaba el
capitán, portador del gran farol tradicional. Su uniforme
resplandeciente causaba el asombro de aquellos campesinos,
particularmente de los niños que se amontonaban en torno suyo
devorándole con los ojos. Todos los años gozaban del mismo espectáculo y
cada año les parecía más nuevo y sorprendente. Detrás venían seis ú ocho
sacerdotes, casi todos los que contaba el concejo. Dieron la vuelta al
templo y sobre el altar portátil levantado á sus espaldas colocaron la
imagen. Allí se celebraba la misa al aire libre el día de la fiesta. La
pequeña iglesia no podía contener á la muchedumbre de los fieles.
Derramados por el frondoso bosque de castaños que en declive se extiende
por detrás estaban ahora todos, la mayor parte de Entralgo, pero muchos
también de las demás parroquias del valle.
Comienza la misa. Las capas de tisú de oro de los sacerdotes oficiantes
resplandecen al sol. Suena la gaita acompañando á los cantores desde una
tribuna improvisada. La muchedumbre arrodillada sobre el césped asiste
recogida y silenciosa al santo sacrificio mientras la brisa de la
montaña agita las hojas de los árboles y refresca suavemente sus sienes.
Demetria, de pie como sus tres compañeras al lado de la Virgen, había
encontrado los ojos de Nolo posados sobre ella. En vez de sonreírle como
siempre baja los suyos avergonzada; sus frescas mejillas se tiñen de
rojo. La fatal palabra de su hermano vuelve á penetrar en su alma y á
turbarla. Ella era una pobrecita recogida, una hospiciana; estaba casi
segura. Nolo no podía casarse con ella. Tal idea aferrada á su mente la
traspasaba de angustia, oprimía su pecho hasta impedirle la respiración.
Hubo un instante en que la vista se le turbó y estuvo á punto de caer.
Entonces, elevando sus ojos á la sagrada imagen, murmuró con fervor:
«¡Virgen María, asísteme!»
La Virgen la asistió. Repentinamente quedó tranquila y se dijo con firme
resolución: «Antes de que llegue á descubrirlo dejaré la casa y me iré á
servir un amo en Oviedo ó Gijón».
Cuando la misa termina vuelve la procesión en el mismo orden dando la
vuelta á la iglesia. Las campanas redoblan alegremente; estallan los
cohetes; cantan los clérigos; el anciano capitán se pone en marcha y sus
placas de oro, ganadas en el campo de batalla, despiden vivos destellos.
Entonces un estremecimiento corre por la multitud. Todos, grandes y
niños, volvemos los ojos hacia la Virgen del Carmen, nuestra madre y
nuestra protectora, que marcha lentamente sobre los hombros de las
cuatro hermosas zagalas.
Dos de estas zagalas son rivales: el apuesto Quino las festeja
alternativamente; pero saben disimular sus celos con arte femenino.
Eladia sonríe de vez en cuando á Telva. Ésta le devuelve su sonrisa.
Ambas se esfuerzan en aparecer serenas y confiadas.
La procesión entra en la iglesia. Poco después la muchedumbre sale y se
esparce por el pequeño campo de delante y el castañar de detrás. Quino
se acerca á Telva y con frase insinuante la requiebra y la felicita.
Arrimados á una columna del pórtico departen en voz baja mientras
Eladia, con la muerte en el alma, les dirige miradas fulgurantes. Pero
Flora, la gentil zagala de Lorio, se acerca á ella y procura distraer su
pena con su charla siempre alegre y graciosa.
--Deja que me esconda detrás de ti. Jacinto me persigue y me sofoca.
--¿Tanto te disgusta que te quiera?--respondió Eladia sonriendo
tristemente.
--No me disgusta, pero hace demasiado calor. En vez de miel yo
necesitaría ahora un poco de agua de limón.
