otra cámara: trátase nada menos que de un proyecto para la admisión
del Utah entre los estados de la Unión; con todo, se presta tan poca
atención al informe constitucional como al alegato _pro nutrice_. El
orador presente no es un diputado, sino el delegado del territorio ¡y
mis amigos mormones se llevan una azotaina de profeta y señor mío!...
Por lo demás, en este caso como en la mayoría de los otros, el orador
no habla para la cámara distraída, sino para el interesado público
local; la votación ha sido convenida en los comités de los partidos,
y se anuncia de antemano que la admisión del Utah (demócrata) será
aprobada en la Cámara y rechazada en el Senado,—no por cuestiones de
etiqueta con Mormon ó Moroní—sino sencillamente porque la mayoría,
allá republicana, es aquí demócrata.
Sin pretender que otras cuestiones palpitantes,—como las del _Silver
bill_ ó de los aranceles aduaneros—se traten en el parlamento con la
misma indiferencia aparente, puede afirmarse que, en la inmensa mayoría
de los casos, la discusión es un mero simulacro que conduce al voto, ya
complaciente, ya imperativo, siempre independiente de la argumentación.
Es una consecuencia y una condición de la disciplina partidista, como
también uno de los síntomas visibles de la corrupción política, que
todos los observadores americanos y extranjeros han comprobado. Algunos
de éstos[44] han analizado con admirable perspicacia el mecanismo
legislativo de la Unión, mostrando cómo—muy especialmente en la Cámara
de diputados—todas las ficciones constitucionales y vistosas del
gobierno popular se reducen en la realidad á unos cuantos despotismos
ocultos, tan poderosos é irresponsables como la autocracia rusa ó la
realeza de derecho divino: así, en la Cámara, los comités permanentes
y, desde luego, el presidente, que los designa á su antojo.
Todo _bill_ introducido pasa á uno de los cuarenta y siete comités,
el cual estatuye soberanamente sobre su suerte; ésta, para la inmensa
mayoría, tiene que ser fatal: baste decir que, durante el último
congreso, ¡el número de proyectos pasó de 13.000! Ahora bien: sólo
tres días (vale decir, 12 á 15 horas de la semana) se consagran á la
discusión general, ó sea un término medio de 600 horas hábiles para
las dos sesiones anuales: admitiendo que cada proyecto no exigiera más
que la hora concedida al miembro informante, el Congreso no alcanzaría
á despachar (y ¡con qué conciencia!) el cinco por ciento de los
presentados. Como bien se comprende, el número de _bills_ examinados es
mucho menor; pero la necesaria selección dista de obedecer únicamente
á razones de interés público. En principio, los cuatro comités de
elecciones, impresiones, apropiaciones y «vías y medios» tienen la
preferencia, por corresponder á asuntos que no sufren dilación; en
la práctica, todos se disputan el turno ante la decisión inapelable
del _Speaker_. En cuanto á los móviles, _exceptis excipiendis_, que
excitan el celo de los diferentes comités, los más disculpables son los
que obedecen al deseo de derramar pensiones y empleos sobre el propio
distrito electoral; otros son menos inofensivos: así los que rezan
con privilegios y concesiones solicitados por bancos, ferrocarriles,
grandes compañías industriales y comerciales, en que puede decirse que
el «interés» de tal ó cual comité suele crecer en razón directa del
capital ...
