Pero el Oeste no se preocupa de botánica, ni de ciencia alguna que no

encuentre su aplicación inmediata en el _business_. Vive, trabaja y

crece al día: muy poco le interesan las consecuencias de plazo largo.

Acomete cualquier empresa con la doble palanca de la ignorancia y de

la fe; y como la palanca está manejada por un brazo formidable, el

éxito es casi seguro, á despecho de todas las previsiones. Despilfarra

sus fuerzas con la insolencia y la inconsciencia de la juventud. Se

burla de las elegancias y pretensiones europeas de Nueva York y de la

pedantería de Boston, con esas risas de _clown_ que encubren mal la

envidia secreta. Pretende seriamente arrebatar á Washington su puesto

de capital, sin sospechar que puedan significar algo las tradiciones

nacionales y los recuerdos históricos.

Las cualidades más salientes y los defectos más abruptos del pueblo

americano se acentúan en el Oeste como al través de un lente convexo.

Lo que es el Este respecto de Europa, Chicago lo es respecto de

Nueva York. Por eso tenía que ser elegida para teatro de la colosal

exhibición. Á pesar de todo, no vuelve de su sorpresa la advenediza

metrópoli. La «Feria universal» queda el punto culminante de su breve

historia. Á ningún reporter exaltado le ocurriría, antes y después de

una fiesta análoga, designar á Londres, París, ni siquiera Amberes ó

Filadelfia, con el invariable apellido de «Ciudad de la exposición»:

ello se asemeja demasiado al método de los campesinos, que computan

sus fastos con referencia á una comilona ó al estreno de su levita.

Hace tres años que, para sus periodistas y oradores, Chicago no es sino

la _World’s Fair City_; tengo sobre mi mesa dos gruesos volúmenes con

este título. La etiqueta ha quedado adherida á sus ahumadas paredes.

De ahí la doble importancia sociológica, así de la agrupación estable

como de su apéndice accidental. La ciudad explica la Exposición y está

completada por ésta, constituyendo el conjunto un retrato tan fiel y un

resumen esquemático tan exacto de los Estados Unidos actuales, que de

antemano ellos compendian, si no suplen, el examen directo del resto

del país.