En efecto, el pobre Jacinto había buscado y había hallado á su adorada
Flora, pero ésta le había huído como siempre. También Nolo había querido
acercarse á Demetria. Y con gran sorpresa, pues no estaba acostumbrado á
ello, observó que la niña rehuía su encuentro. Por algunos instantes
permaneció extático, sin saber qué pensar de tal conducta; pero antes de
que recobrase su serenidad y se resolviese á seguirla y pedirle una
explicación se oye gritar por todas partes: «¡La despedida, la
despedida!» Una nube de niños avanza hasta el pórtico de la iglesia.
Detrás de ellos vienen los grandes. Todos se colocan en fila á entrambos
lados de la puerta, dejando una calle regularmente espaciosa. Por ella
marchan las zagalas de Entralgo y Canzana cantando y agitando los
panderos y en esta forma penetran en el templo. Se arrodillan al entrar,
se levantan después y á los cuatro pasos se arrodillan otra vez y otra
vez se levantan. De esta manera llegan hasta los pies de la Virgen y
allí se despiden cantando largo rato. Luego, caminando hacia atrás, sin
volver la espalda, doblando las rodillas cada pocos pasos y alzándose
después, salen de la iglesia sin dejar de cantar y de sonar los
panderos.
Fuera se diseminan. Todas llevan colgado al cuello el santo escapulario
tocado á la Virgen. Los mozos avanzan hacia ellas y se los piden para
besarlos.
Telva y Eladia salían juntas. El bizarro Quino las ve y se encamina
hacia ellas. Va á demandar á Telva su escapulario; pero con arranque
caprichoso ó tal vez para mostrar su omnipotencia, lo pide á Eladia.
Esta enrojece como una amapola y temblando de emoción se lo entrega,
mientras la desairada Telva se muerde los labios pálida de cólera.
Nolo se acerca á Demetria y le hace igual petición. La niña se lo tiende
con sonrisa melancólica. Luego, emparejados, se alejan departiendo entre
los árboles.
¿Qué hacías tú mientras tanto, linda y burlona morenita? El enamorado
Jacinto llega á tu presencia y con voz apagada te pide el escapulario.
Entonces, empujando á Maripepa que iba á tu lado, le dices: «Dale el
tuyo, querida, que el mío ya lleva sobrados besos». Jacinto se ve
obligado á besar el escapulario de la horrible coja, mientras tú ríes
malignamente.
V
La romería del Carmen.
En la pomarada del capitán, debajo de los árboles, se había colocado una
mesa á la cual se sentaban hasta una docena de comensales. Procedían
casi todos de la Pola. Sin embargo, había un ingeniero de Madrid y un
químico belga. Pocos días hacía que habían llegado á Laviana para
dirigir los trabajos de las minas recién abiertas sobre la aldea de
Carrio. Los había acompañado á Entralgo y los había presentado á D.
Félix su sobrino Antero, promovedor incansable de los intereses de
aquella región y apóstol elocuente del progreso. Recibiólos el Sr.
Ramírez del Valle con afable hospitalidad y les invitó á su mesa, pero
no sintió alegría de verlos. Ya sabemos que su corazón no estaba abierto
á la influencia de las maravillas industriales.
Antero era un joven de carácter franco y fisonomía simpática, locuaz,
ilustrado, arrogante. Se había recibido de licenciado en Derecho hacía
pocos años. No diremos que se creyese un genio, pero sí estaba seguro de
que podía competir con los jóvenes más distinguidos de la provincia. En
cuanto á su valle natal, ningún otro osaba hablar de política y
literatura delante de él. Conocía bien la historia de la revolución
francesa, especialmente la de los Girondinos; estaba versado en Economía
política, había leído la _Profesión de fe del siglo XIX_ de Pelletan,
algunos versos de Víctor Hugo y tres volúmenes de la Historia Universal
de César Cantu. Además, cuando se hallaba entre amigos de confianza,
osaba poner algunos reparos al texto de las Sagradas Escrituras, en el
cual encontraba ciertas contradicciones de bulto. Hasta se decía que en
cierta ocasión, de sobremesa con varios sacerdotes, los había puesto en
grave aprieto hablando del Génesis. Por estas razones y otras que omito,
Antero Ramírez era lo que pudiera llamarse un grande hombre regional.
