á sentir la atracción del abismo: quisiera descender, sin guía, sin
las grapas de hierro que aseguran la pisada en el hielo, por esa
vecina torre de madera cuya escalereja en espiral conduce á la cueva.
En suma, con tiento y precaución, y, si necesario fuese, bajando
sentado, una por una, las gradas más resbaladizas, no ha de ser
empresa sobrehumana; según las guías oficiales, no hay peligro en
ningún tiempo, la luz exterior penetra por las troneras abiertas en
cada piso ... Me resuelvo: preveo que me maldeciría después por haber
retrocedido. Y, efectivamente, la doble operación, más fácil aún á la
subida, resulta un poco larga, pero sin inconveniente mayor. Doy fondo
al cuarto de hora, y, por un pasadizo algo accidentado á mi derecha, me
encuentro en la gruta famosa, debajo de la catarata: deslumbrado por
el cuadro, aturdido por el rumor potente que nace aquí mismo,—acaso
un tanto nervioso y dotado de esa mórbida lucidez que casi linda con
la alucinación. El frío es intensísimo, y con la humedad congelada
en mi sobretodo paréceme que revisto una coraza. Para reaccionar,—ó
persuadirme de que reacciono—enciendo un cigarrillo y me pongo á
«batir la suela» á lo largo de esta esplanada polar.
El espectáculo, según todos han dicho, es asombroso en pleno día de
verano: en esta soledad nocturna, al resplandor de la luna boreal,
reviste una irrealidad de fantasmagoría, una extrañeza única. Pero lo
único es por esencia lo inefable, puesto que, siendo todos nuestros
balbuceos simples reminiscencias, aquí falla cualquier término de
comparación. Más vale entonces, sin empeñar una lucha imposible,
procurar la expresión breve y sencilla que, si no presenta á la vista
el mágico cuadro, lo sugiera al menos á la imaginación fecunda[78].
El ancho cobertizo abovedado en que me encuentro se desploma ocho ó
diez metros fuera de la pared vertical, levantándose cerca de veinte
sobre el resalto en talud que desciende hasta la sima: es el caveto
colosal, formado por erosión en la arcilla esquistosa, de una cornisa
ciclópea cuya platabanda superior, de estratos calcáreos duros como
granito, forma hasta el mismo salto el lecho del río. En el receptáculo
de la catarata, que cae delante de mí con un tumulto atronador, el
choque formidable roe la blanda capa arenisca (_sandstone_), cavándola
sin tregua hasta que por su propio peso se derruya el resalto que me
sustenta ahora; y así continúa la obra de mina hasta que el borde
superior se derrumbe á su vez, trasladando la catarata unos dos metros
por año hacia los rápidos y el lago Erie, y, por tanto, reduciendo
progresivamente su altura[79].
Á la gloriosa luz de un día de verano, consiste sin duda la belleza
del cuadro en ver despeñarse el enorme raudal de 10.000 metros cúbicos
por segundo, y contemplar el sol al través de la líquida masa irisada
y transparente que se aplasta en el hondo hervidero. Muy otro es el
carácter de la escena presente.—La napa americana, relativamente
delgada, y dividida ahora por los _séracs_ de la cornisa, abre sus
diez cascadas parciales que sólo juntan sus espumas en el embudo
receptor; es sobre todo la catarata canadiense la que levanta á la
izquierda el formidable estruendo. Pero no hay esplendor veraniego ni
gala primaveral que pueda equipararse, por la novedad del conjunto y
la emoción intensa que produce, al fantástico palacio del Invierno
que me rodea y cuyos prodigios sobrenaturales parece que sólo se
desplegasen para mí. Forman amplio propíleo de hielo, al borde del
abismo, altísimos pilares estriados y truncas columnas salomónicas, en
cuyos intervalos azulados flotan los cortinajes de las reverberantes
cascadas, tendidas y rayadas como largas urdimbres en sus telares
gigantescos. De las grietadas paredes y peñascos laterales que
obstruyen la corriente, se escapan cintas diáfanas que los destellos
lunares animan y colorean á manera de fuentes luminosas. Junto á
los bloques informes que se acumulan en este peristilo, y parecen
escombros del edificio interrumpido, redondeadas estalagmitas yerguen
sus ánforas y balaustres; otras remedan candelabros enormes, cipos de
mármol sepulcral,—y la imaginación enfermiza evoca leyendas seculares,
catástrofes antiguas y recientes que podrían tener aquí su panteón
... Pero hacia la bóveda de concha es donde se ostenta la caprichosa
riqueza de esta arquitectura invernal: las mil estalactitas destiladas
por la roca calcárea se han cubierto de florones y arabescos,
coagulando durante meses los vapores que la catarata difunde por la
atmósfera, y, desde la cornisa invisible, se descuelgan fajas y bandas
en festones, suntuosos mantos de armiño, doseles y caladas cenefas
en los intercolumnios, lámparas de alabastro que destilan diamantes
líquidos y cuyos caireles cristalinos espejean al resplandor astral ...
