«La letra mata y el espíritu vivifica». La letra del mormonismo era,

en efecto, de una torpeza tan enorme y caricatural, que hubiese

bastado á matar en su germen la tentativa, á sembrarse en cualquiera

otra comarca de mediana cultura intelectual.—Un pequeño campesino del

Vermont, ocioso y desequilibrado, con la cabeza llena de visiones y

profecías, después de indigestarse de lecturas bíblicas y embriagarse

de _revivals_ sectarios, concibe hacia 1820 el pensamiento de una

nueva religión. Nosotros, gente de imaginación ponderada y contenida

por el guardalado de la crítica social, clasificamos la idea entre

las que conducen más ó menos directamente al manicomio. Hay, desde

luego, una parte de exactitud en el diagnóstico. Los retratos de Joe

Smith—con su cráneo dolicocéfalo de impulsivo, su perfil huyente y la

extraña hilaridad comunicativa del conjunto—reproducen una fisonomía

de iluminado tangente á la imbecilidad, y con pasaje ya tomado para la

provincia de Megalomanía. Todos sus contemporáneos y no convertidos

vecinos mencionan su ignorancia y estupidez (_stupidity and illiterate

character_). Es muy posible que la abierta válvula de su profetismo

impidiera la explosión de la demencia, desviando al alienado latente

hacia el _jocrisse_. En todo caso, su personalidad forma contraste

cabal con la de su sucesor, el carpintero Brigham Young, el verdadero

hombre de la secta, que fué el sólido empresario de las colonias

religioso-comerciales: capaz de hacer frente á todas las dificultades

y conflictos de una organización social; muy poco dado á visiones

apocalípticas, y tan celoso de la multiplicación de los accionistas

como de sus dividendos. Este fué quien sustituyó el título de «Profeta»

por el de Presidente, más adecuado á su papel y á su ambición. Puede

admitirse que las primeras alucinaciones de José Smith fuesen «reales»

es decir, patológicas. Un ángel, llamado Moroni, «le aparecía como

una luz y se disipaba como un humo», después de anunciarle que Dios

le había elegido para revelar al mundo el «evangelio eterno»—el cual

se encontraba escrito «con caracteres egipcios, caldaicos, siriacos y

árabes», sobre unas planchas de oro, enterradas en la vecina colina de

Cumorah. Junto á la caja preciosa, hallaría Joe un par de anteojos de

diamante, que le permitirían leer la traducción del sagrado texto.

La imaginación inculta teje su red maravillosa con los elementos

que halla á su alcance, á manera del ave que construye su nido con

la paja y las fibras de las cercanías. Un gaucho argentino describe

la «salamanca» de los brujos, figurándose su lujo inaudito como una

mezcla de tienda y pulpería. Los accesorios maravillosos de Smith

no eran sino materiales de su profesión. Más que agricultor, él era

un «cateador de tesoros» (_money-digger_); mitad vagabundo, mitad

charlatán, hacía el oficio de zahorí, descubriendo minas ocultas con

sus gafas de _seer_, ó bien señalando los manantiales subterráneos con

la conocida vara de avellano. En cuanto á la composición del _Libro

de Mormón_, punto de arranque de la propaganda, fué tarea laboriosa

y compleja: una verdadera rapsodia compilada en cinco ó seis años de

correrías por el New York y la Pensilvania. La lectura de la Biblia y

la asidua frecuentación de los _revivals_ religiosos le suministraron

el núcleo doctrinario; la parte histórica fué extraída de una extraña

novela de Spaulding, acerca del supuesto origen hebraico de los

indios americanos, de cuyo manuscrito Smith tuvo conocimiento.—Para

destruir esta aserción, los modernos sectarios no han hallado mejor

procedimiento que publicar ellos mismos el pretendido manuscrito de

la novela, descubierto por un Mr. Rice, mormón de Honolulú; y en la

misma historia oficial que me han regalado, se «demuestra» la completa

diferencia de uno y otro texto, ¡confrontando una página del _Libro

de Mormón_ con otra página del _Manuscript Story_ de Spaulding! Esta

exégesis polinésica recuerda la argumentación del reo de marras, que

quería aniquilar la declaración de dos testigos oculares, trayendo él á

cincuenta «que no le habían visto» ...

