Aquí los sollozos ahogaron á la cándida doncella. Dejó caer de nuevo el

odre, y con la cara entre las manos estuvo llorando largo rato. Al cabo

prosiguió su tarea; pero las lágrimas no dejaban de resbalar por sus

mejillas escaldándolas. El aleteo y el piar de unos pajaritos la

distrajeron un momento. Eran dos jilgueros que tenían allí su nido.

Apenas se le veía como un punto negro en la espesura del follaje, pero

se oía el débil piar de los polluelos cuando sus padres con agitación

iban y venían para cebarlos. ¡Qué alegría la de aquellos animalitos al

verles llegar con un mosquito en el pico! ¡Qué gozo triunfal expresaba

el trino de los padres luego que depositaban el alimento en la boca de

sus pequeños!

Cuando los hubo contemplado un rato, bajó de nuevo los ojos al cristal

de la fuente y se dijo llorando otra vez copiosamente: «Ellos tienen

padres: yo no los tengo. ¡Yo fuí criada por lástima!»

Al cabo la leche quedó mazada: la pelota de manteca batía ya con fuerza

las paredes del odre. Lo desató, extrajo el aire y anudándolo otra vez y

lavándose después los ojos para borrar las huellas del llanto, emprendió

la vuelta de su casa.

Ya estaba en pie Felicia cuando llegó á ella.

--¿Por qué no me has llamado como siempre, picarona?--le preguntó,

dándole una palmadita cariñosa en la mejilla.

--Porque ayer se ha acostado usted tarde y quería que

descansase--respondió Demetria besándole la mano.

--¡Has mazado también, hija mía! ¿Para qué te has tomado ese trabajo? Yo

lo hubiera hecho mientras te arreglabas.

La tía Felicia, que era una mujer gruesa, mofletuda, sonrosada y tersa

como si tuviese veinte años, creyó advertir algo extraño en el rostro de

su hija. La miró con fijeza y profirió asustada:

--¡Tú has llorado!

--Llorar, ¿por qué?

Felicia la tomó por la mano, la condujo hasta el corredor y repitió con

más fuerza:

--Sí, sí: tú has llorado.

--No, madre, no: se engaña usted--respondió Demetria sonriendo.

--No me lo niegues, hija. ¿Te ha regañado tu padre?

--¿Mi padre?--replicó la zagala con asombro.--Mi padre no me regaña

nunca.

--Es verdad... Pues tú has llorado... Algo te pasó entonces en la

calle... Cuéntamelo, hija mía... ¿No tienes confianza en tu madre?

Y al mismo tiempo le pasó los brazos al cuello y la besó con efusión.

Demetria se sintió enternecida y rompió á llorar perdidamente.

Felicia quedó estupefacta.

--¿Cómo? ¿Qué es esto?... ¿Qué te pasa, hija querida?

Y la buena mujer, con el rostro contraído por el asombro y el dolor, le

sacudía la mano para instarla á que hablase. Al fin, con voz

entrecortada por los sollozos, Demetria habló:

--Me han dicho que no soy... que no soy hija de usted... que soy del

hospicio.

Lo mismo que le había pasado á su hija poco antes, toda la sangre de la

buena Felicia fluyó al corazón. Quedó igualmente pálida y sin poder

articular palabra.

--¿Quién te ha dicho eso?--logró proferir al cabo.

--Pepín.

--¡Ah pícaro!... ¡Le voy á arrancar las orejas!--exclamó cambiando

súbito su emoción en furor. Y ya se disponía á ir en busca del criminal,

pero Demetria la retuvo.

--No, madre, no salió de él... Fué Tomás el de la tía Colasa quien se lo

dijo y por eso se pegaron.