* * * * *

Las dos primeras veces que visité el _Anthropological Building_, quiso

la casualidad que me acompañara, ya un americano del norte, ya otro del

sur. Dicho se está que en ambos casos el chorro de alabanzas fué tan

continuo cuanto universal; con todo, las manifestaciones del primero

fueron bastante más moderadas y discretas que las del segundo: ante

el lujo de enormidad que caracteriza esta Feria, el entusiasmo del

_South American_ no conocía límites. Pero el rasgo que más llamó mi

atención fué que uno y otro, apenas entrados, atrancando por sobre

las interesantes colecciones etnográficas del salón principal, me

condujesen derechamente á la exhibición zoológica del piso alto, y

allí, por entre todos los bichos y sabandijas de esa arca de Noé, me

plantaran estupefacto delante del mamut restaurado y empellejado por un

profesor de Harvard. Justificando y compartiendo el entusiasmo de mis

_ciceroni_, un compacto círculo de curiosos depositaba sus homenajes á

los cuatro pies del _Elephas primigenius_, voluminoso representante de

una raza proscripta. Hay que decir, por otra parte, que el digno fósil

llevaba con modestia su gloria póstuma.—¡Pobre compadre viejo! Parecía

más envarado que nunca en su confección de lance, espolio probable de

algún moderno paquidermo en disponibilidad. Todo en él revelaba un

esbozo informe de la naturaleza en sus primitivos tanteos. Figuraos

la exageración caricatural del elefante contemporáneo, que ya provoca

la risa con ese no sé qué de grotescamente infantil, incorporado á su

desmedida estatura. En el mamut, el vacilante bosquejo orgánico se

presenta desproporcionado hasta la parodia. Su esqueleto remeda el

andamio de la forma animal; un tupido vellón negro forma copete sobre

su cuero espeso, y una larga melena suplementaria acolcha todavía su

viga vertebral; los interminables colmillos se retuercen en volutas de

cuatro metros, incómodos é inofensivos; los ojillos porcinos parecen

estrechados aún por el peso de la trompa elástica, que se cree ver

oscilar á manera de monstruosa sanguijuela; la torpeza desmañada y

como tímida de la grupa en declive remata humildemente en un rabo

vergonzante; y la masa entera, encogida y recortada en demasía, debía

de hamacarse pesadamente sobre sus dos pares de pilares desiguales y

macizos, que parecen llevar pantalones de picote, y traen el recuerdo

de esos borricos de mojiganga hechos con dos hombres acoplados. Este

formidable catafalco tenía cuatro muelas tamañas como un adoquín, que

le servían para triturar hojas y yerbas. Más indefenso que un conejo,

en razón misma de su enormidad, tenía que sucumbir, desecho gigantesco,

en el combate vital de las especies. Murió de resfriado, como un simple

uistití, no obstante su sobretodo de pieles, quedando atascado en los

pantanos del período glacial.

Sobre no ser raro,—pues las capas de sus huesos fósiles se explotan

industrialmente por todo el Norte,—ese coloso bonachón no debiera

inspirar gran interés: es un simple elefante negro. El secreto de

su popularidad reside en sus proporciones descomunales. «Mammoth»

es el símbolo yankee de la magnificencia, de la grandeza, de la

belleza natural y artística. De ahí su éxito incomparable ante las

caravanas de los mineros del Colorado, rancheros del Nebraska,

manufactureros del Este, agricultores del Centro y del Sur, que vienen

á palpar la realidad de lo que sólo conocían por figura retórica: es

el propio _sustantivo_, en lugar del adjetivo vago que encuentran

día á día en sus gacetas, plantado como un penacho luminoso, al

fin de cualquiera descripción delirante de su incomparable país.

Montaña ó concierto, caverna ó discurso, edificio ó manifestacion:

con decir que es _mammoth_, está definida la especie y colmado el

_bushel_ de la admiración. _Mammoth_ es el Niágara, lo mismo que el

Capitolio de Washington; _mammoth_, el Auditorium y la pieza que en

él se representa; _mammoth_, el matadero de Armour y el mismo Mr.

Armour. Fuerza ó riqueza, éxito ó bancarrota, estadística de cerdos

beneficiados ó de libros impresos, dimensiones de una obra de arte ó de

un discurso: todo se mide con ese mismo tablón de roble; y Bartholdy,

el escultor _mammoth_, es el único artista que los Estados Unidos

nos envidien.—Ahora bien: Chicago es por excelencia y definición la

verdadera y genuína ciudad _mammoth_.

No tomaréis, lo espero, esa comparación por una broma prolongada,

un chiste de estilo cuaternario. Tan importante y seria me parece

la noción, envuelta en la imagen por el mismo pueblo suministrada,

que la juzgo suficiente para explicar el carácter genérico de

esta civilización, no más excesiva y gigantesca que incompleta y

provisional. Esta noción primordial, cimiento y _substratum_ del

edificio colectivo, así como de los particulares, de las obras

materiales y de las instituciones, lo propio que de las costumbres

y de los gustos dominantes, se reduce en el fondo á considerar esta

civilización como _primitiva_.

La calificación tiene aspecto de monstruosa paradoja, tratándose de un

país cuyas instituciones políticas y adelantos materiales le colocan,

para la inmensa mayoría, á la «vanguardia del progreso»,—para emplear

la fórmula sacramental. La evolución de los Estados Unidos se está

cumpliendo en condiciones tan anómalas, tan diferentes de las que

podemos estudiar por la historia; el monstruoso experimento que, con

acopio de los materiales é instrumentos extraídos de su propio seno,

ha realizado Europa en esta América, produce resultados tan repentinos

y grandiosos, que la misma creadora retrocede estupefacta ante su

criatura y no está muy distante de desconocerla, exclamando: _¡prolem

sine matre creatam!_

Sería excesivo pretender que todo ello sea mera apariencia. Hay algo

más que una apariencia en la ley de acomodación al medio y á las

condiciones de vida, según la cual se desarrollan ciertos órganos

antes atrofiados, y se atrofian otros antes primordiales, para

producir las variedades y acaso las especies zoológicas. Pero, en los

límites actuales de la observación, no hay circunstancias ambientes ni

selección natural ó artificial que haya cambiado un ave en un mamífero;

