Félix, cúya era la casa ante la cual ardía la lumbrada. Bajo y menudo de
cuerpo, facciones agraciadas, cabellos grises y ojos extremadamente
vivos, podría juzgársele por hombre de cincuenta años, aunque pasaba
bien de sesenta. Con risa y ademanes verdaderamente juveniles, andaba de
grupo en grupo animando á las doncellas y ofreciéndoles confites,
embromando á los viejos, comunicando á todos la franca alegría que
rebosaba de su alma. Cuando Linón se descuidaba en atizar la hoguera, él
mismo le arrebataba el tridente de la mano y echaba sobre ella una gran
porción de árgoma. Cuando el gaitero y el tamborilero desmayaban, hacía
qué sus criados les sirviesen vino; y algunas veces también corría al
sitio donde se hallaba Celso y disparaba en su lugar algunos cohetes con
tal precipitación que no andaba lejos de abrasarse y abrasar á los que
estaba cerca. Porque era extraña y sorprendente la impetuosidad que
aquel caballero imprimía á sus movimientos. Vestía levita de paño
oscuro, pantalón ceñido con trabillas, chaleco de terciopelo labrado y
alto cuello de camisa con corbatín de suela: sobre la cabeza un gorro de
terciopelo.
Allá lejos, arrimadas á la puerta de su huerta, acertó á ver dos zagalas
á quienes la luz de la hoguera iluminaba el rostro de lleno. Ningún otro
alumbraba más hermoso en aquel momento. Una de ellas era alta y
corpulenta, los cabellos rubios, la tez blanca, donde lucían unos
grandes ojos negros como dos lámparas milagrosas. Sus facciones de
pureza escultórica, su hermosa frente erguida con arrogancia y la grave
serenidad de su mirada, no exenta de severidad, traían á la memoria la
célebre cabeza de la Juno de Ludovisi. Ceñíale la garganta triple sarta
de corales que manchaban de rojo su pecho de nieve. Vestía dengue de
paño negro con ribetes de terciopelo[1], justillo encarnado y camisa de
lienzo blanco. La otra formaba con ella vivo y gracioso contraste.
Bajita, morena, sonriente, con unos ojos que le bailaban en la cara y
tan sueltos ademanes que su cuerpo no tenía punto de reposo.
Estaban cogidas de la mano y se hablaban con extraordinario afecto,
abstraídas enteramente de la algazara que en torno suyo reinaba. La
primera se llamaba Demetria: era de Canzana, hija de la tía Felicia, que
allí se encontraba sentada con otras mujeres, y del tío Goro, que fumaba
tranquilamente su pipa departiendo con algunos vecinos. La segunda se
llamaba Flora: era de Lorío: no tenía padres: vivía con sus abuelos,
molineros y colonos del capitán, á quien éste otorgaba bastante
protección. Mantenía desde muy niña amistad con D.ª Robustiana, y tanto
por esto como por la que á sus abuelos profesaba D. Félix, solía pasar
algunas temporadas en Entralgo. Demetria á pesar de su estatura no tenía
más que quince años. Flora había cumplido ya diez y ocho. Ni la
diferencia de edad ni la oposición de caracteres habían impedido que
estuviesen unidas por tiernísima amistad. Tal vez el contraste mismo de
su naturaleza la favoreciese. Flora aprovechaba cuantas ocasiones se le
presentaban para subir á Canzana y visitar á Demetria. Ésta hacía
frecuentes excursiones á Lorío. Y cuando otra ocasión no se ofrecía,
veíanse los jueves en el mercado de la Pola.
