Spencer, creo que sea la más sólida su identificación del progreso
en cualquier organismo colectivo, con la diferenciación creciente de
sus partes constituyentes. Ahora bien: parece muy evidente que, en
lo fundamental—las ideas, los gustos, las aptitudes y las funciones
sociales—la novísima evolución de los Estados Unidos se caracteriza
por una marcha continua hacia la homogeneidad. Su progreso material,
entonces, equivaldría á un regreso moral; y ello sería la confirmación
de que la absoluta democracia nos lleva fatalmente á la universal
mediocridad. Deseo que mis estudios ulteriores me conduzcan á una
conclusión menos desesperante. Nos hallamos, quizá, en la primera etapa
del éxodo futuro. Sólo alcanzamos un momento del ciclo humano, y nos
toca ser prudentes en la apreciación del porvenir. Acaso, volviendo á
la imagen anterior, la mezcla y fundición de los elementos heterogéneos
no sea, como en el tratamiento metalúrgico, más que una aleación
pasajera y un encaminamiento necesario á la separación futura ...
En todo caso, cumple estudiar el momento presente; y no es posible
desconocer la evidencia. En la fusión de los ingredientes, de valor
y calidad tan diversos, el resultado de la combinación tiene que ser
un promedio: la masa resultante es inferior al componente más noble,
y superior al más vil. La muchedumbre democrática de los Estados
Unidos ocupa, sin duda, un nivel más elevado que el del paisano ó
proletario europeo; pero, siendo así que este mismo pueblo corresponde
socialmente, con pocas excepciones, á nuestra clase media dirigente, no
es discutible su inferioridad respecto á aquélla, y queda evidenciada
la conclusión. La felicidad material del mayor número se ha comprado
con el descenso de la minoría, del grupo que lleva la enseña de la
civilización; se han arrasado las cumbres para terraplenar los valles y
obtener esta vasta llanura ilimitada.
¿Qué es lo que vale más, en definitiva? Lo ignoro aún, y estoy
aquí para estudiarlo. Entre tanto, lo que se trata de dejar fuera
de cuestión, para despejar la vía, es el carácter incompleto y
provisional, _primitivo_, en medio de su enormidad grandiosa, de la
civilizacion actual, que ha querido ella misma exhibirse y compendiarse
en una exposición levantada á orillas de su ciudad más representativa.
El hecho en sí mismo es tan interesante, que resume, si no reemplaza,
años enteros de estudios y observaciones. Se ostentan al descubierto,
lo repito, en este emporio comercial del Oeste, los caracteres
inequívocos de todas las civilizaciones primitivas:—el amor á la
enormidad, á la masa, al número; la confusión ingenua de la cantidad
con la calidad y de la grandeza con la belleza; un sentimiento de la
propia importancia, candorosamente combinado con la docilidad más
sumisa y torpe en la imitación—y, por en medio de todo ello, una
sorda sensación de fuerza elemental y de savia juvenil que revienta
provisionalmente en ciclópea fantasía—pero que, á pesar de todo,
infunde no sé qué extraña simpatía mezclada de admiración y terror ...
Probemos, pues, á desenredar la impresión resultante de mil impresiones
sucesivas y fragmentarias, que la vista y el contacto de Chicago y de
su exposición—de la madre y de la hija—dejan en la memoria, en el
espíritu, en el corazón ...
XV
CHICAGO
III
LA CIUDAD Y LA EXPOSICIÓN
El hombre de bien que se meta por estos Estados Unidos tiene que
precaverse contra los juicios anticipados. Si en Méjico ó San
Francisco, verbigracia, le ha tocado soportar el chorro entusiasta
de un inocente turista que se volvió «petaca» de un viaje anterior;
y si luego agrega á ello la absorción de algunas guías y pinturas de
Chicago, en ese estilo de dentista emérito, que aquí reina: es muy
difícil que no se deje «sugestionar»—para emplear una palabra que
felizmente empieza á pasar de moda. Señalo el peligro porque lo he
corrido; _non ignarus mali ..._ que dijo el otro. Lo que lógicamente
infería yo de los elogios de Bertoldo y los reclamos de Barnum, era
que iba á encontrarme en la _World’s Fair City_ con un mamarracho
monumental; tal es en mí la forma ordinaria de la sugestión.
