democracia en evolución, podría en suma explicarse y confundirse con
el reposo fecundo de la incubación, si otros síntomas inquietantes no
obscureciesen el diagnóstico. Los espíritus originales, en la ciencia
y en el arte, no son un accidente, sino la manifestación esporádica
de la substancia nacional. Los «reventones» metálicos que brotan á
flor del suelo tienen un valor representativo muy superior al suyo
propio: suelen ser indicio del mineral subterráneo que ramifica á
todos rumbos sus vetas ignoradas. Por otra parte (si me es lícito
prolongar la imagen), no se trata, en el caso actual, de un cantón
desierto, vagamente entrevisto y cuyos _prospects_ admitan cualquier
sorpresa; sino de una vasta región explorada en todos sus repliegues,
sondada paso á paso en sus capas superficiales y profundas, cuyo plano
de relieve revela sus menores detalles y accidentes con insuperable
exactitud; en tal situación, las innumerables muestras y ensayos
cobran una importancia poco menos que absoluta; y si, después de
millares de experimentos repetidos, el resultado del análisis acusa
idénticamente la ausencia de metal puro y la invariable mediocridad de
la combinación, es legítimo inferir que no existe la capa aurífera.
Hace un siglo que las generaciones sucesivas de los Estados Unidos,
en número creciente de diez, de veinte, de sesenta millones de
individuos, han instituído la experimentación, al parecer más completa
y decisiva, para descubrir y sacar á luz el espíritu nacional; cubierto
el territorio de universidades y colegios, empapelado de libros y
periódicos; admirablemente preparada la exhibición inmediata del
talento presumible por la igualdad en las leyes y las costumbres, y
suscitada su aparición por el anhelo general,—nada se ha producido
que entrañe una promesa viable, una lejana esperanza de ver surgir,
algun día, la teoría científica ó la obra de arte original que arranque
al mundo un grito de admiración. Y bien, la sentencia se formula por
sí sola: la democracia absoluta, la tabla rasa de las tradiciones y
el desdén de toda preocupación ideal, se traducen en lo especulativo
por la mediocridad uniforme é incurable—que es la forma más perfecta
de la igualdad.—Y ante el aborto evidente de la tentativa secular,
acaso parezca más triste que la robusta inconsciencia del Oeste, sólo
preocupado de crecer y engordar, esta estéril pertinacia del _Hub_
bostoniense, empeñado infatigablemente, como Wagner, el fámulo de
Fausto, en aprender las fórmulas y recetas de la ciencia, en juntar,
dentro de la redoma de vidrio, los elementos que sólo producirán el
homúnculo irrisorio y caricatural[73].
Una nación, como un individuo, puede desarrollarse próspera y feliz,
sin aspirar á la gloria suprema de ser en la noche de los siglos una
de las antorchas que sirvan de guía al resto de la humanidad: bástale
para ello encerrarse en su optimismo egoista, y desechar como un vano
juguete todo culto desinteresado é ideal, entonando el prosaico «Salmo
de la vida», que es la negación de toda belleza y la demostración _ad
absurdo_ de su inutilidad:
_Trust no Future, howe’er pleasant!
Let the dead Past bury its dead!..._[74]
Ese futuro de que se desconfía es la esperanza inmortal; esos muertos,
que el _pioneer_ advenedizo no se digna enterrar, se llaman la
tradición, el recuerdo entristecido, la mirada pensativa y dulce á lo
que fué y pasó, para no revivir sino al llamamiento mágico del arte
evocador—es decir, el sentimiento del misterio y del ensueño que es
toda la poesía. ¿Á qué vienen, entonces, esos ridículos é impotentes
remedos de la cultura europea, esos aprendizajes, sin convicción
ni éxito posible, de las altas disciplinas intelectuales, y esos
aldabonazos importunos á las puertas del templo donde el profano
no quiere orar? Más lógico y plausible, lo repito, es el _rush_
materialista del Oeste, que limita sus deseos y no mira más allá del
objeto que su mano puede alcanzar; y por eso dije antes que era Chicago
la ciudad más representativa de los Estados Unidos, aquella de cuya
robusta y simplificada «plataforma» está proscripto el ocioso fantaseo
artístico.
