Mount Vernon no es propiedad de la nación, sino de una sociedad privada

de señoras, _the Mount Vernon Ladies’ Association_; es un rasgo más

del admirable espíritu de iniciativa que aquí reina. Cuando el último

heredero pensó en deshacerse de la propiedad, ocurrióle á una dama

virginiana, miss Ann Cunningham, la idea de conservar la _sacred

place_; se dirigió al Congreso en 1855, sin éxito; fué más feliz

con la sociedad _Women of America_, que encontró medio de adquirir

la casa y sus doscientas acres de campo por 200.000 dollars. Las

subscripciones afluían de todas partes; fuera de las vulgares y que

parecen inferiores á su valor venal, como las de Jay Gould y otros,

merece mencionarse aparte la del pastor y orador Everett[52] que envió

68.494 pesos producidos por sus lecturas sobre la «Vida y carácter de

Washington». La asociación tiene asignado á cada Estado de la Unión

un cuarto de la casa para su mueblaje y arreglo, suponiendo que no

habrá de contener sino reliquias auténticas del gran patricio y su

familia—incluyendo en ésta á La Fayette, cuyo _room_ ha sido otorgado

á New Jersey; y, piadosamente, todos los visitantes—y yo mismo entre

ellos—se esfuerzan para no poner en duda la procedencia legítima de

estos trastos venerables, ¡que se aumentan día á día y llegan de los

confines del país!

La casa intacta, y sólo reparada en detalles accesorios, se levanta en

una colina que domina el río; se divisa desde el desembarcadero, amplia

y sencilla, de dos pisos (el segundo muy bajo, como entresuelo), con

su larga galería de columnas, desde donde solía el dueño contemplar el

horizonte de bosques y praderas. El techo de azotea tiene un pequeño

mirador y, en el frente que mira al Potomac, una terraza sobre pilares

cuya cubierta está á nivel del piso alto. La construcción es de madera

pintada, imitando la piedra, y el aspecto general, el de una antigua

casa-quinta de Buenos Aires. Al subir de la ribera, se encuentra

primero el sepulcro de Washington; es un modesto monumento de ladrillo,

conforme á la voluntad consignada en su testamento: aquí ha querido

dormir el sueño eterno, al lado de su fiel compañera, lejos de las

ciudades y sus fastuosos panteones. Los dos sarcófagos de mármol se

alargan delante de la doble puerta de hierro; en la losa de la derecha,

debajo de las armas nacionales, el nombre solo, breve—inmenso:

WASHINGTON; en la de la izquierda: MARTHA, CONSORT OF WASHINGTON.

