y «domésticos», como aquí se dice; trizas de diálogos, cogidos al
vuelo callejero ó pescados con caña paciente en el dormido estanque
de un salón; croquis de escenas conmovedoras ó burlescas,—rápidos
bosquejos de cuadros que acaso no pintaré jamás. Reviven para mí en
promiscuidad caprichosa—de efecto cómico tanto más irresistible cuanto
menos intencionado—las extrañezas y los contrastes de esta sociología
fenomenal, elemental. Una visita á los corrales (_stock-yards_) se
inserta entre dos congresos científicos ó literarios; un examen en la
Universidad después de un mareo en la Bolsa; asisto á una procesión
cívica, empavesada de cintas y banderas, bruscamente cortada por los
carros de bomberos que vuelan al segundo incendio cotidiano, y que
sigue luego su marcha de opereta, por entre la cencerrada estridente
que acompaña las charangas de la manifestación. Me veo presentado,
en el hall de Lexington Hotel, al socialista Henry George, por un
monseñor católico cuya sobrina es _type-writer_ en mi imprenta, y,
después de una interesante conversación, nos separamos los tres sin
saludarnos.—He anotado excursiones al «Lado norte», que comienzan en
los elevadores de trigo sobre el río, se continúan en los colegios
y la biblioteca de Newberry—¡pobre, pero honesta!—para rematar en
Lincoln Park; y otras excursiones al sud, tan numerosas éstas que
ocupan la mitad del libro, como que van, no sólo á la exposición,
sino á casa de casi todos mis amigos. Cuando no por la vecindad de la
página, los contrastes se acentúan por la asociación de las ideas: una
función religiosa en un templo presbiteriano, donde un _self-made_
tenor despelleja los _Rameaux_ de Faure, evoca una rapsodia teatral
llamada _Old Homestead_, en que otro ex-barítono acaba con lo que ha
quedado de la infausta melodía. Un repórter del _Daily News_, literato
de buen jarrete que vuela en biciclo por esos empedrados—_¡Musa
pedestris!_—jadeante, salpicado de barro hasta la nuca, me transporta
al salón de la novelista Mrs. Hartwell Catherwood: no por parecerse
ambos escritores, sino por ser allí donde le conocí, noches pasadas,
declamando versos de gran etiqueta en traje sentimental. El apunte de
una exhibición en el circo de Buffalo Bill, cuajado de espectadores
entusiastas, revive el recuerdo de Hooley’s Theatre, donde Coquelin,
delante de media sala, alcanzaba un _succès d’estime_; ó del Music
Hall, donde la excelente orquesta de Thomas arrojaba á cincuenta
oyentes de lance las margaritas de la sublime Sinfonía en _la_. Asisto
en Michigan Avenue al desfile de los carruajes, con caballos de sangre
y lacayos de librea, que se abren paso tranquilamente por entre los
grupos de anarquistas que vociferan delante de la estatua de Colón:
allí mismo se desarrollará el indescriptible «carnaval» de Chicago
Day, que llevó setecientos mil mirones á la feria;—y, algunos días
después, el mismo pueblo curioso é indiferente llenará las veredas
para ver pasar el entierro del lord mayor asesinado ...Así, hoja por
hoja, día por día, se suceden ante mi vista y mi imaginación las
escenas fugitivas. El apellido ilustre de Armour encabeza dos páginas
cercanas; en la una, como salchichero colosal; en la otra, como
apóstol de la educación. La inmolación cotidiana de cinco mil cerdos
le ha dejado cincuenta millones, la erección de un gran colegio le ha
costado dos: saldo acreedor, cuarenta y ocho millones—y, además, el
diploma de benefactor de la humanidad. Compruebo dolorosamente que
ambas instituciones no son igualmente populares: en el _Packing-House_
quinientos visitantes asisten con emoción á la metamorfosis maravillosa
y casi instantánea del cuadrúpedo gruñidor en conserva alimenticia;
pero estoy solo en el _Armour Institute_ para admirar los ascensores y
tapices, los mármoles y cristales, los salones suntuosos, á cuya luz
eléctrica ochocientos alumnos de ambos sexos aprenden un poco de todo,
desde la cocina hasta el griego, desde la costura á máquina hasta el
cálculo integral—fuera de un curso libre de _flirtation_ que no figura
en el programa.