ni se dice tampoco que cualquier acumulación de fuerzas é influencias

propicias pueda suprimir las leyes de esa biología histórica, que

llamamos ahora sociología: anteponiendo en un siglo—¡en un día!—una

colonia á su metrópoli, haciendo dar brincos á la naturaleza uniforme y

eterna (_natura non facit saltum_), y suceder, casi sin transición, la

plena madurez de un organismo político á su reciente sección umbilical

de la madre patria.

* * * * *

La ilusión de que hemos sido víctimas ha sido sustentada por dos grupos

de impresiones distintas. Por una parte, el espectáculo grandioso

de un crecimiento sin ejemplo nos hacía olvidar que era también sin

precedente la acumulación de tantos elementos de actividad en campo

ilimitado y propicio: de suerte que, casi indiferentes ante los

factores, reservábamos para el producto inevitable nuestra exclusiva

admiración. Por otra parte, el positivismo moderno que, á impulso de la

marea democrática, preocúpase más y más del aspecto exterior y material

de la civilización y de los terribles problemas sociales que la plétora

de población hace surgir, tenía que sufrir la fascinación de este mundo

joven, naturalmente más robusto y feliz que el antiguo. Esa ilusión ha

dominado el cuadro, así de las observaciones más superficiales como

de las investigaciones más concienzudas. Las primeras se detenían

en las exterioridades; las segundas se absorbían en los accidentes

fragmentarios: unas y otras confundían los órganos accesorios con

la esencia, la médula espinal de la civilización. Por eso ha venido

repitiéndose casi sin discordancia que los Estados Unidos tenían ya

resueltos los problemas políticos y sociales de la humanidad, cuando en

realidad están sólo en vísperas de verlos planteados.

Órganos accesorios y meros instrumentos, verdaderos valores fungibles

de la civilización, son todas esas aplicaciones industriales que los

pueblos modernos se prestan y devuelven en incesante intercambio,

gracias á lo instantáneo de la propagación universal. Las naciones

contemporáneas son vasos comunicantes: todo lo que es masa líquida y

corriente, capaz de transmitirse sin evaporarse, ó desprovisto de

forma rígida y sello original, se difunde íntegro por el vasto sistema

donde se establece un nivel común; y la cuenca más dilatada acopia el

caudal mayor. Pero el cristal sublime de la belleza queda adherido á

su fondo; el espíritu divino del genio queda flotante sobre las aguas

y no se deja canalizar. Los mismos ferrocarriles y telégrafos surcan

la Europa, el Asia y la América, pero la creación artística permanece

incrustada donde ha nacido, y en su propio manantial circunscrito es

donde hay que beber la inspiración.

«Toda nuestra dignidad está en el pensamiento». La palabra de Pascal

es una verdad eterna, después como antes de los inventos de Edison,

que es americano, ó de Graham Bell, que era escocés. Y, seguramente,

el discurridor sagaz de la carretilla y de la máquina de calcular[27]

