Esta carencia de personalidades geniales, tratándose sobre todo de una

democracia en evolución, podría en suma explicarse y confundirse con

el reposo fecundo de la incubación, si otros síntomas inquietantes no

obscureciesen el diagnóstico. Los espíritus originales, en la ciencia

y en el arte, no son un accidente, sino la manifestación esporádica

de la substancia nacional. Los «reventones» metálicos que brotan á

flor del suelo tienen un valor representativo muy superior al suyo

propio: suelen ser indicio del mineral subterráneo que ramifica á

todos rumbos sus vetas ignoradas. Por otra parte (si me es lícito

prolongar la imagen), no se trata, en el caso actual, de un cantón

desierto, vagamente entrevisto y cuyos _prospects_ admitan cualquier

sorpresa; sino de una vasta región explorada en todos sus repliegues,

sondada paso á paso en sus capas superficiales y profundas, cuyo plano

de relieve revela sus menores detalles y accidentes con insuperable

exactitud; en tal situación, las innumerables muestras y ensayos

cobran una importancia poco menos que absoluta; y si, después de

millares de experimentos repetidos, el resultado del análisis acusa

idénticamente la ausencia de metal puro y la invariable mediocridad de

la combinación, es legítimo inferir que no existe la capa aurífera.

Hace un siglo que las generaciones sucesivas de los Estados Unidos,

en número creciente de diez, de veinte, de sesenta millones de

individuos, han instituído la experimentación, al parecer más completa

y decisiva, para descubrir y sacar á luz el espíritu nacional; cubierto

el territorio de universidades y colegios, empapelado de libros y

periódicos; admirablemente preparada la exhibición inmediata del

talento presumible por la igualdad en las leyes y las costumbres, y

suscitada su aparición por el anhelo general,—nada se ha producido

que entrañe una promesa viable, una lejana esperanza de ver surgir,

algun día, la teoría científica ó la obra de arte original que arranque

al mundo un grito de admiración. Y bien, la sentencia se formula por

sí sola: la democracia absoluta, la tabla rasa de las tradiciones y

el desdén de toda preocupación ideal, se traducen en lo especulativo

por la mediocridad uniforme é incurable—que es la forma más perfecta

de la igualdad.—Y ante el aborto evidente de la tentativa secular,

acaso parezca más triste que la robusta inconsciencia del Oeste, sólo

preocupado de crecer y engordar, esta estéril pertinacia del _Hub_

bostoniense, empeñado infatigablemente, como Wagner, el fámulo de

Fausto, en aprender las fórmulas y recetas de la ciencia, en juntar,

dentro de la redoma de vidrio, los elementos que sólo producirán el

homúnculo irrisorio y caricatural[73].

Una nación, como un individuo, puede desarrollarse próspera y feliz,

sin aspirar á la gloria suprema de ser en la noche de los siglos una

de las antorchas que sirvan de guía al resto de la humanidad: bástale

para ello encerrarse en su optimismo egoista, y desechar como un vano

juguete todo culto desinteresado é ideal, entonando el prosaico «Salmo

de la vida», que es la negación de toda belleza y la demostración _ad

absurdo_ de su inutilidad:

_Trust no Future, howe’er pleasant!

Let the dead Past bury its dead!..._[74]

Ese futuro de que se desconfía es la esperanza inmortal; esos muertos,

que el _pioneer_ advenedizo no se digna enterrar, se llaman la

tradición, el recuerdo entristecido, la mirada pensativa y dulce á lo

que fué y pasó, para no revivir sino al llamamiento mágico del arte

evocador—es decir, el sentimiento del misterio y del ensueño que es

toda la poesía. ¿Á qué vienen, entonces, esos ridículos é impotentes

remedos de la cultura europea, esos aprendizajes, sin convicción

ni éxito posible, de las altas disciplinas intelectuales, y esos

aldabonazos importunos á las puertas del templo donde el profano

no quiere orar? Más lógico y plausible, lo repito, es el _rush_

materialista del Oeste, que limita sus deseos y no mira más allá del

objeto que su mano puede alcanzar; y por eso dije antes que era Chicago

la ciudad más representativa de los Estados Unidos, aquella de cuya

robusta y simplificada «plataforma» está proscripto el ocioso fantaseo

artístico.