Sin embargo, D. Félix no le reconocía de buen grado sus cualidades
sobresalientes. Entre tío y sobrino existía una disimulada antipatía,
que á veces no se disimulaba. Antero pensaba que su tío era una buena
persona, un militar valiente, pero algo «arrimado á la cola». D. Félix
consideraba á su sobrino, á pesar de los triunfos académicos que
ostentaba, como un joven superficial, uno de tantos abogados charlatanes
como producía la universidad de Oviedo. ¡Qué diferencia entre estos
mocosos que hablaban de todo con impertinente suficiencia y aquellos
varones antiguos como su primo César, tan reposados, tan profundos, tan
macizos!
Estaban allí también el alcalde, hombre de mediana edad, afable y
alegre, que solía decir frases chistosas y reía con ellas hasta toser y
tosía hasta reventar. El recaudador, bilioso, taciturno, lleno de
prudencia, excepto cuando bebía más de veinte vasos de sidra. Al beber
el veintiuno comenzaba á recordar sus triunfos universitarios, los
sobresalientes que le habían dado en Derecho canónico y Disciplina
eclesiástica, el _accésit_ que había ganado en la Licenciatura con
notoria injusticia, pues nadie dudaba que merecía el premio (uno de los
jueces se había negado á firmar el acta considerándolo así). Al pasar de
treinta venían á su memoria las imágenes flotantes de las mujeres que
había seducido y se extasiaba recordando los dulces pormenores de sus
amoríos: una de aquellas mujeres abandonadas se hallaba á la hora
presente en un convento; otra se había tragado una caja de fósforos. Por
último, cuando introducía en su estómago más de cuarenta vasos, se
iniciaba el período del heroísmo. El recaudador resultaba entonces, á
pesar de su pecho hundido y escuálidas piernas, un hombre terrible, un
ser cruel que había pasado su juventud hinchando las narices á sus
condiscípulos y apaleando á los serenos; el terror de la ciudad de
Oviedo, donde había quedado memoria perdurable de sus proezas.
Felizmente para él (porque en tales ocasiones se hacía impertinente y
agresivo y solía encontrarse con alguna bofetada), llegaba pocas veces á
cifra tan elevada. Una gastralgia crónica le obligaba, mal de su grado,
á mantenerse en la sobriedad y moderación.
El escribano D. Casiano no padecía ninguna clase de gastralgia ni aguda
ni crónica. Por eso no se creía en el caso de usar de la moderación del
recaudador. Bebía como un buey y orinaba como otro buey y tenía un
vientre mayor que el de dos bueyes reunidos. Por su complexión ciclópea,
por su faz de escarlata, la fuerza de sus jugos digestivos y la eterna
risa que brotaba de su pecho como un torrente que se despeña, pertenecía
á otra edad remota, no á la presente. Era digno de sentarse en algún
festín pelásgico ó cuando menos de asistir á la famosa hecatombe que
Nestor, rey de Pylos arenosa, celebró en honor de Neptuno, y comerse uno
de aquellos bueyes á medio asar. Sin embargo, este D. Casiano, cuando se
encerraba en el cuartucho polvoriento y fementido que le servía de
despacho y se colocaba delante de su mesa atestada de expedientes, no
resultaba un hombre primitivo, sino bien refinado. Sus narices de
ventanas dilatadas no le servían para olfatear el jabalí ó el oso que
cruzaban por el bosque, sino las pesetas que podía devengar el proceso
que tenía entre las manos. Y vengan providencias, y notificaciones y
resmas de papel sellado cuando los procesados eran personas solventes ó
poseían al menos un pañuelo de tierra ó una yunta de vacas. La tierra,
los establos, las vacas, los enseres de la casa y hasta los pucheros del
lar, todo pasaba al instante por el esófago del escribano troglodita. Lo
mismo acaecía con las herencias. Muriese testado ó intestado, todo
paisano podía estar seguro de que una buena parte de su hacienda, cuando
no toda, pasaría irremisiblemente al vientre de D. Casiano.
