desfilar. La tía Felicia vino á proponer á Demetria la marcha porque ya
era tarde y además le parecía que no tardaría en haber _bulla_. Al cabo
de un instante también se presentó D.ª Robustiana, el ama de gobierno
del capitán, con la misma canción, que iba á haber _bulla_. Y se llevó
apresuradamente á Flora.
¿Por qué iba á haber bulla? Por lo de siempre, por la iniciativa de los
más ruines y cobardes. Jamás se diera el caso de que Firmo de Rivota, ni
Toribión de Lorío, ni Nolo de la Braña ni Celso de Canzana, ninguno, en
fin, de los héroes gloriosos que brillaban en los combates provocase la
pelea. Esta odiosa misión parecía encomendada á algún chicuelo
insolente, á algún despreciable zagal que después de prender fuego á la
mecha solía desaparecer como si le hubiese tragado la tierra.
Y esto sucedió entonces. Un mancebillo de Rivota saltó al cabo por
encima de la hoguera y después de saltar gritó con voz recia: «¡Viva
Lorío!»
Un estremecimiento de susto corrió por toda la plazoleta. La inquietud y
el malestar se pintaron en todos los semblantes.
Otro chicuelo de Canzana hizo inmediatamente lo mismo y gritó con voz
más recia aún: «¡Viva Entralgo!»
--¡Vámonos! ¡vámonos!--exclamó Felicia cogiendo á su hija por el brazo.
El tío Goro ya estaba allí también.
--Adiós, Nolo, hasta mañana.
--No: yo voy acompañándoles un rato hasta Canzana.
Y seguido de sus compañeros se alejó del campo y fué dándoles escolta
por la empinada cuesta que conducía al lugar. Demetria se alegró
vivamente, se felicitó de que su amante estuviese picado con los de
Entralgo.
En un instante no quedó mujer alguna delante de la casa del capitán.
De nuevo saltó el mancebillo de Rivota gritando: «¡Viva Lorío!» Y otra
vez le siguió el de Canzana contestando impetuosamente: «¡Viva
Entralgo!»
Entonces de las filas espesas y amenazadoras de Lorío salió una voz
varonil que dijo secamente: «¡Muera!»
Fué la señal. Más de cien garrotes se levantaron al mismo tiempo para
caer inmediatamente sobre otras tantas cabezas. Y el ruido que hicieron
al caer semejaba al chasquido de los guijarros del río cuando éste en
una de sus furiosas avenidas los remueve, los sacude contra las peñas de
la orilla.
Peñas eran sin duda los cráneos de aquellos jóvenes valerosos cuando no
se quebraron ni se abollaron siquiera. Ni uno solo vino á tierra. Como
si tales garrotazos fuesen solamente toquecitos de llamada para
despertarlos de su letargo, se irguieron todos bravamente y comenzaron á
vibrar sus palos nudosos. La pelea se generalizó. Los guerreros de Lorío
se lanzaron sobre los de Entralgo con furiosos gritos. Éstos, aunque
menos en número, resistieron el choque á pie firme sin pensar en huir.
Crujía el aire con la violencia de los palos; restallaban éstos y se
quebraban algunas veces en las manos de los héroes; sonaban los golpes
de unos y de otros con fragor en el silencio de la noche: escuchábanse
gritos, lamentos, amenazas: todo formaba infernal algarabía de muerte.
Los resplandores de la hoguera alumbraban aquella lucha en que por ambas
partes se peleaba con furia insaciable.
Sin embargo, el magnánimo Quino, fértil en astucias, temiendo que la
ventaja del número diese rápidamente la victoria á los de Lorío, con
algunos de sus compañeros rodeó la casa del capitán para sorprender á
aquéllos por la retaguardia. Y en efecto llevó á cabo la maniobra con
habilidad y presteza. Cayó de improviso sobre las filas de los enemigos,
causando en ellas crueles estragos, produciendo gran confusión y alarma.
Pero fué momentánea. Repuestos prontamente, se lanzaron sobre él más de
treinta mozos del Condado á cuyo frente se hallaba el impávido Lin de la
Ferrera, que ocupaba la retaguardia de la hueste y le obligaron á
replegarse con sus diez ó doce compañeros hacia el Barrero, sitio más
elevado del lugar.
Por otra parte, Toribión de Lorío, el de las recias espaldas y de la voz
de bronce, que gritaba tanto como veinte hombres juntos, y el bravo
Firmo de Rivota celebraron consulta rápidamente en medio de la pelea.
Convinieron en que, desembarazados de la gente de Villoria, los de
Entralgo, por sí solos, no tardarían en ceder. Dejando, pues, á algunos
de los suyos el cuidado de combatir á éstos, se lanzaron ambos con el
núcleo de su fuerza sobre Ramiro de Tolivia y Froilán de Villoria, que
capitaneaban escasas pero aguerridas huestes. Estos nobles guerreros, á
pesar de su audacia y su fuerza, no pudieron resistir mucho tiempo el
esfuerzo de aquellos hombres indomables. Poco á poco fueron
retrocediendo por el camino que desde la casa del capitán conduce al
riachuelo de Villoria. Allí se abre un campo donde los vecinos juegan á
los bolos y á la barra. En este campo lucharon todavía un rato,
protegidos por las sombras de la noche. Al cabo, mal de su grado, se
vieron necesitados á replegarse, y volviendo la espalda, huyeron por la
estrecha cañada sombreada de avellanos. Los de Lorío y Rivota los
persiguieron largo trecho hasta los confines de la parroquia. Luego se
volvieron apresuradamente para desbaratar á los que luchaban todavía en
el pueblo.
¡Hijos animosos de Entralgo, Toribión de Lorío y Firmo de Rivota han
conquistado el campo de batalla! En vano tú, magnánimo Quino, luchaste
con denuedo en lo alto del Barrero, aprovechando lo fuerte de la
posición y las paredes de las casas que te guardaban las espaldas. Al
cabo, viendo crecer siempre el número de tus enemigos y sintiendo tus
fuerzas agotadas, supiste como hábil guerrero salir del campo de batalla
sin ser notado y refugiarte entre los espesos castañares. Los demás
buscaron asilo en las casas.
En vano tú, fatal Bartolo... Pero no... Bartolo no estaba allí... ¿Dónde
estaba Bartolo? Al comenzar la batalla quiso arrojarse en ella poniendo
su fuerza inmensa al servicio de su patria; pero la tía Jeroma, la más
noble de las mujeres, le sujetó indignamente por la cabellera y á
pescozones le encerró mal de su grado en casa, privando á Entralgo de
uno de sus guerreros más perniciosos y matando en flor mucha hazaña
memorable.
En vano tú, heroico Celso, sostuviste con bravura el combate en medio de
la plaza, asistido solamente de quince ó veinte guerreros de Canzana. Tu
valor desesperado, tu fuerza y tu coraje en aquella noche necesitarían
varios cantos para ser narrados y otra lira más sonora que la mía para
ser entregados á la admiración de los hombres. Tus compañeros,
atemorizados por la ola impetuosa que avanzaba sobre ellos, te dejaron
al cabo solo y pidieron refugio como ruines mujeres en la casa del
capitán. ¡Y tú, guerrero infatigable, luchaste solo, solo en medio de
las espesas filas de tus enemigos! Por fin, caíste. Los hijos feroces de
Lorío descargaron aún sobre ti su furia moliendo tu cuerpo como si
fuese el trigo de las eras.
La victoria quedó por Lorío. Las falanges de Entralgo se disiparon como
las brumas á los rayos del sol. Unos se escondieron entre los maizales
de la vega, otros entre los castañares, los más se guardaron en sus
casas. Los vencedores pasearon las calles del lugar celebrando con
gritos de júbilo su triunfo, llamando en cada puerta y dirigiendo á los
vencidos sangrientos insultos.
--Ya os vemos, valientes, ya os vemos. Estáis hilando... ¡Eso debierais
hacer siempre!... Fregad también las escudillas y amasad la borona...
Cuidado que salga bien cocida... No os olvidéis de echar á remojo las
habichuelas y lavar los pañales del chico...
Tales y más crueles aún eran las palabras que salían de la boca de
aquellos guerreros orgullosos. Yo las oí desde mi lecho infantil, donde
manos maternales me habían confinado contra mi voluntad desde bien
temprano. Las oí y mi corazón quedó traspasado de dolor porque he nacido
en Entralgo, vergel precioso que dos ríos fecundan. Las lágrimas
saltaron de mis ojos y mordía las sábanas con rabia, ansiando llegar á
hombre para vengar la afrenta de los míos.
También las oyó Nolo, el intrépido y glorioso guerrero de la Braña.
Bajaba con sus compañeros de retorno la cuesta de Canzana.