Tal es, según los datos más imparciales y la suma de impresiones que
un contacto frecuente y prolongado sugiere, el carácter general del
mecanismo legislativo en estos Estados Unidos, que la credulidad
hispano-americana ha considerado, por tantos años, al través del prisma
fascinador de las teorías y de las prosperidades materiales. El mismo
James Bryce, considerado aquí como un optimista, tiene que reconocer
los vicios crecientes de un sistema que, sin desempeñar como en otros
parlamentos,—y en este mismo, en otro tiempo—lo que se ha llamado
una «función política educativa», va propagando á todos los órganos
sociales, desde los partidos á los individuos, la inmoralidad y el
escepticismo. Ello explica bastante, fuera de otras consideraciones
materiales, el desdén que á la política profesan los únicos que, por su
ilustración y dignidad moral, mereceríanpracticarla y dirigirla. Los
abogados sin pleitos y los _politicians_ sin otra profesión llenan más
y más el recinto del Congreso, no atraídos seguramente por el sueldo
modesto (5000 pesos anuales), absorbido en parte ó en todo por los
gastos electorales[45], ni el brillo de sus funciones desprestigiadas,
y mucho menos por el deseo de servir á su país. Y este desgaste de
fuerzas vivas (que con el tiempo se van tornando menos exuberantes
á pesar de las apariencias), esta vulgarización sistemática de las
almas y las inteligencias, representa en compendio el «triunfo de la
democracia» y la práctica real de aquellas instituciones ejemplares,
llamadas, según Tocqueville, Laboulaye y sus émulos doctrinarios, á
regenerar el mundo y resolver todos los problemas sociológicos.
Es costumbre replicar á estas críticas y objeciones con dos
afirmaciones positivas, cuyo valor es innegable: se muestra, por una
parte, la asombrosa prosperidad material de los Estados Unidos, que
sobrepasa en crecimiento todo término de comparación; y, por la otra,
se comprueba la subsistencia y solidez aparente de la Constitución,
de que es sin duda una parte muy esencial el sistema legislativo
tan singularmente practicado. Parece lógico, entonces, relacionar
ambos hechos, y repetir que los Estados Unidos deben principal ó
exclusivamente á su Constitución tan gigantesco desarrollo.
Como siempre acaece, hay una parte de verdad en dicho juicio, y acaso
otra mayor de ofuscamiento é ilusión. Creo que, al atribuir influencia
tan excesiva á la Constitución americana, se comete no sólo, como en la
escuela se dice, un sofisma de inducción (_non causa pro causa_), pero
también un grave error de hecho, aceptando como definitivo un estado
quizá transitorio y circunstancial, y admitiendo que el desarrollo
físico y colectivo de una agrupación sea el criterio de su progreso
absoluto, cuando éste es, ante todo, un proceso psicológico individual.
En lugar, pues, de discurrir otra variante al conocido análisis de las
instituciones yankees, creo que será más útil formular algunas de las
reflexiones que su historia y su contacto práctico me han sugerido,
refiriéndolas á nuestras tentativas de imitación en Sud América.
* * * * *
Se ha hecho notar, precisamente á propósito de esta Constitución, cuán
reducida y rara es la parte de originalidad que cualquiera «innovación»
encierra, mayormente si resulta de una deliberación colectiva. Para
demostrarlo, algunos escritores europeos y norteamericanos, rompiendo
con la tradición popular y «el culto de la Biblia política», han
desarmado la obra de los constituyentes de Filadelfia y enseñado cómo
ella no contiene, del eje central á las ruedas accesorias, un solo
elemento que no existiera ya, bien en la ley inglesa, bien en las
cartas coloniales y constituciones de Estados derivadas de aquélla. Con
ser exacta la exposición, está evidente el error de la consecuencia
general, debido á un vicio de método. En un organismo, el conjunto
es algo más que la suma de las partes. Entre los radicales, como Von
Holst ó Stevens, y los ortodoxos fanáticos, como Tocqueville ó Pomeroy,
algunos espíritus más fríos y sagaces han tomado la posición intermedia
de Bryce y Boutmy, si bien más vecina de los primeros que de los
segundos. Han mostrado sin esfuerzo que, respecto de la «Constitución»
inglesa[46], la americana, á más de ser escrita y concreta, trae desde
luego la modificación esencial de vaciar la substancia monárquica
y centralista de aquélla en un molde muy distinto, cual es la
democracia federativa; de suerte que, con ser idénticos los elementos
constituyentes, han resultado muy diversos ambos productos políticos.
La demostración es irreprochable; pero ¿es completa? No, porque no
enseña el principio directo y psicológico á que obedece el conjunto.
Se dice alguna vez que los árboles impiden ver la selva; el achaque
es frecuente sobre todo entre los botánicos. Éstos conocen, analizan,
clasifican una por una las especies vegetales de una región; no van
más allá, y hasta suelen negar la existencia de esa selva abstracta ó
subjetiva que sólo divisan los artistas filósofos.
Dados sus antecedentes históricos, sus factores actuales y las
condiciones á que estaba de antemano sometida su aceptación, había mil
probabilidades matemáticas contra una, para que la Constitución escrita
de Filadelfia fuese un fracaso ruidoso, un aborto tan efímero como
la Constitución francesa de 1791, próxima á ver la luz. Al hablar de
las trece colonias «inglesas» y sus poblaciones, muchos historiadores
modernos, exagerando la homogeneidad de aquéllas, generalizan lo que
ha dicho Bagehot del solo Massachusetts, á saber que gentes dotadas
de semejante espíritu político y social se avendrían con cualquiera
constitución. En realidad, no puede darse aglomeración más heterogénea
que la de dichas colonias: diferían profundamente por el origen, la
organización y las constituciones; por la nacionalidad y la lengua,
por la religión y la clase social, por los hábitos familiares y las
aptitudes políticas. Si es cierto, como ya dijimos, que no hay en
la Constitución de los Estados Unidos un solo elemento que no tenga
su antecedente en las leyes anteriores, es porque formaban éstas
la enciclopedia más vasta y contradictoria que existiera jamás.
Por su origen y organización, algunas colonias eran tierras de la
corona, como Virginia; otras, feudos ó señoríos personales, como el
Maryland; el resto, concesiones otorgadas, con cartas especiales, á
corporaciones ó compañías. Sus instituciones no eran menos varias
que su lengua y nacionalidad; alrededor de los nobles _cavaliers_ de
Virginia y los peregrinos del Massachusetts, pululaban los inmigrantes
y colonos suecos, suizos, holandeses, hugonotes franceses, etc. Era
aún mayor y mucho más grave la diferencia de religiones y sectas,
como que la mutua intolerancia era un fermento de guerra intestina
y de desorganización social. Fuera del Maryland, donde al principio
dominaron con lord Baltimore, los católicos eran perseguidos y
vejados en todas partes; pero entre las mismas sectas protestantes,
la que dominaba en cualquier colonia erigía la creencia religiosa en
principio político para oprimir á las sectas rivales; los puritanos
de la Nueva Inglaterra se encarnizaban contra los cuákeros, y éstos
mismos, refugiados en Pensylvania, entronizaban la intolerancia en
los actos gubernativos. Fuera de la esclavitud de la raza negra, las
distinciones de clases creaban privilegios entre los blancos; había
siervos europeos (_indented servants_) que, además de no tener derechos
políticos, distaban mucho de ser equiparados á los _gentlemen_ ante la
ley penal; hasta el siglo XVIII no eran ciudadanos (_freemen_) sino los
propietarios de la religión «ortodoxa» para cada colonia: puritanos
en Massachusetts, católicos en Maryland, cuákeros en Pensylvania,
episcopales en Virginia, etc.
En cuanto á las instituciones locales, si bien es cierto que las
legislaturas tenían en principio que subordinar sus actos á la
_Common law_ y demás estatutos ingleses emanados del Parlamento,
resultaban en la practica tan distintos como las costumbres, las
condiciones climatéricas, las industrias y la índole social de
las comarcas, produciéndose desórdenes y motines frecuentes entre
gobernantes y gobernados. La misma organización municipal, nacida en
el Massachusetts, iniciador, y verdadero paladión de la libertad
americana, no se propagó en su verdadera forma en todas las colonias;
el sud aristocrático y esclavista no conoció el funcionamiento
de la _town_ comunal hasta después de la emancipación. No sólo
en estas colonias de _landlords_, pero en las más democráticas,
como Rhode-Island y Pensylvania, la educación popular era muy poco
difundida; y allí mismo donde prosperara, como en el Connecticut y el
Massachusetts, se resentía de la influencia puritana, por su espíritu
intolerante y sectario.
Tales eran, sin prolongar la enumeración, los principales rasgos
diversos y encontrados que caracterizaban las colonias, y que algunas
pinturas admirativas y complacientes han transformado en una fisonomía
uniforme y convencional de agrupaciones igualmente aptas para el
_self-government_. Y á las intolerancias sectarias, á las rivalidades
locales, á los conflictos de intereses entre los Estados grandes y
chicos, los del norte y del sud, hay que agregar la falta de contacto
por las distancias entonces enormes y, rotos los vínculos con la
metrópoli, el interregno ó la germinación apenas sensible de la vaga
nacionalidad[47].—Á este respecto, pudo hacer ilusión durante la
guerra de la Independencia el ardor de un sentimiento común, en el
cual es muy sabido que entró bastante débil y tardío el anhelo de
libertad; pero el triste experimento del Congreso federativo, cuyo
fracaso motivara la convención constitucional, mostraba demasiado la
necesidad de crear _ex nihilo_ el organismo nacional que no existía.
En el fragor de los combates había dejado de percibirse el rumor de
las disensiones locales; producido el gran silencio de la paz después
de la independencia asegurada, tan sólo éstas se dejaron oir; y no hay
que recordar la angustiosa situación económica que siguió, y parecía
precursora del aniquilamiento.
Entonces (14 de mayo de 1787) se reunió la convención de Filadelfia,
y la historia no olvidará después de cuántos conflictos secretos é
inminentes desgarramientos surgió á luz la Constitución nacional,
destinada á alcanzar un éxito sin ejemplo, y á ejercer en el mundo una
acción política cuyas consecuencias últimas son todavía incalculables.
El efecto de la Constitución es innegable; para proclamarlo no es
necesario aceptar la teoría esencialmente americana que le atribuye la
prosperidad nacional: basta que casi continuamente la haya favorecido
y, salvo en un caso solemne, no la haya nunca estorbado abiertamente.
Una república federativa que, con el máximum de libertad y el mínimum
de gobierno central, ha recorrido tan extraordinaria carrera, sin más
tropiezo histórico que una guerra civil, merecería tenerse por un
país dotado de constituciones políticas ideales—si éstas tuvieran la
sanción de los siglos. El tiempo es el crisol de toda grandeza, y,
como dice Shakespeare, lo que le falta al hombre para ser un dios es
la eternidad[48]. Con todo, el éxito es indiscutible, deslumbrador.
Ahora bien ¿por qué ha sido único? Hé ahí para nosotros la cuestión
importante.
Desde luego, no es necesario repetir que el instrumento constitucional
no encierra en sí mismo una virtud; sin mencionar los países que
prosperan sin deber nada á este régimen[49], basta recordar que
en la América española su adopción ha conducido al naufragio ó al
falseamiento de las instituciones, siendo así que es más completo el
fracaso allí (Méjico) donde aparece más literal la imitación.—Se
invocan razones de raza, de medio, de tradiciones; y ello, sobre ser
un poco vago, no es del todo aplicable al país (tan _europeizado_
como los mismos Estados Unidos) cuya suerte más nos interesa, entre
todos los que practican concienzudamente el régimen republicano,
federal—revolucionario. Acaso se aclararían las ideas si pudiésemos
_aislar_ el espíritu que realmente presidió al laborioso alumbramiento
de la Constitución,—y que, por cierto, no trasciende en su más clásico
comentario, pues éste niega redondamente lo que voy á establecer[50].
Ese espíritu es el de una transacción: ello resulta á las claras, no
sólo de las causas antecedentes que impusieron la reforma del pacto
federativo, sino también de la discusión, agitada y por momentos
desesperante, y, por fin, de este hecho significativo, que no fué
aceptado ninguno de los tres proyectos presentados por Randolph,
Patterson y Hamilton (el espíritu más alto y el alma más noble del
Congreso).—Pero hay que acentuar más aún el sentido de aquella
expresión y darle mayor fuerza, pues entraña, bajo su apariencia
trivial, la explicación más profunda del éxito político de unos y del
desastre de otros.
He apuntado el carácter de egoísmo é intolerancia que antes dominara,
así en la colonias como en los Estados de la confederación: el
inmenso progreso realizado, durante las discusiones del Congreso de
Filadelfia,—á favor sin duda de los dos grandes caracteres allí
presentes: Washington y Hamilton; del corto número de los delegados
(55) y del secreto de las sesiones—pero merced también á la dolorosa
experiencia sufrida, consistió en hacer penetrar en las mentes y las
almas de los patriotas americanos una noción soberana: á saber, que el
gobierno libre se funda en el _espíritu de tolerancia_, no aceptado
en teoría, sino practicado en toda su amplitud y aplicado á todas las
creencias, ambiciones, intereses y energías de la comunidad. Ello, en
el caso ocurrente, importaba desde luego un cambio de concesiones y el
sacrificio mutuo de las convicciones extremas: y esto se consiguió.
Había, entre los delegados, representantes de todas las opiniones, de
todas las utopías, de todas las preocupaciones locales, de todos los
egoísmos colectivos,—desde el mercantilismo de Nueva York hasta la
esclavatura de la Carolina;—ningún elemento fué aceptado ni proscripto
en absoluto; se resistió á los mejores, se contemporizó con los
peores; y, para que el pacto resultante, con todas sus incoherencias y
deficiencias, fuese salvador y fecundo, bastó que crease un gobierno
central, viable y eficiente, superior á los antagonismos separatistas,
y que la Carta fundamental, sin hacer tabla rasa de nada existente,
tuviera asegurados su prepotencia y su mejoramiento paulatino dentro de
su perennidad exterior.
Muy lejos, pues, de ser la Constitución americana un decálogo
imperativo, como algunos aseguran, ó un perfecto modelo teórico, como
lo quieren otros, era un _modus vivendi_ transitorio, un compromiso
provisional entre el norte y el sud, entre los Estados grandes y
pequeños, cuyos intereses eran antagónicos; pero significaba el triunfo
de la tolerancia y del oportunismo, único dogma aceptable y exigible en
materia política[51]. En tanto que los imitadores sudamericanos creían
alcanzar al ideal teórico en la imitación servil, los redactores del
original se habían declarado satisfechos por haber incluido en él la
mayor suma posible de aspiraciones encontradas. La perfección de este
memorable documento consiste, pues, en ser voluntaria y deliberadamente
imperfecto.
Reflexionemos un instante en este grave problema histórico: todas
las razones invocadas, como explicación de nuestras quiebras
institucionales en la República Argentina, ó son inexactas, ó son
refundibles en aquella noción. La anarquía es el producto genuino de
la ignorancia y del egoísmo; es decir, de la obcecación intelectual
que nos mueve á creer en la verdad única, absoluta y cercana, y del
instinto antisocial que nos incita á imponer por la fuerza nuestro
gusto y voluntad sobre las voluntades y gustos ajenos. Ahora bien:
todo eso está contenido en la maldecida palabra; y toda la historia
argentina no es sino un desfile de despotismos y revoluciones,
porque la intolerancia, madre de la anarquía, nos ha hecho condenar,
perseguir, destruir á nuestros adversarios, en nombre de un principio
abstracto ó de un apetito egoísta, cuando era necesario ceder,
amalgamar, reconocer la parte de verdad y de error, de justicia y de
iniquidad, que todo lo humano encierra. Y ¿qué mucho que nuestras
constituciones hispano-americanas resultasen artificiales é
impotentes, si, además de significar la tabla rasa de lo anterior y
no tener en cuenta las fuerzas elementales é invencibles del complejo
organismo, han sido siempre elaboradas por un partido dominante
que, en el mejor de los casos, obedecía á un concepto estrecho de
preponderancia y exclusivismo? El primer fruto de la ciencia y de
la moralidad es la convicción de que, siendo todas las nociones
sociológicas relativas y precarias, nadie debe proscribir _a priori_
las opiniones adversas, so pretexto de que atacan las nuestras. La
conciencia social descansa en un convenio, y por tanto no reconoce
imperativo categórico. Por haberlo sentido y proclamado los hombres de
Filadelfia, por haberlo ignorado ó negado los hombres de Buenos Aires
y del Paraná, es que la Constitución norteamericana ha presidido,
elástica y eficaz, al prodigioso desarrollo de los Estados Unidos;
mientras que la argentina, análoga en su letra, pero muy diversa en su
espíritu, sólo ha presenciado luchas estériles, ataques al gobierno
en nombre de la libertad, opresiones del pueblo en nombre de la
autoridad—el imperio fatal de la intolerancia y de la anarquía.
Mount Vernon.
He ido dos veces á Mount Vernon; la primera, acompañado, para conocer;
la segunda, solo, para recordar; las notas siguientes se refieren á mi
segunda excursión.
Sabido es que la morada de Washington, convertida en reliquia nacional
y sitio de peregrinación, se levanta en la ribera derecha ó virginiana
del Potomac, diez y seis millas más abajo de la capital. Un vapor
de ruedas, el _Macalaster_, hace el breve trayecto; nos embarcamos
á las diez de la mañana y almorzamos á bordo, ni mejor ni peor que
en cualquier hotel. El ancho río amarillento se desenvuelve casi
sin arrugas entre sus márgenes bajas, coronadas en segundo término
por colinas ondulantes. La hierba quemada por la escarcha forma una
alfombra rojiza en los bosques raleados, cuyos robles y arces perfilan
sus brazos desnudos sobre el cielo pálido. Á derecha é izquierda se
suceden las residencias campestres, las alquerías fluviales como á lo
largo del Paraná.
La primera escala es Alexandria, puerto comercial mucho más antiguo
que Washington y que estuvo á punto de ser elegido para capital; en
seguida, el fuerte Foote, construído en la costa de Maryland durante
la guerra de Secesión y hoy desmantelado. El Fort Washington, que
aparece luego, no es mucho más importante, á pesar de sus bastiones
recién reparados; todo tiene aspecto añejo é inválido; los cañones de
antiguo modelo acaban de oxidarse en sus troneras; algunos veteranos
vagan por el glacis, y un soldado renco, de capote azul, probable
escombro de las milicias federales, coge al vuelo la amarra del buque,
sin largar su cachimba. Desde aquí se divisa Mount Vernon, y todo el
mundo ha subido sobre cubierta: unos veinte y tantos pasajeros de
ambos sexos y colores, provistos de folletos, noticias, fotografías,
cintas nacionales que se venden á bordo, y desempeñan el oficio de los
rosarios y medallas benditas en las tiendas de Lourdes. Mount Vernon es
la Meca, ó si preferís la Medina americana (pues conserva la tumba del
Profeta); y todo yankee patriota cumple una vez en su vida la piadosa
peregrinación. Por lo demás, es fácil comprobar que la mayoría de los
peregrinos ignoran la historia del héroe al igual que nuestras terceras
franciscanas los hechos y milagros de su institutor seráfico.—Aquí es
de tradición que empiece á doblar la campana del buque; y se dice que
la bella costumbre fué iniciada en 1814 por el comodoro inglés Gordon,
que pasaba por aquí al ir á incendiar la capital: lo cortés no quita lo
valiente.