Al cabo llegaron á la Braña. Sólo se componía de tres casas

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LA ALDEA PERDIDA

ARMANDO PALACIO VALDÉS

LA

ALDEA PERDIDA

NOVELA-POEMA DE COSTUMBRES CAMPESINAS

MADRID

IMPRENTA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ

Libertad, 16 duplicado.

1903

ES PROPIEDAD DEL AUTOR

INVOCACIÓN

Et in Arcadia ego.

¡Sí, yo también nací y viví en Arcadia! También supe lo que era caminar

en la santa inocencia del corazón entre arboledas umbrías, bañarme en

los arroyos cristalinos, hollar con mis pies una alfombra siempre verde.

Por la mañana el rocío dejaba brillantes gotas sobre mis cabellos; al

mediodía el sol tostaba mi rostro; por la tarde, cuando el crepúsculo

descendía de lo alto del cielo, tornaba al hogar por el sendero de la

montaña y el disco azulado de la luna alumbraba mis pasos. Sonaban las

esquilas del ganado; mugían los terneros; detrás del rebaño marchábamos

rapaces y rapazas cantando á coro un antiguo romance. Todo en la tierra

era reposo; en el aire todo amor. Al llegar á la aldea, mi padre me

recibía con un beso. El fuego chisporroteaba alegremente; la cena

humeaba; una vieja servidora narraba después la historia de alguna

doncella encantada, y yo quedaba dulcemente dormido sobre el regazo de

mi madre.

La Arcadia ya no existe. Huyó la dicha y la inocencia de aquel valle.

¡Tan lejano! ¡Tan escondido rinconcito mío! Y sin embargo, te vieron

algunos hombres sedientos de riqueza. Armados de piqueta cayeron sobre

ti y desgarraron tu seno virginal y profanaron tu belleza inmaculada.

¡Oh, si hubieras podido huir de ellos como el almizclero del cazador

dejando en sus manos tu tesoro!

Muchos días, muchos años hace que camino lejos de ti, pero tu recuerdo

vive y vivirá siempre conmigo. ¡Y aún no te he cantado, hermosa tierra

donde vi por primera vez la luz del día! Mi musa circuló ya caprichosa y

errante por todo el ámbito de nuestra patria. Navegó entre rugientes

tempestades por el océano; paseó entre naranjos por las playas de

Levante; subió las escaleras de los palacios y se sentó en la mesa de

los poderosos; bajó á las cabañas de los pobres y compartió su pan

amasado con lágrimas; se estremeció de amor por las noches bajo la reja

andaluza; elevó plegarias al Altísimo en el silencio de los claustros;

cantó enronquecida y frenética en las zambras.

¡Y aún no ha cantado á los héroes de mi infancia! ¡Aún no te ha cantado,

magnánimo Nolo! ¡Ni á ti, intrépido Celso! ¡Ni á ti, ingenioso Quino!

¡Aún no ha caído á tus pies, bella Demetria, la flor más espléndida que

brotó de los campos de mi tierra! Hora es de hacerlo antes que la parca

siegue mi garganta.

Viajero, si algún día escalas las montañas de Asturias y tropiezas con

la tumba del poeta, deja sobre ella una rama de madreselva. Así Dios te

bendiga y guíe tus pasos con felicidad por el principado.

Y vosotras, sagradas musas, vosotras á quien rendí toda la vida culto

fervoroso y desinteresado, asistidme una vez más. Coronad mis sienes que

ya blanquean con el laurel y el mirto de vuestros elegidos, y que este

mi último canto sea el más suave de todos. Haced, musas celestes, que

suene grato en el oído de los hombres y que, permitiéndoles olvidar un

momento sus cuidados, les ayude á soportar la pesadumbre de la vida.

I

La cólera de Nolo.

De un modo ó de otro, menester es que los de Riomontán y de Fresnedo

peleen esta noche con nosotros. Ya sabéis que parte de la mocedad de

Villoria y de Tolivia aún no ha venido de la siega. De Entralgo y de

Canzana también hay algunos por allá. Podéis estar seguros que de

nuestros contrarios no faltará uno solo. Los de Lorío y Rivota andan muy

engreídos desde la paliza del Obellayo. Los del Condado están avisados

por ellos y no faltarán tampoco. Si ahora nos quedamos sin la gente de

los altos, temo que nuestras costillas vayan hoy molidas á la cama. El

jueves, en la Pola, tropecé en la taberna del Colorado con Toribión de

Lorío y Firmo de Rivota, y después de ofrecerme un vaso de sidra, me

dijeron con sorna: «Adiós, Quino: que no faltes el sábado de Entralgo».

Así hablaba Quino de Entralgo, mozo de miembros recios y bien

proporcionados, morena la tez, azules los ojos, castaños los cabellos,

el conjunto de su fisonomía agraciada y con expresión de astucia. Vestía

calzón corto y media de lana con ligas de color, chaleco con botones

plateados, colgada del hombro la chaqueta de paño verde, sobre la cabeza

la montera picona de pana negra y en la mano un largo palo de avellano.

Si no por el valor indomable, resplandecía en las peleas por su consejo,

cuerdo siempre y atinado, por la astucia y el artificio de sus trazas.

Resplandecía también en los lagares y esfoyazas por la oportunidad y

donaire de su lengua; en las danzas por su extremada voz y el variado

repertorio de sus romances, en los bailes por la destreza de sus

piernas, por su aire gentil y desenvuelto. Pero mejor que en parte

alguna resplandecía en cualquier rincón solitario al lado de una bella.

Ninguno supo jamás apoderarse más pronto de su corazón, ninguno más

rendido y zalamero ni más osado á la vez, pero tampoco ¡ay! ninguno más

inconstante. Más de una y más de dos podían dar en el valle de Laviana

testimonio lamentable de su galanura y su perfidia.

--Paréceme, Quino--respondió Bartolo,--que se te ha ido la lengua y has

hablado más de lo que está en razón. Bien está que vayamos á Fresnedo y

á la Braña á dar satisfacción á los amigos; pero de eso á decir que los

de Lorío nos han de moler las costillas hay lo menos legua y media de

distancia. Mientras á Bartolo, el hijo de la tía Jeroma, no se le rompa

en la mano este palito tan cuco de fresno, ningún cerdo de Lorío le

molerá nada.

--¡Vamo, hombre, no seas guasón!--exclamó Celso, que por haber estado en

el servicio militar tres años había llegado al pueblo hablando en

andaluz.--Á ti te molerán lo que tengas que moler, como á too María

Santísima. ¡Si pensarás que te han de dar más arriba del cogote!