Cerca de ellas, sentadas en el suelo, había un corro de cuatro
mujerucas, las cuales cuchicheaban desaforadamente, dirigiendo miradas
penetrantes á todos lados. Eran las _sabias_ del lugar. La tía Jeroma,
madre de nuestro diputado Bartolo; la tía Brígida, su prima hermana y
madre del prudente Quino; Elisa, joven de veinticinco años, recién
casada, con temperamento y aficiones de vieja, y que por tenerlas todas
hasta fumaba como ellas cigarrillos envueltos en hojas de maíz; por
último, la vieja Rosenda, una mujer que vivía sola en un hórreo[2] y que
algunos tenían por bruja. Todas las vidas, todos los sucesos hasta los
más ínfimos de la parroquia pasaban uno á uno por el tamiz de aquel
corro y salían desmenuzados y cribados, reducidos casi al estado
atómico. Varias veces habían entornado la vista hacia nuestras zagalas,
y después de hablarse al oído sonreían con malicia. Al fin la vieja
Rosenda les dirigió la palabra.
--¡Flora!
--¿Qué decía usted tía Rosenda? respondió aquélla volviéndose con la
presteza que la caracterizaba.
--Digo que es gusto ver cómo las zagalillas que se parecen se juntan y
se quieren.
--¿Y en qué nos parecemos, tía Rosenda?--preguntó Flora con tonillo
sarcástico.
--¡Anda! Si no os parecéis en la cara, os parecéis en la historia.
La graciosa morenita hizo un gesto desdeñoso y se volvió hacia su amiga
sin dignarse responder.
--¿Qué dice esa bruja?--le preguntó aquélla.
--Que nos parecemos en la historia.
--¿Y por qué dice eso?
--¡Qué sé yo!--replicó con enfado Flora.
El corro de mujerucas, mientras tanto, reía.
D. Félix, que había entrado en su casa y había salido rápidamente con
dos envoltorios de papel en las manos, se acercó á las jóvenes en aquel
momento.
--Vengo á ofreceros estos cartuchitos de caramelos y lo hago con cierto
temor, porque no estoy seguro de que os gusten. ¡Es tan raro que á las
niñas les agraden los dulces!
Flora y Demetria tomaron riendo los cucuruchos que les ofrecía el
capitán y le dieron las gracias.
D. Félix las contempló un instante con admiración y exclamó sacudiendo
la cabeza:
--¡Qué hermosas sois, hijas mías! ¡qué hermosas sois! ¡Quién se volviera
á los veinte años!
Las doncellas se ruborizaron.
--¿Y cómo es que estas rosas del valle, estas cerecitas maduras, no
quieren bailar en una noche como esta?
--Nos agrada más charlar un poco, ya que pocas veces tenemos el gusto de
vernos reunidas--replicó Demetria apretando tiernamente la mano de su
amiga.
--Es dulce y agradable para una zagalita el contar á otra sus
secretillos y aun las menudencias de su vida... «¿Has lavado ayer?...
¿Cuándo te has comprado esos corales?... ¿Estuvo _aquél_ en tu casa el
sábado?...» Pero es mucho más agradable bailar un rato con el galán
preferido.
--Hasta ahora es usted, D. Félix, el primer galán que se ha acercado á
nosotras, y aunque nos ha regalado con caramelos, no he visto que nos
convidase á bailar--replicó Flora con desenvoltura.
--Quítame cuarenta años de encima de los hombros, querida, y hasta que
el gallo cante me tendrás dando vueltas como un trompo alrededor de
ti... Pero no me quites nada... Vas á ver si con los que tengo á
cuestas todavía puedo moverme. ¡Andando, prenda!
Y tomando de la mano á la desenvuelta morenita la llevó hasta la fila de
los bailarines, en los cuales se produjo un movimiento de sorpresa y de
gozo.
--¡Viva D. Félix!... ¡Viva el capitán!--exclamaron muchos.
Y las viejas que estaban acurrucadas se pusieron en pie y los viejos que
departían allá lejos se acercaron.
El capitán se colocó en fila con los demás y se puso á bailar con tal
primor y tan concertadamente que pocos entre los jóvenes pudieran
competir con él. Y en verdad que era espectáculo raro y gozoso á la vez
el contemplar á aquel anciano moverse con tal agilidad y donaire.
Ninguno más suelto y elegante. La precisión y cadencia de sus pasos eran
tan perfectas que en esto, ya que no en el brío, sacaba ventaja á los
demás. Los jóvenes palmoteaban. Á algunos viejos se les saltaban las
lágrimas recordando sus tiempos de juventud. El tío Goro decía
sentenciosamente dando chupetones á su pipa:
--¡Éste es el baile antiguo, muchachos!... Así se bailaba en nuestro
tiempo. Miradlo bien... Reparad los pasos... Eh, ¿qué tal?... ¿Pierde
alguna vez el compás don Félix? La moda que habéis traído de Langreo
será muy linda en verdad, pero á mí no me agrada porque con tanto salto
y tanto taconeo más que bailando parece que estáis trillando la mies.
Así habló el tío Goro de Canzana, y el coro de viejos y viejas que le
escuchaba aplaudió calurosamente su discurso.
Sin embargo, el anciano capitán sudaba ya por todos los poros del
cuerpo. Sus fuerzas mermaban á ojos vistas. Mas antes que confesarlo
hubiera caído exánime á los pies de su pareja. Ésta vino en su ayuda con
gracioso disimulo.
--D. Félix, ya no puedo más. Busque otra pareja porque he trajinado
todo el día y mis pobres piernas se están llamando á engaño.
El capitán agradeció la hipocresía y tomándola cariñosamente de la mano,
la condujo otra vez al lado de Demetria. Entonces fué cuando acertó á
ver entre la muchedumbre la negra silueta de D. Prisco, el cura de la
parroquia. Se fué como un cohete hacia él.
--¡Pero estaba usted aquí y no me avisaba! Vamos allá.
--Vamos allá--respondió sordamente el clérigo, que era un hombre de poca
menos edad que él, bajo, rechoncho, nariz gorda y ojos saltones.
Y sin decirse otra palabra, ambos se introdujeron en la morada del
capitán, subieron á su gabinete, encendieron un gran velón de dos
mecheros, cerraron cuidadosamente la puerta, se sentaron á una mesa
cubierta con tapete verde y, poniendo sobre él una baraja, anudaron la
partida de brisca que hacía ya más de veinte años tenían comenzada. Todo
el mundo conocía aquella partida en el valle de Laviana. Antes dejaría
el ganado de pacer sobre las verdes pradreras de Entralgo, antes las
nubes de rodar sobre la cresta de la Peña-Mea que D. Prisco y D. Félix
dejasen de ponerse el uno frente al otro con las cartas en la mano. No
era, sin embargo, la avaricia lo que les empujaba, aunque ambos pecasen
un poco por este lado. La cantidad que se cruzaba era insignificante: al
cabo de unas cuantas horas las ganancias ó las pérdidas sumaban cuatro ó
cinco pesetas. Pero ambos presumían de consumados jugadores y lo eran en
efecto. Las fuerzas se hallaban tan equilibradas que si el militar
ganaba un día era casi seguro que al siguiente el clérigo llevaría la
ventaja. Tal igualdad en la destreza les desesperaba, les enardecía,
constituía el verdadero incentivo de su incesante pelear.
Mientras ellos batallaban á solas, nuestra vivaracha Flora se veía de
nuevo expuesta á los ataques insidiosos de la vieja Rosenda.
--Mucho te quiere el capitán, Florita--le decía aquélla con sonrisa
ambigua; la misma sonrisa que se pintaba en el rostro de las otras tres
mujeres que con ella estaban sentadas.
--¿Por qué me ha de aborrecer? Nunca le hice daño--respondió la joven
con presteza.
--Tampoco yo le he hecho daño, y no me quiere tanto.
--Será porque no le ha caído usted en gracia. Como dicen que se ocupa
usted en fisgar todo lo que sucede en su casa, quizá por eso no la
quiera tanto.
El dardo fué certero y lanzado con vigor. En efecto, el hórreo de la tía
Rosenda, próximo á la morada de don Félix por la parte de atrás, era
cómoda atalaya desde donde la vieja espiaba noche y día. Una verdadera
pesadilla para el capitán. Más de cien veces había querido comprárselo:
le ofreció un precio exorbitante; le ofreció construirle una casa. La
bruja no consintió jamás en trasladarse. Aquel espionaje constituía el
mayor, quizá el único atractivo de su vida.
Se mordió los labios con ira y respondió:
--Por eso, porque lo fisgo todo sin duda he sabido que te regala
pendientes de perlas y te da palmaditas cariñosas en la cara.
La morenita se revolvió como si la hubiese picado una avispa.
--Mire usted lo que dice, tía bruja, porque si usted vuelve á
insultarme, aunque tenga pacto con el demonio y salga los sábados á
chupar la sangre de los niños, le juro por la mía que le arranco la
lengua.
Las mujeres se apresuraron á intervenir para calmarla. Demetria también
hizo lo posible.
--No lo tomes por donde quema, mujer--manifestó Elisa, la joven sabia
que poseía el arte de persuadir.--Se pueden hacer regalos y caricias sin
ninguna mala intención. Todos sabemos en Entralgo que D. Félix te quiere
como una hija.
La compostura no agradó á la irritada zagala, que iba á responder con
acritud; pero en aquel momento dos mozos gallardos se aparecieron de
improviso, dando cortésmente las buenas noches. Jacinto de Fresnedo
estaba delante de ella y Nolo de la Braña frente á Demetria. Detrás se
percibían esfumadas en la sombra las siluetas de quince ó veinte
monteras que cobijaban las cabezas de otros tantos jóvenes de los altos
de Villoria. Su llegada produjo cierta sensación en los grupos cercanos,
pero muy particularmente en nuestras zagalas, que hicieron un movimiento
de sorpresa.
--¡Jesús, qué diablos de hombres! ¡Me habéis asustado!--exclamó Flora
pasando instantáneamente del enojo á la risa.
Demetria no dijo nada, pero clavó sus grandes ojos límpidos en Nolo con
expresión amorosa. Éste la miró también con tímida adoración. Ambos se
ruborizaron y en un rato no supieron qué decirse.
--Habéis llegado un poco tarde--dijo al cabo la niña suavemente.--Más de
la mitad de aquel montón de árgoma se ha quemado ya en la hoguera: Celso
ha disparado una nube de cohetes y los bailarines andan cerca de
rendirse.
Su voz era dulce, pastosa: su modo de hablar grave y sosegado,
trasmitiendo á los demás la calma que reinaba en su espíritu.
--Desde la Braña hasta aquí hay algunos pasos--respondió Nolo con
parecido sosiego.--Tuve que bajar de la cabaña un carro de yerba y
cenamos tarde... Además, mi madre tampoco hoy quiso dejarme marchar sin
el rosario.
--Ha hecho bien. Faltar á las oraciones por divertirse es doble
pecado... ¿Y tu madre y tu hermana vendrán mañana?
--Las dos me encargaron para ti muchos recuerdos. Mi hermana quería
venir á la misa, pero tiene á su niño un poco enfermo y acaso no podrá.
Me ha dado este escapulario para que le hagas el favor de tocarlo á la
Virgen.
Demetria tomó el rollito de papel donde venía envuelto y lo guardó en su
seno.
Y hablaron del niño enfermo y de la faena de la yerba que había
terminado en aquella semana y del ganado del tío Pacho que Demetria
conocía como el suyo, y del perro que lo guardaba y que la quería y
agasajaba como si fuese de la familia: hablaron de cien menudencias,
pero ni una palabra de amor.
Y sin embargo, ¡cuánto se amaban! Su cariño era antiguo. Databa de
cuando Demetria, niña de nueve ó diez años, iba con su padre á Peña-Mea.
Porque el tío Goro poseía en aquellos campos, no lejos de la Braña, una
cabaña con su establo y alrededor un prado cercado. Allí solía llevar
parte de sus vacas en los meses de calor: pacían el prado y las yerbas
pertenecientes á los pastos comunales del concejo de Laviana:
retirábalas al llegar el mes de Octubre. Generalmente solía dejar á su
cuidado un criadillo, pero una ó dos veces por semana iba él allá á
enterarse de lo que ocurría y llevar provisiones de boca al pastor. En
estas excursiones le acompañaba alguna vez Demetria cuando tenía menos
años. Ningún placer más grande para la niña que salir con su padre antes
que rayase el alba, pasar el día entero jugando sobre aquellas montañas
y regresar á la noche cargada de zampoñas, jaulitas para grillos y
huevos de buitre. Todas estas cosas y otras más le proporcionaba Nolo,
que apacentaba las vacas de su padre cerca de las del tío Goro. El
mancebo de diez y seis años y la niña de diez se trabaron con estrecha y
cariñosa amistad. Ella gozaba siguiéndole cuando se metía por entre los
zarzales en busca de nidos ó cortaba ramas de saúco para hacer flautas ó
varitas finas de salguera para fabricar jaulas. Él gozaba viéndola
seguir con atención el trabajo de sus manos y aplaudiéndolo con gritos
de entusiasmo cuando se hallaba terminado. Sentados el uno al lado del
otro sobre el menudo césped de las alturas á la sombra de alguna peña,
dejaban pasar las horas en silencio, preocupados exclusivamente del
artefacto que Nolo tenía entre manos.
El más alto goce que Demetria experimentaba era cuando el tío Goro se
decidía á pernoctar en la cabaña. ¡Un día más! Aquello de dormir vestida
entre la yerba, porque allí no tenían camas, y de cocer las judías y
sazonarlas y batir los puches ó picar la sopa, causaba á la doncellita
una felicidad inexplicable. El tío Goro, viéndola tan feliz, sonreía y
se olvidaba de que las judías no tenían sal y los puches estaban medio
crudos.
Nolo la preparaba de vez en cuando alguna sorpresa, un mirlo con su
jaula, un jilguerito, una pareja de palomas torcaces. Pero lo que le dió
más alegría, lo que hizo realmente época en su vida, fué el regalo de un
corzo de cría que el zagal había logrado cazar. Al ver á aquel animalito
tan lindo, tan tierno y vivo al mismo tiempo, Demetria perdió la
chabeta, daba saltos y gritos, le alzaba entre sus brazos, le besaba en
el hocico, no podía separarse un punto de él ni tenía ojos para otra
cosa. De tal suerte que Nolo, al verse tan pospuesto, no sabía si
alegrarse ó arrepentirse de habérselo regalado. Fué gran trabajo para el
tío Goro llevarlo hasta Canzana. El animalito no quería ó no podía
andar: la niña no bastaba á conducirlo en brazos. Pero cuando estuvo en
Canzana se alegró de su fatiga al contemplar la dicha que embargó á su
hija durante algunos días. ¡Sí, algunos días nada más! El ingrato corzo,
alimentado con leche recién ordeñada como el hijo de un caballero y
renuevos tiernos de zarzamoras que la niña iba recogiendo todo el día
por los caminos, agasajado y mimado como ningún infante lo fuera, pues
hasta se le dió derecho de dormir en la misma cama que ella, ¡quién lo
diría! se huyó una tarde á los montes y no volvió á parecer más. La pena
de Demetria no puede describirse. Su llanto, su desesperación hubieran
conmovido á aquel monstruo de ingratitud si hubiera podido verlos, le
hubiera hecho tal vez aceptar de nuevo un yugo tan dulce. Pero no vió
nada. En aquellos momentos triscaba solitario por el monte en espera de
la noche tenebrosa y con ella de algún lobo cruel que castigara su
perfidia.