estaba en situación conveniente para hablar con cierto desdén de

cuanto no fuera—en el orden intelectual—arte, ciencia pura ó

filosofía.—Ello significa, en términos más breves y más latos, que

la civilización es ante todo un estado mental y una superioridad

moral. Puede el vulgo detenerse ante las manifestaciones materiales y

secundarias; para un hombre que piensa, esta es la cuestión: ¿en qué

reside _irreductiblemente_ la diferencia existente entre un mandarín

chino y un europeo cultivado? No es en la habilidad manual, ni en el

acopio de nociones prácticas, ni en el aparato casi equivalente de

la vida material, sino en lo que uno y otro piensan y sienten. La

escala ascendente de la barbarie á la civilización está formada por

estos pies derechos paralelos: la inteligencia colectiva,—ramificada

en la ciencia progresiva, en el arte impulsivo y original, en

la concepción cada día más vasta de las leyes del mundo; y la

moralidad,—caracterizada por el predominio creciente del altruísmo

sobre el egoísmo animal, que va dilatándose de la familia á la patria

y á la humanidad, y se levanta desde el bajo nivel de la conveniencia

propia, hasta la región del deber absoluto y la esfera, para el vulgo

inaccesible, del heroísmo desinteresado y de la abnegación. Por el

peldaño que ocupan los pueblos en esa escala de Jacob, y no por el peso

y número de sus herramientas, es como deben clasificarse; del propio

modo que, en la escala zoológica, la fuerza y la agilidad, la agudeza

de los sentidos y la aptitud perfectible de una especie cazadora, pasan

antes que la habilidad maquinal é invariable de un castor.

El rango que ocupan estas agrupaciones noveles en punto á moralidad;

lo que han venido á ser entre sus manos advenedizas el matrimonio,

la familia, la patria, la religión, el concepto del deber y de

la solidaridad humana,—y en una esfera más humilde, la buena fe

comercial, la confianza práctica, el respeto de la verdad más

externa y, por decirlo así, tangible, tendré ocasión de manifestarlo

en páginas subsiguientes. Me basta por ahora comprobar que en la

marcha intelectual de la civilización, el contrapeso más y más

acentuado del Oeste ha coincidido con un descenso proporcionado al

incremento material. Hace cincuenta años—antes que Cincinnati ó

Chicago existieran como rivales posibles de Boston ó Filadelfia—la

tímida incorporación, la iniciación de los Estados Unidos en el

movimiento intelectual europeo era una esperanza y una promesa. Tenían

oradores que reflejaban el brillo incomparable de la tribuna inglesa;

historiadores que trataban asuntos de interés universal, empleando los

métodos y el estilo de Macaulay y Thierry; novelistas que alcanzaban

la nota personal, siquiera fuese afectada y mórbida; un filósofo que

perseguía la originalidad en la imitación y llegaba á ser la luna de

Carlyle; poetas de la escuela lakista ó germánica, un tanto exangües y

rezagados ... Pero, al cabo, Webster, Calhoun, Prescott, Poe, Emerson,

Longfellow eran nombres de notoriedad europea. ¿Cuántos se registran

hoy en el libro de oro del pensamiento?

En la ciencia pura acopian, glosan, observan hechos menudos, ó

parafrasean las teorías de afuera; en la ciencia aplicada tienen

cinco ó seis grandes invenciones utilitarias y un hallazgo genial—el

fonógrafo. Admitamos que sobresalgan en los descubrimientos de

inmediato resultado industrial, en los que obtienen la sanción

del _Patent Office_. En las artes bellas, son imitadores dóciles,

meritorios algunos, desgraciados los más, todos subalternos. La

democracia igualadora en el orden intelectual produce la uniforme

mediocridad. Sus diarios son innumerables, idénticos por la impresión,

el estilo, el fondo, la información y la vulgaridad. En sus palacios

educativos, tienen los mejores muebles é instrumentos, los programas

más completos, los procedimientos más racionales; á ellos concurren

las generaciones escolares sin distinción de origen, sexo ni color:

todos ellos saben leer, escribir y contar—como en la China—sin las

distinciones de casta de las petrificaciones asiáticas. El resultado es

la imposibilidad de producir un hombre de genio durante su medio siglo

de pleno desarrollo; de suerte que los inmensos Estados Unidos pesan

mucho menos en la balanza del pensamiento puro y activo, generador de

la civilización, que la diminuta Bélgica. Es que la civilización, lo

repito, marcha á impulso de un grupo selecto que domina la muchedumbre,

elaborándole de tiempo en tiempo nueva substancia pensante y emotiva:

una aristocracia intelectual. Una democracia práctica y absoluta,

como ésta, significa exactamente lo contrario; su nombre lo dice: es

la tiranía de la muchedumbre, ó mejor dicho, es ahora el predominio

creciente de este grosero Oeste que representa su «izquierda radical».