Bajo pretexto de traducción, el _Libro de Mormón_ fué elaborado

pacientemente con la cooperación de dos ó tres personajes, más tarde

famosos; el incauto Harris, quien, además de escribiente, fué el primer

socio capitalista de la sociedad; el maestro de escuela Cowdery, el

pastor Parley Pratt y el orador Sidney Rigdon: he ahí los verdaderos

autores de las varias obras de doctrina y propaganda que llevan el

nombre del inculto vidente Smith. Sabido es que no hay nada más fácil

que la imitación exterior de la fraseología bíblica. Por lo demás, el

_Libro de Mormón_ es una compilación indigente é indigesta, en que la

soldadura de los extractos bíblicos con las lucubraciones novelescas es

visible y puede tocarse con el dedo. En mi vida he acometido lectura

más tediosa. Los mismos nombres propios forjados son generalmente

extraños á toda fonética oriental. La «innobilidad» de su origen no

ha perjudicado al éxito de la doctrina, pero ha trascendido á toda su

evolución ulterior: el mormonismo ha quedado grosero, como nació; y sus

producciones más recientes, bajo el esmero de la ejecución material,

conservan el mismo sello de repugnante charlatanismo y de baja

fabricación. Sucede exactamente lo contrario con el sansimonismo, cuya

nobleza primitiva y valía intelectual inspiran respeto: pero esto mismo

ha sido el primer obstáculo para su popularidad. Las mismas palabras lo

indican: el pueblo es el vulgo; un éxito popular es una vulgarización.

Ahora bien, no existe vulgo más vulgar que el de los Estados Unidos.

Los yankees conquistarán el mundo: es asunto entendido; entretanto,

son todavía lo que de ellos ha escrito Schopenhauer: los plebeyos de

la humanidad. De ahí el éxito del _Libro de Mormón_, y sobre todo de

la doctrina predicada, que rebajaba la religión al nivel de todas las

inteligencias y de todos los apetitos.

Como doctrina y culto, el mormonismo carece por igual de elevación y

de originalidad. Sería un simple plagio del cristianismo primitivo,

si la adulteración de algunos principios no lo tornase una parodia de

aquél. Su _Credo_, redactado por el apóstol Pratt y proclamado por

Smith, admite la Trinidad, el bautismo por inmersión, la remisión de

los pecados por la penitencia y la imposición de las manos; el dón

de profecía é interpretación de lenguas, el reino final de Cristo en

la tierra y la restauración de las tribus de Israel; la organización

de una jerarquía eclesiástica; por fin, los artículos recientes de

su profesión de fe contienen un acto de acatamiento para con las

autoridades constituídas, añadiendo una declaración de respeto por

las «virtudes sociales»—la castidad, inclusive—lo que significa un

certificado público _de vita et moribus_ que se otorgan á sí mismos los

interesados ...

Pero, aun antes de la proclamación dogmática de la poligamia, es

necesario ver en los textos apostólicos lo que realmente se oculta

debajo de esos artículos de fe, para convencerse de que no es

el mormonismo, como lo dije, más que la disparatada parodia del

cristianismo. Su trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

está constituída en realidad por dos hombres inmortales y un fluido

esparcido ¡análogo á la electricidad! El Padre y el Hijo revisten

cuerpo; comen, beben, tienen mujeres, en medio de una corte de elegidos

que viven como ellos. La «salvación» es la entrada en esa vida

inmortal de banquetes y amores libres, que parece un _tippling-house_

del paraíso de Mahoma. Cristo ha tenido ya una resurrección después de

su muerte; pero cumplirá otras dos ... José Smith, que no miraba mucho

más allá de su propia existencia—«¡después de mí el diluvio!»—había

fijado para 1890 la próxima venida de Jesucristo. Los mormones actuales

tratan de hacer olvidar la malhadada fecha; pero no pueden destruir

todos los textos ya impresos; se contentan con omitir la cláusula en

las nuevas ediciones. Desde 1890 debía comenzar el reinado efectivo y

corporal de Cristo en Salt Lake, el cual duraría mil años; la tierra

sería un inmenso jardín, «surcado de ferrocarriles y telégrafos»,

con casas de oro y piedras preciosas, donde los gentiles seríamos

los sirvientes de los «Santos del último día». Todas esas torpezas y

locuras, además de las que omito, representan el ideal de un artesano

yankee, exaltado por la lectura de la Biblia y embriagado por los

reclamos charlatanescos de una prensa para emigrantes famélicos, que

coloca el fin de la civilización en la riqueza, la hartura física y la

enormidad material.