--Escuchad--dijo quedando inmóvil con el oído atento.--¿No oís los
gritos y risotadas de esos peleles? Seguro es ya que han logrado meter á
los de Entralgo en sus casas.
Y permaneciendo un instante pensativo, añadió:
--Aunque estemos picados con los de Entralgo, al fin son nuestros
compañeros y lo han sido siempre. ¿Queréis que vayamos á esperar á esa
canalla y les calentemos un poco las espaldas?
--¡Sí, Nolo!--clamaron todos á una voz.
--¡Adelante!--gritó entonces el mozo de la Braña lanzándose con ímpetu
por la calzada pedregosa.
Como se ve las sombras del crepúsculo descender velozmente por las
montañas ennegreciendo el valle, así bajaron sombríos y rápidos los
guerreros de Villoria. Los clavos de sus zapatos chocando con los
pedernales despedían luces fatídicas. Fiero y erguido marchaba á su
frente el intrépido Nolo. Su montera puntiaguda se alzaba sobre las
demás semejante á una nube que avanza cargada de rayos por el
firmamento.
Cruzaron el puente sobre el riachuelo de Villoria, entraron en el Campo
de la Bolera, pero en vez de atravesar el pueblo saltaron las tapias de
la pomarada de D. Félix y salieron por el extremo opuesto, en el camino
ya de Lorío. Avanzaron á marcha forzada por él, y llegando á la peña de
Sobeyana se detuvieron. Era el sitio más á propósito para la siniestra
emboscada que preparaban. Ocultos entre los avellanos y nogales que
guarnecían el camino esperaron. No se tardó media hora sin que llegasen
á sus oídos los ¡ijujús! de los del Condado, que regresaban los primeros
á sus casas henchidos de alegría y orgullo. Los dejaron pasar. Y
cargando repentina y furiosamente sobre ellos los ponen en dispersión al
instante: se hartaron de machacarles los riñones: les persiguieron largo
trecho. Volviendo luego como un relámpago sobre sus pasos, tropezaron
con el grupo de Rivota que marchaba igualmente cantando, riendo,
lanzando gritos de triunfo. Nolo no se amedrenta por el número, aunque
era mucho mayor que el de los suyos. Lleno de fuerza y audacia se arroja
sobre ellos, dejando escapar de su garganta terribles gritos. Tal como
un león que sale del bosque hambriento y cae sobre un rebaño de ovejas
devastándolo en sus garras poderosas, así el mozo de la Braña se
introdujo en la falange de Rivota, causando en ella la consternación y
el estrago. Los demás le siguen con igual ardor. Rompen las primeras
filas. Los del alto de Villoria, hábiles en manejar el palo nudoso,
repelen á sus enemigos dispersándoles. Entonces, temiendo ser envueltos,
porque la oscuridad de la noche les hacía imaginar que sus enemigos eran
más numerosos, los de Rivota retrocedieron por el camino de Entralgo
para unirse á sus compañeros. Los de Villoria los persiguieron algún
tiempo. Al cabo Nolo, cuya alma estaba llena de valor y de prudencia, se
detiene.
--Basta ya, compañeros. Los de Rivota se van á unir pronto á los de
Lorío y vendrán sobre nosotros. Es menester que se encuentren solamente
con los árboles para saciar su rabia.
Y seguido de sus amigos se lanzó por el monte arriba. Largo rato se
oyeron sus gritos de triunfo. El eco de las montañas los repitió hasta
los confines del valle.
III
Demetria.
Los mirlos que dormían en las higueras y cerezos de la huerta del tío
Goro estallaron en un trino formidable al despuntar la aurora. Demetria
abrió los ojos y una sonrisa divina se esparció por su rostro. Se puso
velozmente de rodillas sobre la cama y juntando las manos dijo su
oración matinal. Ciñó luego con prisa las enaguas, se echó un pañolito
sobre el pecho y abrió el corredor emparrado. La luz tibia y rosada del
amanecer penetró en la estancia. La brisa fresca de la montaña coloreó
las mejillas de la doncella. Desde aquel corredor emparrado se descubría
más de la mitad del valle de Laviana. Allá abajo, en el ángulo que forma
el Nalón con su pequeño confluente, Entralgo rodeado de pomaradas.
Enfrente, del lado de allá del río, un grupo mayor de casas blancas: la
capital. Río arriba los Barreros, Peña-Corvera; río abajo Iguanzo,
Puente de Arco. Y derramados por las faldas de las colinas algunos
pequeños caseríos sepultados entre bosquetes de castaños y avellanos. El
gran río cristalino herido por los rayos de la aurora parecía una
franja de plata. Los maizales que bordan sus orillas salían del sueño de
la noche esperezándose blandamente al soplo de la brisa. El tenue,
blanco vapor, que los cubría se perdía en la claridad del aire. Un rayo
de sol vivo, refulgente, hirió la cabeza de la Peña-Mea tiñéndola de
color naranja. Una nubecilla arrebolada, nadando por el cielo azul, vino
á besarla y después de darle largo y prolongado beso siguió más alegre
su marcha. Los pámpanos de la parra, sacudidos por la brisa, azotaron
suavemente el rostro de Demetria. Un mirlo de corazón osado saltó de la
higuera más próxima á la baranda del corredor, miró descaradamente á la
niña ladeando repetidas veces la cabeza, tuvo manifiestas intenciones de
dar un picotazo en sus mejillas pensando con razón que eran más frescas
y más dulces que la cereza que acababa de comerse. ¡Pero Demetria le
clavó una mirada tan severa! Su pequeño corazón se encogió de susto, y
avergonzado volvió á ocultarse entre el follaje.
La luz crecía por momentos. Á los trinos aflautados de los mirlos
respondía el grito estridente de los gallos. En el establo mugieron las
vacas. Allá lejos, entre la espesura de las pomaradas, ladraron los
perros guardianes. Las sombras corrían perseguidas por las faldas de los
montes á guarecerse en el fondo oscuro de las cañadas. El ambiente
adquiría una trasparencia radiosa. El paisaje se iba tiñendo lentamente
de un verde claro sobre el cual se destacaban las masas oscuras de los
castaños. De la montaña venía un aire vivo; el fresco aliento de los
bosques que pasaba por las sienes de la niña refrescándolas. Del valle
subía olor de heno recién segado, aroma de flores y frutas maduras.
De pronto un rayo de sol cayó sobre la punta más alta del cerezo
plantado delante de la casa de la tía Basilisa; volteó un momento sobre
las hojas y saltó á otra rama más baja dejando tras sí una estela de
esmeralda. Otro salto más y se plantó en la higuera más próxima á la
casa del tío Goro. Dentro de ella se agitó gozosamente como una llama
feliz que aspira á curiosearlo todo. ¡Zas! otro salto, y al alero del
tejado. Después, con precauciones, solapadamente, descendió por el
ramaje de la parra y oculto detrás de los pámpanos contempló algún
tiempo el rostro peregrino de Demetria. ¡Es claro, le apeteció besarlo!
Lo mismo le había pasado al mirlo. Pero más animoso que éste, después de
corta vacilación, se dejó caer de golpe sobre lo que más le agradaba:
sobre los ojos. Cerrólos la hermosa y sonrió de nuevo dejándose
acariciar por él con suave condescendencia. Al cabo hizo un gracioso
mohín de impaciencia y se retiró al interior.
¡Cielo santo, cuánto tenía que hacer! Lo primero, por supuesto, era
ordeñar las vacas, como hacía todos los días. Bajó á la cocina, tomó una
vasija y se fué derecha al establo. Pero allí ¡oh sorpresa! se encontró
con que el tío Goro ya se le había anticipado.
--Padre, ¿por qué se ha levantado usted?
--Hija--respondió Goro gravemente,--hoy es el día de la Virgen y tendrás
demasiado que hacer.
Sí, era el día de la Virgen, el día más esperado del año, el que salía á
relucir en todas las conversaciones de los zagales en Entralgo. Para el
tío Goro, que frisaba en los cincuenta, no tenía el mismo atractivo. Sin
embargo, á pesar de su gravedad y de su ilustración, guardaba aún cierto
misterioso encanto que con todo cuidado procuraba disimular.
El tío Goro de Canzana era un hombre solemne, instruído, que fumaba en
pipa y dejaba crecer la barba por el cuello á guisa de corbatín. Hablaba
poco, como todos los hombres que reflexionan mucho, pero sus palabras
eran oráculos, sobre todo para su digna esposa la señá Felicia. No tenía
más que una pasión en su vida: la lectura. Durante la semana no podía
satisfacerla: las faenas agrícolas en que se ocupaba lo impedían. Pero
así que llegaba el domingo solía darse un hartazgo que le dejaba
consolado y esclarecido hasta el domingo siguiente. Después que salía de
misa se pasaba por casa del capitán. Éste le daba un libro, el primero
que le venía á las manos, _El año cristiano_, _El perfecto licorista_,
_Tratado de fortificaciones marítimas_, en fin, cualquiera, pues al tío
Goro le bastaba su cualidad de libro para respetarlo más que á las niñas
de sus ojos. Y llevándolo entre sus manos pecadoras con la misma unción
que si fuese portador del sagrado cáliz, marchaba hacia el _Campo de la
Bolera_. Allí se tumbaba sobre algún madero y en voz baja comenzaba á
descifrar con regodeo las cláusulas misteriosas del impreso, mientras
sus convecinos se deleitaban en jugar á los bolos ó á la barra ó á los
naipes ó en otros fútiles entretenimientos indignos del sabio. Cuando se
llegaba la hora de comer iba á depositar el venerado mamotreto en casa
de su dueño: pero más de una vez sucedió no acordarse de comer y pasar
la tarde también devorando una á una las sílabas que se le ponían
delante de los ojos. Como D. Félix se cuidaba tan poco de la elección de
libros, cuando no tenía alguno á la mano le entregaba un paquete de
números atrasados del _Boletín Oficial_. No hay para qué repetir que el
tío Goro los iba paladeando con igual felicidad.
Pues á pesar de tan vasta lectura era hombre sencillo, buen labrador,
buen padre y buen esposo. Sin embargo, es necesario confesarlo todo, el
tío Goro tenía una debilidad; la de que su hija Demetria se presentase
en las romerías más lujosa y ataviada que las otras doncellas. Si tal
debilidad nació en él espontáneamente ó había sido infundida por su
digna esposa, no es fácil decirlo. Algo pudiera haber de todo. Lo cierto
es que no iba jamás á Langreo ó á las ferias de Oviedo con ganado que no
trajese en las alforjas algún pañuelo ó pendientes ó sarta de corales
para su hija idolatrada. Y es lo curioso que aunque siempre compraba lo
más lindo y magnífico que el comerciante le presentaba, á la tía
Felicia nunca le parecía el regalo bastante rico. Á tal punto
rivalizaban ambos cónyuges en agasajar á su hija.
Demetria se volvió á la cocina, que ocupaba toda la planta baja de la
casa. Sólo en un ángulo habían fabricado con tabiques de tabla un
cuartito para el pastor. En otro de los ángulos había un gran montón,
que llegaba al techo, de leña. De allí tomó nuestra zagala algunos
maderos, los juntó adecuadamente sobre el lar, puso entre ellos algunas
ramas de árgoma y encendiendo un misto les dió fuego. Brotó la llama con
fuerza: pronto se extinguió cuando el árgoma quedó consumida. Entonces
Demetria, acercando el rostro cuanto podía, se puso á soplar el fuego
con todo el aliento de su pecho. ¡Oh, cuán hechicera estaba la zagala
inflando sus carrillitos amasados con rosas y leche! Si aquel mirlo
tímido de la parra la hubiera visto ahora, sin remedio la hubiera
picoteado pese á su vergüenza.
Ya está encendido el fuego. Toma un enorme pan, lo corta en sopas, las
aliña y las pone á cocer. Sube arriba. La planta alta de la casa
constaba de una salita y cuatro dormitorios, todos ellos con ventana al
campo. Se dirige al de sus hermanos Pepín y Manolín.--¡Sus! ¡Arriba,
holgazanucos, arriba!--Los niños antes de levantarse se hacen besuquear
y acariciar largamente por su hermana. El primero tenía diez años, el
segundo ocho; ambos gordos y sonrosados que daba envidia verlos. Una vez
en pie, conduce al primero de ellos al corredor y en una jofaina
trasvertiendo de agua cristalina le mete la cabeza, le refriega los
hocicos hasta dejarlos bien limpios y todavía más colorados. En seguida
venga de peine para desenredar aquellas greñas rizadas. Pero he aquí que
al hacerlo observa que algunos cabellos están unidos por un cuajarón de
sangre.
--¿Qué es esto, chico? ¿Cómo te has hecho esta herida?
--Fué Tomasín--respondió el niño confuso.
--¿Qué Tomasín?
--El de la tía Colasa.
--¿Y por qué te la ha hecho?
--Nos pegamos.
--¿Y por qué os pegasteis?
Pepín bajó la cabeza sin responder.