Me vuelve á la memoria una extraña palabra de Heródoto, que, soltada de

paso por el narrador ingenuo, reviste para mí la belleza profunda de un

mito; después de describir á los «anónimos» y los fabulosos Atlantes,

el «padre de la historia» termina con este rasgo inesperado: «y se dice

de este pueblo que _no sabe soñar_ ...»[75]. El dón del ensueño, la

visión y el anhelo de lo ideal ¿no es también lo que falta á la moderna

Atlántida?

XX

LA ÚLTIMA EXCURSIÓN

EL NIÁGARA.—NUEVA YORK

En lugar de correr derechamente á Nueva York, vuelvo sobre mis pasos:

después de una larga disputa entre mis dos _yo_,—el viajero un poco

_snob_ en busca de «impresiones», y el crítico avisado que de antemano

prevé una decepción, éste se declara vencido: ¡voy á visitar las

cataratas del Niágara! Se sabe que han sido apenas descritas durante

los 273 años transcurridos desde el viaje de Charlevoix ... Á pocos

peregrinos, felizmente, les ha ocurrido elegir el mes de enero para

esta excursión, y, sin creer que sea nueva en absoluto, espero que mi

«vista» del Niágara congelado no se parecerá del todo á un extracto de

la guía oficial.

De Boston hacia Buffalo rehago el trayecto conocido; por otra parte,

á cualquier rumbo que fuera, el cuadro sería idéntico: los mismos

esqueletos vegetales sobre el informe manto de nieve, entre las masas

negruzcas de las poblaciones. Con agregarse la monotonía accidental

del paisaje á la permanente de las ciudades, el viajar por estas

regiones se vuelve tan poco útil como agradable. La naturaleza está de

máscara blanca, y es tan imposible hacer diferencia entre el sitio más

pintoresco y el más desolado erial, como elegir entre dos damas turcas

cubiertas de su _yachmak_. La nieve niveladora, que borra todo rasgo y

color, aun más que el frío hiperbóreo, es lo que apresurará mi vuelta á

Europa, quitándome el deseo de visitar el Canadá[76].

Enfilamos en Rochester el ramal de Niagara Falls, donde llegamos al

obscurecer; todos los hoteles de la ribera canadiense (nadie ignora

que el río es frontera de los países) están cerrados, pero del lado

americano ha quedado abierto por este invierno la confortable _Prospect

House_. Además de un excelente _menu_, me encuentro allí con un mozo

francés, ex _zéphyr_ de Argelia (hum!), que me sirve con veneración

y, á los postres, no resiste al placer de sentarse un momento para

contarme su vida y milagros. No hay más huéspedes en el comedor

y en toda la casa que una joven pareja en pleno viaje de novios,

y éstos ¡lo que se cuidan del viajero, y del _zéphyr_, y aun del

_menu_!...—Interrumpo la interesante sesión de sobremesa para ganar mi

cuarto deliciosamente entibiado por el calorífero, y, después de esta

jornada de ferrocarril, solicito el dulce sueño, leyendo una traducción

inglesa de la _Atala_, de Chateaubriand, que he encontrado en una

librería de Boston; en tanto que afuera la tempestad de nieve sacude

los abetos seculares, arrancándoles gemidos que, por instantes, cubren

el ronquido lejano del Niágara[77].