Me vuelve á la memoria una extraña palabra de Heródoto, que, soltada de
paso por el narrador ingenuo, reviste para mí la belleza profunda de un
mito; después de describir á los «anónimos» y los fabulosos Atlantes,
el «padre de la historia» termina con este rasgo inesperado: «y se dice
de este pueblo que _no sabe soñar_ ...»[75]. El dón del ensueño, la
visión y el anhelo de lo ideal ¿no es también lo que falta á la moderna
Atlántida?
XX
LA ÚLTIMA EXCURSIÓN
EL NIÁGARA.—NUEVA YORK
En lugar de correr derechamente á Nueva York, vuelvo sobre mis pasos:
después de una larga disputa entre mis dos _yo_,—el viajero un poco
_snob_ en busca de «impresiones», y el crítico avisado que de antemano
prevé una decepción, éste se declara vencido: ¡voy á visitar las
cataratas del Niágara! Se sabe que han sido apenas descritas durante
los 273 años transcurridos desde el viaje de Charlevoix ... Á pocos
peregrinos, felizmente, les ha ocurrido elegir el mes de enero para
esta excursión, y, sin creer que sea nueva en absoluto, espero que mi
«vista» del Niágara congelado no se parecerá del todo á un extracto de
la guía oficial.
De Boston hacia Buffalo rehago el trayecto conocido; por otra parte,
á cualquier rumbo que fuera, el cuadro sería idéntico: los mismos
esqueletos vegetales sobre el informe manto de nieve, entre las masas
negruzcas de las poblaciones. Con agregarse la monotonía accidental
del paisaje á la permanente de las ciudades, el viajar por estas
regiones se vuelve tan poco útil como agradable. La naturaleza está de
máscara blanca, y es tan imposible hacer diferencia entre el sitio más
pintoresco y el más desolado erial, como elegir entre dos damas turcas
cubiertas de su _yachmak_. La nieve niveladora, que borra todo rasgo y
color, aun más que el frío hiperbóreo, es lo que apresurará mi vuelta á
Europa, quitándome el deseo de visitar el Canadá[76].
Enfilamos en Rochester el ramal de Niagara Falls, donde llegamos al
obscurecer; todos los hoteles de la ribera canadiense (nadie ignora
que el río es frontera de los países) están cerrados, pero del lado
americano ha quedado abierto por este invierno la confortable _Prospect
House_. Además de un excelente _menu_, me encuentro allí con un mozo
francés, ex _zéphyr_ de Argelia (hum!), que me sirve con veneración
y, á los postres, no resiste al placer de sentarse un momento para
contarme su vida y milagros. No hay más huéspedes en el comedor
y en toda la casa que una joven pareja en pleno viaje de novios,
y éstos ¡lo que se cuidan del viajero, y del _zéphyr_, y aun del
_menu_!...—Interrumpo la interesante sesión de sobremesa para ganar mi
cuarto deliciosamente entibiado por el calorífero, y, después de esta
jornada de ferrocarril, solicito el dulce sueño, leyendo una traducción
inglesa de la _Atala_, de Chateaubriand, que he encontrado en una
librería de Boston; en tanto que afuera la tempestad de nieve sacude
los abetos seculares, arrancándoles gemidos que, por instantes, cubren
el ronquido lejano del Niágara[77].
Al día siguiente, bien reposado y dispuesto, fleto un pequeño trineo
y me deslizo sin apuro á las cataratas inevitables; siento que estoy
cumpliendo un deber sagrado para con mis lectores futuros, y este
consuelo altruísta conforta mi ánimo. Es tanto más imprescindible
un nuevo esbozo de las caídas famosas, cuanto que ha sido mil veces
intentado en todas las lenguas y en todas las formas, desde la
del estudio geológico hasta las de la oda pindárica y del anuncio
comercial: omitirlo, sería singularizarme. Se habla vagamente de otras
cataratas en la América del Sur, mucho más rumbosas—quiero decir, de
mayor «desprendimiento»: por ejemplo, la de Kaieteur, en la Guayana
inglesa, que cae de 226 metros—ó infinitamente más pintorescas, como
la nuestra de Iguazú, en razón misma de su división y escalonamiento
en medio de todas las opulencias vegetales del trópico. Pero el
Niágara queda incomparable y único, en la pobreza de su marco natural,
vulgarizado aún por el sórdido parasitismo explotador, porque es
enorme la napa líquida que se desploma, y el espíritu utilitario de
los yankees ha sabido juntar en un haz compacto aquellas mil rapsodias
descriptivas. Sin perjuicio, pues, de calcular los 5 ó 6 millones
de caballos-vapor que aquí se desperdician (_wasted energy_), sacan
provecho en el presente de su maravilla _mammoth_ ... Felizmente estoy
solo; es la buena estación que ninguna guía señala; casi todos los
hoteles están cerrados; no haré parte de ninguna procesión de turistas
á la «Cueva de los vientos», ni pisaré el vaporcito tradicional: el
invierno solícito ha espantado las moscas.—Pongo pie á tierra cerca
del puente colgante, dos ó tres cuadras abajo de la caída, y procuro
templar mis _high spirits_, vagando al aire frío y tónico, bajo el
claro cielo azul donde el sol irradia su tibia caricia, sin una mancha
blanca, como si todas las nubes de ayer se hubiesen descolgado para
cubrir el congelado suelo. Camino entre los árboles del monte, cuyas
ramas cargadas de festones y astrágalos remedan candelabros de cristal.
Trae un gozo físico la soledad, el ambiente puro, el débil crugido de
la nieve bajo mis pies. Pero diviso el tablero de _Suspension-Bridge_;
ha llegado el momento: evoco á Chateaubriand, á José María de
Heredia,—no el nuestro, sino el anterior («¡Templad mi lira!»), al
_Appleton Guide_ ... Hago lo posible por exaltarme y ponerme á nivel de
la situación.
* * * * *
Es muy sabido—como todo lo que á la catarata se refiere—que el río
Niágara derrama las aguas del lago Erie en el Ontario; desde Buffalo,
donde comienza, hasta más allá de Lewiston, donde desemboca, este río
de comunicación no tiene 60 kilómetros; pero el enorme desnivel de 101
metros, en tan breve distancia, produciría una corriente vertiginosa,
á no tropezar el raudal, en la mitad de su camino, con la muralla
vertical que lo represa. Entonces la napa superior, dividida en dos
brazos desiguales, se desploma de 47 metros de altura, en la vasta
y profunda hoya encajonada que este puente domina, uniendo con un
tablero de 400 metros las riberas americana y canadiense. Desde mi
observatorio, abarco la escena en su conjunto, si bien no percibo
aún los rasgos verdaderamente conmovedores de la caída. Los dos
barrancos rocallosos, con su vegetación petrificada, despliegan sus
desgarradas paredes hasta los extremos de la doble catarata: á mi
derecha, la canadiense encorvada en herradura (_Horseshoe Fall_) alarga
su lomo obscuro hasta la mitad de la cuenca; la otra se estrecha á mi
izquierda, entre la orilla y la «isla de la Cabra» (_Goat Island_)
que se prolonga en el thalweg superior. El desarrollo total de la
barrera pasa de un kilómetro; pero las nubes de agua pulverizada,
que se levantan como humareda blanca del hondo hervidero, impiden
medir su profundidad; cerca de las orillas y la isla medianera, como
en un inmenso crisol, se acumulan los bancos de hielo, las adheridas
concreciones que desmenuzan la napa colosal en veinte cascadas
parciales. Á mis pies, el río coagulado extiende hasta la catarata
su rugosa bóveda sobre la masa líquida que fluye invisible hacia el
distante torbellino (_Whirlpool_), donde se estrella contra las rocas
y disloca al fin su rajada corteza en mil carámbanos flotantes ...
No experimento decepción, pero no siento que suban á mis labios los
borbotones de adjetivos entusiastas. El espectáculo tiene grandeza y
majestad, si bien, á la distancia, la inmóvil uniformidad del color
y de las formas acolchadas por la nieve le infunde cruel monotonía;
el invariable rumor persistente equivale al silencio universal, y,
por sobre el acompañamiento profundo y casi insensible de las caídas,
percibo el grito agudo de un pájaro que hiende el aire sobre mi
cabeza. Después de algunos minutos, dejo mi puesto y remonto la ribera
americana, hasta el puente que la une con _Goat Island_ y domina á
plomo la misma catarata.
La montuosa isleta que divide el ancho río, y forma promontorio
sobre el abismo, es un óvalo de unas dos millas de longitud, cuyo
eje mayor rellena el thalweg, con un relieve de diez ó doce metros
sobre la superficie; está cubierta de árboles y espesuras, con sendas
sinuosas que se cruzan y pierden á todos rumbos; pero el mismo manto
invernal envuelve hoy arces y abetos, rocas y malezas, barrancas y
edificios lejanos, en un solo lienzo incoloro é informe. La nieve
reciente ha redondeado de blanda matidez alabastrina los prismas
y cristales de hielo, impidiendo que los rayos del sol irisen sus
aristas, y apenas si, acá y allá, algunas agujas centellean sobre el
albo campo deslumbrador. Desde aquí diviso el pretil de madera que
permite inclinarse sobre la vorágine y contemplar el horror grandioso
de la pesada masa desplomada; pero, desde luego, quiero darme cuenta
de la formidable avenida, antes de su violenta bifurcación en la
punta de _Goat Island_; y, por la vaga depresión que indica el camino
terraplenado, me dirijo hacia el extremo superior.
Me he acostumbrado tan pronto á creerme único visitador de este reino
hiperbóreo, que la vista de algunas huellas humanas en la nieve casi
me produce el mismo efecto que á Robinson. ¿Será un caníbal, ó Friday,
el que ha invadido mis dominios y me precede en el itinerario? Pero,
acaso el uno y el otro, pues son dos personas las que caminan delante
de mí. Sin ser un consumado rastreador, distingo las dos huellas; las
unas, anchas y profundas, se adelantan un poco á las otras, un tanto
más delgadas y con el tacón más agudo. Caminan muy juntos, como si
el «ancho» llevase preso al «delgado»; y á trechos bastante próximos
parecería, por la nieve pisoteada y los rastros confundidos, como si
se hubiese empeñado un violento _corps à corps_ entre el feroz caníbal
y su desventurada víctima ... ¡Qué horrible misterio!... ¿Estaré acaso
sobre la pista de un drama pasional?... Sigo caminando una cuadra más
y, de repente, á diez pasos, un doble bulto negro—todo es negro
sobre la nieve—se destaca vivamente de un esconce de la roca. Son mis
novios de _Prospect House_. Al verme vuelven al camino—_the right
way, sir!_—y los encuentro en la punta de la isla, sumergidos en la
contemplación del horizonte. Él es un buen yankee robusto y seco; Mrs.
Friday es más agradable; esbelta y rubia, no hace mal efecto en el
paisaje, con su _jaquette_ azul ceñida al talle y su sombrero de ala
recta sobre el cabello empolvado de nieve. Esbozamos un vago saludo
y, después de una mirada involuntaria á los dos pares de zapatos
reveladores, me alejo, para no hacer de guardia civil; y escucho
esta reflexión filosófica que saluda mi retirada discreta: _a biting
cold!..._ ¡Sí, mucho frío les hace á los novios!...
Desde el extremo de la isla, en cuya aguda proa rompe la corriente con
estruendosa violencia, se contempla el caudaloso río desde su salida de
_Great Island_: amplio como un estuario hacia el fondo del horizonte,
tumultuoso y veloz como un torrente al acercarse y tropezar sobre las
raudas ó rápidos que obstruyen el lecho, dos kilómetros más arriba de
la represa. Eriza el lomo en la pedregosa pendiente, rompe su oleaje
en los barrancos coronados de bosques, y vuelve, en espantoso turbión,
á chocar sobre la carena delantera en que estamos, cual si quisiera
derruirla ó arrasarla; pero, casi bruscamente, contienen su ímpetu
vertiginoso, más que este rompeolas de peñascos, las masas profundas
de la doble esclusada, donde los carámbanos de hielo y los troncos
arrancados á las playas giran en lentos remolinos, vacilantes y como
conscientes del peligro próximo. Trepando á un morro de piedra, con la
nieve al tobillo, puedo explicarme la marcha del drama elemental, desde
la peripecia de los rápidos hasta la catástrofe, siguiendo el breve
destino de cualquier astilla abandonada á la corriente. El raudal
monstruoso asoma por el sud, como precipitado del cielo, arremete
espumoso por la rápida y accidentada pendiente, estrella su triple
frente en los estrechados barrancos y la muralla á pico de la isla,
para retroceder, despedazado é impotente, y luego incorporarse rendido
al inmenso depósito; aquí se retuerce la oleada viajera, sacudida por
los hondos estremecimientos de la resaca; pero la tregua es breve, y,
entre arranques y sofrenadas, como el corcel que ventea al enemigo,
tiene que arrastrarse, empujada por otra nueva oleada, y llegar
finalmente á la cornisa llena de vapores donde bruscamente se desploma
al abismo ...