El evangelio nuevo se encontraba á nivel de esas poblaciones de

_pioneers_ enérgicos é incultos. Se propagó con la rapidez de un

incendio en la pradera. En 1830 Smith dió principio á su misión,

convirtiendo á cinco miembros de su familia; algunos años después

predicaba delante de veinte mil adeptos. Los ataques violentos, las

persecuciones del populacho, atraillado por las sectas rivales,

producían el efecto del viento en la quemazón: lejos de apagar el

entusiasmo, duplicaban su ardor. Cuanto más grotescos y ridículos

fueran los sermones de Joe, más absurdas sus visiones y profecías,

tanto más eficaz era la propaganda. La naciente asociación satisfacía

á la par los dos sentimientos cardinales del alma americana: la

intensidad de la aspiración religiosa y la energía del espíritu

positivo y práctico.

El mero hecho, en efecto, de acometer un territorio virgen cualquier

grupo laborioso y disciplinado traía inmediatamente la abundancia y la

prosperidad. Suponed que diez mil familias, vinculadas por un espíritu

de confraternidad y absoluta obediencia á dos ó tres jefes ambiciosos,

se establecieran en el río Negro ó en Misiones, en grupos compactos y

abnegados, dispuestos para el trabajo y el sufrimiento: en diez años

transformarían el desierto en un distrito exuberante de riquezas. Los

jesuítas lo consiguieron en parte, en sus reducciones de la América

española; pero no eran allí sino el Estado mayor europeo de un ejército

indígena; además no podían «crecer y multiplicar», al igual que estos

polígamos sometidos voluntariamente, y _ad majorem Dei gloriam_, ¡á una

organización tan fuerte como la jesuítica!

Los progresos anuales de la secta le permitían ya desprender enjambres

por el oeste, en el Ohío y el Missouri. Cerca de Independence, en el

condado de Jackson (Missouri), fundaban la «Nueva Sión», desbordándose

en los condados vecinos de Clay y Lafayette; invadían los condados

de Portage, Carroll y Lake en el Ohío; fundaban en Kirtland bancos,

manufacturas, un templo que costó 41.000 dollars y fué dedicado en

1837. Arrojados del Missouri por el odio y la envidia del populacho,

creaban á Nauvoo, en la frontera de Illinois, cerca de la confluencia

del río Des Moines y el Mississipi: en pocos años la soledad se

convertía en un «sitio de abundancia y riqueza» (_an abode of plenty

and richness_). Las mieses y el ganado cubrían las campiñas; los botes

cargados de pasajeros y mercaderías surcaban el gran río; las anchas

calles se llenaban de edificios públicos y residencias. Se erigió un

templo sobre los planos de Smith, que el arquitecto «gentil» encontró

tan absurdos como complicados; pero el Profeta tuvo una consulta con

el Señor, quien declaró que el mamarracho le parecía _¡all right!_—Se

enviaban misiones de reclutamiento á Europa, África, Palestina, y

afluía una inmigración más numerosa que selecta, cuyos desórdenes

fueron la causa ó el pretexto de la creciente hostilidad de la

población. Smith obtuvo para Nauvoo y su territorio carta de distrito

libre, y gobernó su «teo-democracia» con el absolutismo de un rey

oriental, cuya poligamia practicaba ya aunque no era todavía un dogma

promulgado.

No parece dudoso que en esta época (1843) la exaltación mental de

Joseph fuera un pródromo del delirio de las grandezas. Trataba con

risible altivez á los prohombres de Washington, exigía de Clay y

Calhoun declaraciones categóricas acerca del mormonismo; concluyó por

lanzar su propia candidatura presidencial. Su despotismo doméstico

acarreaba la defección de algunos adeptos importantes, que descorrían

el velo de una conducta muy poco profética. Esas discordias intestinas

atizaban el odio instintivo ó interesado del populacho. Se produjeron

denuncias graves; el gobernador del Illinois, pasando por sobre las

franquicias otorgadas, dictó auto de prisión contra el profeta y sus

consejeros. El 27 de junio de 1844 la cárcel fué asaltada y el profeta

asesinado. Era ya tiempo para la secta y la misma carrera extraviada

del reformador. El crimen de la canalla transformó al loco en mártir de

su religión.