Al día siguiente, bien reposado y dispuesto, fleto un pequeño trineo

y me deslizo sin apuro á las cataratas inevitables; siento que estoy

cumpliendo un deber sagrado para con mis lectores futuros, y este

consuelo altruísta conforta mi ánimo. Es tanto más imprescindible

un nuevo esbozo de las caídas famosas, cuanto que ha sido mil veces

intentado en todas las lenguas y en todas las formas, desde la

del estudio geológico hasta las de la oda pindárica y del anuncio

comercial: omitirlo, sería singularizarme. Se habla vagamente de otras

cataratas en la América del Sur, mucho más rumbosas—quiero decir, de

mayor «desprendimiento»: por ejemplo, la de Kaieteur, en la Guayana

inglesa, que cae de 226 metros—ó infinitamente más pintorescas, como

la nuestra de Iguazú, en razón misma de su división y escalonamiento

en medio de todas las opulencias vegetales del trópico. Pero el

Niágara queda incomparable y único, en la pobreza de su marco natural,

vulgarizado aún por el sórdido parasitismo explotador, porque es

enorme la napa líquida que se desploma, y el espíritu utilitario de

los yankees ha sabido juntar en un haz compacto aquellas mil rapsodias

descriptivas. Sin perjuicio, pues, de calcular los 5 ó 6 millones

de caballos-vapor que aquí se desperdician (_wasted energy_), sacan

provecho en el presente de su maravilla _mammoth_ ... Felizmente estoy

solo; es la buena estación que ninguna guía señala; casi todos los

hoteles están cerrados; no haré parte de ninguna procesión de turistas

á la «Cueva de los vientos», ni pisaré el vaporcito tradicional: el

invierno solícito ha espantado las moscas.—Pongo pie á tierra cerca

del puente colgante, dos ó tres cuadras abajo de la caída, y procuro

templar mis _high spirits_, vagando al aire frío y tónico, bajo el

claro cielo azul donde el sol irradia su tibia caricia, sin una mancha

blanca, como si todas las nubes de ayer se hubiesen descolgado para

cubrir el congelado suelo. Camino entre los árboles del monte, cuyas

ramas cargadas de festones y astrágalos remedan candelabros de cristal.

Trae un gozo físico la soledad, el ambiente puro, el débil crugido de

la nieve bajo mis pies. Pero diviso el tablero de _Suspension-Bridge_;

ha llegado el momento: evoco á Chateaubriand, á José María de

Heredia,—no el nuestro, sino el anterior («¡Templad mi lira!»), al

_Appleton Guide_ ... Hago lo posible por exaltarme y ponerme á nivel de

la situación.

* * * * *

Es muy sabido—como todo lo que á la catarata se refiere—que el río

Niágara derrama las aguas del lago Erie en el Ontario; desde Buffalo,

donde comienza, hasta más allá de Lewiston, donde desemboca, este río

de comunicación no tiene 60 kilómetros; pero el enorme desnivel de 101

metros, en tan breve distancia, produciría una corriente vertiginosa,

á no tropezar el raudal, en la mitad de su camino, con la muralla

vertical que lo represa. Entonces la napa superior, dividida en dos

brazos desiguales, se desploma de 47 metros de altura, en la vasta

y profunda hoya encajonada que este puente domina, uniendo con un

tablero de 400 metros las riberas americana y canadiense. Desde mi

observatorio, abarco la escena en su conjunto, si bien no percibo

aún los rasgos verdaderamente conmovedores de la caída. Los dos

barrancos rocallosos, con su vegetación petrificada, despliegan sus

desgarradas paredes hasta los extremos de la doble catarata: á mi

derecha, la canadiense encorvada en herradura (_Horseshoe Fall_) alarga

su lomo obscuro hasta la mitad de la cuenca; la otra se estrecha á mi

izquierda, entre la orilla y la «isla de la Cabra» (_Goat Island_)

que se prolonga en el thalweg superior. El desarrollo total de la

barrera pasa de un kilómetro; pero las nubes de agua pulverizada,

que se levantan como humareda blanca del hondo hervidero, impiden

medir su profundidad; cerca de las orillas y la isla medianera, como

en un inmenso crisol, se acumulan los bancos de hielo, las adheridas

concreciones que desmenuzan la napa colosal en veinte cascadas

parciales. Á mis pies, el río coagulado extiende hasta la catarata

su rugosa bóveda sobre la masa líquida que fluye invisible hacia el

distante torbellino (_Whirlpool_), donde se estrella contra las rocas

y disloca al fin su rajada corteza en mil carámbanos flotantes ...

No experimento decepción, pero no siento que suban á mis labios los

borbotones de adjetivos entusiastas. El espectáculo tiene grandeza y

majestad, si bien, á la distancia, la inmóvil uniformidad del color

y de las formas acolchadas por la nieve le infunde cruel monotonía;

el invariable rumor persistente equivale al silencio universal, y,

por sobre el acompañamiento profundo y casi insensible de las caídas,

percibo el grito agudo de un pájaro que hiende el aire sobre mi

cabeza. Después de algunos minutos, dejo mi puesto y remonto la ribera

americana, hasta el puente que la une con _Goat Island_ y domina á

plomo la misma catarata.

