de señoras, _the Mount Vernon Ladies’ Association_; es un rasgo más
del admirable espíritu de iniciativa que aquí reina. Cuando el último
heredero pensó en deshacerse de la propiedad, ocurrióle á una dama
virginiana, miss Ann Cunningham, la idea de conservar la _sacred
place_; se dirigió al Congreso en 1855, sin éxito; fué más feliz
con la sociedad _Women of America_, que encontró medio de adquirir
la casa y sus doscientas acres de campo por 200.000 dollars. Las
subscripciones afluían de todas partes; fuera de las vulgares y que
parecen inferiores á su valor venal, como las de Jay Gould y otros,
merece mencionarse aparte la del pastor y orador Everett[52] que envió
68.494 pesos producidos por sus lecturas sobre la «Vida y carácter de
Washington». La asociación tiene asignado á cada Estado de la Unión
un cuarto de la casa para su mueblaje y arreglo, suponiendo que no
habrá de contener sino reliquias auténticas del gran patricio y su
familia—incluyendo en ésta á La Fayette, cuyo _room_ ha sido otorgado
á New Jersey; y, piadosamente, todos los visitantes—y yo mismo entre
ellos—se esfuerzan para no poner en duda la procedencia legítima de
estos trastos venerables, ¡que se aumentan día á día y llegan de los
confines del país!
La casa intacta, y sólo reparada en detalles accesorios, se levanta en
una colina que domina el río; se divisa desde el desembarcadero, amplia
y sencilla, de dos pisos (el segundo muy bajo, como entresuelo), con
su larga galería de columnas, desde donde solía el dueño contemplar el
horizonte de bosques y praderas. El techo de azotea tiene un pequeño
mirador y, en el frente que mira al Potomac, una terraza sobre pilares
cuya cubierta está á nivel del piso alto. La construcción es de madera
pintada, imitando la piedra, y el aspecto general, el de una antigua
casa-quinta de Buenos Aires. Al subir de la ribera, se encuentra
primero el sepulcro de Washington; es un modesto monumento de ladrillo,
conforme á la voluntad consignada en su testamento: aquí ha querido
dormir el sueño eterno, al lado de su fiel compañera, lejos de las
ciudades y sus fastuosos panteones. Los dos sarcófagos de mármol se
alargan delante de la doble puerta de hierro; en la losa de la derecha,
debajo de las armas nacionales, el nombre solo, breve—inmenso:
WASHINGTON; en la de la izquierda: MARTHA, CONSORT OF WASHINGTON.
El interior de la casa no tiene sino un interés convencional; los
cuartos, generalmente pequeños, están bien arreglados para interesar
la curiosidad vulgar de los peregrinos: el _Hall_ con su enorme «llave
de la Bastilla», regalo de La Fayette; el cuarto de música, con la
flauta del vencedor de Princeton y el arpa de Nelly Custis, su hija
adoptiva; el cuarto de La Fayette, con el _bureau_ que usó el elegante
y valiente marqués, durante su última visita de 1784, etc., etc.. Y por
momentos, á pesar del mueblaje de lance y del _bric-à-brac_ apócrifo,
la ilusión elabora su milagro, y una virtud secreta se desprende del
ambiente, de las paredes y del pavimento, que siquiera forman los
cuartos en que realmente ha vivido el grande hombre. ¡Cómo se comprende
su deseo de vivir aquí sus últimos años, en la paz confortable de este
_home_ campestre: lejos del tumulto de los campamentos, lejos del poder
supremo que es también la suprema amargura, y de la aclamación popular
que no es sino la moneda falsa de la gloria! Después de las batallas
que aseguraron la Independencia, creía sinceramente, á los cincuenta
años, que había terminado su carrera pública; y se deleitaba entre los
suyos, llevando la existencia activa y reposada del _gentleman-farmer_
virginiano, cuidando sus prados y dehesas, viendo madurar sus mieses,
cultivando este mismo jardín que se extiende detrás de la casa,
recorriendo á pie y á caballo los sitios amenos y las riberas del
Potomac. Durante las largas veladas de invierno, delante del hogar
alegre en que ardía un tronco de encina, en esas noches de diciembre
de 1784, que fueron las últimas que La Fayette pasó aquí ¡qué dulces y
profundas confidencias debían de cambiar los dos amigos y compañeros
de Yorktown! El mayor, el más grande, veía partir al otro para el
viejo mundo, soñándole devuelto á los esplendores de Versalles y
París, en tanto que éste creía dejar al Cincinato americano, retirado
para siempre en su dominio patriarcal: ni uno ni otro sospechaban
que sólo estaba en vísperas de comenzar el gran período de su vida
histórica; que el primero sería dos veces presidente de su Nación,
que el segundo vería derrumbarse el trono de sus reyes y saludaría
las ruínas de la Bastilla á la cabeza del pueblo de París ... Y con
todo, algo de misterioso y patético hubo de estremecer sus últimos
momentos, antes de la separación, para que al día siguiente, cuando
La Fayette se embarcaba en la fragata que le llevaba á su patria,
recibiese del reservado é impasible Washington, estas bellas palabras
de adiós en una carta, que acaso sea la única conmovida de toda su
Correspondencia[53], la sola en que revele un temblor humano aquella
voz siempre firme y serena, pero también austera y fría como el deber:
«... En el momento de nuestra separación, en el camino, durante mi
viaje de vuelta, y desde entonces á cada hora, mi querido marqués, he
sentido por vos todo el respeto, todo el cariño que me ha inspirado
vuestro mérito personal en esos largos años de una relación íntima.