Fué elegido Brigham Young, contra las pretensiones, al parecer

fundadas, de Sidney Rigdon, á quien se excomulgó. Pero Brigham Young,

que tomó el título desde entonces definitivo de Presidente, era el

hombre del momento: _the man for the hour_. El rudo carpintero,

cual otro zar Pedro, era el único capaz de dominar esos elementos

rústicos, salvando la institución por la disciplina y la energía.

Comprendió, desde luego, que la posición no era defendible y, después

de inaugurar el nuevo templo, lo abandonó todo y preparó sin descanso

la expatriación.

El éxodo cruel comenzó el 4 de febrero de 1846: millares de familias

cruzaron el Mississipi congelado. Detalle que hace estremecer las

entrañas: en esa primera noche de frío terrible, bajo la lona de las

carretas, once criaturas vieron la luz. ¡Ay! ¡miseria profunda del

rebaño humano! En carros, á caballo, á pie, con el ganado que se

pudo salvar, la caravana se abría camino por las nevadas llanuras y

los desiertos del Iowa. Pasó el invierno, más breve que el odio de

los hombres; en junio, la vanguardia, conducida por el mismo Young,

divisó el Missouri; los pájaros cantaban en las sabanas cubiertas de

flores; y los indios omahas, menos despiadados que los cristianos del

Illinois, recibieron con bondad á los proscriptos. Allí se detuvieron

algunos meses, en Council Bluffs,—que es hoy una encantadora villa y

la estación convergente de las líneas del oeste con la _Union Pacific_.

Algunos peregrinos cruzaron al pronto el Missouri y levantaron sus

casuchas en la opuesta orilla, delineando la que es hoy ciudad de

Omaha, con 150.000 habitantes, y aspira á ser, con Kansas City, la

rival futura de Chicago ... Evocaba estos recuerdos melancólicos en la

tarde de verano en que pasé el puente del Missouri, para ir á esperar

el tren en la estación vecina. Y no pretendo que esta evocación sea del

mismo orden artístico que la de Chateaubriand en el valle de Esparta ...

Volvió el invierno cruel con sus vientos y sus escarchas; los fugitivos

tuvieron que cavar cuevas en los _bluffs_ (barrancas) que sustentan

hoy pintorescas residencias. Al fin asomó la primavera de 1847, y con

ella aparecieron los emisarios que Young enviara, cual otro Josué,

á explorar la nueva tierra de promisión: uno de éstos era el actual

presidente Woodruff. Después de otras semanas de fatigas, el valle del

Utah fué divisado desde las montañas del este.—Todavía tenían por

delante muchos años de sufrimiento y escasez, antes de transformar

ese yermo poblado de indios y azotado por mangas de langostas, en el

terrestre paraíso que he descrito. Para soportar esas penurias y,

finalmente, vencer en la lucha con los hombres y la naturaleza, no eran

suficientes la fibra del colono americano y el temple del _settler_

aventurero. Fué necesaria la energía indomable y siempre renaciente,

que infunden en el alma humana la fe religiosa y la confianza en

un Dios tutelar. Diez años después, el Utah era el territorio más

rico y floreciente del país: contaba ochenta mil mormones en el

solo valle, fuera de un número mayor en el resto del mundo y que se

sentía atraído á la nueva Sión. El triunfo del «Evangelio eterno»

parecía asegurado: el gobierno de Washington lo sancionaba, nombrando

á Brigham Young gobernador político del territorio que era su obra

y creación.—Entonces visitó Salt Lake el francés Rémy, cuyo libro

optimista no tiene hoy más importancia que haber inspirado á Taine un

estudio profundo y magistral, como todo lo que ha salido de su pluma

soberana.