La montuosa isleta que divide el ancho río, y forma promontorio

sobre el abismo, es un óvalo de unas dos millas de longitud, cuyo

eje mayor rellena el thalweg, con un relieve de diez ó doce metros

sobre la superficie; está cubierta de árboles y espesuras, con sendas

sinuosas que se cruzan y pierden á todos rumbos; pero el mismo manto

invernal envuelve hoy arces y abetos, rocas y malezas, barrancas y

edificios lejanos, en un solo lienzo incoloro é informe. La nieve

reciente ha redondeado de blanda matidez alabastrina los prismas

y cristales de hielo, impidiendo que los rayos del sol irisen sus

aristas, y apenas si, acá y allá, algunas agujas centellean sobre el

albo campo deslumbrador. Desde aquí diviso el pretil de madera que

permite inclinarse sobre la vorágine y contemplar el horror grandioso

de la pesada masa desplomada; pero, desde luego, quiero darme cuenta

de la formidable avenida, antes de su violenta bifurcación en la

punta de _Goat Island_; y, por la vaga depresión que indica el camino

terraplenado, me dirijo hacia el extremo superior.

Me he acostumbrado tan pronto á creerme único visitador de este reino

hiperbóreo, que la vista de algunas huellas humanas en la nieve casi

me produce el mismo efecto que á Robinson. ¿Será un caníbal, ó Friday,

el que ha invadido mis dominios y me precede en el itinerario? Pero,

acaso el uno y el otro, pues son dos personas las que caminan delante

de mí. Sin ser un consumado rastreador, distingo las dos huellas; las

unas, anchas y profundas, se adelantan un poco á las otras, un tanto

más delgadas y con el tacón más agudo. Caminan muy juntos, como si

el «ancho» llevase preso al «delgado»; y á trechos bastante próximos

parecería, por la nieve pisoteada y los rastros confundidos, como si

se hubiese empeñado un violento _corps à corps_ entre el feroz caníbal

y su desventurada víctima ... ¡Qué horrible misterio!... ¿Estaré acaso

sobre la pista de un drama pasional?... Sigo caminando una cuadra más

y, de repente, á diez pasos, un doble bulto negro—todo es negro

sobre la nieve—se destaca vivamente de un esconce de la roca. Son mis

novios de _Prospect House_. Al verme vuelven al camino—_the right

way, sir!_—y los encuentro en la punta de la isla, sumergidos en la

contemplación del horizonte. Él es un buen yankee robusto y seco; Mrs.

Friday es más agradable; esbelta y rubia, no hace mal efecto en el

paisaje, con su _jaquette_ azul ceñida al talle y su sombrero de ala

recta sobre el cabello empolvado de nieve. Esbozamos un vago saludo

y, después de una mirada involuntaria á los dos pares de zapatos

reveladores, me alejo, para no hacer de guardia civil; y escucho

esta reflexión filosófica que saluda mi retirada discreta: _a biting

cold!..._ ¡Sí, mucho frío les hace á los novios!...

Desde el extremo de la isla, en cuya aguda proa rompe la corriente con

estruendosa violencia, se contempla el caudaloso río desde su salida de

_Great Island_: amplio como un estuario hacia el fondo del horizonte,

tumultuoso y veloz como un torrente al acercarse y tropezar sobre las

raudas ó rápidos que obstruyen el lecho, dos kilómetros más arriba de

la represa. Eriza el lomo en la pedregosa pendiente, rompe su oleaje

en los barrancos coronados de bosques, y vuelve, en espantoso turbión,

á chocar sobre la carena delantera en que estamos, cual si quisiera

derruirla ó arrasarla; pero, casi bruscamente, contienen su ímpetu

vertiginoso, más que este rompeolas de peñascos, las masas profundas

de la doble esclusada, donde los carámbanos de hielo y los troncos

arrancados á las playas giran en lentos remolinos, vacilantes y como

conscientes del peligro próximo. Trepando á un morro de piedra, con la

nieve al tobillo, puedo explicarme la marcha del drama elemental, desde

la peripecia de los rápidos hasta la catástrofe, siguiendo el breve

destino de cualquier astilla abandonada á la corriente. El raudal

monstruoso asoma por el sud, como precipitado del cielo, arremete

espumoso por la rápida y accidentada pendiente, estrella su triple

frente en los estrechados barrancos y la muralla á pico de la isla,

para retroceder, despedazado é impotente, y luego incorporarse rendido

al inmenso depósito; aquí se retuerce la oleada viajera, sacudida por

los hondos estremecimientos de la resaca; pero la tregua es breve, y,

entre arranques y sofrenadas, como el corcel que ventea al enemigo,

tiene que arrastrarse, empujada por otra nueva oleada, y llegar

finalmente á la cornisa llena de vapores donde bruscamente se desploma

al abismo ...