No olvido por un momento que estoy observando la porción más adventicia

de un pueblo joven, recién entrado en el escenario histórico. Con

todas mis reservas para el presente, no he modificado aún mi fe en

su porvenir: creo que un principio fecundo está fermentando en sus

entrañas y que del caos nacerá la organización. Pero la hora actual,

decididamente, no le pertenece. Para los que saben juzgar después

de ver, el gigantesco bazar de la Exposición ha demostrado que su

momento no ha llegado aún. Volviendo, para corroborarla, á la fórmula

empleada en páginas anteriores: de los dos aspectos del mundo—voluntad

y representación—me parece que el pueblo yankee no refleja sino el

primero con potencia y eficacia, como lo pensé y dije al salvar su

frontera; y esto, por otra parte, es más que suficiente para interesar

al observador. Ahora bien: pueblo joven, nuevo, robusto, ingenuo—es lo

que quiero significar al llamarle «primitivo».

¡Oh! ¡se entiende que no lo asimilo al Pelasgo ni al Aymará! Ninguna

formación sociológica moderna puede aislarse de la influencia general;

está bien evidente que el transplante de una rama europea en un

continente nuevo, pero abierto á la comunicación, no puede producir

más que una variedad del tipo originario. La «primitividad» de los

Estados Unidos es singularmente compleja. Tenemos, desde luego, al

elemento central de la colonia inglesa, cuya contextura sólida soportó

sin disgregarse la incorporación de las capas cosmopolitas, hasta muy

entrado el presente siglo. Éstas mismas, aún antes de la segunda

generación, sufrían al incorporarse una modificación profunda, la

cual, bajo la acción persistente del medio y de los hábitos comunes,

tendía á uniformarlas. Ahora bien, la _uniformación_ de componentes

tan diversos por la raza, la lengua y la clase social significaba una

_transformación_, más ó menos completa según fuera su procedencia ...

Se está viendo nacer la variedad social, casi étnica. Puede decirse,

no obstante, que, hasta mediados del siglo presente, la preponderancia

del tipo colonial se había mantenido. La civilización del Este

quedaba dominante, y lograba asimilarse sin mucho esfuerzo la masa

inmigratoria. Políticamente emancipada, la antigua colonia aceptaba

todavía la situación de tributaria de la Europa industrial y sobre todo

intelectual. Todo ha cambiado en los últimos treinta años. El núcleo

colonial ha sido atacado por los elementos adventicios: ya no está

envuelto, sino disuelto en la masa común.

No ha llegado aún á mi noticia que los historiadores nacionales ó los

observadores europeos hayan caracterizado debidamente la evolución

democrática que arranca de la guerra de Secesión; la eliminación de

la esclavitud y del espíritu separatista no son más que accidentes

accesorios de este hecho primordial: el advenimiento del Oeste,

caracterizado por su «americanismo» más y más excluyente, su tendencia

más que nunca igualitaria y material, el creciente antagonismo de

sus ideas con la influencia europea, antes preponderante en la Nueva

Inglaterra. Considero que dicha revolución es tan importante como la de

1776; pero, por haberle faltado el aparato teatral de la declaración

de Independencia, ha pasado casi desapercibida. En realidad, con la

toma de Richmond concluye el ciclo que se inició con la rendición de

Yorktown, y del año de 1865 data una hégira nueva. Han bastado treinta

años para desplazar veinte grados al oeste el eje longitudinal de la

Unión. Según la agrupación oficial del último censo, pertenecen á la

división central, no sólo el Illinois, sino el Kansas y el Nebraska—el

antiguo Far West; y la región occidental se extiende desde los montes

Rocallosos hasta el Pacífico.