--¿El hijo de Colasa?... ¡Esa bruja había de ser! Desde que Goro la

quitó de pacer su vaca en el castañedo del Regueral no nos puede ver más

que al diablo. Ya sabes cómo para vengarse metió sus cerdos entre

nuestro maíz. Goro quería llevarla al juzgado y que pagase el daño, pero

yo conseguí calmarlo y que la perdonase porque me daba lástima... Pues

en vez de agradecerlo la picarona el otro día en la fuente me tiró unas

indirectas tan picantes... ¡Qué indirectas, hija mía!... Que si yo era

una holgazana, una comedora, que hacía trabajar á mi marido como á un

burro, que echaba sobre ti el peso de la casa... que os mataba de hambre

mientras yo me comía á solas magras de jamón y torta... ¡No sé cómo me

contuve y no la arranqué los pocos pelos que tiene en el moño! Y todo

porque uno defiende lo que es suyo. Por mí hubiera pacido su vaca toda

la vida en el castañedo, pero Goro me dijo: «Mujer, eso no puede

permitirse. Si la vaca se comiera sólo los yerbajos y la maleza, anda

con Dios; por un poco más ó un poco menos de rozo no habíamos de reñir;

pero se come también la cría de los árboles... ¡ya ves tú, mujer, la

cría! La cría hasta los criminales la respetan, cuanto que más los

hombres». ¿Yo qué le iba á decir entonces? Entonces le dije: «Goro,

tienes razón...»

Trazas llevaba la buena mujer de no terminar en toda la mañana su

alegato, pero advirtió que Demetria no parecía escucharla: sollozaba

cada vez con más desesperación.

--¿Por qué lloras de ese modo, hija? ¿Por un dicho, por una niñería?...

¡Deja á esa deslenguada que la coma la envidia!

--Es que yo, madre--profirió la niña con trabajo,--yo quisiera saber...

si ese dicho era cierto... porque ya lo he oído otras veces, aunque

nunca se lo dije hasta ahora.

Felicia en vez de responder rompió á llorar hilo á hilo como su hija, de

tal modo que ésta se vió al cabo necesitada á consolarla.

--¡Nunca pensara, Demetria, que me habías de dar un disgusto tan

grande!--articulaba entre sollozos que la rompían el pecho.

Demetria atribulada la besaba y la abrazaba con anhelo.

--Perdóneme, madre... yo no quería disgustarla... ¡No llore, madre, no

llore!

Felicia se calmó; pero Demetria se quedó sin obtener respuesta

satisfactoria á su pregunta.

--Anda, hija mía, vé á lavarte los ojos para que no conozcan que has

llorado. Yo voy á hacer lo mismo. Arréglate también, que el tiempo pasa

y habrá que vestir el ramo. Tu padre ya bajó á Entralgo... ¿Quién le

quita á él su rato de tertulia en el atrio de la iglesia antes de entrar

en misa?

Demetria hizo como se le mandaba. Cuando se estaba bañando los ojos con

agua fresca llegó á sus oídos el penetrante son de la gaita y el redoble

del tambor. Borróse súbita la melancolía de su rostro. Una dulce sonrisa

volvió á esparcirse por él, y sin terminar de secarse salió

apresuradamente al corredor. El gaitero con su gaita adornada con cintas

de colores y el tamborilero desembocaban ya frente á la casa seguidos de

un enjambre de niños. Allí se pararon para tocar la alborada. Los

vecinos salían á las ventanas y á las puertas pintándose en todos los

rostros la alegría.

También salió Celso, el heroico Celso, con la frente vendada para dar

testimonio de la descomunal batalla que había librado la noche anterior;

fresco, no obstante, y espléndido como una rosa. Avanzó hasta el medio

de la calle y despojándose de la montera y agitándola en la mano como si

fuese á brindar la muerte de un toro profirió dirigiéndose á Demetria:

--Bendita sea tu sandunga, chiquita, y el cura que te puso la sal y la

comadre que te cantó el _ro ro_ y hasta el primero que te dijo ¡por ahí

te pudras, serrana! ¡Bendito sea tu salero y esos negros bozales que

tienes en la cara que cuando los veo me hace _pío pío_ el alma como si

tuviese escondido un ruiseñor aquí dentro!

