por consiguiente, del mundo,—puesto que no tiene rival en la rapidez
de su desarrollo agrícola, comercial y fabril. Poco importa que
su agricultura extensiva consista en desflorar y agotar en veinte
años el suelo virgen, para producir por hectárea una mitad menos
que en las buenas y viejas tierras europeas; que su industria y
su comercio dependan de tarifas draconianas, y que un cambio de
frente de Inglaterra pueda arruinar los Estados mineros ó derribar
sus bancos como castillos de naipes. Chicago será mañana el centro
del mundo (desatendamos la nota más aguda que ya lo proclama hoy),
por todo lo que sabéis de sus _Stock-yards_, de sus elevadores, de
sus ferrocarriles, de sus casas de quince pisos—en una palabra,
de su prodigioso incremento de veinte años. Y si admitimos, como
cosa evidente, que el signo primordial de la civilización sea el
desenvolvimiento de la actividad alimenticia, siendo el vientre el
órgano que nos distingue de las especies inferiores: claro está que
quien puede lo más puede lo menos—¡y que le ha bastado á Chicago
distraer una mínima parte de su savia orgánica, hacia las ramas
accesorias de dicha civilización, para sobresalir en ellas como en
todas las demás!—De su arquitectura no hablemos más, para no humillar
al resto del mundo; de sus bellas artes, basta decir que el _Art
Institute_, construído de granito y mármol (_cost_ 800.000 pesos),
tendrá 320 pies de largo por 170 de alto; de su enseñanza superior,
basta este solo dato, más elocuente que todas las disertaciones: el
edificio de la Universidad costará ocho millones, pagando un tercio del
total el célebre John D. Rockefeller, el rey del aceite. ¿Cómo dudar,
entonces, que será superior de primer golpe á la de Harvard, cuyo valor
material no pasa de cinco? _Et sic de cœteris._»
Pero ningún monumento de Chicago alcanza la importancia material y
simbólica del Auditorium. Es el Panteón, el Coliseo, la Santa Sofía,
el palacio de San Marcos—la maravilla de las maravillas americanas.
Sería necesario pedir á un literato local su pincel-escoba para
celebrarlo dignamente, con ese estilo peculiar en que alterna el
lirismo descabellado con el cálculo positivo de las dimensiones, el
volumen cúbico y el peso de los materiales, rematando la descripción
¡con el costo total que pasa de cuatro millones de dollars! Un libro
que tengo á la vista condensa la admiración de los pan-americanos,
que lo visitaron en 1889, en un grito de entusiasmo del señor Zelaya,
de Honduras: «¡Conozco el universo entero: no existe nada igual!». Su
dedicación, en diciembre del mismo año, fué una solemnidad nacional:
el presidente Harrison vino desde Washington para inaugurar el
hotel-teatro ...
Es una ciclópea y negruzca contrucción de piedra que para cárcel
parecería muy lúgubre. El exterior es el de una maciza fortaleza
cuadrada, en que las estrechas ventanas parecen troneras ó nichos
sepulcrales; no hay una _loggia_, un balcón, un relieve que alegre la
vista del prisionero ó del espectador. El hall es obscuro; los cuartos
requieren luz á medio día; y los arcos rebajados, la selva de pilares
de mármol y granito, el pavimento de mosaico, la monacal desnudez
de las paredes ó, por partes, sus recargados ornamentos, completan
el aspecto abrumador de un hipogeo egipcio. El conjunto no es bello
ni feo, ni acepta epíteto alguno que pueda convenir á cualquiera
producción arquitectónica: es monstruoso, elefantino, cuaternario.
El Auditorium propiamente dicho, vale decir la sala de espectáculo,
contiene 7000 asientos, y es del mismo estilo que el resto del
edificio. Una inmensa bóveda circular, sin más relieve que sus arcos
paralelos, remata en el escenario que remeda una chimenea colosal. La
cruda luz eléctrica reverbera en las superficies desnudas: allá en
las paredes del paraíso, perdidos en la obscuridad, se adivinan dos
frescos borrosos, que probablemente ganan con no ser vistos. Además de
los asientos—todos ocupados, en la noche única que estuve allí,—la
muchedumbre cuajaba las galerías, los pasadizos, las escaleras.