--Vamos, niño, dí, ¿por qué os pegasteis?--repitió Demetria sacudiéndole
por el brazo con impaciencia.
Pepín vaciló todavía algunos instantes: al cabo profirió titubeando:
--Porque... porque... porque dijo que tú no eras mi hermana... que tú
eras del hospicio.
Toda la sangre de Demetria fluyó al corazón: quedó pálida como un cirio.
No pudo articular palabra. Después de algunos instantes prosiguió en
silencio y con mano temblorosa su tarea.
No era la primera vez que había sonado en sus oídos tal noticia. Cuando
más niña, alguna compañera maligna le había injuriado de este modo. No
le había hecho caso; ni siquiera había pensado en ello. ¿Por qué ahora
le producía tan viva impresión? Quizá por ser el día de la Virgen y
tener el alma inundada de alegría, quizá porque sólo entonces cruzó por
su mente la idea de que pudiera ser cierto.
--Sí, me dijo que tú eras del hospicio--prosiguió Pepín imaginando que
el silencio de su hermana significaba aprobación.--Yo entonces... yo
entonces le dije: «Eso es mentira». Él entonces dijo: «Es verdad, que lo
dijo mi padre». Yo entonces dije: «Pues es mentira». Él entonces quiso
pegarme, pero yo con el puño así cerrado le di un golpe en las narices y
empezó á sangrar. Entonces él cogió una piedra y me la tiró á la cabeza
y echó á correr. Yo corrí tras de él, pero no pude atraparle porque se
metió en casa. ¡Recontra, en cuanto le coja solo le voy á dar unas
cuantas así por debajo!...
Demetria le dejó explayarse sin despegar los labios. Terminado el aseo
principió el de Manolín, que se llevó á cabo con el mismo silencio. Y
después que los hubo vestido se bajó á la cocina de nuevo, tomó la leche
que había quedado de la noche anterior, la vertió en el odre y salió de
casa dirigiéndose á la fuente para mazarla[3].
Estaba la fuente un poco apartada del pueblo. Se iba á ella por
estrechos caminos sombreados de avellanos. Al aproximarse hay que subir
un senderito labrado en el césped por los pasos de los vecinos. Al pie
de una gran peña que la cobija, rodeada por todas partes de zarzas y
espinos y madreselva, menos por la estrecha abertura que sirve de
entrada, brota de la piedra un chorro de agua límpida, se desparrama
sobre ella en hilos de plata, cae formando burbujas en un recipiente de
granito, se trasvierte luego y fluye en menudos cristales y resbala por
el césped. Cúbrela á modo de bóveda el ramaje que sale de la peña, al
cual se enreda la madreselva del suelo formando toldo espeso. Los rayos
del sol se filtran por él con trabajo bañándola de una claridad suave y
misteriosa.
Demetria se sentó en uno de los bancos de piedra que allí había, aplicó
la boca á la abertura del odre y lo infló; lo amarró luego velozmente y
lo dejó caer en la taza de la fuente para que la leche se enfriase. Con
las manos cruzadas sobre las rodillas y la cabeza inclinada sobre el
pecho aguardó. Una tristeza profunda oprimía su corazón. Debajo de
aquella frente alta y pura de estatua helénica batallaban la duda, el
temor, la esperanza, el despecho. Escrutó con ansia su pasado, recordó
algunas insinuaciones malévolas, bastantes palabras sueltas, muchas
sonrisas que á ella le indignaban más aún que las palabras. ¡Virgen
María! ¿sería cierto aquello? Pero si era efectivamente de la Inclusa y
los que tenía por padres no lo eran, ¿por qué la amaban más aún que á
los dos niños? No, no podía ser. Todo era una calumnia. Las chicas del
pueblo la envidiaban porque sus padres la regalaban y la vestían mejor
que á ellas. Habían inventado esta mentira para humillarla... Mas...
¿cómo se les había ocurrido semejante cuento?... ¿Por qué había recaído
sobre ella y no sobre alguna otra?
Sacó el odre del agua y se puso á zarandearlo. El ruido de la leche
dentro hizo coro al _glu glu_ de la fuente.
¡Dios mío, del hospicio!... Era horrible pensarlo. ¡Y ella que adoraba á
aquellos padres!... ¡Y ella que era tan orgullosa!... ¿Qué diría Nolo
cuando llegase á saberlo? Por supuesto la dejaría, porque un mozo tan
galán y tan rico no podía en ley de Dios casarse con una pobrecita
hospiciana...