Aquí el espectáculo es realmente soberbio y fascinador; se tiene la

conciencia de asistir á un formidable conflicto entre las fuerzas

naturales: uno de esos dramas colosales é informes de Esquilo, en que

son protagonistas la Fuerza, la Violencia, las olas monstruosas del

Océano, y en cuyos cataclismos gigantescos no puede el hombre figurar,

sino como víctima pasiva y ludibrio de las energías elementales:—á

manera de estas ramas inertes que el viento arroja á la corriente, que

pasan delante de mí, una tras otra, y que no me canso de seguir con la

mirada como un melancólico emblema del destino humano. Oigo cerca de

mí las risas alegres de la pareja enamorada, que el aire sutil me trae

por entre el rumor de la catarata: son felices porque son jóvenes, y

su vida ensaya el corto y rápido vuelo en alas de la ignorancia y la

ilusión. Creerían acaso, si me vieran, que mi cabeza gris tiene envidia

á sus cabellos rubios, y pensarían que media otro abismo entre mi

madurez pensativa y su rozagante juventud: media el mismo intervalo que

entre aquella astilla, que pasó hace un minuto, y la que flota ahora

delante de mí, y dentro de otro minuto dará el propio salto en la

vorágine donde todas se juntan y confunden ...

Cerca de mediodía, como á menudo sucede en estos climas, el cielo se

ha nublado, ó más bien, un uniforme velo gris se ha tendido sobre el

cielo, del horizonte al cenit, apagando de paso el sol resplandeciente

y envolviendo la tierra en una vislumbre amarillenta. Es una tempestad

de invierno que se acerca, y, junto con la primera ráfaga que sacude

por los aires la nieve suelta de los árboles, oigo los gritos de los

conductores que llaman desaforadamente á sus viajeros. Felizmente

estamos cerca de los trineos y no muy lejos del hotel; bajo la

capota y «corriendo parejas con el viento», llego sin novedad á la

posada,—donde oiré contar á mi _zéphyr_, durante el almuerzo, las

historias más espeluznantes del Niágara, desde Blondin y su tortilla

preparada en la maroma, hasta el capitán Webb que se lanzó al abismo

tremendo y logró salir de él, yendo á despedazarse en una roca del

_Whirlpool_.

Después de dos ó tres horas de furioso huracán, aunque sin nieve, el

cielo se despeja, el frío recrudece, y, en la calma perfecta de esta

tarde de invierno, asisto desde el mirador del hotel á la magnífica

puesta del sol sobre los montes enrojecidos. La noche baja lentamente;

mejor dicho, es un crepúsculo blanquecino que se eterniza y no llega

á empañar los objetos, pues la luna llena aparece en el horizonte y,

como un espejo redondo que reflejara el terrestre disco de hielo, se

alza, divinamente pura y nítida, sobre el obscuro firmamento, lustrando

de claridad boreal la mate blancura de los campos. ¿Qué hacer esta

noche, hasta la hora decente de procurar el sueño, sin más sociedad

que el mozo francés ni más lectura que la disfrazada _Atala_, que he

vuelto á saber de memoria? He dado una vuelta por la aldea de _Niagara

Falls_, sin más atractivos en esta estación que su docena de fábricas

en movimiento, y no siento el menor deseo de volver á leer sus carteles

de anuncios gigantescos. De todos los consejos pegados en las paredes,

el único que estaría dispuesto á seguir es aquel de _Take the Erie

railroad!_ en todas partes repetido ... Y el _Herald_ de Nueva York,

que anuncia, para mañana á la noche, _Carmen_ en francés, con Jean

de Reszké, Lassalle, la Calvé de gitanilla y la Eams de Micaela ...

Pero me falta ver «lo mejor» de la catarata: el salto mismo, desde la

cornisa de _Goat Island_, ya que no visitar la «Cueva» húmeda, donde

correría riesgo de quedar congelado. ¿Cómo conciliar tantos «deberes»?