El desplazamiento geográfico es el síntoma de otra modificación más

profunda. La explotación de los inmensos territorios casi vírgenes,

por las minas, la agricultura, la ganadería y las industrias conexas;

la creación de grandes ciudades en el desierto y su poblamiento

por emigrantes del Este y de Europa, que necesitaban volver á las

condiciones de la vida casi primitiva, á la existencia de aventura

y campamento; la necesidad y la posibilidad de encontrarlo todo en

este suelo privilegiado, y, con la conciencia de poseer todos los

elementos de la civilización genuínamente americana, la creencia,

hecha de vanidad é ignorancia, de que ellos bastaban para consumar la

absoluta emancipación: todos esos factores materiales y morales se han

congregado para cumplir la transformación social de que la reciente

exposición en Chicago—el triunfo del Oeste sobre el Este—ha sido la

manifestación más aguda. Que haya su buena parte de ilusión en este

movimiento, es cosa demasiado evidente para que necesite demostrarse.

Ni la emancipación comercial é intelectual de la Europa es tan completa

como se dice en el Oeste, ni han perdido aún Nueva York, Boston y

Filadelfia su antigua y especial hegemonía. Pero éstas se la verán

disputada día á día con mayor encarnizamiento, y no podrán, como ya no

han podido, conservarla en adelante, sino cediendo al rudo espíritu

nivelador que ya impera en todo el país: vulgarizándose, es como se

domina al vulgo.

Aún más que la creación de nuevos factores concurrentes, es prueba

de ser necesaria una evolución social el hecho de transformar á los

existentes, acomodándolos al propio fin. Así han cooperado al imperio

del mismo espíritu materialista y radical, fuerzas disidentes y al

parecer antagónicas. El aplastamiento del Sur aristocrático, y la

accesión del rebaño negro á la ciudadanía; las enormes y rápidas

fortunas levantadas con los ferrocarriles, las minas, las industrias

varias, todas las formas de la especulación agrícola y fabril, en

contraposición con la riqueza territorial de las familias coloniales;

la conmoción prolongada de la guerra civil que, al desarraigar

temporalmente á millones de trabajadores, les infundió el gusto

de la aventura y los preparó para la ruda existencia de empresa y

campamento que el Oeste les brindaba; el desarrollo creciente de la

producción material y la adaptación combinada y cada vez más íntima

de los gustos nacionales á la fabricación doméstica:—todos estos

hechos, sin duda, son contingentes directos del americanismo. Parecía,

sin embargo, que el engrosamiento anual de la avenida inmigratoria

pudiera hacer equilibrio á dicho americanismo, manteniendo íntegra la

influencia europea. Sucedió lo contrario. Las muchedumbres arrojadas

del viejo continente por las guerras, las anexiones y el pauperismo,

emprendían el éxodo del destierro sin ánimo de volver más; daban para

siempre la espalda á la tierra madrastra. Proscriptos de la miseria,

encontraban una patria en el Canaán del bienestar inmediato y de la

fortuna posible; sus brazos enérgicos y sus oficios manuales eran

armas que ponían al servicio del exclusivismo americano; y la pronta

naturalización aceleraba los efectos del medio transformador. Entre

las grandes ciudades americanas, la menos europea por el espíritu,

los gustos y la índole, es precisamente Chicago, donde la población

europea representa una enorme mayoría. Por fin, el mismo proteccionismo

manufacturero del Este se combinaba con el materialismo del Oeste para

contrarrestar la preponderancia secular. En tanto que aumentaban la

población y la producción local, la importación europea disminuía.

Ahora bien: el espíritu civilizador no se transporta en estado puro;

necesita el vehículo y la amalgama del producto tangible; y la merma de

la mercancía material anuncia la de la influencia moral.

Todos esos elementos heterogéneos, desde el más noble hasta el más vil,

desde el residuo del espíritu puritano y colonial hasta el socialismo

cosmopolita, se han derretido y combinado en el inmenso crisol

efervescente de los Estados Unidos actuales. Sin duda que el resultado

de la amalgama dista mucho de ser perfecto; pero es suficientemente

homogéneo en su parte central para que se pueda predecir su naturaleza

futura. Esta parte central es Chicago.

* * * * *

Del Plata al Niagara · 第 23 / 35 段