Pero las cosas de este mundo no se gobiernan por la lógica pura.
El simple _snob_ no expresa únicamente su opinión personal. ¡¿Qué
felicidad mayor, para un filósofo, que ver desplegarse una necedad
de buena ley, maciza y esterlina, en su marco natural, es decir, en
los labios de un necio? Ahora bien: estas satisfacciones son raras.
Casi siempre el sufragante universal combina lo que realmente siente
con lo que ha oído tocar por el organillo de la esquina. Aplaude en
la ópera, y con las mismas manos, á _Ruy Blas_ y _Lohengrin_; á raíz
de deleitarse con Ohnet, concede que Maupassant «también tiene cosas
bonitas»; decide por sí y ante sí que Lombroso es un gran pensador, sin
negar á Darwin las consideraciones de su particular estima ... Y si lo
primero es alegre, lo segundo es triste; pues debiera ser el destino
infalible del hombre superior el ser llamado tonto por Bertoldo ...
No he encontrado, pues, la «ciudad ventosa» tan displicente como
las descripciones de marras me lo hicieran temer. Tiene su belleza
especial. Más aún: acompaño á los chicagoenses en su convicción de que
Chicago es la ciudad más bella de los Estados Unidos;—sólo disentimos,
según creo, en el punto de aplicación de nuestro común entusiasmo ...
La misma vida material es muy soportable. Si eran sofocantes algunos
días de verano, las noches solían ponerse deliciosas, con la brisa
fresca del Michigán. Algunas veces el carbón ambiente contrariaba
las mucosas y dañaba un tanto á la estética, pero un vago perfil de
foguista no deshonra á nadie; y he oído decir—en Chicago—que una
atmósfera compuesta por partes iguales de humo espeso y polvo sutil, es
excelente para el pulmón: _¡no consumptive!_—Tenía mi buen cuarto, con
_bay-window_, naturalmente, sobre Michigan Avenue; y cuando me sentía
el alma un poco «despeada», bastábame contemplar el desfile de los
carruajes y biciclos para reirme solo. Me libraba del mal servicio de
los hoteles, con no tener ninguno. Á la calle por cualquiera provisión
ó utensilio: es decir, á la próxima botica, donde encontraréis,
como en una pulpería de la pampa, cuanto podáis necesitar: ropa,
bebidas, guantes, diarios, estampillas, cigarros, velas, etc. El
mismo alquimista diplomado (_cost_ $160) no tiene á menos serviros un
_ice-cream_. Pululan las oficinas de mensajeros; pero el mandadero me
quedaba casi siempre más lejos que el mandado. Además, hay mensajes
delicados: si v. g. vuestro frac reclama un planchazo, lo más prudente
es envolverlo en un diario y cargar con el bulto por esas veredas.
Recomiendo la receta á mis amigos del Círculo de Armas: para el efecto,
ningún _Herald_ ni _Tribune_ pueden medirse con nuestra «sábana
gris»[28]. En cuanto á otras reparaciones de carácter más personal, sin
incurrir en inmodestia creo que nunca tuve botones mejor cosidos; por
ahí anda todavía mi dedal ...
También se ha exagerado mucho lo defectuoso del servicio culinario.