Las reflexiones morales no son menos diversas que los rasgos
pintorescos: tropiezo con gritos de admiración y de sarcasmo casi en
la misma página; al principio, sobre todo, antes de la aclimatación,
la rechifla es casi continua: lo incompleto, insuficiente y grosero
de esta civilización mecánica y al por mayor exaspera mis nervios
latinos. No soporto esos manoseos, pisoteos y perpetuos rozamientos
de paquidermos indiferentes: el mayoral que me golpea en el hombro,
el policeman que me agarra del brazo, el forastero que me pide datos
á distancia de cuatro metros, sin mirarme antes ni después. Otros mil
rasgos de cada hora, de cada minuto, me mantienen en cierto estado de
irritabilidad, probablemente exacerbado por el clima brutal, y esa
repugnante atmósfera de fragua que lo ensucia todo, ataca luego los
ojos y la garganta, estampa en gentes y cosas su sello de vulgaridad.
El frac de los mozos negros me inspira repugnancia por el frac: allí
están, bullendo en el gran comedor de Palmer-House, agitando sus
cuatro aspas de ébano en una desordenada coreografía de _minstrels_,
tropezando en las sillas, rompiendo vajilla, cumpliendo á pedir de boca
yankee su fantástico servicio, que remeda no sé qué bámbula «macabra»
de chimpancés mal domesticados. _¡Oh! ¡my!.._ En los teatros, la
inepcia del espectáculo es superada por la estupidez del espectador. En
el _smoking-room_ de algunos grandes hoteles hay un mozo encargado de
distribuir á cada recién llegado un pedazo de leña: es para que en la
hora solemne de la digestión, cuando los zapatos se alinean en el borde
de la vidriera que mira á la calle, fumadores y mascadores se dignen
esculpir con su navaja el palillo, y no los brazos del sillón: pero
prefieren el sillón. Etcétera, etc.
Pero, he aquí que tropiezo con rasgos distintos, fielmente consignados
por el observador imparcial. En esa baraunda de gentes que me codean
rudamente por las veredas, se me cae un papel, y un transeunte que
pasaba como una flecha se detiene para alcanzármelo; en la esquina
de _State_ y _Monroe Streets_, un pobre ciego quiere cruzar la calle
cuajada de tranvías, carruajes y muchedumbre: una señora le toma
del brazo; el policeman, Josué con casco de corcho, levanta la vara
de justicia, y se detiene el Jordán hasta que la pareja gana la
otra orilla. En un tranvía abierto, un _cablecar_ que lleva ochenta
pasajeros para cuarenta asientos, reniego contra mis vecinos que,
con sus cuatro pies que parecen ocho, me han pisoteado, estrechado,
reducido á una forma de anchoa; una mujer da un grito: _¡thief!_ y tras
del ladrón que se desliza como anguila por entre el gentío compacto de
_Van Buren Street_, el conductor y mis dos insoportables vecinos ya
«pegaron» el brinco y echaron á correr; al medio minuto reaparecen;
el uno trae el dollar arrebatado, el otro remolca al _pick-pocket_
agarrado del pescuezo, que da pataleos de conejo hasta caer en poder
del robusto policeman; ni la mujer da las gracias, ni los sabuesos
voluntarios reclaman sus asientos ya ocupados ...
Una corriente profunda de fraternidad humana circula por bajo de la
áspera superficie. Esta misma aspereza está hecha de energía y de
pasiva conformidad; así en lo principal como en la accesorio, la doble
fibra torcida se muestra en su desnudez. Ya se trate del deber ó del
placer, bajo el sol de plomo ó la lluvia helada, hombres y mujeres van
adonde resolvieron ir. Un estorbo detiene un coche: nadie prorrumpe
en esas griterías inútiles y grotescas que tanto acostumbramos.
Dos carruajes pueden engancharse y desengancharse, faltando el
acompañamiento obligado de dicterios soeces, sin cuya doble salva los
cocheros parisienses creerían faltar á su misión. Y así, lo repito, en
lo grande como en lo pequeño. Entre cien rasgos anotados, he aquí dos
más, tomados al acaso.