Representaban algo así como un _Excelsior_ yankee: _America_, en cuyas
escenas Colón y Washington alternaban con los saltos de los _minstrels_
y las cabriolas de los acróbatas. Durante cuatro ó cinco meses, fué
necesario asegurar la entrada con una semana de anticipación; había
dos funciones diarias, y los inevitables Abbey y Grau han levantado
una fortuna ... Era el tiempo en que los conciertos sinfónicos de la
Exposición fueron brutalmente suprimidos «porque _no pagaban_».—Y
en ese coliseo enorme, con sus «vomitorios» y su anfiteatro repleto
de espectadores, me volvían recuerdos de los circos romanos, de los
hipódromos del Bajo Imperio, y comparaba en mi imaginación esta
barbarie con esa decadencia ... Estaban al lado mío algunos amigos de
Chicago; una señora, literata, música, que había educado á su hija
en Roma: había visto durante cinco años, San Pedro, el Vaticano, las
ruinas imponentes y los museos maravillosos ... Y ella fué la que me
preguntó si no encontraba el Auditorium más bello que la Ópera de París
... ¡Contesté que sí! con un entusiasmo que el mismo señor Zelaya—de
Honduras—me hubiera envidiado ...
Los hallo «impermeables» á todo lo que sea gusto y verdadera
civilización. Sus diarios, sus piezas de teatro, sus conversaciones,
sus adornos, sus joyas, sus procesiones, sus comidas: todo es
_mammoth_. Su ingenuidad es tan enorme, que llega á ser grandiosa. Y
si se logra echar en olvido, por algunos días, todas las nociones de
la belleza, heredadas ó adquiridas con el estudio y la contemplación
de las obras maestras artísticas; si se contempla esa acumulación
material, cual se hiciera con las manifestaciones proporcionales de
otro planeta mayor que el nuestro,—poco á poco se experimenta una
sensación de asombro é inquietud que casi viene á ser estética.—Á eso
aludía, al decir que Chicago tenía su belleza propia, en cierto modo
superior, por su ruda y descomunal primitividad, á las imitaciones
europeas de las metrópolis del Este. El espectáculo prolongado
de la fuerza inconsciente y brutal alcanza á cierta hermosura
«calibanesca».—La inmensidad de los corrales, el vaivén de los trenes,
del _elevated_ y de los carros de tramway que pasan eternamente
rellenos de pueblo; las atrevidas construcciones que rebosan afanada
muchedumbre, los inmensos _buildings_ comerciales; las sesenta líneas
férreas que irradian de las estaciones centrales, con sus millares de
vagones estacionados y que parecen destinados á no moverse jamás; los
túneles debajo del río, los puentes movedizos que se abren por segundos
ante los buques cargados; y ese mismo río negruzco y plebeyo, cuajado
de mástiles, con sus riberas obstruídas de elevadores y depósitos;
el potente rumor de las maquinarias en actividad; los silbidos que
desgarran el oído, y, en cualquiera parte, hasta el fondo de los
teatros y el silencio de los congresos, cortan bruscamente la palabra
de los oradores ó cubren la música, con no sé qué desdén salvaje de
esas puerilidades de otra civilización, aquí fuera de su lugar:—todo
ello á la larga produce una sensación indecible. Se viene recordando
que esa mole prodigiosa ha brotado casi toda en veinte años; y se
experimenta, ante esa manifestación de la fuerza irresistible, la
impresión de respeto y asombro que inspiraría el levantamiento de una
montaña. El monumento no es airoso, ni esbelto, ni definitivamente
organizado; toda su estructura revela el apuro, la factura provisional
y al por mayor: pero es formidable, incomparablemente colosal, y al
lado suyo, por un momento, cualquiera otro parecería desmedrado y
mezquino.
Con esas ideas embrionarias y tendencias primitivas, apoyadas en una
fuerza de empuje irresistible, es como han emprendido y realizado
su feria universal. Creo que en las páginas anteriores se encuentra
implícitamente descrita. Además, no puede ser materia de actualidad
documentaria lo que ya no existe. Quizá en otra forma razonada y
metódica aparezca su estudio positivo; ó acaso bosqueje algún día,
en una fábula novelesca, su compleja y contrastada psicología: pues,
al cabo, ese organismo monstruoso y efímero, ha vivido, ha tenido su
_alma_ exótica y fugaz ...