Aquí el espectáculo es realmente soberbio y fascinador; se tiene la
conciencia de asistir á un formidable conflicto entre las fuerzas
naturales: uno de esos dramas colosales é informes de Esquilo, en que
son protagonistas la Fuerza, la Violencia, las olas monstruosas del
Océano, y en cuyos cataclismos gigantescos no puede el hombre figurar,
sino como víctima pasiva y ludibrio de las energías elementales:—á
manera de estas ramas inertes que el viento arroja á la corriente, que
pasan delante de mí, una tras otra, y que no me canso de seguir con la
mirada como un melancólico emblema del destino humano. Oigo cerca de
mí las risas alegres de la pareja enamorada, que el aire sutil me trae
por entre el rumor de la catarata: son felices porque son jóvenes, y
su vida ensaya el corto y rápido vuelo en alas de la ignorancia y la
ilusión. Creerían acaso, si me vieran, que mi cabeza gris tiene envidia
á sus cabellos rubios, y pensarían que media otro abismo entre mi
madurez pensativa y su rozagante juventud: media el mismo intervalo que
entre aquella astilla, que pasó hace un minuto, y la que flota ahora
delante de mí, y dentro de otro minuto dará el propio salto en la
vorágine donde todas se juntan y confunden ...
Cerca de mediodía, como á menudo sucede en estos climas, el cielo se
ha nublado, ó más bien, un uniforme velo gris se ha tendido sobre el
cielo, del horizonte al cenit, apagando de paso el sol resplandeciente
y envolviendo la tierra en una vislumbre amarillenta. Es una tempestad
de invierno que se acerca, y, junto con la primera ráfaga que sacude
por los aires la nieve suelta de los árboles, oigo los gritos de los
conductores que llaman desaforadamente á sus viajeros. Felizmente
estamos cerca de los trineos y no muy lejos del hotel; bajo la
capota y «corriendo parejas con el viento», llego sin novedad á la
posada,—donde oiré contar á mi _zéphyr_, durante el almuerzo, las
historias más espeluznantes del Niágara, desde Blondin y su tortilla
preparada en la maroma, hasta el capitán Webb que se lanzó al abismo
tremendo y logró salir de él, yendo á despedazarse en una roca del
_Whirlpool_.
Después de dos ó tres horas de furioso huracán, aunque sin nieve, el
cielo se despeja, el frío recrudece, y, en la calma perfecta de esta
tarde de invierno, asisto desde el mirador del hotel á la magnífica
puesta del sol sobre los montes enrojecidos. La noche baja lentamente;
mejor dicho, es un crepúsculo blanquecino que se eterniza y no llega
á empañar los objetos, pues la luna llena aparece en el horizonte y,
como un espejo redondo que reflejara el terrestre disco de hielo, se
alza, divinamente pura y nítida, sobre el obscuro firmamento, lustrando
de claridad boreal la mate blancura de los campos. ¿Qué hacer esta
noche, hasta la hora decente de procurar el sueño, sin más sociedad
que el mozo francés ni más lectura que la disfrazada _Atala_, que he
vuelto á saber de memoria? He dado una vuelta por la aldea de _Niagara
Falls_, sin más atractivos en esta estación que su docena de fábricas
en movimiento, y no siento el menor deseo de volver á leer sus carteles
de anuncios gigantescos. De todos los consejos pegados en las paredes,
el único que estaría dispuesto á seguir es aquel de _Take the Erie
railroad!_ en todas partes repetido ... Y el _Herald_ de Nueva York,
que anuncia, para mañana á la noche, _Carmen_ en francés, con Jean
de Reszké, Lassalle, la Calvé de gitanilla y la Eams de Micaela ...
Pero me falta ver «lo mejor» de la catarata: el salto mismo, desde la
cornisa de _Goat Island_, ya que no visitar la «Cueva» húmeda, donde
correría riesgo de quedar congelado. ¿Cómo conciliar tantos «deberes»?
Sino me marcho mañana temprano á Nueva York, pierdo una interpretación
ideal de mi obra preferida; si me voy, dejo de ver llover el Niágara
... ¡Horrible ansiedad! ¿Quién resolverá este conflicto de armonías?
Pido la colaboración de mi paisano para estudiar los horarios, aunque
sé de antemano que es imposible resolver esta cuadratura de círculo.
De repente, entre serio y _blagueur_: «¿Por qué no vuelve V. á las
_Falls_ esta noche, con la luna?»—Le miro un momento, boquiabierto,
deslumbrado por el descubrimiento. ¡El Niágara de noche! Por esta vez
creo que he dado con una novedad ... Pero (sé la guía de memoria)
¿qué es esa historia de rejas que se cierran al ponerse el sol ...?
«¡Bah! contesta el _zéphyr_, en invierno ... y luego ...», desliza su
dedo pulgar sobre el índice ... Asunto concluído. Como un bocado, me
envuelvo en mi _ulster_, enciendo un cigarro, me alargo de nuevo en el
trineo de marras, y, sin el menor tropiezo, me encuentro á las ocho de
la noche en el puentecito de _Goat Island_, bien seguro esta vez de
no verme perturbado, á no ser por las almas de los que aquí cerca han
perecido ... ¡Incomparable _zéphyr_! Le debo la sensación más extraña
de mi vida: una hora inolvidable, supraterrestre, cruzada de visiones
fantásticas y terrores innominados que no intentaré reproducir, pues
no encuentro palabras legibles para sustituirlas á las incoherentes
y alucinadas que, esta misma noche, á la vuelta de la excursión, he
garabateado con lápiz en mi cartera de viaje. Me limito á resumir
algunas impresiones objetivas.
Desde el puente que une _Goat Island_ á la ribera y domina el salto
americano, tengo la luna al frente, hacia el este: tejo de hielo nítido
sobre el obscuro fondo sideral; ni una nube en el cielo, ni un soplo
de brisa, ni un halón flotante en torno del satélite; parece como
si la atmósfera, oreada y rarefacta por el frío polar, transmitiera
con intensidad insólita las vibraciones sonoras y los rayos de luz.
El rumor de las ondas se hincha y retumba solemnemente, tan continuo
y pleno que forma una armonía. Entre el resplandor lunar y el vasto
reflejo de la tierra blanca, la visión de los objetos cercanos es
tan detallada y perfecta como de día; sacudida la nieve suelta
por el huracán, los cantos de las rocas resplandecen; los árboles
tienen aspecto de cactos cirios, y, de sus ramillas coaguladas en
espesas raquetas anacaradas, cuelgan franjas y lambrequines de plata,
cándidas filigranas que la vislumbre azul irisa vagamente. El paisaje
cristalizado ostenta una rigidez marmórea y funeral; y tan habituado
está el espíritu á asociar las ideas correlativas de calma nocturna é
inmovilidad, que entre el mugido atronador de las cascadas se tiene la
ilusión de un vasto silencio.
Me dirijo un poco más allá, hasta una roca maciza (_Luna Island_) que
parte exactamente las dos caídas; camino sin cuidado, pues, además de
la claridad, arroyos y derrames están sólidamente congelados y la capa
de nieve rugosa salva de cualquier resbalón. Casi á mis pies, á uno
y otro lado, los dos inmensos cilindros líquidos giran eternamente,
arrojando al vacío cien chorros tumultuosos que parecen caer en un
abismo sin fondo, pues se remontan nubes espesas de agua molecular
que se adhieren á los _séracs_ vecinos. Á la base de mi barranco en
desplome, que deja entre la napa curva y la ahuecada pared de esquisto
la ancha cornisa llamada «Cueva de los vientos» (_Cave of the Winds_),
se acumulan esos bloques caóticos de hielo, que se transforman y crecen
hasta el fin del invierno, como dotados de no sé qué vida monstruosa
en medio del letargo universal; más allá comienza la bóveda espesa que
cubre la corriente, y se prolonga hasta el _Suspension Bridge_, que
perfila en el cielo su esqueleto metálico. El astro vierte sus raudales
de plata sobre los raudales de agua, enciende las espumas, jaspea de
reflejos opalinos la glauca masa torrencial, dibuja sus arco iris de
cambiantes matices sobre las ondas pulverizadas ...