--¿Qué estás diciendo, Celso? ¡No entiendo una palabra!--exclamó riendo

la zagala.

Los demás también reían sin comprender. Iba el flamenco á proseguir en

sus piropos exóticos aprendidos allá en la tierra de María Santísima

entre tragos de _manzanilla_ y bocados de gazpacho blanco, cuando una

voz bronca gritó desde el corredor vecino:

--¡Celso! ¡Celso!

Y apareció el rostro espantable de la tía Basilisa.

--¿Y el verde para el ganado, grandísimo holgazán? ¿Todavía no lo has

segado?

--Ahora mismito, abuela.

--Anda listo, zángano, comedor, porque si no voy allá y te estrello en

la cabeza la sartén.

El héroe agitó la cabeza con desesperación; rechinó los dientes. Su alma

se inundó de amargura. ¡Cruel humillación para un hombre que había

corrido tantas juergas á orillas del Guadalquivir!

Miró al corredor y cerciorándose de que la vieja se había ya retirado,

exclamó con voz sorda:

--¡Ande allá, abuela, que tiene usted la cara más fea que la papeleta de

la contribución!

Y se encaminó á la casa en busca de la guadaña acompañado de la risa y

algazara de los espectadores.

Felicia salió con un vaso y una botella en las manos: escanció el rojo

licor de Castilla y lo ofreció liberalmente al gaitero y tamborilero.

--Que usted la goce muchos años, tía Felicia, y que esa manzanita

encarnada que está al balcón no se la coma ningún pícaro, sino un hombre

de bien como el tío Goro... La Virgen del Carmen las proteja... Adiós...

adiós...

La gaita y el tambor se perdieron por las retorcidas callejuelas de la

aldea.

Demetria, disipada ya por entero la nube de tristeza que sombreaba su

alma, corrió á vestirse. Delante de un espejillo fementido peinó su

cabellera soberbia; la cubrió después á medias con un pañuelo de seda

azul, cuyos flecos le caían graciosamente por la frente: colgó de las

orejas los pendientes de aljófar que su padre le había traído

recientemente de Oviedo; ciñó su garganta con tres sartas de corales;

apretó su talle con el justillo de cien flores y cordones de seda

torzal; se puso el dengue de pana, la saya negra de estameña, la media

blanca, el zapato de becerro fino... ¡Ea, ya está lista la zagala!

Ahora á casa de Telva á vestir el ramo. De Canzana debían salir tres.

Eran unos armatostes de palo á modo de jaulas, alrededor de los cuales

se colgaba una razonable cantidad de panes, que vendidos luego servían

para el culto de la Virgen. Iban adornados con flores y cintas de

colores. Sólo mozos muy robustos y remudándose podían soportarlos hasta

la iglesia.

Á las diez se formó la procesión en la más amplia abertura que la aldea

tenía. En torno de cada ramo se agruparon las zagalas cuyas familias lo

costearan. Todas iban engalanadas como el día de más fiesta del año. Sus

pañuelos de cien colores agitándose producían mágico efecto en los ojos;

pero sus rostros frescos de nieve y rosas y sus gargantas amasadas con

puras natas hacían latir de felicidad el corazón. Colocaron á la

novilla delante, la novilla ofrecida á la Virgen por el pueblo de

Canzana. Era un hermoso animal de pelo rojo y brillante. Adornaron sus

cuernos con papel dorado: ciñeron su cuello con cintas de diversos

colores. Un mozo designado por la suerte la llevaba amarrada por los

cuernos.

Ya se pone en movimiento la comitiva; ya comienza á descender por el

áspero tortuoso sendero de la montaña sombreado de castaños. Las zagalas

agitan sus panderos, cantan á coro, y sus voces puras bajan en alas de

la brisa hasta el valle. El tambor redobla alegremente; la gaita grita;

la novilla ofrecida á la Virgen brinca y juguetea haciendo sonar la

esquila que lleva al cuello.