Después de cuarenta años transcurridos lo visito á mi vez, pero es

para comprobar que todos los progresos materiales, antes iniciados por

obra del mormonismo, se han llevado á término contra su influencia

decreciente. Al día siguiente de su conquista, la población mormona

quedaba estacionaria, en tanto que la inmigración «gentil» crecía

en número y poderío, hasta triunfar en las últimas elecciones

municipales.—¿Qué había sucedido? ¡Oh! muy poco en la apariencia: un

pequeño hecho «moral», que pudo tenerse por insignificante en ese mundo

de emigrantes y cazadores de dollars. En cuanto se sintiera aislado

del resto del país y soberano absoluto en su valle perdido, Brigham

Young había promulgado el dogma de la poligamia que, por su cuenta,

practicaba concienzudamente. Como una lepra moral, el virus disolvente

se infiltró en el organismo robusto, hasta secar la misma fuente de la

vida. La poligamia que esterilizó al Islam ha paralizado el desarrollo

mormónico.—La piedra angular del edificio social es la familia; y no

hay familia, en el augusto sentido de la palabra, allí donde la mujer

se halla rebajada por la promiscuidad, y el hogar santo se prostituye

en harém. Bastó la ley de Edmunds, que castigaba la cohabitación

repugnante del gineceo, para rebajar la pretendida religión mormónica

al nivel de un concubinato vergonzante. Se han visto los jefes de la

secta obligados á exhibir en público, y ante un tribunal de «gentiles»,

el estigma clandestino de su carne. Y demostróse claramente lo que eran

esas «esposas espirituales» de los sacerdotes, cuando el viejo Young,

que ya tenía diez y ocho mujeres «legítimas», para negar una miserable

pensión alimenticia á otras desgraciadas ¡tuvo el cinismo sórdido de

probar que eran ya casadas y, por lo tanto, meras concubinas suyas!

Suscitáronse luego las causas escandalosas de Cannon y otros pontífices

de la poligamia, y el ridículo enterró al dogma que la vindicta legal

había herido de muerte. Á medida que el Utah se abría al progreso

material y moral, tuvieron los mormones que refugiarse más y más en

su templo cerrado á los «profanos», huyendo como aves nocturnas ante

la luz. La poligamia ha matado al mormonismo. La población disidente,

que aspira legítimamente á constituir un nuevo Estado autónomo,

persigue la expulsión del elemento cuya presencia es un obstáculo para

su emancipación del gobierno federal. Los mormones ya preparan una

emigracion á Méjico, á las islas Hawai, donde tienen fuertes colonias:

realizarán su último éxodo, pero sin la fe ni la energía de los pasados

días. Los factores que antes enunciara, como cooperadores del éxito,

se han debilitado ó vuelto adversos. Como el islamismo, y por la misma

causa íntima, el mormonismo es el «hombre enfermo» de que habla la

diplomacia europea al discutir la cuestión de Oriente: sólo que la

agonía de éste será mucho más breve, como que ha sido mucho menos larga

é importante su evolución histórica.

* * * * *

La última tarde que pasé en Salt Lake me ha dejado una impresión

extraña é indeleble. Con mi inseparable coronel L., fuí á visitar el

fuerte Douglas, donde el regimiento 16º de infantería está acuartelado.

Es cosa visible que, para la parte culta de la población, la presencia

de este cuerpo de línea es doblemente penosa: por los recuerdos de

pasadas represiones que evoca, y la situación de mero territorio, que

las bayonetas federales acentúan. El fuerte domina la ciudad desde

la falda de _Wasatch Range_; el paraje es tan ameno cuanto eficaz

la posición estratégica. El camino, por el tramway eléctrico, es un

paseo encantador entre quintas y alamedas. Al paso que se trepa la

colina, el horizonte se ensancha hacia el oeste; la altura y la hora

refrescan deliciosamente el ambiente. En las cercanías de la esplanada,

los oficiales casados ocupan bonitos chalets llenos de plantas y

flores; la intendencia y la enfermería son residencias campestres; la

«villa» del coronel, con sus dos pisos y doble _verandá_, rodeada de

jardines, ocupa un ángulo de la plaza, en que circulan los coches

de los paseantes. La tropa maniobra en el glacis cercado de árboles

y césped; el uniforme obscuro y los cascos de punta remedan los del

ejército alemán; pero la vida casera ha espesado á los oficiales, que

afectan vanamente la tiesura germánica: sudan y se fatigan durante sus

inocentes contramarchas de una cuadra. Esas tropas de línea parecen

milicias territoriales, casi compañías de bomberos voluntarios. El jefe

veterano asiste paternalmente á la parada desde un banco del paseo.