Cierto es que, en el mejor restaurant, os quedáis unos cuarenta
minutos delante del mantel limpio—he escrito allí casi todos mis
apuntes;—pero todo se explica cuando el negro arremete con la bandeja
de abundancia y os sirve todo de una vez. ¿De qué os quejáis? Lo
tenéis todo por delante en fuentecitas japonesas, desde el caldo y
la mazamorra de avena (_oat-meal_) hasta el asado y la fruta; podéis
picar en contorno como en un ejercicio de «copófono»; se establece un
equilibrio de temperatura entre los platos diversos, de suerte que,
al postre, si el café está un poco frío, en cambio el helado resulta
casi caliente. ¡Hay que ser justo!—La prueba, por otra parte, de que
no atribuía yo mismo tanta importancia á estos detalles gastronómicos,
es que, teniendo cerca el excelente restaurant Kinsley, muy superior
á las caravaneras del Auditorium y Palmer House, solía almorzar en
el Lexington de la esquina, cuando no en una barraca de «Midway
Plaisance». Así asegurada la paz de «la bestia», provisto de buena
salud y humor pasable, con algunas relaciones cordiales de chicagoenses
que sólo me encontraban un poco «peculiar», he podido conocer bien el
antro de Polifemo, y describirlo con equidad y simpatía puesto que no
me he aburrido en él.
En su vasto conjunto material, Chicago puede ser considerado bajo
dos faces distintas: la primera y la más evidente es la que perciben
y admiran desde luego los _snobs_ transeuntes; es también la que
los naturales y los guías ensalzan con _inexhaustible_ fervor. Esta
faz vulgar carece en absoluto de carácter y originalidad, es el
aspecto estereotípico de las ciudades americanas, cuyos edificios
parecen fabricados por gruesas, á manera de juguetes de un Nuremberg
ciclópeo. Nacida la última, desarrollada en veinte años con los
derrames del Este y de Europa, sin tener á la vista otros modelos y
ejemplos de gusto que sus hermanas mayores, es natural que la Chicago
arquitectónica carezca por igual de elegancia y acentuación. Anchas
calles paralelas y perpendiculares, bien edificadas y pavimentadas en
los barrios centrales, plagadas de baches y cubiertas de casuchas en
los excéntricos; acá y allá, elevadísimos _buildings_, sin la menor
sospecha de la armonía necesaria entre su altura y su base,—cuya
arquitectura participa de la garita y del palomar; interminables
avenidas idénticamente bordadas de residencias, cuyo tipo fundamental
se repite hasta el enervamiento: la _villa_ ó el _cottage_ de ladrillo
y madera, de dos pisos y buhardilla, con techo de pizarra ó listón,
la galería externa, la saliente ventana con vidriera, el parche de
césped hasta la enlosada vereda, y sus filas de robles ó álamos
delgados que se prolongan hasta el confín del horizonte, delante de
otras mil residencias análogas ... Es lo pintoresco de pacotilla, la
ornamentación convencional y de confección, el ideal _ne varietur_ que
algunos arquitectos de lance han aderezado á gusto y satisfacción de
esos _settlers_ y mercaderes, cuya dudosa burguesía data desde el gran
incendio. Multiplicad por dos ó por veinte, según el caso, el número
de _blocks_ incompletamente edificados, y tendréis, como ya dije, el
patrón sempiterno de la misma agrupación norteamericana, nacida de
ayer ó anteayer, en California ó el Colorado, con el mismísimo sello
de elegancia adocenada y de confortable al por mayor. Al principio, el
contraste de esta «novedad» urbana con los villorrios coloniales del
Perú y Méjico, causa una agradable sorpresa. Pero cansa muy pronto lo
flamante y ficticio de estas estalagmitas de fabricación humana, sin
sólido cimiento ni larga tradición, en que las paredes han crecido más
de prisa que las arboledas. Se comprueba muy luego que la monotonía
de las casillas pintadas es más abrumadora que la de los escombros;
y, más allá de estos efímeros hogares que no alcanzan á abrigar una
generación, la fantasía enternecida evoca aquellas nuestras pobres
aldeas seculares, hechas lentamente á la medida del grupo y de la
familia sedentaria, donde á la sombra del campanario amigo el hombre
no ha vivido solamente de pan, y cuyas cabañas y calles retorcidas
parecían adaptarse á la fisonomía del habitante, trasmitiéndose
de padres á hijos, cada vez más resistentes, más venerables, más
impregnadas de humanidad ...