Mientras nuestros carruajes se alejaban uno de otro, me preguntaba
á menudo si os había visto por última vez; y, á pesar de mi deseo
contrario, mis temores me respondían que sí. Recordaba en mi espíritu
los días de mi juventud; hallaba que hacía mucho tiempo que habían
huído para no volver más, y que descendía ahora la colina que he visto
disminuir durante cincuenta y dos años delante de mí ... Sé que no se
vive muy viejo en mi familia; y, aunque soy de constitución robusta,
debo prepararme á descansar muy pronto en la fúnebre morada de mis
padres. Estos pensamientos obscurecían para mí el horizonte, esparcían
una nube sobre el porvenir: por consiguiente, sobre la esperanza de
volver á veros. Pero no quiero quejarme: _he tenido mi día ..._ No
encuentro palabras que expresen todo el afecto que os profeso, y no
intento hallarlas ...»
¡Palabras solemnes y conmovedoras en cualquiera boca, pero cuyo real
alcance y pleno valor, en la de Washington, sólo pueden apreciar y
medir quienes hayan estudiado su vida y carácter; leído, sobre todo, su
correspondencia, que comienza en la juventud y termina la víspera de
su muerte, sin que jamás, al dirigirse á su mujer, á su hermana, á su
hija adoptiva, á sus amigos de cuarenta años, se vuelva á encontrar una
confidencia efusiva, un arranque espontáneo y natural, parecido al que
acabo de citar ...
En el parque que se extiende tras de la casa, por las calles
geométricas del jardín, dibujado, tallado, rastrillado
escrupulosamente, con sus arriates de boj trazados con regla y compás,
según el viejo estilo francés que tan bien cuadraba al carácter del
dueño; en todos los puntos y rincones del cortijo, de la cocina al
palomar, las romerías diarias de cuarenta años han dejado huellas de
sus pasos, trayendo y llevando reliquias pueriles, grabando fechas
é iniciales, arrancando hojas y ramilletes, cargando con astillas y
cascotes conmemorativos. Entre los peregrinos de hoy, está un _farmer_
de Minnesota que repite periódicamente la romería, para comprobar el
crecimiento de un fresno que él mismo trajo y plantó hace diez años:
le encuentro de guardia al pie de su arbol de donde no se mueve en
todo el día, recitando á los concurrentes sucesivos la historia de su
_ash-tree_, con más convicción que el guardián de las reliquias de una
catedral.—De tales minucias y preocupaciones pueriles se componen
todos los cultos, y el fetichismo varía en la forma y el objeto sin
cambiar en su esencia simbólica. La humanidad es un niño secular que
crece siempre en estatura sin llegar nunca á la mayor edad ... Al
retirarme, camino del embarcadero, vuelvo á pasar tras de la tumba, y
leo en el arco de la bóveda esta inscripción evangélica, en ese viejo
inglés casi tan venerable como el latín de la Vulgata, pues es el que
ha vibrado en los labios de John Knox y William Penn, de todos los
reformadores y mártires del protestantismo: «_Yo soy la resurrección y
la vida. El que creyere en mí, aunque hubiere muerto, vivirá_»[54].