Delante de todos disparando cohetes marcha el valeroso Celso. El humo de

la pólvora le embriaga; los cantos le alegran; un vértigo delicioso se

apodera de su magullada cabeza y por un momento se borran de su mente

las dulces memorias de la Bética.

IV

La misa.

Yo no apruebo las ideas de mi sobrino Antero. Hasta ahora hemos vivido á

gusto en este valle sin minas, sin humo de chimeneas ni estruendo de

maquinaria. La vega nos ha dado maíz suficiente para comer borona todo

el año, judías bien sabrosas, patatas y legumbres no sólo para

alimentarnos nosotros, sino para criar esos cerdos que arrastran el

vientre por el suelo de puro gordos. El ganado nos da leche y manteca y

carne si la necesitamos: tenemos castañas abundantes que alimentan más

que la borona y nos la ahorran durante muchos días; y esos avellanos que

crecen en los setos de nuestros prados producen una fruta que nosotros

apenas comemos, pero que vendida á los ingleses hace caer en nuestros

bolsillos todos los años algunos doblones de oro. ¿Para qué buscar

debajo de la tierra lo que encima de ella nos concede la Providencia,

alimento, vestido, aire puro, luz y leña para cocer nuestro pote y

calentarnos en los días rigurosos del invierno?

Así hablaba el capitán D. Félix sentado en el pórtico de la iglesia

antes de celebrarse la misa. Se hallaban allí también sentados D. César

de las Matas de Arbín, su primo, vecino y propietario de Villoria, quien

jamás en su larga vida había dejado un año de oir la misa del Carmen en

Entralgo, el tío Goro de Canzana, Martinán el tabernero, Regalado el

mayordomo y algunos otros vecinos de la misma gravedad aunque no tan

señalados.

--¿Qué antiguallas estás ensartando ahí, querido primo?--exclamó el Sr.

de las Matas con sonrisa irónica.--¡Que somos felices con nuestras

castañas y nuestro ganado! No sueltes, por Dios, tales ideas delante de

esos señores de la Pola que capitanea tu sobrino Antero, porque no

concluirán de reirse de ti. ¿Qué valen nuestros tupidos castañares, ni

tus rebaños lucidos, ni este aire puro de la montaña, ni esta luz

radiosa que el cielo nos envía delante de esas altas chimeneas que tiñen

de negro sin cesar la tierra y el firmamento?...

Los tertulios sonrieron. D. Félix dejó escapar un bufido desdeñoso. El

Sr. de las Matas quedó pensativo unos instantes. La sonrisa que contraía

su boca se extinguió. Al cabo exclamó con voz sorda y tono profético:

--¡Ay de los pueblos que corren presurosos en busca de novedades! ¡Ay de

los que, olvidando las pristinas y sencillas costumbres de sus mayores,

se entregan á la molicie! ¡Ay de los aqueos! ¡ay de los dorios! El

régimen austero, la vida sobria y sencilla que formó á los hombres de

Maratón y las Termópilas desaparecerá muy presto. Los productos

refinados de la industria, las modas y los deleites corromperán nuestras

costumbres, debilitarán luego nuestros cuerpos y no quedarán al cabo más

que hombres afeminados y corrompidos, miserables sofistas, despreciables

parásitos que escucharán temblando el chasquido del látigo romano.

Esto dijo D. César de las Matas, el hombre más docto que había producido

jamás el valle de Laviana. Vestía frac azul con botón dorado, chaleco

floreado, pañuelo de seda negro enrollado al cuello, pantalón ceñido

con trabillas y el sombrero blanco de copa alta. Contaría setenta años

de edad, alto, enjuto, aguileño, rasurado.

Todos guardaron silencio respetuoso y miraron con asombro á aquel varón

profundo, honra de la comarca que le vió nacer.

--Sin embargo, aquí el señor capitán va á recibir un buen bocado de

indemnización, si como aseguran se abre, para explotar esas minas de

Carrio, una vía de hierro. D. Félix tiene ahí muchas propiedades, y no

dejarán de cortarle alguna--manifestó Martinán el tabernero, hombre de

cuarenta á cincuenta años, espantosamente feo, de ingenio sútil,

disputador eterno.

--Aunque me las cubriesen de monedas de plata no quisiera que tocasen en

ellas. El día que escuche silbar por los castañares de Carrio los pitos

de esas endiabladas máquinas que llaman locomotoras, será uno de los más

tristes de mi vida.

--¡Alto allá, D. Félix! Esos señores que abren las minas traen muy bien

repleta la bolsa al decir de la gente. Bueno será que repartan un poco

entre los pobres que aquí estamos. Porque si usted no necesita de ese

dinero, hay por aquí muchos infelices á quienes les vendrá muy bien.

--¿Y piensas tú, botarate--exclamó el capitán con ímpetu,--que esos

señores van á traer unos cuantos sacos de doblones y á toque de campana

los repartirán como si fuesen avellanas? Ten entendido que cada peseta

que aquí dejen os costará bastantes gotas de sudor... Y entre sudar

debajo de la tierra ó á la luz del sol, es preferible esto último.

--No estoy conforme, D. Félix; no estoy conforme con eso--exclamó

Martinán disponiéndose placenteramente á entablar la discusión.--El

trabajo dentro de una mina, lo he oído decir en Langreo, es menos duro

que fuera. En el invierno está allá dentro mucho más caliente; en el

verano, más fresco. ¿Quién no tiene miedo en los meses crudos del año á

salir á la intemperie? ¿Á quién no le da pena ver en este tiempo á esos

pobres segadores debajo de un sol abrasador?

--Pero están seguros de que no les cae encima la montaña y los entierra

como hormigas, y de que el aire no se encenderá para quemarles la cara y

las manos. No serán solamente gotas de sudor lo que derramaréis dentro

de poco, sino lágrimas, lágrimas bien amargas. ¡Dichosos los que

tranquilamente reposan de su trabajo á la fresca sombra de un árbol y

comen un pedazo de borona con alegría!

--En efecto--apuntó gravemente el Sr. de las Matas,--el trabajo expuesto

y penoso de las minas no es propio de los hombres libres, tengan ó no

derecho de ciudadanía. Pienso que es solamente adecuado para los

esclavos tracios y paflagonios, y aun si se quiere, para los periecos,

gente ruda por lo regular y cuyas vidas no tienen mucha estimación. Pero

tú, amado primo--añadió sonriendo--no eres un hombre de estos tiempos.

Debiste nacer en las montañas de la Arcadia feliz, y dejar que tu vida

se deslizase lejos del tráfago y estruendo de las ciudades, sonando el

dulce caramillo y rindiendo culto á Pan y á las ninfas, coronada la

frente de mirto y roble.

--No quiero otras montañas que esas que me han visto nacer, la Peña-Mea,

la Peña-Mayor, el pico de la Vara--replicó el capitán extendiendo el

brazo y apuntando á todos los puntos del horizonte.--Pensando en ellas

mi corazón se apretaba de angustia al comenzar las batallas, pensando en

ellas maldecía de los teatros y los cafés cuando me hallaba de

guarnición en Madrid. Todavía recuerdo una noche en que sentado en la

butaca de un teatro escuchando cantar cierta ópera me preguntaba el

amigo que tenía á mi lado:--«¿Te gusta?»--No--le respondí con

rabia;--preferiría ahora estar sentado debajo del corredor emparrado de

mi casa oyendo ladrar los perros». También recuerdo otra noche en que

al salir del café y retirarme á casa tropecé con tres hombres que iban

cantando una de nuestras baladas más conocidas, la del _galán d'esta

villa_. No os podéis figurar, amigos, la alegría y la tristeza que sentí

al mismo tiempo. Los seguí como un tonto por más de una hora al través

de las calles, y cuando acordé en mí tenía las mejillas bañadas de

lágrimas.

Un murmullo de aprobación corrió por el pórtico de la pequeña iglesia.

Todos se alegran de que el capitán no los haya abandonado por los

deleites de la ciudad, como habían hecho otros propietarios de Laviana.

D. Félix Cantalicio Ramírez del Valle vestía en aquel momento su gran

uniforme de teniente coronel de la Guardia Real. Es hora ya de decir que

el capitán de Entralgo no era capitán. Aquellos sencillos campesinos le

apellidaban así porque después de general no había para ellos otra

categoría más elevada en el ejército. Ramírez del Valle se había batido

como cadete durante la guerra de la Independencia, había caído

prisionero; lo trasladaron á Francia; se fugó; ascendió á oficial;

sirvió después en la Guardia Real, y á la muerte de Fernando VII y

estallar la guerra civil, cuando iba á ser ascendido á coronel, tuvo el

capricho de pedir la licencia absoluta. No había cumplido cuarenta años

ni representaba más de treinta. ¿Por qué había adoptado semejante

determinación? La repugnancia á tomar parte en una lucha fratricida,

decía él: el amor entrañable á la tierra y la inclinación á la vida del

campo, decía todo el mundo. D. Félix no tenía de militar más que la

bravura. Exacto, metódico, económico, aborreciendo las bromas y

francachelas de sus compañeros, siempre había hecho entre ellos papel

poco airoso. Una vez retirado, se casó con una señorita de Oviedo deuda

suya. Murió ésta tres años después, de afección pulmonar, dejándole un

niño y una niña. Consagrado á ellos y ahorrando y adquiriendo cuanta

tierra podía, vivió sin salir de Entralgo más que tal vez á Oviedo ó

León para vigilar la venta de su ganado. Poco más de dos años hacía

experimentó el inmenso dolor de ver morir tísico también como la madre á

su hijo Gregorio, de edad de diez y ocho años. Era un joven de fisonomía

agraciada y claro talento, estudioso, simpático, á quien todo el

paisanaje adoraba. Falleció en Oviedo, donde estudiaba la carrera de

leyes. Su hija María, que contaba á esta fecha la misma edad, no

congeniaba con él. Aborrecía lo que D. Félix amaba, esto es, el campo,

el trato de los paisanos, los placeres y los alimentos rústicos; amaba

lo que él aborrecía; á saber, la vida de ciudad, el boato, la etiqueta.

Por esta razón y por lo endeble y vacilante de su salud pasaba sólo

cortas temporadas en Entralgo. La mayor parte del año vivía en Oviedo en

compañía de unas tías solteronas hermanas de su madre, cuyo carácter se

compadecía á maravilla con el suyo. Pagadas de su linaje, austeras,

inflexibles en la etiqueta, con la cabeza atestada de rancias

preocupaciones, las dos señoritas de Moscoso habían procurado infundir

en la hija de D. Félix sus manías y sus humos aristocráticos y lo habían

logrado á la perfección. El capitán unas veces se burlaba de sus cuñadas

y de su hija, otras se enfurecía contra ellas. De todos modos, para

evitar choques, procuraba estar el menor tiempo posible en su compañía.

--Tu conducta, primo, me hace recordar la del emperador Diocleciano.