Esta, en verdad, es la hora propicia é ideal para admirar la mágica
platería de escarcha: por incoloros y débiles que fueran, paréceme
que los rayos del sol alterarían su marmórea sublimidad. Todo es aquí
glacial y funerario, las mismas sombras proyectadas irradian palidez
crepuscular: sólo la fría y casta luna puede agregar una armonía á la
helada pompa nocturna, abrillantando de satinada blancura la blanca
matidez del ventisquero, y derramando sobre el paisaje fantasma el
misterio de su poesía espectral ...
Pero es tiempo de volver, si no quiero quedar adherido al pavimento y
agregar una estatua de hielo á la colección. Al encontrarme arriba,
pisando el suelo firme de la isla, me confieso _in petto_ que también
tiene su poesía el calorífero del hotel. Me meto en el trineo y,
durante los minutos del trayecto, evoco no sé por qué á ese extraño
peregrino perturbado y perturbador, acaso el mayor poeta del siglo con
su prosa cantante y rítmica, en todo caso el más sincero y conmovido,
á despecho ó á causa de su engañosa imaginación: al que vino aquí
mismo hace un siglo, vivió algunos días entre los indios del Niágara
y preparó, silencioso é ignorado, en la entonces virgen soledad, esa
paleta rutilante con que iba á deslumbrar al mundo. Él era joven;
escuchaba la voz de su «silfo» augural que le decía: _¡Tu serás rey!_
Relámpagos de esperanza iluminaban su precoz desencanto, y sabía ya
que la gloria le devolvería «lo que el viajero deja de su vida en los
lugares donde pasa» ...[80]
Nueva York.
Pensé quedarme una quincena en la ciudad «imperial». Después de una
semana, tomo pasaje para Europa en el transatlántico _La Bourgogne_,
persuadido de que una estancia más prolongada agregaría muy poco á mi
concepto general de los Estados Unidos. Esta metrópoli del comercio y
del capital americano es cosmopolita, más europea que yankee; y esto
no sólo por la presencia del numeroso elemento extranjero, sino por
la orientación general del pueblo neoyorkino. Aquí, ricos y pobres
viven en Europa, unos por el recuerdo, otros por la esperanza, todos
por los gustos, los hábitos, el lujo importado, el incesante contacto
de los viajes y de la imitación. Su sola originalidad consiste en
deformar por la exageración el modelo que es más fácil exceder que
igualar; sustituyen por el lujo chillón la elegancia discreta, traducen
la armonía estética por el boato llamativo: revelan sus aficiones
artísticas empedrando con dollars las jiras de los histriones y
comprando cuadros célebres para ponerlos bajo vidrio, en marco dorado
más ancho que la pintura. En suma, este es un París para chicagoenses.