* * * * *
¡Pobre _White City_! La volví á mirar por vez postrera durante una
tarde agria y descolorida de este invierno precoz, en el siniestro
_désarroi_ de las mudanzas y demoliciones. Retumbaban los vastos
edificios solitarios bajo los martillazos de los embaladores; los
rieles de las vías volantes se alargaban por las calles desiertas;
los céspedes helados ostentaban el pisoteo de un campo de batalla; y
una gran melancolía se desprendía de esas ruinas nuevas, de ese sueño
disparatado y colosal, pero sueño brillante al fin, ¡entregado como un
cadáver gigantesco á la labor de destrucción! Yo mismo, que he vivido
allí algunos meses, surcado veinte veces las lagunas y los canales que
bañaban las graderías de los palacios de yeso y su endeble armazón,
completando con algunas góndolas importadas esa parodia de Venecia
americana; yo mismo recuerdo de algunas tardes de verano cuyos tintes
apagados armonizaban los chillones edificios griegos é italianos, los
grupos escultóricos, las cúpulas flamantes, prestando á esas frágiles
confecciones un reflejo de belleza y una apariencia de verdad. No todo
fué allí vulgaridad y desencanto.—Y aunque sólo fuera por esa noche
deliciosa en que, idealmente iluminados los follajes por la luna y los
invisibles focos de la luz eléctrica, se representó, en un parque real
de álamos y encinas, la vaga y encantadora comedia de _As you like
it_, perdonaría á Midway-Plaisance su brutal exotismo. Experimenté
allí una sensación exquisita y única de olvido y rejuvenecimiento; la
olvidada poesía llegaba hacia mí, envuelta en la brisa del próximo
lago, refrescando con su caricia mi frente entristecida. Me sentía á
mil leguas de las manufacturas y las máquinas, volvía á vivir en la
región azul de los ensueños juveniles; y en esta selva de los Ardennes
poblada de apariciones vaporosas, de Rosalindas que se desvanecían
en las misteriosas espesuras, cantaban tan melodiosos los versos del
divino Shakespeare, que el aleteo de algunos pájaros ocultos, turbados
por la música, remedaba un ensayado arrullo que diera la réplica al
ruiseñor inmortal ... Por esta sola hora de olvido y éxtasis, no he de
hablar sin emoción de la Feria difunta. Con todas sus vulgaridades y
atentados contra el gusto artístico, quedará absuelta en mi memoria;
tornándose más bella cuanto más lejana, se esfumará lentamente en el
pasado irrevocable, y, soñador incorregible, seguiré siempre con la
mirada enternecida la dorada copa del rey de Thule, que cayó vacía en
las ondas obscuras del lago Michigan ...
XVI
WASHINGTON
I
EL DISTRITO FEDERAL
«Washington es una necrópolis». Tal es la fórmula corriente ...
¿La repetiremos porque anda estereotipada y nos hallamos en país
de sufragio universal? ¿La desecharemos con desdén por el solo
hecho de ser trivial y socorrida? Ni lo uno ni lo otro. Entre las
variedades del _snobismo_ viajero, sólo una actitud es más odiosa
que la del admirador por encargo y sugestión de la _Guía Baedeker_:
la del humorista á todo trance, que llega á negar la evidencia por
el prurito de singularizarse, y persigue una fácil originalidad á
expensas de la exactitud. Aunque enemigo de las frases hechas, no
retrocedo ante el _cliché_ si él traduce la verdad, siquiera sea
exagerada ó aproximativa. Todos los forasteros han comprobada esta
primera sensación de vaciedad que Washington produce. Ahora bien:
á pesar de ser vulgar esta opinión y combatida por el gran geógrafo
Reclus,—quien, por otra parte, describiera el Distrito federal desde
su retiro de Clarens, refrescando sus efímeros recuerdos con gran
acopio de planos y datos estadísticos,—no vacilo en reproducirla con
ciertas reservas, porque la encuentro estampada repetida é ingenuamente
en mis apuntes de cartera, que nada deben á la influencia extraña ni á
la preocupación.
Ora se llegue del oeste por Chicago y Cincinnati, ora del litoral
atlántico por Nueva York y Baltimore (tengo hecho el experimento por
uno y otro itinerario), el efecto es idéntico; hay más: se reproduce
cada vez la sensación primitiva. Se cree penetrar en una inmensa aldea,
más silenciosa y reposada que Santiago de Chile, y cuyas amplias
alamedas amojonadas de estatuas, casi sin tráfico fuera de la arteria
central (_Pensylvania Avenue_), diseñan un marco suntuoso á las
dispersas residencias de dos pisos y á los vastos edificios oficiales.
Este fin de otoño septentrional (noviembre) acrecienta sin duda el
aspecto de mustio abandono y desalojamiento, sobre todo para quien
acaba de pasar el verano en el tumultuoso exotismo de la Exposición.
Dentro de algunas semanas hará su entrada el invierno; caerán las
primeras nieves del año, más silenciosas que las últimas hojas secas de
los plátanos, y, en un callado y gris amanecer de diciembre, sonarán
alegremente las campanillas de los trineos que se resbalan sobre el
acolchado asfalto ... Entonces se abrirá la _season_ política.
La sesión legislativa en el Capitolio; algunas fiestas oficiales,
cuya fácil descripción se encuentra en todas partes; uno que otro
recibo diplomático, con el mismo elenco más ó menos pintoresco; dos
ó tres grandes conciertos, en que lo detestable fraternizará con lo
exquisito, sin que lo último conmueva ni lo primero escandalice al
público; el paseo meteórico de Adelina Patti, Coquelin, Henry Irving
por los teatros vacíos, que sólo se llenarán con la grosera farsa
provincial _In Mizzoura_ y el actor Goodwin—á quien los sucesores de
Webster y Calhoun ofrecerán un banquete en el propio _Senate Reception
Room_, bajo la pintura mural de Washington presidiendo su consejo de
ministros; una estrepitosa exhibición de crisántemos _mammoth_, tan
enormes y fenomenales, que llegan á ser feos y no parecen de verdad;
por fin, tal ó cual procesión de «caballeros» de cualquier orden: tal
es el celebrado programa de invierno que romperá la quieta monotonía
de la capital, sin quitarle su carácter indeleble de extenso villorrio
deshabitado, cuyas «magníficas distancias»[30] se acentúan con sus
innumerables plazoletas circulares y _squares_ vacíos, desde el
Capitolio hasta los parques y cementerios nacionales de los alrededores
...
Los viajeros europeos suelen comparar á Washington con Versailles y
Weimar, lo que vale tanto como asimilar una flamante casa de huéspedes
á un secular palacio que sólo vive de estética nobleza y gloriosa
tradición. Un tanto diferente es el símil que me ocurre el primer día:
me acuerdo de La Plata, la reciente y nunca terminada capital de la
provincia de Buenos Aires; pero se trata, naturalmente, de una _Plata_
magnificada, que guardara proporción con las comarcas y el destino
respectivos. Es el mismo carácter grandiosamente artificial, como que
se ha obedecido en ambos casos á un concepto abstracto y teórico,
haciendo caso omiso de las leyes profundas que rigen el desarrollo
de todo organismo. El arquitecto francés L’Enfant, que fué encargado
de trazar el plano de Washington[31], adoptó un criterio escolar y
realmente _infantil_, á saber: que una ciudad se proyecta y distribuye
_a priori_, como un edificio particular.
Son muy conocidas las largas y enojosas discusiones á que dió lugar
la designación de la capital federal: reflejaban fielmente las
incertidumbres de la situación, durante los años que siguieron el fin
de la guerra de la Independencia. Adoptada en 1787 la constitución
federal por los delegados de los trece Estados originarios, reunióse
dos años después en Nueva York el primer Congreso, y, desde luego,
se planteó el problema de la capital, á que aludía la Constitución
(I, 8), y cuyo estudio se había aplazado prudentemente. Al punto
estalló el conflicto entre los Estados rivales, revelando lo frágil
del reciente vínculo de «unión perpetua»: Nueva York, Filadelfia,
Baltimore y diez poblaciones menores, se disputaron la elección, y el
Congreso tuvo que disolverse antes de arribar á un acuerdo. Entonces,
como después, el sitio material no era sino el símbolo tangible de la
Unión misma; y ello explica la gravedad de una cuestión al parecer
accesoria; del propio modo que, setenta años después, este mismo
carácter representativo justifica el encarnizamiento con que los
ejércitos federal y confederado se disputaron la posesión de este
punto sin importancia estratégica. Al comenzar la segunda sesión
(1790), fué introducido un nuevo _bill_ tendente á suplantar todas las
pretensiones localistas, designando un sitio desierto sobre el Potomac,
un poco al norte de Alexandría y quince millas arriba de Mount Vernon,
residencia del presidente Washington. Era notorio, y muy natural, el
apoyo que éste prestara al proyecto; fué bastante eficaz para hacerlo
adoptar, á despecho de vivísimas resistencias;—y acaso, ante el
historiador filósofo, esta actitud sencillamente humana no contribuya
poco á reducir las proporciones legendarias de aquella figura un tanto
convencional.
El sitio en que se delineó la capital futura—que tomó el nombre de
Washington en 1791, en el acto de colocarse su piedra fundamental—no
parecía destinado por la naturaleza á tan ilustre destino. Entorno
de la colina donde se alzara el Capitolio, el terreno se extendía
estéril y pantanoso hasta el río; el movimiento comercial, á tan
corta distancia de la metrópoli del Maryland y poco favorecido por
el Potomac escasamente navegable, había de permanecer casi nulo; el
clima era insalubre; por fin, después de ser durante muchos años un
punto céntrico de la Unión primitiva, si bien de acceso bastante
difícil, más tarde el prodigioso avance de la conquista yankee hacia el
Pacífico volvería á poner en cuestión, á pesar de los ferrocarriles y
telégrafos, la conveniencia de conservar tan al este la capital federal
de una región inmensa, que tiene en Chicago ó Saint Louis su centro de
gravedad[32]. Á estas condiciones naturales, bastante desfavorables, se
unieron otras de carácter circunstancial.
Determinada el área del distrito federal[33], confióse al «admirable
ingeniero» y arquitecto francés L’Enfant el plano y traza de la
ciudad. Hemos dicho que el nuevo Anfión transportó lisa y llanamente
sobre el terreno el dibujo hecho en el papel: alrededor del Capitolio
central irradió una serie de avenidas divergentes á todo rumbo, que
cortaban, no sólo las calles en ángulo recto de los futuros _blocks_,
sino también otras avenidas extensas y paralelas á las centrales,
multiplicando las encrucijadas ó _circles_ uniformes de la moderna
Tebas. Así logró L’Enfant dotar á su patria adoptiva de la ciudad
«mejor diseñada del mundo» (_the best-planned city in the world!_);
y fué tal la satisfacción del creador, que su arrogancia creció á
proporción de su criatura y hubo de despedírsele antes de comenzar la
construcción. Las consecuencias de tan bellos dibujos no se hicieron
esperar. Habíase delineado una ciudad de un millón de habitantes, que
debía eclipsar á Nueva York y Filadelfia; la superficie entera del
distrito fué seccionada para solares urbanos, y, especialmente en torno
del Capitolio, ya proyectado con su fachada principal hacia el este,
los propietarios fijaron precios tan fantásticos á sus terrenos, que la
población se corrió más lejos y al lado opuesto del monte Capitolino,
dejando desierta la región teóricamente favorecida. Por eso se
encuentra el Capitolio en situación parecida á la de nuestra Fortaleza
colonial, que tenía sobre el río su fachada más imponente. Á pesar de
los enérgicos esfuerzos del presidente popular, el impulso estaba dado
y, como siempre, la civilización se dirigió y ha seguido caminando
hacia el oeste.