Después de abdicar voluntariamente la corona del Universo en Maximiano,

se retiró tranquilamente á su fundo de Salona y se entregó al cultivo de

árboles y plantas. Cuando de nuevo vinieron á rogarle que empuñase el

cetro respondió sonriendo: «No hablemos de eso. ¡Si hubieras visto las

lechugas que produjo mi huerto este año!»... Mas yo no soy de tu

temperamento. Tú eres dado á los goces campestres, te recreas con

pastores, ganados, danzas rústicas, zampoñas y labores agrícolas: yo

gusto más de los placeres que proporcionan las artes imitadoras, el

trato de las personas cultas y estimables, la carátula, los paseos

formados por el arte, las bibliotecas y los jardines.

Estas palabras profirió el Sr. de las Matas de Arbín, dejando, como

siempre, asombrados y confusos á sus oyentes, que casi nunca medían el

alcance de su discurso, concertado y elegante.

«Mi primo César es un pozo de ciencia», solía decir el capitán. Y en

efecto, lo era; no hay que dudarlo. Para cerciorarse de ello no hay más

que echar una ojeada á su folleto titulado _Nuevas luces acerca de las

causas generadoras de la guerra del Peloponeso_, impreso en los tórculos

de Oviedo hacía ya bastantes años. No eran muchos, desgraciadamente, los

que lo habían leído por completo. La edición casi entera yacía debajo de

tres dedos de polvo en el desván de un canónigo grande amigo y admirador

de D. César. En cambio, pocos eran los mozalbetes de la capital que no

supiesen de memoria algún párrafo del célebre folleto, no para admirar

su entonación severa y su lenguaje profético, sino para tornarlos en

irrisión. ¡Á tal punto de vituperable impudencia y frivolidad había

llegado la juventud asturiana!

Martinán el tabernero no se daba por vencido. Jamás había llegado el

caso. Su espíritu era fértil como ninguno de la parroquia en argumentos.

La dialéctica poderosa de que hacía gala le colocaba á gran altura sobre

los paisanos, aunque no todos le reconocían de buen grado esta eminente

cualidad. Iba á tomar la palabra y rebatir con intrincada y feliz

argumentación las ideas de D. Félix; pero en aquel instante por el

camino cortado en la colina que domina la iglesia aparecieron Nolo de la

Braña y su primo Jacinto de Fresnedo.

--Ahí está el hijo del tío Pacho de la Braña--dijo un vecino.--Esta

noche los de Lorío metieron en casa á nuestros rapaces, pero no llegaron

á la suya riendo. Nolo y los de Fresnedo los alcanzaron cerca de la peña

de Sobeyana y les calentaron bien las espaldas.

Todos levantan la cabeza y admiran el porte gallardo de entrambos

jóvenes.

--¡Bravo mozo!--exclamó D. Félix mirándole con complacencia.

--No hay otro más real ni más valiente desde el Condado á los

Barreros--manifestó el vecino que había hablado.--Si no estuviese picado

con nuestros chicos hace una temporada, ni hubiera pasado lo del

Obellayo ni lo de ayer tampoco...¿Te acuerdas, Goro, cuando tú y yo

solos al pie del puente de Arco detuvimos á nueve mozos de Rivota, dando

tiempo para que los nuestros pasaran el río y los cogieran por la

espalda?

El tío Goro de Canzana sonríe, da una chupada á la pipa y responde:

--Era el día de Nuestra Señora de Setiembre. Tú y yo habíamos pasado á

Muñera acompañando á unas rapazas. Cuando veníamos ya á casa nos

tropezamos en el puente con los de Rivota. Yo te dije: «No corramos,

Manuel; los nuestros están cerca; hace poco les oí gritar». Entonces,

uno á cada lado del puente, nos meneamos como pudimos. Á ti te dieron un

palo en la cabeza y quisiste caer, pero alzándote en seguida empezaste á

repartir garrotazos que daba miedo verte. Á mí me molieron también los

hombros, pero hice soltar el palo á dos de ellos. «¡Vamos, vamos que

aquí nos matan!» dijiste.--Aguarda un poco, te respondí, porque había

visto las monteras de los nuestros. ¡Y gracias á Dios llegaron á tiempo!

La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas · 第 4 / 21 段