Acudió igualmente aquella tarde á Entralgo el farmacéutico Teruel,
hombre profundo, inventor de ciertas pastillas contra las lombrices que
eran el asombro y el orgullo del concejo. De todos los rincones de
Asturias solían venir demandas de estas famosas pastillas. En Madrid
mismo, donde las importó una señora de Oviedo, adquirieron prosélitos.
Habían salvado de la muerte á la esposa de un diputado asturiano, el
cual en recompensa había hecho condecorar al benemérito boticario con la
cruz de Isabel la Católica. Mas después de este esfuerzo químico tan
prodigioso el ingenio de Teruel se había agotado ó había dormido para
siempre. Ó considerando tal vez vanas y engañosas las glorias humanas,
había decidido renunciar á toda labor científica. Lo cierto es que desde
hacía largos años estaba dedicado á pescar truchas con caña en el río y
á beber sidra en los lagares. ¿Quién regentaba la botica en su ausencia
casi continua? Su digna esposa D.ª Teresa. Ésta hacía los emplastos,
molía las drogas y despachaba cuantas recetas llegaban á la oficina.
Teruel había resuelto al mismo tiempo varios problemas sabrosos: no
trabajar, no pagar dependientes y tener á su mujer ocupada.
Irritaba esto la cólera del médico D. Nicolás, quien consideraba
degradante que una hembra interpretase sus prescripciones. Murmuraba
agriamente de la holgazanería del boticario; hablaba de poner en
conocimiento del subdelegado de farmacia aquella ridícula y ofensiva
sustitución. ¿No habría en su indignación una migaja de envidia? Los
vecinos decían que sí. Porque D. Nicolás, lejos de poseer una esposa
bella, laboriosa, inteligente, como Teruel, tenía por compañera un
endriago. Le llevaba diez ó doce años de edad, era fea, achacosa,
impertinente, ridícula. Y á cambio de estas cualidades exigía que se la
adorase, que el bueno de su marido la mimase todo el día, le prodigase
las caricias más subidas y exquisitas. Y se descuidaba de hacerlo, ¡eran
de oir sus protestas y recriminaciones! No pasaba día sin que la casa
del médico no resonase con voces coléricas, gritos y lamentos. D.
Nicolás, para imponer la paz y aplacar la cólera de aquella víbora
pisada, se veía necesitado unas veces á emplear medios coercitivos poco
compatibles con su educación, otras á humillarse á ciertas condiciones
que le repugnaban y fatigaban tristemente. De todos modos, su vida era
amarga y contrastaba con la muelle y regalada que llevaba su compañero
Teruel.
Aunque más agitada, no dejaba de ser dulce y sabrosa la que llevaba el
capellán D. Lesmes. Rasurado con primor, más bien delgado que grueso, de
tez sonrosada, nariz aguileña, ojos pequeños y vivos y no poco pícaros,
de cuarenta años de edad. No tenía más órdenes que la _prima tonsura_
impuesta para que pudiese disfrutar las pingües rentas de una capellanía
de familia. Le estaba vedado por lo tanto contraer justas nupcias. Pero
no pensaba que le estuviesen vedadas igualmente las injustas. En todo el
valle no existía hombre más enamorado ni que poseyese armas amorosas de
más alcance. Sus conquistas se contaban por docenas. Habitaba en el
caserío de Iguanzo, del lado de allá del río, frente por frente de
Entralgo. Desde este punto estratégico situado en el centro del
concejo, D. Lesmes hacía constantes correrías por todo él, dejando á los
hombres, pero no perdonando hembra alguna, ni por fea ni por vieja.