En un recibo de Mrs. H. Palmer, «la reina de Chicago», estoy
conversando en un rincón con el hijo del senador B ...; se acerca
á darme la mano un pobre filólogo eslavo que ha venido desde no sé
qué aldea danubiana, para disertar en el Congreso de lingüística
¡sobre el alfabeto cirílico! El digno sármata calza botas enormes,
viste una hopalanda de mugik y conserva en la mano un gorro bordado
que enternece. No habla inglés, ni francés; fuera de sus lenguas
sabias y de los dialectos nativos—que le son tan útiles aquí como un
billete del banco de Belgrado,—se expresa en un mal italiano dálmata,
mechado de germanismos. Entramos juntos en el suntuoso salón: la
bella «presidenta», estrepitosa, constelada de perlas y brillantes,
más resplandeciente que una custodia, nos tiende la mano, sin marcar
diferencia entre el correcto Mr. B ... y el pintoresco danubiano,
que la contempla como á su _panagia_ ortodoxa. Ella le habla inglés,
francés, sin éxito apreciable; hasta procura juntar algunas migajas
de libreto italiano, desparramadas en su memoria: _molto piacer,
benissimo, buona sera_ ... Hace lo que puede; está encantadora, y su
chapurrado gracioso vale una gramática.—Debo agregar que, á cuatro
pasos de nosotros, el padre de la diosa, viejo corsario comercial
encallado en la costa, sigue su _chewing_ sin disimulo y parece
encontrar que el salón de su hija está mal dotado de salivaderas ...
He pasado la velada siguiente en casa de una pobre profesora de
elocución del Conservatorio. Tiene veinte años, es instruída,
inteligente, honrada; cruza en todo tiempo por esas calles desiertas
de un barrio nuevo; trabaja el día entero para sostener á su madre,
á su padre anciano, á un hermano menor: acepta esa existencia de
sacrificio sin perder una sonrisa. Me enseña inglés con una paciencia
y un desinterés que me embarazan, mostrándose muy agradecida cuando
le regalo un libro, una butaca de teatro, una pieza de música. Gana
ochenta dollars por mes con sus lecciones, y su ajuar de todo el
verano se ha compuesto de tres vestiditos para la calle y uno de lujo
para los recibos, pues pertenece á la mejor sociedad. Esta noche, sin
embargo, está estrenando otro de tres ó cuatro dollars; no disimula
su ingenua alegría: «¿Cómo me sienta _my new dress_?» Le sienta á
maravilla. Á las diez, interrumpe la explicación de _Julio César_,
que recita con talento yankee, es decir con habilidad aprendida, para
atarse un delantal blanco y preparar el chocolate. Me grita desde la
cocinita contigua: «¡Lea Vd. en voz alta el discurso de Mark Antony,
le corregiré!» Pero la madre aprovecha la coyuntura para enseñarme una
crónica del _Chicago Herald_, en la que se elogia líricamente á su hija
á la par de la millonaria miss B., por una comedia que han desempeñado
juntas en una función de caridad.
Ved ahí dos notas diferentes, pero ambas por igual significativas,
y que se apartan notablemente de las que un turista europeo puede
coleccionar entre su hotel y la Exposición. Hay muchas otras; la
siguiente, por ejemplo, que no transcribo sin un estremecimiento.—He
asistido á la quemazón completa, en tres horas, del _Stock Pavilion_,
en la Feria: con heroica locura, cuarenta bomberos se han arrojado
al quinto piso, donde el fuego había estallado. La construcción de
madera, llena de aceites y materias inflamables, arde como una caja de
fósforos: cuando quieren volver, impotentes y desalentados, la llama
voraz les cierra el paso. Han trepado por la escalera interior que se
derrumba, calcinada; no hay tiempo para que lleguen las escalas de
la estación más inmediata: todo salvamento es imposible. La multitud
apiñada prorrumpe en un clamoreo desgarrador, al ver á los hombres que
se descuelgan en el vacío, aplastándose en el suelo como racimos. El
calor es insoportable, nuestras frentes chorrean; pero me parece que
algunas gotas que corren en nuestros rostros pálidos no son tan sólo de
sudor. Las astillas ardientes llueven en las cabezas; nadie se mueve,
petrificado por el horror; se percibe por instantes el jadeo de diez
mil pechos. Pero se levanta un grito más terrible que los anteriores,
un potente mugido de bestia herida que hace correr por mi carne un
escalofrío: un capitán y tres hombres más han aparecido en la cúpula
ya vacilante, esperando el desplome fatal, y allí, en un _moritari_
sublime, saludan al pueblo que aclama su agonía ... No pretendo que no
haya existido cuadro más patético: digo que no lo he visto jamás ...