Sino me marcho mañana temprano á Nueva York, pierdo una interpretación

ideal de mi obra preferida; si me voy, dejo de ver llover el Niágara

... ¡Horrible ansiedad! ¿Quién resolverá este conflicto de armonías?

Pido la colaboración de mi paisano para estudiar los horarios, aunque

sé de antemano que es imposible resolver esta cuadratura de círculo.

De repente, entre serio y _blagueur_: «¿Por qué no vuelve V. á las

_Falls_ esta noche, con la luna?»—Le miro un momento, boquiabierto,

deslumbrado por el descubrimiento. ¡El Niágara de noche! Por esta vez

creo que he dado con una novedad ... Pero (sé la guía de memoria)

¿qué es esa historia de rejas que se cierran al ponerse el sol ...?

«¡Bah! contesta el _zéphyr_, en invierno ... y luego ...», desliza su

dedo pulgar sobre el índice ... Asunto concluído. Como un bocado, me

envuelvo en mi _ulster_, enciendo un cigarro, me alargo de nuevo en el

trineo de marras, y, sin el menor tropiezo, me encuentro á las ocho de

la noche en el puentecito de _Goat Island_, bien seguro esta vez de

no verme perturbado, á no ser por las almas de los que aquí cerca han

perecido ... ¡Incomparable _zéphyr_! Le debo la sensación más extraña

de mi vida: una hora inolvidable, supraterrestre, cruzada de visiones

fantásticas y terrores innominados que no intentaré reproducir, pues

no encuentro palabras legibles para sustituirlas á las incoherentes

y alucinadas que, esta misma noche, á la vuelta de la excursión, he

garabateado con lápiz en mi cartera de viaje. Me limito á resumir

algunas impresiones objetivas.

Desde el puente que une _Goat Island_ á la ribera y domina el salto

americano, tengo la luna al frente, hacia el este: tejo de hielo nítido

sobre el obscuro fondo sideral; ni una nube en el cielo, ni un soplo

de brisa, ni un halón flotante en torno del satélite; parece como

si la atmósfera, oreada y rarefacta por el frío polar, transmitiera

con intensidad insólita las vibraciones sonoras y los rayos de luz.

El rumor de las ondas se hincha y retumba solemnemente, tan continuo

y pleno que forma una armonía. Entre el resplandor lunar y el vasto

reflejo de la tierra blanca, la visión de los objetos cercanos es

tan detallada y perfecta como de día; sacudida la nieve suelta

por el huracán, los cantos de las rocas resplandecen; los árboles

tienen aspecto de cactos cirios, y, de sus ramillas coaguladas en

espesas raquetas anacaradas, cuelgan franjas y lambrequines de plata,

cándidas filigranas que la vislumbre azul irisa vagamente. El paisaje

cristalizado ostenta una rigidez marmórea y funeral; y tan habituado

está el espíritu á asociar las ideas correlativas de calma nocturna é

inmovilidad, que entre el mugido atronador de las cascadas se tiene la

ilusión de un vasto silencio.

Me dirijo un poco más allá, hasta una roca maciza (_Luna Island_) que

parte exactamente las dos caídas; camino sin cuidado, pues, además de

la claridad, arroyos y derrames están sólidamente congelados y la capa

de nieve rugosa salva de cualquier resbalón. Casi á mis pies, á uno

y otro lado, los dos inmensos cilindros líquidos giran eternamente,

arrojando al vacío cien chorros tumultuosos que parecen caer en un

abismo sin fondo, pues se remontan nubes espesas de agua molecular

que se adhieren á los _séracs_ vecinos. Á la base de mi barranco en

desplome, que deja entre la napa curva y la ahuecada pared de esquisto

la ancha cornisa llamada «Cueva de los vientos» (_Cave of the Winds_),

se acumulan esos bloques caóticos de hielo, que se transforman y crecen

hasta el fin del invierno, como dotados de no sé qué vida monstruosa

en medio del letargo universal; más allá comienza la bóveda espesa que

cubre la corriente, y se prolonga hasta el _Suspension Bridge_, que

perfila en el cielo su esqueleto metálico. El astro vierte sus raudales

de plata sobre los raudales de agua, enciende las espumas, jaspea de

reflejos opalinos la glauca masa torrencial, dibuja sus arco iris de

cambiantes matices sobre las ondas pulverizadas ...

Del Plata al Niagara · 第 31 / 35 段