Nadie conoció jamás un caballo de tan buena boca. Si se pudiesen poner
en ristra las víctimas de sus hechizos, impondrían terror por la calidad
tanto como por la cantidad. Hay que hacerle justicia, sin embargo: nunca
había atacado las plazas de sus pares, esto es, de los hidalgos de
Laviana. Solamente á las del paisanaje llevaba la ruina y devastación.
Por eso quizá disfrutaba aún de la luz del sol, tan cara á los mortales.
Todos estos señores y los demás que se sentaban á la mesa del capitán
compartían las ideas del joven Antero. Todos creían que Laviana, por el
número y riqueza de sus minas de carbón, se hallaba destinada á
representar pronto un papel importante, no sólo en la provincia, sino en
la región cantábrica. Deseaban que aquellos tesoros subterráneos
saliesen pronto á luz; estaban ávidos de que en la Pola, capital del
concejo y partido judicial, se introdujesen reformas y mejoras que la
hiciesen competir dignamente con Sama, capital del vecino concejo de
Langreo. En Sama se encendían por las noches faroles de petróleo para
alumbrar á los transeuntes. En la Pola ni soñarlo siquiera. En Sama se
comía carne fresca todos los días. En la Pola, salada todo el año,
excepto cuando á algún vecino se le antojaba sacrificar una res y vender
una parte de ella. En Sama había ya un _café_ con mesas de mármol. En la
Pola sólo algunas tabernas indecorosas. Por último, y esto era lo que
causaba más admiración y envidia entre nosotros, en Sama se había
abierto recientemente nada menos que un paseo con docena y media de
castaños de Indias puestos en dos filas y ocho ó diez bancos de madera
pintados de verde, donde los _particulares_ se repantigaban todos los
días para leer las gacetas de Madrid. Para llegar á tal grado de
civilización era necesario que los lavianeses _aunaran_ sus esfuerzos.
Esto se repetía sin cesar en la Pola.
Los únicos que en aquella tertulia pensaban mal de las minas y no
ansiaban las reformas, á más del capitán, eran su primo César, el señor
de las Matas de Arbín y el párroco D. Prisco. El primero por su espíritu
clásico y temperamento dórico, el segundo porque era un gran filósofo.
D. Prisco sólo hallaba dos cosas dignas de atención: el cielo estrellado
y la _brisca_. En consecuencia, ó rezando ó jugando: ésta era su vida.
Todo lo demás estaba comprendido en dos palabras, las predilectas, quizá
las únicas que salían claras de los labios de aquel hombre memorable.
_¡Miseria humana!_ Éstos eran los dos vocablos que abrazaban la creación
entera y sus múltiples relaciones. Unas veces proferidos con admiración,
otras con lástima, otras con resignación ó con ironía ó con desdén,
según las circunstancias, para todos los casos servían por espinosos que
fueran. Cuando algún feligrés venía á contarle una lástima ó á exponerle
quejas de su mujer ó de sus hijos, un murmullo ronco salía de las
profundidades del pecho del párroco. En aquel murmullo sólo se percibía
distinta la profunda sentencia, compendio y resumen de toda la sabiduría
de D. Prisco.
Comieron el capón asado, las truchas salmonadas, las olorosas judías con
morcilla y lacón, la rica empanada de anguilas, todo aderezado y servido
por las manos primorosas de D.ª Robustiana, á quien servía en esta
ocasión de azafata la vivaracha Flora. Bebieron el espeso vino de Toro
traído en odres desde Castilla al través de las montañas que separan á
esta región de las Asturias por el propio Martinán que ahora lo servía
loando sin cesar su pureza y sus virtudes. Bebieron aún con más placer
la sidra de la pomarada de D. Félix. El lagar estaba allí próximo: una
de sus puertas se abría sobre la pomarada; la otra sobre el Campo de la
Bolera, donde en aquel instante se celebraba parte de la romería.
Y cuando llegaron los postres, el joven Antero se levantó con la copa en
la mano y habló de esta manera: