(_to meet_) con algunos mineros é ingenieros del Utah. Preveo una
ruda tarea, y preferiría una jornada de mula por las altiplanicies de
Bolivia; pero tengo que resignarme á esto y mucho más, si no quiero
asemejarme al sempiterno turista de los hoteles y ferrocarriles. Yo,
que no converso á mi gusto sino con dos ó tres amigos, y me intimido
cuando pasan de cinco ó seis, voy á tener, durante meses, que mezclarme
con gente desconocida, ser «introducido» en los clubs y reuniones
sociales ó caseras, fijar la atención en conversaciones extrañas por
la lengua y la materia, tener que contestar á cumplimientos, brindis,
formular apreciaciones sobre «lo que me parece el país» ... ¡Oh!
terrible programa—que, sin embargo, ¡se llenará!
El club está bien arreglado y lujoso; el servicio más correcto que los
socios. Mis dos amigos, el minero y el coronel, me presentan á derecha
é izquierda: el señor S., ex lord mayor de Salt Lake; un banquero,
tres ó cuatro ingenieros—entre ellos, un italiano inteligente que
ha estudiado en la escuela de Freiberg—y algunos más; todos ellos,
cordiales, abiertos, gastando mucho «humor», que festejo las más de
las veces sin entenderlo. Confieso que no brillo sino por mi modestia
y apariencia de candor. Doy cortésmente la preferencia á los vinos
californianos sobre los franceses, y absorbo,—esperemos que para el
resto de mi vida,—productos variados de _Napa valley_. Pero en suma,
todo eso lo encontraré en el resto de los Estados Unidos; y juzgo para
mí algo ridículo el haber venido á Salt Lake para no asistir sino á
carreras, bailes de casino y comidas de club. Perseguido por mi idea
fija, aventuro algunas alusiones á la secta mormónica y á mi deseo
de conocerla ... Mis «amigos» se ríen; los otros, al pronto guardan
silencio; pero, poco á poco, se desata en toda la mesa una andanada de
burlas y vituperios contra los «Santos del último día», hasta dejarlos
por los suelos, en estado de no ser cogidos ni con tenazas. Percibo
en unos el rencor y el desprecio; en otros, el odio mal disimulado;
en casi todos, algo de esa hostilidad compleja—mezcla de repugnancia
sincera y de envidia secreta—que á muchos cristianos inspiran los
judíos ricos. Se hace para mí evidente que una insuperable valla de
aversión separa á mormones y gentiles. La poligamia, hoy oficialmente
extirpada, pudo ser una causa originaria; no es ahora sino un pretexto
ó una contraseña de enemistad, como el estigma de la circuncisión
contra los israelitas. Descontando las exageraciones, está en la lógica
humana que la secta mormónica haya sido alternativamente oprimida
y opresora, tornándose, de víctima en el Illinois, perseguidora y
despótica en el Utah. Hay hechos numerosos que lo comprueban: el
asesinato del capitán Gunnison y de sus ocho compañeros no es un hecho
aislado, y, además de los actos violentos, está muy patente y á la
vista que el elemento «gentil» se ha infiltrado por endósmosis en
este territorio vedado, contra la voluntad y las resistencias de sus
primeros habitantes.
Trato de desviar la conversación de mis amables huéspedes hacia temas
más amenos para ellos y no menos instructivos para mí. Acerca de las
minas del Utah, recojo datos interesantes. Me sorprende saber, por
ejemplo, que las minas de plata de Park City, que visitaré dentro de
pocos días, cuentan entre las más importantes de los Estados Unidos,
y que el Colorado no tiene compañía más próspera que la de _Ontario
Silver Mining Cº_, de la que mi huésped es superintendente. Al fin
se presenta una ocasión para que abandone mi papel _effacé_ de mero
oyente: un hermano del ingeniero italiano se interesa por la República
Argentina, como tenedor accidental de algunos títulos de Buenos Aires
y Santa Fe. Preferiría que la causa fuera mejor, pero no tengo la
elección, y ensayo en mi inglés todavía muy accidentado, un _outline_
optimista y consolador de la maltratada tierra. El accionista, después
de escucharme atentamente, brinda con convicción por la prosperidad de
Buenos Aires—y de sus cédulas. Y saboreo mi éxito con una copa de vino
californiano «tipo Champagne».
Á instancias mías, el coronel se ha puesto en campaña para hacerme
penetrar en el santuario mormónico; me refiero á la casa del
Presidente, y no al Templo, cuyo interior ningún ojo de gentil ha
contemplado jamás. Ha sido un sitio en regla. Fué la primera paralela
el persuadir á mi _cicerone_ de que mi entrevista con el profeta
respondía á propósitos trascendentales. Y como me objetase que no tenía
relaciones personales con él, le expliqué la maniobra. Era imposible
que un hombre de su importancia no fuera conocido de algún «santo» de
alto copete. «Vamos á ver, entre los consejeros, los doce apóstoles,
los setenta evangelistas, los noventa y nueve sacerdotes (_High
Priests_) y los trescientos obispos ... Puesto el pie en cualquier
escalón se sube hasta arriba: es cuestión de diplomacia ... ¿Acaso no
ha sido usted diplomático?...»
¿No os he presentado al coronel? ¡Oh! es un buen tipo yankee—si bien
un tanto desflorado por el «inimitable Boz» en su _Martin Chuzzlewit_.
Ha vivido en todas partes y ejercido todas las profesiones: es su
especialidad. Es, desde luego, una de las quinientas mil reliquias de
la guerra de Secesión—cuyo servicio es más caro que el sostenimiento
de cualquier ejército europeo. Pero, antes ó después, ha sido
ingeniero, agricultor, químico, cirujano (probablemente dentista),
etc., etc. Estamos en el país de los comodines y chapuceros (_Jack
of all trades, master of none_). Su existencia—que debe de pasar
de los sesenta y cinco—es una larga «bolada de aficionado». Es un
hombrecito todo retorcido y arqueado, que parece construído con duelas
de tonel; aseado, cepillado, condecorado,—primero olvidaría sus gafas
ó su corbata que su roseta de veterano en el ojal,—de una actividad
envidiable é infatigable ¡tan productiva como la de la ardilla de
Iriarte! Discurre de cualquier tema con maestría, excepto del que posee
el interlocutor. Así, con los oficiales del fuerte Douglas le oiré
charlar de todo, menos de milicia; y en las minas, que visitaremos
juntos, elegirá el momento de la zambra más infernal, en medio de los
hornos y cilindros, para completar «en francés» la explicación de
los ingenieros. De un candor esencialmente yankee, festeja durante
dos horas de reloj mis bromas primitivas, tan inocentes como las que
dirigiría á mi Chiche, que tiene cinco años ... Volveré sobre ese
candor americano, rasgo fundamental que no ha sido puesto de relieve,
y suele tomarse por humorismo desenfadado é irónico. Por lo demás,
sincero, complaciente, ilustrado—ó, si preferís, «lustrado» de
conocimientos varios,—tan delicado en su pobreza bohemia, que necesito
gastar sutilezas de sofista para demostrarle que, con acompañarme á
comer todos los días, él es quien me hace favor.—Al oírme poner en
duda sus aptitudes diplomáticas, se endereza vivamente en sus duelas
crurales y me fulmina esta contestación: «¡He sido secretario de
legación en Berlín!... ahí he aprendido el francés». Pensaba que lo
aprendiera en Texas, antes de la incorporación ...
Pero mi causa está ganada. Al día siguiente, muy de mañana, viene á
anunciarme que un oficial mormón me recibirá á las once. Vagamos, entre
tanto, por el barrio de los «Santos», como los polígamos se apellidan
modestamente, poblado de encantadoras residencias y de reliquias
históricas. El coronel me enseña la primera casucha edificada en Salt
Lake; la imprenta del _Deseret News_[23], el principal diario mormón;
las dos moradas de Brigham Young, _Lion House_ y _Bee-Hive House_, que
revelan gustos de sultán advenedizo y burgués; á su lado, una especie
de arco de triunfo, formando una como ojiva cóncava con un águila
explayada en su vértice (_Old Eagle Gate_), conmemora cierta victoria
de la secta sobre las fuerzas federales (_¡Tempora mutantur!_). Al
lado mismo está otra casa del sucesor de Smith, la _White House_, que
era una escuela y se llenaba con la sola prole del santo varón y de
sus diez y ocho esposas. Dos cuadras al este de _Eagle Gate_, un gran
rectángulo de césped, cercado por una verja de hierro, encierra los
sepulcros de la familia Young: cubre la tumba del Profeta una losa
granítica de seis metros cuadrados, lisa, desnuda, sin inscripción.
Brigham Young ya no pertenecía á la humanidad; y el voluntario olvido
de su nombre terrestre, en la ciudad toda llena de él, es un rasgo de
orgullo grandioso, un hallazgo casi genial. Por fin, visitamos el
famoso Tabernáculo: es un inmenso carapacho de gliptodonte puesto sobre
zancas rígidas, y que ocupa en arquitectura el mismo rango que, en
literatura sagrada, el _Libro de Mormón_.
Pero la grotesca armadura tiene 250 pies de largo y ha costado no sé
cuántos millones de dollars: por lo tanto, los guías americanos la
enumeran entre sus dos ó tres docenas de «octavas maravillas». El
interior es un hall desnudo, con bancos para 12.000 oyentes. Sabido es
que la bóveda (casi escribo: bobada) es elíptica: me he convencido,
escuchando el órgano, que el tal refinamiento de bárbaros produce
insoportables resonancias. Los tronos del profeta y sus dos consejeros
ocupan un foco, debajo del órgano; el guardián nos coloca en el otro,
para gozar el prodigio, renovado de Dionisio el siracusano. Oigo,
en efecto, un cuchicheo parecido á un roce de hojas secas; pero mi
compañero, á dos metros, no oye nada, y ha de ser la dichosa bóveda muy
socorrida para los once mil y tantos bobalicones que _ven_ hablar á su
presidente, ¡sin estar en el foco! _¡Wonderful!_ exclama el coronel,
que es ingeniero; y felicita calurosamente al portero como si fuera
éste el constructor.
* * * * *
Al fin, penetramos en el antro preliminar: el despacho de a «relaciones
exteriores». Ahí nos recibe un vejete con trazas de faquir, «sólo
largo en talle», como el licenciado Cabra de Quevedo: parece una
caña de pescar, y compadezco á las «mojarras» que pudieran tragar el
anzuelo. Es el amigo del coronel; pero no demuestra gozar de gran
influencia administrativa. Vacila antes de anunciarme á su jefe;
entonces mi compañero interviene con este argumento irresistible:
«¡Cómo! un _gentleman_ que viene desde Buenos Aires para estudiar
vuestra religión!...» Convencido el escribiente, penetra resueltamente
en el cuarto vecino; largos cuchicheos; por fin se nos hace entrar.
El despacho es una pieza espaciosa, llena de mapas y registros, con
aspecto de escribanía y agencia territorial. El «ministro» viste
á estilo de pastor metodista; tiene maneras afables de jesuíta
de saya corta. Ha viajado y exhibe desde luego sus conocimientos
geográficos:—«¿Con que es V. del país de don Pedro?...» El emperador
del Brasil ha dejado en el Utah, como en todas partes, una estela de
simpatía. Formulo mi solicitud, el ministro queda pensativo; pero
mi calidad de «brasileño» vence todas las resistencias, y pasa á la
casa de enfrente para conferenciar. Al cuarto de hora vuelve con
cara satisfecha: _dignus sum intrare_. En el breve trayecto hasta la
residencia «papal», el coronel le manifiesta su agradecimiento en
sentidas frases, y luego me desliza al oído: «¡Farsantes! (_Old dogs!_)
¡Así pudieran ahorcarnos!...»
La mansión del Presidente, rodeada de árboles y flores, no carece de
carácter en su voluntaria y casi diría afectada sencillez: pues, desde
Brigham Young, los jefes del mormonismo manejan millones y dirigen
las empresas comerciales más fructíferas de la región. Entran y salen
mormones de ambos sexos que parecen campesinos. En una antesala,
donde nos hacen esperar, doy por fin con «santos» barbudos. Luego el
coronel me presenta á una brujita vestida de negro, cuya barba y naríz
forman un solo pico—una lechuza con anteojos azules; es una «gran
funcionaria», viuda de un rico judío que, sin duda después de casado,
se hizo mormón. Se comprende que, en ciertos casos, no baste una sola
mujer para la felicidad. Paréceme que la mormona me considera como
á un catecúmeno, pues me explica los progresos de la secta con un
tono de simpatía que me inquieta. Felizmente vuelve el ministro y me
lleva consigo, dejando en la antecámara á mi pobre coronel, á fuer de
«gentil» convicto y confeso. Nueva estación en la secretaría privada,
donde mi guía me presenta á un joven correcto y frio: «Mr. G., ¡un
amigo de don Pedro!» Conservo mi gravedad diplomática, pero empiezo á
divertirme considerablemente.
El salón en que me recibe el presidente Wilford Woodruff, jefe supremo
de doscientos mil creyentes, de cuyas voluntades y haciendas podría
disponer sin encontrar mucha resistencia, nada tiene de muy notable
en sus proporciones ni mueblaje. Alfombra, papel y muebles burgueses;
los retratos vulgarísimos de sus tres antecesores adornan las paredes:
Joseph Smith, el alucinado fundador y bautista del mormonismo, con
su extraño perfil de demente jovial; Brigham Young, el enérgico
organizador de la sociedad y creador de Salt Lake; por fin, John
Taylor, gran propagandista de la doctrina en el extranjero: algo así
como un «Apóstol de las Gentes» que fundara diarios y publicara sendos
editoriales á guisa de «epístolas». Al pronto, en el salón, cuyas
celosías están bajadas, no distingo al grupo apostólico, formado en
el ángulo opuesto, en actitud de recepción diplomática. Además del
secretario, «personaje mudo», dos formidables anabaptistas flanquean
al profeta, desplomado en un sillón curul de estilo Imperio. El más
joven y corpulento, filisteo de unos cuarenta y cinco años, con barba
de escoba y apariencia marcadamente «poligámica», es un hijo de Joseph
Smith, el sacrificado Mahoma de la secta. El otro consejero, más
afinado y complejo, aunque no menos robusto, parecería un diplomático
correcto, á no cargar la tupida y ya encanecida pera del tio Sam. Este
es el gran impresor y librero de Salt Lake; pero las hazañas que
le han hecho famoso se relacionan fisiológicamente con su apéndice
cabruno. Se llama Cannon, y la corte del Utah ha tenido que reprimir
sus incorregibles aptitudes de «revólver», después de una causa
ruidosa, aplicándole la ley Edmunds por _Unlawful cohabitation_. Su
_Vida de Smith_ ha sido escrita en la penitenciaría federal.
El consejero Smith se adelanta cuatro ó cinco pasos; me toma de la
mano y me introduce solemnemente, levantando la voz y recalcando las
palabras importantes: «Buenos Aires ... Brasil ... ¡amigo de don
Pedro!...» El profeta esboza el ademán de levantarse, pero le contengo
apretándole la mano, y balbucea algunas palabras en que el nombre de
mi «amigo» póstumo vuelve con la insistencia de un _leitmotiv_.—El
presidente Woodruff tiene ochenta y seis años; viste de negro y corbata
blanca, con esmero y pulcritud. Es un bello tipo de anciano; una cabeza
á lo Wagner, suavizada y ablandada por la ausencia de genio. Es un
antiguo _farmer_, muy rico, que combina sus funciones sagradas con
otras presidencias industriales y bancarias. Por lo demás, bastante
insignificante aun antes de su vejez.—Después de Brigham Young, que
fué su Jefferson, enérgico y poco escrupuloso, la secta ha entrado
en la vía democrática de los Estados Unidos, que no buscan á los
«grandes hombres» para elegirlos presidentes.—La edad empaña sus ojos
azules; su rosado cutis de anémico y las venas cartilaginosas de sus
manos trémulas revelan la decrepitud. Por sus modales excesivamente
respetuosos sospecho que, en el trasluz crepuscular de la segunda
infancia, me confunde vagamente con su huésped imperial de hace quince
años ... ¡Un profeta me toma por un emperador!... Debe admirar la
sencillez americana de mi saquito gris, que cuenta ya largas aventuras
de viaje. ¡Siquiera llevara mi cinta de oficial de academia! Con
todo, y sin hacerme ilusión respecto de mi frescura juvenil, ha de
encontrarme bien conservado ...
Los acólitos dirigen como con andaderas la conversación titubeante
del pobre anciano: completan, corrigen, componen, concluyen á veces
por hacerle decir lo contrario de lo que intentó. Dos isletas blancas
quedan flotando en ese mar de tinieblas crecientes: la infatigable
propaganda religiosa y el recelo del gobierno federal. Esto se revela
por la prudente reserva ó el optimismo excesivo de las apreciaciones.
He aludido á la riqueza del Utah y de la región californiana; el
Presidente ensaya algunas frases tendentes á demostrar el «lealismo»
nacional de los mormones. Y entonces el anabaptista con trazas de
filisteo empuña el tema, como la clava de su tatarabuelo Hércules, y
sacude palos á derecha é izquierda, acometiendo á los enemigos de la
Unión, á los viles calumniadores que pintan á los Santos como á malos
patriotas ... «Somos americanos como el que más, nuestra divisa es la
de Washington: _¡E pluribus unum!..._» Y así continúa con un ardor de
demagogo y una facundia de predicador ambulante. Visiblemente, todos
ellos me hacen el honor de contarme entre sus futuros prosélitos. El
hombre-cañón aplaude con la pera, y el Profeta repite como un responso
la socorrida fórmula: «_¡Aoh! yes: e pluribus iunum ..._»
Parece que el coronel, en procura de argumentos contundentes, me ha
pintado como un embarrador de papel de una fecundidad exuberante. El
sanhedrín mormónico se interesa por saber si pienso escribir sobre la
religión; y después de mi respuesta afirmativa, al punto la tendencia
propagandista del sectario se abre paso, ingertada en el espíritu
yankee esencialmente anunciador:—«No compre V. libros: le mandaremos
un ejemplar de cuanto se ha publicado sobre la materia».—Quieren que
beba mi convicción en las fuentes más puras. Cumplen generosamente
lo prometido; á la tarde encuentro en mi hotel un respetable cajón
de libros, lujosamente encuadernados,—_Historia del Utah, de Smith,
de Young, de Taylor, el Libro de Mormón_, una docena de «defensas»;
_Mr. Durant_, una estúpida cuasi-novela _de propaganda fide_, etc.,
etc.,—todos ellos con sendas dedicatorias presidenciales.—Yo también,
en mis horas de ocio, he cumplido la promesa de estudiar la historia
y la doctrina mormónica en sus documentos auténticos. No he arribado
á una adhesión, muy al contrario: mi conclusión es enérgicamente
negativa, como podréis verlo por este breve resumen, que acaso complete
alguna vez.
XII
SALT LAKE CITY
II
EL MORMONISMO
Para mi gobierno, atribuyo una importancia que sin duda encontraréis
excesiva á la impresión total que los hombres y las cosas producen en
mí. Tomo el pulso á mi instinto, y sólo después procuro explicarme su
manifestación, siquiera asome tan obscura como irresistible.—Salgo
de esa entrevista, tan atenta y cortés, con un marcado sentimiento
de antipatía. Me pregunto ¿por qué? Analizo, estudio, reflexiono—y
la respuesta de mi sentido recto y honrado es que allí falta la
sinceridad. ¡Oh! ¡distingamos aquí como en otras empresas, entre los
predicadores y los creyentes, entre los promotores ardientes de la
sociedad y el dócil rebaño de los accionistas! Un movimiento religioso
moderno, que no se apoyase en la fe de sus adeptos, se estancaría
muy pronto en la inmovilidad y la muerte. No fundaría nada estable y
sólido, á semejanza de esos ridículos y nómades «salvacionistas», que
reclutan los vagabundos del mundo entero y vienen á ser los gitanos
del proselitismo. Pero los iniciadores del mormonismo han sido meros
impostores. Y era tan grosera la impostura, que sólo en aquellos
Estados Unidos rudos y crédulos de hace medio siglo ha podido ser
acogida y prosperar.
Los tres factores sociales que con desigual energía han cooperado á
la fortuna del mormonismo, venciendo los obstáculos que levantara el
egoísmo material, y sobre todo lo absurdo y vulgar de la doctrina, son
los siguientes: 1º la ausencia de cultura general y de espíritu crítico
(correlativa de lo muy robusto y eficaz del sentimiento religioso),
que hasta ahora, y á pesar de las apariencias contrarias, constituye
la fuerza moral al par que la inferioridad intelectual del pueblo
americano; 2º la escasa densidad de la población y la disponibilidad
de vastos territorios vacantes en el oeste; 3º la laxitud del vínculo
federal, caracterizada por la celosa y, entonces, más que hoy,
preponderante autonomía de los Estados. Conviene tener á la vista estos
tres factores, que he enumerado en el orden de su importancia, para
fallar sobre el porvenir del mormonismo: si ellos subsisten intactos,
la secta cumplirá su cabal desarrollo; si ellos han mermado y tienden
á desaparecer, la secta languidecerá fatalmente, y su absorción por el
organismo nacional será tan sólo cuestión de pocos años.
Encontraréis en todas partes la historia de su origen y rápida
propagación; pero no puede gustarse plenamente el sabor americano de
esta fruta religiosa, sino estudiando en los voluminosos documentos que
me han sido facilitados, los caracteres de la planta y las peripecias
de su crecimiento semisecular. Y no se tenga por asunto de poco
momento: el problema religioso vuelve á ser la cuestión palpitante del
mundo.
Ahora bien, con todas sus deficiencias y vulgaridades, el mormonismo
muestra realizado en nuestro tiempo un experimento completo que,
no sólo suministra indicaciones preciosas acerca del espíritu de
credulidad del pueblo americano, sino que arroja al propio tiempo
vivísima luz sobre el proceso histórico y legendario de todas las
religiones. No puedo, por ahora, hacer más que justificar brevemente
mis conclusiones; pero no abandono definitivamente el tema. Creo
que un estudio substancial y filosófico del movimiento mormónico
constituiría el mejor comentario crítico de tantas historias religiosas
como este siglo ha producido: representaría un cartabón ó marco fiel
para el contraste de aquellas innumerables inducciones, ya tímidas, ya
temerarias, que la simbólica y la exégesis modernas han acuñado, con
dudosa aleación de arte y ciencia, de conjetura y de realidad.
Como entidad religiosa, el mormonismo presenta un conjunto más completo
que el protestantismo—sin que ello importe comparar la Biblia al
_Libro de Mormón_; tiene revelación, milagros, mártires, misterios
y sacramentos, jerarquía eclesiástica, y hasta un embrión de culto
simbólico, adulterado por evidentes preocupaciones materiales: en
suma, todos los elementos y todos los ingredientes de una iglesia
establecida. El organismo es, lo repito, de aspecto vulgar, de
concepción grosera y factura primitiva, pero vivificado y ennoblecido
por la fe robusta de sus adeptos. Se parece á una moneda fiduciaria
cuya garantía de emisión, con ser una quimera, fuese por todo un
pueblo aceptada firmemente como un valor positivo: provisionalmente,
la ilusión tendría el poder representativo y la plena eficacia de la
verdad.