El interior de la casa no tiene sino un interés convencional; los

cuartos, generalmente pequeños, están bien arreglados para interesar

la curiosidad vulgar de los peregrinos: el _Hall_ con su enorme «llave

de la Bastilla», regalo de La Fayette; el cuarto de música, con la

flauta del vencedor de Princeton y el arpa de Nelly Custis, su hija

adoptiva; el cuarto de La Fayette, con el _bureau_ que usó el elegante

y valiente marqués, durante su última visita de 1784, etc., etc.. Y por

momentos, á pesar del mueblaje de lance y del _bric-à-brac_ apócrifo,

la ilusión elabora su milagro, y una virtud secreta se desprende del

ambiente, de las paredes y del pavimento, que siquiera forman los

cuartos en que realmente ha vivido el grande hombre. ¡Cómo se comprende

su deseo de vivir aquí sus últimos años, en la paz confortable de este

_home_ campestre: lejos del tumulto de los campamentos, lejos del poder

supremo que es también la suprema amargura, y de la aclamación popular

que no es sino la moneda falsa de la gloria! Después de las batallas

que aseguraron la Independencia, creía sinceramente, á los cincuenta

años, que había terminado su carrera pública; y se deleitaba entre los

suyos, llevando la existencia activa y reposada del _gentleman-farmer_

virginiano, cuidando sus prados y dehesas, viendo madurar sus mieses,

cultivando este mismo jardín que se extiende detrás de la casa,

recorriendo á pie y á caballo los sitios amenos y las riberas del

Potomac. Durante las largas veladas de invierno, delante del hogar

alegre en que ardía un tronco de encina, en esas noches de diciembre

de 1784, que fueron las últimas que La Fayette pasó aquí ¡qué dulces y

profundas confidencias debían de cambiar los dos amigos y compañeros

de Yorktown! El mayor, el más grande, veía partir al otro para el

viejo mundo, soñándole devuelto á los esplendores de Versalles y

París, en tanto que éste creía dejar al Cincinato americano, retirado

para siempre en su dominio patriarcal: ni uno ni otro sospechaban

que sólo estaba en vísperas de comenzar el gran período de su vida

histórica; que el primero sería dos veces presidente de su Nación,

que el segundo vería derrumbarse el trono de sus reyes y saludaría

las ruínas de la Bastilla á la cabeza del pueblo de París ... Y con

todo, algo de misterioso y patético hubo de estremecer sus últimos

momentos, antes de la separación, para que al día siguiente, cuando

La Fayette se embarcaba en la fragata que le llevaba á su patria,

recibiese del reservado é impasible Washington, estas bellas palabras

de adiós en una carta, que acaso sea la única conmovida de toda su

Correspondencia[53], la sola en que revele un temblor humano aquella

voz siempre firme y serena, pero también austera y fría como el deber:

«... En el momento de nuestra separación, en el camino, durante mi

viaje de vuelta, y desde entonces á cada hora, mi querido marqués, he

sentido por vos todo el respeto, todo el cariño que me ha inspirado

vuestro mérito personal en esos largos años de una relación íntima.

Mientras nuestros carruajes se alejaban uno de otro, me preguntaba

á menudo si os había visto por última vez; y, á pesar de mi deseo

contrario, mis temores me respondían que sí. Recordaba en mi espíritu

los días de mi juventud; hallaba que hacía mucho tiempo que habían

huído para no volver más, y que descendía ahora la colina que he visto

disminuir durante cincuenta y dos años delante de mí ... Sé que no se

vive muy viejo en mi familia; y, aunque soy de constitución robusta,

debo prepararme á descansar muy pronto en la fúnebre morada de mis

padres. Estos pensamientos obscurecían para mí el horizonte, esparcían

una nube sobre el porvenir: por consiguiente, sobre la esperanza de

volver á veros. Pero no quiero quejarme: _he tenido mi día ..._ No

encuentro palabras que expresen todo el afecto que os profeso, y no

intento hallarlas ...»

¡Palabras solemnes y conmovedoras en cualquiera boca, pero cuyo real

alcance y pleno valor, en la de Washington, sólo pueden apreciar y

medir quienes hayan estudiado su vida y carácter; leído, sobre todo, su

correspondencia, que comienza en la juventud y termina la víspera de

su muerte, sin que jamás, al dirigirse á su mujer, á su hermana, á su

hija adoptiva, á sus amigos de cuarenta años, se vuelva á encontrar una

confidencia efusiva, un arranque espontáneo y natural, parecido al que

acabo de citar ...

En el parque que se extiende tras de la casa, por las calles

geométricas del jardín, dibujado, tallado, rastrillado

escrupulosamente, con sus arriates de boj trazados con regla y compás,

según el viejo estilo francés que tan bien cuadraba al carácter del

dueño; en todos los puntos y rincones del cortijo, de la cocina al

palomar, las romerías diarias de cuarenta años han dejado huellas de

sus pasos, trayendo y llevando reliquias pueriles, grabando fechas

é iniciales, arrancando hojas y ramilletes, cargando con astillas y

cascotes conmemorativos. Entre los peregrinos de hoy, está un _farmer_

de Minnesota que repite periódicamente la romería, para comprobar el

crecimiento de un fresno que él mismo trajo y plantó hace diez años:

le encuentro de guardia al pie de su arbol de donde no se mueve en

todo el día, recitando á los concurrentes sucesivos la historia de su

_ash-tree_, con más convicción que el guardián de las reliquias de una

catedral.—De tales minucias y preocupaciones pueriles se componen

todos los cultos, y el fetichismo varía en la forma y el objeto sin

cambiar en su esencia simbólica. La humanidad es un niño secular que

crece siempre en estatura sin llegar nunca á la mayor edad ... Al

retirarme, camino del embarcadero, vuelvo á pasar tras de la tumba, y

leo en el arco de la bóveda esta inscripción evangélica, en ese viejo

inglés casi tan venerable como el latín de la Vulgata, pues es el que

ha vibrado en los labios de John Knox y William Penn, de todos los

reformadores y mártires del protestantismo: «_Yo soy la resurrección y

la vida. El que creyere en mí, aunque hubiere muerto, vivirá_»[54].

Puede Washington esperar en paz la resurrección de la carne, en que

creyera su fe sencilla; su gloria, su alma, su espíritu, lo que vale

del hombre, no ha muerto ni morirá. Las mismas supersticiones, de que

es objeto su culto patriótico entre su pueblo, son la mejor prueba y

salvaguardia de la inmortalidad. Mejor que la verja de hierro de su

sepulcro, la leyenda piadosa preserva su memoria y embalsama su vida,

defendiéndolas contra las tentativas de la realidad. No se ha escrito,

ni probablemente se escribirá jamás, una historia exacta y filosófica

de Washington: todas las que llevan este nombre, desde la de Marshall

hasta la de Witt, pertenecen á la hagiografía. No se intentará revelar

al hombre intermitente y falible, debajo del héroe sacramental. Nadie

enseñará sus preocupaciones de raza y de fortuna, sus estrecheces de

concepto, su limitado vuelo intelectual, la frialdad de sus afectos,

la violencia orgullosa de su carácter, la rigidez de principios que

llegó alguna vez hasta la inhumanidad, su desconocimiento «virginiano»

de las tendencias democráticas que, con Jefferson y sus sucesores,

iban á lanzar al país por la pendiente irresistible,—mucho menos se

sacarán á luz sus injusticias y flaquezas humanas ... Con su estrategia

de antiguo agrimensor, sus victorias de general de milicias sobre

tres regimientos de enganchados hessenses y hannoverianos (Trenton

y Princeton), quedará «el primero en la guerra y el primero en la

paz», ¡en el siglo que comienza con Napoleón y termina con Moltke! Se

celebrará siempre, como un sacrificio sublime, el abandono del poder

en quien, calumniado, vilipendiado por la prensa encanallada que tan

numerosa prole dejara allí, no aspiraba sino al reposo, y exclamaba

violentamente en pleno consejo de ministros: «¡Antes en la tumba que en

otra presidencia! _Rather in my grave than in the presidency!_»—Todo

ello, porque simboliza á los Estados Unidos y es la estatua erguida

en el ápice de esa pirámide formidable, cuya base ocupa y llena un

continente.

Este nuevo mundo había menester de otros dioses, nuevos como él y

capaces de sustituir á los antiguos que se van, disecados por la

ciencia y corroídos por la crítica.—Hé aquí uno, tan legendario

é intangible, á despecho de su modernidad, como las creaciones

gigantescas de la mitología. Nada prevalecerá contra él, mientras arda

en el corazón humano la llama inextinguible del sentimiento y de la

fe, mientras el sér efímero y miserable necesite buscar fuera de sí el

ideal de fuerza y grandeza que la realidad no le brinda. Es necesario

y bueno que así sea. Cada nación quiere arrancar de un _Fiat lux_

repentino y sublime, y coloca en el origen de su historia al héroe

infalible y omnipotente de quien todo nace y procede.—En vano será que

la ciencia demuestre que el río caudaloso se forma con el derrame de

cien vertientes sucesivas, de mil raudales afluentes que contribuyen á

engrosarlo sin tregua hasta el delta de su estuario: el hombre querrá

siempre buscar, por entre las tinieblas y penurias, la roca misteriosa

y lejana de cuyo seno mana el arroyo cristalino, que debe ser la fuente

sagrada y única del Nilo Azul ...

Y yo mismo que estoy ahora discurriendo del simbolismo popular con

el frío criterio de la ciencia, hé aquí que acabo de tropezar con un

_memento_ instructivo y filosófico; parece que he sido también alguna

vez el peregrino ingenuo de aquella Meca americana: al transcribir

estos apuntes, tomados el mismo día de mi segunda visita, hase escapado

del cuaderno una hoja de álamo blanco recogida en Mount Vernon ...

XVIII

EL MASSACHUSETTS

I

LA VIDA SOCIAL

Al acercarse ya el término de mi paseo por estos Estados Unidos, me

ocurre examinar rápidamente, en obsequio de algún viajero futuro, si

el programa que me tracé era el más racional y si lo he realizado

pasablemente, siquiera en sus partes importantes. Respecto al primer

punto, mi conclusión es favorable; hecho el experimento, apruebo el

plan seguido y siento que, á repetir la excursión, no modificaría mucho

el itinerario. Citaré este solo hecho significativo en favor de mi

conclusión: no he conocido á Nueva York hasta después de recorrer el

oeste y el centro; ahora bien, durante mis dos estancias en la «ciudad

imperial», fuera del movimiento y las proporciones mayores mil veces

descritos, no he encontrado allí un solo elemento que agregase un rasgo

nuevo á mi esquema general del país. No tratándose de estadística

sino de sociología, afirmo, sin buscar ni rehuir la paradoja, que el

gran emporio comercial del Atlántico, para quien conozca ya las otras

ciudades representativas, es un factor _négligeable_. Es posible que,

para un viajero llegado de Europa y preocupado de referir á ella su

examen comparativo, fuese preferible el itinerario más natural; dado

mi punto de vista sudamericano, creo que ha convenido acometer por

el litoral Pacífico el estudio progresivo de la región, caminando al

oriente, en sentido contrario al que ha seguido la civilización, así en

el mundo antiguo como en el nuevo. Al hacerlo, parece que se faltase

á la lógica, aplicando á la geografía un método opuesto al de la

historia; pero es simple apariencia. La edad cronológica de una comarca

suele ser lo contrario de su edad sociológica: con referencia á la

civilización, yendo de Méjico á Nueva Inglaterra, se marcha en realidad

como el tiempo, de lo pasado á lo presente. Por lo demás, la imagen

clásica del río que nace en su propio manantial y desciende el curso de

los años no es tampoco aplicable al progreso de América, que no es, en

principio, más que una simple desviación y derrame del europeo: fuera

más exacto compararlo con una corriente que se desprende de un vasto

lago central, á manera del San Lorenzo que sale del Ontario y engruesa

con su hoya propia el caudal primitivo. En todo caso, no es dudoso que,

después de conocer á Nueva York y el Massachusetts, el primer efecto

de California y del mismo Illinois sería muy diferente del que produce

cuando se llega de Méjico.

La realización del programa ha fallado en parte por el tiempo. La

ciclópea Feria ha absorbido mi atención y embarazado mis movimientos;

fuera de que no son suficientes algunos meses para un viaje de

iniciación. Sería indispensable un año de libre y activa permanencia

para completar el análisis de los factores primordiales. Éstos, en

suma, no son muy complejos ni numerosos; infinitamente más difícil y

delicado es el estudio original de cualquiera nación europea. Esta

inmensa comarca no presenta, sobre un fondo común é invariable,

sino cuatro ó cinco aspectos distintos y característicos. Éstos,

únicamente, requieren y merecen examen detenido; y para ello es inútil

y hasta nocivo trasegarse de Estado en Estado, consumiendo el tiempo

y fatigando la vista con el espectáculo de copias y «réplicas» del

mismo original. Para quien no lleva un objeto técnico preciso, las

estaciones prolongadas deben ser las que en estas páginas he señalado,

sin perjuicio de las excursiones complementarias á todas las zonas de

la Unión.

Para juntar los elementos de un juicio personal, sería suficiente

una permanencia de un año bien empleado, conociendo, por supuesto,

el observador la historia y la lengua del país, y cuidándose mucho

de no disipar su actividad en frívolo turismo. El viajar durante

meses, con el solo objeto de _haber visto_ las poblaciones y parajes

célebres, constituye la más estéril de las fatigas; se extraería

mayor gusto y provecho de una lectura. Sobre todo, cuando se trata de

sitios naturales, famosos por su belleza, las vistas y descripciones

literarias han desflorado de antemano nuestras impresiones: la

imaginación los fingía más bellos. Mejor dicho, las cosas no son bellas

sino para los que poseen el mágico cristal de los videntes, que revela

la poesía oculta bajo la prosa superficial. Y es pretensión ridícula en

cualquier transeunte, el creer que descubrirá, en un sitio histórico ó

natural, lo que Taine ó Flaubert hubieran visto.

Al paso que se achica, el planeta se torna más chato y monótono.

Cuando la civilización niveladora haya borrado de la haz de la tierra

los vestigios de la antigüedad y del exotismo, la uniformidad universal

será desesperante, y las distancias aproximadas no valdrán el trabajo

de ser salvadas. En un largo viaje, lo que se encuentra á cada paso es

la repetición de lo que se conoce ya; y ello nos interesa precisamente

en proporción de los recuerdos, es decir, de los elementos psicológicos

que le incorporamos: he evocado en Belize la selva de Fontainebleau;

en los Alleghanies herrumbrados por el otoño, las faldas de los

Pirineos; en California, el valle de Aconcagua ó Tucumán. La naturaleza

es menos varia que el humano habitáculo. Pero, si el mismo paisaje

no nos interesa hondamente más que por la impregnación histórica ó

legendaria que contiene ó le atribuímos ¿qué substancia imaginativa

pueden encubrir estas vírgenes praderas sin huellas seculares, estas

ciudades nuevas sin nobleza ni estética? Lo único que aquí retribuye la

tristeza del peregrinaje es la manifestación, más futura que presente,

de una variedad sociológica en formación. Y aquí, sobre todo, es cierta

la palabra de Pope: «El verdadero estudio de la humanidad, es el

hombre»[55]. Pero lo que vale ser estudiado del hombre no se muestra

en la existencia artificial de los ferrocarriles y hoteles; el alma

colectiva puede asomar á la superficie de la vida callejera, casi nunca

el alma individual, la que piensa, desea, sufre á solas, y es la célula

consciente del organismo social. Por eso, no sabrá nada real é íntimo

de la psicología americana quien no haya ahondado lo bastante en ella

para criar afectos y antipatías, agregando al juicio del espíritu la

reacción personal del sentimiento.

En los meses de octubre, noviembre y diciembre, he recorrido varias

veces los Estados del centro y del este, deteniéndome algunos días

en sus más importantes poblaciones, fuera de estancias repetidas en

Washington, Boston y Nueva York. Pudiera ahorrarme lo primero en

beneficio de lo segundo, pues nada útil he extraído de las rápidas

excursiones, y por ellas he tenido que abreviar las permanencias

provechosas.

Al viajar desde Chicago á cualquier región del este, el rasgo general

que hiere la vista es la densidad creciente de la población, mejor

dicho, la multiplicidad é importancia de los centros comerciales y

fabriles. Las ciudades populosas se suceden como ganglios á lo largo

de la vía férrea; se siente la aproximación de los viejos Estados del

Atlántico, de las genuínas colonias inglesas que han sido el núcleo

de la nacionalidad y el primer receptáculo de la inmigración europea.

Pero, de Cincinnati á Baltimore y Filadelfia, como de Cleveland á

Pittsburg ó Buffalo, la uniformidad invernal de la campiña refleja la

de las agrupaciones humanas; apenas si, acá y allá, rasga la niebla

del vago recuerdo un punto luminoso y alegre,—sólo acaso porque me

tocara entreverlo bajo el claro sol de invierno y el cielo azul—así

Toledo y su parque á orillas del lago Erie; la blanca Indianapolis,

libre del hollín de Cincinnati y Chicago, con su vistoso monumento á

los soldados anónimos: _¡Indiana’s silent victors!_ Pero aun antes de

la nieve niveladora, la campiña, en el Ohío y Michigan, carece de la

majestad que ostenta la sabana ilimitada, entre el Missisipi y los

montes Rocallosos, sin cobrar la amenidad de los valles y colinas de

California. Acabado el verano, con sus mieses doradas y sus verdes

praderas, el suelo desnudo ha sido despojado de su único atractivo. La

cadena de los montes Alleghanies accidenta la monótona Virginia, y su

cruzada en ferrocarril abre un paréntesis en el tedioso viaje; en la

tarde de otoño, una impresión de dulzura triste se desprende de los

montes rojizos, de los enebros y encinas, cuyos follajes herrumbrados

contrastan con el verde obscuro de los abetos, sobre el fondo pálido de

la helada pradera. Pero muy luego vuelven á sucederse interminablemente

las mustias heredades, cubiertas de bañados ó de ralos encinares que

rodean las casillas de madera y techo de zinc, fabricadas por millares

para ser transportadas y armadas en cuatro días, en cualquier punto

del territorio. Son hogares trashumantes, casi tan movibles como la

tienda del pastor, y que tal vez no duren bastante para ver florecer

los arbustos frutales plantados en su contorno. La tierra americana

se cansa pronto, y sus explotadores abandonan sin tristeza el campo

arrendado, en cuanto deja de «pagar». Aun en el oeste casi virgen, con

el despotismo de los sindicatos compradores de cereales, hase vuelto

tan precaria la suerte de los agricultores, que muchos entregan sus

campos roídos de hipotecas, y prefieren trabajar á jornal. El seno de

la gran nodriza se ha secado al viento de la especulación. Por otra

parte, esta nodriza es una mercenaria. Nada hay aquí que se asemeje á

la pasión entrañable del labriego francés por su terruño. Aquél, en

verdad, se une indisolublemente al campo heredado ó adquirido, que las

generaciones han fecundado con el sudor de su afán. Para este rural

advenedizo, la tierra vale lo que produce; cuando ella deja de ser

remuneradora, levanta sus frágiles penates y los transporta más allá;

y por eso no se asienta en sólidos cimientos la casilla sin musgo ni

enredaderas, donde los hijos no han nacido ni los abuelos morirán.

Desde mediados de diciembre, el crudo invierno se ha desplomado

bruscamente en los Estados del centro; sorda y espesa, la nieve ha

caído sin interrupción durante una semana, y el blanco sudario que

envuelve campos y ciudades se perpetúa por la congelación. El viajar

ahora es melancólica tarea; por lo demás, menos penosa aún que durante

el verano. Mejor que en región alguna de Europa—donde el confort

se reserva para la vida casera—los yankees han resuelto, amplia y

democráticamente, el problema de la comodidad material. Han sacudido

el yugo de las estaciones; en verano, con los bloques de hielo y el

agua á torrentes por todas partes; en invierno, con la calefacción,

tan general é intensa, que envuelve la vida urbana y viajera en una

atmósfera aisladora y tibia: á tal punto que, lejos de sufrir por el

frío polar, el forastero lo desea, y procura por una hora la tónica

reacción, sabiendo que, á cualquiera parte que se dirija, el paseo á

pie por las aceras congeladas será un breve paréntesis al confortable

ambiente del calorífero.

He dado una última carrera de despedida por el oeste, y, después

de Navidad, vuelvo de Chicago á Boston por la orilla de los lagos,

deteniéndome en varias ciudades manufactureras; algunos puntos negros

sobre el fondo implacablemente blanco: tal es el efecto general del

paisaje en la retina; y el residuo sensacional es un despliegue

abrumador y monótono de la misma fuerza física. Las ciudades negruzcas

que atravieso, asentándome en ellas horas ó días, según el humor

(gracias al socorrido _unlimited ticket_): Detroit, Cleveland,

Pittsburg, Buffalo, son inmensos talleres fabriles y febriles, que

despiden el potente rumor del esfuerzo humano y evocan imágenes

monstruosas de cíclopes fraguando metales en las cavernas volcánicas:

_Ac veluti lentis Cyclopes fulmina massis

Quam properant..._[56]

Sucédense los «enjambres» mineros, más numerosos y compactos á medida

que se interna el viajero en el New York y Pennsylvania; de noche, por

entre el velo espeso de la niebla y el humo que enrojece los focos de

gas natural, y hasta la cruda incandescencia eléctrica, esos grupos

infatigables é insomnes revisten no sé qué apariencia fantástica.

Tienen su enérgica existencia propia, al parecer independiente de la

que se adapta al curso de los astros y al cambio de las estaciones; en

la muerte universal que cubre las campiñas, y el invierno que aletarga

la vida orgánica, los gnomos subterráneos se alimentan sin duda con

los metales que extraen y amasan, con los aceites minerales que manan

de la roca, sin conocer más sol que los gases inflamados, más brisa

que el hálito de sus fuelles gigantes, más nubes que los penachos de

humo que se retuercen bajo sus bóvedas de hierro y granito. Y en la

fuga nocturna del tren por el campo de nieve, las negras poblaciones

atravesadas, que dejan la sensación de bloques de carbón sobre un

pavimento de mármol, se llaman—¡amarga ironía!—Roma, Ithaca, Troya,

Siracusa: nombres prestigiosos y sonoros que llevan el espíritu á las

regiones luminosas y bendecidas, donde la fácil existencia no cuesta

tanto afán: á los siglos antiguos, en que á la esbelta humanidad,

vagando á sus anchas por el planeta desocupado, bastábale pedir sus

frutos espontáneos al suelo intacto y sus peces al mar, para levantar

gozosa el himno de la vida y proseguir el sueño de belleza que poblara

el universo de dioses y héroes ...

Del Plata al Niagara · 第 28 / 35 段