El aspecto actual de Washington no desdice de sus orígenes tan
artificiales; la uniformidad y la simetría—cánones rigurosos y
primitivos de la estética que reina despóticamente en estos Estados
Unidos[34]—no sólo se han aplicado en la arquitectura oficial y
particular, en la repetición de los pórticos y frontis griegos, en
las torres y arcos góticos de los templos, en el único molde y patrón
de las residencias, tan previsto como el de las aceras urbanas; sino
que se han impuesto á las manifestaciones edilicias que, al parecer,
podían sustraerse mejor á la reglamentación. Después de recorrer las
avenidas idénticas y las calles iguales, denominadas por números ó
letras del alfabeto, se cae infaliblemente en una plazoleta ó _circle_,
que irradia la misma rosa de veredas á todas direcciones y ostenta
en su centro un monumento de bronce sobre pedestal de granito; y
la más de las veces, aunque la estatua ecuestre deba representar á
generales tan distintos como Scott, Mac Pherson, Thomas, Greene, etc.,
etc.,—pues los tales _circles_ han dado para todo el Estado mayor
de Grant,—resulta vaciado el mismo general, sobre el mismo caballo,
y con el mismo «chambergo» á guisa de quitasol—todo ello igualmente
elegante y decorativo. Y este culto simétrico completa el carácter de
laberinto que la capital brinda al forastero, quien, durante la primera
quincena, vaga perdido por estas soledades, sin otro polo visible que
el omnipresente Capitolio ó el obelisco de Washington, que se levanta
hasta las nubes «como el faro de aquel mar».
Hay felizmente algunas excepciones, fuera de los dos monumentos que
acabo de mencionar—y que tienen aquí una importancia incomparable y
simbólica. Si bien carecen de originalidad, agradan por su correcta
imitación ó sus imponentes proporciones, el ministerio de Hacienda
(_Treasury_) con su enorme columnata jónica, el del Interior (_Patent
Office_) de estilo dórico, el de la Agricultura (renacimiento), la
_Smithsonian Institution_, de estilo enigmático, etc., etc.; sin contar
el bello monumento de La Fayette, por Falguière y Mercié (_cost_,
$50.000), el cual, naturalmente, no se confunde con los del general
Jackson (de perfil tan extraordinario) ó del almirante Farragut ...
Pero no ha de exigir el lector que yo entre en competencia desleal con
las guías de forasteros; y, por otra parte, estos detalles no rompen
la armonía estereotipada del conjunto. En esta ciudad de las estatuas,
ha sido rasgo de ingratitud no erigir una á Urania, la musa de la
Geometría ...
Con excepción de la modesta residencia del Presidente (_White House_),
cuya construcción data de principios del siglo, casi todos los
edificios federales son relativamente modernos; el mismo Capitolio,
aunque su primera piedra fue colocada por Washington, no se terminó
hasta 1865. Durante la primera mitad del siglo, la capital política
no salió de su modesto papel constitucional: era el asiento de un
gobierno que presidía principalmente á las relaciones exteriores de
los Estados, muy celosos de su autonomía[35]. Durante las sesiones
del Congreso, Washington albergaba una población trashumante que
desaparecía con el mensaje de clausura, dejando la ciudad medio vacía
entregada á sus «magníficas distancias». Pero el fin de la guerra de
Secesión, al inaugurar una era nueva para el predominio nacional,
tenía que repercutir en la población que lo representa y simboliza.
Los años que siguieron fueron favorables para la lánguida capital; no
sólo arrojaron allí á millares de negros libertos, veteranos retirados
y buscadores de empleos, sino que señalaron, con las dos presidencias
de Grant, un intenso movimiento centralista, que se manifestó por
la multiplicación de los órganos administrativos y la ingerencia
creciente del poder ejecutivo federal en los Estados. No es necesario
recordar las horas críticas, en que el carro triunfal del vencedor de
Lee pareció rozar la meta del cesarismo. La tercera candidatura de
Grant tenía por «plataforma» el unitarismo más ó menos embozado, con
la supresión del Senado y acaso algo peor ... ¡Vanidad de las teorías
_a posteriori_, que adjudican á una raza privilegiada la capacidad
exclusiva para el _self-government_, y toman por una aptitud innata
y hereditaria lo que es mero producto de las circunstancias!—En
Washington, como en el resto del mundo, estuvo á punto de cumplirse
una vez más la gran sentencia que el patriotismo argentino atribuye
á San Martín. Algunos años de compresión despótica y prestigio
guerrero, de prosperidad material y nepotismo administrativo, bastaron
á debilitar las tradiciones del gobierno libre en las muchedumbres
americanas. La «presencia de un militar afortunado» había gravitado en
las instituciones de los Estados Unidos, lo propio que en las de otras
partes; y, á no haber reventado con tiempo el absceso latente de la
corrupción política, ¡es probable que el centenario de la Independencia
(1876) se hubiera celebrado con el entronizamiento de un emperador!