Fué el gran dolor de su vida hasta entonces; el único quizá, pues sus
padres la criaban con melindres y regalos inusitados. Pocos días después
experimentó otro, sin embargo. Nolo, cortando una rama de castaño, se
dió un tajo terrible en la mano y soltó mucha sangre. Demetria al verla
empalideció; concluyó por desmayarse. Y cuando al salir del desmayo
observó que el joven, sin hacer caso de su herida, la había llevado
hasta la fuente y le empapaba las sienes con agua, comenzó á sollozar
perdidamente. Nolo sonreía.
Pero al acercarse el verano en el año anterior, Demetria, que cumplía
catorce, experimentó grandiosa trasformación. La niña de formas
graciosas pero indecisas se convirtió durante aquel invierno en una
joven de elevada estatura, de gallarda y noble presencia. Nolo quedó
sorprendido y confuso al verla. No supo hablarle como antes. Al cabo,
irritado consigo mismo, concluyó por pretextar una ocupación y
retirarse. Demetria no volvió á parecer por la Braña. En vano el zagal
la aguardó una y otra semana con valiosos regalos adquiridos á costa de
no pocos trabajos y riesgos. El tío Goro aparecía siempre solo. El joven
le ayudaba con solicitud en todos los menesteres que el ganado y el
cuidado de su campo exigían, procurando captarse su afecto, pero no
osaba preguntarle por ella. Poco á poco el deseo de verla se fué
convirtiendo en anhelo, luego en afán irresistible. No sabía lo que le
pasaba; ni tenía aliento para trabajar ni para divertirse en las
romerías. Dejaba trascurrir el tiempo tumbado sobre el césped mirando
pacer el ganado ó acariciando distraído la cabeza del mastín.
Por fin llegó el otoño. El tío Goro retiró sus vacas. Nolo no pudo
resistir más. Un sábado por la noche salió de casa, bajó rápidamente el
camino de Entralgo, subió á Canzana y después de rodear algunas veces la
casa del tío Goro y cerciorarse de que aún estaban levantados, llamó
quedo á la ventana de la cocina y comenzó á hablar disfrazando la voz,
como hacen allí los mozos cuando salen de noche á galantear.
El tío Goro se había retirado á descansar. No estaban en la cocina más
que Felicia hilando y Demetria concluyendo de limpiar la vajilla y
colocarla en su sitio.
--¡Calla!... ¿Ya tenemos quien nos ronque á la puerta?--exclamó Felicia
levantando la cabeza sorprendida y mirando á su hija con sonrisa
maliciosa.
Ésta se puso encarnada y replicó con enfado:
--¡Qué está usted diciendo, madre! Será algún vecino que se haya
equivocado.
--No, no; es á ti á quien han llamado.
--Demetria, Demetria--dijo la voz de afuera.
--¿Lo oyes?... Abre, hija mía, abre á ese galán, que acaso venga de
lejos y tenga necesidad de descansar un rato--manifestó la madre
rebosando de orgullo.
--Yo no abro, madre. El que está ahí afuera sin duda quiere reirse de mí
porque soy niña.
--Demetria, abre y dame un poco de agua, que tengo sed y estoy
rendido--dijo Nolo con vozarrón de falsete.
--¡Pobrecillo! ¿Por qué no le hemos de abrir?--exclamó Felicia. Y
levantándose de su tajuela y con la rueca sujeta á la cintura á guisa de
lanza, se dirigió á la puerta y la abrió.
--¡Nolo!... Pero ¿eres tú?... ¡Cómo habíamos de pensar!...
Demetria, de pie en medio de la cocina, se puso tan colorada que parecía
imposible ponerse más. Sin embargo, Nolo se puso aún más que ella. La
tía Felicia los miró á entrambos con gozo y fué á sentarse de nuevo en
su tajuela. Los jóvenes se sentaron á la par en el escaño y en voz baja
y con largos intervalos de silencio comenzaron á hablarse, uno y otro
tan tímidos que en la hora que así estuvieron no se miraron una vez á la
cara.