Chicago disputa enérgicamente á Cincinatti y Pittsburg el calificativo
de «ciudad ahumada» (_Smoky City_). Una capa de hollín cubre los
edificios más recientes, y, reemplazando la noble pátina del tiempo,
confunde bajo el mismo matiz sombrío todas las pinturas exteriores y
los materiales de construcción. Su aspecto general es el de la vejez
precoz, bien distinta de la pensativa antigüedad. En seis meses, la
_White City_ de la exposición había descendido del blanco deslumbrador
al tono del granito obscuro, lo propio que el Correo y el Auditorium.
Ello, por cierto, no contribuye á ennoblecer el carácter arquitectónico
de la enorme ciudad, pero tampoco le quita mucho. Semejante á una
mujer fea á quien sobrevienen viruelas, como llovido sobre mojado,
Chicago tenía poco que perder.—Acaso el efecto más marcado de este
color negruzco sea el achicamiento aparente de las construcciones más
colosales. Sabido es que esa ilusión óptica se demuestra y explica
científicamente. He asistido cien veces, en el tramway de Wabash
Avenue, á la decepción de los forasteros delante del hotel mammoth:
«¿Es _eso_ el Auditorium?»—Esos cándidos visitantes lo habían admirado
en las guías y en las fotografías.
Es bastante curioso comprobar la armonía preexistente entre esa
arquitectura de poco más ó menos y su reproducción por la fotografía:
la musa del _cliché_ ha cobijado amorosamente ambos destinos; y
todo lo que con ésta pierde la verdadera obra de arte, lo gana el
mamarracho decorativo. Los yankees tienen que ser los primeros
fotógrafos del mundo: desde luego han _revelado_ en la Exposición
bellezas monumentales que hacen ilusión, pues sólo existen en la placa
sensible. El hecho tiene su explicación estética; pero resultaría un
poco larga, para ser completa. Sabido es que un retrato fotográfico
bien tomado tiende á deslucir la hermosura y á mejorar la fealdad.
La fotografía es la democracia en el arte. Pero, en el efecto á que
he aludido, obran otras razones complementarias que deduciré cuando
tenga tiempo. Sea como fuere, el espíritu del Oeste, esencialmente
desbastador, ha procedido por instinto cual pudiera hacerlo por
cálculo. En esa clientela trashumante de la Exposición, los conocedores
no eran la minoría, sino la excepción: no están los que son artistas y
no son los que están. ¡Adelante, entonces, con las fotografías y las
descripciones grotesco-líricas! El _boasting_ y el _humbug_ son las dos
columnas de la novísima civilización, y por eso es que Barnum formaba
parte del Congreso americano.
Dije ya que el tamaño, el número, la _cantidad_, constituyen el canon
y la base del criterio de todas las civilizaciones primitivas: no se
llega sino después de un largo refinamiento á la sobria elegancia, á
la gracia discreta, á la _calidad_. Todo es aquí excesivo, recargado,
desproporcionado: el mamut lo simboliza exactamente, así en el conjunto
como en los detalles; desde la extensión del país, que corresponde á un
continente, hasta sus ríos, sus rasgos geográficos, sus producciones
y sus empresas. Este pueblo estaba destinado á encontraren su suelo
árboles de 400 pies, comparados con los cuales nuestros robles y cedros
parecen arbustos. Ha ajustado á la realidad ambiente su informe ideal,
y los _sequoias_ gigantescos de Yosemite Valley parecen el modelo del
colosal telescopio de Lick—_the largest in the world_—que se yergue
en el condado vecino. Estamos como Gulliver en el reino de Brobdingnag.