* * * * *
Y ahora, la atroz nota burlesca, que en esta mísera tragedia
humana nunca está lejos de la nota sublime: en los intervalos de
ese silencio coagulado por el terror, llegaba, desde el otro lado
de la calle, la música salvaje del Dahomey, en _Midway Plaisance_
...—¡Midway-Plaisance! la faz exótica, carnavalesca é intérlope de la
ya tan abigarrada Exposición: con sus casas de té chinas y sus palacios
moriscos de contrabando, sus bazares indios y japoneses de mala ley,
sus bayaderas orientales que hablaban el francés de Montmartre; sus
orquestas húngaras, turcas y africanas; su calle del Cairo sospechosa,
su _Old Vienna_ dudoso, y su café tunecino que no dejaba lugar á
dudas ... Ha sido la faz socorrida y productiva de la Feria,—¡la que
«pagaba», según repetían los miembros del Comité central, con su fino
gusto y elevado sentido de la civilización!
Ironía impremeditada: en mi cartera estos últimos apuntes alternan con
los relativos al «Parlamento de las religiones», que celebraba sus
sesiones en _Art Palace_—una «Escuela de bellas artes» inverosímil
que, con sus yesos del comercio, vulgares y ennegrecidos, y sus copias
de museos por _misses_ aficionadas, forma la base de la enseñanza y la
iniciación estética de la juventud.
Allí fraternizaron, en el mismo tablado, delante del mezclado público
que llenaba el cobertizo de _Columbus Hall_, hasta hacer crugir los
tabiques de pino (¡estamos en _Art Palace_!), representantes conspicuos
de las principales religiones del orbe, con el objeto de reconocerse
mutuamente: atestiguando así ante el mundo, ó la igual vaciedad de
todos los dogmas oficiales, ó su igual legitimidad,—ó quizás ambas
cosas á la vez. Arzobispos católicos, obispos anglicanos, pastores
de todos los rebaños protestantes, rabinos judíos, bonzos y lamas
budhistas; hombres, mujeres y neutros de las innumerables sectas
americanas, que pululan en el cadáver del cristianismo como los
gusanos en un organismo putrefacto: todos se saludaban, cantaban y
rezaban juntos; predicaban sucesivamente con éxito igual en todas las
lenguas conocidas, despachaban su _boniment_ inglés con los veinte
acentos distintos del imperio británico. El obispo ortodoxo Dionysios
se inclinaba ante la elocuencia del Hon. Pung Quang Yu, de Pekín; el
obispo católico de Brooklyn, de levita negra y corbata con alfiler,
felicitaba á la sacerdotisa budhista, miss Jane Serabji, de Bombay;
monseñor d’Harlez, de Lovaina, aplaudía á la judía miss Lazarus,—á
quien sus predecesores hubieran dedicado un auto de fe; en fin, para
abreviar la procesión: todos los parásitos de la credulidad humana
firmaban, en ese andamio de teatro ambulante, la paz oportunista de las
viejas sectas enemigas,—y el ilustre cardenal Gibbons, con su cara
de asceta _politician_, encabezaba la farándula del «amor libre» en
materia de religión.
Habré de volver en alguna forma sobre ese _World’s Parliament of
religions_[25], que para mí evoca recuerdos alejandrinos, y en el cual
he visto diseñarse claramente, no el fin de la religión inmortal, pero
sí la incurable caducidad de los cultos establecidos, que abdicaban
allí sus dogmas fundamentales y repudiaban su historia secular.
Hace más de un siglo que nos pagamos de frases huecas y sustantivos
sonoros: civilización, progreso, tolerancia religiosa, etc. Si esos
ministros de las iglesias son creyentes, no han podido ser sinceros.
Aquello de «tener la fiesta en paz» no es principio religioso,
porque, desde luego, no es principio. La razón es tolerante; pero
la intransigencia es la esencia misma de la fe. No nos atrevemos
á confesar que nuestra tolerancia es un pseudónimo de nuestra
indiferencia. Para la Iglesia, el _modus vivendi_ es un síntoma claro
de no poder vivir; y este nuevo consorcio universal ha sido precedido
por el divorcio secreto de cada secta con su creencia particular y su
dogma sagrado.—Más lógicos en el absurdo encontraba á los «liberales»
ingenuos que, en el vecino «Hall de Washington», escalera de por
medio, atacaban la libertad de ser budhista ó luterano; ó aquellos
inefables «evolucionistas» de afición que, después de hacer mesa
limpia de toda divinidad, evolucionaban proclamando á Darwin dios y á
Spencer profeta,—del propio modo que en el drama de Shakespeare, la
plebe romana quiere que Bruto sea su segundo César por haber matado al
primero.