Al sábado siguiente volvió Nolo también, y al otro, y al otro; en fin
todos los sábados. No hubo necesidad de declaración de amor: el amor se
había declarado por sí mismo.
Cierta noche, al despedirse á la puerta, Demetria entregó al mancebo un
pequeño envoltorio de papel y le dijo con voz temblorosa:
--Toma; pero júrame que no has de abrirlo antes que llegues á la Braña.
Nolo juró y cumplió su juramento. Llega á su casa media hora antes, sube
á su cuarto, enciende el candil y abre el envoltorio. Dentro estaba la
cinta del justillo de Demetria, una cinta encarnada con sus herretes
dorados en los cabos. Este es el grande y tierno testimonio que las
nobles doncellas asturianas suelen dar de su amor. Nolo, embargado de
emoción, durmió con él debajo de la almohada y en la primera romería
llevó la preciada cinta colgada de los botones de su chaleco.
Jacinto no era tan afortunado en sus amores. La vivaracha Flora le hacía
sufrir crueles tormentos; mostrábase con él indiferente, desdeñosa;
rechazaba con empeño todos los obsequios que el amartelado mancebo le
prodigaba.
--Á ti no te parecerá, como á Demetria, que hemos llegado
tarde--manifestó Jacinto dirigiéndose á ella con sonrisa triste.
--Tú lo has dicho. Á mí me parece que habéis llegado demasiado pronto.
Toda la tarde me han picado las moscas.
--¿Es que yo soy una mosca, Flora?
--No, tú eres un moscón; no picas pero zumbas, zumbas sin cesar y me
mareas.
--¿Quieres entonces que me esté callado?
--Sí, estate calladito y no me digas las simplezas que me ensartaste el
día pasado en Rivota.
Jacinto bajó la cabeza y permaneció en pie y silencioso. Su rostro terso
de adolescente expresaba profunda tristeza. Ambos, callados y
taciturnos, contemplaron largamente la hoguera que Linón atizaba
pausadamente.
Pero la morenita concluyó por impacientarse de este silencio.
--¿Por qué no bailas, Jacinto?
--Porque á mí sólo me apetece bailar contigo.
--Pues entonces puedes sentarte y esperar, porque va para largo.
--¿No me quieres por pareja?
--Sí, pero más tarde... el día en que principies á afeitarte.
--¡Qué picante eres, Flora!--exclamó el zagal poniéndose colorado.
--¿No ves, querido--manifestó la muchacha soltando una carcajada,--que
con esa carita tan blanca y sonrosada va á parecer que bailo con otra
mujer disfrazada?
El mancebo se sintió herido en lo profundo del alma y guardó silencio.
Al cabo de un rato Flora le clavó una mirada entre compasiva y maliciosa
y dijo sacando de la faltriquera un puñado de avellanas tostadas y
ofreciéndoselas:
--Toma: come esas avellanas, á ver si se te quita el enfado.
Jacinto las rechazó con digno ademán.
--¿No las quieres?... Bien, pues harás que coja un empacho, porque llevo
ya comido un celemín de ellas.
Y se puso á cascarlas con sus blancos y menudos dientes.
--No sé por qué te enfadas--prosiguió al cabo de un instante.--Ya debías
estar acostumbrado á mis cosas... Tú, Jacinto, te empeñas en comer los
higos cuando están verdes y ¡claro! no tiene más remedio que saberte
agrios.
--¡Eres tan despreciativa, Flora!
--¡Mejor que mejor! ¿No has oído cantar á los ciegos esta copla:
_Morena tiene que ser_
_la tierra para claveles,_
_y la mujer para el hombre_
_morenita y con desdenes?_
Y riendo como una loca se puso á charlar con su amiga Demetria, dejando
al buen Jacinto afligido y hechizado al mismo tiempo.