Toda apreciación comparativa se ajusta al tamaño y al costo material;
lo demás es accesorio. Las descripciones se reducen generalmente
á dar las dimensiones de los edificios y la suma del dinero
invertido.—Parece imposible que se cometa un error arquitectónico en
el diseño de un obelisco: ahora bien, el vulgarísimo «Monumento de
Washington», en la capital, está malogrado, y la pirámide terminal es
demasiado aguda; pero con esta punta suplementaria se ha llegado á la
altura de 555 pies y «cuatro pulgadas». Es el monumento más alto del
mundo: _era_, mejor dicho; pero los yankees se consuelan, consignando
que la absurda torre Eiffel no es sino de hierro (_but is built of
iron_), y quedan siempre como dueños orgullosos de la más alta masa de
albañilería levantada por el hombre (_the loftiest structure of masonry
ever reared by man_). ¡Tal es la forma de su Excelsior!—Oyeron decir
que todos los pueblos poseían parques nacionales, más ó menos extensos:
entonces el Congreso decretó la formación del Yellowstone Park para
«recreo del pueblo». El parque—que, por otra parte, tiene bellezas
naturales incomparables—se halla á unas 2500 millas de la capital,
en el rincón noroeste del Wyoming; tiene una extensión de 3575 millas
cuadradas y se necesita una semana para recorrerlo rápidamente.—Y así
con todo. No encontraréis en Chicago una plaza cuadrada con edificios
alrededor; pero sí ochenta millas de bulevares que circundan la ciudad,
con una anchura que, para el de Drexel, alcanza á 250 pies, y 2000
acres de parques cubiertos de céspedes, árboles, estanques y lagunas,
flores é invernáculos. Lincoln Park es el «Bosque» de Chicago, y
_Lake Shore Drive_ su «Avenida de los Campos Eliseos». En este último
bulevar, que orilla el Michigan, se suceden las mansiones lujosas,
imitaciones de castillos feudales y villas italianas, descomunal
batalla de órdenes y estilos cosmopolitas con más colgajos y adornos
externos que una pagoda, y más dorados interiores que un ídolo
oriental.—La residencia de la bella é inteligente Mrs. Potter Palmer
es, por fuera y por dentro, una cuasi reproducción del castillo de
Miramar; cuéntase que ha sido rehecho dos veces, casi al techarse, para
seguir la voluble fantasía del propietario, que se daba cuenta del
plano cuando la fábrica estaba ya en pie. Lincoln Park tiene 250 acres
y está en una situación admirable; á falta de imponentes arboledas,
posee magníficos céspedes y macizos de flores, lagunas, fuentes
pintorescas, estatuas y monumentos. La colección zoológica—el _Zoo_,
como aquí dicen—atrae á los muchachos, el desfile por el Lake Shore
atrae á las mujeres, las carreras y regatas atraen á los hombres—y la
vista del Michigan, azul é infinito como un mar, no atrae á nadie. Los
monumentos de Grant y Lincoln son tenidos aquí por obras magistrales;
los encuentro vulgares y «fotográficos», inferiores al «grupo indio»
de bronce, y sobre todo al _Schiller_ vecino. Pero el primero costó
100.000 dollars y el segundo 50.000: por consiguiente figuran entre
«las más bellas esculturas del universo».
Los otros parques del oeste y del sud, algunos más extensos que el de
Lincoln, como el de Washington y el Jackson Park de la feria, tienen
el mismo carácter de dilatación en el vacío, acrecentado por el gusto
mezquino y pueril de la ornamentación: no se ven más que confecciones
rústicas, emblemas, iniciales, odiosos dibujos vegetales, «monos»
informes y caricaturales que deberían atraer la lapidación, como se
dice que ciertas profanaciones atraen el rayo. Esos adefesios son
objeto de un culto admirativo; en sendos librotes publicados para
eterna memoria del gran advenimiento, se reproducen todos esos _flower
beds_ y _floral designs_—éstos, sobre todo, con especial esmero:
hay hombres que reman, segadores acostados, ginetes con sombrero
cilíndrico y botas de pocero, todos ellos fabricados con terrones de
césped y que recuerdan los vestigios del arte troglodita.