Así, se agitaban sectas y corporaciones, con el rumor y la eficacia
de un enjambre de moscas encerradas en una botella; en tanto que más
allá, en su Babel de diecinueve pisos, los convencidos francmasones,
estos orfeonistas del libre pensamiento, exhibían sus inocentes
jeroglíficos, su bandas complicadas de cabalismo infantil, su blancos
mandiles que parecen baberos, sus afiladas llanas de acero, ¡que sólo
han revocado el aéreo castillo del Gr.·. Arq.·. del Un.·., y son más
inofensivas que el sable de Prudhomme, más vírgenes que una espada
de diplomático!—Por eso, cuando, entre dos sesiones del congreso
_pan_-religioso (¡oh! sabiduría de las palabras!), salía á recorrer
las barracas de Midway-Plaisance, respirando la fresca brisa del lago
Michigan, parecíame por momentos que estas procesiones y contorsiones
carnavalescas, eran en otra forma apenas más exótica y caricatural,
la continuación de la pieza interrumpida en el Art Palace; y, así
como no fuera aquélla más que el remedo farisáico y la explotación
del sentimiento de lo divino, eternamente arraigado en el alma
humana,—tampoco eran estas groseras exhibiciones más que la parodia
soez de la poesía oriental, el disfraz de la libre existencia de la
tienda y del aduar en el desierto ilimitado, ó del pintoresco vagar de
las tribus cazadoras á la sombra de sus selvas primitivas.
* * * * *
Pero un montón de ladrillos no es un edificio, y mil impresiones
fragmentarias no equivalen á una síntesis. Cuesta muy poco,—fuera
del meritorio esfuerzo físico—pasear por campos y poblaciones el
aparato fotográfico que fija instantáneamente el aspecto superficial
de las cosas. Comparad, por ejemplo, en la obra francesa más reciente
y voluminosa publicada sobre los Estados Unidos, la parte ilustrada
y descriptiva, casi siempre irreprochable, con la indigencia de las
reflexiones y el candor de la crítica[26]. En todo grupo organizado
hay dos ó tres fuerzas primordiales, ideas y sentimientos, de los
cuales todos los accidentes externos no son más que la manifestación.
Aunque fuera posible describirlo todo,—obras materiales, instituciones
políticas y costumbres sociales,—los millares de impresiones
instantáneas y vistas de detalle podrían multiplicarse indefinidamente
sin equivaler á una explicación del conjunto.
Las descripciones son superficiales, mientras la explicación es
interna. _¿Por qué?_ He ahí la fórmula concisa y formidable del enigma:
la dificultad real comienza con el tránsito de la fotografía á la
disección. He sido periodista, como todo el mundo; sé cómo se escribe
al correr de la pluma y al espejear de la impresión momentánea; no me
hubiera costado transcribiros, en forma poco más ó menos correcta, los
apuntes de que he citado algunos fragmentos. Con menos gracia en la
forma é intrepidez en la afirmación, podía intentar lo que ha realizado
el poeta Bouchor: describir, en «tres días» de permanencia, Chicago y
su exposición, sin conocer á nadie, sin saber una sílaba de inglés—con
el ridículo enorme de oir pronunciar en todas partes _Tchicago_,
con pretendida afectación sajona, cuando es la única palabra (con
«Michigan») cuya pronunciación local sea más suave que en francés.
Pero ¿para qué venir de tan lejos con el fin de probar que un burlón
suele, á las veces, tornarse más cómico que las cosas de que se burla;
demostrando una vez más que el consonante nada tiene que ver con la
idea, y que puede cantarse como un canario, pensando como un ruiseñor?
No pretendo realizar descubrimientos, ni tengo por seguro que el
meditar mis palabras me libre del error. Pero el contraste que siento,
entre la facilidad de redactar notas corrientes y la dificultad de
formular una conclusión, me revela á las claras la diferencia de una y
otra empresa. Por el esfuerzo que un resumen general me cuesta ahora,
después de cuatro meses de observaciones, me doy cuenta de que la
relativamente larga preparación, lejos de ser superflua, no ha sido aún
suficiente. Percibo, además, por la lectura de mis propios apuntes,
que no sólo el espectáculo cambiaba, sino también el espectador.
Insensiblemente, el observador ha ido mezclándose más y más con los
actores, hasta moverse con éstos en el escenario y asimilarse por días
su manera de vivir. Después de dos meses, consignaba sin exclamaciones
de sorpresa los programas más extraordinarios é imprevistos. Me había
incorporado al desfile popular, en lugar de estudiarlo desde mi ventana
de _Michigan Avenue_. Había vivido plenamente en la atmósfera local,
observando el panorama en compañía de los nativos, y comprobando la
distancia de las idiosincrasias por la diferencia de la reacción. Que
sea execrable una pieza de teatro, no es materia de mucha consecuencia;
el dato de que un público entero la aplauda con frenesí y se conmueva
en los episodios más grotescos, es ya un indicio atendible; pero lo
profunda y realmente significativo, es que nuestro compañero—americano
inteligente y de buena fe—defienda con entusiasmo y buenas razones la
bárbara exhibición ...
Para cualquier viajero, una sociedad nueva es un río que corre
entre campiñas ignoradas. Ahora bien, ese río no está únicamente
caracterizado por su masa de agua, sino también por las riberas que la
contienen. ¿Qué vale más, entonces, para conocerlo cabalmente: ser una
piedra inmóvil que divide la corriente, ó bien una astilla suelta, «una
caña pensante» que flota sobre las ondas, sigue su curso sinuoso y mira
devanarse á uno y otro lado las cambiantes orillas?
XIV
CHICAGO
II
LA CIVILIZACIÓN DEL OESTE
La primera impresión que Chicago produce, es la de una armonía perfecta
entre la ciudad y su exposición;—refiérome, por supuesto, á la faz
americana, la única importante y significativa. La criatura ha sido
hecha á imagen y semejanza del creador; y por eso, siguiendo la bíblica
reminiscencia, el pueblo entero de los Estados Unidos «la ha encontrado
buena».
Desde el período preliminar de conflictos gubernativos, sobre la
designación del sitio mejor para la feria, Chicago parecía señalado
«por decreto nominativo de la Providencia». El delegado Bryan batía
en brecha, ante el comité del Senado, las pretensiones rivales de
Nueva York, Washington ó Saint-Louis, con el desembarazo irónico del
sujeto que asiste á una extracción de lotería, teniendo el número
premiado en su bolsillo. El «Demóstenes del Illinois» (_sic_)
prodigaba al Esquines yankee, el honorable Depew, las rechiflas y
sarcasmos, las arrobas de salmuera ática, inmolándole finalmente en el
_packing-house_ del patriotismo. En su arenga ultrapintoresca, podía
ahorrarse las buenas razones, porque tenía los votos, es decir, la
suprema razón.—Chicago es actualmente la ciudad más «representativa»
de los Estados Unidos. Nueva York, Filadelfia, Boston y otras grandes
agrupaciones del este ó del sur, superiores por muchos sentidos,
que llamaré «europeos», á la «Reina de las Praderas», pertenecen en
cierto modo al pasado; por otra parte, San Francisco y quizá Omaha,
la toldería india del Missouri que tiene ya 150.000 habitantes, no
puede aspirar sino á la preponderancia del porvenir. Chicago es el
presente, el «todopoderoso presente», como dice el Tasso de Goethe. Es
el emporio del Oeste, de la región inmensa adonde convergen ahora los
esfuerzos del coloso advenedizo y audaz. Dada tan rápida evolución, la
relativa antigüedad de la Nueva Inglaterra constituye una especie de
nobleza que, para los inmigrantes del Michigan, revela un síntoma de
vejez.—Sin duda, el árbol apenas secular sigue creciendo de su base á
su copa; pero en la parte inferior, la más compacta y sólida, el lento
desarrollo es menos sensible: allá arriba, junto á las frondosas ramas
recientes, cargadas de follajes y nidos, es donde estalla el asombroso
tumulto de la vida juvenil,—y no parece que el tronco cercano al suelo
tuviera más función que soportar la cima exuberante y transmitirle la
savia destilada por la raíz. Tan evidente está ello, que un botánico
de la flora social hallaría en lo excesivo y anormal del desarrollo el
anuncio casi certero de la próxima caducidad; porque es el tiempo un
factor de velocidad uniforme que con idéntico paso mide el comienzo, el
medio y el término de la vida en un mismo organismo, y no hay infancia
breve que corresponda á una larga madurez. Ese filósofo se sonreiría,
sobre todo, ante los «cálculos alegres» de los estadísticos locales,
poseídos del delirio de las gorduras, y que descuentan el porvenir
aplicando candorosamente al desenvolvimiento indefinido de su pueblo,
las leyes excepcionales que han favorecido su primera edad.