Oigo un doble grito de sorpresa, y veo á mi propio coronel precipitarse

en los brazos del otro[24]; éste se vuelve luego hacia mí y me sacude

la mano con energía: _¡very glad, all right!_ ... Y en tanto que esas

ruinas fraternales pasan lista de sus compañeros de armas, ausentes ó

difuntos, contemplo embelesado el valle pintoresco que se desenvuelve á

mis pies.

La masa entera de la ciudad se funde en una niebla azulada; las

oleadas del follaje obscuro circundan los edificios casi invisibles;

las torres de las iglesias y las chimeneas de las fábricas yerguen

sus pirámides agudas y sus tallos rígidos, simbolizando materialmente

la fe y el trabajo: las dos fuerzas hermanas que han cumplido la obra

de la civilización. El orgulloso Templo mormón está cercado y como

acometido por veinte capillas disidentes, tan varias de estilo como de

creencias, pero unidas en un solo propósito hostil. El lago Salado,

estrecho y terso como una hoja de acero, se alarga de norte á sur,

semejando el islote de Cattle la empuñadura de ese alfanje que el sol

poniente hace centellear. Un cañonazo da la señal de arriar la bandera

que flota en el mástil de la esplanada: delante del regimiento formado

y los oficiales que lo saludan, el estandarte rojo y blanco desciende

lentamente á lo largo de su driza, con no sé qué religiosa solemnidad.

Designando las estrellas de plata en campo azul, que representan á

los Estados, murmuro á media voz: _Falta una ..._ El jefe endereza la

cabeza, me toma del brazo y, alargando hacia Salt Lake su bastón de

inválido, me contesta: «Estará dentro de poco: _¡befor long!_ ...»

Ahora el sol se ha ocultado detrás de la Sierra Nevada; el crepúsculo

triste desciende en la colina; el regimiento vuelve á su cuartel,

precedido por la música ya lejana que toca la _Marcha de Sherman_,

ensordecida por la distancia cual por el tiempo que nos separa de

la evocación. En esta soledad casi augusta, el himno marcial y bien

ritmado, que sé de memoria desde San Francisco, me trae recuerdos

de lecturas y como ráfagas de esas victorias sangrientas que fueron

también triunfos morales. El golpe de audacia del general Sherman,

cortando sus comunicaciones con el norte para cruzar la Georgia

confederada sobre un espacio de 250 millas y buscar el mar, es un

hecho de guerra de primer orden; pero, ante todo, significa para la

historia el aniquilamiento definitivo del funesto espíritu separatista,

el predominio y la salvación de la nacionalidad, la cauterización

necesaria, si bien dolorosa, por el hierro y el fuego, de la llaga

vergonzosa y secular de la esclavitud ... Tomo del brazo á mi pobre

viejo coronel retirado, que ya no me parece ridículo, y, bajando con

él la esplanada del bastión, repito con extraña emoción los versos del

canto popular, cuya música apagada nos llega aún en el silencio de la

noche:

_So we sang the chorus from Atlanta to the sea,

While we were marching through Georgia..._

XIII

CHICAGO

I

OJEADA RETROSPECTIVA AL KALEIDOSCOPIO

Acabo de recorrer el librito de apuntes en que, diariamente, durante

cuatro meses de aclimatación chicagoense—apenas interrumpida por

breves excursiones á los Estados cercanos—he reflejado algún aspecto

fragmentario de esta prodigiosa «Porcópolis», como la llaman aún sin

cortesía algunos rezagados: con su atronadora Exposición universal,

sus cosas y sus gentes, sus pompas colosales y sus obras pelásgicas.

Son doscientas páginas de mi letra menuda: notas instantáneas,

independientes, y muchas veces contradictorias, que se estrujan y

codean sin conocerse, á manera de la compacta muchedumbre que hormiguea

por esas cuadras de _Wabash Avenue_,—sin más rasgo común que la

absoluta despreocupación del estilo y la sinceridad evidente, casi

diría la exactitud fotográfica de la impresión.

Del Plata al Niagara · 第 21 / 35 段