Unidos, comprende, además del Colegio propiamente dicho, las facultades
de derecho, medicina y teología; las escuelas de veterinaria, de
arte dentario y de agricultura, á más de otros establecimientos casi
independientes: museos, bibliotecas, observatorio, gimnasio, jardín
botánico, iglesias de todas las comuniones, etc. Es ocioso decir que es
institución autónoma; vive de sus rentas, procedentes de donaciones que
se acrecen anualmente, y se administra por sus Estatutos y _Governing
Boards_, sin intervención directa ni indirecta del Estado. La población
escolar, fuera de los cursos de verano, fué durante el último año
académico (1892) de 2658 estudiantes, distribuídos en internados
libres; agréguense á éstos un conjunto de 253 profesores, casi todos
residentes, y 55 empleados administrativos, y se comprenderá el
efecto imponente que produce tal organismo educativo, con su centenar
de departamentos aislados, algunos seculares, otros recientes,
confortables ó lujosos todos ellos, separados por parques y céspedes,
y que se desenvuelven alrededor del Old Cambridge, donde se levanta el
Colegio, cubriendo un espacio de una milla cuadrada.
Si bien no hay límite de edad para la admisión, las condiciones
exigidas la mantienen entre 18 y 19 años. Los estudiantes más jóvenes
ó _freshmen_ son, pues, ya hombres, y hombres americanos, es decir
acostumbrados al _self-control_. Se les trata como tales, dejándoles
vivir con la más completa independencia[66]. Ellos mismos se organizan
en _clubs_, para comer, trabajar y divertirse juntos. Por subscripción
entre antiguos alumnos se ha erigido un imponente _Memorial Hall_ á
«los estudiantes y graduados que perdieron la vida durante la guerra
civil». En el vestíbulo revestido de mármol están grabados los nombres
de las víctimas, y el interior ¡es un inmenso refectorio estudiantil!
Reina la misma libertad para la habitación; entre otros inmuebles,
el Colegio posee vastos _buildings_ de cuatro pisos, divididos en
aposentos de dos ó tres piezas para alquilar á los estudiantes,
variando los precios, según la comodidad y la situación, entre 25 y
300 dollars; pero no hay obligación de preferir estos alojamientos,
y muchos viven en casas particulares; ni tampoco los inquilinos
universitarios están sujetos á reglamento alguno. Es costumbre que
cada estudiante tenga un compañero de cuarto ó _chum_, con quien
comparte los gastos de alquiler é instalación, pues el colegio no
suministra sino el local desnudo. Visito algunos _dormitories_ con el
presidente Eliot; los «dueños de casa» nos reciben en su salita, como
_gentlemen_ á otros _gentlemen_, sin que nada revele la disciplina
escolar; algunos interiores son confortables y hasta lujosos, con
piano, cuadros, tapices; otros modestos, todos cuidados, con mucho
orden y aseo, y las paredes están cubiertas de fotografías. Nadie se
encoge ante el Rector, por más extraña á los estudios que parezca la
ocupación del momento: ello es negocio suyo; uno que está dibujando nos
enseña con una sonrisa su empezada caricatura, otro se vuelve á sentar
al piano y, á pedido mío, continúa una sonata de Haydn ... Nada menos
tieso y _gourmé_ que el trato de M. Eliot, con profesores y alumnos,
nada que se aleje más de la solemnidad del Provisor francés.
Me lleva en seguida al monumental _Hemenway Gymnasium_, también
organizado en facultad, donde centenares de jóvenes practican el más
variado _physical training_, desde el clásico trapecio hasta las más
complicadas y grotescas dislocaciones «calisténicas», tendentes á
corregir en cada caso individual un _lapsus_ de la naturaleza para
constituir al «hombre normal». Penetramos en un departamento vecino,
donde el director Sargent, rodeado de estatuas y aparatos, examina
á una docena de jóvenes desnudos y, con auxilio de dinamómetros,
esfigmómetros, espirómetros, etc., les receta minuciosamente la clase
de ejercicio adecuado á su idiosincrasia y perfecta armonización. Es
la pedantería del atletismo; pero los sajones ignoran el ridículo. El
presidente llama á un examinando, que se acerca sin perturbarse y, con
la ingenuidad de un joven griego, exhibe su musculosa desnudez. De
ahí pasamos á las salas de lucha y pugilato, á los campos de _tennis_
y _base-ball_, donde se preparan con ardor increíble los _matches_
con las universidades rivales. Mr. Eliot atribuye una importancia que
encuentro exagerada á esta faz de la educación universitaria; pero,
ante mis objeciones, se ve en el caso de confesar que, de algunos
años á esta parte, el _training_ intelectual viene perdiendo todo lo
que gana el físico. Vamos adelante; pues el amable rector no acaba de
hacerme recorrer sucesivamente las instalaciones materiales de todos
los departamentos, bibliotecas, laboratorios, museos científicos, etc.,
etc., repitiéndome, con una insistencia que casi me envanece, que todo
ello había sido muy admirado por mi compatriota, M. de Coubertin.
El «laboratorio» de botánica, sobre todo, enciende su entusiasmo:
aquí, dos ó tres preparadores especiales viven ocupados en modelar
amorosamente en cera y pintura, frutas, hojas y flores de todas las
especies americanas,—y me esfuerzo en admitir que ese taller de
floristas se relacione estrechamente con el progreso de las ciencias
naturales ...
Terminada la larga visita domiciliaria, el presidente me hace los
honores del Cambridge histórico, enseñándome algunos sitios memorables:
la secular _Shepard Church_, el olmo famoso bajo el cual Washington
tomó el mando del ejército patriota; la _Craigie House_ del poeta
Longfellow; los _homes_ de Russell Lowell, Agassiz y otras glorias
americanas. Me señala al pasar los _cottages_ de algunos profesores,
las estatuas del fundador Harvard, de Josiah Quincy, del puritano
Bridge ... La nieve y la tarde de invierno amortiguan el paisaje,
pero me figuro sin esfuerzo el encanto atractivo de esta existencia
tranquila y estudiosa en la dulzura de los hábitos diarios; así como
las galas primaverales de estos parques y jardines, hoy mustios y
descoloridos, durante la estación de los gorjeos en los follajes
obscuros y de las brisas perfumadas en el ambiente, á la hora de los
alegres paseos sobre los céspedes de verde terciopelo.
Tomamos el _lunch_ en la residencia del profesor S., el conocido
geólogo. Interior amplio y confortable; la familia nos recibe en
un _hall_ lleno de cuadros, flores, _bibelots_; hay una docena de
personas: académicos, cuatro ó cinco señoras y niñas. La dueña de
casa y sus hijas han viajado por Europa (el profesor ha residido en
Montpellier); su conversación es amena y, para mí, curiosa, por la
mezcla de distinción mundana y _scholarship_ bostoniense. La charla
deriva inevitablemente á las representaciones que está dando Henry
Irving en el gran teatro de Boston, y quedo sorprendido, no tanto
por la prevista información literaria de las señoras, cuanto por la
apreciación crítica, solemne y «banal» de los profesores. Paréceme
asistir á un examen de _high school_ sobre Shakespeare; y como una de
las _misses_ parece gastar humor travieso, y recordar que ha pasado
algunos años no lejos de Tarascón, me ocurre, por vía de estudio,
dirigirle, á propósito de _Hamlet_, unas _galejadas_ meridionales:
«¡Ah! sí, _indeed_, ¡admirable obra maestra! Pero ¡qué singular
monólogo! Un príncipe que coloca entre las amarguras insoportables de
la vida la «lentitud de los pleitos» (_law’s delay_) y «¡la descortesía
de los empleados!» Y luego, esa ocurrencia, en la esplanada, á media
noche: «¡Mi cartera! ¿dónde está mi cartera? ¡¡Urge escribir (_I set
it down_) que se puede sonreir, siendo un villano!!»—Mis huéspedes
se sonrien, sin ser _villain_, pero de dientes afuera, revelando tan
poca afición al _joke_ que baraja sus hábitos mentales como al que
revolviese los muebles del salón. Es natural que la gente puritana no
cultive la paradoja; pero, en general, el yankee no percibe la ironía
sino aderezada con el humorismo elefantino de Mark Twain.
Salimos, y el excelente Mr. Eliot me acompaña hasta el _car_; después
de agradecerle todas su finezas, le expreso mi deseo de volver algunas
veces para asistir á las conferencias del Colegio. Me concede el
permiso con toda amabilidad; y he podido, en efecto, sentarme al lado
de los alumnos durante una semana, no sólo en las clases y anfiteatros,
sino también en los _eating clubs_, como un estudiante libre un poco
postergado. Pero paréceme que el digno presidente, sobre todo después
de mis herejías shakespearianas, creía que mi misión se limitaba á
conocer y admirar los _halls_ de la Universidad—como M. de Coubertin.
* * * * *
El departamento académico, que se llama propiamente el Colegio de
Harvard, corresponde en principio á la Facultad de filosofía de
los alemanes, ó á nuestras facultades latinas de ciencias y letras
reunidas—si se incorporara al plan de estudios el año superior de
los liceos. No sólo por el número de sus alumnos (las dos terceras
partes de la totalidad), pero sobre todo por el carácter fundamental
y educativo de sus asignaturas, es el Colegio el departamento más
importante y el que suministra el criterio real de la cultura
americana. Fuera de que no podría tener opinión valedera sobre
muchas asignaturas técnicas y profesionales de otros departamentos,
es evidente que los estudios académicos son los que contienen la
característica de la enseñanza superior.
Esta característica, como era de preverse, es la misma que aparece en
la organización material de la Universidad, y la que domina toda la
sociología americana: la independencia individual y el _self-control_.
En el curso académico, que dura cuatro años, sólo el plan de
estudios del primer año es obligatorio en teoría; para los demás, las
asignaturas son en su mayor parte electivas. Cada estudiante designa
á su antojo, en el árbol frondoso _de omni re scibili_, las materias
sobre que habrá de examinarse al fin del curso, sin distinción de años
ni necesidad de vincularlas á sus exámenes anteriores. Puede, como
_sophomore_ (2º año), abandonar el griego que desfloró como _freshman_,
substituir la filología clásica por el cálculo diferencial, dar examen
de _senior_ (4º año) sobre asignaturas independientes de las que aprobó
como _junior_ (3º año), etc. Las cuatro divisiones del colegio se
confunden fragmentariamente en los mismos anfiteatros: á la conferencia
de «lenguas semíticas» (profesor Toy), por ejemplo, asistían como
alumnos: 2 graduados, 4 _seniors_, 2 _juniors_, 2 _sophomores_, 1
_freshman_ y 1 _special student_. Tratábase de literatura arábiga,
y era muy evidente que algunos oyentes (desde luego el _freshman_)
no conocían los elementos de la lengua ni acaso el alfabeto árabe.
Y así con todo. No es del caso averiguar el valor científico de los
profesores; baste decir que todos ellos dictan tres ó cuatro cursos,
fuera de otras atenciones universitarias, para comprender cómo les
sea imposible dedicarse á investigaciones personales. Los cursos son
orales, sin deberes escritos ni interrogaciones, y cada profesor
formula su programa y lo desenvuelve con absoluta libertad. Algunos
de los textos clásicos inspiran dudas penosas, si no acerca de la
competencia profesoral, al menos respecto de su diligencia: encuentro
bajo un flamante disfraz yankee á viejos conocidos míos: muchos autores
científicos europeos que han sido desterrados de nuestros colegios
secundarios: Ganot, Legendre, Privat-Deschanel; los anticuados alternan
con los novísimos, y, por ejemplo, me cuesta creer que la explicación
del solo _Manual_ materialista de Lotze contenga un cuadro cabal del
pensamiento filosófico moderno. Otros programas de alta literatura
extranjera inspiran una dulce alegría: v. g: un curso de _clásicos
españoles_ dedicado á _Gil Blas_; otro de clásicos franceses confiere
la igualdad universitaria á Corneille, Racine, Balzac, About, Dumas
y ... Amédée Achard (_The Clos-Pommier!!_). El orden de las materias
en los programas suele también ser algo inesperado; encuentro, por
ejemplo, que los jóvenes matemáticos estudiarán los logaritmos después
de la trigonometría plana, _with its applications to navigation_; sin
duda la trigonometría esférica se aplicará á la agrimensura, en el otro
semestre. En literatura clásica, los _freshmen_ se dedican á traducir
el texto griego de los trágicos y del mismo Aristófanes, dejando para
después á Homero y Jenofonte; lo propio acaece en latín con las _Odas_
de Horacio, que preceden al clarísimo Cicerón ... Pero todo ello, y
lo demás, se justifica cuando se asiste á las conferencias, que se
componen esencialmente de traducciones hechas con el texto _en regard_,
sin temas ni ejercicios gramaticales anteriores: evidentemente, para
quien ignora la lengua, el aprendizaje mnemónico del sentido, por la
versión yuxtalineal, no presenta diferencia, ya se trate de Tácito, ya
de Cornelio Nepote ...
No creo, pues, que sea aventurado ni excesivo afirmar que no existe
en los Estados Unidos lo que en Alemania y Francia se entiende por
educación superior universitaria. Ello se explica al punto con saber
que no existe tampoco verdadera educación secundaria. Faltando la base,
es decir, la sólida preparación del gimnasio y del liceo, la enseñanza
universitaria, aunque fuese lo que no es, no hallaría el firme cimiento
en que pudiera asentarse. ¿De dónde salen, en efecto, estos _freshmen_
de primer año, que vienen á seguir en Harvard la senda sinuosa que
les conducirá al magisterio en artes ó al doctorado profesional? Los
más favorecidos, los menos numerosos, traen un certificado de la
única _Latin School_ de varones (cuyo plan es idéntico al de la de
mujeres); otros lo tienen de las _High schools_ de Boston; muchos, por
fin, proceden de otros Estados, donde la organización escolar es muy
inferior á la del Massachusetts. Pero los mismos privilegiados, que
pudieron desflorar las asignaturas secundarias y saludar de pasada
el griego ó la historia literaria, no han conocido otro régimen
intelectual que el de la educación primaria, en los primeros cursos,
y el mismo de la universidad en los últimos: á saber, la disciplina
infantil, por una parte, y, por la otra, la ausencia de disciplina.
El plan de estudios de las _High Schools_ de Boston (varones y
mujeres) comprende cuatro años ó _classes_; el de la _Latin School_,
seis, y corresponde _nominalmente_ á la enseñanza «moderna» de los
colegios franceses[67]. Pero, fuera de lo inconexo y superficial
de los programas, hay que asistir á las lecciones y recorrer los
textos clásicos, para comprobar lo dicho más arriba, respecto del
carácter subalterno y mujeril de la enseñanza, con excepción quizá
de las matemáticas elementales. Forman la base de la instrucción: la
recitación de manuales (_Leading Facts of History_; _Hand-book of
Science_, etc.) para algunas materias; la traducción yuxtalineal de
trozos selectos para las lenguas clásicas y extranjeras (_Half-Hours
with Greek and Latin authors_, etc.); para todas las asignaturas, la
absorción pasiva y maquinal de datos objetivos y hechos concretos,
sin asomo de gusto, de espontaneidad, de crítica personal, así en
los maestros, como en los alumnos de uno y otro sexo. Porque, si no
existe ya la _coeducation_ material, funcionando por separado las
escuelas de varones y de niñas, persiste en realidad por la identidad
de los programas, de los _teachers_ y de los métodos. Aquí los hombres
aprenden y saben las ciencias y las letras como las mujeres suelen
saberlas, es decir, de memoria. Y ante esa distribución mecánica de la
ración pensante, á que diez veces he asistido, nunca dejó de acudir á
mi memoria la escena cómica de aquel personaje de Dickens, que se nos
muestra visitando una escuela y declamando su profesión de fe positiva
y práctica: «No enseñéis á esos varones y niñas sino hechos: ¡es lo
único necesario en la vida ...![68]»
Tal es el _training_ que se llama educación, con el aditamento de
introducirse en las clases superiores el socorrido sistema de la
materias electivas, que deja al alto criterio del alumno el sustituir
la historia de Roma por la de Inglaterra ó el griego por el francés, y
recíprocamente. Si se recuerda que, en Alemania y Francia, excelentes
jueces se oponen á que los estudios clásicos de las _Realschulen_ y del
_Enseignement moderne_ (que no admiten comparación con el mecanismo de
las _High Schools_) sean válidos para las carreras universitarias, se
comprenderá por qué el kaleidoscopio de Harvard no responde, ni puede
responder, sino á una ilustración rápida y dispersa, á un rozamiento
superficial de _Half-Hours_ con la literatura, la filosofía y la
ciencia pura, y que sólo prepara para el plagio y la mediocridad. Y es
así como los Estados Unidos y el mismo Massachusetts han ingerido, en
un tronco robusto de instrucción primaria, un deplorable vástago de
educación superior, que se prodiga estérilmente en ramas y follajes
sin producir el fruto de estación. Faltando la fuerte disciplina
secundaria, la enseñanza superior se desploma en el vacío: no pasa
de conferencias y programas extraordinariamente variados, que los
estudiantes «curiosean» entre una función teatral y una larga sesión
en el gimnasio.—«No hay (escribía J. de Maistre) métodos fáciles para
aprender cosas difíciles». Los yankees han aplicado á las ciencias y
las letras su artificio pedagógico de la _primary school_; toman ó dan
«lecciones objetivas» de matemáticas, física, astronomía, literatura
clásica y filología comparada, despachando en algunos meses de pocas
horas diarias los estudios que requieren años de ruda labor y sólida
iniciación: _sunt verba et voces, prætereaque nihil_.—El punto en
que realmente sobresalen las universidades yankees sobre todas las
europeas, sin exceptuar á las inglesas, es el atletismo; el grave
problema que preocupa á profesores y estudiantes durante el año
académico, la rivalidad en que agotan sus esfuerzos los alumnos de
Harvard y Yale—es el _championship_ de las regatas y del _foot-ball_.
Aunque en páginas anteriores he puesto de relieve la «estéril
abundancia» y la falta absoluta de originalidad creadora que
caracteriza la mente americana, no puedo dejar de presentar algunas
reflexiones más, como prueba confirmativa de la conclusión á que he
arribado respecto de la educación superior en la «Atenas» de los
Estados Unidos. Claro está, con efecto, que si la alta educación
literaria y científica no tiene en sí misma su propio fin, si llevan
un objeto exterior y ulterior los grados universitarios, habremos
de apreciar su eficacia por el rango que las ciencias y las letras
yankees ocupan en el mundo. Ahora bien: este rango, no es posible
disimularlo, es de los ínfimos,—y estamos aquí en sitio inmejorable
para comprobarlo. Boston—con sus anexas Cambridge y Concord—era en
verdad, á mediados del siglo, el gran foco de reflexión del pensamiento
europeo en América. Á la distancia, y sobre todo para sus efectos
civilizadores en la Nueva Inglaterra, la luz prestada casi desempeñaba
el mismo oficio que si fuera propia, y hasta para la Europa originaria
se hacía perceptible la vislumbre que el unitarismo de Channing y el
trascendentalismo de Emerson irradiaban. La pléyade literaria del
Massachusetts no tiene sucesores en estos enormes Estados Unidos,
cuatro veces más poblados que entonces, y cubiertos de universidades,
escuelas y bibliotecas. De este mar de hombres, que leen diarios y
libros desde que saben andar, no surge una cabeza iluminada por el
sol del genio. Más que nunca, el pueblo norteamericano viene siendo,
según el dicho intraducible del menos yankee de los bostonienses,
el más «deletreado» y el menos culto del orbe[69]. La decadencia es
visible, y si bien la explica en parte el carácter de la enseñanza
superior, tal como lo he bosquejado ante la mejor universidad del país,
cumple preguntarse, para no exagerarla, si ella entraña una nueva
manifestación regresiva, ó si es simplemente la agravación democrática
del estado anterior.
Creo que no es sino la evolución natural que, para ser claro y breve,
he llamado antes la preponderancia del Oeste. El desarrollo físico
del país y el fausto exterior de los «sepulcros blanqueados» acentúan
sin duda el contraste, entre el cuerpo que ha crecido asombrosamente
y el espíritu que ha mermado un poco: lo que antes fuera dudoso y
discutible nos deslumbra ahora con su evidencia; pero, en el fondo,
ha habido cambio en la proporción, mucho más que en la esencia. Aun
en el apogeo de la «Academia» bostoniense, la característica del
pensamiento americano ha sido siempre la ausencia de originalidad. La
novedad del escenario ha podido en algunos casos producir ilusiones;
en realidad, la influencia de Walter Scott es tan notable en Fenimore
Cooper, como la de Barante en Prescott, la de Hoffmann en Hawthorne y
la de todo el mundo en Longfellow. Parece al pronto que hacen excepción
los dos ilustres bostonienses Emerson y Poe, y ello es cierto en
alguna manera, pero no es sino para corroborar la ley general. Con
hondas diferencias en su manifestación intelectual y su destino, ambos
significan igualmente el aborto del genio «virtual», fuera de su medio
propicio. Pudo todavía el humus colonial de la Nueva Inglaterra hacer
brotar acá y allá la planta soberana, predestinada á ser roble soberbio
en su patria de origen,—y sin duda no es casual la agrupación de los
talentos americanos en el Massachusetts[70];—pero el talento creador
es árbol de familia y, lejos del ambiente favorable, había de detenerse
en su crecimiento y languidecer. Tenía Poe, más que el instrumento,
el instinto genial del arte,—y así lo prueba su rudo batallar contra
Longfellow y otros pálidos «moralistas» de la poesía,—pero era
superior á su producción desigual y enfermiza, finalmente sumergida
en el _delirium tremens_, como la de Baudelaire en la parálisis
general. Poe es en América lo que sería Baudelaire en Francia, á no
tener éste á su lado, y muy arriba de él, á los genios robustos que,
por la diferencia de estatura, enseñan lo que va de la realización á
la tentativa, de la originalidad al «excentrismo», de la salud á la
enfermedad.—En cuanto al trascendental y simbólico Emerson, es muy
sabido que fué una suerte de Carlyle americano, sin el estilo agudo ni
la prodigiosa visión histórica del escocés[71]: éste suele tornarse
obscuro á fuer de profundo; temo que á veces el otro parezca profundo á
fuerza de obscuridad; en todo caso, nunca logró sacudir la fascinación
que ejercía el que _era_ sobre el que _pudo ser_; y sólo la ingenua
vanidad de sus paisanos pudo igualar con el maestro al discípulo
modesto que conservó hasta el fin, en frente de aquél, algo de la
actitud respetuosa de Eckermann delante de Goethe[72].
Con todo, así desmedradas ó fragmentarias, las producciones de Emerson
y Poe quedan aparte y aisladas, distinguiéndose por su carácter
personal de otras voluminosas imitaciones europeas que no necesito
enumerar. Poesía, novela, historia, crítica: todo el _stock_ literario
americano forma un conjunto de tentativas plausibles, honradas, no
pocas de indiscutible utilidad por el asunto, pero subalternas y sin
belleza artística. Algunos modernos, para salir de la huella imitativa,
han dado un brusco tirón hacia el monte tupido, y la originalidad
yankee revienta en el enorme balbuceo de Walt Whitman (_the true
laureate of Democracy!_) ó el _clownismo_ humorístico de Mark Twain
... Entre tanto, los convencidos apologistas del _American Thought_,
Stedman, Richardson y otros, inclinados sobre el estanque nacional,
describen á sus paisanos maravillados el brillo y magnitud de los
astros que aparecen en su cristal: y es la verdad que nada les falta
para poblar un firmamento y alumbrar la tierra—nada más que ser
visibles á la distancia y convertirse, de reflejada imagen, en alta y
perenne realidad.