estable se duplicó bruscamente en diez años, alcanzando en 1880 la
cifra de 180.000 habitantes, sólo inferior en una cuarta parte á la
que tiene hoy. En este crecimiento, no tenían influjo apreciable los
factores naturales y sociológicos que, en otras comarcas de la Unión,
hacían surgir instantáneamente las ciudades activas y populosas; por
eso se ha detenido, sin paralizarse por completo, reduciéndose por
ahora al aumento vegetativo de los organismos adultos. La capital
política de los Estados Unidos no combina este carácter, como en
las naciones centralizadas, con los de la metrópoli intelectual,
manufacturera, comercial y mundana del país. Mero asiento oficial de un
gobierno federativo que, por esencia y definición, no debería ejercer
sino una acción representativa y externa sobre los Estados autónomos,
Washington ha reflejado inversamente, puede decirse, las vicisitudes
constitucionales del país; pues coinciden sus períodos de prosperidad
é importancia creciente á las crisis agudas de la vida democrática, al
propio modo que, en una prueba fotográfica negativa, corresponden las
partes más brillantes de la imagen á las más obscuras de la realidad.
En esos años «heroicos» del desarrollo institucional, que despertaron
el entusiasmo sin límites de Tocqueville, era Washington una gran aldea
de población reducida é intermitente; porque era también la época en
que la democracia triunfante se derramaba libremente por Estados y
municipios, casi sin intervención directa del poder central,—especie
de soberanía eminente, representativa y en mucha parte nominal.
Pero era inevitable que, al andar del tiempo, el laxo vínculo federal
se rompiera á despecho de su elasticidad, si no se fortalecía para
resistir á la presión interna: sabido es que lo uno y lo otro
ha sucedido, después de una lucha sangrienta. Y el hecho fatal,
produciéndose en el medio más favorable á la subsistencia del
federalismo, constituye el proceso histórico de un sistema provisional,
que se reputara definitivo y perfecto. La federación es el estado
larval de la nacionalidad.—Á pesar de las anexiones ó conquistas
violentas, que han dado á los Estados Unidos la amplitud de un
continente, la población ha crecido en proporción casi cuádruple del
territorio[36]; y esta relativa condensación demográfica ha sido
suficiente para requerir una concentración gubernativa correspondiente,
y, en muchas ramas de la administración, substituir la autoridad
nacional á los antiguos fueros locales. La real autonomía de los
Estados ha perdido el terreno ganado por la soberanía de la Nación, y
es permitido afirmar que, del secular concepto del _self-government_,
no queda más elemento intacto que el municipio.
Referida á Washington, como á un símbolo visible, pudiera la conclusión
tacharse de exagerada, alegándose que, á pesar de su incremento
considerable, sigue la capital ocupando un rango modesto entre las
metrópolis americanas. Pero la objeción es de simple apariencia. Debe
tenerse en cuenta que casi ningún Estado ha elegido, como capital
política, una ciudad importante de la región. La histórica Boston
ha quedado lo que fuera, no ha sido elegida; y, tratándose de esta
venerable reliquia del pasado y santuario de la tradición, bien
puede decirse que tal excepción confirma la regla. En su mayoría las
capitales de Estados son aldeas sin importancia, que los viajeros
ignoran y los mismos habitantes de los vecinos emporios apenas
mencionan; puede afirmarse que, entre los millares de concurrentes
á la exposición de Chicago, no hay uno por diez mil que conozca á
Springfield.—Dado, entonces, su carácter exclusivamente político,
el desarrollo actual de Washington, que nada debe á la industria ni
al comercio, es tan enorme cuanto significativo. Un análisis de sus
condiciones demográficas mostraría que la población federal, con sus
quince mil empleados y sus ochenta mil negros arrimados al gobierno
tutelar, forma contraste con cualquier otra de la Unión, y corresponde
realmente á un complicado mecanismo administrativo muy poco análogo
al de una federación[37]. Fatalmente, pues, y obedeciendo á la gran
ley natural que centraliza más y más el aparato director, al paso
que va el organismo ascendiendo en la escala biológica, los Estados
Unidos cumplen su evolución nacional, tanto más parecida á todas las
anteriores de la historia, cuanto que sus factores sociológicos, antes
excepcionales, ya se aproximan al carácter común. En la alternativa de
concentrarse ó dislocarse, el instinto vital ha preferido el primer
término, á despecho de las teorías y tradiciones constitucionales.
Los ministerios, duplicados desde la guerra de Secesión, con sus
numerosas reparticiones; las obras públicas; los correos, telégrafos,
ferrocarriles y demás órganos circulatorios; los bancos reglamentados
y la emisión sometida á la autorización del gobierno federal, así
como los seguros y empréstitos locales; la superintendencia de la
educación, y la extensión invasora de la jurisdicción nacional sobre
materias antes reservadas á las legislaturas y tribunales de los
Estados: los mil servicios ramificados de un vasto imperio convergen
ahora á Washington, donde se elaboran las leyes incesantes que los
centralizan, y de donde se expiden los decretos diarios que las hacen
cumplir. De ahí, la estructura ya imponente de la capital política y
la importancia creciente de este centro administrativo nacional. El
contraste exterior de esta aglomeración, algo silenciosa y difusa,
con la agitación material de Chicago ó Nueva York, no debe engañarnos
respecto á la superioridad funcional de una y otra; ni conviene olvidar
que una gran capital del viejo mundo, como Londres ó París, acumula
en su enormidad, además de los órganos puramente administrativos de
Washington, los comerciales é industriales de Nueva York y Chicago,
junto á los intelectuales y sociales de Boston y Baltimore, fuera de
otros elementos históricos aquí ausentes ó rudimentarios.
Por lo demás, dichos contrastes materiales y el carácter de
tranquilidad callejera, que la desproporcionada extensión de la ciudad
acentúa, distan mucho de impresionar ingratamente al viajero. Fuera
de los recursos sociales que la política y la diplomacia suministran,
la vida en Washington tiene un sello especial de bienestar apacible.
La monotonía del reposo hace un buen paréntesis á la monotonía de la
agitación. Me habían cansado un tanto las grandezas fenomenales del
oeste; por eso saboreo mejor, en los primeros días, el encanto discreto
de estas desiertas avenidas y la gran melancolía de los parques en este
fin de otoño.—Visito sin entusiasmo ni apuro algunos establecimientos
oficiales. Desde luego, los ministerios con su aspecto previsto de
_City Hall_: amplias oficinas llenas de empleados de ambos sexos,
escaleras, ascensores, muebles idénticos, salivaderas á profusión; todo
ello sin carácter ni novedad. Un detalle encantador es encontrar en el
escritorio de cada jefe de una repartición (hasta en el Congreso y el
propio despacho del Presidente) un ramito de flores frescas en una copa
de cristal.—El Departamento de Educación, vecino del _Patent Office_,
tiene poco interés; el Superintendente, cortés, delgado, pálido, como
desecado por la estadística y reducido á cifra, me da algunas obras
oficiales y unas tarjetas de entrada para los colegios y escuelas de
la capital.—En mis dos temporadas de residencia en Washington, he
visitado algunos establecimientos de enseñanza común y superior; la
primera vez los comparaba involuntariamente á los de Buenos Aires en lo
material, y no quedaba deslumbrado; la segunda vez, llegaba de Boston,
y el resultado de la comparación tenía que ser mucho más desastroso
para las escuelas federales.—Entre otras impresiones pedagógicas,
encuentro en mis apuntes la que me produjo la famosa _High School_,
creada y sostenida para demostrar prácticamente la igualdad intelectual
y cívica de los niños blancos y negros de ambos sexos, fraternalmente
confundidos—algo así como una _coeducation_ por partida doble. Fuí
dos veces, por recomendación expresa del comisionado, y nunca pude
asistir á un curso serio. Mientras que en Boston directores y maestros
se disputaban mi presencia y disponían exámenes especiales en mi honor,
aquí no logro asistir sino á marchas rítmicas, desfiles y cantos
infantiles. El _colored_ director es muy amable, pero parece empeñado
en desalentarme, agobiándome con planes de estudios y programas que
nunca logro ver ejecutar: ninguna de las clases superiores porque
me intereso funciona «actualmente»; en cambio, _lessons on objects_
y maniobras militares á discreción. Asisto desde una galería á una
revista de negrillos, cuyas cabezas se proyectan sobre el blanco patio
enlosado, produciendo el efecto de un juego de dominó movible, y el
director no se cansa de hacerles repetir la canción popular: _Try,
try again_ ... no sé si para despertar mi entusiasmo ó armarme lo que
llamamos en Francia una _scie_ que me ponga en fuga. En todo caso
consigue le segundo. Al retirarme recorro las numerosas clases llenas
de aparatos, bancos, mapas, cuadros murales; hay grupos de varones
y niñas en «estudio»; lo mismo sucede en la biblioteca, cuajada de
_ficciones_; pero no noto que los alumnos blancos formen corrillo con
los parientes del _Uncle Tom_ ...
No se debe insistir en este examen, que mostraría á la capital bajo
su faz menos interesante; en Washington, lo característico es la vida
política, presente ó pasada; para formarse una idea de la educación
americana, hay que estudiarla en el Massachusetts. Por eso no me
extenderé en este capítulo poco favorable; ni tampoco celebraré las
innumerables colecciones naturales é históricas de la _Smithsonian
Institution_, que levanta al lado del _National Museum_, especie de
sucursal de la primera, su compleja é incalificable arquitectura
«_generally known as the Norman style_» (sic). La híbrida institución,
creada por un legado del inglés Smithson, para el «desarrollo y
difusión de la ciencia», participa á la vez del museo, del jardín de
plantas y de la sociedad científica; sabido es que llena el mundo
sabio con la triple serie de sus publicaciones anuales (de carácter
bastante pedestre y local), y que mantiene el intercambio de productos
impresos más activo que exista. Su biblioteca está incorporada á la
famosa del Congreso que, á pesar de sus 600.000 volúmenes (americanos
en su gran mayoría), no merece su reputación yankee y dista mucho de
ser comparable á la de Boston, ni por su instalación, ni por su riqueza
bibliográfica, ni mucho menos por su servicio interno.
Todo lo que con la ciencia y el arte tenga relación reviste
necesariamente en Washington un carácter pegadizo é improvisado. Cuando
no una ley del Congreso, es el legado de un millonario lo que ha creado
de golpe el órgano y la función. Cierto banquero Corcoran ha donado
un palacio lleno de cuadros, esculturas y _bibelots_ para Museo de
bellas artes;—y no hay que decir si al generoso y cándido filántropo
le han deslizado obras antiguas «atribuídas», junto á otras modernas
muy auténticas—como el _Régiment qui passe_, de Detaille, que produce
desde la escalera de entrada su efecto irresistible de viva realidad
y colorido ... ¡Melancólico recuerdo! Visité la galería Corcoran con
ese pobre iluminado de José Martí, entonces lleno de bríos é ilusiones
emancipadoras, y que había de caer estérilmente, un año después, bajo
una de esas balas anónimas que tanto despreciaba. Y la triste memoria
evoca á otra más triste aún, que para mí se adhiere indeleble á los
alrededores tan pintorescos y apacibles del distrito federal.
* * * * *
En dos ó tres ocasiones visité con Rafael García Mansilla los parques
exteriores de Washington, el Cementerio nacional de Arlington,
Georgetown, el Jardín zoológico, la Universidad católica y la Casa
de Inválidos (_Soldiers’ Home_) en su marco de árboles y flores.
¡Con qué contento y expansión juvenil me refería en francés—pues la
lengua adoptiva le era más grata y familiar que la propia—sus lejanas
excursiones infantiles por estos mismos parajes, haciendo detener el
carruaje para mostrarme un estanque donde solía travesear! ¡Cuál corría
entonces alegre y veloz nuestra _victoria_, por esa calzada de macadam
contra la que, seis meses más tarde, su cabeza había de estrellarse,
para que el marino robusto viniera á morir donde el niño jugara, y se
anonadasen en un minuto tanta fuerza en reserva, tanta esperanza, tanta
juventud! _Sunt lacrymae rerum ..._
Arlington House, en la orilla virginiana del Potomac, es una antigua
propiedad de la familia Custis, donde residió Washington alguna
vez[38], y cuyo último propietario fué el célebre general de los
confederados, Robert Lee. La casa y el magnífico parque fueron
confiscados por el gobierno nacional después de la derrota: odiosa
represalia del vencedor, y tanto más vergonzosa, cuanto que, á pesar
de las pasiones desencadenadas, la Corte suprema condenó el despojo y
mandó devolver la propiedad á su legítimo dueño; éste aceptó entonces
venderla al gobierno por 150.000 dollars, y quedó allí establecido el
_Military Cemetery_.
Ha sido, sin duda, un bello pensamiento, el de reunir en esta colina,
que domina á Washington, los restos de millares de soldados que cayeron
en la guerra civil, convirtiéndola además en un punto de paseo y
peregrinación. Pero, como casi siempre acaece con las obras yankees, la
grandeza de la concepción ha sido empequeñecida por las puerilidades de
un mal gusto incurable. Se ha incurrido en la ingenuidad chinesca—que
aquí se celebra como un hallazgo genial—de formar en batallones esas
quince mil tumbas uniformes, con los jefes y oficiales al frente de
sus compañías alineadas: y, bajo las encinas seculares, sobre el tapiz
de flores y céspedes, las innumerables piedrecitas blancas se alargan
interminablemente, en filas paralelas de una regularidad geométrica
enervante. El efecto general es más mezquino que en Gettysburg.—Por
supuesto que, á pesar de la última enmienda de la Constitución, los
túmulos _blancos_ no se mezclan con los _negros_: éstos quedan una
media milla más lejos, junto á los de los _refugees_, señalados con una
R. En el cementerio, como en la _High school_ y la _Howard University_
(concurrida por gente de color), que desde aquí se divisa hacia el
_Soldier’s Home_, toda la sangre derramada y todas las proclamas no
han logrado borrar el estigma indeleble. También para las tumbas de los
blancos—y, desde luego, para el sepulcro del general Sheridan, que
domina la entrada—se han reservado los epitafios en verso, extraídos
de un «_beautiful poem_» del coronel O’Hara, cuyas estrofas se
desarrollan en las calles de esas compañías de piedra.—_The Bivouac of
the Dead_ parece una imitación bastante prosaica de la famosa _Revista
nocturna_ de Zedlitz, en que el fuego graneado de los adjetivos
remeda demasiado las salvas fúnebres; citaré la primera estrofa, ó si
preferís, la primera _cuadra_ de esta balada popular:
_The muffled drum’s sad roll has beat
The soldier’s last tattoo!_
_No more on life’s parade shall meet
That brave and fallen few._
_On Fame’s eternal camping-ground
Their silent tents are spread,_
_And glory guards with solemn round
The bivouac of the dead..._[39]
Cerca de la entrada, al sud de la casa de Lee, un amplio y sencillo
monumento de granito encierra los restos de dos mil soldados, recogidos
en el campo de batalla y que no se pudieron identificar—_the unknown
dead_;—y no sé por qué el sepulcro colectivo de estos ignorados
despide para mí una melancolía más grandiosa y solemne que los otros
millares de tumbas alineadas, como en la lista de las pensiones.
Y como han de estar allí confundidos negros y blancos, leales y
rebeldes, encuentro más alto y puro este símbolo del deber cívico,
dolorosa é igualmente cumplido por unos y otros en esa guerra de
hermanos,—en que un deudo de Washington ocupó el puesto militar que su
antepasado acaso no hubiera rehuído,—y en cuyas peripecias el Norte
y el Sud defendían un derecho dudoso ¡que sólo fué establecido por la
victoria final!
XVII
WASHINGTON
II
EL CAPITOLIO—MOUNT VERNON
Desde cualquier punto de la ciudad y sus alrededores, se divisan la
cúpula dominante del Capitolio, con su gigante Libertad de bronce en
el vértice, y la aguda pirámide de Washington, cuya altura excede
550 pies[40]: es con justicia que uno y otro monumento atraen
invenciblemente la mirada del transeunte y obseden la imaginación del
habitante, pues la capital entera de los Estados Unidos se simboliza
fielmente en la figura de su fundador y en la historia de su Congreso.
He frecuentado bastante el Capitolio, pues he necesitado concurrir á
la biblioteca del Congreso para estudiar en sus fuentes originales la
historia práctica de la Constitución. Respecto del aspecto exterior, no
creo que urja agregar otra descripción á las ciento y una que corren
impresas y diseñadas. De esta imitación _mammoth_ de San Pedro de Roma,
háse dicho por americanos y europeos todo lo bueno y todo lo malo que
cabe decir.—Antes de ver el Capitolio, puede anunciarse _à priori_
que no ha de tener gran valor estético este remedo moderno de una
basílica del Renacimiento que dista mucho de ser perfecta, ideado por
una serie de arquitectos de ocasión y realizado en un país nuevo que
aún hoy no sospecha el gusto ni la belleza. La fachada principal, que
mira hacia el desierto, con sus escaleras, sus dos alas de mármol y sus
peristilos, produce sin duda el efecto imponente de todas las fábricas
colosales; pero la cúpula de hierro aplasta el pórtico mezquino, y el
cuerpo central de pintada piedra contrasta pobremente con las alas de
mármol, prolongadas en demasía: hay falta absoluta de armonía, así
entre las partes del edificio como en sus materiales, y ¿qué otra cosa
es la belleza artística, que la armonía en la originalidad? Por lo
demás la construcción es enorme y,—con su rotonda pintada, sus frescos
y estatuas, mediocres ó ridículos; sus puertas de bronce, sus _halls_
para el Senado, la Cámara y la Corte Suprema, sus salas y antesalas, su
laberinto de escaleras y pasillos, sus dorados y mármoles—ha costado
trece millones de dollars. ¿Qué más necesita el patriotismo yankee
para proclamar su Capitolio superior á _any public building in the
world_?[41].
Durante mis estaciones en la Biblioteca del Congreso, que ocupa el
subsuelo oeste del Capitolio, solía ofrecerme un entreacto de sesión
parlamentaria; y, después de leer abajo las memorables discusiones de
Webster y Calhoun, no dejaba de ser picante el cotejo de lo pasado con
lo presente, ó si se quiere de la ilusión con la realidad. Algo imbuido
aún, á pesar de mi prudente escepticismo, en el respeto religioso
que el parlamentarismo yankee inspira á los «constitucionalistas»
sudamericanos, confieso que, la primera vez, no penetré sin emoción
en el santuario del _Self-Government_. Era mi guía é introductor un
estimable _lobbyist_ ú «hombre de pasillos» quien, naturalmente,
_nourri dans le sérail_, conoce sus vueltas mejor que los ujieres.
Felizmente para mis frágiles ilusiones, dimos principio por el ala
norte (Senado) del Capitolio. Mi cicerone no me hizo gracia de un
detalle del edificio; pero yo, más generoso que él, remitiré al lector
á las prolijas guías locales, para la descripción, dimensiones y
costo del «Salón de mármol», y los otros vecinos para el Presidente
de los Estados Unidos y del Senado; del gran salón de recepción con
sus frescos italianos, del lujoso y vulgar _ladies’ parlor_ con sus
retratos de Clay, Webster y Calhoun; y, por fin, después de muchos
pasillos y escaleras de mármol, del célebre «Hall de las estatuas»
(antigua Cámara de diputados), así llamado por contenerlas en
abundancia de mármol y bronce, á razón de dos por Estado, fuera de
algunas suplementarias. Una placa de bronce, en un ángulo del piso,
señala el sitio donde John Quincy Adams cayó fulminado por un ataque de
apoplejía.
En el _lobby_ que corre trás de la sala de sesiones, mi guía me
«introduce» al senador M., de Alabama: aspecto de _farmer_ politiquero,
en que la socarronería yankee se oculta bajo modales campechanos; está
mascando tabaco ó _chewing-gum_ y, con su rudo bigote gris muy raso,
parece que tuviera adherido al labio su cepillo de dientes; trae levita
negra cortada con podadera, y el inevitable sombrero de fieltro en la
oreja[42]. Me sacude la mano, me golpea el hombro, se rie, enseñando
toda su dentadura, y el fondo de su conversación es el de siempre:
«¿Qué le parece la _country_, eh? _Well_, somos yankees, ¡nosotros!
Pase V. adelante ... _all right_!...»—Pasé adelante.
La sala del Senado es rectangular; forman el techo artesonado, bastante
bajo, tableros de pintado cristal que se iluminan por transparencia
durante las sesiones nocturnas; los asientos giratorios, cada cual con
su pupitre de caoba, describen un hemiciclo y convergen al sillón ó
cátedra presidencial. Entre el piso y el techo, una sola galería rodea
la sala, dividida en tribunas: la de la prensa encima del presidente,
la del cuerpo diplomático, al frente; por fin, á uno y otro costado,
las de las señoras y de los _gentlemen_ sin importancia. Adornan las
paredes los bustos de Washington, Jefferson y otros «burgraves», y
desaparecen las pilastras y tableros bajo la profusión de medallones,
águilas, banderas, gorros frigios y otros pintados atributos. Muy
poca animación; las tribunas están vacías; algunos «pajes» de diez ó
doce años brincan como cabritos por entre los asientos, llamados por
los papirotes de los senadores; traen ó llevan cartas, vasos de agua,
telegramas; otros disponibles juegan á las bolillas en los pasillos ó
se agazapan en las gradas de la _President’s chair_. En el despoblado
recinto, una veintena de cabezas grises conversan, leen diarios,
escriben su correspondencia, reciben visitas en los asientos de
última fila. Muchos fuman ó mascan; el presidente Stevenson acaricia,
entre dos bostezos no disimulados, su martillo de rematador. Nadie
escucha al orador, que habla de pie desde su asiento; se trata de un
_personal bill_, pidiendo una pensión para una enfermera olvidada
en la lista de las _Army nurses_; y el viejo S., de Nevada, brega
por su criatura, saca diarios que se pone á dictar á los taquígrafos
impasibles, y comenta su lectura, blandiendo la diestra, golpeándose
el muslo, arrojando un chorro á la salivadera, después de una chuscada
humorística que levanta risa general ...
La Cámara de representantes, _of course_, gasta más refocilamiento que
el Senado, debido á la asistencia más joven y numerosa, y también, si
cabe, á la soltura mayor. Sabido es que ocupa el ala sud del Capitolio;
por lo demás, la distribución y el aspecto son los mismos que en el
Senado. El sillón del _Speaker_, delante de una ancha mesa de mármol;
á su derecha, en un pedestal, la maza simbólica de plata y ébano,
semejante á los _fasces_ romanos; en las paredes, algunas pinturas en
que un intenso _spreadeaglism_ suple á su modo la belleza ausente: el
Washington de Vanderlyn, el La Fayette de Ary Scheffer; otros frescos
del fecundo Brumidi, la _Ocupación de California_, el _Descubrimiento
del Hudson_, y, nuevamente, el ubicuo Washington, presentado esta vez
en la _Toma de Yorktown_, en una actitud teatral que contrasta con la
serenidad de su noble cabeza aborregada ... Aquí, como dije, el vaivén
es incesante y el rumor continuo; el orador suele adelantarse hacia el
_Speaker_, sin que los colegas dejen de cruzarse por el intervalo[43],
y, como un examinando ante la mesa, procura hacerse oir, siquiera de
los taquígrafos. Algunos diputados parecen artesanos endomingados;
otros gastan una llaneza de traje y modales que llega al _débraillé_;
uno hay, sin duda de _Mizzoura_, que ha venido á la capital con sus dos
muchachos, y los trae á la cámara para no dejarlos solos en el hotel.
Un negro de levita, diputado de South Carolina, parece mal acostumbrado
aún á no circular entre los grupos con cepillo ó bandeja ...