--Yo no sé dónde me darán, pero sí certifico ¡puño! que antes de darme

he de dejar dormidos á muchos de ellos.

--Sí, á fuerza de sidra.

--Á fuerza de palos, ¡puño! ¿Cuándo me has visto brincar atrás ó

esconder el cuerpo al empezar la bulla?

--Al empezar no, pero al concluir te han visto muchos entre los pellejos

de vino ó detrás de las sayas de las mujeres.

--¡Mientes, puño! ¡Mientes con toda la boca! El día del Obellayo si no

es por mí, que di la cara á Firmo, os llevan los de Rivota de cabeza al

río.

--La cara no la diste á Firmo, sino á la mata de zarzas y ortigas donde

te sepultaste cuando él te buscaba... Eso me contaron el jueves en la

Pola.

--Si ha sido Firmo quien te lo ha contado, yo le diré esta noche á ese

cerdo quién es Bartolo de Entralgo. Este palo tan majo que corté en el

monte ayer nadie lo estrena más que él.

Celso soltó una carcajada y tomando en la mano el palo de Bartolo lo

examinó con curiosidad unos instantes.

--¡Lindo palo, en verdad! Bien pintado; bien trabajado. Si Firmo le echa

la vista encima, milagro será que no lo pruebe sobre tus espaldas.

Con esto se encrespó de nuevo Bartolo y comenzó á vociferar tantas

imprecaciones y bravatas, que su primo Quino se impacientó al cabo.

--¡Calla, burro, calla! Arrea un poco más y no grites que me duele la

cabeza.

Bartolo vestía al igual que Quino, el calzón corto, el chaleco y la

montera, pero todo más viejo y desaseado. Era un mocetón robusto, de

facciones abultadas y ojos saltones. Su modo de andar tan torcido y

desvencijado que parecía que le acababan de dar cuatro palos sobre los

riñones. Era Celso más bajo y más delgado que los otros, pero suelto y

brioso y con un aire vivo y petulante que acusaba su estancia en tierras

más calientes que la de Asturias. Vestía igualmente el chaleco con

botones de plata, la chaqueta de paño verde y la montera de pico; pero

en vez del calzón corto y la media, gastaba aún el pantalón largo y

encarnado que había traído del ejército, aunque remontado ya de pana

negra por trasero y muslos. Los dos primeros, primos hermanos, habitaban

en Entralgo. El segundo en Canzana, lugar de la misma parroquia.

Caminaban los tres la vuelta de Villoria un sábado del mes de Julio,

víspera de la romería del Carmen. En vez de seguir el camino real que

por el fondo de la estrecha cañada conduce á aquel lugar, habían tomado

por el monte arriba entre castañares y robledales, no tanto para

guardarse de los rayos del sol como de las miradas de los indiscretos.

Porque es de saber que los tres mozos llevaban á Villoria una embajada

extraordinaria, una misión delicadísima que exigía tanto sigilo como

diplomacia. Sus convecinos los habían diputado para dar satisfacción á

los mozos de Riomontán, de Fresnedo y de la Braña. Éstos, como todos los

de la parroquia de Villoria, eran sus aliados, pero estaban con ellos

desabridos desde hacía algún tiempo. El motivo del desabrimiento no

podía ser más justo. En una romería que se celebraba en lo alto de los

montes que separan los concejos de Laviana y Aller los vecinos de

aquellos altos vinieron á las manos con los de Aller por cuestiones de

pastoreo. Algunos mozos de Entralgo, que allí estaban, no quisieron

tomar parte en la reyerta: se retiraron dejando solos y apaleados á los

de Fresnedo. Desde entonces éstos no quisieron tomar parte con los de

abajo en sus riñas con los de Lorío. Su ausencia había ocasionado ya más

de una derrota á los de Entralgo. Porque si no sumaban mucho los de

Fresnedo y Riomontán, eran sin duda los más recios y esforzados.

Salieron por fin á las cumbres desnudas después de caminar buen rato

entre el follaje de la arboleda. Detuviéronse un instante á tomar

aliento y volvieron la vista atrás. Desde aquella altura se descubría

gran parte del valle de Laviana, que baña el Nalón con sus ondas

cristalinas. Por todas partes lo circundan cerros de mediana altura como

aquel en que se hallaban, vestidos de castañares y bosques de robles,

tupidos unos, otros dejando ver entre sus frondas la mancha verde, como

una esmeralda, de algún prado. Por detrás de estos cerros se alzan hasta

las nubes las negras moles de la Peña-Mea á la derecha con su fantástica

crestería de granito, de la Peña-Mayor á la izquierda, más blancas y más

suaves aunque no menos enormes. Por el medio del grandioso anfiteatro

corre el río. Á entrambas orillas se extiende una vega más florida que

dilatada, donde alternan los plantíos de maíz con las praderas; unos y

otros cercados por setos de avellanos que salen de la tierra semejando

vistosos ramilletes. El Nalón se desliza sereno unas veces, otras

precipitado formando espumosa cascada; pero en todas partes tan puro y

cristalino que se cuentan las guijas de su fondo. Á ratos se acerca á la

falda de los montes y en apacible remanso medio oculto entre alisos y

mimbreras les cuenta sus secretos; á ratos se adelanta al medio de la

vega y marcha soberbio y silencioso reflejando los plantíos de maíz.

--Mirad, mirad cómo ahuma el techo de mi casa--exclamó Bartolo señalando

al fondo.

--Sin duda la tía Jeroma te prepara la borona. Así te has criado tú tan

rollizo--repuso Celso bromeando.

Entralgo estaba en efecto á sus pies. Era un grupo de cuarenta ó

cincuenta casas situado entre el río Nalón y el pequeño afluente que

venía de Villoria, á la entrada misma de la cañada que conduce á este

pueblo. Por todas partes rodeado de espesa arboleda en medio de la cual

parece sepultado como un nido. Sobre el pequeño cerro que lo domina, en

una meseta, está Canzana, lugar de más caserío, rodeado de árboles,

mieses, prados y bosques deliciosos. Sólo veían de él las manchas rojas

de sus tejados; tanto le guarnecen los emparrados de sus balcones y los

frutales de sus huertas. Estos dos lugares, con otros cuatro ó cinco

pequeños caseríos distribuídos por los cerros colindantes, constituían

la parroquia.

El concejo de Laviana está dividido en siete. La primera, según se viene

de la mar por los valles de Langreo y San Martín del Rey Aurelio, es

Tiraña, la segunda la Pola, capital y sede del Ayuntamiento; enfrente de

ésta Carrio, más allá Entralgo y detrás de él, en los montes limítrofes

de Aller, Villoria, la más numerosa de todas. Por último, en el fondo

del valle, á cada orilla del río, están Lorío y Condado. Allí se cierra

y sólo por una estrecha abertura se comunica con Sobrescobio y Caso.

La juventud de las cuatro últimas rivalizaba desde tiempo inmemorial en

gentileza y en ánimo. De un lado Entralgo y Villoria: del otro, Lorío y

Condado. Las tres primeras estaban descontadas: Tiraña por hallarse

demasiado lejos; la Pola porque sus habitantes, más cultos, más

refinados, se creían superiores y despreciaban á los rudos montañeses de

Lorío y Villoria; Carrio por ser la más pobre y exigua del concejo.

Después de reposar un instante los tres embajadores prosiguieron su

camino por las cumbres que señorean el riachuelo de Villoria. Bartolo

iba delante con marcha tortuosa y derrengada.

--¡Míralo, míralo!--exclamaba Celso con exótico acento.--¡Qué morrillo

sabroso luce el maldito! ¡qué buenas piernas! ¡qué nalgas!... Bien se

conoce que la tía Jeroma no tiene otro pichón que cebar... ¡Vaya un

pimpollo!... Me han dicho que todas las mañanas le unta de manteca

fresca para que esté suave y reluzca... Á ver, Bartolo...

Y se acercaba á él y le pasaba con delicadeza la mano sobre la cerviz.

Bartolo gruñía.

Estaba Celso en vena de humor jocoso y bromeaba imitando, en cuanto le

era posible, el acento, la desenvoltura y el donaire que había admirado

en sus compañeros de cuartel allá en Sevilla. Era su dulce manía. Desde

que llegara del servicio, hacía ya cerca de un año, había mostrado tanto

apego á los recuerdos de su vida militar, como horror y desprecio á las

faenas agrícolas, en que por desgracia había vuelto á caer. Hasta

afectaba haberlas olvidado y desconocer el nombre de algunos

instrumentos de labranza. Por esto sufría encarnizada persecución de su

abuela. ¡Terrible mujer la tía Basilisa! Un día, porque se le olvidó el

nombre de la hoz, le rompió el mango sobre las costillas. Y hasta la

misma guitarra portuguesa con un gran lazo verde que había traído de

Córdoba corrió grave peligro de ir al fuego entre las astillas si á

tiempo no la esconde en casa del tío Goro, su vecino. No hay para qué

decir que Celso odiaba de muerte los puches de harina de maíz, el pote

de nabos, las castañas, y en general todos los alimentos de la tierra,

que consideraba harto groseros para su paladar meridional. En cambio

chasqueaba la lengua con entusiasmo al referir á sus amigos los

misterios sabrosísimos del gazpacho blanco, las _poleás_ con azúcar, las

aceitunas _aliñás_, las naranjitas y la mojama.

--¡Mal rayo!--prosiguió escupiendo por el colmillo como un gitano de

pura sangre.--¿Sabes, niño, lo que yo haría en tu caso el día que la tía

Jeroma cerrase el ojo?... Pues metería en un cinto esa gran calceta de

peluconas que tiene guardada, compraría un jaco extremeño y no pararía

hasta dar vista á la Giralda. Y allí ¡venga de cañitas de manzanilla, y

venga de pescado frito, y de aceitunitas y alcaparrones!... ¡y venga de

aquí! _(batiendo las palmas)_ ¡y venga de allí! _(moviendo las piernas)_

y sobre todo venga de serranitas _salás_ como las pesetas. Yo te

certifico, grandísimo zángano, que antes de un mes no te pesarían tanto

las nalgas como ahora... ¡Ay, niño, si hubieses conocido á la

Carbonerilla!... ¡Gachó, qué mujer!... Venía con su madre á recoger la

ropa de la compañía porque eran lavanderas. El sargento la echaba

piropos y el furriel de mi escuadra no la dejaba ni á sol ni á sombra.

Pero ella prefería al gallego... El gallego era yo, ¿sabéis? Allí nos

llaman gallegos á los de acá. Un domingo por la tarde salimos juntitos

orilla del Guadalquivir por aquellos campos y merendamos en un

ventorrillo, y yo me puse como una uva. ¡Vaya una tardecita _aprovechá!_

Cuando volvíamos nos tropezamos en el camino con el furriel. Ya podréis

presumir cómo se le pondría el hígado. El hombre nos saludó muy cortés y

se acercó á nosotros; pero al poco rato, como necesitaba escupir la

bilis, sobre si yo había dejado por la mañana las tablas del camastro

arrimadas á la pared ó en el suelo, me largó una bofetada... Allí

vierais á la Carbonerilla hecha una leona fajarse con él á pescozones.

¡Pin pan! de aquí, ¡Pin pan! de allá... En fin, que el hombre se vió

negro para librarse de sus uñas...

Á Celso se le hacía la boca agua contando estas aventuras románticas y

las enjaretaba una tras otra sin dar paz á la lengua. Sin embargo, Quino

marchaba preocupado, distraído. Nunca había concedido mucho valor á la

charla de su amigo. Era hombre práctico, sabía adaptarse al medio y

donde el otro no veía más que tristeza y pena sabía él libar la dulce

miel de la voluptuosidad. Pero ahora, bajo el temor de una paliza,

encontraba las mentiras de su compañero mucho más insustanciales.

--¿Sabéis lo que os digo?--profirió al cabo levantando la cabeza.--Que

si Nolo de la Braña no quiere esta noche manejar el palo, podemos

encomendar nuestras espaldas al Santo Cristo del Garrote.

--La verdad es, chiquillo--repuso Celso poniéndose serio también,--que á

Nolo le zumba el alma con el palo en la mano.

--¿Que si le zumba!--exclamó Quino aceptando, sin comprenderlo, el

lenguaje pintoresco de su amigo.--Habías de verlo desenvolverse como yo

le he visto el año pasado en la romería del Otero. Tenía seis hombres

encima de sí y no de los peores de Rivota. Pues no les volvió la cara,

ni creo que la hubiera vuelto aunque fuesen doce. ¡Qué modo de

revolverse! ¡qué modo de brincar! ¡qué modo de dar palos! ¿Veis un oso

cuando los perros le acometen después de herido, y al primero que se le

acerca le da un zarpazo y lo tumba y los otros ladran sin atreverse á

entrar hasta que uno más atrevido se lanza y vuelve á caer? Pues así

estaba Nolo en medio de aquellos mozos... Pero el palo restalla y se le

quiebra en las manos... Ya está perdido... ¡Ahora si que le van á moler

las costillas!... ¡Ca!... Más de prisa que te lo cuento da un salto

adelante, arranca el palo á un mozo, vuelve á saltar atrás y empieza á

sacudirlo como si fuese un junco del río. ¡Muchachos, en verdad os digo

que era gloria el verlo!... Yo estoy en fe de que en toda la parroquia

de Villoria no hay ahora ninguno capaz de ponerse delante de Toribión de

Lorío más que él... y ¿por qué no hemos de ser francos? tampoco en la de

Entralgo.