Medio europeo, medio americano, este grupo híbrido nada nuevo me puede
enseñar, si no es la prosaica realización del ideal á que aspiran las
ciudades-hongos del Oeste. Pero todo esto lo tengo visto ó previsto
ya; y después de visitar concienzudamente algunos sitios interesantes
ó representativos:—la Bolsa y dos ó tres bancos de _Wall Street_;
algunos docks sobre North-River y otras tantas fábricas de Brooklyn
(entre ellas los talleres de Appleton); el _building_ del _New York
Times_ y la torre de Babel del _World_, el _Columbia College_ y la
hermosa biblioteca de Astor, etc. etc.,—me siento tan incapaz de
añadir á mis apuntes americanos un rasgo que, _mutatis mutandis_, no
se encuentre referido, ya á Boston y sus anexos, ya á Chicago y su
Exposición, ya, por fin, á otras metrópolis del centro ó del oeste, que
considero ocioso prolongar estas visitas en tranvía ó _elevated_, por
entre el viento y la nieve.
La actividad urbana de Nueva York tiene que asombrar al viajero
europeo, mucho más aún que el tamaño de sus _buildings_ y el lujo
exterior de sus residencias: Broadway es más genuinamente americana
que la regia _Quinta Avenida_ ó el magnífico _Central Park_, ahora
despojado y cubierto de escarcha. Para mí, sin desconocer el carácter
de fuerza y riqueza, más grandioso aquí que en cualquiera otra ciudad
de los Estados Unidos, nada de lo que veo supera ni alcanza, como
manifestación desnuda y significativa, lo que tengo ya descrito.
Lo he dicho y lo repito: Nueva York es hoy una amalgama por partes
iguales de América y Europa; ahora bien, el primer elemento, es mejor
observarlo allá donde se encuentra en estado nativo; el segundo, sólo
podré saborearlo, sin adulteración ni contraste, en esa Europa materna
que siento está llamando, hace ya tantos días, á su envejecido hijo
pródigo. ¡Basta ya de contar las copias infinitas de un falso original
que nunca me ha gustado plenamente!
Libre de consigna me entrego al agradable vagar callejero, asisto á
algunas conferencias y funciones teatrales que, como casi siempre, se
liquidan por una buena dosis de decepción. Á más de que me siento cada
día menos apto para soportar la inevitable vulgaridad de la realización
escénica, siempre defectuosa en conjunto,—hasta en la misma «Casa de
Molière»,—lo que florece naturalmente en Nueva York es la función
de «estrellas», con compañías formadas de dos ó tres celebridades
europeas, sobre un fondo de cómicos de la legua en disponibilidad.
Por supuesto que la compañía de ópera es la que más se ajusta á la
regla, y la exhibición de _Carmen_ (por que tanto bregué) ó de _Romeo y
Julieta_ (con los Reszké, la Melba y Plançon—el mejor de todos) no me
causa sino segundos de placer entre minutos de irritación. Los mismos
protagonistas, excelentes en París ó Londres, abultan sus efectos para
la exportación, y la Calvé,—á pesar de su hermosa voz y su belleza
expresiva—hace una _Carmen_ francamente insoportable. Luego ¡la
orquesta ambulante y los coros de baratillo!...
Pero no estoy aquí para reflejar anticipadamente impresiones europeas,
y prefiero mencionar dos _performances_, algo diversas por el asunto,
aunque igualmente características y, en el fondo, reveladoras del
mismo gusto americano, del mismo «estado de alma». Me refiero á
una conferencia del coronel Ingersoll, el famoso libre pensador
profesional, y á la recepción del _champion_ Corbett, despues de su
reciente victoria internacional en Jacksonville.
_Ab Jove principium._ La vuelta de Jim Corbett, al día siguiente de
dejar hecho unas gachas al pobre _champion_ inglés Mitchell, ha sido
una marcha triunfal desde Florida hasta Nueva York—un «¡triunfo de
Heliogábalo!» exclamaba el _New York Herald_, esta mañana. El ilustre
boxeador venía en tren especial para detenerse en cada punto del
trayecto y arengar á las poblaciones entusiastas. Todos los diarios de
la Unión traen sendos _reportages_ telegráficos, en que se describe
la vida casera del héroe, de la cocina á la alcoba. Esta noche recibe
á todo New York en el inmenso hipódromo de _Madison-Square Garden_,
completamente lleno. Aparece al fin en la plataforma circular,
donde debe dar una «repetición» de su último match, haciendo de
_unglorious_ Mitchell un simple aficionado. Jim es un gran diablo
flaco, todo nervios y tendones, con cara lampiña y mirada de tigre,
sin la belleza animal ni la apariencia de fuerza del ex _champion_
Sullivan; viste calzón y camiseta obscuros, lo que acentúa aún su
apariencia mefistofélica. Á raíz de una entusiasta ovación, el
público, naturalmente, le pide un pequeño _speech_; balbucea algunos
_clichés_ con voz delgada y gesticulación de pugilista, y luego entra
á representar. La esgrima del _boxing_ es una simplificación de la del
_Bourgeois gentilhomme_: no se trata siquiera de dar sin recibir, pues
uno y otro adversario dan y reciben. Lo que asegura el triunfo es la
resistencia; fuera de tres ó cuatro golpes terribles que el uno procura
dar y el otro evitar, lo demás no se cuenta, y aquí mismo Corbett
recibe cinco ó seis moquetes sin pestañear. Pero, es _match_ de broma,
con guantes rehenchidos: un simulacro tan insípido como una corrida
con toros embolados y sin la muerte. En uno y otro caso, sólo el
peligro, la sangre es lo que apasiona y estimula la crueldad bestial.
El público, tan entusiasta momentos antes, se fastidia en seguida y nos
escurrimos casi todos en medio del segundo _round_.
La conferencia á que aludía tuvo lugar, al día siguiente, en _Broadway
Theatre_; pero en el público, casi tan numeroso como en _Madison
Square_, casi dominan las señoras, viejas y jóvenes, sueltas ó
acompañadas. El ilustre orador está solo en la escena, alto, de pie,
en traje de etiqueta, elegante y hermoso á pesar de sus sesenta años,
afeitado como un actor, combando el pecho robusto y de aspecto mucho
más atlético que Jim Corbett. Acerco ambas celebridades porque el
coronel Robert Ingersoll es otro _champion_, tan notable y oficialmente
reconocido como el otro: el campeón de la oratoria racionalista; y
tan es así, que suelen organizarse _matches_ con apuestas—una tuvo
lugar en el _Nineteenth Century Club_—entre Ingersoll y cualquier
ministro protestante dispuesto á _take the bet_. Tiene aprendidos y
publicados cuatro ó cinco discursos, mechados de lugares comunes y
bufonadas yankees, que transporta hace veinte años de ciudad en ciudad,
como Mark Twain su _Jumping Frog_: ello se titula los «Errores de
Moisés»; y con esa vulgar parodia de la Biblia, Robbie tiene asegurados
cuarenta mil dollars de renta y vive en la _Fifth Avenue_. Esta noche
se trata, como siempre, de _Some mistakes of Moses_. Llego para
asistir á la triunfal peroración que levanta una ovación entusiasta.
Es una rapsodia de bajísima ley, en que la crasa ignorancia supera
la grosería del charlatanismo, la necia risotada del _esprit fort_
de aldea que reprocha á la Biblia no ser un tratado de física y de
derecho constitucional. Luego, según la moda yankee, la letanía de
los «rivales» de Moisés se prolonga interminablemente, grotesca y
extravagante, desde Cavalieri «que casi completó la ciencia de las
matemáticas», y Franklin, Morse y Trevethick, «_pioneers of progress_»,
hasta Esquilo, Burns y ... Béranger «_the poets of the world!!_» ...
¡Inspirado por Dios, Moisés, que no conoció el diámetro ni el peso
de Neptuno, ni siquiera tenía idea del tamaño del sol (_any idea of
the size of the sun_), ni acaso sospechara el sistema de Copérnico!...
etc.» Una de las gracias que arrancan carcajadas inextinguibles á las
mujeres consiste en llamar á Moisés, cada cinco minutos, _that inspired
gentleman_: este aticismo es simplemente irresistible. Pero recita su
_boniment_ con voz sonora, exuberante gesticulación, muecas y guiñadas
de monologuista profesional: es el Barnum del libre pensamiento.