Puede Washington esperar en paz la resurrección de la carne, en que
creyera su fe sencilla; su gloria, su alma, su espíritu, lo que vale
del hombre, no ha muerto ni morirá. Las mismas supersticiones, de que
es objeto su culto patriótico entre su pueblo, son la mejor prueba y
salvaguardia de la inmortalidad. Mejor que la verja de hierro de su
sepulcro, la leyenda piadosa preserva su memoria y embalsama su vida,
defendiéndolas contra las tentativas de la realidad. No se ha escrito,
ni probablemente se escribirá jamás, una historia exacta y filosófica
de Washington: todas las que llevan este nombre, desde la de Marshall
hasta la de Witt, pertenecen á la hagiografía. No se intentará revelar
al hombre intermitente y falible, debajo del héroe sacramental. Nadie
enseñará sus preocupaciones de raza y de fortuna, sus estrecheces de
concepto, su limitado vuelo intelectual, la frialdad de sus afectos,
la violencia orgullosa de su carácter, la rigidez de principios que
llegó alguna vez hasta la inhumanidad, su desconocimiento «virginiano»
de las tendencias democráticas que, con Jefferson y sus sucesores,
iban á lanzar al país por la pendiente irresistible,—mucho menos se
sacarán á luz sus injusticias y flaquezas humanas ... Con su estrategia
de antiguo agrimensor, sus victorias de general de milicias sobre
tres regimientos de enganchados hessenses y hannoverianos (Trenton
y Princeton), quedará «el primero en la guerra y el primero en la
paz», ¡en el siglo que comienza con Napoleón y termina con Moltke! Se
celebrará siempre, como un sacrificio sublime, el abandono del poder
en quien, calumniado, vilipendiado por la prensa encanallada que tan
numerosa prole dejara allí, no aspiraba sino al reposo, y exclamaba
violentamente en pleno consejo de ministros: «¡Antes en la tumba que en
otra presidencia! _Rather in my grave than in the presidency!_»—Todo
ello, porque simboliza á los Estados Unidos y es la estatua erguida
en el ápice de esa pirámide formidable, cuya base ocupa y llena un
continente.
Este nuevo mundo había menester de otros dioses, nuevos como él y
capaces de sustituir á los antiguos que se van, disecados por la
ciencia y corroídos por la crítica.—Hé aquí uno, tan legendario
é intangible, á despecho de su modernidad, como las creaciones
gigantescas de la mitología. Nada prevalecerá contra él, mientras arda
en el corazón humano la llama inextinguible del sentimiento y de la
fe, mientras el sér efímero y miserable necesite buscar fuera de sí el
ideal de fuerza y grandeza que la realidad no le brinda. Es necesario
y bueno que así sea. Cada nación quiere arrancar de un _Fiat lux_
repentino y sublime, y coloca en el origen de su historia al héroe
infalible y omnipotente de quien todo nace y procede.—En vano será que
la ciencia demuestre que el río caudaloso se forma con el derrame de
cien vertientes sucesivas, de mil raudales afluentes que contribuyen á
engrosarlo sin tregua hasta el delta de su estuario: el hombre querrá
siempre buscar, por entre las tinieblas y penurias, la roca misteriosa
y lejana de cuyo seno mana el arroyo cristalino, que debe ser la fuente
sagrada y única del Nilo Azul ...
Y yo mismo que estoy ahora discurriendo del simbolismo popular con
el frío criterio de la ciencia, hé aquí que acabo de tropezar con un
_memento_ instructivo y filosófico; parece que he sido también alguna
vez el peregrino ingenuo de aquella Meca americana: al transcribir
estos apuntes, tomados el mismo día de mi segunda visita, hase escapado
del cuaderno una hoja de álamo blanco recogida en Mount Vernon ...
XVIII
EL MASSACHUSETTS
I
LA VIDA SOCIAL
Al acercarse ya el término de mi paseo por estos Estados Unidos, me
ocurre examinar rápidamente, en obsequio de algún viajero futuro, si
el programa que me tracé era el más racional y si lo he realizado
pasablemente, siquiera en sus partes importantes. Respecto al primer
punto, mi conclusión es favorable; hecho el experimento, apruebo el
plan seguido y siento que, á repetir la excursión, no modificaría mucho
el itinerario. Citaré este solo hecho significativo en favor de mi
conclusión: no he conocido á Nueva York hasta después de recorrer el
oeste y el centro; ahora bien, durante mis dos estancias en la «ciudad
imperial», fuera del movimiento y las proporciones mayores mil veces
descritos, no he encontrado allí un solo elemento que agregase un rasgo
nuevo á mi esquema general del país. No tratándose de estadística
sino de sociología, afirmo, sin buscar ni rehuir la paradoja, que el
gran emporio comercial del Atlántico, para quien conozca ya las otras
ciudades representativas, es un factor _négligeable_. Es posible que,
para un viajero llegado de Europa y preocupado de referir á ella su
examen comparativo, fuese preferible el itinerario más natural; dado
mi punto de vista sudamericano, creo que ha convenido acometer por
el litoral Pacífico el estudio progresivo de la región, caminando al
oriente, en sentido contrario al que ha seguido la civilización, así en
el mundo antiguo como en el nuevo. Al hacerlo, parece que se faltase
á la lógica, aplicando á la geografía un método opuesto al de la
historia; pero es simple apariencia. La edad cronológica de una comarca
suele ser lo contrario de su edad sociológica: con referencia á la
civilización, yendo de Méjico á Nueva Inglaterra, se marcha en realidad
como el tiempo, de lo pasado á lo presente. Por lo demás, la imagen
clásica del río que nace en su propio manantial y desciende el curso de
los años no es tampoco aplicable al progreso de América, que no es, en
principio, más que una simple desviación y derrame del europeo: fuera
más exacto compararlo con una corriente que se desprende de un vasto
lago central, á manera del San Lorenzo que sale del Ontario y engruesa
con su hoya propia el caudal primitivo. En todo caso, no es dudoso que,
después de conocer á Nueva York y el Massachusetts, el primer efecto
de California y del mismo Illinois sería muy diferente del que produce
cuando se llega de Méjico.
La realización del programa ha fallado en parte por el tiempo. La
ciclópea Feria ha absorbido mi atención y embarazado mis movimientos;
fuera de que no son suficientes algunos meses para un viaje de
iniciación. Sería indispensable un año de libre y activa permanencia
para completar el análisis de los factores primordiales. Éstos, en
suma, no son muy complejos ni numerosos; infinitamente más difícil y
delicado es el estudio original de cualquiera nación europea. Esta
inmensa comarca no presenta, sobre un fondo común é invariable,
sino cuatro ó cinco aspectos distintos y característicos. Éstos,
únicamente, requieren y merecen examen detenido; y para ello es inútil
y hasta nocivo trasegarse de Estado en Estado, consumiendo el tiempo
y fatigando la vista con el espectáculo de copias y «réplicas» del
mismo original. Para quien no lleva un objeto técnico preciso, las
estaciones prolongadas deben ser las que en estas páginas he señalado,
sin perjuicio de las excursiones complementarias á todas las zonas de
la Unión.
Para juntar los elementos de un juicio personal, sería suficiente
una permanencia de un año bien empleado, conociendo, por supuesto,
el observador la historia y la lengua del país, y cuidándose mucho
de no disipar su actividad en frívolo turismo. El viajar durante
meses, con el solo objeto de _haber visto_ las poblaciones y parajes
célebres, constituye la más estéril de las fatigas; se extraería
mayor gusto y provecho de una lectura. Sobre todo, cuando se trata de
sitios naturales, famosos por su belleza, las vistas y descripciones
literarias han desflorado de antemano nuestras impresiones: la
imaginación los fingía más bellos. Mejor dicho, las cosas no son bellas
sino para los que poseen el mágico cristal de los videntes, que revela
la poesía oculta bajo la prosa superficial. Y es pretensión ridícula en
cualquier transeunte, el creer que descubrirá, en un sitio histórico ó
natural, lo que Taine ó Flaubert hubieran visto.
Al paso que se achica, el planeta se torna más chato y monótono.
Cuando la civilización niveladora haya borrado de la haz de la tierra
los vestigios de la antigüedad y del exotismo, la uniformidad universal
será desesperante, y las distancias aproximadas no valdrán el trabajo
de ser salvadas. En un largo viaje, lo que se encuentra á cada paso es
la repetición de lo que se conoce ya; y ello nos interesa precisamente
en proporción de los recuerdos, es decir, de los elementos psicológicos
que le incorporamos: he evocado en Belize la selva de Fontainebleau;
en los Alleghanies herrumbrados por el otoño, las faldas de los
Pirineos; en California, el valle de Aconcagua ó Tucumán. La naturaleza
es menos varia que el humano habitáculo. Pero, si el mismo paisaje
no nos interesa hondamente más que por la impregnación histórica ó
legendaria que contiene ó le atribuímos ¿qué substancia imaginativa
pueden encubrir estas vírgenes praderas sin huellas seculares, estas
ciudades nuevas sin nobleza ni estética? Lo único que aquí retribuye la
tristeza del peregrinaje es la manifestación, más futura que presente,
de una variedad sociológica en formación. Y aquí, sobre todo, es cierta
la palabra de Pope: «El verdadero estudio de la humanidad, es el
hombre»[55]. Pero lo que vale ser estudiado del hombre no se muestra
en la existencia artificial de los ferrocarriles y hoteles; el alma
colectiva puede asomar á la superficie de la vida callejera, casi nunca
el alma individual, la que piensa, desea, sufre á solas, y es la célula
consciente del organismo social. Por eso, no sabrá nada real é íntimo
de la psicología americana quien no haya ahondado lo bastante en ella
para criar afectos y antipatías, agregando al juicio del espíritu la
reacción personal del sentimiento.
En los meses de octubre, noviembre y diciembre, he recorrido varias
veces los Estados del centro y del este, deteniéndome algunos días
en sus más importantes poblaciones, fuera de estancias repetidas en
Washington, Boston y Nueva York. Pudiera ahorrarme lo primero en
beneficio de lo segundo, pues nada útil he extraído de las rápidas
excursiones, y por ellas he tenido que abreviar las permanencias
provechosas.
Al viajar desde Chicago á cualquier región del este, el rasgo general
que hiere la vista es la densidad creciente de la población, mejor
dicho, la multiplicidad é importancia de los centros comerciales y
fabriles. Las ciudades populosas se suceden como ganglios á lo largo
de la vía férrea; se siente la aproximación de los viejos Estados del
Atlántico, de las genuínas colonias inglesas que han sido el núcleo
de la nacionalidad y el primer receptáculo de la inmigración europea.
Pero, de Cincinnati á Baltimore y Filadelfia, como de Cleveland á
Pittsburg ó Buffalo, la uniformidad invernal de la campiña refleja la
de las agrupaciones humanas; apenas si, acá y allá, rasga la niebla
del vago recuerdo un punto luminoso y alegre,—sólo acaso porque me
tocara entreverlo bajo el claro sol de invierno y el cielo azul—así
Toledo y su parque á orillas del lago Erie; la blanca Indianapolis,
libre del hollín de Cincinnati y Chicago, con su vistoso monumento á
los soldados anónimos: _¡Indiana’s silent victors!_ Pero aun antes de
la nieve niveladora, la campiña, en el Ohío y Michigan, carece de la
majestad que ostenta la sabana ilimitada, entre el Missisipi y los
montes Rocallosos, sin cobrar la amenidad de los valles y colinas de
California. Acabado el verano, con sus mieses doradas y sus verdes
praderas, el suelo desnudo ha sido despojado de su único atractivo. La
cadena de los montes Alleghanies accidenta la monótona Virginia, y su
cruzada en ferrocarril abre un paréntesis en el tedioso viaje; en la
tarde de otoño, una impresión de dulzura triste se desprende de los
montes rojizos, de los enebros y encinas, cuyos follajes herrumbrados
contrastan con el verde obscuro de los abetos, sobre el fondo pálido de
la helada pradera. Pero muy luego vuelven á sucederse interminablemente
las mustias heredades, cubiertas de bañados ó de ralos encinares que
rodean las casillas de madera y techo de zinc, fabricadas por millares
para ser transportadas y armadas en cuatro días, en cualquier punto
del territorio. Son hogares trashumantes, casi tan movibles como la
tienda del pastor, y que tal vez no duren bastante para ver florecer
los arbustos frutales plantados en su contorno. La tierra americana
se cansa pronto, y sus explotadores abandonan sin tristeza el campo
arrendado, en cuanto deja de «pagar». Aun en el oeste casi virgen, con
el despotismo de los sindicatos compradores de cereales, hase vuelto
tan precaria la suerte de los agricultores, que muchos entregan sus
campos roídos de hipotecas, y prefieren trabajar á jornal. El seno de
la gran nodriza se ha secado al viento de la especulación. Por otra
parte, esta nodriza es una mercenaria. Nada hay aquí que se asemeje á
la pasión entrañable del labriego francés por su terruño. Aquél, en
verdad, se une indisolublemente al campo heredado ó adquirido, que las
generaciones han fecundado con el sudor de su afán. Para este rural
advenedizo, la tierra vale lo que produce; cuando ella deja de ser
remuneradora, levanta sus frágiles penates y los transporta más allá;
y por eso no se asienta en sólidos cimientos la casilla sin musgo ni
enredaderas, donde los hijos no han nacido ni los abuelos morirán.
Desde mediados de diciembre, el crudo invierno se ha desplomado
bruscamente en los Estados del centro; sorda y espesa, la nieve ha
caído sin interrupción durante una semana, y el blanco sudario que
envuelve campos y ciudades se perpetúa por la congelación. El viajar
ahora es melancólica tarea; por lo demás, menos penosa aún que durante
el verano. Mejor que en región alguna de Europa—donde el confort
se reserva para la vida casera—los yankees han resuelto, amplia y
democráticamente, el problema de la comodidad material. Han sacudido
el yugo de las estaciones; en verano, con los bloques de hielo y el
agua á torrentes por todas partes; en invierno, con la calefacción,
tan general é intensa, que envuelve la vida urbana y viajera en una
atmósfera aisladora y tibia: á tal punto que, lejos de sufrir por el
frío polar, el forastero lo desea, y procura por una hora la tónica
reacción, sabiendo que, á cualquiera parte que se dirija, el paseo á
pie por las aceras congeladas será un breve paréntesis al confortable
ambiente del calorífero.
He dado una última carrera de despedida por el oeste, y, después
de Navidad, vuelvo de Chicago á Boston por la orilla de los lagos,
deteniéndome en varias ciudades manufactureras; algunos puntos negros
sobre el fondo implacablemente blanco: tal es el efecto general del
paisaje en la retina; y el residuo sensacional es un despliegue
abrumador y monótono de la misma fuerza física. Las ciudades negruzcas
que atravieso, asentándome en ellas horas ó días, según el humor
(gracias al socorrido _unlimited ticket_): Detroit, Cleveland,
Pittsburg, Buffalo, son inmensos talleres fabriles y febriles, que
despiden el potente rumor del esfuerzo humano y evocan imágenes
monstruosas de cíclopes fraguando metales en las cavernas volcánicas:
_Ac veluti lentis Cyclopes fulmina massis
Quam properant..._[56]
Sucédense los «enjambres» mineros, más numerosos y compactos á medida
que se interna el viajero en el New York y Pennsylvania; de noche, por
entre el velo espeso de la niebla y el humo que enrojece los focos de
gas natural, y hasta la cruda incandescencia eléctrica, esos grupos
infatigables é insomnes revisten no sé qué apariencia fantástica.
Tienen su enérgica existencia propia, al parecer independiente de la
que se adapta al curso de los astros y al cambio de las estaciones; en
la muerte universal que cubre las campiñas, y el invierno que aletarga
la vida orgánica, los gnomos subterráneos se alimentan sin duda con
los metales que extraen y amasan, con los aceites minerales que manan
de la roca, sin conocer más sol que los gases inflamados, más brisa
que el hálito de sus fuelles gigantes, más nubes que los penachos de
humo que se retuercen bajo sus bóvedas de hierro y granito. Y en la
fuga nocturna del tren por el campo de nieve, las negras poblaciones
atravesadas, que dejan la sensación de bloques de carbón sobre un
pavimento de mármol, se llaman—¡amarga ironía!—Roma, Ithaca, Troya,
Siracusa: nombres prestigiosos y sonoros que llevan el espíritu á las
regiones luminosas y bendecidas, donde la fácil existencia no cuesta
tanto afán: á los siglos antiguos, en que á la esbelta humanidad,
vagando á sus anchas por el planeta desocupado, bastábale pedir sus
frutos espontáneos al suelo intacto y sus peces al mar, para levantar
gozosa el himno de la vida y proseguir el sueño de belleza que poblara
el universo de dioses y héroes ...