Bartolo dejó escapar un bufido dubitativo.

--¿Qué gruñes tú, burro, qué gruñes?--exclamó Quino con rabia.--¿Acaso

piensas tú ponerte delante de Toribión?

--No sería la vez primera.

Quino y Celso cambiaron una mirada y sacudieron la cabeza entre

irritados y alegres.

--No sería la vez primera--repitió Bartolo sin advertirlo.--Una noche

que fuí á cortejar á Muñera tropecé con él cerca de Puente de Arco. Al

revolver el camino vi á los pocos pasos un bulto muy grande, como si

fuese un buey puesto en dos pies...--¡Alto!--me gritó tapando el

camino.--¿Quién eres y adónde vas?--Soy el hijo de mi padre--respondí--y

voy adonde me da la gana.--Pues por aquí no pasa nadie que no se quite

la montera y dé las buenas noches.--Pues ahora va á pasar uno sin

quitarse la montera.--¿Quién va á ser?--Mi persona... Y revolviendo el

garrote le doy con toda mi fuerza en el brazo y le hago soltar de la

mano el suyo. En seguida le arrimé tres ó cuatro vardascazos en el

cogote.--Toma, para que te acuerdes del hijo de la tía Jeroma.--¿Pero

eres tú, Bartolo?... Perdona, hombre, no te conocía. Y viene y me da la

mano diciéndome:--Yo contigo nunca tuve sentimiento alguno. Siempre te

estimé aunque seas de Entralgo, porque los mozos plantados y valientes

como tú se estiman... vamos... y parecen bien donde quiera que

vayan.--Eso está bien hablado, Toribio--le contesté,--y si hubieras,

hablado siempre así yo no hubiera alzado el garrote.

Quino y Celso, que le habían estado mirando con estupor durante el

relato, soltaron al cabo una estrepitosa carcajada. Bartolo volvió la

cabeza.

--¿De qué os reís?

--¿De qué ha de ser? ¡De ti!--respondió su primo.

--¿Sabes lo que te digo, Bartolo?--manifestó Celso con mucha calma.--Que

si Toribión te sopla así _(y le sopló en el cogote)_ te apaga como la

luz de un candil.

Habían llegado ya á las alturas que dominan el lugar de Villoria. La

cañada se ensanchaba un poco allí y en las amenas praderas que el

riachuelo dejaba á entrambas orillas estaba asentado el pueblo, el más

grande y poblado después de la capital. No quisieron bajar á él, porque

de la fidelidad de sus campeones estaban seguros. Prosiguieron su camino

por las cumbres hacia Fresnedo, que se hallaba mucho más alto. El sol

descendía ya un poco del cenit cuando llegaron á él.

Estaba colgado más que plantado el caserío en las estribaciones de la

gran Peña-Mea. Era también extendido, aunque no tanto como Villoria.

Antes de penetrar en él nuestros embajadores conferenciaron brevemente,

decidiendo ir derechos á casa de Jacinto, no tanto por ser uno de los

mozos más recios y valientes que allí habitaban, como por el parentesco

que le ligaba con Nolo de la Braña. Pero antes de trasponer las primeras

casas tropezaron con el mismo Jacinto que venía guiando un carro de

yerba. Era un hombre por la estatura, un niño por la frescura y la

inocencia esparcidas por su rostro; los ojos azules, el cabello rubio,

el cutis terso y brillante como el de una zagala. Y con esta apariencia

afeminada uno de los guerreros más bravos de la comarca.

Detuvo el carro que chirriaba de un modo ensordecedor, y delante de los

bueyes, apoyado con entrambas manos en la vara larga que traía para

aguijarlos, escuchó sonriente y benévolo la proposición de los de

Entralgo.

--Por mí ya sabéis que no se queda nada. Subid á la Braña, y si mi primo

Nolo está conforme, yo también lo estoy.

Se dieron la mano, el carro volvió á rechinar y los embajadores

comenzaron á subir la empinada senda que conducía á la Braña. Se

encontraban ya en plena montaña. Delante la gran Peña-Mea que parecía

echárseles encima; detrás verdes praderas en declive, torrentes

espumosos, gargantas estrechas, sombra, frescura, gratos olores, un

silencio augusto y solemne que sólo interrumpían de vez en cuando las

esquilas del ganado ó el lejano chirrido de alguna carreta. La brisa,

cargada de aromas, templaba el rigor de los rayos solares. Repartidos

por los montes, en las mesetas y hondonadas, algunos caseríos rodeados

de castaños y nogales.

Los tres viajeros se detenían á menudo á tomar aliento y se sentían

gozosos. El olor penetrante del heno les embriagaba, les hacía sonreir.

El mismo Celso, enamorado de la tierra del sol y las aceitunas, no podía

sustraerse al hechizo de aquellas montañas frescas y virginales. Y la

perspectiva de lograr su propósito contribuía más que nada á ponerles

alegres.

Al cabo llegaron á la Braña. Sólo se componía de tres casas asentadas

sobre una pequeña meseta al pie mismo de la Peña-Mea. Cuando el tío

Pacho, padre de Nolo, se había ido á vivir allí con su mujer, hacía

treinta años, no había más que una mísera cabaña de madera. Gracias al

esfuerzo tenaz, incansable, rabioso de los dos cónyuges, aquello había

prosperado lindamente. El tío Pacho se quebraba los riñones cercando y

rompiendo terreno comunal para ponerlo en cultivo, plantando avellanos,

construyendo almadreñas; la tía Agustina, su mujer, cuidando el ganado,

hilando, fabricando quesos y mantecas que llevaba los jueves á vender á

la Pola. Y sin permitirse ni uno ni otro el más insignificante regalo,

ni una copa de aguardiente, ni una onza de chocolate. Aquella vida de

esfuerzos y privaciones tuvo al fin su recompensa. Los vecinos del

llano, que disfrutaban fértiles vegas y praderas riquísimas de regadío,

se dieron un día cuenta con asombro de que el tío Pacho de la Braña era

el paisano más rico de Villoria. Poseía más de treinta cabezas de ganado

mayor, casa, huerta, algunos campos extensos, muchos castañares y sobre

todo un número tan considerable de emparrados de avellana que le hacía

recoger algunos años cuarenta cargas de esta fruta. ¡Y en aquella época

valía la carga veinte duros! Así que, al casarse su hijo mayor, el tío

Pacho construyó una casa de piedra al lado de la suya para que se

acomodase. Hizo otro tanto al casar á su hija. Y cuando á su tercer

hijo, Nolo, le tocó en suerte el ir de soldado, el viejo aldeano montó á

caballo y alegre como si fuese á una romería depositó en las oficinas de

Oviedo trescientos duros en doblones de oro para redimirle del servicio.

La abundancia y la alegría reinaban en aquellas tres casas. Se trabajaba

tan firme como en los primeros tiempos; pero al soltar la azada ó la

guadaña, los hombres encontraban sobre el lar la comida sazonada y

humeante, el jamón añejo, el queso fresco, la sidra espumosa. Después de

la cena se reunían todos en casa del padre, y mientras los cuatro

hombres, sentados en tajuelas frente al fuego, departían gravemente

sobre la faena del día siguiente, la madre y la hija, hilando un poco

más allá, no perdían de vista á los niños que correteaban por la vasta

cocina. Al cabo se rezaba el rosario. Cada cual se iba después para su

casa y tranquilos y felices dejaban caer sus miembros fatigados sobre

dos blandos colchones, tan blandos y esponjados como pudieran tenerlos

el juez de la Pola ó el capitán de Entralgo.

Los enviados rodearon la huerta y desembocaron en una espaciosa

corralada abierta delante de las tres casas. En medio de ella, en mangas

de camisa y con la cabeza descubierta, estaba Nolo partiendo leña. Al

sentir el ruido de los pasos enderezó el cuerpo, se apoyó con una mano

sobre el hacha y los miró sorprendido. Era un mozo de veintidós años, de

elevada estatura y gallarda presencia, la tez blanca, las facciones

correctas, los cabellos negros y ensortijados, los ojos grandes y negros

también y de un mirar franco no exento de fiereza. Por debajo de la

abierta camisa se veía un pecho levantado de atleta. Los brazos,

redondos y vigorosos, acusando tanta flexibilidad como fuerza. Su

actitud noble y tranquila, su belleza imponente traían al recuerdo la

imagen del dios Apolo cuando desterrado del Olimpo sirvió de pastor en

casa de Admeto, rey de Tesalia.

--Bien venidos seáis, amigos. ¿Qué os trae por estos sitios tan

altos?--dijo, y arrimando el hacha al copudo castaño debajo del cual

trabajaba vino hacia ellos y les apretó la mano.

--¿El gusto de verte no vale la pena de subir tan alto?--respondió

Celso.

--No en verdad, sobre todo con tanto calor--replicó Nolo.--Pero de todos

modos, bien venidos seáis, os digo, porque aunque un poco enfadado con

los de Entralgo, á vosotros os estimo como á mis vecinos.

--Gracias, Nolo; sobre eso mismo te venimos á hablar--manifestó Celso.

--Bien está; ¿pero no será mejor que antes bebamos unos vasos de sidra y

os refresquéis un poco?

Los enviados cedieron con gratitud. Nolo entró en la cocina de su casa y

salió con algunas tajuelas. Sobre ellas se acomodaron los viajeros á la

sombra del árbol. No tardó en llegar la tía Agustina con un jarro de

sidra.

--Madre, tráiganos usted también pan y queso y algunos chorizos, porque

éstos son amigos á quienes yo estimo por encima de todos los del llano.

La tía Agustina los saludó cariñosamente. Cediendo á las instancias de

su hijo, se presentó inmediatamente con un enorme pan de escanda tan

oscuro como sabroso, y poco después un queso fresco y chorizos,

fabricado todo de sus manos.

Cuando hubieron comido y bebido según su apetito, Quino, el más prudente

y el más ingenioso de los hijos de Laviana, tomó la palabra y dijo:

--Dios te guarde, Nolo, y á tus padres y á tus hermanos. San Antonio

guarde también al ganado que tenéis en la cuadra. Amigos somos desde que

ni tú ni yo levantábamos una vara del suelo y nos metíamos en los

zarzales buscando nidos y cortábamos cañas de saúco para hacer

tira-tacos mientras nuestros padres aserraban algún haya para hacer

madreñas. Que tú lo eres nuestro tampoco hay que dudarlo. Sólo á los

amigos se les recibe y se les convida del modo que acabas de hacerlo.

Por eso nos duele mucho que desde hace una temporada no nos ayudes en

las romerías y dejes que los de Lorío nos lleven por delante, y no sólo

á nosotros, sino á tus mismos vecinos de Villoria y Tolivia, que en la

función del Obellayo ya sabes que corrieron tanto ó más que nosotros. No

hay un solo mozo en la parroquia de Entralgo que no esté en fe de que si

vosotros hubierais entrado en la gresca no se hubieran reído de

nosotros. Porque, te lo digo en conciencia, te lo digo en verdad, los de

Fresnedo y Riomontán sois la nata de Villoria, y tú, Nolo, vales más que

ninguno de ellos.

¿Qué respondiste tú, valeroso Nolo, á tan hábil y halagüeño discurso?

Rechazaste con un gesto de modestia aquellas merecidas alabanzas y con

amable sonrisa, pintándose en tus ojos una suave ironía, dijiste:

--Mucho me admira, amigos, que los mozos del llano, tan plantados y tan

galanes, los que cantan en las esfoyazas y echan _¡ijujús!_ en las

romerías y ponen el ramo á las mozas y se crían tan rollizos con las

truchas del Nalón y la carne de los terneros, se acuerden siquiera de

estos pobretes de los altos. Si ellos, criados con tajadas y vino de

Toro, no pueden contener el empuje de los de Lorío, ¿cómo han de poder

estos míseros aldeanos criados con castañas y borona y el suero de la

leche?

--Lo mismo los del llano que vosotros los del monte todos conocemos el

gusto de la borona y las castañas--replicó Quino.--No está bien, Nolo,

que te burles de nosotros, pues allá todos te estimamos. Los de

Fresnedo, los de Riomontán, los de las Meloneras y las Bovias, lo mismo

que los de Villoria y Tolivia, todos habéis sido siempre unos con

nosotros. Juntos han peleado nuestros abuelos, juntos nuestros padres y

juntos hemos estado también nosotros siempre cuando llegaba el caso de

andar á garrotazos. ¿Por qué ahora andamos apartados? Por un pique que

no merece la pena de mentarse, por una miseriuca...

Quedó serio repentinamente Nolo. Sus ojos adquirieron una expresión

altiva y desdeñosa, y mirando por encima de las cabezas de los enviados

hacia lo alto profirió con voz firme:

--No has faltado á la verdad, Quino, cuando has dicho que siempre hemos

estado juntos en las bullas. Los del alto nunca echamos el cuerpo fuera

mientras se repartía leña y á nosotros nos ha tocado tanta ó más que á

vosotros. En la romería de Lorío el año pasado molieron sobre mí unos

mozos como si estuvieran trillando trigo. En más de una semana no pude

hacer labor alguna porque estaba derrengado. Á mi primo Jacinto le

dejaron en Rivota más blando que un higo. Ni para dar ni para recibir

garrotazos hemos tenido duelo de nuestros huesos... Pero sí has faltado

á la verdad al decir que estamos apartados por una miseria. ¿Cómo? ¿Es

una miseria el dejar á uno solo cuando más necesita de la ayuda de los

amigos? Al comenzar la jarana con los de Aller había sobre la campera

más de veinte mozos de Entralgo y Canzana. Un minuto después ya no había

ninguno. ¿Dónde se metieron? Si os llamáis amigos nuestros, ¿por qué no

lo demostráis cuando llega el caso? ¿Pensáis que los palos de los de

Aller no duelen como los de Lorio? ¿Ó es que solamente somos amigos

cuando nos encontramos allá á la orilla del río, y acá sobre los picos

ya no nos conocemos?

A medida que hablaba, Nolo se había ido exaltando. Las mejillas se le

habían encendido, los ojos brillaban: la ira hacía estremecer sus

labios.

No las razones sutiles y el arte y el ingenio de Quino, no las bromitas

saladas de Celso ni las súplicas ardientes del temerario Bartolo

consiguieron aplacar la cólera del héroe de la Braña. Estaba resuelto á

no tomar parte ahora ni nunca en las contiendas de los de abajo.

--Pero si tú no quieres ayudarnos, tampoco querrán los de

Fresnedo--apuntó Quino.

--Yo hablo por mí. Los demás que hagan lo que les parezca--repuso Nolo

alzando los hombros con desdén.

Guardaron silencio los enviados. Al cabo, profundamente tristes, se

vieron obligados á despedirse. Antes de partir, Nolo les ofreció otro

vaso de sidra que bebieron pensativos y callados.

--De todos modos--manifestó aquél sonriendo de nuevo--¡hasta luego!

--¡Se supone! Ya tienes en la lumbrada quien te aguarde, grandísimo

zorro--exclamó el chispeante Celso metiéndole el palo por el vientre á

guisa de caricia.

II

La lumbrada.

Cuando los diputados llegaron á Entralgo, el sol había traspuesto ya las

colinas por el lado de Canzana. Reinaba extraña y gozosa animación en el

lugar. Linón de Mardana, uno de los criados del capitán, acababa de

traer la última carga de tojo y árgoma. El montón, situado en uno de los

ángulos de la plazoleta, era en verdad enorme, imponente. En torno de él

saltaba y voceaba un enjambre de chiquillos.

La casa del capitán, que aquellos cándidos aldeanos solían llamar

palacio, era un gran edificio irregular de un solo piso con toda clase

de aberturas en la fachada, ventanas, puertas, balcones, corredores,

unos grandes, otros chicos; de todo había. Parecía hecho á retazos y por

generaciones sucesivas. Los corredores, con rejas de madera, estaban

adornados con sendas cortinas de pámpanos entre los cuales maduraban

unas uvas dulces y exquisitas que D. Félix estimaba más que á las niñas

de sus ojos. La plaza que se abría delante de este edificio era el sitio

más amplio y desahogado del pueblo. Y por eso y por el respeto cariñoso

que su dueño inspiraba el destinado desde tiempos antiguos para los

recreos del vecindario.

Sentados bajo los corredores ó recostados contra la tapia de la pomarada

había ya muchos grupos de hombres y mujeres. Á uno de estos grupos,

compuesto de jóvenes de veinte á veinticinco años, se acercaron los tres

embajadores para comunicarles la negativa inflexible de Nolo de la

Braña. Sus corazones se llenaron en seguida de tristeza y consternación,

presagiando horribles desastres.

Por el medio cruzaban á cada instante buhoneros, tenderos, vendedores de

vino y sidra que, alojados ya en las casas de algunos vecinos, llevaban

sus mulas á beber al río. Y entre las mozas trashumantes y los jóvenes

indígenas se cambiaban frases más ó menos galantes y bromitas más ó

menos ingeniosas. Sobresalía entre todos por la malicia, tanto como por

el donaire, un hombre que se hallaba sentado á la puerta misma de la

casa. De treinta y cinco á cuarenta años de edad, flaco, rasurado al

estilo campesino, dejando no obstante unas cortas patillas por bajo de

las sienes para sentar que no lo era, de ojos pequeños y aviesos que

bailaban constantemente de un lado á otro en busca de alguna víctima, de

pelo ralo y labios finos contraídos por sonrisa burlona. Su traje no era

de aldeano ni de caballero: chaqueta de pana, pantalón largo, botas

altas y sombrero de fieltro: colgando por encima del chaleco una gran

cadena de plata para el reloj. Llamábase Pedro Regalado. Procedía de

Villoria: había ido al servicio: llegó á sargento: cuando vino hizo la

corte al ama de llaves del capitán: se casó con ella: D. Félix le hizo

su mayordomo. Gracias á esta posición gozaba de preeminencia entre el

paisanaje, al cual pertenecía por el nacimiento y al cual no trataba con

excesiva consideración. Galanteador sempiterno, rendido adorador del

bello sexo, su digna esposa la buena D.ª Robustiana sufría con él la

pena negra, necesitando vivir noche y día alerta para desbaratar sus

planes artificionos de seducción. El tiempo que le dejaban libre sus

ocupaciones, que era la mayor parte del día, pasábalo sentado á la

puerta de la casa en la misma forma que ahora, recreándose en dar vaya á

cuantas personas cruzaban por delante ó en piropearlas si el transeunte

acertaba á ser alguna zagala fresca y sonrosada. Por eso se le temía y

se le huía como á mosca de cuadra. Algunos, viéndole de lejos, solían

volver los pasos atrás y dar un rodeo para ir al río ó á la fuente.

--¡Eh! ¡eh! mozos--gritó desde su silla al grupo de jóvenes que se

hallaba enfrente al lado de la tapia de la pomarada.--¿Á que os huele la

cabeza hoy á roble ó á espino?

Los chicos, entre los cuales se hallaban Quino, Celso y Bartolo, le

dirigieron una mirada de soslayo y no se dignaron contestar.

--¿Sabéis lo que yo haría en vuestro caso ahora mismo?--prosiguió en

alta voz.--Pues me iría á casa, comería los puches, orinaría y me

metería en la cama......Porque es triste que le anden á uno con las

costillas en día tan señalado. Si mañana fuese día de trabajo, vaya con

Dios. ¡Que segara el diablo por uno! Pero teniendo que mascar la torta

por la mañana y las rosquillas por la tarde y ponerse el chaleco

floreado y la montera de los días de fiesta, no parece bien llevar las

espaldas rameadas de vardascazos. Tú, Quino, ¿cómo te vas á presentar

delante de Telva con un chichón en la frente? Y tú Bartolo, ¿con qué

garbo vas á bailar en la romería si te dejan más derrengado de lo que

estás?

Iba á responder éste, acometido de súbita indignación, pero Quino,

ilustre siempre por su prudencia, le sujetó por la manga de la camisa

diciendo en voz baja:

--¡Déjalo! ¡déjalo! Es peor.

Se hicieron, pues, los suecos. Regalado prosiguió su monólogo que hacía

volver la cabeza y sonreir á los que estaban cerca. Afortunadamente

para los mancebos acertó á cruzar por allí con un caldero en la mano

Maripepa. Era ésta una mujer de cuarenta años lo menos, fea, coja,

desdentada, á pesar de lo cual no había en Entralgo zagalilla más pagada

de su beldad. Regalado se fingía enamorado profundamente de sus gracias,

la seguía, la requebraba y á veces le daba también serenata á la puerta

de su casa con la flauta, pues era diestro tañedor de este instrumento.

Maripepa había llegado á creer en su pasión, y aunque no la alentaba,

porque el mayordomo de D. Félix era casado, la agradecía mostrándose con

él afectuosa y compasiva. Los vecinos encontraban la broma sabrosa. En

vez de desengañar á la pobre mujer, la enredaban más en ella. Fácil es

que aunque tratasen de impedirlo no lo consiguiesen; porque la

presunción y simpleza de la coja eran realmente increíbles.

--¡Aquí está lo que yo esperaba!--exclamó Regalado en alta voz.--Nada

más que para esto he pasado tres horas sentado, dejando mis labores

abandonadas. Pero todo lo doy por bien empleado porque al cabo logré ver

á la gracia de Dios.

--Vaya, vaya, déjeme usted en paz que tengo prisa. Pero no se movía.

Plantada en medio de la plazoleta, con el cuerpo entornado por la cojera

tanto como por el peso de la vasija, estirado el cuello rugoso y la

oscura boca abierta para sonreir, parecía aquella mujer un endriago.

Regalado se levantó de la silla y vino hacia ella y comenzó á hablarle

en voz baja para mostrar reserva. Maripepa, agradecida, á esta

deferencia, le respondía en voz baja también. Parecían dos enamorados

abstraídos del resto del mundo. Todos los rostros estaban vueltos hacia

ellos. En cada grupo se comentaba con reprimida algazara aquel coloquio

de amor.

Pero he aquí que de uno de ellos sale una voz gritando:

--¡Maripepa, que ahí viene Pacha!

Oirlo aquélla y emprender rauda carrera, todo lo rauda que le consentía

su pierna defectuosa y el peso que llevaba, fué todo uno.

En efecto, una mujer de bastante más edad, aunque no tan fea, venía

corriendo hacia ellos. Era su hermana mayor, la cual creía también en la

pasión de Regalado, pero que lejos de alentarla se mostraba exasperada,

furiosa. Pasó como un torbellino en persecución de la incauta doncella

gritándole con acento amenazador:

--¡Aguarda, aguarda; yo te arreglaré, grandísima pícara!

Los vecinos se retorcían de risa. Nadie sabía cuál de las dos mujeres

era más simple. Solteras ambas, vivían juntas, manteniéndose de una

escasa labranza y del trabajo de Maripepa que era habilísima tejedora.

Todo lo que hilaban las mujeres en Entralgo y Canzana lo convertía ella

en tela. Pacha, que le llevaba diez ó doce años, cosía por las casas y

ejercía el mando de la suya. Pero lo que le daba más que hacer, lo que

la tenía inquieta siempre y recelosa era la guarda de Maripepa, una niña

que no acababa de sentar la cabeza. Siempre vigilante, siempre detrás de

ella á fin de que no cayese en las redes que por todas partes le tendían

sus apasionados. Porque no sólo era Regalado quien osaba turbar su

cándido corazón. Otros había que, guiados del mismo frenesí, le ponían

claveles en la ventana, plantaban ramos delante de su casa y le cantaban

al oído lisonjas y requiebros Dios sabe con qué torpes fines.

El jocoso mayordomo iba á caer de nuevo sobre el grupo de jóvenes

guerreros cuando por el camino del río, desembocando ya en la plazuela,

vió llegar á Eladia con una herrada sobre la cabeza. Era una joven de

tez morena y no desprovista de gracia.

--Adiós, Eladia, hija mía. Saluda á los amigos, mujer. No sé por qué te

pones tan seria cuando está Quino delante.

--Adiós. Yo no me pongo seria--manifestó la joven poniéndose no sólo

seria sino encrespada.

--Si estás enojada porque haya salido hoy del pueblo, puedes

tranquilizarte. No ha tomado el camino de Canzana: yo mismo le he visto

seguir el de Villoria.

La joven se puso roja como una amapola y con semblante airado respondió

encarándose con el mayordomo:

--Á mí no me importa el camino que toman los demás. Eso queda para usted

que pasa la vida fisgando cuanto entra y cuanto sale y averiguando lo

que hay y lo que no hay.

Quino había festejado por mucho tiempo á aquella joven, su vecina, y aún

seguía festejándola con intermitencias; pero su corazón inconstante

volando hacia cuantas bellas acertaba á encontrar le causaba mil

tormentos. Ultimamente se había prendado de una niña de Canzana, llamada

Telva, y por ella la tenía casi olvidada. El dardo de Regalado la había

herido, pues, en lo más vivo.

--No te enfades, mujer. Porque te quiero bien y me pesa que tomes

disgustos sin motivo es por lo que te he prevenido. No faltaría alguno

que te fuese con el cuento desfigurando lo que ha pasado...

--Vuelvo á decirle--replicó la joven con más ira todavía,--que todo lo

que usted me cuenta me tiene sin cuidado. Más que pasar la vida sentado

en una silla metiéndose con todo el que pasa, le estaría mejor ocuparse

en sus labores... Pero como está usted ocioso, bien comido y bien

bebido, salta y brinca como el ganado cuando tiene lleno el pesebre.

¡Ah, Cristo, si usted majara terrones como en otro tiempo, qué poco se

cuidaría de los que van á su trabajo!...

D.ª Robustiana, que había oído las últimas palabras de la chica, se

presentó á la puerta de la casa.

--¡Pero, hombre, que siempre te has de entretener en mortificar á

cuantos cruzan por aquí!... No le hagas caso, Eladia, hija mía; cuanto

más enfadada te vea, más gusto le has de dar.

--¡Ya, ya!... Todo es que está muy holgado. Cuando el diablo no tiene

qué hacer, con el rabo espanta las moscas.

Regalado se mostraba gozoso al ver tan irritada á la muchacha. Los demás

reían. Á D.ª Robustiana le costaba trabajo igualmente reprimir una

sonrisa. Le hacían mucha gracia las bromas de su marido, aunque por

naturaleza fuese mujer de carácter apacible y bondadoso. Tenía alguna

más edad que él y era gorda y vestía al mismo tenor, un traje intermedio

ni de señora ni de aldeana.

Alejóse Eladia murmurando. Quino había desaparecido. Poco á poco también

fueron abandonando la plazoleta cuantos en ella había, pues la noche iba

cerrando y la cena les esperaba. Al cabo Regalado se levantó y tomando

la silla se introdujo con ella en casa y cerró la puerta.

Por espacio de una hora todo quedó en silencio. De pronto se oyó del

lado de allá del río en el camino de la Pola el estampido de un cohete.

Un estremecimiento de júbilo cruzó por las casas del lugar. Los niños

saltaron de sus asientos sin querer terminar la cena: los grandes

salieron también á la puerta con el bocado en los dientes. No tardó en

percibirse el dulce, lejano son de la gaita.

--¡Ya están pasando la barca!--gritaban los chiquillos.

Para comunicarse con la Pola el pueblo de Entralgo no tenía puente. Se

necesitaba subir dos kilómetros río arriba para hallar uno de piedra de

antiquísima construcción. Y como era molesto el rodeo, los vecinos de la

parroquia y también los de Villoria utilizaban una barca.

El estampido de los cohetes se fué aproximando y los sonidos de la gaita

haciéndose más claros. Cuando el grupo de gente de la Pola, en cuyo

centro venían el gaitero y el tamborilero, desembocaron en la plazuela,

se hallaba ya ésta poblada de hombres, de mujeres y niños, aunque

todavía predominasen éstos. Linón de Mardana se dirigió con su tridente

á la gran pirámide de árgoma, tomó de ella una razonable cantidad, la

colocó en el centro y dió fuego. Una inmensa hoguera se produjo

instantáneamente. Sus chispas volaron por el aire como estrellas

filantes. Un grito de entusiasmo se escapó de todos los pechos. Á este

grito se unió el redoble del tambor y las agudas notas de la gaita. Los

rostros iluminados por aquella viva luz resplandecían de placer. Todos

hablaban, todos reían formando gozosa algarabía. Al poco rato comenzaron

á desembocar por el camino de Canzana numerosos grupos de este pueblo

que se unían á los de abajo: las mozas buscaban á las mozas: los viejos

á los viejos. Algunos jóvenes comenzaron á saltar bravamente por encima

de la hoguera valiéndose de sus largos palos. Unos lo hacían bien y eran

aplaudidos: otros se chamuscaban un poco y excitaban risa y algazara.

Pronto se organizó el baile. Próximos á la lumbrada se colocaron en dos

filas los mozos y las mozas y viva y concertadamente cada cual frente á

su pareja comenzaron á bailar. Entre ellas y ellos había extremados

bailarines. Mas entre todos como el roble entre los maíces descollaba

nuestro famoso Quino. ¡Qué garbo! ¡qué brío! ¡qué variedad increíble de

figuras! Los ojos una vez posados sobre él, no querían apartarse. Pero

¿quién es su pareja? ¿Quién ha de ser? ¡Telva, Telva de Canzana, que

orgullosa de su triunfo no le cae la sonrisa de la boca, mientras su

afligida rival, la pobre Eladia, se mantiene oculta en el rincón más

oscuro de la plazuela!

En torno del baile se había agrupado mucha gente. Para hablarse

necesitaban gritar, porque el ruido del tambor y la gaita y las

castañuelas era ensordecedor. De vez en cuando se producía viva

llamarada en uno de los ángulos de la plazoleta, subía un cohete y

estallaba en el aire. Era Celso, quien, despreciando el bailotéo por

grosero y prosaico, se entretenía en dispararlos rodeado de niños. Tanto

ruido y algazara fué causa de que no se advirtiese en un principio la

llegada de la juventud de Lorío y Condado. Se presentaron en gran

número, silenciosos, fatídicos. En vez de acercarse á la lumbrada y

tomar parte en el regocijo se mantuvieron lejos, en la sombra, formando

una espesa falange cuya cola ó retaguardia se perdía en el camino fuera

ya de la plazuela. Apoyados con ambas manos en sus largos palos de

avellano, inmóviles, las picudas monteras alzando sus puntas negras y

siniestras á los resplandores de la hoguera, ofrecían un aspecto

pavoroso. Si cupiera el pavor en un corazón magnánimo, diríamos que

Quino lo había sentido. Porque al volver los ojos en una de sus

graciosas volteretas y percibir la falange de sus contrarios, dejó caer

los brazos con abatimiento. Sus movimientos fueron desde entonces más

lentos y desmayados. Pero ingenioso siempre y fértil en intrigas,

aprovechó un momento de respiro en el baile para dirigirse al grupo de

sus enemigos y en tono franco y afectuoso les dijo:

--Amigos, ¿no queréis bailar? Sentadas por ahí se ven todavía muchas

guapas mozas que no tienen pareja. Y si os faltaran, nosotros estamos

dispuestos á cederos las nuestras.

Los de Lorío respondieron con un sordo murmullo negativo. Y

permanecieron en la misma actitud retraída, imponente.

No desmayó por esto el prudente Quino. Su cerebro artificioso le sugirió

al instante nuevo recurso. Pretextando un quehacer cedió la pareja á su

primo Bartolo, y haciéndose escanciar dos vasos de sidra por Martinán el

tabernero, que había colocado debajo del corredor de D. Félix algunos

garrafones para el servicio del público, se dirigió con ellos á Toribión

de Lorío y á Firmo de Rivota, que se hallaban en primera fila y

cortésmente les invitó á beber.

--Gracias--respondieron con marcada displicencia.--No tenemos sed ahora.

Entonces Quino comprendió que el asunto se ponía serio. Echó una mirada

en torno. Vió que de Villoria había acudido poca gente: de los altos,

ninguna: de Canzana mismo faltaban los más aguerridos. Y sintió cierto

malestar muy explicable, que nadie por supuesto confundirá con el miedo.

La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas · 第 1 / 21 段