Y entre los aplausos de la concurrencia, procuro figurarme el estado
mental, no sólo de los _snobs_ de uno y otro sexo que han pagado cuatro
dollars para escuchar y aplaudir esas facecias de _clown_ envejecido,
¡sino de la prensa que saluda invariablemente al «gran pensador», al
_greatest living orator_ de América! Bajo las diferencias superficiales
se llega aquí á tocar nuevamente la capa profunda, la misma tosca
popular en que hace medio siglo se asentaba el grosero mormonismo: el
incrédulo Robbie corre parejas con el crédulo Joe, y esta exégesis vale
exactamente tanto como ese misticismo.—Y me convenzo más y más de que,
respecto del pensamiento puro, del concepto del arte y de la ciencia,
del puro gusto estético, de la nobleza del espíritu y la delicadeza del
alma, de todo lo que constituye la civilización y da su alto precio
á la vida, estos «hijos de Tubalcaín» difieren por esencia de los
hijos de Seth, y que, entre esta América que abandono sin melancolía y
aquella vieja Europa adonde voy, con la tristeza de volverla á dejar
en pocos días, se extiende un abismo moral tan ancho y hondo como el
Atlántico.
APPENDICE
SUR LE CHILI[81]
Je commence à liquider mon arriéré de correspondance. J’aime à croire
qu’il n’est pas encore trop tard pour en prendre le fil. Je suis
d’ailleurs trop modeste pour penser que le Chili, ou tout autre pays,
ait rien perdu de son actualité, pour s’être écoulé plusieurs semaines
depuis quej’y ai passé.
Ce que Petit-Jean savait le mieux, c’était son commencement. Petit-Jean
était bien heureux; et, malgré l’indulgence dont on use volontiers
avec soi-même, je n’oserais me rendre le même témoignage. Par nature
et par habitude, je suis le moins écriveur des hommes, et rien ne
m’est pénible comme la mise en train. Puis, la Bibliothèque m’a trop
donné le goût de la flânerie intellectuelle, de la chasse à la petite
bête érudite. Je suis de ceux qui, pour un bain froid de cinq minutes,
perdent un bon quart d’heure à tâter l’eau, dans une attitude gracieuse
d’échassier, se promettant vingt fois que la seconde prochaine sera
décisive ... Il faut dire, pourtant, que je n’ai presque jamais poussé
la faiblesse jusqu’à me rhabiller sans plongeon, et que j’ai toujours
fini par où je devais commencer.
Oh! pour expliquer mon long silence, j’aurais bien des excuses! Aucune
n’est peut-être très bonne, mais c’est justement pour cela que j’en
ai plusieurs. Tout d’abord, je suis un «terrien» fini. Tout travail à
bord m’est impossible, même par cette navigation idéalement tranquille
du Pacifique nord,—une vraie navigation pour dames,—où le roulis
est à peine appréciable et où le tangage n’existe que dans quelques
ports. Puis, je ne sais comment, cette matière du Chili m’a semblé très
difficile à reprendre en français, après l’esquisse d’ensemble que j’en
ai essayée en espagnol, pour les Argentins. Je tenais pourtant à vous
réserver un coin du tableau ... Peut-être aussi suis-je un peu gêné par
cette perpétuelle alternance d’idiomes, qui n’est pas seulement une
affaire de style, mais encore, et surtout, une variation de point de
vue. Les traducteurs naïfs n’ont point de ces scrupules: ils ont pour
eux d’ignorer une des langues qu’ils torturent—quelquefois les deux.
Et cela est très commode. Pour moi, après un exercice prolongé de la
lourde épée à deux mains espagnole, je sens bien que j’ai perdu le fin
doigté de l’escrime française. Pour m’y remettre, il me faut changer
de matière. Et même alors, c’est un long travail d’adaptation, de
_transposition_,—car l’espagnol et le français ne sont pas du tout
écrits dans la même clef—et le meilleur lexique n’entend rien à ces
choses-là.—Voilà bien des raisons ...
J’ai déjà beaucoup bavardé sur le Chili. Malgré tout, je ne puis
prendre sur moi de le quitter sans ajouter quelques traits à l’esquisse
commencée. Je voudrais que ce _post-scriptum_ complémentaire ne parût
pas trop vide à vos lecteurs. Pour faire court, j’ai présenté en deux
fois et séparément l’endroit et le revers de la medaille. Peut-être
la méthode n’est-elle pas irréprochable, surtout pour les lecteurs
moyens: l’opposition trop forte prend souvent un air de contradiction.
Il vaudrait mieux fondre, atténuer, montrer aussi l’entre-deux,
l’inévitable mélange de bien et de mal qui est la condition de toute
chose humaine, et surtout de toute agglomération nationale. Mais
quoi! la seule tentative d’enfermer un peuple entier en quelques
pages n’est-elle pas déjà la plus vaine des vanités? Il faudrait tout
connaître, et s’y reprendre à cent fois, avant d’oser croire qu’on
ait pu saisir la physionomie complète et vraie. Et puis, comme disait
Pilate, cet ancêtre méconnu du «renanisme»: _Que’st-ce que la vérité?_
Ce n’est qu’en cour d’assises, devant un jury de bourgeois, qu’on
peut «promettre» toute la vérité. En matière aussi vaste que l’étude
d’un pays étranger, c’est déjà assez beau de transcrire fidèlement
une impression sincère. Si les épreuves successives d’un même modèle
accusent des contradictions apparentes ou réelles, nous n’avons pas à
nous en inquiéter; il doit nous suffire que chacune soit exacte pour un
instant donné et un seul côté de l’objet, et, par conséquent, renferme
une parcelle de vérité générale. En avançant dans la vie, je me sens
tous les jours plus près du fameux paradoxe hégélien, à savoir qu’une
proposition générale, pour être vraie, doit contenir la proposition
contraire. Mais cela, c’est de la métaphysique!
Si c’est en voyageant dans l’Uruguay, au Brésil, en Bolivie, qu’on
apprécie la supériorité réelle de la République Argentine sur ces
contrées limitrophes du versant oriental, il faut séjourner au Chili
pour se rendre un compte exact de l’œuvre européenne dans la Plata.
Je veux dire que c’est ici, et par comparaison, qu’on peut mesurer
et peser, mieux que partout ailleurs, ce qu’a représenté pour
l’Argentine, durant un demi-siècle, l’alluvion incessante et l’apport
continu de l’étranger. En ce sens, on pourrait dire, suivant la formule
connue d’Hérodote, que Buenos Aires est bien un don de l’Atlantique.
Il ne s’agit pas seulement des conditions matérielles de la vie—on
devine assez ce qu’elles sont dans le reste de l’Amérique espagnole;
mais des mœurs sociales, des besoins et des tendances de la nombreuse
classe moyenne, qui compose la moitié de la population. Et l’on est
très vite convaincu que ce qui manque à la vie chilienne d’aisance et
de confortable urbains, de finesse et de véritable élégance dans son
train journalier,—aussi bien que d’indépendance intellectuelle et de
largeur critique dans les idées,—c’est nous, décidément, qui l’avons
là-bas importé et imposé.
Tout cela me paraît évident; c’est d’ailleurs démontrable, et par
le procédé le plus solide des sciences d’observation: la méthode
de concordance, de Bacon et de Stuart Mill. Si, toutes les données
étant équivalentes, _sauf une seule_, il se produit à tel endroit un
phénomène qui fait défaut en tel autre, il faut affirmer que la donnée
surajoutée est la seule cause du phénomène. Dans le parallèle institué
entre les deux pays, on peut admettre que les éléments nationaux
primitifs seraient plutôt inférieurs chez les Argentins—j’en ai
déduit ailleurs les causes principales:—or, il résulte, à n’en pas
douter, que la vie civilisée ou, si vous préférez, l’adaptation urbaine
est à Buenos Aires bien plus complète qu’à Santiago ou Valparaiso.
L’émigration européenne, énorme chez nous, insignifiante ici, est le
facteur imprévu qui a transformé la face et le fond des choses.