Ese carnaval arquitectónico despliega sus máscaras y disfraces por las
calles y avenidas, por todos los intersticios de la madrépora colosal.
Todos los estilos se chocan ó amalgaman sin plan aparente ó pretexto
disculpable, sin discernimiento en el plagio ni conciencia en la
parodia. Las columnas y capiteles de cualquier orden se superponen, lo
propio en el macizo _City Hall_ que en el hotel de _Palmer House_; los
mismos arcos de granito y el mismo aspecto carcelario decoran el _Art
Institute_ y el almacén por mayor de Marshall Field (_Known throughout
the civilized world!_). ¿Pensábais que esa masa de once pisos,
recargada de molduras y salidizos, con base románica, cuerpo medieval
y cumbre Renacimiento, fuese—además de un pesado despropósito—algún
«hotel mammoth»? Pues bien: es un templo, el _Temperance Temple_;
pero no lo confundáis con el _Pullman building_, que ostenta por ahí
cerca idénticos encantos. La confusión, por otra parte, no sería muy
grave: algunas iglesias neogriegas y pseudogóticas, _desafectadas_
por razones diversas, se alquilan para depósitos, y no se sabe cuándo
su estructura correspondió mejor á su destino. Hospitales ó colegios,
estaciones ó residencias particulares, iglesias ú hoteles, bancos
ó cárceles, constituyen indistintamente un conglomerado de ojivas,
cariátides, balaustres y cornisas, en que el capitel corintio flanquea
el rosetón gótico, los tréboles y encajes moriscos coronan el medio
punto romano, y los macizos y cuadrados marcos asirios soportan una
_loggia_ italiana ó—como el Auditorium—esbeltas volutas jónicas, á
manera de un elefante que carga un niño ... Es natural que todos esos
plagios y rapsodias de fórmulas exóticas barajadas al tanteo, seduzcan
el gusto bárbaramente infantil de estos primitivos, que han traslucido
un reflejo de la civilización anterior: así los monjes del siglo quinto
zurcían indiferentemente centones de Virgilio ó Claudiano para fabricar
poemas á la Virgen.—Todo ello, artísticamente hablando, nace muerto;
está vacío de substancia y vida orgánica: á semejanza de esos mosaicos
de voces extraídas de veinte vocabularios, que los visionarios de la
filología nos presentan como una futura lengua universal, fabricada con
detritus de todas las otras. La lengua estética que hablan las calles
de Chicago es el volapük de la arquitectura.
No sería extraño que el gusto cuaternario reinara aquí con autocrática
potencia: lo que agrava el caso es lo de teorizar esa deformidad. El
Oeste es bárbaro con plena convicción y por razón demostrativa. Cuando
Matthew Arnold, el más latino de los críticos sajones, procuraba
enseñarles por qué el materialismo advenedizo no es compatible con el
concepto artístico de la vida, comenzaban por injuriarle y concluían
oponiéndole esta triunfante réplica: «_No hay razón_ para que nuestros
monumentos y paseos no sean los mejores del mundo, _puesto que_ no se
ha ahorrado gasto en su construcción—_for no expense was spared_»!...
¿Qué podéis contestar á tales razones? ¿Cómo persuadir al cíclope de
que su ojo único no realiza el ideal de la belleza, por más que tenga
dimensiones de claraboya? Para cambiar instantáneamente las ideas que
brotan en ese cráneo rudimentario, habría que romperlo y rehacer el
molde cerebral.
* * * * *
La doble noción que, cual semilla dehiscente, engendra los mil árboles
de esta selva moral, es, lo repito, que el tamaño y el costo venal de
cualquiera producción humana dan la medida de su valor absoluto. Ahora
bien: la prueba de ser este el criterio dominante la encontráis patente
en cualquier orden de manifestación material ó moral, individual ó
colectiva. Escuchad una estrofa del himno de Polifemo, que parece
compuesto por el millonario Carnegie[29]: